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Relato de Terror: El Guerrero y la Flor de Cerezo
En la ancestral Tierra del Sol Naciente, los mitos se entrelazan con la historia y los antiguos maestros guerreros luchan contra salvajes bestias venidas de un oscuro rincón del más allá.
Por Lucía González Lavado

Relato de Terror - El Guerrero y la Flor de Cerezo Los gritos, las súplicas y el tintineo del acero hicieron que *Sakura se tapara con más fuerza los oídos intentando no escuchar como su clan era devastado. El jefe del clan Uchiha había irrumpido en su aldea controlando un ejército de demonios, ella se ocultó bajo los cimientos de la casa rodeada de telarañas e insectos, intentando pasar desapercibida ante las bestias. De pronto dejó de ver movimiento tras el pequeño espacio donde se encontraba. Muy despacio comenzó a arrastrarse hasta detenerse bajo el porche de madera, desde donde observó los cientos de cuerpos que yacían en el suelo, ya fueran niños, hombres o mujeres. La lluvia hacía correr la sangre como si fuera un río; podía reconocer a sus hermanos e incluso a su padre a pesar de que los estragos causados en sus rostros les hacían irreconocibles. Las lágrimas desbordaron sus ojos, quiso gritar, romper a llorar, pero el sonido de pasos por encima de ella le hizo controlarse. El suelo tembló con violencia y cuando quiso retroceder, una mano arrugada, áspera, rugosa y llena de eczemas rojas se abrió paso entre la madera tomándola de la nuca y sacándola de su escondite con ímpetu para encontrarse frente a uno de los demonios. Su cuerpo estaba protegido por una armadura de samurai. Una katana colgaba de su cintura. Era una de las bestias de Uchiha Takao, cuyos ojos redondos y sobresalientes brillaron al contemplarla mientras su larga lengua se deslizaba entre afilados colmillos.
La pequeña Sakura comenzó a defenderse sin ningún éxito y cuando la bestia trató de engullirla, apareció el conocido jefe del clan: Uchiha Takao. Un hombre de mediana edad, embutido en una roja armadura con casco, que casi ocultaba sus severos rasgos. Lucía una recortada barba negra salpicada de canas que hacía más adusto su rostro.. Sus ojos negros se encontraban ensombrecidos por varias arrugas. Al fruncir el entrecejo hizo más frío su aspecto pero aun así sus palabras sorprendieron a la pequeña.
—No le causéis ningún daño; llevadla junto a Takeshi y que se ocupe de ella.
El demonio asintió, dejó a la niña en el suelo, cerró su enorme garra sobre el brazo y comenzó a arrastrarla bajo la lluvia, entre los cuerpos de sus familiares, manchando sus pies descalzos de sangre y barro, hasta que llegó a un grupo con más bestias. Un hombre destacaba entre ellas. Vestía un largo kimono de amplias rayas en color blanco y azul con un cinturón oscuro que lo ceñía a su cuerpo. Al igual que los demás, lucía una afilada katana. Su cabello no iba recogido en un aparatoso moño sino que caía negro y suelto por debajo de sus hombros. La bestia la llevó ante ese hombre que recibía el nombre de Takeshi. Escuchó la orden del demonio e inevitablemente se entristeció al ver a la niña. Hizo un gesto afirmativo y con ella volvieron a la aldea del clan Uchiha que se encontraba oculta tras un valle.
Las estaciones trascurrieron con rapidez, la nieve se fundió dando paso a la primavera, al florecimiento de los cerezos que era tan bellos como la misma Sakura que se había convertido en una preciosa adolescente. Durante los años siguientes sirvió a su señor como cualquier otra de las chicas que estaban a su cargo. Siempre le estaría agradecida por haber impedido ser pasto de los demonios que continuamente caminaban a su alrededor y de los que constantemente les protegía; incluso ese pequeño afecto hizo que olvidara la crueldad que abatió sobre su clan. Aunque la rabia volvió a nacer cuando sufrió de sus abusos, cuando arrancó su yukata haciéndolo pedazos, cuando la mancilló de la peor manera. Fue la joven Nana, otra esclava más, quien le contó la verdad. Al señor del clan le gustaban las chicas jóvenes y si había tantas trabajando para él era por ese mismo motivo. Los meses trascurrieron, en ocasiones pudo evitar a Takao y otras no, hasta que con el florecimiento de los cerezos, cuando ya no pudo aguantar más, planeó su fuga.
