I
El oficial se arrodilló ante el Jefe del Ejército Paishtio del Este, la frente contra el suelo y la voz humilde, y anunció:
—Príncipe Ibrahm Al Muftah Lenef, hijo de nuestro Señor Halmd Al Abta Muftah, El Fuerte, amante y amado de Dios Todopoderoso. Los mensajeros del rey bárbaro Utraya Panis han llegado y solicitan tu audiencia.
El príncipe estaba sentado en su trono de marfil y madera de cedro. Vestía sus mejores galas y sobre los muslos reposaba la espada ceremonial del poder, enfundada en cuero, terciopelo y oro. Era un hombre joven. Había menos de veintiocho años sobre sus hombros. Tenía rasgos hermosos y delicados y un cuerpo delgado. Estaba acostumbrado a mandar y ser obedecido, por lo que en sus ojos negros había un constante mirar desdeñoso y arrogante. Le llamaban El Bello por su nariz fina y aguileña, sus labios sensuales y la rectitud de su mentón. Además, mostraba los ojos maquillados de kohl y la barba afeitada con esmero. Se decía que ejecutaba proezas amatorias en su pequeño harén de bailarinas, pero aún no había entrado jamás en combate. Su padre, Halmd El Fuerte, señor terrible y enérgico de todo Paish, lo había enviado al mando de sesenta y cinco mil hombres, contra el audaz conquistador Utraya Panis, quien ya tenía en su poder toda la costa oriental del país.
Tras el príncipe Ibrahm y a sus costados había un grupo de Halcones de Guerra, los generales de su ejército, muchos de los cuales aún conservaban las cicatrices de antiguas batallas. Eran todos veteranos, típicos hombres de Paish, de nariz curva, labios carnosos, aunque prietos en un rictus severo, ojos rasgados y oscuros y cabello muy negro.
Entre ellos destacaban, por contraste, tres hombres. Extranjeros sin duda, a juzgar por su fisonomía.
Uno era un crantiano, de cuerpo macizo y duro, con una cabeza ancha, casi redonda, marcada por rasgos pétreos y ojos muy grandes y castaños. Se llamaba Tian Carbas. Otro era un negro de piel azulada, un hijo del profundo Ishanki, alto, algo gordo, aunque de miembros recios y rostro impasible, como cincelados en metal. Se llamaba Mzwele Nklajime.
Por último, y más sorprendente si cabe, resultaba un gigantón nórdico que rebasaba de lejos los cuarenta años, de cabello rubio, muy corto, casi rapado, y una barba sobria. Poseía facciones duras, tostadas y ajadas por el sol de los desiertos, el salitre de los mares y el viento de las montañas, y unos ojos azules más propios de una bestia astuta y temible que de un ser humano. Su faz lucía una expresión dura e inescrutable. Como en muchos otros guerreros veteranos de la sala, se advertía en torno a él un aura, una sensación casi palpable de dominio, autoridad, violencia y determinación. De sangre y muerte. Se contaban extraños relatos acerca de su vida, rumoreándose que había sido ladrón, marinero y pirata, e incluso jinete de las estepas ararias. Estas habladurías él ni las desmentía ni las aceptaba, sólo se limitaba a sonreír de lado al oírlas. Sí se conocía que procedía de Shakark, un país tan lejano que para los paishtios resultaba casi mítico, una leyenda más en boca de viejos aventureros. Le llamaban Skarrion Gunthar, El Loco, pues se rumoreaba que sólo temía a no morir luchando.
Tian Carbas, Mzwele y Skarrion eran generales también, mas no pertenecían al ejército regular paishtio, sino que comandaban sus propias huestes mercenarias, pagadas por el rey Halmd y ahora bajo las órdenes del príncipe Ibrahm. Entre los tres reunían quince mil soldados de fortuna, gente recia y curtida, una fuerza a considerar en cualquier conflicto armado.
El lugar en que todos se hallaban era el cuartel general del Gran Ejército del Este, con el que se esperaba frenar el avance titánico de aquel conquistador misterioso, Utraya Panis, de Zeihn. Se trataba de un gran pabellón, cuya sala central albergaba mesas tanto llenas de mapas apergaminados como ahítas de vinos y manjares exquisitos, e incluso pipas de tabaco aromático.
Ibrahm contempló al oficial paishtio arrodillado ante él. Había hecho esperar a los cinco emisarios durante más de cinco clepsidras, como una muestra de desdén para con los bárbaros zeihnios. Además, no se les agasajó de ningún modo y se les alojó en un sucio establo, entre paja y bosta.
—Que pasen —concedió el príncipe, con su voz suave y profunda.
El oficial se puso en pie, saludó con la cabeza y marchó en busca de los zeihnios.
Ubhmar Zahl, uno de los más viejos Halcones de Guerra, se dirigió a Ibrahm:
—Mi señor, lleva tiento y cuidado con los bárbaros. Tal vez te enfurezcan, como a todos nos enrabia su intrusión en nuestro país, pero hemos de sonsacarles lo máximo posible antes de permitirles volver con su amo. Nuestros espías no han logrado aún evaluar el tamaño y la capacidad del ejército rebelde.
