Dante Fellini-Kubrick añadió un diez por ciento más de Ava a los ojos de su nueva heroína. Quería más fuerza en la mirada y un ligero toque de inteligencia animal, aunque aquella configuración se pareciera demasiado a la que solía utilizar Shakespeare-Cameron para los señores de Venecia. El porcentaje de Ava le costó diez gramas, pese a su descuento como Dramaturgo. Abrió la ventana de saldo para comprobar su efectivo y gruñó con impaciencia, el Concejo Ciudadano de Lyon todavía no había hecho efectivo el último pago por la representación de "Amelia y Francesca". Sin desactivar el entorno tramoyista, creado por su cajagrama, accedió a la red de mensajes y dictó una nota de recordatorio. Si el Concejo no hacía efectivo el pago entraría en la lista negra del gremio de Dramaturgos, lo que convertiría a Lyon en una ciudad sin representaciones ni seriales archivados.
Tras aquella interrupción, Dante volvió a su trabajo. Eligió los últimos escenarios para el tercer acto de entre los cientos pregrabados de la base genérica; aplicó las plantillas de tono y contraste, revisó la continuidad temporal en las escenas y señaló las primeras marcas de movimiento. El interfaz de su cajagrama había sido programado por Capote-Buñuel en los primeros días de las representaciones y no aceptaba movimientos pregrabados, pero a él le gustaba insertar las rutinas de movimiento una a una en cada personaje; le hacía sentir como un viejo artesano frente a un detalle especialmente difícil.
Una ventana de diálogo le preguntó sobre las voces. Dante dudó unos segundos antes de aprobar, también para el sonido, la inclusión de genéricos. Más tarde retocaría ligeramente el espectro, después de todo, el espectáculo del día siguiente era sólo para un pequeño pueblo en medio de la nada. Todavía le quedaban tres meses de viaje hasta llegar a Florencia, donde la obra tenía que estar perfectamente ajustada. Con cada pequeña representación conseguía los gramas suficientes para comprar nuevos aspectos para los avatares personalizados, tales como voces, miradas o sonrisas. Con lo que iban a pagarle conseguiría, al menos, un veinte por ciento de Stewart para Björn, el principal—masculino de la obra. Y si Lyon pagaba, pronto descartaría los fondos genéricos para utilizar auténticos exteriores.
El tiempo de conexión parpadeó en rojo. Si seguía conectado le cobrarían dos horas más de creación. No valía la pena, guardó las librerías y compactó las bases de datos de la obra. El universo creador de la cajagrama desapareció para mostrar el menú principal. Dante apagó el sistema y desactivó, con mucho cuidado, la clavija que conectaba el aparato con su cerebro. Durante unos segundos, mientras las terminaciones nerviosas se reconectaban, Dante permaneció inerte, insensible, como si estuviera muerto. Muchos aspirantes a Dramaturgo no superaban ese momento de ausencia y abandonaban la Academia. A Dante, sin embargo, le gustaba, se sentía flotar, ausente, de vuelta al útero materno. Parpadeó. La vista era lo primero que volvía, luego, el sentido del tacto, el olfato; la respiración, bombeo de corazón y el resto de funciones corporales no se detenían, la cajagrama no interfería con el sistema vital aunque, en algunos casos, podía relajarse la frecuencia cardiaca o controlar el nivel de oxígeno en sangre.
Dante estaba sentado en una pequeña habitación de la posada local. Delante de él, sobre la cama, descansaba su cajagrama. Era un modelo antiguo, tallado con motivos florales, una caja plateada de acero cuya parte superior estaba plagada de conectores, enchufes y cables, muchos de ellos para aparatos que hacía décadas habían desparecido sin dejar rastro. Contempló triste el óxido que corroía parte del aparato: en unos años, si no ganaba lo suficiente, la cajagrama no podría ser reparada. Llegado ese momento tendría que dedicarse a la enseñanza, algo que aborrecía con todas sus fuerzas. Convertirse en maestro de dramaturgia llevaba consigo una conexión permanente a las máquinas y una vida de completo ascetismo. Acarició su cajagrama con cariño y revisó las conexiones. En aquel momento el único cable que le interesaba a Dante era el que unía al procesador de la caja con la parte posterior de su cabeza, justo donde se unía, mediante una clavija de titanio, a su cerebro. Estiró ligeramente de la unión en su nuca hasta que un sonido metálico le indicó que la desconexión había sido correcta. Respiró con profundidad y comprobó que podía mover las piernas. Guardó el cable junto con el resto de herramientas de la caja y desenchufó el adaptador de corriente con el que se alimentaba la cajagrama.
