CAMISETAS AURORA AURORA BITZINE FANTASÍA Y CIENCIA FICCIÓN ¡Publica con nosotros, envíanos tus relatos!
Relato Fantástico: La Última Batalla
“…Y en el Año Novecientos Veintitrés desde la llegada del Gran Profeta, los reinos civilizados sintieron el azote de Utraya Panis, El Conquistador, el invasor bárbaro surgido de la exótica y desconocida Zeihn. Se cuenta que había logrado unir a todos los dispersos y aguerridos pueblos de su gran isla, para lanzarlos después a la toma del continente, a bordo de una gigantesca armada que cruzó el Mar del Profeta y llegó a Paish. Tras ser ocupadas las costas orientales de la nación, el buen y piadoso monarca Halmd El Fuerte, reunió un poderoso ejército que puso al mando de su hijo Ibrahm. Se dice que tal era el poderío del invasor de ultramar que Ibrahm llegó a buscar el apoyo de huestes mercenarias venidas de todos los confines del mundo. Si bien estas bandas guerreras no rendían pleitesía al Profeta Paisharem y a Dios Todopoderoso, resultaban efectivas gracias a la fiereza y la veteranía de sus hombres. Uno de sus líderes era un tal Skarrion Gunthar, un pagano bárbaro e inculto del cual se rumoreaba que había recorrido casi todos los países y había puesto sus armas al servicio de una decena de reyes… ”

Crónicas del Mundo Civilizado a la Sombra de Dios

Jarta Al Dhma Ursala
Por Andrés Díaz Sánchez

Relato Fantástico - La Última Batalla I


El oficial se arrodilló ante el Jefe del Ejército Paishtio del Este, la frente contra el suelo y la voz humilde, y anunció:
—Príncipe Ibrahm Al Muftah Lenef, hijo de nuestro Señor Halmd Al Abta Muftah, El Fuerte, amante y amado de Dios Todopoderoso. Los mensajeros del rey bárbaro Utraya Panis han llegado y solicitan tu audiencia.
El príncipe estaba sentado en su trono de marfil y madera de cedro. Vestía sus mejores galas y sobre los muslos reposaba la espada ceremonial del poder, enfundada en cuero, terciopelo y oro. Era un hombre joven. Había menos de veintiocho años sobre sus hombros. Tenía rasgos hermosos y delicados y un cuerpo delgado. Estaba acostumbrado a mandar y ser obedecido, por lo que en sus ojos negros había un constante mirar desdeñoso y arrogante. Le llamaban El Bello por su nariz fina y aguileña, sus labios sensuales y la rectitud de su mentón. Además, mostraba los ojos maquillados de kohl y la barba afeitada con esmero. Se decía que ejecutaba proezas amatorias en su pequeño harén de bailarinas, pero aún no había entrado jamás en combate. Su padre, Halmd El Fuerte, señor terrible y enérgico de todo Paish, lo había enviado al mando de sesenta y cinco mil hombres, contra el audaz conquistador Utraya Panis, quien ya tenía en su poder toda la costa oriental del país.
Tras el príncipe Ibrahm y a sus costados había un grupo de Halcones de Guerra, los generales de su ejército, muchos de los cuales aún conservaban las cicatrices de antiguas batallas. Eran todos veteranos, típicos hombres de Paish, de nariz curva, labios carnosos, aunque prietos en un rictus severo, ojos rasgados y oscuros y cabello muy negro.
Entre ellos destacaban, por contraste, tres hombres. Extranjeros sin duda, a juzgar por su fisonomía.
Uno era un crantiano, de cuerpo macizo y duro, con una cabeza ancha, casi redonda, marcada por rasgos pétreos y ojos muy grandes y castaños. Se llamaba Tian Carbas. Otro era un negro de piel azulada, un hijo del profundo Ishanki, alto, algo gordo, aunque de miembros recios y rostro impasible, como cincelados en metal. Se llamaba Mzwele Nklajime.
Por último, y más sorprendente si cabe, resultaba un gigantón nórdico que rebasaba de lejos los cuarenta años, de cabello rubio, muy corto, casi rapado, y una barba sobria. Poseía facciones duras, tostadas y ajadas por el sol de los desiertos, el salitre de los mares y el viento de las montañas, y unos ojos azules más propios de una bestia astuta y temible que de un ser humano. Su faz lucía una expresión dura e inescrutable. Como en muchos otros guerreros veteranos de la sala, se advertía en torno a él un aura, una sensación casi palpable de dominio, autoridad, violencia y determinación. De sangre y muerte. Se contaban extraños relatos acerca de su vida, rumoreándose que había sido ladrón, marinero y pirata, e incluso jinete de las estepas ararias. Estas habladurías él ni las desmentía ni las aceptaba, sólo se limitaba a sonreír de lado al oírlas. Sí se conocía que procedía de Shakark, un país tan lejano que para los paishtios resultaba casi mítico, una leyenda más en boca de viejos aventureros. Le llamaban Skarrion Gunthar, El Loco, pues se rumoreaba que sólo temía a no morir luchando.
Tian Carbas, Mzwele y Skarrion eran generales también, mas no pertenecían al ejército regular paishtio, sino que comandaban sus propias huestes mercenarias, pagadas por el rey Halmd y ahora bajo las órdenes del príncipe Ibrahm. Entre los tres reunían quince mil soldados de fortuna, gente recia y curtida, una fuerza a considerar en cualquier conflicto armado.
El lugar en que todos se hallaban era el cuartel general del Gran Ejército del Este, con el que se esperaba frenar el avance titánico de aquel conquistador misterioso, Utraya Panis, de Zeihn. Se trataba de un gran pabellón, cuya sala central albergaba mesas tanto llenas de mapas apergaminados como ahítas de vinos y manjares exquisitos, e incluso pipas de tabaco aromático.
Ibrahm contempló al oficial paishtio arrodillado ante él. Había hecho esperar a los cinco emisarios durante más de cinco clepsidras, como una muestra de desdén para con los bárbaros zeihnios. Además, no se les agasajó de ningún modo y se les alojó en un sucio establo, entre paja y bosta.
—Que pasen —concedió el príncipe, con su voz suave y profunda.
El oficial se puso en pie, saludó con la cabeza y marchó en busca de los zeihnios.
Ubhmar Zahl, uno de los más viejos Halcones de Guerra, se dirigió a Ibrahm:
—Mi señor, lleva tiento y cuidado con los bárbaros. Tal vez te enfurezcan, como a todos nos enrabia su intrusión en nuestro país, pero hemos de sonsacarles lo máximo posible antes de permitirles volver con su amo. Nuestros espías no han logrado aún evaluar el tamaño y la capacidad del ejército rebelde.
—¡Esos mal nacidos han osado invadir Paish! —clamó el príncipe, con la mirada clavada en el vacío frente a él—. ¡Han ocupado nuestras costas orientales! ¡Han arrasado sus puertos y playas! —Se volvió hacia Ubhmar Zahl—. ¿Hablas de tratar de manera cortés a los enviados de Utraya Panis? ¿Has dicho “dejarlos volver con su amo”?
El veterano general le miró, atónito.
—Mi señor, esos hombres llegan con bandera blanca y se les prometió su salida. Son mensajeros.
—Son bárbaros —espetó el príncipe—. Daré la respuesta adecuada a ese Utraya Panis.
Ubhmar Zahl iba a replicar de nuevo, pero Ibrahm le atajó alzando una mano. El consejero, como otros tantos de la sala, hubo de tragarse las palabras.
Las telas de la entrada se abrieron y penetraron en la estancia, rodeados por una veintena de soldados de la Guardia Real, los cinco embajadores.
La gran isla de Zeihn había permanecido durante siglos aislada del resto del mundo. Ello se debía a la ferocidad de sus habitantes costeros, que habían exterminado cualquier intento de intrusión, incluso pacífica. Además, los zeihnios al parecer tampoco habían intentado salir de sus predios. Se rumoreaba que, hacía dos siglos, los uaneses trataron de invadir Zeihn desde Septentrión y que, a pesar de varias derrotas iniciales, lograron penetrar en tierra, hallando no obstante selvas farragosas, donde pululaban los leones de piel rayada, las grandes serpientes y los elefantes, algo más pequeños que los ishankitas pero igual de temibles. Allá, sumidos en la espesura húmeda, en las cañadas y en los valles plagados de vegetación feraz, los uaneses fueron destruidos por completo, hasta el último hombre. Tan desastrosa resultó aquella intentona que el Imperio Dorado no había vuelto a concentrar sus energías en esta isla, dirigiéndolas, por el contrario, contra sus eternos enemigos ararios y al archipiélago de Ataru.
A pesar de la ignorancia en cuanto a Zeihn, o quizás debido a ella, circulaban todo tipo de relatos extraños sobre tal lugar. Se rumoreaba que estaba dividido en múltiples regiones, habitadas a su vez por otros tantos pueblos que se hacían la guerra entre sí, y a los que sólo parecía unirles su devoción hacia una deidad femenina, una señora todopoderosa con dos caras, que regía tanto la vida como la muerte.
Los hombres que entraron en el pabellón eran sólo eso, hombres. Ni demonios ni monstruos, sino guerreros. Pero su fisonomía y su atuendo se diferenciaban de los conocidos en las tierras continentales. Aunque de piel muy morena, no alcanzaban la negrura de los ishankitas ni tampoco a la oscuridad aceitunada de los adoradores del Profeta de Imyaria, Abhli, Razhull y Paish. Tenían una tez brillante, como si hubieran sido untados en aceite. Mas enseguida se notaba que esa pigmentación era natural y no producto de los afeites. Poseían nariz curva y hasta ganchuda, pero mucho más gruesa que la típica al Sur del Mar Medio. Los ojos eran grandes y saltones, negros, con un entramado de diminutas venas dibujando un fondo rosáceo. Poseían una mirada serena y temible, exenta de miedo o indecisión. Los labios, gruesos y oscuros, estaban cerrados con fuerza. Las cejas eran tupidas y la frente ancha. Llevaban barba espesa y suelta, que les cubría medio rostro y bajaba hasta el pecho. No eran muy altos, pero sí corpulentos, en ellos se adivinaba una musculatura recia y sólida. Vestían camisolas y pantalones holgados, con fajines y cintos alrededor del vientre y botines de cuero duro y punta ancha y curva. Tenían los antebrazos, desde el codo a la muñeca, cubiertos por bandas de cuero. Se protegían con coseletes de placas metálicas sobre el pecho y la espalda, faldas acorazadas hasta la rodilla y grebas de bronce adornadas con intrincados diseños. En la cabeza no portaban casco, pero sí un enorme y aplastado turbante de color rojizo. Obedeciendo las órdenes de los paishtios, habían abandonado sus armas. Cada uno portaba una arqueta de madera negra, suave y brillante.
En el silencio que siguió, aquellos hombres inclinaron la cabeza ante Ibrahm, quien a su vez les contemplaba con severidad.
—¿Conocen los bárbaros nuestra lengua? —inquirió.
Uno de los aludidos, el más adelantado y al parecer mayor, a juzgar por sus canas y arrugas, miró al príncipe con gravedad. Respondió en un paishtio con acento sibilante, tardando a veces en encontrar las palabras adecuadas.
—Utraya Panis, y con él toda Zeihn, te saluda, poderoso príncipe Ibrahm de Paish.
Hubo un coro de murmullos entre los generales.
—¡Vaya! —rió el príncipe—. ¡Los monos saben hablar! —La alegría desapareció de su rostro joven y delgado—. Quiero saber por qué habéis invadido mi país.
El zeihnio no pareció inmutarse por el insulto ni por la acusación. Se limitó a sonreír, cortés, se arrodilló y alzó los brazos, ofreciendo a Ibrahm la arqueta que sus manos sostenían. Sus compañeros le imitaron.
—Antes de hablar de mi señor Utraya Panis y de sus intenciones, nuestro amo te ofrece estos pobres presentes de nuestro país como muestra de amistad, a pesar de este mal comienzo entre nuestras naciones.
Ibrahm levantó una ceja, interesado. Se dirigió al jefe de la Guardia Real, quien al instante se cuadró.
—¡Oficial! ¿Has inspeccionado esas arquetas?
—Sí, mi príncipe. Sólo albergan joyas, oro, sedas valiosas y algunas armas extrañas, aunque de noble aleación. No existe peligro alguno en estos obsequios.
—Muy bien —respondió Ibrahm—. Bárbaro, puedes dejarlos en el suelo. Mis sirvientes se los llevarán.
De nuevo, el zeihnio no pareció sentirse agraviado por aquel trato insultante. Obedeció. Sin embargo, sacó de su arqueta una imagen dorada, una estatuilla. Los soldados se apresuraron a desenvainar sus sables y los apoyaron en el cuello del extranjero.
—¡Alto! —frenó Ibrahm—. No los matéis. Aún no. ¿Qué es eso que tienes entre manos, extranjero bárbaro?
El zeihnio alzó la estatuilla y sonrió, complaciente. Habló con humildad.
—Mi príncipe, esta es la imagen de nuestra Señora Verna, La Dadora de Vida y de Muerte. Le rendimos culto, le entregamos nuestro cuerpo y nuestra alma. Es la Creadora del Universo y la Vencedora del Caos. Con gran respeto te entrego ésta su imagen, como un intento de sellar una alianza entre nuestros dos pueblos.
Ibrahm le hizo una seña al oficial, quien recibió de las respetuosas manos zeihnias aquella pequeña efigie. El militar se la entregó al príncipe, que la observó durante varios latidos. Se trataba de una mujer cubierta sólo por una rica falda de tela, sentada sobre las piernas cruzadas, con seis brazos que dibujaban extrañas posiciones. Lo más curioso era que por el anverso la figura mostraba un rostro dulce y sonriente y por el reverso aparecía una faz iracunda y demoníaca.
—Los creyentes del Auténtico Dios no toleramos falsos ídolos —dijo Ibrahm, indiferente—. Oficial, funde este fetiche y utiliza el oro para pagar a los herreros de las caballerizas.
El líder zeihnio miró con fijeza al príncipe. Permaneció rígido e impasible, durante varios latidos. Sus compañeros parecieron adivinar lo que estaba ocurriendo y de sus rostros desapareció la amabilidad.
—Bárbaros, aún no me habéis explicado la razón de vuestra violenta entrada en mi país —les recordó Ibrahm, contemplándolos con desprecio.
El diplomático recobró el control sobre sí mismo y de nuevo habló, aún respetuoso, pero ya no humilde.
—Príncipe Ibrahm, nuestro señor Utraya Panis, Pacificador y Amo de toda Zeihn, ha entrado en Paish en busca de amistad. Busca una alianza entre las naciones, busca acabar con las inútiles guerras que desangran la juventud de nuestros países. Pide perdón por su brusca llegada a vuestros territorios. Pide audiencia contigo, o con vuestro padre, el rey Halmd El Fuerte. Llevados por nuestra rudeza natural, hemos causado daños a vuestras poblaciones costeras, pero estamos dispuestos a enmendar este error con fuertes compensaciones económicas. Sólo pedimos permiso de paso por Paish, y el firme acuerdo de una alianza de paz entre nuestros pueblos.
Muchos generales de la sala, entre ellos Skarrion Gunthar de Shakark, sonrieron con ironía. Los países civilizados tenían la necesidad de justificar sus agresiones mediante alguna razón con visos de legitimidad, aunque resultara en el fondo absurda. No acababa de entender por qué no se emprendía la guerra como lo que era en verdad, una lucha despiadada por arrebatarles unos un territorio a los otros, sin enmascararla tras pactos, acusaciones de agresión y demás falsas conveniencias. No obstante, a Skarrion todos estos eufemismos y usos sofisticados para esconder la realidad de la sangre y el acero. Lo que en verdad le interesaba era la guerra en sí. Sacar de ella la máxima tajada. Era un mercenario.
—¿Estás loco, bárbaro? —se indignó Ibrahm—. ¿Pretendes que dejemos paso a un ejército como el vuestro hasta el corazón de la nación, para tomarla con mayor facilidad?
—No, mi señor. No es ese el objetivo de Utraya Panis. Busca una alianza entre varias tierras, para hacerle frente a un peligro mayor. El Imperio Dorado. Uan.
Los generales levantaron las cejas con asombro. Si Uan era la auténtica meta del invasor, ese Utraya Panis debía ser un hombre de grandes miras y enorme osadía. El Imperio parecía tan eterno como el cielo o los mares. Siempre había estado allí, más o menos extenso, inamovible, como el océano o las montañas. Aún así, algunos de los presentes comprendieron que tampoco era una idea tan mala. Una gran alianza entre los pueblos alrededor del Gigante Amarillo quizás lograra derrotarlo por fin. Entonces, conseguirían el acceso a su vasto e incalculable caudal de riquezas. Ahora bien: ¿quién lideraría a todos los aliados? Sin duda, Utraya Panis… si es que el resto se lo permitía.
Antes de que Ibrahm pudiera responder, el diplomático continuó:
—Mi príncipe, mientras Uan continúe siendo tan enorme y poderoso como es en la actualidad, ninguna de las naciones en torno a él estará segura. Quizá vosotros los paishtios aún no hayáis sufrido su azote, pero nosotros los zeihnios sí, dos siglos atrás. No consiguieron someternos, mas ahí queda su intento, como ejemplo de sus verdaderas intenciones. Debemos unirnos, todos, contra ellos. En el pasado fuimos nosotros, los zeihnios. En el futuro, ¿quién sufrirá su ambición? ¿Crantia? ¿Araria? ¿Razhull? ¿Paish?
—¡Mi país nunca será invadido! —exclamó Ibrahm, iracundo, dando una puñada en el brazo de su butaca—. ¿Qué pretendes insinuar, infiel? ¿Que somos débiles? Has de saber, bárbaro, que ahora Paish resulta más poderosa que nunca. Hemos logrado contener por fin a los Guerreros sin Rostro del imperio sureño del hereje Zuadar y hemos diezmado a las hordas crantianas del Norte. ¿Cómo crees que mi padre se ha ganado el sobrenombre de El Fuerte? ¡Podríamos resistir y rechazar a cualquier enemigo, incluso a esos perros amarillos de Uan!
El consejero Ubhmar Zahl quiso intervenir, pero Ibrahm le calló con un seco gesto de la mano.
—Mi príncipe —repuso el zeihnio, eligiendo con cuidado las palabras—, nada más lejos de mis intenciones que trataros de débiles, pues sin duda la vuestra es la más poderosa de entre las Naciones del Profeta.
“Pero sólo tienes que revisar cualquier mapa para comparar vuestro tamaño, o el de Crantia, o el de Araria, o el nuestro también, con el del Imperio Dorado, y sacar tus propias conclusiones. Si los Emperadores de Uan lograran unir a todos sus vasallos y lanzarlos a la conquista del mundo, nadie estaría a salvo. Ni siquiera vosotros.
Ibrahm se levantó de su butaca, lívido. Entrecerró los ojos con inquina y torció la cara, como un felino enojado.
—¡Bárbaro infiel! Hasta ahora he tenido paciencia. Habéis entrado por la fuerza en mi país y tienes la desfachatez de presentarte ante mí portando falsos ídolos y presentándome vanas excusas con las que justificar la agresión.
El zeihnio alzó las manos, desesperado.
—¡Mi señor! Perdóname si te he ofendido, pues soy torpe con las palabras. La señora Verna no es para nosotros un falso ídolo.
—¡Silencio! —ordenó Ibrahm—. ¡Jefe de la Guardia Real! Coge a este mono y redúcele. ¡Pero no lo mates!
El zeihnio le observó, incrédulo.
—¡Soy un mensajero que vino en paz! —clamó, indignado—. ¡Se me prometió a mí y a mis hombres salida libre, fuera cual fuese el resultado de las negociaciones!
—Escoria, no tienes derecho a nada —contestó Ibrahm—. Ni siquiera al aire que respiras.
Los soldados se abalanzaron sobre el jefe zeihnio y, aunque luchó como una fiera, lograron reducirle sin causarle graves daños. Los otros cuatro, sorprendidos e iracundos, observaron a los paishtios que se les acercaban con los sables por delante.
—¡Esto es un ultraje! —gritó el jefe de los diplomáticos.
Ubhmar Zahl se encaró con Ibrahm.
—Recapacita, mi príncipe, os lo ruego. Esta acción traerá graves consecuencias. Debemos respetar sus vidas.
—No. Les daré muerte.
—Están desarmados, no pueden causarnos mal alguno. Al menos por eso, apiádate de sus vidas.
—¿Piedad? —Ibrahm bufó una carcajada—. La piedad es el signo de los débiles.
—Te equivocas —repuso Ubhmar Zahl, clavando sus negros ojos en el príncipie—. Es la prerrogativa de los más fuertes.
—Es la mayor tontería que he oído jamás.
—Es la verdad. Si les matas, puedes demostrarles que tienes el poder de acabar con sus cuerpos, mas no con su espíritu. Pero si te apiadas de ellos, no sólo has demostrado ese poder que ya tenías, sino que les atas a ti con una fuerte cadena.
—¿Cuál?
—La del agradecimiento.
Ibrahm frunció el ceño, sin comprender. Ubhmar Zahl continuó hablando.
—El que perdona demuestra su fuerza en un acto supremo de elegancia. Si no mata a sus víctimas les hace saber que, a partir de entonces, cada bocanada de aire que respiren, cada trago de agua, cada bocado de pan, cada sensación y cada pensamiento, en cierto modo pertenecerán y serán debidos al que les permitió continuar con vida. Esa deuda, lo quieran o no, siempre estará en sus mentes, y si son muy orgullosos manchará su memoria. Si matas, cortas una vida. Pero si perdonas, en cierto modo has proclamado tu soberanía sobre todos los días que le restan a esa vida. Y su dueño lo sabe.
“Por ello, el perdón no es un acto de debilidad, sino de fuerza suprema. Aún mayor que el castigo.
Ibrahm le miró, frunciendo el ceño. O no comprendía, o no quería comprender.
—¿De dónde has sacado esas necedades?
—Hay ciertos poetas y filósofos que las proclaman. Y también hay hombres de armas que han pensado en ellas.
—Sólo tú, de entre todos los guerreros, podría sostener tales estupideces.
—Hay otro que también piensa de tal jaez.
—¿Se encuentra aquí, entre nosotros?
—No. Ahora no está aquí.
—¿Y quién es ese imbécil, si puede saberse?
—Halmd Al Abta Muftah, El Fuerte —respondió Ubhmar Zahl—. El Señor de Paish. Tu padre.
Ibrahm calló. Tenía los ojos desorbitados y estaba lívido.
Apartó la cabeza con violencia.
—Cállate de una vez, viejo loco —gruñó. Se dirigió a los soldados—. ¡Vosotros! ¡Cortadles la cabeza a los extranjeros! Ataremos los cuerpos decapitados en sus monturas y las enviaremos de vuelta a Utraya Panis. Será una respuesta elocuente a sus agravios.
El líder zeihnio comenzó vociferó en su lengua. Como si hubieran esperado su orden, los cuatro detenidos se lanzaron sobre los soldadosy dos lograron atrapar por las muñecas a sus respectivos enemigos. El par restante fue cosido a tajos y estocadas en el cuello y la cabeza. Pero uno de aquéllos mordió en el cuello al soldado que retenía, como una bestia rabiosa, hasta quebrarle la nuez. Un Guardia Real le golpeó de revés, pero el coselete de placas no permitió males mayores. El extranjero le había arrancado el arma al paishtio muerto y se revolvió como un vendaval de músculo y acero. Restalló el tronar de las espadas y aquel hombre logró hacer retroceder, a fuerza de coraje y pericia, a dos soldados. A su compañero le metieron un palmo de metal en el muslo, pero se arrojó sobre su enemigo, impulsándose en la pierna sana, y le asestó tan fuerte puñetazo en la boca que lo derribó, medio inconsciente.
—¡Matadlos! —chillaba Ibrahm.
Al zeihnio le clavaron un sable bajo la axila y emergió ensangrentado por el cuello. El hombre aulló y se revolvió en los estertores. Logró arañar el rostro del soldado y le hundió un dedo en la cuenca, reventando el globo ocular. El paishtio soltó un alarido y retrocedió, con las manos en el rostro manchado de sangre y humor vítreo. Uno de sus compañeros le asestó varios golpes al zeihnio, logrando al fin cortar por completo aquel cuello de toro. La cabeza rodó por el suelo mientras el cuerpo se tambaleaba durante un último latido, como un hórrido espectro. Cayó por fin, de bruces. Aquél que hiciera retroceder a los dos soldados con el sable recibió un tajo en el brazo izquierdo que casi lo arrancó del codo y una estocada en la pierna diestra que le partió la rodilla. Cayó el oriental, girando sobre sí mismo, y aún pudo lanzar el sable, aunque sin energías ni tino, hacia el príncipe Ibrahm. Los soldados le atravesaron el cráneo y le cortaron la cabeza.
El lugar hedía a sangre y sudor. Restallaban los jadeos de los supervivientes y los agudos gemidos de aquél recién tuerto, a quien dos compañeros sujetaban para no dejarle caer. Los generales permanecían quietos, con la mirada enardecida y la respiración trémula. Muchos habían llevado sus manos a los puños de las espadas, tal había sido la fiereza de los extranjeros.
El príncipe Ibrahm contemplaba los muertos con aprensión. Se había criado siempre entre agasajos y por fin conocía el espanto de la violencia y la muerte. Tragó saliva y se rehizo. El líder de los diplomáticos zeihnios, único superviviente, había optado por no plantear resistencia alguna, asido como estaba. Caí la máscara y ahora todos contemplaban a una bestia desesperada y hostil.
—Sacad los cadáveres —ordenó Ibrahm, con voz insegura, dejándose caer en su butaca. Los de la Guardia Real se apresuraron a obedecerle—. Y obligad al bárbaro a arrodillarse ante mi presencia.
A los sicarios les costó, pues aquel hombre se negaba con todas sus energías a postrarse. Al fin, empujando sus articulaciones con las duras botas, lograron que hincara ambas rodillas. Le quitaron el turbante y aplastaron su frente contra el suelo. Después, le obligaron a mirar al príncipe. El oriental clavó sus ojos en él, sin demostrar miedo alguno.
Ibrahm reprimió el temblor de su voz y dijo:
—¡Infiel! Vas a recibir el castigo ante la osadía de ese Utraya Panis. He cambiado de parecer. No serás decapitado. Ningún perro extranjero puede contemplar el sol o las campiñas, o los bosques o el mar, después de osar contrariar a los señores de Paish. Por tanto, serás cegado y se te cortarán las manos, para que no puedas ejercer profesión alguna. Sin embargo, conservarás los oídos y la lengua, para transmitir mi respuesta a vuestra embajada. ¡Jamás dejaremos a los bárbaros de Oriente cruzar nuestro país! ¡Volved a vuestra asquerosa isla! ¡Si no lo hacéis os aniquilaremos por completo!
Volvió a hacerse el silencio. Los consejeros observaron al príncipe con una mezcla de asombro y disgusto. Podían mostrarse crueles, pero hacía demasiado tiempo que los monarcas de Paish no cometían tales atrocidades sobre sus cautivos. Ibrahm no les prestaba atención. Sonreía, contemplando al prisionero. Por los ojos del reo pasaron la rabia, el miedo y la desesperación. Alzó la barbilla de forma arrogante y sus labios se curvaron en una mueca de alegría malsana. Un gruñido surgió de su garganta y creció hasta devenir una carcajada perversa. En aquella pavorosa quietud el zeihnio rugía su risa, clavando los ojos en Ibrahm, quien había perdido el placer que sintió unos pocos latidos antes.
—¡Lleváoslo y cumplid mi orden! —ordenó—. Después, atadle a un caballo y mandadlo en dirección Este, con una bandera del ejército paisito. Utraya Panis entenderá.
Introdujeron un paño en la boca del cautivo, quien, no obstante, continuaba riendo. Se lo llevaron.
La sala del consejo se llenó de murmullos. El príncipe Ibrahm contemplaba con fijeza las enormes manchas de sangre sobre las ricas alfombras.
—Mi señor. —Ubhmar Zahl trataba de contenerse, con gran esfuerzo—. Recapacita, te lo ruego. Aún no conocemos bien al enemigo. Hemos de ganar tiempo antes de mostrarle nuestra hostilidad de manera tan abierta.
—Nos enfrentaremos a ellos y les aplastaremos —afirmó Ibrahm—. No se hable más. He de retirarme ahora y pensar en todo esto. Dentro de dos clepsidras te llamaré, consejero. Ahora, el príncipe ha de recuperarse de esta terrible jornada. Que nadie me moleste.
—Será como desees, mi señor —accedió el viejo consejero, con gesto lúgubre y apesadumbrado.