—No puedes hacerlo, Sakura-chan. No serías la primera en intentarlo pero llevas muy poco tiempo aquí y no ves nada de lo que ocurre. En el anterior florecimiento del cerezo mi hermana Kaede escapó, pensé que lo había logrado, pero dos días después dejaron en mi habitación su cuerpo mutilado. Uchiha-sam no deja que nadie escape; nosotras le pertenecemos, fuimos rescatadas por él y si intentamos desobedecerle sus demonios nos darán caza.
Sakura era una joven preciosa de diecisiete años; su cabello negro y liso caía sobre sus hombros donde algunos mechones más cortos casi llegaban a cubrir su frente, aunque quizá el hecho más bello en sí eran sus ojos de un claro avellana que brillaban intensamente sin cesar.
—Estoy cansada, Nana-chan y creo que preferiría ser pasto de las fauces de sus demonios antes que de sus manos —añadió con el ceño fruncido.
Al instante la conversación de las chicas fue interrumpida por la voz de Takao llamando a Sakura. La joven se dirigió a la ventana, la corrió y saltó al tejado compuesto por tejas azules, donde hizo equilibro y comenzó a descender, aunque la voz de Takao a su espalda la desconcertaba tanto que resbaló, rodó por el tejado y finalmente cayó al suelo. Desorientada aguardó un instante. Pronto se puso en pie y corrió para perderse en la frondosidad del bosque que rodeaba la casa del señor del clan, alejándose todo lo que pudo de ella; finalmente llegó a detenerse frente a un rellano donde aguardó hasta recuperar el aliento.
—Sakura-chan, pondrás en peligro tu vida.
Una sensación de bienestar se apoderó de la joven al oír la voz de Takeshi que como era habitual en él apareció en el bosque de manera sigilosa.
—Sensei... yo no puedo más. Voy a escaparme.
—Pequeña, si haces eso las bestias te perseguirán; ahora mismo hay varias buscando tu rastro que estoy seguro no tardaran en encontrar. Sé lo cruel que puede ser Takao-sam pero no sabes la vida que te esperaría fuera de su casa y ya tienes diecisiete años, no tardará mucho en remplazarte por una chica más joven. Sólo tienes que aguantar.
— ¿Acaso piensas que no sé lo que ocurre cuando eso pasa? Me entregará a sus hombres que es mucho peor. Escaparé, sensei, lo haré y será muy pronto.
En ese instante un demonio ocupó el rellano. Era alto y delgado, prácticamente huesos. Tan sólo una ligera capa de piel se adhería a su esqueleto e iba protegido por una armadura de samurai. Su rostro era cadavérico, con ojos sin cuencas y larga lengua. Su mano se cerró fuertemente sobre el brazo de Sakura y la arrastró de nuevo hasta su hogar donde la arrojó hacia Takao. La puerta corredera se cerró tras ella en una habitación llena de sombras; el olor a incienso inundaba la estancia y en un rincón esperaba el hombre. Vestía un yukata blanco cerrado sobre su corpulento cuerpo, pues los años de vida sosegada le habían hecho ganar mucho peso. Hacía años de su control sobre los demonios; Sakura ignoraba cómo lo lograba, pero no existía habitante en todo el mundo Washi que se atreviera a enfrentarse a él, y quienes lo intentaron ya no vivían para contarlo, como su clan. Las manos del hombre se cerraron sobre sus hombros apretándola con fuerza; su aliento le quemó la oreja, su lengua lamió su garganta y furiosa lo empujó con fuerza a la vez que cerraba su mano sobre el cinto donde estaba amarrada su katana. La espada cayó al suelo donde se lanzó a recuperarla, la desenvainó y alzó el arma atravesando el vientre del hombre. Su sangre manchó su yukata, su rostro; estaba caliente, pegajosa. El hombre se desplomó en el suelo donde agonizó durante un instante, los temblores sacudieron con violencia su cuerpo, sus ojos parecían salirse de sus orbitas aunque llegó un momento en que todo cesó.
Sakura permaneció impasible sin escuchar el bullicio del exterior ni sintiendo la sangre que manchaba sus pies hasta que las puertas se abrieron tras ella; dos manos grandes se cerraron sobre su cintura y fue cargada a lomos de un hombre. Pronto dejaron atrás la casa para adentrarse en el bosque donde al fin Takeshi la situó frente a él.