—¡Esos mal nacidos han osado invadir Paish! —clamó el príncipe, con la mirada clavada en el vacío frente a él—. ¡Han ocupado nuestras costas orientales! ¡Han arrasado sus puertos y playas! —Se volvió hacia Ubhmar Zahl—. ¿Hablas de tratar de manera cortés a los enviados de Utraya Panis? ¿Has dicho “dejarlos volver con su amo”?
El veterano general le miró, atónito.
—Mi señor, esos hombres llegan con bandera blanca y se les prometió su salida. Son mensajeros.
—Son bárbaros —espetó el príncipe—. Daré la respuesta adecuada a ese Utraya Panis.
Ubhmar Zahl iba a replicar de nuevo, pero Ibrahm le atajó alzando una mano. El consejero, como otros tantos de la sala, hubo de tragarse las palabras.
Las telas de la entrada se abrieron y penetraron en la estancia, rodeados por una veintena de soldados de la Guardia Real, los cinco embajadores.
La gran isla de Zeihn había permanecido durante siglos aislada del resto del mundo. Ello se debía a la ferocidad de sus habitantes costeros, que habían exterminado cualquier intento de intrusión, incluso pacífica. Además, los zeihnios al parecer tampoco habían intentado salir de sus predios. Se rumoreaba que, hacía dos siglos, los uaneses trataron de invadir Zeihn desde Septentrión y que, a pesar de varias derrotas iniciales, lograron penetrar en tierra, hallando no obstante selvas farragosas, donde pululaban los leones de piel rayada, las grandes serpientes y los elefantes, algo más pequeños que los ishankitas pero igual de temibles. Allá, sumidos en la espesura húmeda, en las cañadas y en los valles plagados de vegetación feraz, los uaneses fueron destruidos por completo, hasta el último hombre. Tan desastrosa resultó aquella intentona que el Imperio Dorado no había vuelto a concentrar sus energías en esta isla, dirigiéndolas, por el contrario, contra sus eternos enemigos ararios y al archipiélago de Ataru.
A pesar de la ignorancia en cuanto a Zeihn, o quizás debido a ella, circulaban todo tipo de relatos extraños sobre tal lugar. Se rumoreaba que estaba dividido en múltiples regiones, habitadas a su vez por otros tantos pueblos que se hacían la guerra entre sí, y a los que sólo parecía unirles su devoción hacia una deidad femenina, una señora todopoderosa con dos caras, que regía tanto la vida como la muerte.
Los hombres que entraron en el pabellón eran sólo eso, hombres. Ni demonios ni monstruos, sino guerreros. Pero su fisonomía y su atuendo se diferenciaban de los conocidos en las tierras continentales. Aunque de piel muy morena, no alcanzaban la negrura de los ishankitas ni tampoco a la oscuridad aceitunada de los adoradores del Profeta de Imyaria, Abhli, Razhull y Paish. Tenían una tez brillante, como si hubieran sido untados en aceite. Mas enseguida se notaba que esa pigmentación era natural y no producto de los afeites. Poseían nariz curva y hasta ganchuda, pero mucho más gruesa que la típica al Sur del Mar Medio. Los ojos eran grandes y saltones, negros, con un entramado de diminutas venas dibujando un fondo rosáceo. Poseían una mirada serena y temible, exenta de miedo o indecisión. Los labios, gruesos y oscuros, estaban cerrados con fuerza. Las cejas eran tupidas y la frente ancha. Llevaban barba espesa y suelta, que les cubría medio rostro y bajaba hasta el pecho. No eran muy altos, pero sí corpulentos, en ellos se adivinaba una musculatura recia y sólida. Vestían camisolas y pantalones holgados, con fajines y cintos alrededor del vientre y botines de cuero duro y punta ancha y curva. Tenían los antebrazos, desde el codo a la muñeca, cubiertos por bandas de cuero. Se protegían con coseletes de placas metálicas sobre el pecho y la espalda, faldas acorazadas hasta la rodilla y grebas de bronce adornadas con intrincados diseños. En la cabeza no portaban casco, pero sí un enorme y aplastado turbante de color rojizo. Obedeciendo las órdenes de los paishtios, habían abandonado sus armas. Cada uno portaba una arqueta de madera negra, suave y brillante.
En el silencio que siguió, aquellos hombres inclinaron la cabeza ante Ibrahm, quien a su vez les contemplaba con severidad.
—¿Conocen los bárbaros nuestra lengua? —inquirió.
Uno de los aludidos, el más adelantado y al parecer mayor, a juzgar por sus canas y arrugas, miró al príncipe con gravedad. Respondió en un paishtio con acento sibilante, tardando a veces en encontrar las palabras adecuadas.
—Utraya Panis, y con él toda Zeihn, te saluda, poderoso príncipe Ibrahm de Paish.
Hubo un coro de murmullos entre los generales.
—¡Vaya! —rió el príncipe—. ¡Los monos saben hablar! —La alegría desapareció de su rostro joven y delgado—. Quiero saber por qué habéis invadido mi país.
El zeihnio no pareció inmutarse por el insulto ni por la acusación. Se limitó a sonreír, cortés, se arrodilló y alzó los brazos, ofreciendo a Ibrahm la arqueta que sus manos sostenían. Sus compañeros le imitaron.