Fueron no dos, sino cuatro, las clepsidras que el príncipe necesitó para reponerse de tales sucesos. Los generales se reunieron de nuevo sobre las mesas de los mapas, para plantear la mejor estrategia contra las tropas enemigas.
—A diez jornadas de camino tenemos las costas orientales, tomadas por el invasor —decía Asim Mufa, uno de aquellos veteranos hombres de armas, señalando el punto correspondiente del mapa con una vara—. Tal fue la rapidez de su llegada que aún no conocemos con exactitud la cuantía de sus fuerzas. Sin embargo, es seguro que sobrepasan las cuarenta mil espadas. Además, llevan elefantes.
—¿Elefantes? —se interesó Mzwele Nklajime, el jefe de las divisiones mercenarias ishankitas—. Esas bestias son díscolas. No las podrán gobernar.
—Los elefantes zeihnios, al parecer, no son como los de tu patria —contestó Ubhmar Zahl—. Se pueden domesticar y lanzar al combate.
—¿Qué podremos contra esas criaturas? —preguntó Asim Mufa.
—Lo mejor sería disparar flechas a sus conductores —intervino Skarrion, el general mercenario shakark—. Como todo animal domesticado, sin amo se desmandará y se volverá por tanto inefectivo. Propongo además dividir la infantería en cuadros flexibles, para que puedan abrirse y esquivar con facilidad a las bestias.
—Es una buena idea. —Repuso Luam Aif, el jefe de la caballería paishtia—. Mis jinetes pueden envolverlos por los costados y llegar hasta las líneas medias enemigas e incluso la retaguardia.
—¡Por favor, nobles guerreros! —clamó Ibrahm, abriendo sus delgados brazos—. Se trata sólo de bárbaros y chusma infiel. No nos compliquemos. Vayamos en su busca, alcancémosles y destruyámoslos. No creo que haga falta tanta estrategia para meterles en vereda.
Los consejeros se miraron unos a otros con mal disimulado fastidio. Skarrion cruzó con Tian Carbas, el jefe de los crantianos, una mirada de enojo.
Ubhmar Zahl, siempre conciliador, se dirigió hacia el príncipe.
—Mi señor, las batallas han de planearse con enorme cuidado. No son simples entre enfrentamientos entre masas de hombres y animales, sino operaciones complicadas que requieren su propia ciencia. Se necesita un cálculo preliminar, abarcando todas las probabilidades.
—¡Tonterías! —estalló el príncipe—. Mientras nosotros estamos aquí jugando con mapas, fichas y planos, ese Utraya Panis debe acercarse a marchas forzadas. Deberíamos ir por él y hacerle frente.
Intervino Skarrion.
—Atacar al contrario sin conocerle es una locura y un suicidio.
Ibrahm le contempló, atónito.
—¿Quién eres tú, infiel, para darme lecciones a mí?
—Alguien que ya manejaba los aceros cuando tú aún eras una gota de suciedad en los ijares de tu padre —replicó el mercenario. Ibrahm no atinó a responder, tan grande era su asombro, así que Skarrion prosiguió—. Deberíamos esperar a la llegada de los espías para conocer el tamaño y la calidad del rival. Y también deberíamos haber dado tormento a ese mensajero zeihnio antes de largarlo sin manos y ojos hacia el Este. Así, le hubiéramos sacado toda la información posible sobre sus tropas. También fue una auténtica idiotez matar a sus cuatro compatriotas. Si ya se había tomado la decisión de ejecutarlos, al menos antes tendría que habérseles sometido a interrogatorio. Pero hemos perdido una valiosa fuente de información y quizás lo paguemos caro en el futuro.
—¿Habéis oído al bárbaro? —chilló Ibrahm—. Me ha contestado con insolencia. ¡Deberíamos castigarle por tamaña osadía!
—Con todo respeto, mi señor —intervino Luam Aif—, creo que Skarrion no anda del todo desencaminado. No conocemos nada acerca del contrario. Sólo, que ha tomado por completo la costa. Y eso dice mucho a favor de su rapidez, habilidad y contundencia. Había fortalezas entre los pueblos pesqueros del Este.
—Mi padre, Halmd El Fuerte, jamás habría tolerado esta indecisión.
—Vuestro padre, príncipe Ibrahm —repuso Skarrion—, fue tan astuto como para planear cada batalla de antemano y tan enérgico y flexible como para ganarlas todas. Estuve con él en Peña Negra, luchando contra los pakis de Crantia. No desoía los consejos de sus generales.
Ibrahm le miró, de nuevo indignado, y, al no encontrar apoyo, se volvió hacia Ubhmar Zahl.
—¡Acompáñame! —ordenó—. Hemos de hablar sobre esto. Con seriedad.
El anciano le obedeció. Una vez solos, los generales continuaron planeando sobre sus mapas.






El ejército de Ibrahm se mantuvo quieto durante tres días más, esperando la llegada de los espías e informadores que mandaran al comienzo de la invasión.
El príncipe estaba fuera de sus casillas por culpa de esta demora. Sólo podía soportarle el viejo Ubhmar Zahl, que le apaciguaba una y otra vez. Todas aquellas tropas de infantería y caballería estaban dispuestas para pelear, pero no había nuevas acerca de Utraya Panis. El Este ocupado resultaba un auténtico misterio.
Al cuarto, sin embargo, la cosa cambió.
Apareció un jinete en la lejanía.
Portaba una extraña bandera, cuyos colores resultaban desconocidos para la mayoría de los paishtios. Sin embargo, Tian Carbas, el jefe mercenario crantiano, de quien se decía que incluso había luchado a las órdenes de Uan, musitó a su compañero Skarrion, con voz preocupada:
—Creo que es la enseña de Zeihn. He oído hablar de ella y concuerda con las descripciones que me han dado.
—Hace años, estuve en esa isla —repuso Skarrion— y por aquel entonces no estaba unificada bajo una sola bandera, sino dividida en decenas de demarcaciones territoriales y políticas. Ese Utraya Panis debe ser un líder formidable, para haber reunido a los diferentes pueblos zeihnios en una sola nación.
—¿Otro mensajero? —inquirió Mzwele, el líder de los mercenarios ishankitas mientras, como el resto de los generales, trataba de dilucidar entre las nubes de polvo levantadas por los caballeros paishtios que escoltaban al oriental—. Estos zeihnios saben cómo trata Ibrahm a sus embajadores y sin embargo nos mandan uno más. No me gusta.
Era zeihnio, en efecto. Aunque lo traían como a un prisionero, alzaba orgulloso la cabeza y miraba con desprecio a los soldados paishtios que le rodeaban. Su arrogancia no disminuyó ni siquiera cuando estuvo ante el príncipe. Vestía como un guerrero, luciendo su mejor uniforme y su más sólida armadura de placas broncíneas. Llevaba un gran turbante y dejaba caer las barbas negras sobre el pecho. Rondaría los cuarenta años y su rostro curtido y moreno permanecía impasible. Cargado de cadenas, fue obligado a arrodillarse ante el príncipe, quien le observaba con una mezcla de enojo y curiosidad.
—¿Qué vienes a contarme? —preguntó Ibrahm—. Supongo que tu príncipe Utraya Panis ha entrado en razón. Me traes sus disculpas, sin duda. Has de decirle que deberá rendirme pleitesía y pagar un fuerte tributo por su insolencia.
El extranjero comenzó a hablar en una lengua incomprensible, en tono rabioso y tajante.
—¿Qué dice el maldito bárbaro? —gruñó Ibrahm.
El embajador movió la cabeza varias veces, como señalándose el pecho, sin cesar de escupir palabras ininteligibles.
—Debe guardar algo dentro de la armadura —propuso Mzwele.
—¡Claro! —exclamó Luam Aif, el señor de los caballeros paishtios—. Ha de llevar el mensaje bajo las placas. El infiel no sabe hablar paishtio y le han entregado la respuesta de Utraya Panis por escrito.
—¡Pues sacádselo! —repuso Ibrahm, impaciente—. Estoy deseando escuchar acerca de la rendición de ese invasor.
El mensajero no se resistió cuando cortaron las tiras que cerraban su armadura y separaron, de la camisola que cubría su ancho torso, una bolsa aplastada de tela, cosida al atuendo. Dentro, había un pergamino que Ubhmar Zahl desenrolló y estudió con interés.
—¿Y bien? —inquirió Ibrahm—. Es lo que esperábamos, ¿verdad?
El anciano, al que todos ahora miraban con ansiedad, había palidecido.
—Está escrito en paishtio, eso es cierto.
—¡Léelo! —ordenó el príncipe—. ¡Vamos!
—Mi señor, mejor sería debatir esto en privado.
—Léelo. Ahora.
El anciano tragó saliva, carraspeó y obedeció.
“Yo, Utraya Panis, Señor y Pacificador de Zeihn, Campeón de la Señora Verna, la Dadora de Vida y de Muerte, la Vencedora del Caos, acuso al príncipe Ibrahm Al Muftah Lenef, hijo del rey Halmd Al Abta Muftah, El Fuerte, de haber tratado de modo indigno, traicionero y cruel a cinco hijos de mi tierra, a cinco de mis guerreros, a cinco embajadores que fueron acogidos bajo bandera blanca y a los que se les prometió la vida y la libertad tras los parlamentos. También le acuso de mancillar la imagen de nuestra diosa Verna, La Madre y La Muerte. De no escuchar mis razones ni las de mi pueblo. De no consentir nuestra amistad y por tanto de provocar la guerra a sangre y fuego entre Paish y Zeihn. Sabed, paisitos, que a partir de este momento las tierras de vuestro país serán arrasadas y saqueadas sin compasión alguna, vuestros templos derrumbados y vuestros hogares convertidos en cenizas, vuestros soldados destruidos en la batalla o ejecutados tras ella y vuestras mujeres e hijos vendidos como esclavos. Sabed que Paish se convierte desde este momento en territorio zeihnio. Y sabed que todo esto ha sido culpa del príncipe Ibrahm Al Muftah Lenef. Le condeno a muerte. Le desafío a luchar, ejército contra ejército, en la llanura de Arrostum, no lejana de su cuartel general, donde le garantizo un final rápido y honorable, aunque no lo merezca. Mis guerreros ya están prestos para la batalla y se dirigen a tal lugar. Si el príncipe, como cobarde que es, rehúsa pelear y huye al hogar de su padre, sabed que aún así le perseguiré, hasta el Fin del Mundo si fuera preciso, y que sentirá mi justa ira. Y sabed que todos los que en este momento integran su ejército, tanto el mercenario como el patriota, y desde el general hasta el soldado raso, serán exterminados en lucha honrada o bien degollados en cautiverio execrable. Yo, Utraya Panis, sello este mensaje y esta declaración, que ha sido escrita con mi propia sangre.”
Ubhmar Zahl calló.
Hubo un silencio profundo y ominoso. Ni siquiera se oía el murmullo de las vainas contra las armaduras y los faldones.
Ibrahm parpadeó varias veces, como si no pudiera comprender lo que estaba pasando. Había perdido el color del rostro. Ubhmar Zahl susurró, observando el manuscrito:
—No se trata de una tinta con la que estemos familiarizados. Quizá sea un compuesto zeihnio. O auténtica sangre.
Sonó un murmullo apagado. Al volverse hacia el prisionero, vieron que sonreía complacido mientras observaba el espanto de los presentes y en concreto el del príncipe. Aquel hombre estaba conteniendo la risa. Luam Aif desenvainó su sable y dio un paso hacia él.
—¡Hijo de una perra! —rugió—. ¡Te borraré esa sonrisa!
—¡No! —intervino Skarrion—. Hay que interrogarle y sacarle información.
El prisionero hizo extrañas muecas, como si estuviera mordiendo con fuerza, aunque sin abrir los labios.
—¡Sacadle lo que tiene en la boca! —gritó Tian Carbas.
Los de la Guardia Real se interpusieron entre el reo y él, pero el jefe mercenario se debatió con furia.
—¡Maldito sea! —clamó—. ¡Apartaos, imbéciles! ¡Se está envenenando a sí mismo!
El zeihnio, sin dejar de sonreír como un demonio, sufrió una convulsión y se desplomó entre espasmos. Gemía en su propio idioma. Entre las palabras incomprensibles se repetían los sonidos “Verna” y “Utraya Panis”. Los soldados cayeron sobre él y le abrieron con dificultad la boca, de la que escaparon hilos de saliva y sangre. El cuerpo se relajó. Estaba muerto.
Tian Carbas se arrodilló a su lado, junto a otros señores de la guerra, metió dentro de la boca los dedos y extrajo una diminuta cápsula vegetal, destrozada por los dientes. La arrojó al suelo, fastidiado.
—Los espías de Uan siempre guardan una, metida entre las muelas y la mejilla. Si la muerden con fuerza deja escapar un veneno rápido.
Un Halcón de la Guerra asestó una patada al cadáver.
—¡No podremos sonsacarle! —gritó—. ¡El muy cerdo sabía lo que debía hacer!
Los nobles se volvieron hacia el príncipe, quien continuaba sentado en su trono, aún con el horror reflejado en los ojos. Se le llenaron de rabia juvenil y se puso en pie, como impulsado por un resorte.
—Habrá batalla. Utraya Panis me ha retado y no puedo volver ante mi padre como un cobarde. —Se volvió hacia Ubhmar Zahl—. Esta vez, ni todos los consejeros del mundo lograrán disuadirme. Su ejército se ha estimado en cuarenta y cinco o cincuenta mil hombres, ¿verdad? —Sonrió, apretando las mandíbulas—. El nuestro tiene unos cinco o diez mil más, así que no hay nada que temer. ¡Nobles señores! Preparad a vuestros hombres. ¡Partimos hacia Arrostum!

II





La marcha hacia la gran llanura de Arrostum duró menos de tres días. Los hombres, a pie o a caballo, viajaban con rapidez. Todos deseaban lavar sus aceros en la sangre del invasor. El príncipe había arengado en persona varias veces a sus soldados, alabando su valor y su coraje y pidiéndoles una muestra de la famosa fortaleza paishtia, que había hecho de su país, junto con Imyaria, la más poderosa de las Naciones del Profeta. Les recordó que Dios les estaba contemplando desde los Cielos, que debían honrar a sus mayores con hazañas memorables y ganarse el Paraíso en honrada lid. Los guerreros, encantados con estos discursos, exaltaban a gritos el nombre de Ibrahm, cosa que al príncipe agradaba aún más.
Tras una de estas casi diarias declamaciones, se acercó a caballo hasta Ubhmar Zahl con ánimo encrespado y humor inmejorable.
—¡No podemos perder! —casi gritó—. ¡Fijaos en nuestras tropas! ¡Son las más aguerridas y valientes del mundo! ¡Incluso esos mercenarios infieles!
—Son necesarios, mi señor —respondió el viejo Halcón de Guerra—. Se trata de guerreros experimentados.
—¡Chusma bárbara! Aún así, hoy me siento tan alegre que estoy dispuesto a tolerarles. Dejémosles participar y obtener su pedacito de gloria.
—Mi señor, no has estado nunca inmerso en una batalla. Es mejor que refrenes la euforia. Un exceso de confianza puede ser tan fatal como un ánimo débil.
—¡Pero mira a nuestros soldados! —Sonrió el príncipe—. ¡Qué gallardos y hermosos! Dios nos ha bendecido con semejantes hombres. Te lo repito, viejo zorro. ¡No podemos perder!

Relato Fantástico - La Última Batalla
Le dio una fuerte palmada en la espalda y con una carcajada se marchó al trote, seguido por su escolta de Guardias Reales, para continuar paseando ante las tropas y así despertar sus ovaciones. El consejero le vio alejarse, preocupado.
Recibió al cabo de poco otra visita. Skarrion Gunthar de Shakark. Montaba un enorme corcel de batalla importado del Norte, capaz de sostener aquella masa de músculos. Trotó a la par que el consejero y le miró con gravedad bajo sus cejas pobladas y amarillentas.
—Ubhmar Zahl, he de hablar contigo —afirmó.
—Di, entonces —repuso el consejero.
—¿Qué hay de los espías? —inquirió, con aquel paishtio teñido de brusco acento—. No ha vuelto aún ninguno y han pasado casi dos semanas. Tú y yo sabemos que están muertos. No trates de llevarme la contraria.
Ubhmar Zahl respiró con fuerza y asintió.
—Sí, también lo sospecho. Ese Utraya Panis debe poseer una fuerte red de vigilancia. Los ha debido capturar y matar.
—¡Maldita sea! —escupió el mercenario— ¡No sabemos nada de ese enemigo! Tan sólo vaguedades, como que tiene elefantes y que su ejército no pasa de cincuenta mil hombres.
—Recuerda: nosotros somos sesenta y cinco mil. Además, se han enviado correos a los Señores del Sur, a Bata y Asuar. Vendrán a socorrernos con unas treinta mil lanzas y se nos unirán en Arrostum. No comparto el optimismo excesivo del príncipe, pero nuestra superioridad hará difícil que nos venzan.
—Mas no imposible —repuso Skarrion—. ¿Y qué me dices de sus armas o sus técnicas? Tal vez usen estrategias nuevas y fatales. Deberíamos posponer todo esto hasta estar más seguros de a qué nos enfrentamos.
Ubhmar Zahl sonrió, ladino.
—Si no te conociera, diría que estás asustado.
—Y si yo no te conociera, Ubhmar Zahl, acortaría tu estatura en una cabeza por ese comentario —contestó a su vez el extranjero, sonriendo como un lobo—. Pero me viste en Peña Negra, junto al rey Halmd. Allí, tú y yo luchamos espalda contra espalda y después bebimos el vino de la victoria. —El consejero asintió—. Reconozco que mis escrúpulos parecen los de una niña aterrorizada, pero tengo un presentimiento. —Skarrion se rascó con la barbilla poblada de pelo dorado e hirsuto y entrecerró los ojos—. Un mal presentimiento, acerca de Arrostum. Es todo demasiado fácil y sencillo. Tiene que haber una trampa.
—Quizás no. Tal vez ese Utraya Panis sea sólo un reyezuelo con ínfulas de gloria, que ha mordido más de lo que puede tragar.
—Ojalá lleves razón. Pero viste luchar a esos cuatro zeihnios: se debatieron como bestias, aún desarmados, y lograron incluso herir a varios de sus ejecutores. Su jefe se echó a reír a carcajadas cuando Ibrahm le condenó a la ceguera y la mutilación. Y ese último embajador, el que llegó en solitario, se dio muerte a sí mismo sin dudarlo un solo instante, tras cumplir con su tarea. Un líder capaz de infundir tal valor y fanatismo en sus hombres no puede ser un reyezuelo más. No. He estado en Zeihn, hace años. Es un lugar caótico, tan lleno de santones como de guerreros bárbaros y salvajes. Hay que ser un auténtico líder de hierro para unirlos a todos bajo un solo objetivo. Utraya Panis no puede ser tan sólo otro cacique con agallas pero sin cerebro. Nos ha tendido el cebo para que vayamos a Arrostum en su busca y lo hemos mordido con fuerza.
“Tiene que haber una trampa.
—Escúchame, Skarrion. —El Halcón de Guerra paishtio clavó sus ojos en el shakark—. Mañana llegaremos a Arrostum, nos enfrentaremos al invasor y lo aplastaremos. Así acabará toda esta desgraciada historia. Puede que ese Utraya Panis sea inteligente, pero nuestra superioridad numérica nos dará la victoria, aunque emplee todos los trucos del Maligno.
—Eso espero —musitó el nórdico, con una mirada lúgubre—. Eso espero.





