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Relato de Terror: Un Lorito de lo Más Simpático
¡Nada de perros! El loro es el mejor amigo del hombre. Científicamante comprobado.
Por Francisco Calderón

Relato de Terror - Un Lorito de lo Más Simpático Kenny Harper era un tipo bastante feliz. Tenía una mujer preciosa, Barbie, y una bonita casa en las afueras, tres plantas y garaje, situada en una urbanización verde y luminosa. Un trabajo de oficina con ciertas responsabilidades y un buen sueldo. Un coche elegante, amplio, fabricado en el país. Un futuro prometedor. El sueño americano hecho realidad para la anodina clase media-alta blanca. Hasta en su aspecto él y su mujer eran como los Barbie y Ken de juguete: altos, rubios, ojos azules, atractivos, dentadura perfecta... aunque este Ken era el modelo cojo. Un accidente de moto, en sus años jóvenes y algo alocados, había acabado con una importante fractura en la cadera de Kenny, que le produjo una visible y crónica cojera, lo que le obligaba a caminar con la ayuda de un bastón. De todas maneras, la adorable Barbie lo encontraba, según sus propias palabras, “sumamente señorial”, lo que siempre hacía sonreír a Kenny enseñando sus blanquísimos dientes.
Aquella tarde era brillante y clara, un precioso día de primavera con un cielo azul intenso y algunas dispersas nubes de algodón, que recordaban la presentación de un capítulo de los Simpson. El sol calentaba sin molestar, y una fresca brisa se extendía por las limpias calles de la pequeña ciudad, cuidada y llena de árboles. Kenny había terminado ya su jornada laboral matutina, y regresaba en su coche a casa para comer, tras hacer una rápida parada en la tienda de mascotas de Sam. El magnífico día le había puesto de buen humor, y quería darle una sorpresa a su linda mujercita, un regalo que la hiciera compañía durante las horas que pasaba en casa, encargada de hacer que su hogar siempre estuviera reluciente y que su mesa estuviera servida con sabrosos y humeantes guisos caseros cuando su esposo volvía del trabajo. La vida de Kenny era idílica, agradable y ordenada. Todo un lujo en los tiempos que corrían, donde ni los hombres ni las mujeres sabían cuál era su sitio.
Tras aparcar en su impecable garaje, donde ni una sola herramienta estaba mal colocada, donde no se podía encontrar ni una solitaria mancha de grasa, Kenny salió del coche con cuidado, para no forzar demasiado la articulación de la cadera al sacar la pierna. Abrió la puerta trasera y sacó de ella su bastón y un objeto cilíndrico y ancho tapado con un paño negro. Cerró cuidadosamente el coche y la puerta del garaje desde dentro, y subió cojeando el tramo de escaleras que llevaba al primer piso.
–¿Barbie? ¿Cariño? ¿Dónde estás, preciosa?
–¿Kenny? –le contestó una voz femenina–. ¡Estoy en la cocina!
–Hola cariño –dijo Kenny, entrando en la espaciosa cocina y viendo a su perfecta mujer, arreglada como para ir a la iglesia en domingo y con un delantal con bordado de puntilla donde podía leerse “La mejor cocinera del mundo”–. Tengo una sorpresa para ti.
–¿Para mí? –Barbie se volvió, depositando sonriente un suave beso en los labios de él, mientras limpiaba sus delicadas aunque algo enrojecidas manos manchadas de harina en un trapo de cocina–. ¿Qué es, cariño?
–Míralo tú –dijo Kenny, extendiendo el objeto cubierto por un paño hacia su mujer. Barbie lo cogió entusiasmada, levantó el paño de un tirón y soltó una exclamación de sorpresa. Bajo el oscuro trapo había una jaula, un cilindro de forma abovedada hecho a base de estrechos barrotes metálicos. Dentro, un ave hermosa, grande como un gato, de vivos e incontables colores, permanecía quieta e inmutable, observando. En su rostro, entre plumas verdes, rojas y azules, podía verse un pico corto y curvo, malignamente afilado, y dos profundos ojos negros. Y si alguien se hubiera fijado en aquellos ojos hubiera sospechado la verdadera edad del pájaro, pues estaban imbuidos de una extraña y ancestral sabiduría. Si alguien se hubiera fijado.