—Antes de hablar de mi señor Utraya Panis y de sus intenciones, nuestro amo te ofrece estos pobres presentes de nuestro país como muestra de amistad, a pesar de este mal comienzo entre nuestras naciones.
Ibrahm levantó una ceja, interesado. Se dirigió al jefe de la Guardia Real, quien al instante se cuadró.
—¡Oficial! ¿Has inspeccionado esas arquetas?
—Sí, mi príncipe. Sólo albergan joyas, oro, sedas valiosas y algunas armas extrañas, aunque de noble aleación. No existe peligro alguno en estos obsequios.
—Muy bien —respondió Ibrahm—. Bárbaro, puedes dejarlos en el suelo. Mis sirvientes se los llevarán.
De nuevo, el zeihnio no pareció sentirse agraviado por aquel trato insultante. Obedeció. Sin embargo, sacó de su arqueta una imagen dorada, una estatuilla. Los soldados se apresuraron a desenvainar sus sables y los apoyaron en el cuello del extranjero.
—¡Alto! —frenó Ibrahm—. No los matéis. Aún no. ¿Qué es eso que tienes entre manos, extranjero bárbaro?
El zeihnio alzó la estatuilla y sonrió, complaciente. Habló con humildad.
—Mi príncipe, esta es la imagen de nuestra Señora Verna, La Dadora de Vida y de Muerte. Le rendimos culto, le entregamos nuestro cuerpo y nuestra alma. Es la Creadora del Universo y la Vencedora del Caos. Con gran respeto te entrego ésta su imagen, como un intento de sellar una alianza entre nuestros dos pueblos.
Ibrahm le hizo una seña al oficial, quien recibió de las respetuosas manos zeihnias aquella pequeña efigie. El militar se la entregó al príncipe, que la observó durante varios latidos. Se trataba de una mujer cubierta sólo por una rica falda de tela, sentada sobre las piernas cruzadas, con seis brazos que dibujaban extrañas posiciones. Lo más curioso era que por el anverso la figura mostraba un rostro dulce y sonriente y por el reverso aparecía una faz iracunda y demoníaca.
—Los creyentes del Auténtico Dios no toleramos falsos ídolos —dijo Ibrahm, indiferente—. Oficial, funde este fetiche y utiliza el oro para pagar a los herreros de las caballerizas.
El líder zeihnio miró con fijeza al príncipe. Permaneció rígido e impasible, durante varios latidos. Sus compañeros parecieron adivinar lo que estaba ocurriendo y de sus rostros desapareció la amabilidad.
—Bárbaros, aún no me habéis explicado la razón de vuestra violenta entrada en mi país —les recordó Ibrahm, contemplándolos con desprecio.
El diplomático recobró el control sobre sí mismo y de nuevo habló, aún respetuoso, pero ya no humilde.
—Príncipe Ibrahm, nuestro señor Utraya Panis, Pacificador y Amo de toda Zeihn, ha entrado en Paish en busca de amistad. Busca una alianza entre las naciones, busca acabar con las inútiles guerras que desangran la juventud de nuestros países. Pide perdón por su brusca llegada a vuestros territorios. Pide audiencia contigo, o con vuestro padre, el rey Halmd El Fuerte. Llevados por nuestra rudeza natural, hemos causado daños a vuestras poblaciones costeras, pero estamos dispuestos a enmendar este error con fuertes compensaciones económicas. Sólo pedimos permiso de paso por Paish, y el firme acuerdo de una alianza de paz entre nuestros pueblos.
Muchos generales de la sala, entre ellos Skarrion Gunthar de Shakark, sonrieron con ironía. Los países civilizados tenían la necesidad de justificar sus agresiones mediante alguna razón con visos de legitimidad, aunque resultara en el fondo absurda. No acababa de entender por qué no se emprendía la guerra como lo que era en verdad, una lucha despiadada por arrebatarles unos un territorio a los otros, sin enmascararla tras pactos, acusaciones de agresión y demás falsas conveniencias. No obstante, a Skarrion todos estos eufemismos y usos sofisticados para esconder la realidad de la sangre y el acero. Lo que en verdad le interesaba era la guerra en sí. Sacar de ella la máxima tajada. Era un mercenario.
—¿Estás loco, bárbaro? —se indignó Ibrahm—. ¿Pretendes que dejemos paso a un ejército como el vuestro hasta el corazón de la nación, para tomarla con mayor facilidad?
—No, mi señor. No es ese el objetivo de Utraya Panis. Busca una alianza entre varias tierras, para hacerle frente a un peligro mayor. El Imperio Dorado. Uan.
Los generales levantaron las cejas con asombro. Si Uan era la auténtica meta del invasor, ese Utraya Panis debía ser un hombre de grandes miras y enorme osadía. El Imperio parecía tan eterno como el cielo o los mares. Siempre había estado allí, más o menos extenso, inamovible, como el océano o las montañas. Aún así, algunos de los presentes comprendieron que tampoco era una idea tan mala. Una gran alianza entre los pueblos alrededor del Gigante Amarillo quizás lograra derrotarlo por fin. Entonces, conseguirían el acceso a su vasto e incalculable caudal de riquezas. Ahora bien: ¿quién lideraría a todos los aliados? Sin duda, Utraya Panis… si es que el resto se lo permitía.