Relato de Terror - El Guerrero y la Flor de Cerezo —Maldita sea Sakura, ¿qué has hecho? ¿Cómo has podido?
—Yo... pero sensei, no entiendo porqué que te asombras. Desde niña me enseñaste a usar la espada, debía ser por una buena causa, quizá para matar a Uchiha-sam y lo he hecho.
—Lo sé... no pude evitarlo, sentí lástima cuando te conocí pero no pensé en las consecuencias; sólo retrocede sobre tus pasos y mira cuanto ocurre.
Sakura obedeció. Junto a su sensei, se ocultaron en la maleza contemplaron como la casa ardía hasta los cimientos, los demonios estaban desconcertados arrasando todo a su paso, devorando a quienes se cruzaban en su camino.
Takeshi asió la mano de Sakura y corrieron, dejando atrás a las bestias; siguiendo un sendero de tierra. Se detuvieron frente la muralla de piedra gris que rodeaba todos los dominios del clan Uchiha dando paso a una pequeña aldea.
—Escucha, Sakura. Cruza toda la aldea, no mires atrás y adéntrate en el bosque de bambú. Nunca salgas de él, sigue adelante; llegará un momento en que la naturaleza cambiará y llegarás a un lugar con varios estanques donde en la lejanía podrás ver una roca con forma de águila. Espérame allí, intenta no dejar rastro y ocúltate bien.
—¿Qué está pasando?¿Por qué tienes tanto miedo?
—Asesinando a su líder, has roto las cadenas que le unían a esos demonios, por las que le obedecían tan ciegamente. Ahora están sin control, los diferentes clanes ya no son una amenaza; en este momento lo son los demonios que acabarán con nosotros sin ningún esfuerzo. Debo intentar reparar el caos que has organizado pero mientras tanto tú simplemente huye y aguarda donde te he pedido.
Sakura contempló a Takeshi perderse entre las sombras y ella siguió su camino empuñando la katana.
Durante días, Takeshi bordeó todos los terrenos pertenecientes al clan de Uchiha dejándolos atrás y deambuló desorientado por un eterno bosque donde la luz del día casi no se filtraba debido a su espesor. Hubo de ocultarse de vez en cuando al encontrarse con decenas de demonios. Fue en aumento en los últimos días y se movilizaban con tanta rapidez que impedían que pudiera avisar a las restantes poblaciones. El no dejar rastro se le fue haciendo complicado aunque al tercer día la lluvia le facilitó la tarea. Al fin llegó a detenerse frente a un fuerte de madera. Por su estado parecía no haber sido atacado aunque sería sólo cuestión de días que lo hicieran. Frenético llamó a su puerta hasta que la hicieron caer dando paso al lugar donde los hijos de grandes señores se entrenaban. El lugar era bastante sencillo, compuesto únicamente por una casa de dos pisos al fondo. No muy lejos de él entrenaban varios jóvenes con espadas de cañas de bambú bajo las órdenes del muchacho al que buscaba. Vestía pantalones oscuros y una camisa del mismo tono ceñida a la cintura por un cinturón blanco. Su cabello, al contrario que los demás chicos, no lo llevaba recogido sino que caía por debajo de sus hombros. Su rostro curtido de facciones suaves reflejaba admiración por los jóvenes que seguían sus indicaciones. El entrenamiento se vio interrumpido con su llegada.
—¡Sensei! —exclamó Shoichi sorprendido—. ¿Qué haces aquí?
Takeshi le hizo un gesto serio y el joven lo siguió. Comenzaron a caminar sumidos en un silencio tenso. Takeshi habló con voz seria.
—Hay problemas y son bastante graves. Tu padre ha sido asesinado y ahora todo su ejército camina libre sin nadie que los controle destrozando y aniquilando todo a su paso. Shoichi, si he venido a verte es para pedirte que te dirijas al Tori Prohibido, lo cruces y seas tú quien controle a las bestias.
—¿Quién ha asesinado a mi padre?
—¿Que importancia tiene eso? ¿Acaso estás pensando en vengar su muerte?
Shoichi frunció el ceño, apretó los labios y en silencio siguió a su sensei hasta que tomó una decisión.
—No sé porque debería hacerlo, odio a mi padre y tú mejor que nadie conoces el motivo. Puede que uno de sus demonios le haya dado muerte y sinceramente me alegro; esas bestias algún día deberían volverse en su contra como cuando devoraron a mi madre y mi padre no hizo nada sino que la sustituyó por una jovencita.