Tras una ducha rápida abrió el baúl de equipaje. Una buena vestimenta era obligatoria para los dramaturgos, el aspecto era la mitad de la tarifa. Luego estaba, por supuesto, el nombre. Él había heredado el suyo de un renombrado creador, que revolucionó las representaciones en Suecia al incluir elementos sobrenaturales en sus obras. Por desgracia, su base de datos estaba cifrada y ahora descansaba sin acceso en los archivos del gremio. Como las de muchos otros genios de los primeros años, en los que la hermandad de dramaturgos no existía y la mayor parte de los creadores temía ser robado o asaltado por otro cómico. Dante sonrió mientras sacaba una camisa blanca de seda y unas mallas rojas con flecos, lo que daría el por echarle un vistazo a aquellas bases de datos. Terminó de vestirse con una casaca color burdeos y una peluca gris que le daba cierto aspecto versallesco. Utilizó polvos de arroz para blanquearse la cara y se pintó una peca junto a la barbilla, siguiendo el viejo estilo francés.
La posada estaba en el centro del pueblo, junto al teatro y el edificio del Concejo. La verdad es que no estaba nada mal, llevaba allí dos días y tanto la comida como el alojamiento iban a cuenta de las arcas públicas. Dante bajó hasta el comedor, que también era el bar de la localidad. Los parroquianos le recibieron con un modesto aplauso que agradeció con una ligera inclinación de cabeza. La adulación era normal en provincias, donde era raro encontrar a algún creador con más de un solo nombre. En aquel caso concreto, hacía más de dos años que ningún dramaturgo visitaba la provincia.
Ya se estaba sirviendo la cena, así que tomó asiento en la mesa que tenía reservada. Una de las cosas que más le gustaba de actuar en los pueblos era la comida. Servían animales cocinados de verdad y no esas réplicas hechas con sucedáneos de soja que daban en las ciudades de los mercaderes. Incluso la sopa estaba hecha con vegetales auténticos. Todo un desperdicio de recursos según los urbanitas, tanto, que en algunas regiones el cultivo natural extensivo era considerado un delito. Pero allí, junto a los Alpes, las ciudades de los mercaderes estaban demasiado lejos. Dante atacó una jugosa pierna de cordero sin demasiadas contemplaciones, saboreando el pastoso sabor de la grasa.
—Mucho apetito para una máquina —dijo uno de los parroquianos, alzando la voz.
Dante levantó la vista y limpió algunos restos de cordero de sus labios con una servilleta. El hombre que había hablado no vestía el traje habitual de los cultivadores. Llevaba puesta una casaca gris y unos viejos pantalones de monta. Un bigote negro y muy poblado le atravesaba la cara, juntándole sus largas patillas. No llevaba sombrero y estaba completamente calvo. Tenía aspecto de cosaco o de militar prusiano; parecía sacado de una de sus bases de datos.
—No soy ninguna máquina, ciudadano —replicó el dramaturgo—. Soy un hombre, hecho de carne, de sangre y corazón. Como tú mismo. ¿Acaso crees que soy como las cosechadoras que utilizan para recoger el trigo? ¿O me parezco a un vagón de tren? Yo creo que no.
—No soy ningún ciudadano —repuso el hombre—, y reconozco a una máquina cuando la veo. Puede que no lleves el acero por fuera, pero me juego el cuello a que debajo de esa piel tan blanca estás lleno de cables, diodos y remaches.
Dante sonrió, conciliador. Si no era un cultivador y tampoco un ciudadano, aquel hombre sería un nómada, posiblemente un proscrito. Puede que fuera un desertor de alguna de las guerras entre las ciudades estado del norte de Italia, no era algo descabellado.
—Créeme, soy un hombre. ¿El Dramaturgo no tiene manos, órganos, dimensiones, sentidos, afectos, pasiones? ¿No es alimentado con la misma comida y herido por las mismas armas, víctima de las mismas enfermedades y curado por los mismos medios, no tiene calor en verano y frío en invierno, como el común?