El ejército paishtio llegó hasta las lindes occidentales de la gran llanura de Arrostum.
Se trataba de una extensión gigantesca, casi plana, de tierra seca, piedras y maleza, rodeada de suaves laderas que albergaban bosquecillos dispersos. Vieron en lontananza algunos poblachos, de los cuales sus moradores habían huido ante la presencia de todas aquellas huestes de guerra. La infantería paishtia se extendía como una gigantesca muralla de hombres, acero y estandartes, dividida en cuadros ordenados. La caballería, en la vanguardia, también estaba preparada para entrar en combate.
Los batidores iban y venían, reuniendo y trayendo información para el príncipe. Según contaban, los enemigos estaban aún a varias clepsidras de distancia. A juzgar por los primeros informes, se trataba de una fuerza compacta, constituida sobre todo por infantería pesada y por algunas unidades de caballería acorazada, junto a medio millar de elefantes. Como dato curioso, la retaguardia estaba compuesta por una ancha línea de voluminosos carros movidos por grandes caballos y cubiertos con lonas. Los zeihnios, al parecer, habían traído la impedimenta y los alimentos hasta el mismísimo campo de batalla. Esto provocó la hilaridad de algunos generales, incluidos ciertos Halcones de Guerra cercanos al príncipe.
—¡Los bárbaros son tan estúpidos que confunden un enfrentamiento campal con una caravana de mercaderías!
Tian Carbas se frotó la calva, pensativo.
—Tal vez traten de usar esos carros en la batalla.
—Sería una estupidez —intervino Ubhmar Zahl—. He oído crónicas acerca de antiguas civilizaciones que empleaban carros en las luchas, por lo general ocupados por un auriga y un arquero. Pero eran pequeños y muy maniobrables y podían introducirse entre los cuadros de infantería y las hordas de caballeros. Sin embargo, según cuentan los batidores, esos que traen los zeihnios son enormes y pesados, tirados por cuatro bestias. No poseen movilidad suficiente como para sortear nuestras divisiones y atacarlas desde los flancos
Mzwele intervino.
—Opino como Ubhmar Zahl. Sólo es un transporte de alimentos e impedimenta. Los zeihnios comenzarán embistiendo con los elefantes y después harán avanzar a la caballería y la infantería.
—¿De dónde habrán sacado los caballos? —inquirió Skarrion, pensativo—. No se conoce que en Zeihn críen estas bestias. No los vi cuando estuve en la isla.
—Pero… ¿qué sabemos en realidad de Zeihn? —preguntó, a su vez, Luam Aif—. ¡Nada! Ese país es un misterio. Tal vez tengan su propio cuerpo de caballería. O quizá los hayan robado de los pueblos costeros de nuestra patria que han invadido. Allá hay múltiples caballerizas y casas de compra y venta de bestias.
—Nobles guerreros, os preocupáis demasiado por temas sin importancia —intervino el príncipe Ibrahm, sonriendo de oreja a oreja. Parecía muy complacido—. No existe peligro alguno para Paish. Mi ejército vencerá. Y aún en el improbable caso de que los bárbaros nos dieran alguna sorpresa, contamos con los Señores de Bata y Asuar. Ya han sido avisados y están en camino. Su caballería unida, treinta mil lanzas en total, pondrán la guinda al pastel de nuestra victoria.
—Señor, no deberíamos confiar demasiado en estas provincias meridionales —repuso Ubhmar Zahl—. Las gentes del Desierto siempre se han mostrado independientes y levantiscas y a punto han estado de unirse al imperio sureño del hereje Zuadar, que Dios lo maldiga a él y a sus descendientes. No hace más de cincuenta años, se oponían con tenacidad a la soberanía paishtia sobre sus tierras.
—¡Pero les sojuzgamos y nos deben obediencia! —espetó Ibrahm, cortante.
Un soldado interrumpió el debate para anunciar que llegaban embajadores desde el Sur y el Sureste, escoltados por jinetes paishtios. Se trataba de los embajadores de Bata y Asuar.
Sus armaduras eran más toscas y ligeras que las del ejército regular paishtio, pues en ellas se reflejaba el poso de un pasado independiente, el de las hordas del Gran Desierto que, hasta hacía unos noventa años, no acataban ninguna ley civilizada. Sin embargo, una serie de poderosos y dominantes mandatarios paishtios los habían diezmado y castigado con tal saña que las provincias sureñas hubieron de someterse para que sus pueblos no fueran exterminados. Los hombres de la duna y el oasis eran, si cabe, los más fanáticos de entre todos los grupos humanos a la sombra del Profeta y Su religión. Consideraban a los del Norte gente blanda y decadente, que se entregaba a placeres prohibidos por Dios, como el vino o la lujuria. Se decía que conocían todas las Oraciones del Libro Sagrado de memoria y las recitaban a gritos cuando se lanzaban a la carga contra sus enemigos. A pesar de su devoción, amaban el riesgo y la guerra y se jactaban de su dureza y resistencia, llegando a considerar a uno de sus jinetes tan efectivo como diez soldados norteños juntos. Su mayor debilidad consistía en su desunión y los múltiples odios que los separaban de manera irreversible. Sin embargo, en el Oeste los tribales del Gran Desierto se habían ligado bajo el mando de un líder fuerte, Zuadar El Magnífico, y su Guerra Santa había enrojecido toda Imyaria y Abhli. A duras penas los países civilizados consiguieron contener a sus hordas y, tras largos años de lucha sin cuartel, se había concluido una tregua inestable, siempre a punto de romperse. En el oriente razhulli y paishtio los encuentros con Zuadar no habían sido tan dramáticos, así que no se tomaba demasiado en serio su amenaza. Pero algunos, los más sabios, seguían intranquilos.
Los embajadores sureños presentaron respeto al príncipe y le comunicaron que las tropas de Bata y Asuar estaban a punto de llegar a Arrostum, dispuestas para combatir bajo enseña paishtia. Ibrahm no se molestó en agradecer la deferencia de esta gente orgullosa y les ordenó permanecer a la expectativa hasta nueva orden, pues sería su ejército quien llevara el peso de la acción y sólo se recurriría a los tribales si las cosas se torcían. Un líder más inteligente habría dejado a los hombres del desierto participar, pues para ellos ser relegados a segundo plano constituía un grave insulto. Los embajadores, con sus caras oscuras y resecas contraídas en una mueca de enojo, se marcharon al galope para transmitir a sus cabecillas las disposiciones del príncipe.
Así, al cabo de una clepsidra, una larga fila de jinetes a caballo y camello aparecieron sobre las colinas del Sur y el Sureste, donde deberían mantenerse quietos y expectantes, como Ibrahm había mandado.
El sol reinó en el centro de la bóveda celeste y entonces aparecieron los zeihnios.
Se trataba de una gigantesca masa armada, compuesta sobre todo por infantes cubiertos con cotas de placas metálicas sencillas o coseletes pesados. Llevaban pantalones y camisolas anchos y aquellas botas de aspecto duro aunque cómodo, con la punta curvada hacia arriba. Sus cabezas estaban cubiertas por grandes turbantes y dejaban crecer las barbas, sólo un poco más oscuras que sus rostros cetrinos, hasta el amplio pecho. En la vanguardia había una línea de elefantes, cuyos lomos soportaban grandes cajas de madera que podían albergar a cuatro arqueros. Un conductor se mantenía a horcajadas sobre el cuello del animal. Algo alejados de aquellas bestias enormes asomaba un pequeño cuerpo de caballería, muy inferior en tamaño al de los paishtios, quienes contaban, además, con los magníficos jinetes del Desierto.
Detrás de la caballería aguardaban los muchos miles de hombres que componían la infantería, en cuadros disciplinados. Aquellos soldados no eran altos, mas parecían sólidos como la piedra y eran anchos de hombros y cintura. Portaban lanzas largas de moharra enorme, con forma de hoja estilizada, y llevaban embrazados escudos circulares. De sus cinturas pendían espadas cuyas vainas dibujaban extrañas formas, y dagas y cuchillos curvos. También había numerosas divisiones de arqueros, que ya montaban sus armas y abrían los estuches de los dardos.
En la retaguardia, al cuidado de los arrieros y unos pocos soldados, estaban aquellos grandes carros cubiertos por lonas, de aspecto inofensivo, tirados por caballos musculosos.
Los mandatarios paishtios trataron de divisar a Utraya Panis entre los líderes del ejército enemigo. Al fin, creyeron conocerle en un hombre imponente, muy ancho de hombros y grueso de miembros, que se conducía ante la vanguardia sobre un enorme caballo negro, acompañado de otros guerreros de alto grado y un grupo de soldados escogidos que componían su guardia personal.
El príncipe Ibrahm sonrió, incapaz de contener su entusiasmo.
—Jamás hubiera imaginado que la guerra tuviera este encanto —dijo, con voz emocionada—. Todo esto es glorioso.
Skarrion, que se hallaba cercano, sonrió de manera irónica. Conocía a los gobernantes y sabía que el príncipe disfrutaría de esta gloria desde una distancia prudente, sin mezclarse con sus soldados en la refriega, sin tener que mascar el polvo, tragarse la sangre y el dolor y extraer energías una y otra vez de sí mismo, para sobrevivir en el caos de fuerzas encontradas que se desataría sobre la llanura de Arrostum.
El mercenario escuchó una vez más, como tantas otras en su vida, el susurro de los traíllas, el tintineo de los metales, los bufidos de los caballos y los murmullos de los hombres. Olió la bosta de caballo y el sudor. Percibió la agresividad y el ansia de los guerreros. Los hombres sensatos y razonables aborrecerían estos ambientes. Él, por el contrario, los amaba. Eran su vida.
Se dirigió hacia Ubhmar Zahl.
—Voy con mis hombres.
—Ve con ellos, amigo —dijo el Halcón de Guerra—. Estoy seguro de que harán un buen papel en la lucha que se avecina. Ya conoces los planes.
—Tian Carbas y Mzwele ya se encuentran con sus guerreros.
El viejo general y Skarrion se estrecharon los antebrazos con fuerza.
—Victoria —se despidió el shakark.
—Victoria —respondió Ubhmar Zahl.
—¡Victoria! —le gritó Ibrahm.
Skarrion ni siquiera le miró. Se marchó al trote ligero, mientras los airados ojos del príncipe le seguían y Ubhmar Zahl sonreía con disimulo.
Skarrion cabalgó ante la muralla de hocicos, escudos y lanzas que era la caballería de Luam Aif. El líder paishtio estaba arengando a sus oficiales cuando le vio pasar y alzó el puño en alto.
—¡Victoria!
—¡Victoria! —contestó Skarrion, sin detenerse.
Llegó hasta la sección media del flanco derecho del ejército, donde esperaban sus casi seis mil mercenarios.
Era una muchedumbre variopinta aunque disciplinada, que se armaba y vestía de forma heterogénea. Había entre ellos muchos imyarios, pero también gente más norteña, como tiranios, ararios y hasta kalendanos que habían cruzado el Mar Medio y establecido sus propios negocios de hombres de guerra en las Costas del Profeta. El rasgo que los unificaba era haber pintado sus ropas de colores azul o verde. De tal modo, los paishtios podrían distinguirlos de sus enemigos en el caos de la lucha. Eran casi todos infantes, aunque había unos trescientos caballeros, entre los que se hallaba la oficialidad.
Tras el destacamento de Skarrion se hallaban los de Mzwle y Tian Carbas. Todos los mercenarios habían sido colocados en la línea media del ejército, para que la infantería paishtia recibiera primero el choque enemigo —resultaban más caros los soldados de fortuna que los de leva— y en el flanco izquierdo, porque cualquier ejército tendía a envolver al enemigo de derecha a izquierda, antes que al contrario. Debía haber un buen muro de soldados en tal lugar, para repeler el ímpetu del rival. Y los mercenarios se contaban como duros entre los duros.
Mzwle tenía el mando sobre cinco mil infantes armados de lanzas, sables curvos y cimitarras, hombres cubiertos por cotas de escamas y placas y largos escudos. Eran una mezcla variopinta de negros ishankitas y gente cetrina de Razhull y Abhli.
Tian Carbas mandaba sobre cuatro mil toscos y nervudos infantes de la recia y pedregosa Crantia. La mayoría se armaba y protegía al estilo paishtio o imyario, pero los había que portaban corazas anchas, procedentes de allende el Mar Medio, e incluso las exóticas y complejas armaduras del Uan meridional.
Skarrion El Loco, aquel gigantón de ojos azules, barba y cabellera rubias, faz tan oscura como la de cualquier paishtio y voz tronante, estaba cubierto por un uniforme cómodo y sin estridencias, yelmo sencillo aunque pesado, con un nasal que casi llegaba hasta los labios, cota de mallas negra, hasta los muslos y las muñecas, y grebas y brazales. Llegó hasta la vanguardia de los suyos y entonces estalló un griterío creciente. Aquellos mercenarios veían en él al señor de la guerra surgido de la misma tropa, que había conquistado el liderazgo no gracias a favoritismos políticos, herencias o títulos de nobleza, sino al coraje y la inteligencia característicos del mejor líder de soldados. Restallaron otras voces similares entre las gentes de Mzwle y de Tian Carbas, mientras sus generales iban pasando ante sus filas.
Skarrion habló con varios de sus propios oficiales y todos juntos cabalgaron, por los pasillos entre aquel océano de estandartes, puntas de lanza y cascos, hasta Mzwele y Tian Carbas, quienes, con los suyos, ya se le aproximaban al trote ligero. El ishankita le lanzó un pellejo de vino que Skarrion atrapó al vuelo. Tomó un trago largo y se lo dio a Tian Carbas.
—¿Los vuestros están dispuestos? —preguntó el shakark.
—¡Por supuesto! —repuso el crantiano—. Vayamos hasta un lugar desde el que divisar mejor el curso de la lucha. Hasta que no haya cargado la caballería de Luam Aif no tendremos que intervenir.
—Me parece bien —repuso Skarrion.
Continuaron al trote entre los cuadros de infantería mercenaria y llegaron a las últimas líneas del flanco izquierdo del gran ejército. En aquel lugar despejado encontraron un altozano desde el cual podrían contemplar con cierta claridad la gran planicie de Arrostum. Dieron la orden a varios de sus oficiales de ir con sus respectivas fuerzas y volver en su busca, si Ibrahm o Ubhmar Zahl les enviaban mensajeros con cambios de planes.
Los tres líderes mercenarios miraban la llanura amarillenta, que temblaba bajo el sol abrasador. Aquel día no corría brisa alguna y los hombres ya habían roto a sudar bajo las armaduras pesadas, aún antes de que las formaciones empezaran a moverse. A varios miles de pasos estaba la negra mancha que era el ejército zeihnio. Continuaba también inmóvil.
—Dentro de unas clepsidras todo este lugar estará lleno de muertos y heridos —gruñó Mzwele, frunciendo el ceño bajo el sol.
—Espero que la cosa se resuelva con rapidez —murmuró Tian Carbas.
—Y a nuestro favor —puntualizó Skarrion.
—¿Cómo podría ser de otro modo? —inquirió Mzwele—. Somos muchos más que ellos. —Señaló hacia el Sureste—. Fíjate en todos esos guerreros del desierto. Si nosotros falláramos ellos decidirían las cosas a nuestro favor.
—No me gustan esos carros de la retaguardia zeihnia —dijo Skarrion, entrecerrando los ojos mientras miraba hacia el enemigo.
—A mí tampoco —secundó Tian Carbas—. ¿Por qué diablos los habrán traído?
—Son demasiado lentos como para lograr causarnos daño —afirmó Mzwele—. Parecéis los dos un par de viejas.
—Ojalá estés en lo cierto —repuso Skarrion, sin apartar la vista del Este. Levantó su corpachón sobre los estribos—. Mirad. Comienzan a moverse.
—Empiezan con los elefantes —dijo el crantiano—. Después, esa pequeñez de caballería que tienen. ¿Qué pretenden?
—Luam Aif ya arenga a los suyos —señaló Mzwele.
Se volvieron en la dirección que señalaba y contemplaron al líder de la caballería paishtia trotando frente a sus tropas. A pesar de los excitados murmullos que recorrían todas las filas del gran ejército, podían escuchar un breve eco de su vozarrón, mientras repartía órdenes.
Luam Aif llevaba embrazado el escudo y acababa de desenvainar el sable, sin detener a su montura. Las líneas de caballería comenzaron a separarse unas de otras, como una sucesión de olas, ganando poco a poco velocidad a medida que avanzaban al trote ligero, después a trote rápido y por último en una carrera sostenida. Los infantes aullaban enardecidos ante la marcha de los caballeros, mientras que sus compatriotas a caballo avanzaban ya a cientos, alzando vastas nubes de polvo. Era tal la disciplina impuesta por Luam Aif que sus caballeros mantenían la formación a pesar de la proximidad de la primera línea de elefantes.
En el grueso del ejército, cuando la caballería ya había avanzado más de cuatrocientos pasos, los oficiales comenzaron a correr de un lado para otro, vociferando órdenes. Los cuadros de infantería empezaban a moverse siguiendo a la caballería, que abriría la brecha por la que ellos iban a penetrar. La superficie de cascos y puntas de lanza y espada bullía inquieta, mientras la tensión se encrespaba en torno a todos esos miles de soldados que iban a matar y a morir.
Skarrion, Tian Carbas y Mzwele continuaron en su atalaya particular, escudriñando la planicie. En Arrostum se alzaban castillos de polvo, por entre los cuales avanzaban mareas humanas. Todavía no le había tocado a sus fuerzas el momento de moverse, así que esperaban, mientras la infantería de vanguardia secundaba a la caballería.
En el centro de Arrostum, una dispersa línea compuesta por cuatrocientos ochenta elefantes progresaba con rapidez. Las gruesas patas levantaban pedazos de tierra seca y nubecillas de polvo. Detrás, aguardaba aún la infantería pesada, que de forma extraña no parecía querer ayudar a su avanzada de elefantes. Tampoco la caballería oriental, compuesta tan sólo de unos tres mil jinetes, daba muestras de vida. Los elefantes se fueron separando cada cual de su compañero, para abarcar mayor espacio. Las criaturas eran controladas a duras penas por sus conductores. Los arqueros sobre las cajas de los lomos ya tenían dispuesta la flecha sobre la cuerda.
La caballería paishtia, cuyos cascos alzaban un tronar indescriptible y hacían temblar el suelo en cientos de pasos a la redonda, se dividieron en centenas y después en decenas, como ya habían planeado. Intentar destruir a los elefantes hubiera sido una locura suicida y pretendían pasar entre ellos. Sumidos en el relinchar y el barritar de las bestias animales y los alaridos salvajes de las humanas, ambas vanguardias se encontraron. Con agilidad y elegancia, refrenando el terror de sus monturas a fuerza de tirones de rienda y golpes de tacón, los caballeros paishtios pasaron entre las torres de carne mientras los zeihnios les disparaban, con escasa efectividad a causa de la velocidad de los jinetes y el vaivén de los elefantes. La mayor parte de los paishtios evitaron a los paquidermos, pero unos pocos no pudieron controlar a sus animales aterrorizados o recibieron dardos que los enviaron a tierra. Algunos hombres y caballos murieron aplastados por las patas de los histéricos elefantes. Un guerrero caído fue atrapado por la trompa de una bestia enloquecida y alzado y estrellado contra el suelo sucesivas veces, hasta hacer del humano un amasijo de carne irreconocible.
La caballería, tras rebasar la línea de elefantes, avanzaba hacia la infantería enemiga para atravesarla con sus fuertes lanzas, que ya comenzaban a enristrar, arrollarles con los acorazados y anchos pechos de sus caballos y pisotear a los enemigos bajo los cascos.
Los elefantes continuaban avanzando, azuzados por sus amos, fanáticos guerreros que se dirigían hacia una muerte segura y sin embargo tenían la rabia y el ansia de sangre pintadas en los rostros. De la infantería paishtia se destacaron varias líneas de arqueros, que de manera disciplinada quedaron en pie o con una rodilla en tierra, esperando las órdenes de sus líderes. Les ordenaron disparar, una y otra vez. La lluvia de flechas caía sobre los elefantes y sus amos, quienes también dirigían sus proyectiles lo mejor que podían. Las saetas atravesaron a los zeihnios o se clavaron como pinchitos en la dura piel de los paquidermos, enardeciéndolos aún más. Algunas les hirieron en el cráneo o en los ojos, llegando al cerebro, y entonces las bestias se desplomaban como grandes árboles talados por un salvaje leñador, alzando las patas y aplastando bajo su peso a los conductores. La gran mayoría, a pesar de la rociada de flechas, continuaron moviéndose hacia el frente, ya sin control alguno, hasta desplomarse poco después o embestir en carga ciega. Los sargentos ladraban sus órdenes sin descanso para que los cuadros de infantería esquivaran a esos animales temibles. Quienes no eran rápidos o hábiles probaban su furia, y entonces los soldados quedaban reducidos a pulpa bajo las grandes patas. Se les disparaban flechas y arrojaban lanzas, hasta herirlos de seriedad y hacerlos caer entre polvaredas y tormentas de barritos agudos de bestia moribunda. Uno de aquellos paquidermos se abalanzó sobre una masa de hombres que no había sido veloz y los arrolló, tropezando sobre la carne y la sangre y desplomándose encima de un par de soldados.
Los pocos conductores que aún quedaban con vida se lanzaban al suelo y corrían hacia los enemigos, vociferando en su extraña lengua y terminando al poco cosidos a tajos, aunque no sin haberse llevado al menos uno o dos consigo a la tierra sin retorno. Los últimos elefantes fueron exterminados y la infantería de vanguardia paishtia se dio prisa en cerrar las brechas y proseguir la marcha tras los caballeros.
Éstos continuaban avanzando, dispuestos para el encontronazo contra la caballería enemiga, que se había replegado en un acto de cobardía ignominiosa, hacia la retaguardia.
Los infantes zeihnios también rompieron filas, alzando terrible griterío, y se abrieron hacia los costados cuando los cerca de cinco mil jinetes atacantes se hallaban aún lejos, a más de dos mil pasos de distancia.
Por el grueso del ejército paishtio la noticia corrió y los soldados alzaron las espadas y las voces en señal de victoria. Aquellos bárbaros se habían aterrorizado ante la llegada de su caballería y sus cuadros se desgajaban, huyendo de manera vergonzosa. La caballería paishtia penetraría en la brecha como la hoja afilada en el tocino. Después marcharía la infantería pesada, para terminar de arrollar al pusilánime ejército invasor.
Los tres generales mercenarios se sorprendieron ante aquellas nuevas. Las tomaron con mayor calma.
—No lo entiendo —dijo Skarrion, en voz muy alta para hacerse oír sobre el bullicio de los soldados, que ya daban por conseguido el triunfo.
—Al parecer, no tienen agallas para soportar una carga de caballería —repuso Tian Carbas.
—Quizá en su país no haya ejércitos a caballo y por eso no saben cómo afrontarlos.
—¡No, maldición! —rugió Skarrion, enfurecido—. ¡Tiene que ser una trampa!
Sus amigos iban a replicar cuando llegaron correos de Ubhmar Zahl, con la orden de secundar a la infantería paishtia en su avance.
—Sea como sea —dijo Mzwele—, ya no hay vuelta atrás. ¡Victoria!
—¡Victoria! —Tian Carbas alzó el puño derecho.
—¡Victoria! —exclamó Skarrion, malhumorado y hosco.
Cada uno fue en busca de sus hombres y comenzó a exhortarles. El nórdico desenvainó la espada curva y se embrazó un enorme escudo circular, adornado con cuatro grandes tachas metálicas.
—¡Victoria! —bramó.
Los soldados de fortuna, mientras avanzaban a paso contenido y desenvainaban también sus armas, respondían al grito de batalla que se había popularizado en todo el ejército paishtio. Aquellos combatientes curtidos, cuya única patria era la guerra misma, encendieron sus ojos con una mirada torva y apretaron las mandíbulas, dispuestos de nuevo a matar, matar y matar.
Miles de pasos al frente, la infantería enemiga continuaba abriéndose. Todos aquellos soldados corrían para ponerse a salvo de la oleada de jinetes que iba en su busca. Cuando los últimos cuadros se retiraron, aparecieron caballos que corrían hacia el frente. Pero no se trataba del pequeño contingente de jinetes zehnios.
Eran los carros en principio cubiertos por lonas, que los paishtios habían supuesto llenos de vituallas e impedimenta.
Ahora, las telas que los tapaban habían sido retiradas y mostraban un cuerpo de madera forrado de planchas metálicas. En cada una de las altas cajas había tres o cuatro zeihnios, que conducían a los caballos o bien disponían ya las saetas sobre las cuerdas de sus arcos. Sin embargo, lo más desconcertante era que, ocultos por las masas de infantería, los zeihnios habían tenido tiempo de colocar, surgentes de los ejes que unían cada par de ruedas, cuchillas afiladas, tan largas como altos eran sus conductores, que giraban y centelleaban bajo el sol.
Se contaban por cientos los carros pesados. Comenzaban a ganar velocidad e iban al encuentro de la caballería paishtia. La infantería se había apartado por completo para dejarlos pasar y volvía ahora a reagruparse, desmintiendo la falta de disciplina anterior, para avanzar tras la línea de móviles pesados.
Esta nueva vanguardia estaba abriéndose más y más, lo suficiente como para constituir una enorme oleada, con no más de tres pies de separación entre las puntas de las cuchillas entre cada par de carros. Aquellas máquinas de guerra nunca se habían visto en el mundo conocido y civilizado. Los caballeros paishtios estaban desconcertados.
Sin embargo, sus líderes no se arredraron y se destacaron, apuntando al frente sus propias lanzas pesadas, acción que imitaron los miles que les seguían.
La infantería paishtia avanzaba, también sorprendida y confusa. Las noticias contradictorias acerca del enemigo volaban de cuadro en cuadro y los oficiales aullaban el doble de fuerte para mantener la moral y la disciplina.
Atrás, muy lejos, en la más profunda y segura retaguardia, el príncipe Ibrahm, Ubhmar Zahl y otros viejos Halcones de Guerra contemplaban con dolorosa atención las maniobras del enemigo.
—¿Qué se proponen? —inquirió Ibrahm, con enojo y angustia—. ¿De dónde han salido esos carros?
—Nos han engañado —repuso Ubhmar Zahl, respirando con fuerza—. No sé cómo demonios van a utilizar esa línea de carros, pero esto tiene trazas de ser una trampa.
—¿Y si retrocediéramos?
Ubhmar Zahl miró al príncipe, ahora lívido y nada alegre, y apretó las mandíbulas con disgusto.
—Sería un caos desastroso. Nuestro ejército está lanzado ya al frente, todo él, y resultará difícil vencer su inercia y hacerlo retroceder de pronto sin que todo derive en el caos.
En el centro de Arrostum, los conductores de carros fustigaban a las bestias, que ganaban más y más velocidad y lanzaban aquellos temibles armatostes de pesadas ruedas hacia la vanguardia enemiga.
Los caballeros paishtios aullaron y los zeihnios de los carros y toda la infantería en movimiento detras de ellos lanzaron sus propios gritos de guerra.
Sucedió el desastre.
Quizás en épocas antiguas los hombres civilizados de Occidente conocieran el uso de los carros pesados y armados con cuchillas. Tal vez Utraya Panis lo tomó de viejas leyendas zeihnias o quizás lo ideó para esta ocasión. De cualquier manera, los paishtios no supieron cómo afrontarlos y les atacaron como si fuesen simples y ligeros móviles ocupados por un auriga y un solo lancero. Estos artefactos de Arrostum eran, sin embargo, muy distintos.
Sus cuchillas segaron con limpieza las patas de los caballos, proyectándolas por los aires.
Los animales mutilados se desplomaron sobre la cabeza, el pecho o los costados, lanzando a sus jinetes contra el polvo.
Además, cuando un caballero chocaba contra las bestias que tiraban de un carro, éstas le apartaban a él y a su animal, como un puño lanzado contra un tomate. Las ruedas aplastaban los cuerpos y las cuchillas girantes los trituraban. Algunos carros volcaron a causa de tales encontronazos. Entonces, entre brutales chirridos de acero, crujidos de madera, relinchar de bestias y aullidos humanos, el armatoste se alzaba, desplomaba e incluso rebotaba, levantando nubes de astillas y cuerpos rotos. Los arqueros disparaban sin cesar, derribando a muchos de los jinetes que se les aproximaban, dejando que las cuchillas o las ruedas terminaran después el trabajo sucio. Los más diestros jinetes lograron ensartar con sus lanzas a uno de los ocupantes de cada caja. Pero eso era indiferente para las largas cuchillas que surgían de las ruedas, siempre paralelas al suelo, que hacían trizas las patas del caballo y lo mandaban, junto a su dueño, contra el firme.
La primera oleada de caballería, casi tres mil jinetes, yacía literalmente hecha pedazos en el polvo de una llanura que comenzaba a encharcarse de lodo rojizo. Unos veinte carros habían volcado y resultaban inservibles. Las casi ocho centenas restantes continuaban su veloz y arrollador avance, hacia la segunda ola de caballería.
Estaba comandada por el sobrino de Luam Aif, de nombre Mohamd, quien había visto a su tío desplomarse entre el polvo cuando las cuchillas de un carro cercenaron su caballo. Lívido a causa del terror, comprendió lo que había de hacer. Clavó los talones con saña en los ijares de su formidable montura, ganando velocidad sobre la vanguardia. Jadeó una última oración a Dios mientras veía acercarse entre las masas de polvo varias moles oscuras y oía un zumbar continuo, el de las cuchillas que surgían de las ruedas. Un jirón oscuro pasó silbando un palmo sobre su cabeza y la siguiente flecha le alcanzó, aunque en el escudo. La vibración del golpe llegó hasta su hombro. Vio los rostros confusos de los zeihnios, con los ojos desorbitados, gritándole palabras incomprensibles. Tiró de las riendas hacia atrás, con todas sus fuerzas, y el caballo saltó sobre las cuchillas.
Gritó, rabioso, alegre. Había rebasado con éxito la línea de carros. Tragó polvo y lo tosió. Dejó que su caballo fuera al trote, para que no perdiera los nervios y enloqueciera. Pasaron ambos entre cuerpos triturados, aplastados, desgarrados. Los caballos del suelo, echados sobre el lomo, relinchaban histéricos y alzaban sus patas cortadas a la altura de las rodillas. Por doquier había cuerpos irreconocibles de hombres y bestias que se retorcían, arrastraban y en muy contadas ocasiones lograban ponerse en pie. A Mohamd le pareció que había penetrado en el Infierno y que pronto vería el mismísimo rostro del Maligno.
Encontró, no obstante, varios jinetes que habían seguido su ejemplo y se le unían al trote. Al cabo de poco ya eran decenas quienes habían logrado pasar la barrera de carros asesinos.
Sin embargo, tras el polvo que se iba asentando descubrieron un nuevo muro, éste más grueso e inexpugnable, que se les acercaba de manera lenta pero segura. Era la infantería de vanguardia zeihnia, que seguía a distancia los carros y que, como un rodillo pesado, iba rematando a los cientos de jinetes heridos o indemnes que aún podían luchar. Lo más espeluznante en aquella masa de soldados compacta y densa era que las primeras líneas estaban armadas de lanzas gruesas y altas, elevadas en horizontal y diagonal, como las espinas de un erizo gigantesco.
Mohamd detuvo su caballo y lo hizo caracolear, mirando en derredor, aún con su lanza enristrada y el escudo embrazado. Había, aquí y allá, grupos de caballeros paishtios escapados que habían logrado sobrepasar la línea de carros. Estaban dispersos y desorganizados. Muchos, no obstante, continuaban su carga, siguiendo la orden dada por el ya muerto Luam Aif, y eran ensartados en aquellas larguísimas y afiladas picas. Aún así, cada caballo, llevado por la inercia, podía aplastar a uno o dos zeihnios antes de morir. Pero estos sacrificios resultaban, en definitiva, inútiles contra aquella organización poderosa y revolucionaria.
Mohamd levantó la lanza y tirando de las riendas logró alzar al caballo de manos. Desesperado, gritaba hasta desgañitarse.
—¡A mí los caballeros de Paish! ¡Volved! ¡Retirada!
Pero, en el bullicio de alaridos humanos y equinos, su voz tronante resultaba casi imposible de oír. Hizo volverse al caballo e hincó talones, echando a galopar hacia la densa polvareda que alzaban los carros y que ya se encontraba a cierta distancia. Al menos, intentaría atacar a los conductores y sus ocupantes desde detrás. La idea de acercarse de nuevo a las cuchillas giratorias casi le aturdía de terror, pero se obligó a avanzar a pesar de todo.
Ya le seguían otros, pues el instinto del soldado siempre le lleva, el peor de los momentos, a seguir de manera ciega a su líder.
Sin embargo, los astutos zeihnios, viendo que se les escapaba tan ansiada presa, comenzaron a abrirse, dejando paso entre los de la vanguardia a los arqueros. En pie o con la rodilla hincada en tierra, dispararon sus dardos bajo las órdenes restallantes de sus mandos.
Las saetas volaron entre los caballos y los hombres. Mohamd vio a un caballero contraer los hombros mientras una aguda flecha se le hundía en la espalda, no penetrando hasta el fondo sólo gracias a la cota de escamas. Su propio caballo relinchó cuando una saeta dio contra la armadura de tejido y metal que protegía su grupa. Pero una flecha se clavó en el hombro de Mohamd y por culpa del impacto giró sobre sí mismo, no cayendo del animal sólo gracias a los estribos. Se golpeó la cabeza contra el flanco del caballo, rasguñándose el rostro con los arneses del bocado. El trotar de los cascos parecía llenar el universo. Arriba, pasaba vertiginoso el firme encharcado de sangre y salpicado de cuerpos hechos pedazos. Un pedazo de tierra llegó hasta sus labios y el polvo alcanzó sus pulmones. Tosió y de pronto el mundo se retorció en torno a él. Hubo un encontronazo violento y un dolor agudo en su brazo izquierdo. Al abrir los ojos, vio a su caballo en el suelo, intentando levantarse. Sin duda habría tropezado o resbalado. Trató de reprimir el vértigo que enloquecía su cerebro y se alzó sobre las rodillas y las manos, incapaz de hacer otra cosa. El codo zurdo emitía un dolor lacerante y demoledor. Lo miró y vio que su brazo estaba del revés, desde la articulación destrozada a los dedos. Se lo había descoyuntado en la caída y la sangre le chorreaba por entre los fragmentos de hueso que atravesaban la piel y tocaban el interior de la cota. Aún notaba también la punta de flecha en su hombro derecho, arañando la articulación.
Mareado, febril, débil a causa del sufrimiento, se levantó sobre piernas temblorosas y logró llevar la diestra hasta la empuñadura del sable. El fragor titánico de la batalla llenaba sus tímpanos. Tuvo que hacer un esfuerzo para recordar qué hacía allí. Pensó que era importante —aunque desconocía el porqué— morir con el sable en la mano. Sollozó de impotencia y agonía hasta que logró, con sus dedos temblorosos y convulsos, sacar el arma de la vaina. De pronto, recordó que era Mohamd Al Ibta Anf, un Caballero de Paish. Bendijo al Profeta, dio gracias a Dios y comenzó a avanzar, tambaleándose y trastabillando, hacia el rodillo de rostros airados, turbantes, lanzas y espadas que se le venía encima, inundando su campo de visión.


III



Skarrion dejó al cargo de su primer oficial a su hueste mercenaria, aún al avance, y furioso echó a galopar hacia el primer destacamento, pasando entre los densos cuadros de hombres que progresaban a paso firme, con las armas dispuestas para entrar en combate. Sabía que algo iba mal. Era una trampa. Siempre lo había sospechado, pero aquellos imbéciles no le prestaron atención. Hincando talones, voló sobre la tierra seca, pasando ante cientos de infantes dispuestos en filas ordenadas, y alcanzó la oficialidad de la vanguardia.
—¿Qué diablos haces aquí? —bramó Ubmahan, uno de los líderes paishtios de infantería que Skarrion conocía.
El shakark detuvo su caballo e iracundo se encaró con Ubmahan.
—¡Por los Cuernos del Gran Toro! —rugió, con las venas del cuello hinchadas como cables a causa de la rabia—. ¿Qué está pasando allá delante?
Apuntó su espada al frente, hacia las nubes de polvo que tapaban la tragedia de la caballería paishtia y el avance de los carros.
—¡No lo sé! —contestó a gritos Ubmahan—. ¡Pero debemos seguir! ¡Son las órdenes!