Takeshi le miró ceñudo y lanzó un gran suspiro.
—Lo siento, Shoichi, pero debo marcharme. Sólo he creído oportuno advertirte. Ahora haz lo que quieras; puedes quedarte aquí por siempre aunque a esos demonios les atrae la sangre y si en verdad te importan tus alumnos te harías con su control y después las condenarías a algún lugar apartado. El que tu padre abusara de su condición y poder no quiere decir que tú hagas lo mismo. Ahora debo dejarte, mi pupila se encuentra sola y he de protegerla.
—¿Sakura ha escapado de la aniquilación de los demonios?
Takeshi no le respondió, no sabía como le sentaría que hubiera sido una jovencita quien hubiera matado a su padre. Así pues se despidió de él. Le fue entregado un caballo para que siguiera su camino. Shoichi contempló la nube de polvo que levantó su maestro y no mucho más tarde la siguió.

Sakura había hecho largas paradas en su camino. Corría por el bosque que no tardó en dejar atrás hasta llegar a la pradera llena de estanques; el lugar estaba impregnado de vaho debido al calor del agua. Comenzó a correr con cuidado entre ellos pero una enorme sombra la hizo detenerse tan bruscamente que se resbaló por el suelo hasta parar a sus pies. Era un demonio de gran altura, huesudo que la piel parecía deslizarse por todo su cuerpo; estaba encorvado, su pecho iba protegido por un peto rojo con líneas negras y sus hombreras llegaban a cubrirle a la altura del codo. Sus antebrazos no iban resguardados sino que dejaban al descubierto sus esqueléticas manos con afiladas garras tan negras como el carbón.
Sakura comenzó a arrastrarse hacia atrás pero el demonio cerró su zarpa sobre su tobillo alzándola con fuerza y dejándola frente a él, donde su lengua larga y viperina se deslizó de entre sus huesudos labios para saborear a la chica. Ésta desenfundó su katana, incrustándola en su estómago atravesando su pobre armadura: su ropa quedó cubierta de sangre negra y viscosa.
El demonio la dejó caer. Cuando Sakura trató de ponerse en pie se cerró una mano en su cintura dejándola sobre una silla de montar. Pronto dejaron atrás el cadáver de la bestia y la pradera de estanques. Cabalgaron bajo el sol durante horas hasta que no fue una ligera línea en el horizonte; irrumpieron en un bosque de cerezos desde el que la roca con forma de águila se hacía visible. Por mucho que Takeshi espoleó al caballo éste ya no pudo cabalgar más y tuvieron que dejarlo atrás. El hombre casi arrastraba a la chica por el bosque cuando tres demonios se cruzaron en su camino. Uno de ellos ya lo habían conocido hacía un instante, su armadura iba embadurnada en su propia sangre oscura mientras que los otros dos, a pesar de ser más bajos resultaban ser más corpulentos con garras afiladas y ojos grandes y desorbitados que no dejaban de mirarlos.
Takeshi protegió tras él a Sakura y alzó su brillante katana en la que se reflejaron los rayos de la Luna; ladeó su espada a su derecha y corrió. Uno de sus enemigos partía hacia él a grandes zancadas y aunque no pudo evitar que su garra se incrustara en su pecho, el demonio tampoco impidió que su espada atravesara su estómago donde la giró para abrir mucho más la herida. Aun así la bestia seguía con vida, sin extraer la garra de su interior; el dolor comenzó a ser desgarrador y lo alzó como si fuera un muñeco de trapo. Entonces intervino Sakura mortal y fría como cualquier guerrero con su afilada espada, que perteneció al clan Uchiha, provocó un gran corte en la rodilla al demonio. Su sensei cayó al suelo, tras ella, donde le protegió con el arma blandida, guardando las distancias. El demonio parecía dispuesto a devorarla por lo que se agachó y cuando lo tuvo encima alzó el arma atravesando su garganta. Ambos fueron bañados por su sangre; aunque pronto su cuerpo se desplomó hacia un lado dejando el paso libre a los dos siguientes demonios.