Antes de que Ibrahm pudiera responder, el diplomático continuó:
—Mi príncipe, mientras Uan continúe siendo tan enorme y poderoso como es en la actualidad, ninguna de las naciones en torno a él estará segura. Quizá vosotros los paishtios aún no hayáis sufrido su azote, pero nosotros los zeihnios sí, dos siglos atrás. No consiguieron someternos, mas ahí queda su intento, como ejemplo de sus verdaderas intenciones. Debemos unirnos, todos, contra ellos. En el pasado fuimos nosotros, los zeihnios. En el futuro, ¿quién sufrirá su ambición? ¿Crantia? ¿Araria? ¿Razhull? ¿Paish?
—¡Mi país nunca será invadido! —exclamó Ibrahm, iracundo, dando una puñada en el brazo de su butaca—. ¿Qué pretendes insinuar, infiel? ¿Que somos débiles? Has de saber, bárbaro, que ahora Paish resulta más poderosa que nunca. Hemos logrado contener por fin a los Guerreros sin Rostro del imperio sureño del hereje Zuadar y hemos diezmado a las hordas crantianas del Norte. ¿Cómo crees que mi padre se ha ganado el sobrenombre de El Fuerte? ¡Podríamos resistir y rechazar a cualquier enemigo, incluso a esos perros amarillos de Uan!
El consejero Ubhmar Zahl quiso intervenir, pero Ibrahm le calló con un seco gesto de la mano.
—Mi príncipe —repuso el zeihnio, eligiendo con cuidado las palabras—, nada más lejos de mis intenciones que trataros de débiles, pues sin duda la vuestra es la más poderosa de entre las Naciones del Profeta.
“Pero sólo tienes que revisar cualquier mapa para comparar vuestro tamaño, o el de Crantia, o el de Araria, o el nuestro también, con el del Imperio Dorado, y sacar tus propias conclusiones. Si los Emperadores de Uan lograran unir a todos sus vasallos y lanzarlos a la conquista del mundo, nadie estaría a salvo. Ni siquiera vosotros.
Ibrahm se levantó de su butaca, lívido. Entrecerró los ojos con inquina y torció la cara, como un felino enojado.
—¡Bárbaro infiel! Hasta ahora he tenido paciencia. Habéis entrado por la fuerza en mi país y tienes la desfachatez de presentarte ante mí portando falsos ídolos y presentándome vanas excusas con las que justificar la agresión.
El zeihnio alzó las manos, desesperado.
—¡Mi señor! Perdóname si te he ofendido, pues soy torpe con las palabras. La señora Verna no es para nosotros un falso ídolo.
—¡Silencio! —ordenó Ibrahm—. ¡Jefe de la Guardia Real! Coge a este mono y redúcele. ¡Pero no lo mates!
El zeihnio le observó, incrédulo.
—¡Soy un mensajero que vino en paz! —clamó, indignado—. ¡Se me prometió a mí y a mis hombres salida libre, fuera cual fuese el resultado de las negociaciones!
—Escoria, no tienes derecho a nada —contestó Ibrahm—. Ni siquiera al aire que respiras.
Los soldados se abalanzaron sobre el jefe zeihnio y, aunque luchó como una fiera, lograron reducirle sin causarle graves daños. Los otros cuatro, sorprendidos e iracundos, observaron a los paishtios que se les acercaban con los sables por delante.
—¡Esto es un ultraje! —gritó el jefe de los diplomáticos.
Ubhmar Zahl se encaró con Ibrahm.
—Recapacita, mi príncipe, os lo ruego. Esta acción traerá graves consecuencias. Debemos respetar sus vidas.
—No. Les daré muerte.
—Están desarmados, no pueden causarnos mal alguno. Al menos por eso, apiádate de sus vidas.
—¿Piedad? —Ibrahm bufó una carcajada—. La piedad es el signo de los débiles.
—Te equivocas —repuso Ubhmar Zahl, clavando sus negros ojos en el príncipie—. Es la prerrogativa de los más fuertes.
—Es la mayor tontería que he oído jamás.
—Es la verdad. Si les matas, puedes demostrarles que tienes el poder de acabar con sus cuerpos, mas no con su espíritu. Pero si te apiadas de ellos, no sólo has demostrado ese poder que ya tenías, sino que les atas a ti con una fuerte cadena.
—¿Cuál?
—La del agradecimiento.
Ibrahm frunció el ceño, sin comprender. Ubhmar Zahl continuó hablando.
—El que perdona demuestra su fuerza en un acto supremo de elegancia. Si no mata a sus víctimas les hace saber que, a partir de entonces, cada bocanada de aire que respiren, cada trago de agua, cada bocado de pan, cada sensación y cada pensamiento, en cierto modo pertenecerán y serán debidos al que les permitió continuar con vida. Esa deuda, lo quieran o no, siempre estará en sus mentes, y si son muy orgullosos manchará su memoria. Si matas, cortas una vida. Pero si perdonas, en cierto modo has proclamado tu soberanía sobre todos los días que le restan a esa vida. Y su dueño lo sabe.