Relato Fantástico - La Última Batalla
A pesar de los miles de pies que avanzaban y las canciones con que entraban en calor los soldados, el shakark oyó un rumor lejano de gritos agónicos y relinchos histéricos y un retumbar sordo que no era de cascos ni de hombres, sino causado por algo más ominoso.
—¡Los carros! —exclamó Skarrion—. ¡Son esos malditos carros cubiertos!
Ubmahan iba a contestar, pero quedó atónito.
Primero a decenas, después por cientos, los jinetes paishtios volvían. Y no como vencedores, sino de forma caótica y desordenada.
Estaban huyendo.
En doscientos años no se conocía una sola ocasión en la que estos caballeros hubieran escapado jamás de la lucha, ni aún en las peores condiciones. Pero la visión de los carros, con sus cuchillas que hacían pedazos a hombres y bestias, había sido demasiado incluso para la moral de aquellos valientes. Ya no había disciplina alguna en su galope. Eran una turbamulta abigarrada que sólo deseaba seguir con vida y que se abría hacia los costados del gran ejército paishtio, para no arrollar a su propia infantería.
El efecto de ver a los caballeros en desbandada fue devastador. Entre los infantes cundieron los rumores, los murmullos excitados, y aquí y allá estallaron conatos de pánico. Los sargentos avanzaban entre sus soldados, arengándolos para que continuaran avanzando. Algunos echaron a correr, pero pronto eran alcanzados y ejecutados al momento para imponer disciplina.
Skarrion echó a galopar de nuevo. Los caballeros pasaban tan rápido que casi no podía entender sus voces. Pero aún así, los soldados captaban determinadas palabras.
—¡Hhuid!
—¡Carros con cuchillas…!
—¡La muerte os espera!
—¡Escapad!
El shakark se salió del gran ejército por un costado, pegándose a las líneas de infantes para no ser arrollado por la caballería huída. Entrecerró los ojos a causa de la mucha polvareda levantada y se volvió hacia el Sureste, a los altozanos donde permanecían quietos los treinta mil tribales de Bata y Asuar.
Descubrió dos puntos, dos jinetes que volaban sobre la cuesta en busca de los mandos de los Hombres del Desierto. De pronto, emergieron una decena de guerreros de entre la compacta línea y atacó a esos dos. Los mataron con rapidez y volvieron enseguida a su sitio. A Skarrion se le entrecortó el aliento. Aquel par que subió, comprendía ahora, eran emisarios del príncipe Ibrahm. Le había pedído ayuda a los supuestos aliados y ellos respondían con muerte. Estaban de parte de Utraya Panis. Imaginó que les habría prometido la independencia una vez conquistado el país, si negaban su ayuda a los paishtios.
—¡Traición! —escupió el shakark.
Aguijó de nuevo al caballo y al cabo de poco llegó hasta los suyos.
—¡Bator! —llamó. El oficial acudió—. ¡Ordena retirada inmediata! ¡Que los hombres salgan por los costados y corran hacia la retaguardia, hacia el Oeste! ¡Nos vamos!
El aludido obedeció sin dudar. Skarrion envió mensajeros a Tian Carbas y Mzwele. No estaba dispuesto a que sus amigos también se dejaran matar en aquella colosal ratonera.
Sin perder el orden, los mercenarios abandonaron la gran masa armada, entre los aullidos de sus mandos. Varios oficiales paishtios de las compañías de vanguardia, furiosísimos, llegaron hasta Skarrion y Tian Carbas, quienes ya estaban reunidos y esperaban a Mzwele.
—¿Qué hacéis, mercenarios? —bramó uno de los paishtios, contemplando alucinado cómo se desgajaban casi quince mil hombres del gran ejército—. ¡No podéis desertar! ¡Habéis cobrado y hecho tratos con el rey!
—¡Trata de detenerme! —contestó Skarrion, desorbitando los ojos azules.
Se volvió y continuó gritando a los suyos, metiéndoles prisa. El oficial paishtio quedó con la boca abierta, impotente. Sabía que no podía enzarzar a sus hombres en una lucha contra todos aquellos guerreros curtidos.
Así, los cuadros de infantería mercenaria se unieron a las últimas decenas de caballeros en huída. Tal visión no hizo sino aumentar las dudas y la confusión de los regulares paishtios.
Estalló un murmullo mayor, un trueno que llegaba desde vanguardia. Los hombres exclamaron con voz contenida y después gritaron a pleno pulmón.
Allá delante, los carros habían chocado contra la infantería.
Hubo muchos que soportaron sin huír. Otros tantos, aterrorizados ante los enormes y macizos carros y sus cuchillas negruzcas y giratorias, no lograron controlar el pánico y escaparon a la carrera, mezclándose y embarullándose con sus compañeros de atrás, rompiendo sus formaciones, desbaratando la disciplina. Los caballos acorazados pisotearon a los resistentes y los aplastaron. Las cuchillas cortaron sus cuerpos. Los zeihnios que conducían aquellas máquinas asesinas sabían que iban a morir, pero como fanáticos fustigaban a las bestias para lanzarlas contra la infantería enemiga en una carga devastadora. Había conductores, no obstante, que encauzaban a sus animales para perseguir a decenas de hombres que corrían enloquecidos, hasta tajarlos y hacerlos saltar por los aires con las terroríficas cuchillas. Los arqueros también contribuían a la matanza, pues desde sus altas cajas disparaban a placer, flecha tras flecha. Algunos carros volcaron de manera espectacular, otros fueron ocupados por temerarios paishtios que aún osaban resistir en la lucha y que degollaron al conductor y a sus compañeros.
El terror cundía por todo el ejército paishtio, como el fuego sobre un trigal bajo el sol del verano, y al cabo de poco casi la mitad, unos veinte mil hombres, habían roto filas y escapaban sin control alguno. En el caos, decenas murieron asfixiados o pisoteados por sus propios compañeros.
Los que, a pesar de todo, aturdidos e indecisos, siguieron en sus puestos, fueron exterminados por los últimos carros, por aquella forma revolucionaria de hacer la guerra que había decidido ya la batalla a favor de los zeihnios.
Sólo quedaban unos pocos cientos de carros incólumes. Retrocedieron, pero sólo para volver en una carga compacta hacia el corazón de una infantería débil y anárquica. Las anchurosas ruedas dotadas de tachas aplastaron a cadáveres y moribundos, los caballos relincharon histéricos y sus conductores les fustigaron sin compasión, mientras los arqueros, apretando los dientes, colocaban nuevas flechas en las cuerdas.
Los oficiales paishtios trataron de presentar algún tipo de entereza y lograron, a fuerza de vociferar y tajar sin descanso a los huidos que pasaban cerca, reunir cuadro tras cuadro. No sabían sin embargo cómo afrontar a estos carros arrolladores y sólo alcanzaron a imaginar que se estrellarían una última vez contra la masa de metal y carne, para no volver a atacar más.
Así fue. En aquella última y titánica sacudida murieron más de dos mil hombres, mientras las máquinas de guerra abrían sangrientos surcos entre la soldadesca y quedaban al fin frenadas, por pura imposibilidad de avanzar más.
Entonces, los paishtios aún ilesos invadieron las cajas entre las ruedas y dieron rienda suelta a su furia. Los ocupantes zeihnios, a pesar de todo, lucharon con saña hasta el fin. No más de dos mil carros habían exterminado a casi diez veces más enemigos, entre jinetes e infantes, y habían roto la disciplina y la moral del ejército paishtio, provocando su derrota inminente.
La muerte de aquellos primeros zeihnios sería la única victoria para los paishtios en este día aciago. Porque si bien habían logrado frenar a los carros, ahora se les aproximaba un peligro aún mayor. La infantería pesada.
El rodillo avanzaba cada vez a mayor velocidad. Los guerreros tocados de turbante se aproximaban rugiendo sus enloquecedoras y demoníacas carcajadas. Pisaban los cuerpos de los heridos, esquivaban los carros volcados y los cadáveres de los elefantes, como la ola impetuosa que crece y crece, pasando sobre los arrecifes y el malecón y se traga los barcos anclados en el puerto.
Quedaban menos de doce mil paishtios en la vanguardia, dispuestos a aguantar de forma heroica, cuando llegaron mensajeros del príncipe Ibrahm con órdenes de retirada. Pero ya las tres cuartas partes del ejército paishtio se alejaban a la carrera. Fue la gota que colmó el vaso. A pesar de que los oficiales trataron de hacer retroceder a sus gentes con orden, los soldados huyeron en estampida.
Enardecidos, los zeihnios alzaron su griterío y también echaron a correr en pos del enemigo.
Sobre la gran llanura de Arrostum las dos infanterías, una en avance y otra en escapada, se encontraron al fin. Tal suceso no derivó en combate, sino en pura y simple matanza.
Skarrion y los suyos, al haber escapado mucho antes, contemplaron la masacre desde una distancia prudencial. Sus formaciones y cuadros se mantenían, así como la sangre fría de aquellos veteranos ajados que habían contemplado otras muchas batallas, aunque pocas, o ninguna, tan siniestras como la de este día.
Skarrion, Tian Carbas y Mzwele se reunieron para decidir qué hacer a continuación. Gritando, haciéndose oír entre el murmullo de quince mil pasos apresurados, el ishankita dijo:
—Los zeihnios aprovecharán la ventaja y seguirán avanzando en nuestra busca. Ahora, lo principal es no detenerse.
—Hay una fortaleza paishtia a menos de una jornada de aquí, sobre el monte Abruc. Allí tal vez podamos resistir hasta que el rey Halmd venga a socorrernos.
—Sí —afirmó Skarrion—. Eso haremos, marchar al puesto de Abruc. Si nos quedamos quietos los de Utraya Panis nos convertirán en picadillo. ¡Ordenad aumentar una zancada la velocidad de la marcha!
Así lo hicieron. Los mercenarios avanzaron con mayor rapidez, casi al trote. Ninguno protestó el esfuerzo. Sabían que si no abandonaban pronto Arrostum nadie les salvaría de los zeihnios, que por el momento parecían ocupados con los restos de la infantería paishtia. Todo intento de socorrerla no depararía más que un sacrificio inútil.
—Debemos ver a Ubhmar Zahl —dijo Skarrion a los otros dos generales mercenarios—. Hay que reagrupar a los paishtios huidos. Sólo unidos podremos resistir en Abruc.
Sin embargo, y él lo sabía, el reagrupamiento iba a ser una tarea casi imposible. Miles de paishtios aún corrían sin control hacia el Oeste, sabiendo que les perseguían de cerca las huestes de Utraya Panis. Ya no atendían a las órdenes de sus mandos y se reunían en pequeñas hordas, amparados en el simple número. Serían presa fácil para los invasores. Sólo la caballería, gracias a la velocidad y la agilidad que le proporcionaban sus monturas, se estaba reuniendo de nuevo de manera algo civilizada. Marchaba, como era su deber, a defender a Ibrahm.
El príncipe, junto a Ubhmar Zahl y sus otros consejeros, amparados por los dos mil de la Guardia Real, habían huido también al ocurrir el desastre. Un millar de pasos separaban el Cuartel General de los quince mil mercenarios de Skarrion, Tian Carbas y Mzwele. El príncipe, junto a sus próximos y los caballeros recién llegados de la gran llanura, formaban una masa cercana a los cinco mil jinetes en estampida. Sabían que el grueso zeihnio no lograría alcanzarlos.
Sin embargo, las desgracias no habían terminado para Paish.
Estalló un fuerte silbido, el ululato agudo de los Hombres del Desierto cuando se lanzaban a la lucha. Aquellos treinta mil tribales que hasta el momento habían permanecido en su altozano, contemplando la batalla, se lanzaron a la carga. Consumados jinetes, sobre sus camellos y caballos avanzaron a través de montecillos y depresiones. Su objetivo era el príncipe y quienes huían con él.
En un principio, Ibrahm y los suyos pensaron que iban a obtener de ellos el apoyo negado contra los zeihnios. Pero enseguida comprendieron que se mantendrían al lado de Utraya Panis y que el precio por su traición ya había sido pactado. La cabeza del príncipe.
Los de Bata y Asuar acortaban distancias, a pesar del galope alocado de sus víctimas. Cuando sólo quedaban algunos cientos de pasos para el choque, los caballeros paishtios, de pronto, recobrando quizás el orgullo perdido en la huida de Arrostum, se agruparon, levantaron sus lanzas y marcharon en una carga última y suicida contra los Hombres del Desierto. Eran menos de tres mil contra enemigos diez veces superiores en número. Ante el final inevitable habían decidido morir peleando.
Los caballeros chocaron como una línea compacta contra los tribales e hicieron volar con sus lanzas a cientos de sureños. Las bestias dieron pecho contra pecho, cabeza contra cabeza, se alzaron y cayeron arrolladas y pisoteadas, mientras sus amos trataban de sobrevivir al caos y la presión. Los paishtios desenvainaron sables. Silla junto a silla, se enfrentaron a tajo limpio contra los bárbaros del Sur, quienes no les iban a la zaga en el manejo de sus aceros. Con increíble coraje, los paishtios resistieron en una masa convulsa que se mezclaba con las gentes del desierto. Las armas brillaban bajo el sol y restallaba un fragor colosal de espadas y escudos. Pero el empuje y el número venció y los jinetes paishtios cedieron al fin, cayendo por el suelo, siendo atravesados y convertidos en pulpa por las hordas sin civilizar.
Los mercenarios contemplaron aquella última y lejana carga paishtia. La mayoría de ellos eran infantes y no podían ni soñar con llegar a tiempo para ayudarles, o ayudar al príncipe. Skarrion mantuvo la orden de avance rápido hacia el Oeste, hacia el Fuerte de Abruc.
Las gentes de Bata y Asuar aún tenían hambre tras la derrota de la caballería. Su presa inicial era el príncipe Ibrahm, así que no se detuvieron y continuaron su galopada salvaje, como una onda veloz sobre la llanura paishtia. Hubo un débil conato de resistencia cuando la Guardia Real, por orden de Ibrahm, volvió grupas e, imitando a los caballeros, cargó en un último ataque. Su inento de provocar un retraso en la embestida tribal no obtuvo resultado, pues a pesar de su bravura fueron engullidos por los Hombres del Desierto.
El príncipe Ibrahm, acompañado de su fiel Ubhmar Zahl y unas pocas decenas de Halcones de Guerra, cabalgaban desesperados, no como nobles y mandatarios, sino como simples mercaderes que huyeran de los bandidos. Sabían qué tipo de trato podían esperar de las gentes crueles del Desierto y su huida se basaba en el terror.
Al fin, fueron rodeados y alcanzados. Ubhmar Zahl y muchos otros consejeros desenvainaron sus sables y se enfrentaron al enemigo como viejos guerreros que eran, muriendo con el arma en la mano.
Ibrahm, solo y acorralado, bajó del caballo y primero amenazó a sus captores para después insultarlos y más tarde pedirles clemencia de rodillas. Un viejo hombre del desierto, un simple cabrero de rostro negruzco, seco y arrugado, que había cogido su sable, su escudo y su caballo para unirse al cacique de su región en aquel día de lucha, fue el primero en acercársele. Agarró el pelo sedoso y brillante del príncipe, le alzó la cabeza y sin prestar atención a los chillidos y sollozos le decapitó de un solo tajo. Levantó la testa para que todos pudieran verla y los tribales en torno a él clamaron por la victoria, arrojando su ululante grito de guerra.
La de Arrostum había sido la primera batalla del príncipe Ibrahm Al Muftah Lenef, El Bello, hijo del rey Halmd Al Abta Muftah, El Fuerte, y heredero del trono real paishtio. También la última.
Estos últimos acontecimientos no los podían conocer los mercenarios huidos. Después de la última carga de los caballeros, el Estado Mayor del ejército paishtio desapareció de la vista de Skarrion, Mzwele y Tian Carbas. Los tres no se hacían ilusiones en cuanto al destino del príncipe. No lo sentían por aquel joven arrogante y consentido, sino por Ubhmar Zahl y otros buenos amigos que habían hecho entre los Halcones de Guerra.
Los mercenarios, a los que se les iban uniendo grupos de infantería paishtia, continuaban viajando a marchas forzadas. Habían torcido hacia el Suroeste, pues en tal dirección se hallaba la fortaleza de Abruc. Sabían que los zeihnios se demorarían para exterminar por completo a los últimos enemigos en Arrostum. Pero el shakark no se hacía ilusiones. Un líder capaz de idear la estrategia de aquel día no sería tan necio como para permitirles escapar con facilidad. No obstante, confiaba en la rapidez de sus hombres, que no llegaban ni a la mitad del ejército invasor, y en la ventaja que habían obtenido al marcharse los primeros del campo de batalla.
Skarrion, como el resto de sus oficiales, metía prisa a sus mercenarios. Los guerreros, como una larga serpiente, no perdiendo jamás la formación, casi corrían a través de llanuras y valles. El sol estaba en el cenit y lanzaba sus espadas de calor sobre todos aquellos hombres que jadeaban y sudaban a chorros. El shakark galopó hasta llegar a su amigo Mzwele, quien también se había alejado para supervisar el estado y la marcha de sus gentes.
—Ahora, temo más a los Hombres del Desierto que a los zeihnios —dijo el ishankita—. Los invasores son casi todos soldados de a pie y por tanto les sería más difícil alcanzarnos. Pero los tribales montan a caballo y camello y nos duplican. Si nos persiguieran en estos momentos, estaríamos condenados.
—He mandado jinetes a retaguardia para que nos informen de lo que hace el enemigo. También yo temo más a los tribales. Por ahora. No hay que olvidar a la caballería zeihnia.
—Era ínfima, no más de dos mil jinetes.
—Lo recuerdo —señaló Skarrion—. Aún así, después de lo ocurrido hoy, desconfío incluso de lo que parece más obvio. Mandaré mi propio destacamento de caballería también a retaguardia, aunque no llegan ni a los dos millares, para protegernos en acciones rápidas si nuestros peores temores se confirman. No sé si servirá de mucho, pero al menos hará que ganemos un poco más de tiempo.
—¿Has largado mensajeros para el rey Halmd?
—En efecto —repuso el shakark—. Reventarán todos los caballos que hagan falta para llegar cuanto antes a la capital. Debe conocer lo ocurrido y enviarnos refuerzos. —Entrecerró un ojo y apretó los labios—. Pero dudo que lleguen a tiempo una vez nos encerremos en Abruc. Utraya Panis no va a permitirse dejar enemigos a su espalda. Antes de seguir marchando hacia el Oeste querrá destruirnos por completo.
—Eso, si llegamos a Abruc.
—Tenemos que conseguirlo, amigo. También he mandado correos para allá. Deben preparar desde este mismo momento la defensa.
Mzwele le miró de reojo.
—¿Y si nos uniéramos a Utraya Panis? —inquirió.
Skarrion suspiró con fuerza.
—Ya lo había pensado. Al fin y al cabo, no somos paishtios y no tenemos que sacrificarnos por ellos. Si Tian Carbas y tú dais consentimiento, enviaremos delegados a los zeihnios. Espero que ellos traten a nuestros embajadores mejor de lo que ese imbécil de Ibrahm trató a los suyos.
—Yo tampoco estoy dispuesto a morir por la corona paishtia. Vamos a buscar a Tian Carbas. Debemos decírselo.
De nuevo cabalgaron cerca de la muchedumbre en movimiento, que les saludaba al pasar levantando las lanzas, hachas y espadas, ya no con alegría, sino con fiera hosquedad, el recio respeto que se podía esperar de aquellas gentes.
Hablaron con Tian Carbas, quien también se mostró de acuerdo con ponerse al servicio de Utraya Panis, y al poco tres hombres de Skarrion, de probada confianza y habilidad en estos asuntos, echaron a trotar hacia el Este, enarbolando pendones blancos.
Clepsidras después, el pequeño ejército mercenario aún continuaba avanzando a paso rápido, sin permitirse un instante de reposo. Aquel ritmo endiablado estaba forzando las piernas y los corazones de los guerreros, que resoplaban y jadeaban al caminar. El sol golpeaba implacable, como la gigantesca y ardiente mano de un dios invisible que tratara de aplastarlos contra el suelo. Pero nadie se quejaba, ni siquiera los casi dos mil quinientos soldados paishtios huidos de Arrostum, que seguían con aire silencioso y miserable, en una línea gruesa e indisciplinada, a los bien formados mercenarios.
Las suelas de pies, botas y sandalias pisaban ya un terreno más abrupto, en el cual la vegetación raleaba y la tierra iba dejando paso a la piedra. El firme dibujaba suaves laderas. Comenzaban a internarse en una zona de pequeñas elevaciones de roca, abundantes en peñas de piedra gris y mesetas de pizarra ocre.
Divisaron, todavía lejana, la fortaleza sobre el monte Abruc.



IV



El monte Abruc era una elevación formada por pendientes cubiertas de piedras grises y blancas en las que esplendía el sol y charcos de tierra dura. Aquí y allá, sobre la falda, se alzaban árboles secos y moribundos, de brazos retorcidos, y masas de arbustos espinosos. Varios caminos de tierra serpenteaban entre los cantos y las rocas, hasta la cima.
En ella, el terreno había sido allanado para construir encima una fortaleza sencilla pero sólida, grande y tosca. Se trataba de un puesto de avituallamiento de tropas más que de un auténtico castillo. No había tampoco una población a su sombra, pues no constituía punto de paso de caravanas, y tampoco existían tierras de labranza en los alrededores. Se erigió dos siglos atrás, cuando los reyes de Paish comenzaron a expandir su territorio por aquellas zonas, habitadas por hordas tribales, y eran necesarios bastiones donde protegerse de las avanzadillas de los salvajes. El Fuerte Abruc fue ideado para resistir a —como máximo— ocho mil enemigos, no a un gran ejército como el zeihnio, que superaba los cuarenta millares, sin contar sus fuerzas aliadas de Bata y Asuar.