Relato de Terror - El Guerrero y la Flor de Cerezo Sakura blandió temblorosa su espada y se dispuso a hacer frente al siguiente enemigo cuando alguien pasó por su derecha como un rayo. Era un chico joven montado en un caballo que con un rápido gesto degolló al primero de ellos. Después bajó de un salto de su montura corriendo hacia el último de los demonios que se giraba torpemente pero no lo suficiente, pues de una rápida estocada lo atravesó por la mitad partiendo su cuerpo en dos. Furioso propinó una patada al resto del cuerpo de la bestia y volvió a incrustar su espada en su marchito tronco. Desde la lejanía reconoció a su sensei y aunque lo intentó no llegó a tiempo de evitar que lo hirieran; ahora al fin conocía a su pupila. Desde que no era más que un adolescente, cuando no hacía mucho que abandonó el hogar de su padre para vivir en el fuerte, había oído hablar con orgullo de ella a Takeshi. De su agilidad en los movimientos, su rapidez con la espada y ahora al fin la contemplaba y admiraba su belleza.
—¡Sensei! —gritó Sakura—. No me dejes, por favor, aguanta.
Takeshi le sonrió y deslizó su mano por su mejilla con cariño a tiempo de dirigir una última mirada a Shoichi que asintió. Entonces sus ojos se cerraron para siempre. El grito de la chica caló hondo en el muchacho que en la lejanía vio cómo más demonios corrían hacia ellos.
—Vienen más, tenemos que largarnos—gritó haciéndose oír entre su llanto y se dispuso a ayudarla a ponerse en pie, pero la joven estaba aferrada al cuerpo del hombre por lo que la golpeó en la nuca provocando que se desplomara sobre sus brazos y montó en su caballo. Por encima de su hombro lanzaba miradas contemplando a sus enemigos y como poco a poco les iban alcanzando; comenzó a deslizarse entre los árboles con rapidez provocando que sus perseguidores no siguieran su ritmo e incluso que sus caballos no evitaran los árboles estrellándose contra ellos. Los dejó atrás cuando los rayos del amanecer bendecían aquellas tierras malditas. Al atravesar el bosque de cerezos se abrió paso una pequeña aldea que había sido desolada. Sus casas de maderas ardían hasta los cimientos al igual que centenares de cuerpos; aunque otros yacían devorados entre charcos de sangre mientras que algunos se debatían entre la vida y la muerte al mismo tiempo que los cuervos picoteaban sus rostros.
Shoichi pensó en bajar de su montura para ayudar a posibles supervivientes cuando la chica se removió inquieta en sus brazos y un temblor recorrió todo su cuerpo al ver la desolación que los rodeaba; espoleó al caballo con violencia dejando atrás la aldea para volver a adentrarse en un bosque donde la brisa les refrescó.
—Por favor, para.
Shoichi obedeció y ayudó a la joven a bajar. Una vez en el suelo sus piernas cedieron y vomitó entre temblores que sacudieron su cuerpo. Mientras, el joven, caminaba por los alrededores, atento a cualquier movimiento a la vez que inevitablemente miraba a la roca con forma de águila donde debía dirigirse.
—Soy Sakura... gracias por lo de antes —agradeció al joven desde el suelo.
—¿Sakura que más?
—Sólo Sakura. Hace años el jefe del Clan Uchiha mató a todo mi clan y familiares, a partir de ese día me convertí en Sakura.
—Muy bien, Sakura-chan, me presentaré. Me llamo Shoichi y dado que no me siento orgulloso de donde provengo no te diré a que clan pertenezco —añadió con una sonrisa advirtiendo en la katana que llevaba—. Sé que Takeshi-sam no te entregó nunca una espada y al ver esa no puedo evitar preguntarme a quien habrás matado para conseguirla.
Un estremecimiento recorrió toda la columna vertebral de la chica; agachó la cabeza avergonzada, meditando en las palabras del joven pues al parecer la conocía.
—Shoichi-kun... ¿conocías a mi sensei?
—Sí, fue mi maestro hace tiempo y me habló de ti en ocasiones. Nunca pensé que la última vez que lo vería sería hace unos días cuando desesperadamente me pidió ayuda para que me enfrentara a los demonios y me hiciera con su control... Sakura-chan, espero que al hombre que matarás se lo mereciera.
La joven no se atrevió a mirarlo sino que bajó unos centímetros la sucia tela de su yukata mostrando pequeñas marcas en sus hombros.
—Creo que sí.