–Oh, pero, pero si es... ¡un lorito de lo más simpático! –Aseveró la siempre atenta Barbie–.Vaya, es precioso, pero, ¿cómo se te ha ocurrido?
–¿Te gusta? –Kenny parecía orgulloso e hinchado como otro tipo de ave, que se suele trinchar en Navidad–. Querías una mascota, y ya imagino que pensabas antes en un perrito o un gato, pero es que me pasé por la tienda de animales, y parece que tener un loro tropical es la última moda, ¿sabes? Mmm, ¿qué hay de comer? –Kenny se había quitado la chaqueta, depositándola correctamente doblada sobre el respaldo de una silla, y estaba olfateando el guiso que Barbie tenía en la lumbre.
–¡Deja eso! O sea, que es un loro tropical...
–Efectivamente. Y nada de estar criado en cautividad. Por lo visto no se puede, no crían si no es en libertad. Así que los capturan en las selvas del trópico, salvajes, y parece que eso los hace aún más listos. Puñetero pajarraco, jejeje... Oye, eso huele de escándalo, en serio...
–Vaya, ¿y habla?
–Pues según el de la tienda todavía no. Parece que lo acababan de traer, y en donde demonios viviese antes no creo que tuviese mucho contacto con humanos. Estos bichos para decir algo deben de oírlo primero.
–Bueno, al menos así, cuando tú no estés, tendré a alguien con quién hablar... sin que me interrumpa.
–Ja ja, Barbie, como eres... –Kenny estampó un sonoro beso en la mejilla de su mujer, estúpidamente divertido.
–¿Y que se supone que hay que hacer? ¿Soltarlo de vez en cuando para... bueno... ya sabes, para que haga sus cosas y pasee?
–Oh, no, no, ni se te ocurra. Si haces eso se escapará. No, sus cosas las hace en su jaula, así que no debes dejarle salir nunca, ¿de acuerdo?
–Vale, claro. No quiero que vaya manchando por cualquier lado. Oye, y si siempre ha estado en plan salvaje, ¿no se pondrá triste por estar en una jaula?
–Cariño –el tono de Kenny se volvió condescendiente–, sólo es un animal. Le daremos de comer y de beber, no tendrá frío ni se mojará con la lluvia. ¿Que más quiere? ¿Qué crees que va a echar de menos? ¿Su libertad?
Y si alguien se hubiera fijado, hubiera podido ver, en ese momento, mientras la última palabra de Kenny aún hacía eco entre las paredes de la espaciosa cocina, un extraño brillo en los ojos del pájaro. Un brillo que en ojos de un humano siempre significa problemas.
–Bueno –dijo Barbie, que al parecer esta vez sí que había estado atenta, mientras dejaba la jaula sobre una pequeña mesa auxiliar–, hay que reconocer que no parece muy feliz... Mira sus ojos, casi diría que nos mira con odio y rabia.
–Ya verás qué rápido se le pasa en cuanto te conozca y le des de comer. Y hablando de comer, cariño, me muero de hambre. Y ya sabes que esta tarde me tengo que marchar pronto para la oficina. El maldito balance mensual. Ni siquiera sé a qué hora acabaré, así que no me esperes levantada.
–Está bien, cariño. Trabajas demasiado –Barbie empezó a servir la comida en la mesa, mientras Kenny se sentaba, con un pequeño gesto de dolor. Maldita cadera–. Escápate en cuanto puedas.

Relato de Terror - Un Lorito de lo Más Simpático –Por cierto, amor, acuérdate de que Richard, el abogado, se va a pasar esta tarde por casa para traer los papeles del coche.
Barbie colocó la olla sobre el salvamanteles en el centro de la mesa y empezó a servir un guiso de pollo en los platos. Ciertamente, olía de fábula.