Relato Fantástico - La Última Batalla Abruc podría albergar con comodidad a nueve mil hombres, y al doble con apreturas. No tenía foso, pero sus cuatro murallas eran altas y fuertes, construidas con grandes rocas unidas por mortero, tocadas por líneas de almenas. Tenía un portón principal y levadizo, ahora alzado, protegido por dos rastrillos, y varias entradas secundarias también selladas por la madera y la reja de metal. El pendón de Paish, con la espada y la llama sobre fondo azul oscuro, el emblema de la dinastía Muabí, a la que pertenecían el rey Halmd y su recién fallecido hijo Ibrahm, caía sobre el asta en aquel día ardiente y libre de vientos.
Skarrion contempló el fuerte y después se volvió hacia sus cansados y sudorosos hombres.
—¡Vamos, hijos de la guerra! —rugió, con su brusco acento extranjero—. ¡La salvación está próxima! ¡Aligerad la marcha!
Los hombres le hicieron caso y alargaron la zancada, a pesar del cansancio que se les clavaba en los músculos como a golpes de puñal. Skarrion miró hacia atrás, más allá de los miles de hombres que se afanaban en aquellas tierras duras y secas. Aún alcanzó a distinguir las masas de soldados paishtios caídos en desgracia, y después, muy distantes, las columnas de su propia caballería, protegiendo la retaguardia. Se preguntó con cierta preocupación cómo tomarían los de Abruc su llegada, y el hecho de que de la gran masa armada paishtia sólo quedaran los mercenarios y un puñado de infantes maltrechos. Sabía que en ocasiones se tendía a echar la culpa de todos los males a los aliados de fuera, antes que reconocer los fallos propios. Escupió y se dijo con rabia que, de negársele el paso a la fortaleza, ellos entrarían por las malas.
Vio a sus compañeros Mzwele y Tian Carbas venir al galope, seguidos por los embajadores que habían enviado a Utraya Panis. Los caballos de aquellos mensajeros tenían las bocas empapadas de espuma y parecían a punto de caer al suelo con el corazón reventado. Por la expresión de sus dos amigos, Skarrion previó cuál había sido la respuesta del líder invasor.
—¡Ese hijo de mala hiena de Utraya Panis no permitirá que nos unamos a él! —clamó Mzwele, enojado.
Tian Carbas no dijo nada. Por su faz cuadrada e impasible cruzaba una decisión estoica que a Skarrion no gustó en absoluto. El shakark se dirigió a uno de los mensajeros, quien palmeaba el cuello de su caballo para tranquilizarle tras la cabalgata.
—¡Tú! ¡Dime qué ha ocurrido!
El embajador, aún jadeante, repuso:
—General Skarrion, hicimos lo que ordenaste. Con bandera blanca volvimos hasta las inmediaciones de Arrostum y a quienes primero encontramos fue a los batúis y los asuaros.
“Todavía estaban celebrando la muerte del príncipe Ibrahm y se habían olvidado de nosotros, los supervivientes. Nos retuvieron y en un principio creímos que nos iban a matar allí mismo, pero varios líderes de horda discutieron entre ellos y acabaron por conducirnos hasta los más notables de entre estos dos pueblos, quienes a su vez estaban reunidos con los mediadores zeihnios. Vimos al ejército invasor muy avanzado. Su retaguardia aún ejecutaba a los heridos paishtios. HJabía largas filas de prisioneros, uno detrás de otro, esperando como corderos que son llevados al tajo. Se les decapitaba a todos, sin excepciones.
“Y la vanguardia, esa infantería endiablada que remató al ejército de Ibrahm, ya avanzaba a paso rápido en nuestra busca. No obstante, aún se hallaba a cierta distancia.
Otro de los embajadores intervino.
—Pero aún así, y como decía mi compañero, entre los líderes batúis y asuaros había diplomáticos de Zeihn, que discutían con los caudillos de los tribales. Comprendimos que Utraya Panis quería utilizarles para continuar la persecución de los huidos, es decir, de nosotros, sin perder ni un solo instante. Pero los del Desierto estaban tan felices por la captura y muerte del príncipe que no les importaba demorarse en festejos y agradecimientos al Profeta. O bien, querían un pago mayor por sus servicios, si es que iban a perseguirnos y luchar contra nosotros.
“Nos presentamos ante aquellas gentes con bandera blanca. Temíamos que los zeihnios nos mataran allí mismo o nos dieran tormento, visto cómo trató Ibrahm a sus embajadores. Pero no ocurrió tal cosa y, por el contrario, nos escucharon con atención.
“Les propusimos, nosotros los contingentes mercenarios hasta ahora al servicio de Paish, unirnos a ellos o mantenernos neutrales en la lucha que se iba a producir entre invasores e invadidos. Y aquellos diplomáticos zeihnios respondieron en brusco paishtio que habíamos tenido ya la oportunidad de mantenernos al margen antes de la batalla Arrostum. Que nuestros líderes formaron bajo bandera paishtia y, dado que Utraya Panis había jurado conquistar todo este país y destruir por completo a quienes alzaran una sola espada para ofenderle, nosotros estábamos condenados.
El guerrero tragó saliva y su rostro se agravó al proseguir.
—Los zeihnios nos anunciaron que irían en nuestra busca y sólo aceptarían una rendición incondicional. Había sido deseo de Utraya Panis, después del trato dado por el príncipe Ibrahm a sus diplomáticos, exterminar por completo el ejército de Arrostum. Nosotros los mercenarios, como parte de ese ejército, también hemos sido sentenciados a muerte.
Hubo silencio durante varios latidos. Skarrion apretó los labios, disgustado, y meneó la cabeza. El mensajero continuó.
—De nada sirvieron nuestras razones. Las escucharon impertérritos y a todas respondieron con negativas. La decisión de su líder estaba tomada e iban a seguirla hasta el final. Según sus palabras, podíamos rendirnos y recibir un final rápido, o bien aprestar nuestras armas y caer con honor.
“Después de aquellos parlamentos los zeihnios nos dejaron ir en paz, para transmitir a nuestros amos estas noticias. Aún así, avisaron de que la persecución ya había dado comienzo. Los líderes batúis y asuaros deseaban darnos suplicio hasta la muerte, pero los embajadores de Utraya Panis no se lo permitieron. Nos fuimos de allí antes de que pudieran cambiar de opinión.
—¡Ese Utraya Panis es un necio! —rugió Mzwele, sin poder contenerse—. Ha rechazado el servicio de quince mil hombres de armas experimentados que podrían haber marchado junto a él. Perseguirnos y combatirnos sólo le deparará grandes pérdidas entre los suyos.
Tian Carbas se pellizcaba la barbilla con el pulgar y el índice y entrecerraba los ojos, pensativo.
—No es tan estúpido. A la larga quizá le sea favorable su tozudez. Nuestro ejemplo servirá para dar a conocer que ningún ejército mercenario bajo las órdenes de sus enemigos recibirá compasión. Así, cuando el rey Halmd u otros gobernantes que sufran su ataque pidan ayuda a huestes de fortuna, éstas les rechazarán de plano desde el principio y correrán a alinearse bajo bandera zeihnia.
—Es un bastardo con mano de hierro —escupió Mzwele, enrabiado.
—Aún no estamos vencidos —señaló Skarrion. Se inclinó sobre la silla para mirarles con fuerza y sonrió, cruel—. Si ese Utraya Panis nos busca nos va a encontrar, y entonces comprobará que no somos como esos soldaditos que arrasó en Arrostum. Por lo pronto, hemos de seguir hasta Abruc. —Se dirigió hacia los tres mensajeros—. Dijisteis que los tribales aún no han emprendido persecución.
—No, general —repuso uno de aquellos jinetes con bandera blanca—. Siguen celebrando la muerte del príncipe Ibrahm. Nos dio la impresión de que los embajadores zeihnios estaban muy enfadados con ellos porque todavía no habían salido en nuestra busca. Pero de lo que no cabe duda es de que la gigantesca infantería zeihnia ya ha terminado su trabajo sangriento en Arrostum y se mueve a marchas forzadas. Creímos distinguir en la distancia a su pequeña caballería. Pero no se decidían a adelantarse para encontrarse con nuestra retaguardia. Como ya dije, sus jinetes son demasiado pocos como para hacernos daño.
—Hemos de continuar hasta Abruc —repitió Skarrion—. Sólo nos restan cuatro o cinco clepsidras para llegar a la fortaleza. Tian Carbas, Mzwele, deslomad a vuestros hombres, desolladlos a latigazos o golpes de vara, ensordecedlos a gritos. Haced lo necesario, pero conseguid que marchen aún más enérgicos.
—¡Mirad! —Tian Carbas señaló hacia el Oeste, hacia la vanguardia del contingente mercenario—. Vienen los de Abruc.
—Han tardado —se quejó Mzwele.
Llegaban, al trote rápido, cinco jinetes con el atuendo real paishtio, escoltados por varios oficiales mercenarios.
El líder del grupo, un caballero de aspecto dominante y agresivo, se dirigió hacia los tres generales mercenarios.
—¡Saludos! —fue su bienvenida—. Soy Atmán Al Fuhya, oficial mayor y gobernante de Fuerte Abruc. He recibido mensajeros que informaban sobre la batalla de Arrostum. Según me contaron, el ejército paishtio ha sido derrotado.
—Saludos, Atmán —repuso Skarrion—. En efecto, así fue. El contingente que ves es todo lo que queda de él.
El oficial respiraba con fuerza.
—¿Y el príncipe? ¿Dónde está?
—Muerto —contestó Tian Carbas—. Los hombres de Batu y Asuar le dieron caza y le asesinaron. También destruyeron los restos de la caballería y la Guardia Real.
El rostro del oficial palideció.
—¿Por qué no le protegieron los mercenarios que luchaban bajo bandera paishtia? —restalló, haciendo esfuerzos por contener toda su furia—. He sabido que los soldados de fortuna abandonaron el campo de batalla, huyendo como cobardes, provocando nuestra desventaja y por tanto la derrota.
Skarrion llevó una mano a la espada, pero se contuvo a medio camino.
—Nos juzgas de manera severa y errónea, oficial —respondió, en tono cortante—. Los primeros que escaparon fueron los caballeros paishtios.
—¡Imposible! —bramó Atmán, quien también era un caballero de Paish.
—En la retaguardia están tus propios soldados de infantería, heridos y exhaustos tras el combate —prosiguió Mzwele, alzando agresivo la barbilla—. Pregúntales a ellos si no nos crees a nosotros.
“Los zeihnios embistieron primero con una línea de carros pesados y armados con cuchillas, que cercenaban tanto a las monturas como a sus jinetes. La primera línea de caballería fue exterminada por completo y de la segunda aún pudieron contarlo unos pocos. La tercera, como te decimos, huyó para no morir de forma inútil.
El oficial, con el ceño fruncido, nervioso e incrédulo, meneó la cabeza.
—¡Falacias! ¡Los caballeros jamás han abandonado un combate! Habréis de explicarme mucho mejor lo ocurrido en el día de hoy. Sospecho que estáis enmascarando vuestra traición con un velo de mentiras.
Skarrion gritó con tal fuerza que cortó en seco la acusación del paisito.
—¡Escúchame! Nos enfrentamos ante un ejército que hace la guerra de forma desconocida. El de Ibrahm estuvo condenado desde el principio a la derrota.
“El príncipe no debió aceptar plantar combate sin conocer nada del enemigo. Fue su culpa, no la nuestra. Gracias a que escapamos aún conservamos la vida. De no haberlo hecho seríamos ahora pasto de los buitres, y entonces, ¿de qué habríamos servido al rey Halmd? ¡De nada! Por el contrario, los mercenarios y unos pocos miles de vuestros soldados estamos aún vivos y podemos tratar de contener o retrasar durante el mayor tiempo posible la oleada de invasores hasta que Halmd El Fuerte nos envíe refuerzos.
—He mandado mensajeros a la capital —repuso Atmán, sin perder su malhumor—. Las tropas de socorro llegarán en unos seis días. Será un ejército grande, capaz de hacer frente al de Utraya Panis y vencerlo.
—¿Seis días? —exclamó Tian Carbas—. ¡En seis días estaremos todos muertos! Los enemigos son más de sesenta mil. Van a pasar por encima de Abruc, arrollándolo, aunque nosotros estemos dentro. Necesitamos ayuda en tres días, a lo sumo.
—Eso deberá discutirse —espetó Atmán—. Por ahora, y vista la conducta impropia en Arrostum de los mercenarios, se les niega el paso al Fuerte Abruc.
Mzwele, el menos paciente de los tres generales de fortuna, tomó el puño de su sable.
—¡Hijo de perra! ¡No voy a permitir que nos abandones para que nos destrocen los enemigos!
—¡Acata las órdenes, salvaje! —respondió Atmán, quien también llevó la mano a la espada.
Sus cuatro hombres les imitaron y alguno hasta desenvainó. Tian Carbas frenó el brazo de su amigo ishankita y Skarrion aguijó su caballo, hasta colocarse entre los dos hombres enfrentados, alzando los brazos para imponer paz.
—¡Quietos! ¡Nuestros enemigos son los zeihnios! No debemos luchar entre nosotros. —Se volvió hacia Atmán—. Escúchame, oficial. Si no nos permites entrar en el fuerte todos nosotros moriremos y vosotros, además, perderéis la mejor oportunidad, la única, de defender con éxito vuestra posición hasta la llegada de los refuerzos.
—¡Sea así, entonces! —clamó el paishtio—. ¡Morid vosotros, que abandonasteis al príncipe!
—No te hundo mi espada en el vientre porque somos aliados a la fuerza y además comprendo que tus ánimos estén encendidos —gruñó Skarrion, clavando en el paishtio su mirada de hierro—. Ubhmar Zahl era mi amigo. Juntos luchamos en Peña Negra a las órdenes del rey Halmd. Jamás habría abandonado a un compañero de existir la más mínima oportunidad de salvarlo.
El oficial ahondó en las pupilas del shakark y vio que no mentía. Un poco más sereno, pero aún hostil, contestó:
—No sé si creerte, mercenario. Quizás resulte cierto lo que digas. Pero aún así, primero he de considerar vuestra entrada o no en mi fortaleza. ¿Qué seguridad tengo de vuestra fidelidad?
Tian Carbas se le acercó y le señaló con el dedo.
—Escúchame bien, paisito. Mientras nosotros cacareamos, los jinetes de Batu y Asuar deben estar terminando de festejar la muerte de Ibrahm y quizás ya preparen sus monturas para ir en nuestra persecución. ¿Acaso quieres enfrentarte a ellos aquí?
—Esos malditos traidores… —se quejó Atmán, torciendo la cabeza hacia un lado, con asco—. Está bien. Venid a los alrededores de Abruc. Pero recordadlo, antes de permitiros la entrada habréis de explicarme con todo lujo de detalles lo de Arrostum y convencerme por completo de que no incurristeis en deslealtad.
Escucharon un rumor de cascos que se les acercaba. Al grupo en parlamento, aún sobre las monturas, se unió un último jinete. Era uno de los batidores que Skarrion había enviado a la retaguardia para controlar los avances del enemigo.
—¡General! —jadeó—. ¡Los batúis y los asuaros han montado en sus caballos! ¡Ya avanzan al trote! Además, los jinetes zeihnios se les han unido. Y la infantería paishtia entera les sigue.
—¿Cuánto tiempo tenemos? —preguntó Skarrion.
—Nos separan de ellos apenas unas pocas clepsidras, pero son rápidos. Sin embargo, nuestra caballería podría retrasarlos. Sus líderes me han comentado que están dispuestos a todo.
—¿Mil contra un enemigo treinta veces superior? —inquirió Mzwele—. Sería un acto valiente, pero inútil.
—En efecto —confirmó Skarrion—. Hemos de continuar huyendo. —Se volvió hacia el mensajero—. Diles a los oficiales de nuestra caballería que sigan en su puesto y no hagan locuras. —El soldado asintió y espoleó su montura, alejándose de nuevo. El shakark se volvió hacia Atmán—. Se nos acercan. Nosotros somos menos de dieciocho mil y ellos, por el contrario, ascienden hasta los setenta y cinco millares si contamos a los jinetes del Desierto. ¿Cuántos hombres hay en Abruc?
El oficial paishtio empezaba a contemplar la situación con frialdad. Contestó, aunque renuente:
—No esperábamos ningún ataque de las hordas del Sur y pensábamos que el ejército de Ibrahm acabaría con los zeihnios. Así que tenemos sólo unos cuatro mil hombres.
—Pocos, pero en todo caso útiles —repuso Skarrion—. Capitán, hemos de ir a Abruc. Sólo haciéndonos fuertes en su interior, todos juntos, lograremos contener o al menos estorbar a los invasores hasta la llegada de los refuerzos de Halmd.
Hubo unos instantes de silencio y tensión, mientras el oficial paishtio miraba hacia el suelo, el orgullo luchando contra la razón.
—¡Sea! —escupió, de mala gana. Se volvió hacia los mercenarios—. Volveré con los míos y prepararemos las defensas mientras vosotros os acercáis.
El paishtio ya obligaba a volverse a su caballo cuando Mzwele le llamó:
—¡Oficial! Espero que cumplas tu palabra y no se nos tienda ninguna trampa. Nosotros no fuimos los culpables de la muerte del príncipe. Recuérdalo.
Atmán lo miró durante varios latidos y repuso:
—Aún no he prometido nada.
Sin dar tiempo a recibir respuesta, aguijó al caballo y se marchó, acompañado de sus cuatro hombres.
—Tendremos problemas con ese estúpido —auguró Tian Carbas.
—El tiempo dirá —contestó Skarrion—. Por ahora sólo nos queda una salida, y es meternos en Abruc y resistir allí dentro lo máximo posible. Vayamos cada uno con nuestros hombres. Cada latido es un lujo.
Se despidieron y cabalgaron hacia sus respectivas tropas.
Impusieron un ritmo todavía más duro a la marcha infernal. Los soldados de fortuna subían al trote la ladera de piedras bajo la fortaleza de Abruc, esquivando las grandes peñas, pisando con fuerza los cantos blancuzcos, cociéndose dentro de sus armaduras bajo aquel sol implacable.
Una clepsidra después, a la vanguardia le faltaban menos de doscientos pasos para llegar a la sombra de los altos muros. Los soldados de Abruc les contemplaban desde las almenas con el ceño fruncido. Sin duda alguien había hecho circular el rumor de que fueron los mercenarios quienes dejaron abandonado al príncipe para que los tribales lo destrozaran a placer. Skarrion, al contemplar aquellos centinelas tan lúgubres que les esperaban en las cercanías del gran portón, experimentó presagios funestos.
Galopó hasta los líderes de la guardia, rudos soldados paishtios armados con lanzas. Comprobaría al fin si Atmán les iba a ayudar o si preferiría dejarlos morir en manos de los zeihnios.
—¡Vosotros, los del castillo! —rugió el shakark, frenando el caballo—. ¡Abrid el portón! ¡He parlamentado con Atmán, vuestro gobernante!
Los soldados se miraron unos a otros y después hacia el líder. Sacando medio cuerpo por un merlón entre dos almenas, estaba Atmán. Skarrion y él se miraron. El oficial le hizo un gesto con la mano al jefe de la guardia y el subordinado dio las órdenes convenientes. Comenzó a oírse el restallar y el crujir de las cadenas al ser desenrolladas. La puerta de madera, enorme y maciza, comenzó a bajar.
Skarrion soltó el aire en un largo suspiro.
Se volvió hacia los millares de hombres que trepaban sobre las piedras, sorteando los peñascos. Se extendían como una manta oscura y bulliciosa, por encima de toda la falda oriental del monte y gran parte de la llanura a sus pies. Sus ojos de águila distinguieron un jinete que cabalgaba a gran velocidad y hacía señas con una bandera. Se trataba de uno de los batidores que dejó en la retaguardia. No podía traer buenas noticias.
El shakark soltó una maldición y bajó hacia él, refrenando al caballo, llevándolo por los difíciles caminos de aquella condenada pendiente. Al cabo de poco, se reunió con el jinete.
—¡General! —llamó—. ¡Los tribales atacan! ¡Se acercan demasiado, aguzan a sus caballos y camellos en nuestra persecución!
—¿En cuánto tiempo los tendremos encima?
—Son rápidos. Creemos que en una clepsidra y media o tal vez menos alcanzarán este monte. Además, la infantería zeihnia les sigue.
—Vuelve a la retaguardia y ordena a los caballeros que rehuyan el combate y se apresuren. ¡Vamos!
Skarrion llegó hasta varios de sus propios oficiales y les encomendó que dirigieran la entrada ordenada de los guerreros en el fuerte. Después, se reunió con Tian Carbas y Mzwele.
—Ya sabéis las nuevas, ¿verdad? —inquirió el ishankita.
—En efecto —repuso el crantiano—. Debemos ir haciendo entrar a los nuestros en el castillo y disponer una primera barrera de hombres en la falda del monte para que les cubran.
—Arqueros —terció Skarrion—. Y lanceros. Eso frenará a los tribales.
—Quienes más me preocupan son todos esos paishtios que se nos unieron después de huir de Arrostum —dijo Tian Carbas—. No marchan tan rápido como nuestros hombres.
—El torpe y el lento morirán —sentenció Mzwele, cortante.
—¿Nos dará tiempo a meternos en el fuerte? —se preguntó el crantiano.
—No —contestó Skarrion, rotundo—. Al menos, no a todos. La primera lucha de este asedio se producirá en la misma falda del monte. Por ello, como he dicho, resulta vital contener al enemigo lo suficiente como para que puedan entrar los más posibles. Dejémonos de cháchara. ¡A trabajar!
Se alejaron, para organizar la defensa desde la misma falda de la elevación. Eligieron varios batallones de arqueros y honderos y comenzaron a disponerles a media altura sobre las laderas pedregosas, como un primer muro que dispararía sus proyectiles sobre los jinetes del desierto y después se replegaría hacia atrás. Esta acción deberían ejecutarla todas las veces posibles, hasta que los más rezagados consiguieran entrar en el fuerte. Después, ellos también les seguirían adentro.
Skarrion mandó mensajeros a su caballería, con la orden de cubrir lo máximo posible al último contingente de paishtios, pero evitando siempre el combate directo contra el rival.
En aquel infierno de decisiones y organización, aún tuvo tiempo para recibir a los mensajeros de Atmán, que al fin parecía dispuesto a ayudarles sin reservas. En las almenas se estaban colocando ya los arqueros. También subían hasta la muralla calderos llenos de aceite humeante, braseros con carbones al rojo vivo y sacos llenos de mazacotes de piedra. En el fuerte no había catapultas ni balistas, así que tendrían que conformarse con aquello. Cuando miraba hacia el Este y veía todas aquellas masas de infantería desparramadas sobre el monte y la planicie, y los cuadros de caballería que les escoltaban, Skarrion reprimía una maldición. Tenían poco tiempo.
Aquella clepsidra y media de ventaja pasó con rapidez. Al término, había unos cinco mil hombres que ni siquiera habían alcanzado la falda del monte.
Una línea negruzca apareció por el horizonte de suaves elevaciones y peñas. Era una nube polvorienta, una mancha que comenzó a extenderse de forma lenta pero inexorable. La acompañaba el rumor, por ahora lejano, aunque débil y persistente, de los gritos de los hombres y el trotar de caballos y camellos.
Por fin, los últimos perseguidos, los dos mil quinientos soldados paishtios, llegaron hasta el pie de la elevación. El miedo parecía dar alas a sus pies fatigados. Sacaban fuerzas de flaqueza y ya trepaban sobre los pedruscos de la pendiente. La caballería, por orden expresa de Skarrion, también comenzó a ascender, en un principio sin problemas, pero después con mayor lentitud a causa de lo abrupto del terreno. Los jinetes fustigaban sin piedad a sus bestias para que saltaran, clavaran los cascos en el firme pedregoso y pusieran todo su empeño en no resbalar ladera abajo. Los animales hacían lo que podían, protestando con relinchos agudos y vibrantes.
Los batúis y los asuaros ya podían distinguirse con claridad en la llanura. Chillaban aquel ulular guerrero que les acompañaba en todas las batallas. Alegres a causa de la derrota paishtia en Arrostum, enardecidos por la muerte del príncipe Ibrahm y el odio que sentían hacia la Casa Real Paishtia, volaban sobre la tierra y los cantos para alcanzar a sus enemigos y rematarlos de una vez por todas. Abruc resultaba para ellos un símbolo de opresión, pues había servido de apoyo a los paishtios en la conquista de los que consideraban sus legítimos terrenos. Ahora veían cercano el momento de su destrución.
Sin frenar siquiera para reordenar sus tropas, llegaron hasta la falda del monte ciegos de ira y sedientos de sangre, confiando en su enorme superioridad numérica.
Cuando la retaguardia perseguida iba por la mitad de aquella ladera abrupta, los tribales empezaron la subida, sin bajar siquiera de los caballos, obligándolos a escalar con habilidad, procurando que no se derrumbaran al pisar en falso.
Los paishtios de la retaguardia, forzando las piernas en una dolorosa carrera, sobrepasaron la línea de arqueros mercenaria dispuesta en su apoyo y continuaron el ascenso. Muchos hombres de la Casa Real, por propia y noble iniciativa, se unieron a los soldados de fortuna para proteger también a sus compañeros.
El general Skarrion se hallaba entre todos aquellos defensores. Había abandonado su enorme caballo y caminaba entre los suyos, supervisándolos y gritándoles de manera incansable. Al fin, se encaramó sobre una peña desde la que dominaba todo el terreno en declive. Alzó la mano derecha y aquella gran serpiente de lanzadores colocó sus saetas en los arcos y reculó las cuerdas, haciendo crujir la madera y el nervio. Cuando bajara el brazo, la orden de disparo sería transmitida por los sargentos.
En un alarde de disciplina y organización, cien pasos más arriba había sido dispuesta una segunda línea, que dominaba Tian Carbas. Cuando la primera retrocediera, ésta les cubriría. A su vez, ambas se unirían en un nuevo muro desde el que se abriría fuego por última vez. Después, todos juntos echarían a correr hasta la fortaleza. Ya se había pactado con Atmán que desde las almenas se cubriría con más flechas la llegada de todos aquellos mercenarios.
Skarrion miró hacia arriba. Todavía había muchos hombres y jinetes en la falda del monte, demasiado alejados de los muros de Abruc. Sus gentes y él tendrían que resistir sobre la enorme ladera hasta que entraran.
Al volverse hacia abajo contempló la masa de guerreros, caballos y polvo, que ascendía laboriosa e incansable. Ya podía ver los rostros de los sureños. Notaba su furia y su odio. Muchos habían descabalgado, con gran sentido práctico, y ascendían a la carrera, brincando como cabras entre las rocas. El pie de la elevación y gran parte de sus inmediaciones estaba cubierto por un océano de salvajes del Desierto, protegidos con escudos de cuero y madera y burdas corazas de tejido vegetal y armados con espadas y lanzas.
Skarrion esperó mientras la marea ascendía. Los enemigos redoblaban su esfuerzo al verles tan próximos. Sólo les separaban de ellos unos ciento cincuenta o doscientos pasos.
El shakark bajó la mano.
Las cuerdas fueron soltadas y vibraron y chocaron contra la madera. Cerca de tres mil saetas salieron impulsadas a velocidad incontenible, como una lluvia oscura, describiendo una ligera curva antes de caer, zumbante, sobre hombres y caballos. Sus puntas atravesaron músculos y rompieron huesos, lanzaron por el suelo a jinetes y monturas, haciéndolos rodar sin control sobre las piedras, arrollando a quienes venían tras ellos, provocando reacciones en cadena. Los cadáveres se deslizaban sobre las piedrecillas y eran pisoteados por quienes venían después. Los gritos de dolor fueron engullidos por el salvaje ulular, pues los tribales no estaban dispuestos a abandonar su avance. Con flechas clavadas en su carne, sus corazas o sus escudos, a pie o a caballo, subían y subían, víctimas de la temeridad.
Skarrion hizo de nuevo la señal de disparo y otra vez las saetas cruzaron el aire y se hincaron en los defensores, lanzándolos contra las rocas, convulsionando su vanguardia abigarrada, provocando caídas de muertos que arrastraban y embarullaban a los vivos. Pero no abandonaron tampoco esta vez. Ni siquiera disminuyó su furia, alimentada por el dolor y las ansias de venganza.
El general nórdico miró hacia la izquierda y la derecha, levantada la mano. La masa de enemigos ya estaba demasiado cerca. Ésta sería la última vez. Bajó el brazo.
—¡Disparad y retiraos! —aulló.
La orden fue escuchada y transmitida por sus hombres de confianza. Los arqueros soltaron sus cuerdas y los honderos sus piedras y echaron a correr y trepar.
El mismo Skarrion abandonó con un salto la peña a la que se había encaramado y, deteniéndose a veces para arengar a sus hombres, también huyó hacia las alturas de la elevación.
La vocería de los atacantes subió como la espuma. La escapada de los enemigos les había prestado aún mayor vigor. La gran mayoría había abandonado unos caballos que, confusos y asustados, trataban de abrirse paso entre las masas apretadas.
En la cima, los últimos contingentes de rezagados ya entraban en la fortaleza. Los arqueros y honderos les habían proporcionando un tiempo precioso. Sobre la mitad del monte, las líneas inferior y superior de arqueros se unieron en un nuevo muro, en el que iban tomando también posiciones quienes ya habían disparado sus flechas. Skarrion, tragándose el polvo y el sudor que embarraban su faz, se detuvo de nuevo y comenzó a vociferar, metiendo prisa a sus propios soldados de fortuna para que se unieran cuanto antes a los de la segunda barrera. Unos cincuenta pasos a su derecha, vio a Tian Carbas.
Esta vez no hizo falta señal alguna. Los tribales estaban demasiado cerca como para perder tiempo en asuntos secundarios. Volaron flechas, en una lluvia más densa y compacta de acero y madera que la que derrumbara las primeras filas atacantes. Otra vez se desencadenaron la muerte y el caos. Amigos y hermanos saltaban sobre la muralla de cadáveres y avanzaban de manera implacable, ajenos al peligro, ululando y aullando rezos a Dios, sabedores de que les esperaba la sangrienta victoria o la muerte y el Paraíso de los Guerreros, con sus harenes de vírgenes hermosas y sus ríos de leche y miel.
Los mercenarios colocaban la flecha o la piedra y disparaban sin interrupción alguna. En algunos puntos los soldados de fortuna hubieron de golpear con los arcos o desenvainar las espadas. Los más destacados entre los bárbaros del Desierto habían logrado llegar, pese a todo, al cuerpo a cuerpo.
—¡Retirada! —gritó Skarrion con su pesado vozarrón, marcándosele las venas y los tendones del cuello, empapado en sudor el rostro ancho y barbudo. Alzaba los brazos y hacía grandes aspavientos. La cota de mallas arrancaba brillantes destellos al sol—. ¡Retirada!
Los de Tian Carbas también echaron a correr. Un océano de enemigos les perseguían. Entre los mercenarios, los lentos fueron alcanzados y vendieron cara su vida. Empezaron los primeros combates, de uno, dos o diez contra cientos. Quien se rezagaba era engullido por la masa enemiga y hecho pedazos, a veces de manera literal.
—¡Más deprisa! —apremiaba Tian Carbas, corriendo, como otro soldado más, entre la tropa al escape.
En las almenas estaban ya dispuestos cientos de arqueros. Humeaban los baldes enormes, llenos de aceite, y se preparaban los sacos cargados de piedras. El portón estaba abierto y por él empezaron a entrar los soldados de fortuna, atravesando el pasillo de piedra entre los dos rastrillos alzados. Se introdujeron en el inmenso patio de armas, ya atestado de guerreros. También estaban llenos los diversos edificios y las caballerizas. En los parapetos y terrazas anexos a las murallas, en sus torretas y sus escaleras, había luchadores dispuestos a defender el bastión hasta el último aliento. Se había corrido la voz de que Utraya Panis no iba a dar cuartel ni respetar la vida de los prisioneros, así que la única posibilidad de poder contarlo era resistir hasta que llegaran los refuerzos del rey Halmd.
Los tribales habían rodeado todo el monte de Abruc y continuaban subiendo. Les seguía de cerca la temible infantería zeihnia, formada en sus cuadros inexpugnables. Comenzaba a tomar posiciones en torno a la elevación.
Los arqueros que habían retrasado la subida de los Hombres del Desierto seguían entrando en la fortaleza. No obstante, varios cientos estaban demasiado lejos y tan sólo unas pocas decenas de pasos les separaban de las hordas aulladoras. Muchos, comprendiendo lo inútil de su esfuerzo, se volvían y lanzaban contra el enemigo, matando a cuantos pudieran antes de ser convertidos en pulpa. Otros empujaban las rocas, hasta hacerlas rodar y aplastar a unos pocos antes de frenar su caída. Era un débil consuelo, pues a continuación los invasores les alcanzaban y destrozaban.
Sonó una nube de zumbidos y las flechas cayeron sobre la vanguardia de atacantes. Esta vez eran los arqueros de las almenas quienes disparaban. La nueva ayuda facilitó la entrada de los últimos mercenarios. A empujones, llegaron hasta la altura del primer rastrillo y rebasaron el umbral. Entre ellos estaba Skarrion, siempre atento a la seguridad de su gente antes que a la propia. La riada de hombres atravesaba el pasillo entre las dos rejas levantadas.
Afuera, los batúis y asuaros se empeñaban en avanzar los últimos cien o doscientos pasos que les separaban de la fortaleza. Levantaban los escudos y se protegían con ellos de la lluvia de flechas y piedras. Pisaban los cadáveres de sus amigos, tropezaban con ellos, se levantaban y continuaban avanzando. El castillo estaba rodeado de mareas humanas, como un pastel gigantesco al que acudiera un enjambre de hormigas golosas.
El valor de aquellas gentes del desierto, tercas pero sencillas, sobrepasaba toda alabanza. Con los petos y las rodelas erizados de flechas, atravesados en muslos, hombros y brazos, arrastrándose, a gatas o a la carrera, seguían progresando. Los que habían subido por el flanco oriental del monte, los más adelantados, tenían la vista fija en el gran portón levantado y los últimos enemigos que se colaban por él. El Fuerte Abruc sería suyo para pasar a cuchillo a todos sus moradores y derrumbarlo hasta la última piedra, único final posible en sus mentes para esa mancha de la realeza paishtia en sus territorios arrebatados.
Como lobos famélicos cayeron sobre los últimos rezagados, abriéndolos a tajos y cuchilladas. Resistiendo la lluvia de flechas, lograron penetrar en el túnel entre los dos rastrillos. Quedaban dentro varias decenas de perseguidos que todavía no habían logrado cruzarlo y que se revolvieron y pelearon contra la turbamulta de invasores. Éstos empujaron y empujaron y los hicieron retroceder a tajo y estocada, pisoteando tanta a rivales como a compañeros. Los alaridos adquirieron un eco metálico entre las paredes de piedra. Los batúis habían ocupado por completo el pasillo y aullando victoriosos entraron en el patio de armas.
Los centinelas del portón hicieron caer ambos rastrillos. Las rejas se abatieron veloces, con un restallar escalofriante de cadenas, encerrando a casi cien invasores en el pasillo de roca. Sus aguzados extremos inferiores atravesaron a varios hombres y los clavaron al suelo, arrancándoles gritos pavorosos antes de perecer.
Los menos de cincuenta que habían logrado acceder al patio de armas se resistieron con fiereza, pero fueron recibidos por cientos y cientos de defensores. Hubo una turbamulta de tajos y empellones y al fin cayeron aquellos hombres del Gran Desierto, sin vida o agonizantes, sobre charcos oscuros.
Dentro del túnel entre ambos rastrillos se afanaban los invasores, intentando alzar a pulso las rejas inexpugnables, romperlas o pasar los cuerpos entre ellas. Desde el patio de armas se les lanceaba sin compasión y se les arrojaba piedras, puñales y jabalinas. En la explanada de roca sobre el edificio de la guardia, anejo al portón, soldados de rostro enrojecido y bañado en sudor arrastraban y tiraban de cuencos humeantes. Los encargados de la entrada volvieron a empujar las ruedas y el falso techo se abrió en dos, para mayor confusión y angustia de los encerrados. Al mirar hacia arriba se encontraron con una lluvia de aceite hirviente que les cegó y abrasó. Un siseo agudo, el chisporrotear de la piel cocida, se levantó sobre el caos de gritos agónicos. Fueron vaciados numerosos baldes y después se arrojaron también sacas llenas de cascotes aguzados que abrieron cráneos y partieron espaldas.
El rastrillo interior fue alzado, mientras que se mantenía bajado el exterior, y los defensores penetraron en el pasillo, donde hicieron carnicería sobre los tribales maltrechos.
Sin embargo, la mayor violencia ocurría allende las murallas. En las almenas de las cuatro grandes paredes los hombres disparaban sus arcos sin cesar, arrojaban líquidos abrasivos y lluvias de piedras. Los tribales intentaban escalar la roca, enrabiados hasta la locura, pero los muchos proyectiles arrojados atajaban sus intentos. Había quienes arrojaban ganchos hacia las alturas, pero sus cuerdas eran cortadas. Muchos hombres del desierto empezaron a disparar sus arcos, aunque de manera inefectiva. Mataron a algunos defensores, pero sin causar daños importantes en los parapetos.
Tras una primera embestida, en la que los invasores se arracimaban contra los muros mientras desde arriba se les acribillaba a placer, los tribales comenzaron a rodear el castillo y se concentraron en torno al ya alzado portón principal. El ejemplo de todos los que habían logrado entrar dentro y la visión de sus propios compañeros quemados, aplastados y rematados en el pasillo de roca, enardecía a los salvajes sin civilizar. No tenían ariete, así que lanzaban pedruscos contra la gruesa plancha de madera, logrando apenas rasguñarla.
El empeño de los Hombres del Desierto cayó, la pasión dejó lugar al cansancio y a la prudencia y comenzaron a retirarse, siempre sufriendo el picotazo mortal de las flechas. Se refugiaron tras grandes peñas o continuaron bajando, hasta quedar fuera del alcance de los arqueros. La marea de insectos aún rodeaba por completo el pastel, pero desde una distancia segura, rumiando cólera y sed de venganza. En torno a las murallas y sobre el flanco oriental del monte había cientos cadáveres y las laderas estaban teñidas de rojo. Los heridos trotaban o se arrastraban, siendo rematados por alguna flecha o guijarro de honda.
En las almenas se alzó un griterío triunfal, pues si bien todo parecía conducirles a la larga hacia el exterminio, por lo menos habían vencido en este primer ataque.
Sin embargo, la infantería zeihnia, más disciplinada y mejor protegida que los salvajes sureños, comenzaba su escalada.