Shoichi cerró sus puños fuertemente hasta causarse un leve dolor al contemplar las marcas de la chica sobre sus pálidos hombros. Sabía que fue una de las esclavas de su padre aunque por el momento no pensaba decirle nada a la joven y ahora que la tenía cerca, que contemplaba la brillante hoja forjada por el mejor herrero de Washi, el mismo que la suya, se preguntaba si no habría sido ella la que había desatado todo el caos en el que el mundo de Washi se encontraba sumido. No le parecía tan descabellada la idea de que esa chiquilla hubiera matado a su padre.
—No puedo garantizarte que estés a salvo a mi lado, aunque supongo que no hay un lugar seguro ahora mismo, pero me dirijo a Piedra de Águila, en realidad al Tori Maldito que se encuentra en su cúspide. Tengo que atravesarlo, intentar poner cierto orden... creo que puedo hacerlo. Tú eres libre de seguirme o quedarte aquí, aunque si lo haces no creo que aguantes mucho tiempo; puede que tu espada sea mortalmente afilada, que seas ágil utilizándola pero no podrás con los demonios que se avecinan.
—Te acompañaré.
El muchacho le entregó la mano y la chica la tomó. Su paso fue apresurado acortando distancias con las montañas al llegar a su base comenzaron a escalar. Con la caída de la noche hicieron una parada en una mohosa cueva. El aire estaba viciado, la oscuridad cerrada y el olor a rancio resultaba asfixiante, pero era un buen lugar para pasar la noche.
Shoichi decidió hacer guardia, y sentado al borde de la cueva contempló todo el paraje que quedaba a sus pies y cómo muy al sur las antorchas le indicaban la situación de al menos un centenar de demonios que avanzaban en su dirección. Según sus cálculos no lo alcanzarían hasta el medio día por lo que podía hacer una pequeña visita a un lugar. Tras mirar por encima de su hombro y contemplar a la joven dormir plácidamente aferrada a su espada con fuerza, abandonó la cueva y volvió al amanecer cuando la despertó.
—Aún nos queda un largo trayecto y he pensado que con esto estarías mucho más cómoda, además debemos hablar —le dijo ofreciéndole ropa limpia.
Sus últimas palabras desconcertaron a la joven hasta tal punto que ni siquiera evitó que Shoichi tomara su katana y comenzara a compararla con la suya minuciosamente.
—En todo Washi el mejor forjador de espadas era Kaneshiro Subaru, creo que tú lo conocías como padre. Cuando yo no era más que un niño y la guerra de clanes no existía mi padre hizo que el tuyo forjara dos espadas, una para mí y otra para él. Tu padre le engañó pues juró no forjar una espada más afilada y mortal que estas y cual fue la sorpresa de mi padre cuando unas semanas después de recuperar este arma unos bandidos lo abordaron. No eran muy hábiles pero aun así le causaron un gran daño, así que tras acabar con ellos apreció que el metal que le había herido resultaba ser tan mortal como el suyo. Ese día mi clan le juró venganza al tuyo, el cual era mucho más poderoso entre otros motivos porque sus armas eran más mortíferas que las nuestras. La humillación, rabia y odio de mi progenitor fue en aumento cada día para incluso llevarle a este mismo lugar donde no sé cómo logró hacerse con el control de un centenar de demonios los cuales arrasaron tu aldea. Sí, Sakura, a mi padre tú le llamabas Uchiha-sam y juraría que entre la sangre de demonio que mancha tu yukata también se encuentra la suya.

Relato de Terror - El Guerrero y la Flor de Cerezo Sakura recuperó con rapidez su katana y desafiante le miró a los ojos sin poder evitar que la hoja temblara en sus manos. Mas no le importó y corrió hacia el joven quien evitó con facilidad su estocada, la siguiente e incluso la tercera que golpeó con tanta violencia que la hoja vibró en sus manos, pero Sakura persistió; se dirigió hacia el chico que se giró divertido evitando a la joven que durante un instante le dio la espalda aunque pronto reaccionó y jadeando volvió a desafiarlo con el arma. Sakura no se rindió sino que siguió con su enfrentamiento; Shoichi aburrido del absurdo juego y sabiendo que el tiempo se les echaba encima le hizo frente. Evitó todas sus estocadas provocando que retrocediera acercándose inevitablemente al abismo donde perdió el equilibrio y se precipitó al vacío.