El hombre interrumpió a Dante, levantándose de la silla.
— ¿Si lo hieren, no sangra? —gritó— ¿No se ríe si le hacen cosquillas? ¿Si nos envenenáis no morimos? ¿Si nos hacéis daño, no nos vengaremos?
Dante miró al hombre con una nueva desconfianza. Con temor.
—Vergüenza debería daros —continuó el desconocido—, por utilizar obras de verdaderos creadores, de auténticos genios. Quizás con esas palabras impresiones a los pobres que jamás han disfrutado de la oportunidad de leer, pero desde luego que a mí no. Yo leo, y recuerdo.
Así que el hombre conocía. Al menos tan bien como para reconocer "El mercader de Venecia" y recitar el monólogo del viejo judío. Shakespeare no se enseñaba fuera de las academias de dramaturgia. Así que aquel hombre, o era un creador, o... La simple posibilidad de esa otra alternativa hizo que Dante temblara en su asiento.
—¿Quién eres tú? —preguntó el dramaturgo.
—Soy un actor.
—¿Un actor... humano? —repitió Dante, asqueado.
El hombre asintió con una sonrisa siniestra aflorando bajo su enorme bigote.
—El tiempo de los hombres—máquina está llegando a su fin, ¿no lo oyes? ¿Qué eres sin tu cajagrama? Nada. Serías incapaz de hacer nada original. Te aferras a diagramas y a historias por las que pagas fortunas. Escúchame bien, señorito de ciudad, y lleva el mensaje a tus amos mercaderes. Comienza la revolución. Será mejor que os preparéis para desaparecer.
Dante reculó hasta casi caer de la silla. Había oído hablar de actores reales, hombres y mujeres que representaban obras sin ningún tipo de soporte. E incluso al aire libre, en jardines, en prados... Rechazaban la tecnología de las cajagramas, ¡como si eso fuera posible! Los mercaderes eternos eran los dueños de las grandes ciudades y tenían ejércitos capaces de arrasar la mitad de Europa. Aferrándose a ese pensamiento, Dante trató de recuperar la compostura.
—Hablas mucho aquí, lejos de la ciudad, ¿verdad? No serías igual de valiente hablando frente a uno de los mercaderes. Te atarían a uno de sus engranajes sólo por diversión. No serías el primero que matan por mucho menos.
El actor miró a su alrededor, no sin cierta exageración.
—¡Los mercaderes! —se burló— ¿Dónde? No nombres a los que están lejos, dramaturgo, están tan lejos que quizás no lleguen a tiempo para socorrerte.
Dante trató de alcanzar las escaleras, pero topó de bruces con otro hombre, vestido de forma muy parecida al que le interpelaba. Éste era más alto, rubio, de melena larga y sucia. Intentó esquivarlo sin éxito, el segundo hombre le agarró de la mano y se la retorció hasta hacerle chillar de dolor.
—Acompáños fuera, dramaturgo —dijo el hombre, acompañando sus palabras de varios empujones—. Queremos enseñarte algo.
La calle estaba enfangada y Dante, tras un último empellón, cayó cuan largo era sobre un charco de agua embarrada. Notó como una mano le agarraba de la casaca y lo enderezaba. Delante del bar había gente esperando, hombres, mujeres y niños, alrededor de cinco carromatos cubiertos con lonas. Los niños jugaban alrededor de los caballos, chillando y saltando. Dante se fijó en algo que lo dejó helado: Los niños estaban actuando. No reconocía todas las frases, pero sabía que estaban representando una Obra, de forma física, con sus propias voces. Nunca había visto nada igual.
—Es una versión para niños de “La flauta mágica” —dijo el hombre rubio. Dante enrojeció, su cara debía ser todo un poema—. Arreglamos el texto para que pudieran practicar.
El hombre de la barba levantó a Dante que trató de limpiarse sin demasiado éxito.
—Vamos al teatro —dijo, agarrando de nuevo a Dante, esta vez por el brazo.
Cada provincia tenía un Auditorio pagado por los ciudadanos con impuestos especiales. Los mercaderes solo negociaban con aquellos que poseían uno. Esa había sido la tradición en los últimos doscientos años.
El Teatro de Pirolla debía tener esa edad. No era más que un cubo de hormigón por cuyas paredes surcaban grietas anchas como brazos. La entrada estaba abierta y dos mujeres, ataviadas con las túnicas tradicionales, limpiaban los adornos dedicados a la gloria de los dramaturgos.