V






Desde las almenas, y mientras el falso techo del paso entre los dos rastrillos comenzaba a cerrarse de nuevo, Skarrion, Tian Carbas, Mzwele, Atmán y otros líderes destacados contemplaban aquel panorama ominoso. A todos les caían chorretones de sudor por la cara y el cuello. Skarrion y Tian Carbas, además, estaban cubiertos de polvo. El shakark agarró un pellejo de vino fuerte que le tendió Mzwele y echó un sorbo al coleto, tragándolo sin saborear, dejando que encendiera sus músculos cansados.
—No se detendrán —auguró el ishankita—. Ese Utraya Panis no correrá el riesgo de alargar este asedio porque entonces podría encontrarse con los refuerzos del rey Halmd. Empleará todas sus fuerzas en este punto y después continuará hacia el Oeste.
Skarrion sonrió de forma siniestra.
—Fijaos en cuántos son. Nos superan con creces. Y si la carga de los tribales fue dura, más terrible va a ser el ataque de la infantería zeihnia.
—Aún así, resistiremos —afirmó Atmán, tozudo—. Hemos de hacerlo.
Skarrion le miró de reojo.
—Por supuesto, yo voy a resistir hasta que me llegue la muerte, sea hoy o dentro de cien años. Y te juro, oficial, que habrá muchos muertos a mis pies cuando aparezca La Señora para buscarme. Este castillo es fuerte y resistente, pero ellos son demasiados.
—Al parecer, no traen catapultas ni otras armas de asedio —señaló Tian Carbas tras beber, mirando un horizonte que bullía de soldados—. Y no existe vegetación en muchas millas a la redonda lo suficiente robusta como para construirlas.
— ¿Ah, sí? Entonces, ¿qué es eso?
Mzwele señaló una línea de carros que se abría entre los cuadros de infantería, al borde del gran monte. No eran como los de la batalla de Arrostum, sino simples móviles diseñados para transportar mercancías. Estaban cargados de ramaje seco hasta los topes. También se veían cantidades enormes de paja y maleza. Y gigantescos cuencos cerrados.
—Aceite y paja —repuso Atmán—. No contienen armamento de asedio.
—¿Pretenden quemarnos vivos? —inquirió Tian Carbas.
—No lo sé —murmuró Skarrion. Se volvió hacia los demás—. Imaginaos en el pellejo de Utraya Panis. Tenéis que tomar una fortaleza poderosa en poco tiempo, si no quiere topar con los refuerzos del rey Halmd. ¿Cómo lo haríais?
—Un ariete echaría abajo el portón —aventuró Tian Carbas—, pero aún le quedarían los dos rastrillos.
—El terreno es demasiado escarpado como para mover armatostes con el impulso suficiente —objetó Atmán.
Tian Carbas chasqueó la lengua y negó con firmeza.
—Si hay tanta gente dispuesta a poner en juego sus músculos y están bien cubiertos, podrían echar abajo cualquier portón. En Chik Ik Ani, en el Sureste de Uan, asistí al ataque de un castillo en un monte aún más escarpado que éste. Los soldados lograron poner las catapultas bajo los muros y tirar la puerta con ayuda de un ariete, a pesar de que casi resbalaban por la pendiente mientras lo empujaban cuesta arriba.
—Quizás intenten minar el suelo con túneles —dijo Mzwele.
—Ni hablar —repuso Atmán—. El suelo bajo este fuerte no es tierra que se pueda hendir, sino roca pura. Tardarían demasiado en abrirla con los picos. Y esta vez no aceptaré objeciones. Sé lo que me digo.
—¿Cuántas poternas secundarias hay? —inquirió Skarrion.
—Tres —contestó Atmán. Puso los puños en las caderas, desafiante—. Están protegidas por rastrillo, las he hecho cegar con rocas y se han dispuesto además barricadas de piedra y madera como última protección. Aunque pudieran echarlas abajo y apartar todos esos muros y escombros, los invasores encontrarían entradas estrechas por las cuales los hombres deberían pasar de uno en uno.
—Tratarán de saltar la muralla, escalándola —infirió Mzwele.
Atmán se cruzó de brazos.
—Lo tendrán difícil, con nuestros parapetos llenos de hombres.
—Ese Utraya Panis no parece que se arredre ante las dificultades —contestó Mzwele, lúgubre.
—¡Maldita sea! —Tian Carbas dio un puñetazo contra la piedra del merlón—. La infantería ya está subiendo.
Los cuatro, como los demás hombres sobre las murallas, observaron en silencio preocupado la lenta y ominosa ascensión de la masa oscura, compuesta por cuadros, cuadros y más cuadros con decenas de hombres embutidos en cotas de mallas y coronados por turbantes de color pardo o carmesí. Escalaban sobre las piedras, pasando entre los exhaustos jinetes del desierto, que comenzaban a reorganizarse aconsejados por los generales de Utraya Panis.
Distinguieron, casi al pie de la falda, una línea brillante de al menos cincuenta jinetes. Obligaban a sus caballos a esforzarse sobre las piedras. Eran guerreros, pero sus cotas y coseletes mostraban tonos vistosos y esplendían magníficos bajo el Sol. Portaban estandartes enormes, con diferentes enseñas. Entre tales banderas predominaban las que mostraban a Verna, la diosa de seis brazos zeihnia con dos rostros, uno dulce y bondadoso y otro maligno y cruel, la Dadora de Vida y de Muerte. En el centro de aquella comitiva había un hombre gigantesco y altivo, sobre un caballo negro de gran alzada y muy musculoso. A su paso los soldados gritaban y alzaban sus aceros.
—¡Cuánto daría por clavarle una flecha en el cogote! —gruñó Tian Carbas.
—Ponte a la cola, amigo —repuso Mzwele—. Pero guarda cuidado. Jamás se colocaría a tu alcance. Es demasiado astuto.
Atmán le contemplaba en silencio y con atención, fulgurando de odio sus ojos negros. Miraba a quien había osado invadir su nación, destruir un ejército de la Casa Real y entregar a su príncipe a los bárbaros del desierto.
Utraya Panis y los suyos se detuvieron en un lugar determinado de la falda, liso y cómodo, y desmontó para hablar con sus allegados.
Skarrion se volvió hacia el oficial paisito.
—Atmán, di a tus hombres que alcen pendones blancos. Tenemos que parlamentar con los zeihnios.
El oficial clavó sus ojos en él.
—Jamás rendiré Abruc al enemigo —repuso, escupiendo las palabras con lentitud—. Antes de que eso ocurra moriremos todos.
—¿Quién ha hablado de rendir la fortaleza? —protestó Skarrion—. Se trata sólo de ganar tiempo. Trataremos de negociar con el invasor e incluso le ofreceremos falsas promesas.
—No me gustaría tener que mentir o romper mi palabra –—dijo el caballero paishtio—. Ni siquiera ante un bárbaro.
—Si no lo haces tú lo haré yo —afirmó Skarrion—. Debemos conseguir por todos los medios demorar su ataque para dar tiempo a Halmd a socorrernos. Guárdate tus códigos de honor para impresionar a las damas de la Corte. Ahora estamos en la guerra real. Conozco a tu rey, peleé con él en Peña Negra y sé que aprobaría lo que digo. Está en juego todo tu país, Atmán. ¿O piensas que Utraya Panis se retirará después de tomar Abruc? No. Seguirá hacia el Oeste e invadirá la capital, para después clavar sobre una pica la cabeza de tu rey.
Atmán, un tanto confuso, optó al fin por apartar la vista.
—Está bien —admitió—. Será como tú dices, mercenario.
Se volvió y dio las órdenes pertinentes.
En la falda del monte, la línea de carros atestados de paja y madera continuaba subiendo por los retorcidos caminos de polvo, arrastrados por caballos y bueyes y empujados por decenas de guerreros. La infantería continuaba atestando el monte. Los cuadros de la vanguardia estaban compuestos sobre todo por arqueros, acompañados de infantes que cargaban escudos de gran tamaño.
Sobre el portón, entre las almenas, ya ondeaba una gran bandera blanca. Al verla, los tribales más cercanos al fuerte lanzaron sin éxito sus flechas y sus improperios a los defensores. No estaban dispuestos a dar cuartel.
Tampoco Utraya Panis, pues, aunque sin duda había visto el pendón, no interrumpió la marcha ascendente de sus tropas.
Tras un largo tiempo de ondear el trapo blanco sin éxito, Atmán ordenó que lo retiraran.
—No va a permitir ni siquiera una rendición incondicional —dijo.
—Es demasiado listo como para perder un tiempo precioso en cháchara inútil —señaló Skarrion, con una sonrisa dura y helada—. Al parecer, no es novato en estos asuntos.
Se ajustó el cinto y aposentó el puño sobre el mango de su espada.
—Se acabó —afirmó, como animado de una satisfacción salvaje y oscura—. No habrá más parlamentos ni demoras con el enemigo. Todo ha quedado dicho y aclarado. Será un combate a muerte, sin compasión. Vamos a resistir aquí todo lo posible para dar tiempo a los refuerzos del rey. —Soltó el aire con fuerza—. Si los zeihnios toman Abruc, no lo conseguirán hasta pasar por encima del último de nuestros guerreros.
Los generales y altos mandos de aquella terraza de roca sobre la muralla no dijeron más, aún con la mirada lúgubre fija en las huestes enemigas, pensando que aquélla sería, con toda probabilidad, su última batalla.






Las apretadas líneas de arqueros zeihnios, protegidos por aquellos infantes que levantaban sobre sus cabezas los formidables escudos, estiraron sus cuerdas y sostuvieron el extremo posterior de las saetas. A pesar del turbante, el sudor salado les abrillantaba la piel y la barba. Muchos caían a causa de las flechas que se les arrojaban desde las murallas. Aún no se encontraban a la suficiente distancia como para que las piedras y los cascotes pudieran afectarles. Esperaron la orden del oficial correspondiente y al oírla abrieron los dedos de la zurda. Un coro gigantesco de zumbidos secos llenó el aire y las saetas volaron, como una nube de insectos alargados, hacia las almenas.
Muchas chocaron y rebotaron contra la roca, pero otras tantas se colaron por los merlones y alcanzaron tanto a mercenarios como a paishtios. Los heridos giraban sobre sí mismos, se tambaleaban o caían sobre las nalgas, los brazos, las rodillas o la espalda. Los había que, debido a la fuerza del impacto, retrocedían sin equilibrio y se precipitaban desde la terraza de madera al patio de armas, donde aterrizaban con un impacto de carne contra aplastada y huesos rotos. Empezaban a traerse carros llenos de paja y tela para disminuir la fuerza de aquellos golpes. No obstante, algunos cuerpos se estrellaban sobre los bordes de los móviles, desequilibrándolos, alzándolos sobre dos ruedas e incluso provocando su vuelco.
Los defensores muertos que permanecían en el parapeto eran arrojados por encima de las almenas para impedir la pestilencia y las infecciones que podrían provocar, de permanecer junto a los sitiados. Además, ocupaban un espacio demasiado precioso. En su relevo, no cesaban de subir guerreros aferrando arcos, jabalinas y hondas.
También se requerían baldes enorme, llenos de aceite humeante, izados mediante poleas. Se había sacado toda la grasa y el sebo guardados en las despensas y los habían calentado y fundido en grandes marmitas sobre el mismo patio de armas. Varios edificios menores de ladrillo estaban siendo derruidos, los hombres destrozaban a martillazos y golpes de pico sus muros. Todos estos cascotes se introducían en sacos de lona y líneas de soldados sudorosos los llevaban a paso rápido hasta los accesos de muralla más próximos.
Los heridos eran llevados por hombres de otras columnas, hasta los puestos de ayuda improvisada, sobre los que yacían guerreros con las flechas emergiendo de sus cuerpos. Los zeihnios utilizaban un tipo de punta especialmente maligna. Tenía forma de arpón y en muchos casos doble filo aserrado. Así, resultaba difícil extraerla sin desgarrar y destrozar el músculo y la carne. Los cirujanos se afanaban sobre las heridas, manejando sus cucharas y lancetas, con los brazos tintos de sangre hasta los codos. El problema se agravaba porque con frecuencia las cabezas de los proyectiles estaban embadurnadas de una ponzoña capaz de causar fiebres e incluso la muerte, a pesar de que hubieran provocado heridas de poca consideración. Los paishtios comenzaron a odiar a los arqueros zeihnios con rabia inhumana a causa de tan innoble pero efectiva treta. El veneno estaba diezmando con rapidez a los defensores, que se cuidaban mucho de proteger el cuerpo con yelmos, cotas e incluso forros improvisados de tela gruesa Todo esto ayudaba a aumentar el sofoco y el calor infernales, bajo un sol cruel y moribundo que parecía burlarse de sus miserias mientras les clavaba sus lanzas rojizas y abrasadoras.
Si bien morían gran cantidad de asediados, sobre la cara externa de las murallas se apilaban los cadáveres de los atacantes, en túmulos rojos y negruzcos que no cesaban de crecer.
Desde un principio, Utraya Panis dio la orden de intentar la escalada de las cuatro murallas, eligiendo un foco de presión determinado para cada una de ellas, siempre cercano a su punto medio. Bajo la cobertura de las flechas emponzoñadas, tanto tribales como zeihnios levantaron sus escalas de madera y arrojaron decenas de ganchos hacia las alturas. No poseían torres de asedio ni otros artefactos similares. No había bosques en los alrededores, con cuya madera se pudieran construir. Sus empeños, en principio, parecerían destinados al fracaso.
Pero las apariencias engañaban. Las flechas volaban sin descanso desde las líneas de arqueros protegidos por los grandes escudos, dificultando el trabajo de los defensores. Estos debían arrojar piedras, aceite y sus propios dardos, cuidándose al mismo tiempo de no quedar ensartados por los proyectiles enemigos. Hordas aullantes se acercaban a las murallas, protegidos por sus grandes escudos, las cotas y los coseletes, y comenzaban a trepar por las cuerdas cuyos ganchos habían logrado pasar entre los merlones. Otros levantaban las escalas rígidas de madera y comenzaban a subir sin dilación.
Tales ataques terminaban cuando los del parapeto cortaban las cuerdas o separaban los extremos superiores de las escalas con pértigas. También el aceite y la brea calientes hacían su trabajo, abrasando a los escaladores y haciéndoles caer. Nubes de cascotes aterrizaban sobre los guerreros de abajo, aplastándolos contra un suelo embarrado de sangre.
Y a pesar de todo, los invasores no cejaban en su empeño tenaz, con un coraje y una determinación que a veces se zambullían en la locura. Subían sobre los cadáveres de sus propios compañeros, procurando no resbalar sobre el metal y la carne húmedos, y lanzaban sus ganchos o volvían a levantar las decenas de escalas, una y otra vez, mientras los defensores de las alturas continuaban cayendo por causa de las flechas con veneno. Alguno había en cuyo cuerpo se hincaban las puntas de los garfios, y entonces desde abajo se tiraba de ellos con alegría sañuda, hasta pasarlos por entre las almenas y arrojarlo al exterior. Y seguía tirándose del defensor maltrecho, quizás aún vivo, arrastrándolo hasta terreno seguro, donde se le cosía a cuchilladas.
La lucha se tornó titánica en el muro oriental, donde se hallaba el portón bajado que guardaba el pasillo de roca entre los dos rastrillos.
Allá, los arqueros zeihnios habían arrojado flechas incendiarias, alimentadas por el fuego de los carros llenos de paja, clavándolas en la madera del portón. Los defensores vaciaban baldes de agua para intentar sofocar el incendio, lográndolo a duras penas. Mientras por los costados de la entrada los atacantes trataban de escalar, un puñado de zeihnios fornidos y temerarios lograban acercar, cuesta arriba y a pesar de la lluvia de piedras y flechas, un enorme carro, hasta aposentarlo contra el portón. Los oficiales de Utraya Panis sabían que sería inútil atacar con ariete una entrada protegido por dos fuertes rastrillos metálicos. Pero aquel carromato estaba lleno hasta los topes de ramaje y maleza secos. Los arqueros dispararon contra él sus flechas incendiarias y pronto el fuego se elevó en enormes llamaradas, que, ahora sí, resultaban difíciles de apagar desde las almenas. Sus columnas de humo pegajoso y sofocante impedían a los asediados plantear una defensa efectiva desde ese punto. Y los zeihnios continuaban subiendo por las escalas de madera, tan cerca de las llamas que el calor les chamuscaba el vello y cocía el cuerpo dentro de las cotas y los coseletes. No cesaban de aullar con fanático entusiasmo el nombre de su diosa, Verna, La Dadora de Vida y de Muerte, y de su líder Utraya Panis.
La madera del portón, tras casi media clepsidra soportando el ramaje ardiente contra la superficie, sucumbió al embate del fuego y comenzó también a arder. Las llamas prendieron y crecieron, expeliendo un humo muy oscuro, pero menos denso. En este lugar la defensa resultaba ya del todo imposible y los paishtios se afanaban por los costados.
Aquel calor nuevo y terrible se sumaba al sofocante anochecer, libre de la más mísera brisa. Muchos de los guerreros, tanto invasores como asediados, se mareaban dentro de sus armaduras y caían sin sentido, para morir bajo las flechas o los cascotes, o ser retirados por sus no mucho menos extenuados compañeros. El sol caía y teñía de sangre el monte Abruc, embadurnando de rojo a todos los hombres que allí estaban luchando y muriendo.
Skarrion y Atmán dirigían la defensa de la gran muralla oriental, en la cual se hallaba el portón principal, ahora una pira de llamas que brillaban en la tiniebla del crepúsculo. El furor de las embestidas invasoras no disminuía a causa de la llegada de la noche. Utraya Panis estaba dispuesto a tomar lo antes posible aquel bastión, a cualquier precio, y pasar a cuchillo todos sus habitantes.
Skarrion caminaba sobre la terraza y los pasillos de roca elevados ante las almenas, ordenando a la llegada de los refuerzos que venían desde el patio de armas. Sobre el gran escudo con el que se protegía se clavaba cada cierto tiempo una flecha, de las muchas que sin tregua caían sobre los defensores. Entonces se tambaleaba si el impacto había sido fuerte, profería un juramento, la arrancaba con su mano protegida por un guante de mallas y la tiraba al suelo. También había recibido impactos en la armadura y el yelmo, pero las puntas no lograron tocar la carne. Aquel gigantón parecía un vendaval de energía, siempre vociferando a sus hombres, dándoles ánimos o increpándoles para encender su orgullo. Cuando sus mercenarios le veían llegar parecían olvidar el cansancio y la desesperanza y extraían nuevas energías de sus músculos torturados. Se mezclaba con los hombres a veces, como un soldado más, y ayudaba a evacuar heridos o bien tiraba de las cuerdas de polea para acercar los sacos llenos de cascotes o los baldes de aceite humeante.
No menos enérgico se mostraba Atmán. Poco quedaba de aquel aire altivo y aristocrático. Ahora, tiznado por el humo, su rostro tenso surcado por chorretones de sudor, se mezclaba con los soldados, les ayudaba y animaba sin descanso, luchando contra la desesperación que empezaba a inundar su pecho, negándola una y otra vez.
En la muralla del Norte se hallaba Mzwele con los suyos, y Tian Carbas hacía lo propio en el murallón del Sur. En el Oeste, donde los ataques resultaban menos violentos, los generales habían dispuesto una serie de oficiales competentes que mantendrían ese lado libre de enemigos.
Atmán y Skarrion, caminando medio agachados, se encontraron sobre la piedra de aquel pasillo infernal en las alturas. Por su lado pasaban guerreros que sostenían a sus compañeros heridos y los llevaban hacia los cirujanos. No muy lejos, un guerrero aulló y se tambaleó hacia atrás, con una flecha hundida en la mejilla. Alguien trató de aferrarlo, pero cayó al patio de armas, estrellándose contra el piso.
Era ya casi noche cerrada y, bajo la luz huidiza de las antorchas y los braseros, las sombras danzaban sobre los rostros pálidos y sudorosos de los dos líderes, que parecían haber envejecido años en clepsidras. Unos treinta pasos al este, continuaban alzándose las llamas alimentadas por la madera del portón. Habían alcanzado la mitad de la gran plancha y a izquierda y derecha el enemigo se arracimaba sobre los muros, tratando de escalarlos, como las hormigas sobre un tronco, sin importarles la oscuridad de la noche.
Lejos de sus soldados, Atmán dejó caer la máscara y sobre sus facciones manchadas reinó el desánimo.
—Esos malditos zeihnios… —dijo en voz muy alta, para hacerse oír sobre el vocerío constante—. Luchan como diablos. No les importa la muerte.
—Son unos fanáticos —repuso Skarrion, con su gruesa y rasposa voz. Su rostro también estaba tiznado y sucio, luciendo una negrura más espesa que la noche, en la que brillaban, húmedos de sudor, el bigote, la barba y las cejas. También esplendían sus ojos azules, todavía llenos de salvajismo—. Ese hijo de perra, Utraya Panis, les habrá ofrecido el Paraíso a todos los que mueran en el combate.
Atmán tragó una bola de saliva pegajosa y miró en derredor. Sobre la terraza la gente seguía cayendo y muriendo, disparando flechas y arrojando cascotes. Abajo, en el patio de armas, había una gran multitud de hogueras, como puntos de luz, alrededor de las cuales nadie permanecía ocioso. Cientos de sombras se afanaban en tallar, flechas y jabalinas, seguían rompiendo muros de los edificios más débiles, atendiendo a los heridos y armándose para relevar a los muertos de las murallas.
—Nosotros también éramos así —susurró el paishtio, con un jadeo de cansancio más espiritual que físico—. Nueve siglos atrás, cuando el Profeta surgió de esta misma tierra y sometió con sus hordas invencibles todo el Sur del Mar Medio. Entonces, se luchaba por crear un nuevo mundo al amparo de Dios Todopoderoso. Los hombres no temían morir y se lanzaban a la batalla de cabeza, en pro de lo que pensaban era una causa justa.
Skarrion guardó silencio. Atmán, disgustado, meneó la cabeza envuelta en el yelmo de hierro, coronado por el turbante negruzco. Dijo, mirando con dureza hacia el frente:
—Pero el sueño del Profeta se fragmentó en naciones y países. Imyaria, Abhli, Razhull… Paish, también. Peleamos entre nosotros en lugar de extender nuestra fe. Se levantaron grandes ciudades, la economía prosperó, el hambriento dejó de estarlo y el nómada probó la prosperidad. La fuerza de nuestra fe se debilitó.
“Ahora, pocos de entre los millones que acuden cada día al templo para rezar estarían dispuestos a morir por Dios y Su Palabra. —Con un ademán del brazo, señaló hacia a las almenas—. Pero fíjate en ellos. Esos zeihnios no cesan de pelear como diablos, ni siquiera bajo la oscuridad de la noche. —Cerró el puño con fuerza, lleno de amargura—. ¡Les sustenta la fe! La misma que perdimos nosotros. No tienen nada que perder y por eso luchan hasta el fin. Sin embargo, en nuestros prósperos países la Palabra de Dios se ha debilitado y nos hemos vuelto maduros para la conquista y la rapiña de otras razas más jóvenes e impetuosas.
Skarrion sonrió, apretando las mandíbulas.
—No te aflijas tanto, paishtio. Ocurre igual en todos los lugares del mundo. Los líderes fuertes construyen a sangre y fuego grandes imperios. Mueren aún antes de poder disfrutar de esas riquezas y sus hijos y nietos se ablandan bajo el peso de sus propias instituciones. Y los ávidos bárbaros de allende la frontera les arrollan y conquistan. —Respiró con fuerza por la nariz y se limpió la boca con los nudillos, como si hubiera tragado un vino agrio—. Después, estos mismos salvajes prueban las mieles de la civilización. Han olvidado las peleas tribales, la manada y los códigos de la espada, ya no tienen que dormir a la intemperie, tragarse los vientos helados ni soportar el calor del desierto. Sus hijos, y los hijos de sus hijos, serán la presa para las nuevas hordas del futuro. Un maldito ciclo sin fin.
“He viajado mucho, he ayudado a alzar y a destronar reyes, he visto a los hermanos luchar por un pedazo de tierra y a los hijos ordenar la ejecución de sus padres con una sonrisa de satisfacción. Sé de lo que hablo.
Ahora era Atmán quien escudriñaba la mirada de Skarrion. El que apodaban El Loco sonreía bajo aquella noche de llamas y sangre, con un cinismo bárbaro, propio de quien ríe una broma macabra. En los ojos de aquel mercenario viejo se atisbaba el desprecio que siente la piedra hacia el ladrillo, el río hacia el canal, la montaña hacia la casa, el lobo hacia el perro. El oficial Atmán Al Futya, señor de Abruc, oficial y caballero paishtio, tuvo una extraña sensación al bucear en la expresión y la mirada de Skarrion. Creyó hallarse no ante un hombre, sino ante una fiera astuta y cruel vestida con piel humana, un ser ajeno al bien y al mal, a la moral o a la religión, que sólo rendía tributo a la astucia y la sangre, al valor y el coraje, por encima de cualesquiera otras consideraciones. Aquella visión, modulada por las llamas lejanas y la negrura de los cielos, lo turbó. Sorprendido de sí mismo, volvió la cabeza y musitó el nombre de Dios en una plegaria de ayuda.
Al volverse, Skarrion aún le miraba. En sus ojos se mezclaban la dureza y la burla, de la misma manera como un veterano podría contemplar, con una sonrisa despectiva, al novato tembloroso e inseguro que no puede impedir soltar sus tripas en los calzones, antes de su primera batalla.
—Entonces, ¿cuál es la solución? —inquirió Atmán. En su voz había un matiz desesperado—. ¿Cómo pueden evitar los imperios y los países la blandura y la laxitud de la prosperidad, y por tanto la conquista por parte de unos enemigos fuertes y ávidos? ¿Cómo conservar el viejo vigor y mantenerlo? ¿Cómo proteger lo que se tiene, cómo preservar lo bello y lo exquisito de las manos callosas y ajadas de los salvajes?
Las flechas volaban sobre ambos, los guerreros batallaban y morían, rezaban o increpaban a sus dioses, aullaban de dolor o callaban, apretando los dientes. La expresión de Skarrion de Shakark se tornó pétrea, mientras clavaba sus ojos azules y helados en Atmán, unos ojos que no sabían nada de dulzuras o sofismas.
—La fuerza y el exceso de fuerza —escupió—. La guerra y no la paz. Las dificultades y no el bienestar. Los desafíos. La conquista. El dominio sobre los pueblos débiles. Ésa, y no otra, es la única forma de que los imperios sobrevivan a lo largo de los siglos. Extenderse, buscar la gloria de la victoria, anhelar la aniquilación del rival, ya por la negociación, ya por la sangre y el fuego. Cuando la llama de la ambición decae, el imperio comienza a bajar la cuesta hacia la destrucción y el olvido.
Atmán le contempló durante varios latidos, con fijeza. De pronto, Skarrion El Loco exhaló una carcajada sin alegría y aferró el hombro de Atmán con vigor.
—¡Dejémonos de charla inútil! —afirmó. Recuperó de pronto la seriedad, confundiendo aún más al paishtio—. ¿Cómo vamos de aceite?
—No queda —repuso Atmán—. Sólo podemos arrojar escombros por encima de las murallas.