Shoichi maldijo y se lanzó tomando la mano de la chica. De un fuerte tirón la subió encerrándola en sus brazos donde forcejeó violentamente hasta que él la acorraló contra una de las paredes del fondo admirando el brillo de sus ojos, sus bonitos rasgos, sus labios carnosos a los que no se resistió sino que besó con dulzura, luego con persistencia cuando a Sakura no le fue indiferente su beso.
—Mi pequeña Sakura—murmuró apoyado en su hombro—, eres tan bella como Takeshi me decía. Siempre eras nombrada en sus conversaciones; llegó un momento en que me eras conocida y ansiaba liberarte de la humillación a la que estabas sometida. Debería haberlo hecho, Takeshi nunca se atrevió a pedírmelo claramente pues nunca quiso verme enfrentado a mi padre pero debería haberlo sabido cuando me hablaba de la tristeza que se había hecho contigo. Eras especial, tu coraje te hacía diferente a las demás. Mi sensei me conocía bien y sabía que a tu lado todo sería diferente.
—Shoichi-kun... yo... lo siento mucho, no podía más.
—No lamento que lo mataras, lo habría hecho yo si no hubiera sido tan cobarde. Debería haber acudido en tu ayuda cada vez que Takeshi venía a visitarme y me hablaba sobre ti, tus lecciones...
Sakura selló los labios del joven con sus dedos pues no quería más disculpas. Sintió sus labios y una agradable sensación de bienestar le recorrió. Nada parecido a cuando Takao la acariciaba pues las manos de Shoichi eran cálidas, suaves al igual que sus caricias, aunque pronto cesaron cuando los gritos se hicieron más intensos. Ambos se asomaron a tiempo de ver una decena de demonios que ascendía con rapidez hacia ellos.
Shoichi lanzó una maldición y le entregó a Sakura nuevas ropas además de calzado y cuando ya lucía un kimono azul comenzaron a ascender con prisa; finalmente llegaron a la cúspide. El frío era intenso, pues el aire era tan gélido que helaba cada centímetro de su cuerpo. Aquel lugar no era normal: la niebla lo envolvía todo, hacía más difícil su trayecto y temían caer. Corrieron sin saber hacia dónde esperando ver aparecer entre la bruma el tori pero lo único que atisbaron fue una bestia resguardando el paso de un puente de cuerdas.
Shoichi no tardó en desenvainar su espada con ímpetu y enfrentarse con él alejándolo en un santiamén del puente que Sakura cruzó sin demora tambaleándose en todo momento; al atravesarlo se detuvo para lanzar una última mirada al muchacho. Luchaba con su enemigo aunque éste ya agonizaba y desde el lugar que ella ocupaba podía ver el tori a unos metros. Entonces tomó una decisión; alzó la espada y cortó las cuerdas impidiendo que el joven la acompañara.
—Vuelve, escóndete, huye, no sabemos qué nos esperara en el tori pero todo este caos es por mi causa. ¡Huye!
—Maldita sea, Sakura, espera —gritó pero la joven ya le daba la espalda y él con una estocada más se libró del demonio y corrió hacia el precipicio donde lo contempló todo.

Sakura aguardaba frente al tori donde ni si quiera la pesada niebla conseguía enturbiar su aspecto como si fuera el marco de una enorme puerta roja que daba hacia algún lugar inexplicable. La joven meditó frente a aquel lugar, palpando su estructura, cruzándolo incontables veces sin ver nada extraño por lo que tomó su espada con la que se hizo un corte en la mano. Con su sangre manchó el tori y de repente, de la nada, aparecieron dos fuertes manos rugosas protegidas en acero que la arrastraron hacia un lugar inexplicable sin quedar rastro de ella.

Shoichi lo vio todo y sin dudarlo retrocedió varios pasos, después corrió y cuando llegó al precipicio saltó lanzándose al vacío, cayendo prácticamente en picado hasta que cerca del lado contiguo tomó una de las cuerdas del puente por el que subió a toda prisa para encontrarse frente al tori. Allí lo palpó, lo cruzó esperando ser trasportado al lugar donde estaba Sakura pero todo seguía igual por que lo que optó por hacer lo mismo que ella. Se hizo un gran corte en la mano y con su sangre manchó el tori de donde aparecieron dos manos que lo arrastraron a un lugar parecido a una cueva enorme. Varias antorchas iluminaban su interior y a centenares de demonios, aunque su atención estaba fija en Sakura. Era prisionera de un humano, o eso le parecía a él, pues en realidad pensaba que era un condenado sumido a ese infierno.