“Por ello, el perdón no es un acto de debilidad, sino de fuerza suprema. Aún mayor que el castigo.
Ibrahm le miró, frunciendo el ceño. O no comprendía, o no quería comprender.
—¿De dónde has sacado esas necedades?
—Hay ciertos poetas y filósofos que las proclaman. Y también hay hombres de armas que han pensado en ellas.
—Sólo tú, de entre todos los guerreros, podría sostener tales estupideces.
—Hay otro que también piensa de tal jaez.
—¿Se encuentra aquí, entre nosotros?
—No. Ahora no está aquí.
—¿Y quién es ese imbécil, si puede saberse?
—Halmd Al Abta Muftah, El Fuerte —respondió Ubhmar Zahl—. El Señor de Paish. Tu padre.
Ibrahm calló. Tenía los ojos desorbitados y estaba lívido.
Apartó la cabeza con violencia.
—Cállate de una vez, viejo loco —gruñó. Se dirigió a los soldados—. ¡Vosotros! ¡Cortadles la cabeza a los extranjeros! Ataremos los cuerpos decapitados en sus monturas y las enviaremos de vuelta a Utraya Panis. Será una respuesta elocuente a sus agravios.
El líder zeihnio comenzó vociferó en su lengua. Como si hubieran esperado su orden, los cuatro detenidos se lanzaron sobre los soldadosy dos lograron atrapar por las muñecas a sus respectivos enemigos. El par restante fue cosido a tajos y estocadas en el cuello y la cabeza. Pero uno de aquéllos mordió en el cuello al soldado que retenía, como una bestia rabiosa, hasta quebrarle la nuez. Un Guardia Real le golpeó de revés, pero el coselete de placas no permitió males mayores. El extranjero le había arrancado el arma al paishtio muerto y se revolvió como un vendaval de músculo y acero. Restalló el tronar de las espadas y aquel hombre logró hacer retroceder, a fuerza de coraje y pericia, a dos soldados. A su compañero le metieron un palmo de metal en el muslo, pero se arrojó sobre su enemigo, impulsándose en la pierna sana, y le asestó tan fuerte puñetazo en la boca que lo derribó, medio inconsciente.
—¡Matadlos! —chillaba Ibrahm.
Al zeihnio le clavaron un sable bajo la axila y emergió ensangrentado por el cuello. El hombre aulló y se revolvió en los estertores. Logró arañar el rostro del soldado y le hundió un dedo en la cuenca, reventando el globo ocular. El paishtio soltó un alarido y retrocedió, con las manos en el rostro manchado de sangre y humor vítreo. Uno de sus compañeros le asestó varios golpes al zeihnio, logrando al fin cortar por completo aquel cuello de toro. La cabeza rodó por el suelo mientras el cuerpo se tambaleaba durante un último latido, como un hórrido espectro. Cayó por fin, de bruces. Aquél que hiciera retroceder a los dos soldados con el sable recibió un tajo en el brazo izquierdo que casi lo arrancó del codo y una estocada en la pierna diestra que le partió la rodilla. Cayó el oriental, girando sobre sí mismo, y aún pudo lanzar el sable, aunque sin energías ni tino, hacia el príncipe Ibrahm. Los soldados le atravesaron el cráneo y le cortaron la cabeza.
El lugar hedía a sangre y sudor. Restallaban los jadeos de los supervivientes y los agudos gemidos de aquél recién tuerto, a quien dos compañeros sujetaban para no dejarle caer. Los generales permanecían quietos, con la mirada enardecida y la respiración trémula. Muchos habían llevado sus manos a los puños de las espadas, tal había sido la fiereza de los extranjeros.
El príncipe Ibrahm contemplaba los muertos con aprensión. Se había criado siempre entre agasajos y por fin conocía el espanto de la violencia y la muerte. Tragó saliva y se rehizo. El líder de los diplomáticos zeihnios, único superviviente, había optado por no plantear resistencia alguna, asido como estaba. Caí la máscara y ahora todos contemplaban a una bestia desesperada y hostil.
—Sacad los cadáveres —ordenó Ibrahm, con voz insegura, dejándose caer en su butaca. Los de la Guardia Real se apresuraron a obedecerle—. Y obligad al bárbaro a arrodillarse ante mi presencia.
A los sicarios les costó, pues aquel hombre se negaba con todas sus energías a postrarse. Al fin, empujando sus articulaciones con las duras botas, lograron que hincara ambas rodillas. Le quitaron el turbante y aplastaron su frente contra el suelo. Después, le obligaron a mirar al príncipe. El oriental clavó sus ojos en él, sin demostrar miedo alguno.
Ibrahm reprimió el temblor de su voz y dijo:
—¡Infiel! Vas a recibir el castigo ante la osadía de ese Utraya Panis. He cambiado de parecer. No serás decapitado. Ningún perro extranjero puede contemplar el sol o las campiñas, o los bosques o el mar, después de osar contrariar a los señores de Paish. Por tanto, serás cegado y se te cortarán las manos, para que no puedas ejercer profesión alguna. Sin embargo, conservarás los oídos y la lengua, para transmitir mi respuesta a vuestra embajada. ¡Jamás dejaremos a los bárbaros de Oriente cruzar nuestro país! ¡Volved a vuestra asquerosa isla! ¡Si no lo hacéis os aniquilaremos por completo!