–Tranquilo –dijo Barbie–. No tenía pensado salir a nada. ¿Sobre qué hora vendrá?
–Me comentó que a las cinco, a las seis como mucho. Le dije de pasarme a por los papeles yo, pero le coge de camino al bufete, así que se ha ofrecido a dejármelos personalmente.
–Qué amable. Le daré las gracias de tu parte.
–Mmm, cariño, esto está buenísimo. En serio, cada vez cocinas mejor.
–Gracias. Tengo que hacer honor al delantal.
Los dientes de Barbie brillaron al sonreír. El loro les observaba fijamente, tan quieto como si se tratara de un pájaro disecado. Pasó media hora de charla insustancial y vana, el típico parloteo familiar que se produce durante una comida cuando no hay nada de interés que comentar, y el loro seguía tan inmóvil como si fuera de piedra.
–Bueno, amor –Kenny se levantó de la mesa, reprimiendo un eructo–, me marcho, que cuanto antes llegue, antes acabo. Un beso.
–Un beso.
–Y tu cuídala, eh lorito... –Kenny acercó la mano a la jaula, introduciendo el dedo índice entre los barrotes. Ni el rayo hubiera sido más rápido que el loro en aquel momento, pues rompiendo por fin su inmovilidad saltó como un resorte, dándole a su nuevo dueño un buen picotazo en el dedo–. ¡¡Auh!! Maldito animal... me has hecho sangre... Ya puedes ser más atento, amiguito, porque te vas a pasar el resto de tu vida en esa jaula. Será cabrón, mira mi dedo, joder, ese pico está afilado como una puta navaja...
–¿Te ha hecho daño? A ver, déjame ver esa herida –dijo, solícita, Barbie, algo alarmada por el repentino vocabulario de su marido.
–No..., es igual –Kenny se llevó el dedo a la boca, chupándoselo, mientras cruzaba miradas de odio con el loro, que de nuevo estaba inmóvil como una estatua emplumada–. Pero hoy se va a quedar sin comer, ¿de acuerdo? No le des nada, a ver si así aprende...
–¿Pero seguro que estás bien? Por qué no te lo desinfectas...
–Tranquila mujer, solo es una heridita. Tampoco es que me vaya a convertir ahora en el horroroso hombre-loro, ¿no? –dijo Kenny, recuperando un poco la compostura y la sonrisa–. En fin, me voy. Dale un saludo a Richard de mi parte.
–De acuerdo –la joven ama de casa le entregó el bastón a su marido, dándole otro beso al acercarse–. Hasta luego.
–Chao, cariño. Y recuerda: el pajarito está castigado –y cruzó una nueva mirada con el loro, aunque esta vez apartó rápidamente la vista.
Kenny bajó las escaleras hasta el garaje, y poco después pudo oírse como arrancaba el motor del coche y salía de la casa. Barbie permaneció sola en la cocina, observando al loro que, extrañamente, le producía una vaga sensación de inquietud. Aún se podía oír en la distancia el motor del coche de su marido cuando el pájaro abrió ligeramente el pico y dijo con absoluta claridad:
–Aarrrggg, ¡abre la jaula, abre!
El corazón de Barbie cobró vida propia e intentó salírsele por la boca, o al menos eso le pareció a la mujer mientras daba un respingo que hizo que la adrenalina corriese dolorosamente por su cuerpo.
–¡Madre mía! Joder, qué susto –dijo, llevándose una tensa mano al pecho–. ¿Pero no se supone que no sabías hablar? Vaya, ¿que más te han enseñado?
Cinco segundos exactos pasaron entre la pregunta de Barbie y la respuesta del loro. Cinco segundos donde la sorpresa, la diversión, y el susto se mezclaron orgiásticamente en el cerebro de la mujer.
–Aarrrggg, abre la jaula AHORA, ¡zorra!
La buena de Barbie no podía dar crédito a sus oídos. Todas las sensaciones dejaron paso en su mente a la ofensa, que llegó a empujones como un torbellino.