—Lárgate, es una trampa. ¡Escaparán todos! —gritó la joven.
Mostraba un aspecto lamentable. Su rostro revelaba magulladuras, sus rasgos casi no eran apreciables debido a la sangre y el muchacho no quiso pensar que le había pasado para presentar ese aspecto. Quiso preguntar qué ocurría, pero una espada atravesó el pecho de Sakura y su cuerpo cayó inerte al suelo. Entonces se giró y comprendió las palabras de la joven; el tori quedaba a su espalda pero no se parecía en nada al dejado atrás sino que el centro era ocupado por un pequeño vórtice que se iba cerrando poco a poco y servía de puerta hacia el otro lado. A su oído llegaron los pequeños quejidos de Sakura y contempló como a su alrededor se iban amontonando varios demonios que pensaban devorarla e incluso algunos ya lo hacían. Lleno de rabia corrió hacia ellos, hacia el líder para sonsacarle la forma de controlar esas fieras o simplemente volver a encerrarlas en ese lugar, pero ese hombre era demasiado fuerte. Nada más llegar a él cerró su mano sobre su garganta levantándolo con fuerza y lanzándolo contra una de las paredes. Permaneció en el suelo un instante recuperándose. El hombre estaba protegido por una armadura roja y brillante además de un casco con dos cuernos retorcidos. Sus rasgos eran severos, destacando una cicatriz que cruzaba su nariz aguileña, aunque lo más escabroso era que parte de su rostro estaba quemado.
—Y tú eres el hijo de Uchiha Takao —añadió a la a vez que le daba una fuerte patada—, no te pareces a tu padre; él al menos me derrotó llevándose consigo una parte de mis bestias.
Shoichi se giró y alzó la katana pero ésta fue a parar a la palma de la mano del hombre que con sólo tocarla comenzó a fundirla hasta dejar la mitad. Aterrado se escurrió por un costado de su enemigo. Cuando le separaba una larga distancia se puso en pie y corrió hacia la chica; la cual seguía en el suelo rodeada de demonios. Llegó a ellos y con su media espada comenzó a matarlos, a degollarlos llegando a librarse de algunos con facilidad. Se agachó a su lado, tomó su cuerpo entre sus brazos y disfrutó una vez más de su mirada cuando sus ojos se fijaron en los suyos. Hizo presión sobre la herida pues sangraba demasiado pero era tarde para ella. Se giró a tiempo de detener una estocada pero no evitó que dos bestias lo embistieran. Fue a parar al suelo donde sus garras cruzaron su pecho y rostro. El dolor fue indescriptible, agudo, persistente aunque aun así hizo acopio de fuerzas; blandió lo que quedaba de su arma y la incrustó bajo la garganta del demonio. Su otro enemigo se alejó de él sin explicación lógica para dar paso al líder.
—Hace más de una década tu padre cruzó ese tori maldito y se enfrentó a mí. No jugó limpio pues me derrotó ante los demonios quienes la gran mayoría le obedecieron ciegamente siendo él su señor a partir de entonces. Ahora llegas tú, su hijo, no hay más que mirarte y piensas volver a hacer tuya esta victoria. Eres tan arrogante como tu padre pero tú no cuentas con una decena de hombres que acudieron en su ayuda, sólo con una niña muerta.
La muerte de Sakura le dio fuerzas para olvidar el dolor. Ambos aceros se estrellaron, se miraron a través de éstos desafiándose aunque Shoichi no tardó en retroceder debido a la fuerza emergida por el hombre que de una estocada lanzó lejos la suya y atravesó su corazón con el arma. La visión comenzó a volverse nublosa, sus piernas dejaron de sostenerlo pero a pesar de ello embistió a su enemigo. Éste cerró su mano sobre su garganta provocándole la asfixia hasta que aburrido lo lanzó al suelo. Allí contempló como él y los centenares de demonios que aguardaban en ese lugar cruzaban el vórtice que él había abierto. Aguardó junto al cuerpo frío de la chica aunque pronto la oscuridad se hizo con él mientras en las distintas regiones de Washi, en cada aldea, población, bosque, todos eran sometidos al infierno devastado por los demonios.

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Aurora Bitzine revista de fantasía y ciencia ficción a 1 de septiembre del 2006