Volvió a hacerse el silencio. Los consejeros observaron al príncipe con una mezcla de asombro y disgusto. Podían mostrarse crueles, pero hacía demasiado tiempo que los monarcas de Paish no cometían tales atrocidades sobre sus cautivos. Ibrahm no les prestaba atención. Sonreía, contemplando al prisionero. Por los ojos del reo pasaron la rabia, el miedo y la desesperación. Alzó la barbilla de forma arrogante y sus labios se curvaron en una mueca de alegría malsana. Un gruñido surgió de su garganta y creció hasta devenir una carcajada perversa. En aquella pavorosa quietud el zeihnio rugía su risa, clavando los ojos en Ibrahm, quien había perdido el placer que sintió unos pocos latidos antes.
—¡Lleváoslo y cumplid mi orden! —ordenó—. Después, atadle a un caballo y mandadlo en dirección Este, con una bandera del ejército paisito. Utraya Panis entenderá.
Introdujeron un paño en la boca del cautivo, quien, no obstante, continuaba riendo. Se lo llevaron.
La sala del consejo se llenó de murmullos. El príncipe Ibrahm contemplaba con fijeza las enormes manchas de sangre sobre las ricas alfombras.
—Mi señor. —Ubhmar Zahl trataba de contenerse, con gran esfuerzo—. Recapacita, te lo ruego. Aún no conocemos bien al enemigo. Hemos de ganar tiempo antes de mostrarle nuestra hostilidad de manera tan abierta.
—Nos enfrentaremos a ellos y les aplastaremos —afirmó Ibrahm—. No se hable más. He de retirarme ahora y pensar en todo esto. Dentro de dos clepsidras te llamaré, consejero. Ahora, el príncipe ha de recuperarse de esta terrible jornada. Que nadie me moleste.
—Será como desees, mi señor —accedió el viejo consejero, con gesto lúgubre y apesadumbrado.
Fueron no dos, sino cuatro, las clepsidras que el príncipe necesitó para reponerse de tales sucesos. Los generales se reunieron de nuevo sobre las mesas de los mapas, para plantear la mejor estrategia contra las tropas enemigas.
—A diez jornadas de camino tenemos las costas orientales, tomadas por el invasor —decía Asim Mufa, uno de aquellos veteranos hombres de armas, señalando el punto correspondiente del mapa con una vara—. Tal fue la rapidez de su llegada que aún no conocemos con exactitud la cuantía de sus fuerzas. Sin embargo, es seguro que sobrepasan las cuarenta mil espadas. Además, llevan elefantes.
—¿Elefantes? —se interesó Mzwele Nklajime, el jefe de las divisiones mercenarias ishankitas—. Esas bestias son díscolas. No las podrán gobernar.
—Los elefantes zeihnios, al parecer, no son como los de tu patria —contestó Ubhmar Zahl—. Se pueden domesticar y lanzar al combate.
—¿Qué podremos contra esas criaturas? —preguntó Asim Mufa.
—Lo mejor sería disparar flechas a sus conductores —intervino Skarrion, el general mercenario shakark—. Como todo animal domesticado, sin amo se desmandará y se volverá por tanto inefectivo. Propongo además dividir la infantería en cuadros flexibles, para que puedan abrirse y esquivar con facilidad a las bestias.
—Es una buena idea. —Repuso Luam Aif, el jefe de la caballería paishtia—. Mis jinetes pueden envolverlos por los costados y llegar hasta las líneas medias enemigas e incluso la retaguardia.
—¡Por favor, nobles guerreros! —clamó Ibrahm, abriendo sus delgados brazos—. Se trata sólo de bárbaros y chusma infiel. No nos compliquemos. Vayamos en su busca, alcancémosles y destruyámoslos. No creo que haga falta tanta estrategia para meterles en vereda.
Los consejeros se miraron unos a otros con mal disimulado fastidio. Skarrion cruzó con Tian Carbas, el jefe de los crantianos, una mirada de enojo.
Ubhmar Zahl, siempre conciliador, se dirigió hacia el príncipe.
—Mi señor, las batallas han de planearse con enorme cuidado. No son simples entre enfrentamientos entre masas de hombres y animales, sino operaciones complicadas que requieren su propia ciencia. Se necesita un cálculo preliminar, abarcando todas las probabilidades.
—¡Tonterías! —estalló el príncipe—. Mientras nosotros estamos aquí jugando con mapas, fichas y planos, ese Utraya Panis debe acercarse a marchas forzadas. Deberíamos ir por él y hacerle frente.
Intervino Skarrion.
—Atacar al contrario sin conocerle es una locura y un suicidio.
Ibrahm le contempló, atónito.
—¿Quién eres tú, infiel, para darme lecciones a mí?