–Pero, pero... ¡será posible! ¿Quién te ha enseñado ese lenguaje, amiguito? Te aseguro que esa boca tan sucia no va a soltar ese tipo de frases en esta casa. Cada vez que digas una palabrota te pegaré un buen susto, verás qué rápido se te olvidan –y cual espíritu vengador, agarró la escoba y la blandió amenazadoramente ante la cara del loro, que no tardó esta vez mas que tres segundos en contestar:
–¡Zorra! ¡Abre la jaula! ¡Maldita puta de mierda!
–¡Oooooh, tú lo has querido, montón de plumas! –Y tras decir esto, Barbie estampó la escoba sobre la jaula con sorprendente energía, lo que hizo que el loro chillase mientras revoloteaba nervioso y alborotado en medio de un festival de plumas y color–.
–¡¡¡Aarrrggg, estás muerta, muerta, MUERTA!!!
Esta vez Barbie sí que se asustó de verdad. Una cosa es que el loro hubiera aprendido a decir que le abrieran la jaula, algo que cualquiera con cierto sentido del humor le podía haber enseñado, y otra cosa muy distinta era que respondiera de esa manera a un ataque. Y aquel susto la hizo bajar la escoba y dar un paso atrás.
–Por Dios, ¿pero qué clase de cosas te han enseñado a ti en la pajarería? Vaya con el pájaro... –De pronto Barbie se echó a reír, nerviosa, apartándose un sudado mechón de cabello de la cara–. Pero que estoy diciendo... si es sólo un animal que no sabe lo que dice, y con más miedo que yo. Pero, maldita sea, la forma que tiene de mirar, me está poniendo nerviosa... Mejor será que te tape con ese trapo, amiguito, a ver si ambos descansamos un rato.
Y como un telón que cae sobre la más extraña obra de teatro, la oscuridad se hizo dentro de la jaula del loro.



* * *




–¿Cariño? –La voz de Kenny y el clic del interruptor de la luz atravesó la penumbra reinante, que ya no se limitaba a la jaula del pájaro, sino a toda la casa, puesto que ya era de noche hacía horas.
–Hola, animalejo –Kenny levantó el paño, permitiendo que la luz del fluorescente de la cocina entrase en la jaula–. ¿Ya estás más tranquilo?
–Aarrrggg, lorito galleta, ¡lorito galleta!
–¡Vaya! Parece que Barbie te ha estado enseñado cosas, ¿eh? A ver si hacéis migas y te vuelves menos huraño, que todavía me duele el dedo... Ah, estupendo –Kenny se dirigió a la mesa de la cocina, dejando el bastón y cogiendo unos papeles–. Los papeles del coche. Así que al final se ha pasado Richard.
–Aarrrggg, Richard, ¡Richard! –chilló inmediatamente el loro.
–¡Caray! Pues sí que aprendes tú rápido.
–Así, Richard, así... aarrrggg.

Relato de Terror - Un Lorito de lo Más Simpático Kenny se quedó absolutamente petrificado, mirando al loro como si éste fuera un fantasma que estuviera paseándose desnudo y bailando claqué en su cocina.
–Pero qué cóño...
–Así, sigue, Richard, aarrrggg, qué bueno...
–Qué cojones estás diciendo –Kenny empezó a enfurecerse en progresión geométrica.
–Sí el gilipollas de Kenny, aarrrggg, supiera lo que hacemos cuando se va...
La cara de Kenny era una máscara de furia. Sus manos se crisparon, arrugando los papeles que sostenían. Parecía dudar entre seguir escuchando al loro o retorcerle el cuello. De hecho, era exactamente lo que pasaba por su cabeza.
–Fóllame fuerte, Richard querido... aarrrggg.
–Basta.
–Vamos Richard, ahora por detrás... oh, qué bien, si Kenny supiera hacerlo así...
–Basta...
–...ese tullido, ese inútil y asqueroso tullido...
–¡¡¡BASTA!!!
–...arrrggg, lorito galleta, galleta, Richard, ¡fóllame, arrrggg, tullido, tullido, ¡¡¡TULLIDO!!!