—Construir esa aberración —dijo el hombre calvo— le costó a este pueblo años de trabajos forzados. Todo porque tus señores mercaderes querían tener contentos a los de tu gremio. Para que hasta el último de vosotros pudiera sacarles los cuartos a estos pobres campesinos por enseñarles una y otra vez las mismas historias.
Dante negó con la cabeza.
—No son las mismas —dijo, reuniendo las últimas reservas de valor que le quedaban—. Cada Autor registra sus obras y la Santa Guarda se encarga de que nunca se emita dos veces la misma representación.
Los dos hombres sonrieron.
—Claro —dijo el de la melena rubia, acercándose más al Teatro—, pero con cambiar rostros de actores y el color de los fondos ya podéis cobrarle al ayuntamiento vuestras tarifas las veces que haga falta. ¿Has comido bien, máquina? No sé si sabes que has engullido la misma cantidad en una hora que una familia entera en tres días. El ayuntamiento se gastará en tí un dinero que podría servir para comprar vacunas contra la peste. La energía que consumirá el teatro dejará a oscuras la provincia esta noche. Eres una sanguijuela gorda y sucia. Como todos los tuyos.
Dante volvió a negar con la cabeza.
—Yo no soy...
—¿Crées que por unirte a una cajagrama eres mejor que los demás? —siguió hablando el hombre— El que seas tan estúpido como para que te arranquen nervios, músculos y cerebro no te hace especial. Tú y todos los tuyos sois una aberración. Un cáncer que ya no tiene sitio en este mundo.
El hombre calvo soltó a Dante y caminó hacia las mujeres que habían dejado de limpiar. Habló con ellas un instante y se marcharon a toda prisa. Dante hizo el amago de pedir ayuda, pero el de la melena rubia le hizo un gesto de silencio. Otro hombre, vestido con los mismos pantalones de monta y casaca gris, pasó a su lado cargado con una caja de madera. El calvo se acercó y una enorme sonrisa inundó su rostro.
—Queremos que veas esto, dramaturgo. Queremos que vuelvas a las tierras de tus amos, a las ciudades de fábricas y humo, y les digas que ésta provincia ya no es suya. Que no manden más a sus cobradores ni a sus ladrones. Y para los que son como tú, máquina sin alma, también tenemos un mensaje.
Dante suspiró. Por lo menos no iban a matarle. Por un momento había pensado que su cuerpo muerto iba a ser el mensaje.
—Pero los mercaderes no van a haceros caso —se atrevió a decir—, son poderosos. Tienen ejércitos capaces de llegar aquí en menos de una semana.
—¿Ejército? —se burló— Soldadesca mercenaria y un puñado de máquinas oxidadas. Que vengan si quieren antes de que lleguemos nosotros. Créeme cuando te digo que llegan tiempos de revolución, dramaturgo. El cambio está llegando y no es muy diferente de lo que una vez fue.
El tipo calvo y el de la casaca dejaron la caja dentro del Teatro. Extendieron un cable hasta donde estaban Dante y el hombre rubio. El calvo llevaba en la mano un conector parecido a los de su cajagrama.
—Será mejor que nos retiremos un poco —dijo el calvo, todavía esgrimiendo una buena sorisa.
—Pero... No entiendo —masculló Dante mientras era arrastrado hasta una esquina cercana. —¿Y el mensaje? ¿Qué mensaje?
El hombre calvo presionó el conector que llevaba en la mano. El Teatro explotó en medio de una enorme bola de fuego. El ruído fue como el de un trueno divino. La onda expansiva pilló a Dante desprevenido, haciéndole caer de culo, de nuevo sobre el barro. Cascotes de hormigón y piezas de plástico envueltas en humo negro llovieron a su alrededor, cayendo sin gracia sobre todo el pueblo. En lugar de teatro ahora había un agujero.
El hombre rubio se acuclilló junto a Dante y le susurró a la oreja.
—Ese es el mensaje, Dante Fellini-Kubrick. Ese es el mensaje.
Y el mundo tal y como era conocido para el joven dramaturgo desapareció antes de que se desmayara, aterrorizado, sobre el fango de un pueblo del que ni siquiera había preguntado el nombre.
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