—Alguien que ya manejaba los aceros cuando tú aún eras una gota de suciedad en los ijares de tu padre —replicó el mercenario. Ibrahm no atinó a responder, tan grande era su asombro, así que Skarrion prosiguió—. Deberíamos esperar a la llegada de los espías para conocer el tamaño y la calidad del rival. Y también deberíamos haber dado tormento a ese mensajero zeihnio antes de largarlo sin manos y ojos hacia el Este. Así, le hubiéramos sacado toda la información posible sobre sus tropas. También fue una auténtica idiotez matar a sus cuatro compatriotas. Si ya se había tomado la decisión de ejecutarlos, al menos antes tendría que habérseles sometido a interrogatorio. Pero hemos perdido una valiosa fuente de información y quizás lo paguemos caro en el futuro.
—¿Habéis oído al bárbaro? —chilló Ibrahm—. Me ha contestado con insolencia. ¡Deberíamos castigarle por tamaña osadía!
—Con todo respeto, mi señor —intervino Luam Aif—, creo que Skarrion no anda del todo desencaminado. No conocemos nada acerca del contrario. Sólo, que ha tomado por completo la costa. Y eso dice mucho a favor de su rapidez, habilidad y contundencia. Había fortalezas entre los pueblos pesqueros del Este.
—Mi padre, Halmd El Fuerte, jamás habría tolerado esta indecisión.
—Vuestro padre, príncipe Ibrahm —repuso Skarrion—, fue tan astuto como para planear cada batalla de antemano y tan enérgico y flexible como para ganarlas todas. Estuve con él en Peña Negra, luchando contra los pakis de Crantia. No desoía los consejos de sus generales.
Ibrahm le miró, de nuevo indignado, y, al no encontrar apoyo, se volvió hacia Ubhmar Zahl.
—¡Acompáñame! —ordenó—. Hemos de hablar sobre esto. Con seriedad.
El anciano le obedeció. Una vez solos, los generales continuaron planeando sobre sus mapas.
El ejército de Ibrahm se mantuvo quieto durante tres días más, esperando la llegada de los espías e informadores que mandaran al comienzo de la invasión.
El príncipe estaba fuera de sus casillas por culpa de esta demora. Sólo podía soportarle el viejo Ubhmar Zahl, que le apaciguaba una y otra vez. Todas aquellas tropas de infantería y caballería estaban dispuestas para pelear, pero no había nuevas acerca de Utraya Panis. El Este ocupado resultaba un auténtico misterio.
Al cuarto, sin embargo, la cosa cambió.
Apareció un jinete en la lejanía.
Portaba una extraña bandera, cuyos colores resultaban desconocidos para la mayoría de los paishtios. Sin embargo, Tian Carbas, el jefe mercenario crantiano, de quien se decía que incluso había luchado a las órdenes de Uan, musitó a su compañero Skarrion, con voz preocupada:
—Creo que es la enseña de Zeihn. He oído hablar de ella y concuerda con las descripciones que me han dado.
—Hace años, estuve en esa isla —repuso Skarrion— y por aquel entonces no estaba unificada bajo una sola bandera, sino dividida en decenas de demarcaciones territoriales y políticas. Ese Utraya Panis debe ser un líder formidable, para haber reunido a los diferentes pueblos zeihnios en una sola nación.
—¿Otro mensajero? —inquirió Mzwele, el líder de los mercenarios ishankitas mientras, como el resto de los generales, trataba de dilucidar entre las nubes de polvo levantadas por los caballeros paishtios que escoltaban al oriental—. Estos zeihnios saben cómo trata Ibrahm a sus embajadores y sin embargo nos mandan uno más. No me gusta.
Era zeihnio, en efecto. Aunque lo traían como a un prisionero, alzaba orgulloso la cabeza y miraba con desprecio a los soldados paishtios que le rodeaban. Su arrogancia no disminuyó ni siquiera cuando estuvo ante el príncipe. Vestía como un guerrero, luciendo su mejor uniforme y su más sólida armadura de placas broncíneas. Llevaba un gran turbante y dejaba caer las barbas negras sobre el pecho. Rondaría los cuarenta años y su rostro curtido y moreno permanecía impasible. Cargado de cadenas, fue obligado a arrodillarse ante el príncipe, quien le observaba con una mezcla de enojo y curiosidad.
—¿Qué vienes a contarme? —preguntó Ibrahm—. Supongo que tu príncipe Utraya Panis ha entrado en razón. Me traes sus disculpas, sin duda. Has de decirle que deberá rendirme pleitesía y pagar un fuerte tributo por su insolencia.
El extranjero comenzó a hablar en una lengua incomprensible, en tono rabioso y tajante.
—¿Qué dice el maldito bárbaro? —gruñó Ibrahm.
El embajador movió la cabeza varias veces, como señalándose el pecho, sin cesar de escupir palabras ininteligibles.
—Debe guardar algo dentro de la armadura —propuso Mzwele.
—¡Claro! —exclamó Luam Aif, el señor de los caballeros paishtios—. Ha de llevar el mensaje bajo las placas. El infiel no sabe hablar paishtio y le han entregado la respuesta de Utraya Panis por escrito.