VI




Los ganchos saltaban sobre las almenas. Ahora les arrojaban muchos más. Se afirmaban tras la muralla o se hincaban en los muertos de la terraza de roca. Los asediados, que cada vez eran más a medida que los refuerzos llegaban desde el patio de armas, cortaban una y otra vez las cuerdas y apartaban con pértigas las escalas de madera. No importaba que quienes las ocupaban se rompieran todos los huesos al desplomarse sobre los cantos del fondo. Otros las alzarían de nuevo, una vez y otra, con la tenacidad de las olas que golpean el acantilado.
Skarrion cortó con su espada una de las cuerdas, dando un golpe tan fuerte que saltaron chispas entre el metal y la piedra. Se le clavó una flecha en el escudo y la apartó con el plano del acero. Continuó ordenando a los grupos de hombres que subían hasta la gran terraza de roca, colocándolos en los puestos de mayor debilidad. Los defensores que subían hasta las almenas, cargados con sacos de escombros, no se preocupaban de elegir los lugares donde arrojar su mercancía, pues sabían que bajo cualquier punto de la muralla habría enemigos que aplastar.
El gran portó

Relato Fantástico - La Última Batalla Abajo estaban los zeihnios barbudos, llevados por la locura de su religión y de su líder, hambrientos de gloria y de paraíso. Junto a ellos se afanaban los nómadas criadores de caballos y camellos, recolectores de dátiles y pastores de ovejas, dispuestos siempre a empuñar el sable para defender sus territorios ancestrales, ocupados desde un siglo atrás por los paishtios orgullosos. Aquellos bárbaros sureños también creían tener al Cielo de su lado. En sus pequeñas mentes no cabía la posibilidad de que Dios no estuviera junto a ellos en aquel combate. Pero quizás pesara más en sus corazones el aborrecimiento profundo hacia los soldados de la Corona que cualquier creencia en el Más Allá. El guerrero que mejor lucha no es el que está lleno de grandes ideales, sino el que tiene el alma, el cuerpo y la mente poseídos por el odio.
Tian Carbas y Mzwele mostraban el mismo aspecto tenso y cansado que Skarrion o Atmán. También se habían hecho cargo de la defensa en aquel muro.
Según los informes, no había posibilidad de huir con vida del fuerte, pues el ejército de Utraya Panis rodeaba el monte y había sido dispuesta una vigilancia celosa que detectaría al instante cualquier salida del castillo. Se sabía que algunos defensores se descolgaron por las murallas con la intención de robar las vestimentas de un enemigo muerto y confundirse así con ellos, en su huida. No se conocía el paradero de estos desertores, pero nadie dudaba de que los zeihnios jamás acogerían entre los suyos a los soldados rivales. Antes, les degollarían sin compasión.
La noche seguía avanzando. Aquella oscuridad venía bien a las mareas de atacantes, pues los tornaba confusos y los multiplicaba por diez ante los ojos cansados de sus enemigos. En diferentes puntos, más zeihnios lograron alcanzar la cima del murallón. De nada servía imponer allá parapetos formados con mesas y tablones traídos desde los arrasados edificios del fuerte, pues las hormigas humanas lograban colarse entre ellos o sobrepasarlos.
A unos treinta pasos del portón en llamas, y aprovechando el castigo sufrido en aquella zona por la flecha y la tardanza de los refuerzos, unos cinco invasores, pedazos de negrura aullante contra las llamas lejanas, lograron aposentar sus botas sobre la terraza de piedra y profirieron gritos victoriosos. Batallaron contra las decenas de guerreros que se les echaron encima. Hubo una salvaje turbamulta, pues dos de los atacantes ya estaban ayudando a subir a otros, encaramados a las almenas.
Skarrion y Tian Carbas se hallaban por las cercanías en aquel momento y corrieron hacia el combate, con las espadas desenvainadas y el rostro encolerizado.
—¡Echadlos abajo, maldición! —gritó el shakark, uniéndose su voz al tumulto general.
Los defensores acabaron pronto con aquellos audaces.
Quienes derrumbaban edificios no daban abasto para la necesidad de piedras arrojadizas que se precisaban en la muralla y ya casi no quedaban flechas, llegándose al extremo de aprovechar las de los zeihnios, arrancadas de los cadáveres. Los mercenarios y los paishtios habían de lanzar, sobre quienes escalaban la piedra, los propios muertos de la terraza.
Un gancho voló sobre las almenas y alcanzó a Tian Carbas cuando se aproximaba al bullicio. El extremo afilado se hundió en su cuello, aunque sin traspasar la malla, y lo arrastró contra el muro, entre gemidos de dolor. Skarrion tiró la espada y alcanzó sus piernas cuando ya se deslizaba por el merlón.
—¡Ayudadme, perros!
Los de alrededor se le unieron y juntos tiraron del crantiano con todas sus energías, hasta el punto de que el shakark tuvo que aposentar una pierna en la roca y esforzarse para no perderlo. Uno del grupo se encaramó sobre la almena con un cuchillo en la diestra e intentó cortar la cuerda. El garfio aguzado logró al fin romper la cota y la camisola y se hundió en la carne del general, rompiendo una gran arteria. La sangre borboteó y manchó la cara y el cuello del crantiano. Cuando tajaron la cuerda y le devolvieron a lugar seguro, con el metal aún atravesándole el cuello hasta la nuca, Skarrion sólo pudo distinguir, entre la oscuridad general, un brillo húmedo que cubría su faz, y el esplendor salvaje en los ojos de su amigo. Pero el líquido vital ya no podía llegar desde el corazón al cerebro y la vida desapareció de Tian Carbas.
Skarrion tomó una espada caída, abrió los dedos del general muerto y colocó entre ellos la empuñadura. Los cerró y bajo sus párpados.
Suspiró con fuerza y se levantó, tembloroso. Le quitó la espada a un muerto caído sobre un merlón.
Tambaleante y obstinado, continuó supervisando la defensa de la muralla.
Sonó un crujido largo, bestial. El portón comenzaba a resquebrajarse, deshaciéndose en una gran masa carbonizada. Saltaron nubes de chispas incandescentes y casi un tercio de la plancha se desprendió en pedazos negruzcos, despertando el clamor victorioso de los atacantes. Sólo quedaban tablones, sujetos por bisagras y clavos al rojo vivo a las gruesas cadenas. Los despojos del suelo aún ardían, soltando lenguas incandescentes y volutas de humo negro.
Skarrion vio varios hombres con antorchas, que corrían entre las filas enemigas. Se estaban agrupando y desplazando, como cúmulos de negrura espesa en los que brillaban las puntas de las lanzas y las hojas de las espadas. El shakark abrió mucho los cansados ojos, pues empezaba a entender qué estaban haciendo.
—¡Rápido! —clamó—. ¡Todos alrededor del portón! ¡Vamos!
Comenzó a gritar órdenes, llevando a los guerreros hacia las inmediaciones del puente derrumbado. Ahora las llamas casi habían desaparecido y sólo el humo dificultaba la defensa en aquel lugar.
Como Skarrion previera, se produjo un cambio en la estrategia de los atacantes. Los oficiales lograron imponer la disciplina entre los hombres y llevarlos frente a la derrumbada puerta. Por entre las nubes de humo comenzaban a entreverse los cuadrados del rastrillo. Las líneas de arqueros se engrosaron frente a él, preparando sus proyectiles. Los infantes traían a la carrera garfios, cuerdas y escalas.
Los arqueros zeihnios, que parecían poseer un surtido de proyectiles inagotable, concentraron su ataque sobre ese único punto, acabando con los defensores que ya estaban llegando a él. La infantería invasora echó a correr, como un mar de turbantes rojizos, hacia el rastrillo. Sofocados por el humo, envueltas las manos en paños para resistir el calor de los hierros, apagando las últimas llamas a fuerza de pisar los carbones rojizos, alzando nubes de chispas bajo las botas, los atacantes comenzaron a escalar por el rastrillo. Muchos no pudieron soportar aquel calor sofocante y cayeron desvanecidos sobre la alfombra de invasores, que esperaba para subir la gran reja. Alrededor del rastrillo se levantó un bosque de escalas y los hombres se afanaban sobre sus burdos peldaños de madera, o lanzaban más ganchos y cuerdas por encima del muro.
A pesar del humo, también los defensores se apelotonaron sobre el rastrillo. Allí, la terraza de piedra que bordeaba las murallas se abría en una plataforma de tamaño respetable, desde la que se podía acceder al cercano edificio de la guardia. Había en él una gran sala de engranajes, que albergaba las ruedas y los tornos impulsores del puente levadizo y los dos rastrillos. Las flechas caían sobre los paishtios y los mercenarios, pero lograron, protegidos por sus escudos y armaduras, repeler a los primeros que habían alcanzado la cumbre.
El rastrillo no se hallaba a ras de la muralla, por lo que los zeihnios debían vencer un resalte de casi pie y medio en anchura, para llegar hasta las almenas. Era ésta otra dificultad añadida, pero con ayuda de cuerdas y de los propios compañeros que ya pasaban las manos sobre los merlones, al final lo conseguían.
Muchos eran los refuerzos que acudían en socorro de la explanada de roca, pero aquellos cientos de hombres no cabían en un espacio capaz de acoger apenas a cincuenta. Así, por una simple cuestión de espacio, se veían impotentes contra las hordas enemigas. Las almenas comenzaron a llenarse de zeihnios y Hombres del Desierto, quienes, aún siendo cosidos a tajos y lanzazos, luchaban durante varios latidos antes de caer hacia atrás. Pero otros muchos les seguían. Pronto pudieron detener con sus espadas los golpes defensores. Continuaban lloviendo flechas emponzoñadas, que herían ahora a amigos y rivales por igual.
Skarrion se abrió paso entre sus propios hombres y corrió hacia el edificio de la guardia. La única posibilidad de parar aquella riada de atacantes era subir el rastrillo. Así, al menos, no podrían escalar hasta las almenas. Accedió a la zona de engranajes y vio a Mzwele, quien había tenido la misma idea. La sala estaba llena de mercenarios y paishtios. Comenzaban a tirar de los tornos y las ruedas, haciéndolas crujir y rechinar. El ishankita tenía la mirada enrojecida y febril. Se apoyaba contra uno de los muros. Sus labios gruesos estaban azules y temblaba sin control.
—¡Subid el rastrillo! —ordenó Skarrion.
Los hombres le obedecían. Debían empujar el doble de fuerte, ya que ahora el enrejado estaba colmado de hombres y por tanto pesaba muchas veces más.
Skarrion se aproximó a Mzwele, que abrió los ojos al acercársele y casi cayó al suelo.
—¡Despierta, amigo! —animó el shakark.
—Victoria —musitó el ishankita, sonriendo y entrecerrando los ojos.
Skarrion le tomó de las axilas para que no se derrumbase otra vez. Oyó murmurar a Mzwele palabras en su lengua natal. Estaba delirando. El shakark descubrió el asta de una flecha rota, emergiendo por la espalda de su compañero. Logró llevar el cuerpo inerte hasta una esquina, donde le dio asiento, con el hombro y la cabeza apoyados contra la pared. El veneno zeihnio ya correría por sus arterias. Skarrion se sintió muy viejo, al contemplar a Mzwele convulso, bañado en sudor frío, ora riendo, ora bramando incoherencias, la mirada perdida, yendo de un extremo a otro de la sala.
Cuando se volvió, vio a varios guerreros negros de rostro impasible, como figuras de hierro oscuro que contemplaban a su líder moribundo. Mzwele pareció enfocar durante un instante su vista en Skarrion y después en sus hombres. Alzó una mano y los ojos se le llenaron con una súplica. Tosió.
Skarrion miró hacia los mercenarios ishankitas, que seguían inmóviles. Uno de ellos asintió. Llegó hasta Mzwele, se arrodilló, tocó la gargana con el filo de su espada y le degolló de un solo revés. El herido se sobresaltó, pero al instante siguiente sus músculos quedaron lacios.
Skarrion se levantó con lentitud, como si sostuviera un gran peso sobre sus anchos hombros. Al volverse se encontró con los ishankitas, quienes aún permanecían impasibles ante él. El que había ejecutado de manera limpia y piadosa al general dijo algo en su lengua y saludó a Mzwele, llevándose un puño al pecho. Los demás le imitaron. Después, miraron a Skarrion y también le saludaron. El nórdico les correspondió, con la mirada lúgubre.
Les dio la espalda y se encaró con quienes tiraban del rastrillo para ayudarles, mientras los ishankitas cubrían al general muerto con su propia capa.
Los hombres se afanaban sobre la gran rueda, empujando con todas sus fuerzas, clavando los empeines en el suelo y echando hacia atrás el cuerpo, gimiendo, gruñendo y sudando a chorros.
—¡Más fuerte! —vociferó Skarrion, mirando con aprensión la entrada de aquella gran sala, protegida por varias decenas de soldados.
Las cadenas restallaban y crujían, pero avanzaban con demasiada lentitud, ya que el rastrillo seguía abarrotado de invasores. Cada asidero de la gran rueda podía albergar como mucho a tres hombres. Así pues, los había que, imposibilitados de trabajar directamente sobre ella, empujaban a sus propios compañeros. Resoplaban y hasta gritaban, a punto de hacer volar por los aires sus músculos formidables. Pero sus esfuerzos daban frutos. La cadena seguía moviéndose, tan despacio que Skarrion sentía los nervios a punto de estallar.






En el exterior, el enjambre de zeihnios se había hecho fuerte sobre la misma línea de almenas. En los merlones se producía una lucha desesperada. Invasores en precario equilibrio, al borde de la muralla, armados con cimitarras y sables curvos, resistían la acometida de los defensores, que trataban de echarles abajo. La muchedumbre se espesó. Ya casi no existía lugar para blandir los aceros y los hombres se empujaban y golpeaban con los codos, medio asfixiados, y hasta se mordían como alimañas. Los llegados desde el patio de armas empujaban con todas sus fuerzas a sus compañeros para que éstos a su vez arrollaran la línea de asediadores que ya habían logrado pisar la roca de la terraza, y que terminaban a su vez aplastados contra las almenas.
Atmán se encontraba también allí, animando a sus hombres, con los ojos desorbitados.
—¡Empujad! —gritaba, predicando con el ejemplo—. ¡Tirémosles abajo!
La muchedumbre se contrajo y convulsionó, el esfuerzo se intensificó y de pronto la línea de atacantes sobre las almenas se rompió. Los zeihnios, batúis y asuaros resultaron arrojados muralla abajo. Los pocos que quedaron arriba acabaron estrujados contra las almenas y acuchillados.
Sin embargo, aunque en aquel punto los defensores habían vencido, en otros lugares se producían más combates, cuando grupos de dos o tres atacantes alcanzaban la cumbre. Atmán sintió que el alma se le caía a los pies y, por primera vez desde que empezara el asedio de Abruc, tuvo la seguridad plena y absoluta de que no quedaba ninguna esperanza de triunfo. Ni siquiera de supervivencia. Era cuestión de clepsidras que los invasores destrozaran la defensa de la muralla y comenzaran a entrar en manada al fuerte.
Le animó la idea de que todo aquel enemigo que mataran en este momento sería uno menos, en el enfrentamiento contra el rey Halmd, cuando el monarca llegara en su ayuda, cuatro o cinco días después. Así pues, notando los brazos hinchados de plomo, resollando con cada respiración, se obligó a no desfallecer y continuó exhortando a sus hombres a la lucha. La Corona Paishtia siempre vencía —o caía— con honor.
El rastrillo subía poco a poco y a trompicones. Esto provocó un tumulto entre los atacantes. Los oficiales zeihnios vociferaron nuevos mandatos. Por entre la muchedumbre se mezclaron más guerreros, que portaban cuerdas y anclas. Ataron las maromas al enrejado y obligaron a cuadrillas de fornidos guerreros a tirar de ellas hacia el suelo. De tal modo, tratarían de frenar el alejamiento de su magnífica escala improvisada.






Dentro de la sala de engranajes, quienes tiraban de la gran rueda encontraron imposible moverla, pues al peso de los escaladores se sumaba aquella nueva fuerza que anclaba el rastrillo al suelo. A Skarrion le llegó un mensajero de Atmán con la treta de Utraya Panis y los suyos. El shakark vomitó un juramento. Comprendía que no podrían vencer esta última dificultad. Se mordió los labios, pensando, se pasó la mano por la boca, respirando con fuerza, y se volvió hacia los hombres, alzando los brazos.
—¡Dejad la rueda! —gritó—. ¡Soltadla! ¡Vamos con nuestros hermanos de las almenas! ¡Ayudémosles!
Los guerreros obedecieron. Cuando soltaron la gran rueda, la cadena restalló con violencia y el rastrillo bajó de golpe los dos escasos pies que lo habían conseguido levantar del suelo. En la sala de engranajes los hombres se tambaleaban, con los brazos, la espalda y las piernas atravesados por agujas de dolor. Apretando las mandíbulas, desenvainaron sus espadas y cuchillos y siguieron al general Skarrion Gunthar, El Loco.
—¡Daos prisa! ¡Hemos de matar a muchos antes de morir! ¡Hay trabajo que hacer!
Recorrieron la escalera de piedra alumbrada por antorchas, como una riada de rostros sucios y desencajados, espadas, yelmos, petos, cotas y coseletes.
Al llegar arriba, hubieron de abrirse paso entre la multitud vociferante. Bajo la oscuridad nocturna, innumerables sombras continuaban llegando desde el patio de armas para unirse a los suyos en la defensa del murallón. Skarrion se abrió paso a codazos y empujones entre el caos, pisando cuerpos inmóviles o temblorosos. Distinguió, a través del bosque de cabezas, el brillo fugaz de aceros. Había un flujo de enemigos que pasaba entre los merlones. Tras ello, la oscuridad del cielo nocturno.
Sonaron zumbidos y los defensores gritaron mientras caía una andanada de flechas, hiriendo además a los invasores zeihnios. Muchos retrocedieron, tropezando, arrollando y pisoteando. Skarrion abrió sus brazos y repartió puñadas hasta hacerse un sitio en la marabunta. Una flecha le golpeó en el casco y rebotó. Otra impactó en su pecho, sin atravesar la malla.
—¡Resistid! —bramó—. ¡Resistid!
Pero la mitad de los defensores habían huido o caído bajo los proyectiles, destrozando la unidad del grupo. Los zeihnios pudieron al fin avanzar, repartiendo muerte con sus grandes cimitarras y sus cuchillos curvados.
Skarrion empujó a un paishtio herido en un brazo y se aproximó a un invasor del que sólo podía distinguir un cúmulo de brazos y acero, y unos dientes y unos ojos en la negrura de su faz. El shakark le lanzó un golpe descendente y volvió con un revés. El enemigo retrocedió y se tambaleó. Pero otros le sucedieron. Hundió su espada en una cara enemiga, oyó el alarido del contrario junto a su oído y su sangre le salpicó el rostro. Sintió la punzada de un cuchillo en un costado, que la cota detuvo. Rompió la boca enemiga con el puño de la espada, atrasó el brazo y volvió a golpear, hendiendo un cuello. El cuerpo quedó lacio, con la cabeza sujeta a él por jirones de carne. Hubo una convulsión y Skarrion fue arrollado por una marea que saltaba ansiosa desde las almenas. Cayó y le pisaron. Cuerpos se desmoronaron encima de él. El peso amenazaba con asfixiarle, los gritos iban a romperle los tímpanos. Sintiendo un pánico animal, se retorció y debatió como una fiera, arrastrándose y logrando ponerse a cuatro patas, para después alzarse entre las sombras aullantes. Volvió a asestar golpes, hasta hacerse un hueco. Recibió un trallazo en el casco que hizo temblar todo su cráneo, pero alejó a un contrario de una patada. Tambaleándose, mareado, golpeando sin cesar, casi sin ver, retrocedió hasta llegar con los suyos, venidos en su ayuda.
Los mercenarios estaban avergonzados por el valor de su general, que avanzaba cuando ellos retrocedían. Ahora se arrojaban como locos en su auxilio. Sin embargo, la mitad de la terraza de roca estaba ocupada por los invasores, quienes avanzaban con lentitud inexorable, llevados por un valor sin límites. Junto a las almenas otros ayudaban y animaban a sus compañeros, que pasaban sin descanso entre los merlones y acto seguido empujaban a sus camaradas, siempre hacia delante.
La batalla de las alturas estaba ya perdida. En muchos otros puntos de la muralla se había roto la defensa y los invasores luchaban sobre la terraza de roca, conteniendo y hasta haciendo retroceder a los defensores que llegaban desde el patio de armas, permitiendo así la venida de nuevas hordas atacantes. Aquella zona empezaba a atiborrarse de zeihnios de turbantes rojos y batúis y asuaros cubiertos por petos de cuero y fibra vegetal.
Skarrion dejó de empujar sobre la masa, para contemplar aquel panorama de derrota. Vio también que sobre la gran explanada del patio de armas las tropas estaban empezando a agruparse en cuadros compactos. Incluso distinguió las formas difusas y altas de jinetes a caballo. Aún en medio de aquel Infierno, sus mercenarios obedecían la disciplina y se preparaban a combatir en aquella batalla última y desesperada con orden y precisión. No pudo evitar sentirse orgulloso de ellos.
Cuando volvió la vista hacia el bullicio de las almenas, vio que varias de las escaleras que bajaban hasta el patio de armas estaban ocupadas por enemigos. Las dispersas antorchas le permitieron distinguir a las hordas conquistadoras surgiendo también por las murallas del Este y el Oeste. Pronto, los de Utraya Panis podrían tomar por todos sus lados la fortaleza y se desparramarían sobre el patio de armas, rodeándolos y embistiéndolos en el combate final.
Los suyos de la terraza de roca retrocedían. Muchos escapaban hacia el interior, sabiéndose derrotados, para compactarse en los cuadros del patio de armas. Skarrion echó a correr escaleras abajo, pasando junto a otros escapados de las alturas. Llegó abajo y se abrió paso entre las sombras hacia un grupo de jinetes, cuyos caballos estaban casi histéricos y emitían alaridos.