La mano de Kenny se alargó casi con voluntad propia hasta la mesa, y agarró el bastón con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos.
–¡Cállate, cabrón! ¡¡¡¡Cállate!!!! –gritó al loro, su rostro completamente desencajado, alzando amenazadoramente el bastón.
–Cariño, ¿eres tú? Me has despertado... –La voz de Barbie se oyó desde la puerta de la cocina, al pie de las escaleras. Kenny se volvió, repentinamente calmado, y pudo verla allí, somnolienta, despeinada, con una bata rosa y las graciosas zapatillas con cabeza de perro que le regaló por Navidad–. Cariño, ¿qué pasa? ¿Por qué metes tanto ruido?
–Barbie...
–¿Sí? –La mujer se apretaba la bata, ligeramente alarmada por el tono de voz de su marido.
–Hoy ha venido Richard, ¿verdad?
–Sí, claro, ahí te he dejado los papeles que te ha traído... ¿Kenny? ¿Estás bien?
Kenny se acercó a ella, con la mandíbula apretada y los blancos dientes a la vista, los ojos dos bolas de fuego que asomaban entre los párpados entrecerrados. Sujetaba el bastón con su mano derecha, pero lo hacía cogiéndolo por la parte de abajo, como si fuera una porra, manteniendo en alto el pesado pomo metálico. Y no lo usaba para caminar.
–¿Kenny? Kenny, me estás asustando... ¿Se puede saber qué haces? ¿Qué haces, Kenny? ¡¡Qué cóño haces, Kenny!! ¡¡¡Kenny!!! ¡¡¡NOOOO!!!
El bastón de Kenny se alzó y cayó. Golpeo la cabeza de su mujer, que se derrumbó en el acto, sangrando abundantemente. Después siguió alzándose y cayendo, alzándose y cayendo, alzándose y cayendo...
–¿Conque tullido, eh? Zorra, ¡¡Zorra!! ¿Te gusta esto? ¿Eh? ¿Te gusta que te haga ESTO? ¿Richard sabe hacerte ESTO?
Unos minutos después, Kenny estaba arrodillado, llorando ante el cadáver de su mujer. La cabeza de Barbie era un irreconocible amasijo de pelo, sangre, y algo que parecía una espesa pasta roja. Poco después, tirando a un lado el bastón, Kenny subió cojeando por la escalera hasta el piso de arriba, entró en su habitación y abrió el cajón de la mesilla de noche.
Sonó un disparo.


Mientras tanto, el loro permaneció callado y muy, muy quieto. Siguió muy callado y quieto cuando vino la policía, alertada por una vecina muy cotilla. Una vecina que les contó que aquella tarde la mujer estuvo sola en casa, aunque a eso de las cinco y poco un coche se paró en la puerta, y un hombre se bajó y entregó unos papeles a la mujer. En la misma puerta, ni siquiera pasó a la casa. Sí, estaba completamente segura de eso. El hombre entregó los papeles y volvió a su coche, y se marchó. Y horas después llegó su marido, y ella escuchó gritos y al poco, un disparo. Y llamó a la policía. Y la policía registró la casa, y encontró a la mujer muerta, con la cabeza aplastada, y al marido, claramente el asesino, muerto de un disparo en la cabeza en la habitación superior, claramente un suicidio. Y Jones, el policía gordito habitual de la tienda de donuts, miró al loro, se apiadó de él, y decidió sacarlo un poco de la jaula. Parecía tan manso. Y en cuanto Jones abrió la puerta de la jaula el loro se movió como un rayo, dando un picotazo al policía que intentaba agarrarle y saliendo como una exhalación por la ventana.
Otro policía bromeó diciendo que se les había escapado el único testigo, y todos se burlaron de la torpeza del obeso Jones, que para salvar algo de su orgullo y entrar en la broma, dijo algo verdaderamente ingenioso: creía que era el primer caso de asesinato donde alguien, en vez de entrar en la jaula, salía de ella. Todos rieron.

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Aurora Bitzine revista de fantasía y ciencia ficción a 1 de septiembre del 2006