VII




—¡Soy vuestro general Skarrion! —llamó el shakark, alzando el sable que empuñaba—. ¡Dadme un caballo!
—¡General! —saludó uno de los oficiales de su caballería.
El shakark montó sobre la bestia que le entregaba un guerrero de nacionalidad imyaria.
—Quiero que saquéis todos los caballos de las cuadras —mandó Skarrion.
—Eso estamos haciendo, señor —repuso el oficial.
—¡Bien! Alineaos de la manera más ordenada posible. Cuando haya un cúmulo lo bastante grande de enemigos aquí abajo, lanzaos a la carga contra ellos y luchad hasta la muerte.
El oficial abrió mucho los ojos. Había tenido la esperanza ilógica de que, de algún modo, podrían salir de aquel lugar con vida. Comprendió lo necio que había sido. Estuvo a punto de objetar el poco espacio que existía para realizar un avance a caballo. Además, estaba la dificultad añadida de controlar a los animales en medio de tal caos de hombres, para obligarles a cabalgar hasta el muro oriental. Pero el shakark se adelantó a sus protestas con un grito.
—¡Hazlo, oficial! ¡Esta orden queda bajo tu responsabilidad y habrás de cumplirla!
Sin esperar respuesta echó a trotar, abriéndose paso sin cuidado alguno entre los guerreros. El oficial de caballería mercenario se tragó el miedo y comenzó a repartir mandatos entre sus hombres.
Sobre las compactas filas de fortuna empezó a correrse la voz de que el general Skarrion estaba vivo y entre ellos, lo cual logró animarles y despejar su confusión. Si El Loco aún seguía en pie, no todo se había perdido.
A voces, Skarrion llamó a sus principales oficiales de infantería, a los de Tian Carbas y a los de Mzwele. Poco a poco, entre el tumulto de figuras, aquellos hombres requeridos fueron aproximándosele. Skarrion les mandó disponer sus cuadros en ayuda de la caballería mercenaria. Varios habían sido ya enviados hacia la entrada principal del castillo, pues los invasores habían tomado por completo la edificación de la guardia y estaban alzando los dos rastrillos. En el exterior, las masas esperaban ansiosas poder acceder al fuerte por la mismísima entrada principal. Los grupos de soldados de fortuna enviados a las murallas tenían la única función de impedir a los atacantes llegados desde fuera adentrarse demasiado en el patio de armas. Batallaron, sobre todo, en las escaleras de acceso.
Estalló un coro de agudos relinchos cuando de las cuadras emergieron en apretadas filas los jinetes mercenarios. Se abrieron paso entre la multitud de infantes. Empuñaban las lanzas y habían embrazado los escudos. Resultaba casi imposible dirigir a las bestias con precisión, pero, en un alarde de habilidad y dominio, sus amos lograron al menos conducirlas hacia la entrada principal. Los defensores que se interponían entre la muralla y ellos se dispersaron, dejándoles paso libre. Los caballeros hicieron recular sus animales, controlándoles si se encabritaban y alzaban de manos.
Cuando por el Este despuntaba un primer rayo de Sol y las tinieblas del cielo comenzaban a disiparse, los rastrillos terminaron de ser alzados y la tromba enemiga se desbordó, invadiendo el gran pasillo de roca, el mismo que en el mediodía sirviera de tumba a decenas de asuaros y batúis.
—¡Cargad! —gritaron los oficiales de la caballería.
Carentes de espacio para ejecutar la orden en condiciones, pero de todos modos llenos de ímpetu, los caballos echaron a trotar, más y más rápido. Los caballeros chocaron contra los invasores, empujándoles y pisoteándolos, abriendo huecos entre sus apretadas filas. Los jinetes hundían a bulto sus lanzas, hasta perderlas o romperlas, y entonces desenvainaban los sables, emprendiéndola a tajos contra los turbantes rojos. Hicieron retroceder a la infantería zeihnia a lo largo del gran pasillo de roca y consiguieron expulsarla del castillo.
Los mercenarios salieron fuera del castillo, pero sus monturas resbalaban sobre el terreno pedregoso e inclinado, cayendo entre nubes de polvo y piedras, para a continuación ser acuchilladas por los múltiples enemigos. A pesar de todo, la riada equina y humana continuaba saliendo en tromba ante los zeihnios atónitos del exterior.
Al caer, rodar y deslizarse por la pendiente, la caballería se dispersó. Aunque los jinetes lucharon como héroes de leyenda, encima de sus animales o a pie, pronto fueron vencidos gracias a la superioridad numérica enemiga.
En el interior del fuerte, Skarrion señaló con su espada y aulló:
—¡Que la infantería cargue! ¡Echémosles fuera una vez más! ¡Morid con honor!
La orden fue transmitida a voces y un bullicio ensordecedor llenó el patio de armas cuando varios cientos de hombres corrieron, los aceros por delante, hacia la entrada, pasando junto a guerreros heridos y caballos moribundos.
Los soldados de fortuna arremetieron, terminando de destruir a los invasores que quedaban sobre el patio de armas, y muchos lograron salir al exterior. Los menos veteranos se desparramaron sin orden aquí y allá por el monte, consiguiendo tan sólo combatir durante unos pocos instantes contra los numerosos enemigos antes de perecer bajo la espada o la lanza. Más daño hicieron determinados grupos de veteranos, que no perdieron la cohesión y se dirigieron en grupo hacia sus desconcertados rivales. El terreno inclinado les ayudaba en su avance, aunque también provocaba múltiples caídas.
En el patio de armas, al ver la arrolladora salida de los suyos, una última esperanza de victoria comenzó a extenderse sobre los soldados. Skarrion sabía que era vana ilusión. Fuera, había demasiados miles de enemigos como para lograr escapar de la muerte. Pero también sabía que, esperanzado, cada hombre lucharía por dos y matarían a más antes de morir. Así que ordenó la carga masiva.
—¡Todos a la entrada! ¡Todos! ¡A ellos, hijos de perra!
Los últimos cuadros se deshicieron y corrieron como una marea aullante. Salieron de la fortaleza, pero ya Utraya Panis había dispuesto nuevos contingentes con la orden tajante de detenerlos a cualquier precio. Entre ellos estaban los temibles arqueros. Una lluvia de flechas recibió a todos aquellos bravos y los supervivientes chocaron contra un muro de lanzas. No obstante, lograron romper este último obstáculo y siguieron bajando en una huída imposible, hacia una muerte heroica.
Skarrion continuaba en el patio de armas, ordenando a sus allegados en un último cuadro. Un hombre vestido con los harapos de lo que fuera el uniforme paishtio, sangrante, la mirada medio enloquecida, se le acercó a caballo. El shakark y él se estrecharon los antebrazos y se abrazaron. Aún dentro de todo este cúmulo de desgracias, experimentaron una débil alegría al reconocerse.
—¡Escúchame, amigo! —dijo Atmán—. Sabes, como yo, que no hay esperanzas. A pesar de estas últimas cargas, los invasores acabarán tomando la fortaleza. Sus flechas envenenadas diezmaron nuestras fuerzas y ahora somos demasiado pocos como para contenerles.
Skarrion echó un vistazo alrededor de ellos, viendo, bajo los primeros y rojizos rayos del amanecer, los rostros de sus hombres y las espaldas de quienes ya corrían en su último ataque contra el enemigo. Asintió. Atmán recuperó el resuello y la palabra.
—Hay un lugar donde podremos resistir hasta el último momento. La prisión del fuerte. Se trata de un edificio de dos plantas de piedra, pegado a la muralla occidental, muy sólido y fuerte. Si somos rápidos aún lograremos meternos en él, acompañados de unos cincuenta hombres.
—¿Qué ganaríamos con ello? —inquirió Skarrion.
—Matar más enemigos que si les esperásemos aquí —repuso Atmán.
Skarrion hizo pasar una bola de saliva por su rasposa y dolorida garganta. Sonrió con rabia.
—¡Está bien! ¿Te quedan hombres?
—Apenas diez.
—Me llevaré a los míos.
Hizo corcovear a su caballo y echó a trotar, siguiendo a Atmán. A los mercenarios no les costó entender que su general les necesitaba y los apenas quinientos que quedaban por las cercanías le siguieron sin dudar un solo instante.
La turba se dirigió apresurada hacia el murallón occidental, invadido por completo, cuyas escaleras derramaban conquistadores. Los zeihnios trataron de interceptar al último contingente de sitiados, pero los primeros entre éstos, que eran Atmán, Skarrion y unos quince hombres a caballo más, aguijaron sus monturas y les obligaron a apartarse. No obstante, cinco jinetes fueron descabalgados por las lanzas y acuchillados después. Los mercenarios que les seguían se lanzaron sobre aquellos primeros invasores del patio de armas y, a pesar de sufrir grandes pérdidas, lograron continuar el avance en pos de sus mandos.
Los rayos del sol bañaban la tierra, en una trayectoria casi horizontales. Skarrion y Atmán avanzaban a través de ellos, seguidos de muchos otros guerreros, mientras en las faldas del monte los últimos grupúsculos de defensores caían, sin soltar sus espadas antes de morir.
El edificio al que se dirigían Skarrion y Atmán no era muy alto, pues tenía sólo dos plantas, pero todo en él sugería fuerza y solidez. Sus paredes de ladrillo y mortero podrían resistir la embestida de un ariete y sus ventanas estaban cubiertas por barrotes de metal. Sobre la puerta había una placa metálica con el escudo real paishtio. Le acompañaban algunas frases cinceladas que Skarrion no pudo leer debido al continuo trajín sobre el caballo al galope y la luz deficiente del amanecer. Había zeihnios que continuaban acercándoseles a la carrera. Sin duda se había corrido la voz de que eran generales, o al menos altos mandos defensores, y por tanto resultaría un privilegio para cualquier invasor hacerse con tan importantes cabezas.
Skarrion aguijó al caballo y preparó su espada. Una sombra corría hacia él, apuntándole con una pica. El shakark hurtó el cuerpo hacia la derecha al mismo tiempo que se inclinaba y apuntaba su acero al frente y abajo. La hoja de la lanza se deslizó medio palmo por encima de su pecho y la de la espada atravesó el rostro oriental. El general dio un brusco tirón ascendente mientras se incorporaba sobre la silla y su acero surgió entre una llovizna de gotas rojas y brillantes. La hoja de la lanza le golpeó el yelmo y él la apartó, dejando que cayera junto al zeihnio muerto. Por el rabillo del ojo descubrió a Atmán, lanzando un furioso tajo en arco descendente. Pero su rival se apartó y libró por tanto del golpe.
Atmán refrenó su montura, alzándola de manos. Había cinco zeihnios que se interponían entre el portón del edificio y él, pero sólo eran hombres a pie y por tanto se escabulleron cuando la bestia bufó y cayó, atronando el suelo de piedra bajo sus cascos. El paishtio bajó de la montura y la emprendió a golpes con tres enemigos a un tiempo, sin dejar de avanzar.
—¡Skarrion! —jadeó— ¡Aquí es! ¡Hay que entrar dentro!
El shakark desmontó al galope, al estilo arario, y se lanzó como una furia contra los más de diez enemigos que custodiaban la puerta. Muchos otros llegaban corriendo desde las murallas. Sólo quedaban otros cinco jinetes mercenarios, que se les unieron en la lucha. La corpulencia de los caballos derribó o asustó a varios infantes zeihnios.
Atmán recibió un tajo en el hombro izquierdo y cayó sobre una rodilla, gruñendo como una alimaña. Paró un golpe descendente así postrado, mientras la sangre se le escapaba a chorros por entre la malla de acero partida y la tela del uniforme. Hizo girar la hoja con habilidad y la clavó en el estómago del enemigo, alzándose, empujándole con el hombro y aplastándole contra la pared del edificio. Skarrion frenó una estocada de lanza, su espada culebreó y el filo tocó el cuello oriental. Con un paso lateral se desplazó al tiempo que degollaba al enemigo.
Pero llegaban muchos más, desde todas partes. Varios pasos a su derecha, un caballero paishtio caía de rodillas mientras un oriental le hundía su lanza en la espalda. Otro zeihnio se le acercó por el lado diestro, levantando una maza claveteada, y de un golpe tremendo abolló el casco, derrumbando al herido, mientras su compañero retorcía el acero en la herida. Al menos veinte mercenarios desembocaron como una tromba en aquel lugar. Skarrion los vio pasar a su derecha e izquierda, gritando y alzando las armas, enloquecidos por el éxtasis de la batalla. Un imyario cerró contra el de la maza, empujándole con su escudo. Metió un golpe ascendente de espada, que se hundió bajo el mentón y llegó al cerebro. El zeihnio de la lanza se volvió y lanzó dos golpes circulares para mantener alejado al enemigo, pero la hoja chocó contra el escudo de un soldado de fortuna armado con un hacha, quien arremetió varias veces, partiendo el rostro enemigo y haciendo volar hilachas de sangre.
Atmán se afanaba sobre la cerradura del portón, tratando de hacer entrar por ella una llave de metal dorado. Una flecha voló hasta su espalda, entrando en la nuca y surgiendo por encima de una clavícula. La llave cayó de sus manos y él casi se derrumbó por entero. Pero logró afianzarse, apoyando el pecho y una mano sobre la gran puerta. Con ojos desorbitados, se volvió en busca de su asesino. Mas el arquero estaba lejos, muy lejos, entre toda esa marea de enemigos que acudían desde todos los rincones de la muralla asaltada y que también se desperdigaban a partir del umbral del fuerte. Era amarillento el amanecer y Atmán veía todo aquello como si se hallara dentro de un terrible sueño, en el seno de un mar difuso. Avanzó, tambaleándose. Se había olvidado de la llave.
Unos pasos ante él, cerca de diez mercenarios se replegaban escudo con escudo, hombro con hombro, como la última barrera, el bastión final contra el cual chocarían las hordas enemigas. En el centro estaba Skarrion, dando pasos hacia atrás, sin dejar de asestar hachazos, con un arma que poseyera momentos antes otro soldado de fortuna, recién muerto.
Atmán logró pasar el sable de la mano izquierda a la diestra. Cuando ya se le empezaban a nublar los ojos, dio varios pasos vacilantes hacia la maraña de enemigos. Se sintió invadido por una oleada de orgullo y alzó el arma con sus últimas energías.
Se desplomó, sin vida.
Skarrion vio a Atmán caer, el sable en la mano, como mandaban los códigos de la guerra. El shakark comprendió que no entrarían ya en aquel edificio. No le importó. Igual daba morir aquí fuera que allá dentro. Los escudos de sus últimos mercenarios paraban los lanzazos, los tajos de las espadas, las cuchilladas. El suyo propio, obtenido del suelo hacía unos pocos latidos, estaba casi destrozado, abollado por culpa de los golpes de maza y rasgado en los bordes merced al mordisco de los aceros. Tenía clavadas varias flechas que habían abierto la cubierta metálica y hundido su punta en el alma de madera. Los últimos defensores de Abruc se arracimaban a su izquierda y derecha, conteniendo las acometidas del contrario lo mejor que podían, peleando por puro instinto, más allá de cualquier esperanza.
Sus espaldas toparon con la pared del edificio. No había espacio para retroceder y los enemigos continuaban avanzando. Un mercenario fue ensartado en una lanza y su corpulento asesino logró alzar el cuerpo, que aún asestaba tajos, por encima de los turbantes. Al caer, los zeihnios se cerraron alrededor del moribundo como lobos hambrientos sobre el ciervo herido.
—¡Hermanos! —rugió Skarrion, mientras contenía un hacha con el escudo—. ¡Hermanos!
Los nueve mercenarios a su izquierda y derecha, a pesar de todo, oyeron la voz del general. Sintieron que les unía algo más fuerte que la disciplina o las normas. Eran, por encima de las banderas o los grados, hombres que se enfrentaban juntos a la muerte.
—¡Morid con honor! —gritó Skarrion Gunthar, El Loco.
Se lanzó hacia delante, empujando a dos zeihnios con su escudo. Los mercenarios le imitaron.
Se hizo el milagro. Aquellos pocos, movidos por fuerzas que les superaban, comenzaron a hacer retroceder a la marea. Vapuleados y acuchillados, continuaban luchando en pie o de rodillas, insultando a sus enemigos y escupiéndoles mientras eran atravesados una y otra vez por las lanzas. Skarrion asestaba hachazos, dibujando tremendos arcos que apartaban a los zeihnios a un lado y a otro, haciendo volar nubes rojas entre los brillantes rayos del amanecer. Tras el yelmo, los ojos ardían como ascuas azuladas. Tronaba carcajadas enronquecidas, que sonaban como los rugidos de una bestia salvaje. A un oriental le partió la cabeza con el hacha, a otro le cortó una mano, empujó a uno más, golpeó con el borde del escudo, pateó, y embistió. Su hacha era un torbellino que iba y venía y subía y bajaba. Aquel gran guerrero, cubierto por una cota de mallas rajada y desgarrada en al menos siete lugares, tiznado de rojo de la cabeza a los pies, con el yelmo abollado y rayado, seguía avanzando y pisoteando muertos, haciendo retroceder a todos esos valientes, como si se enfrentaran a un demonio o a un dios. Con cada golpe soltaba un jadeo atroz y el acero mellado del hacha fulguraba, imposible de frenar.
De pronto, hubo un espacio de varios pasos entre el círculo de enemigos y él. Encontró cadáveres y moribundos a su alrededor, entre sus piernas, a sus pies. Un cuerpo aún se arrastraba para escapar y lo remató, de un hachazo. Los contrarios le rodeaban, pero no osaban avanzar. Todos sus mercenarios habían muerto. Estaba solo. Uno contra miles.
Vio que en el patio de armas entraba un gran elefante adornado con telas y terciopelos lujosos. Sobre su gran lomo había una caja de madera y brillantes. Un hombre corpulento, digno, orgulloso y altivo, la ocupaba.
Skarrion tenía los ojos llenos de sangre y sudor, así que se quitó el yelmo, lo arrojó al suelo y se limpió con el dorso de la mano. Agitó su cabeza de manera salvaje y clavó sus ojos helados en Utraya Panis, El Conquistador, quien a su vez le contemplaba con serenidad. Se observaron, sosteniéndose la mirada, como suelen hacer los hombres fuertes que aún no se conocen.
Skarrion echó un vistazo a los guerreros que le rodeaban, que le escudriñaban con cierto miedo supersticioso. Estos fabulosos orientales habían ganado la batalla de Arrostum y el asedio de Abruc, pero recelaban de lanzarse sobre aquel enemigo titánico, el último defensor vivo del fuerte. El shakark abrió la boca y tronó una carcajada salvaje. Desorbitó una vez más los ojos, contrayendo sus rasgos en una mueca brutal.
—Victoria —murmuró.
Se lanzó al combate.
Partió el asta de una lanza, desvió una espada y rompió dientes con el borde de su escudo. Hizo trizas un hombro con el hacha, lo extrajo de la herida y en el mismo golpe derribó a un contrario. Subió con el arma y bajó, hiriendo un antebrazo y partiendo una rodilla, empujó con el escudo, se volvió en un arco zumbante y voló media cara a quien se le avecinaba por la espalda.
Volvieron a separarse de él y de nuevo estuvo solo, rodeado de muertos y agonizantes. Exhaló un jadeó que levantó gotas de sangre desde sus labios y se pasó un antebrazo por los ojos para limpiarlos del líquido rojo que le chorreaba desde el cuero cabelludo. Se sacó el escudo destrozado de encima y lo dejó caer a sus pies. Le temblaban los brazos y las piernas, pero tomó el hacha a dos manos.
—Venid —les invitó, con la voz rota.
Un círculo de puntas de lanza le apuntaba. Un círculo de rostros oscuros y ojos desorbitados, en torno a él. Más allá, sólo había miles y miles de guerreros zeihnios que invadían el patio de armas. Aún seguían entrando por el portón principal. También pasaban por encima de las almenas y bajaban a la carrera al interior del Fuerte de Abruc.
Los hombres se apartaron para dejar pasar el gigantesco paquidermo sobre el que montaba Utraya Panis. El monstruo se detuvo y apunto sus colmillos hacia Skarrion.
El shakark levantó el hacha a dos manos. Jadeaba con cada espiración, gruñendo y respirando con un deje metálico. Tenía ya toda la cara roja por culpa de la sangre. En aquella máscara hórrida brillaban las puntas de su bigote, su barba y sus pobladas cejas, y el azul de unos ojos acerados y enloquecidos.
—Pelea… conmigo… —gruñó, en su idioma shakark.
Dio un paso hacia Utraya Panis, aún subido en su elefante, aún mirándole con serenidad. Skarrion logró dar otro paso.
Se desplomó de rodillas, sin fuerzas. El cuerpo parecía a punto de desplomarse y se balanceaba hacia delante y atrás, como el arbol talado a punto de caer. Las manos también cedieron y quedaron colgantes de los brazos gruesos y temblorosos. Aún empuñaban el hacha, pero no podían levantarla. Mugiendo por culpa del esfuerzo, Skarrion levantó poco a poco la cabeza, con los tendones y músculos del cuello tensos e hinchados, como cables de metal bañados de rojo. Apretó los dientes y clavó sus ojos helados y azules en el conquistador.
—Baja… y… lucha… —masculló, entre dientes.
Uno de los zeihnios dio el primer paso y los demás le siguieron, para ensartar de una vez por todas a este guerrero demoníaco, hacerle mil pedazos y arrojarlos hacia los cuatro puntos cardinales para que se lo comieran las alimañas.
Pero se contuvieron, porque Utraya Panis estaba alzado en su cabina. Su voz tronó en zeihnio.
La orden se transmitió con rapidez y los guerreros dejaron en paz al gran guerrero rubio.
El líder bajó del elefante. Había perdido medio ejército en aquel asedio, pero estaba satisfecho. Caminó, tranquilo y poderoso. Los hombres se arrodillaban a su paso. Tenía un rostro impasible y su voluntad dominante se expandía a su alrededor, como un aura de presencia casi física.
Llegó hasta las inmediaciones del último combate y se detuvo ante el cuerpo enorme del último rival, aquel gigante corpulento. Skarrion le miraba y empezó a ponerse en pie, jadeando y luchando contra la extenuación absoluta que sigue a una batalla. Empezó a levantar el hacha, pero Utraya Panis contuvo con dedos de hierro el asta del arma, sin importarle mancharse la mano. Skarrion tiró hacia arriba para liberar el arma, pero el brazo del conquistador era tan inflexible como el de una estatua. Comprendió que tenía ante sí a un noble zeihnio vestido con sedas caras y joyas, pero también a un luchador que había ascendido al liderazgo a través de mil combates y sacrificios. Los aceros, la sangre, el sudor y los esfuerzos sobrehumanos no le eran ajenos a Utraya Panis. Podía leerlo en sus ojos. Era un perro de la guerra, como él y como todos los otros hombres de aquella fortaleza. Cuánto habría anhelado, pensó el shakark, unirse a sus hombres en la batalla. Cuánto habría deseado empuñar la espada o la lanza y matar, mientras contemplaba a los suyos hacerlo, desde la distancia. Sabía que no podía arriesgarse a que lo hirieran y por eso permaneció lejos de la lucha.
Pero sus ojos brillaban con el hambre del lobo famélico y sus dedos no vacilaron mientras desenvainó el puñal curvo de la vaina que colgaba de su fajín.
Al menos, tendría el gusto de llevarse una vida en este día de lucha. Mataría al último guerrero enemigo vivo de Abruc, quizás al más poderoso.
Skarrion Gunthar pudo leer todo aquello en el rostro y los ojos de Utraya Panis y comprendió por también qué no le había quitado aún el hacha. Le dejaría morir empuñando un acero. Había códigos que persistían incluso entre hombres de distantes lugares del mundo.
Skarrion intentó levantar el hacha, pero Utraya Panis apretó la mandíbula y contuvo el arma. Acercó la punta de la daga a la garganta del shakark y pinchó bajo la nuez con suavidad. Ambos se miraron a los ojos. El shakark no podía moverse. Ya hacía tremendos esfuerzos sólo para mantenerse en pie.
—Hazlo —le espetó a su enemigo, apretando los dientes como un perro rabioso.
Utraya Panis le contempló durante muchos instantes, con semblante inexpresivo. Sus ojos brillaban de admiración, pues amaba el valor tanto como despreciaba la debilidad. Aquellos eran los únicos referentes de su vida, lo que diferenciaba a unos hombres de otros. Lo demás era irrelevante.
Los guerreros zeihnios no osaban levantar la frente del suelo. Tenían ante sí al Hijo de la Diosa Verna, a la deidad personificada. Él había unificado el país, él había conquistado Paish. Le seguirían hasta los Infiernos y se matarían a sí mismos si tal cosa exigía. Sus vidas le pertenecían porque representaba la cúspide última en la pirámide de las castas.
La mayoría imaginaron que, tras hundirle la hoja en el cuello, Utraya Panis ordenaría descuartizar al diablo de ojos claros, o tal vez lo haría empalar y lo mostraría como estandarte, a la cabeza de su ejército. Cosas semejantes había dispuesto para otros fuertes enemigos que osaron enfrentársele. Quizás lo arrojara a las ratas o a los perros, o convirtiera su piel en un lienzo donde escribir una oda a La Diosa.
El conquistador, sin embargo, separó la daga de su cuello y dio dos pasos atrás, con la mirada serena clavada en Skarrion. Utraya Panis se volvió y vio la figura metálica de la Diosa, sobre un asta de madera que empuñaba un portaestandarte. Uno de sus rostros era demoníaco. El otro sonreía, feliz. Daba la muerte y daba la vida.
El conquistador emitió una serie de órdenes que provocaron asombro entre los suyos. Pero nadie osaría jamás contradecirle.
Skarrion siguió quieto, en pie y encorvado, mirándole mientras hablaba a los suyos.
Un guerrero anciano, investido con múltiples medallas que delataban su alto grado dentro de la jerarquía del ejército zeihnio, se acercó a Skarrion y le habló en paishtio.
—Utraya Panis ha decretado que te perdonemos la vida y te dejemos ir, con un caballo y provisiones, a donde desees.
Skarrion no dijo nada. Aún seguía mirando al conquistador, quien a su vez no apartaba la vista de él.
El viejo mariscal siguió hablando.
—El Señor de Zeihn, el Hijo de la Diosa Verna, te deja vivir sólo para que esparzas por todo el mundo un relato que cuente cómo arrasó a las huestes de Paishtia en Arrostum, exterminándolas sin compasión y matando con poder a sus enemigos, y cómo su determinación divina provocó la caída de la fortaleza de Abruc. Hablarás acerca del dominio divino de Utraya Panis y tus palabras convencerán a los necios para que se rindan ante su llegada y se arrodillen a sus pies en busca de su indulgencia.
“¿Lo has comprendido, bárbaro?
Skarrion habló, pero no al mariscal, sino a Utraya Panis, con su voz ronca y quebrada. Conocía el zeihnio, pero prefirió su idioma natal, el shakark.
—No es por eso que me has perdonado la vida, bastardo arrogante.
El conquistador no dijo nada.
—No es por eso —repitió Skarrion.
Jadeó y cayó de rodillas. Le tiraron un pellejo de vino y, con movimientos torpes, abrió el tapón y bebió chupando de la boquilla porque no tenía fuerzas para levantar el recipiente. El líquido primero fue el infierno en su garganta, pero después se convirtió en un paraíso. Era fuerte y le calentó las tripas y la cabeza. Cuando acabó, el pellejo estaba vacío. Le dieron otro y volvió a beber, aunque esta vez sólo fue un largo sorbo.
Echó a andar, arrastrando los pies, hasta el caballo que alguien le acercaba. Aún se tambaleaba, pero el vino le había devuelto unas pocas energías, las suficientes. Las alforjas estaban llenas y resistiría un largo camino a través de las duras tierras de Paishtia. Sin embargo, penso Skarrion, se marcharía al Norte, allende el Mar Medio. Tras esta última época de desiertos y tierras peladas, agradecería el frío y los bosques brumosos del Norte.
Se dio cuenta de que no podía soltar el hacha. Tenía los dedos agarrotados en torno al mango. Apretó las mandíbulas y logró abrir una mano, la diestra. Le dolieron los dedos, pero consiguió estirarlos. La zurda aún agarraba el hacha rojiza y húmeda, salpicada de hilachas de carne y esquirlas de hueso. Con lentitud, como un anciano achacoso o un muerto al que un nigromante hubiera obligado a abandonar la tumba, levantó el corpachón sobre la silla y se sentó en ella. La mano izquierda tomó las bridas y la derecha quedó colgando como una serpiente gruesa y muerta cuya boca aún mordía el hacha embadurnada de rojo.
Skarrion levantó la cabeza y miró a Utraya Panis.
Skarrion Gunthar era el guerrero más poderoso de Abruc. El único superviviente.
Utraya Panis podría haberle demostrado al guerrero más formidable con el que topara jamás, que tenía el poder de la muerte sobre él. Pero eso era fácil y, en cierto modo, insuficiente. La victoria absoluta sobre el enemigo era demostrarle que tenía sobre él también el poder sobre su vida. Porque, y Skarrion lo sabía, a partir de ahora y hasta el final, cada bocanada de aire que respirase, cada trago de agua, cada bocado de pan, cada victoria y cada derrota, cada sensación y cada pensamiento, en cierto modo pertenecerían al que le permitió continuar vivo cuando pudo haberle dado muerte.
Utraya Panis no se había conformado con arrebatarle el aliento. Eso era fácil. Lo había hecho antes con muchos guerreros temibles. No. También quiso apoderarse de su orgullo, atándolo con las cadenas del agradecimiento.
Por ello, en el último momento le había permitido, graciosa y elegantemente, seguir vivo.
Skarrion tal vez no podría expresarlo con las palabras de un filósofo o un poeta, pero en su fuero interno sabía que la piedad no es el signo de los débiles, como piensan los necios.
La piedad es el supremo acto de fuerza.
Miró por última vez al conquistador y, apretando los labios, humilló durante un solo instante la cabeza ante él. El líder zeihnio asintió. No sonreía, pero sus ojos parecían satisfechos y complacidos.
Skarrion Gunthar de Shakark se volvió y tocó con los talones los flancos del caballo. Se marchaba del Fuerte Abruc.
Utraya Panis se volvió y barrió con su mirada metálica y serena el patio y las murallas, todo ello convertido en un mar de guerreros, vivos o muertos. Asintió impasible, como si todo eso hubiera de ocurrir de aquella manera precisa y no de ninguna otra.
Mientras, miles de hombres se apartaban para dejar pasar a un guerrero exhausto y cubierto de sangre seca, propia y ajena. Skarrion Gunthar aún tenía la mano cerrada sobre el hacha cuando salió por la entrada principal de la fortaleza. Dejaba que su caballo eligiera el poco espacio libre de cadáveres, donde aposentar sus cascos en una nueva pisada. En la ladera pedregosa había cuerpos por doquier. Reconoció algunos de ellos al pasar. Los zeihnios le miraban en silencio, pero nadie intentó detenerle. Ninguno de ellos imaginaría siquiera poder desobedecer una orden de Utraya Panis.
Skarrion logró al fin abrir los dedos de la mano izquierda. Miró el hacha ensangrentada durante algunos latidos. La hoja estaba embotada, tan abierta en decenas de mordiscos que parecía casi inútil. Sin embargo, envolvió su hoja en un paño tomado de las alforjas y metió el arma entre su cinto y su cadera. Tomó el pellejo de vino y dio un nuevo trago.
Siguió bajando por entre las peñas y las rocas y llegó a la ladera. Se alejó de los conquistadores de la fortaleza, haciéndose más y más pequeño, hasta convertirse un punto indefinible y por último desaparecer, engullido por el horizonte.

subir
Aurora Bitzine revista de fantasía y ciencia ficción a 1 de septiembre del 2006