—¡Pues sacádselo! —repuso Ibrahm, impaciente—. Estoy deseando escuchar acerca de la rendición de ese invasor.
El mensajero no se resistió cuando cortaron las tiras que cerraban su armadura y separaron, de la camisola que cubría su ancho torso, una bolsa aplastada de tela, cosida al atuendo. Dentro, había un pergamino que Ubhmar Zahl desenrolló y estudió con interés.
—¿Y bien? —inquirió Ibrahm—. Es lo que esperábamos, ¿verdad?
El anciano, al que todos ahora miraban con ansiedad, había palidecido.
—Está escrito en paishtio, eso es cierto.
—¡Léelo! —ordenó el príncipe—. ¡Vamos!
—Mi señor, mejor sería debatir esto en privado.
—Léelo. Ahora.
El anciano tragó saliva, carraspeó y obedeció.
—“Yo, Utraya Panis, Señor y Pacificador de Zeihn, Campeón de la Señora Verna, la Dadora de Vida y de Muerte, la Vencedora del Caos, acuso al príncipe Ibrahm Al Muftah Lenef, hijo del rey Halmd Al Abta Muftah, El Fuerte, de haber tratado de modo indigno, traicionero y cruel a cinco hijos de mi tierra, a cinco de mis guerreros, a cinco embajadores que fueron acogidos bajo bandera blanca y a los que se les prometió la vida y la libertad tras los parlamentos. También le acuso de mancillar la imagen de nuestra diosa Verna, La Madre y La Muerte. De no escuchar mis razones ni las de mi pueblo. De no consentir nuestra amistad y por tanto de provocar la guerra a sangre y fuego entre Paish y Zeihn. Sabed, paisitos, que a partir de este momento las tierras de vuestro país serán arrasadas y saqueadas sin compasión alguna, vuestros templos derrumbados y vuestros hogares convertidos en cenizas, vuestros soldados destruidos en la batalla o ejecutados tras ella y vuestras mujeres e hijos vendidos como esclavos. Sabed que Paish se convierte desde este momento en territorio zeihnio. Y sabed que todo esto ha sido culpa del príncipe Ibrahm Al Muftah Lenef. Le condeno a muerte. Le desafío a luchar, ejército contra ejército, en la llanura de Arrostum, no lejana de su cuartel general, donde le garantizo un final rápido y honorable, aunque no lo merezca. Mis guerreros ya están prestos para la batalla y se dirigen a tal lugar. Si el príncipe, como cobarde que es, rehúsa pelear y huye al hogar de su padre, sabed que aún así le perseguiré, hasta el Fin del Mundo si fuera preciso, y que sentirá mi justa ira. Y sabed que todos los que en este momento integran su ejército, tanto el mercenario como el patriota, y desde el general hasta el soldado raso, serán exterminados en lucha honrada o bien degollados en cautiverio execrable. Yo, Utraya Panis, sello este mensaje y esta declaración, que ha sido escrita con mi propia sangre.”
Ubhmar Zahl calló.
Hubo un silencio profundo y ominoso. Ni siquiera se oía el murmullo de las vainas contra las armaduras y los faldones.
Ibrahm parpadeó varias veces, como si no pudiera comprender lo que estaba pasando. Había perdido el color del rostro. Ubhmar Zahl susurró, observando el manuscrito:
—No se trata de una tinta con la que estemos familiarizados. Quizá sea un compuesto zeihnio. O auténtica sangre.
Sonó un murmullo apagado. Al volverse hacia el prisionero, vieron que sonreía complacido mientras observaba el espanto de los presentes y en concreto el del príncipe. Aquel hombre estaba conteniendo la risa. Luam Aif desenvainó su sable y dio un paso hacia él.
—¡Hijo de una perra! —rugió—. ¡Te borraré esa sonrisa!
—¡No! —intervino Skarrion—. Hay que interrogarle y sacarle información.
El prisionero hizo extrañas muecas, como si estuviera mordiendo con fuerza, aunque sin abrir los labios.
—¡Sacadle lo que tiene en la boca! —gritó Tian Carbas.
Los de la Guardia Real se interpusieron entre el reo y él, pero el jefe mercenario se debatió con furia.
—¡Maldito sea! —clamó—. ¡Apartaos, imbéciles! ¡Se está envenenando a sí mismo!
El zeihnio, sin dejar de sonreír como un demonio, sufrió una convulsión y se desplomó entre espasmos. Gemía en su propio idioma. Entre las palabras incomprensibles se repetían los sonidos “Verna” y “Utraya Panis”. Los soldados cayeron sobre él y le abrieron con dificultad la boca, de la que escaparon hilos de saliva y sangre. El cuerpo se relajó. Estaba muerto.
Tian Carbas se arrodilló a su lado, junto a otros señores de la guerra, metió dentro de la boca los dedos y extrajo una diminuta cápsula vegetal, destrozada por los dientes. La arrojó al suelo, fastidiado.
—Los espías de Uan siempre guardan una, metida entre las muelas y la mejilla. Si la muerden con fuerza deja escapar un veneno rápido.
Un Halcón de la Guerra asestó una patada al cadáver.
—¡No podremos sonsacarle! —gritó—. ¡El muy cerdo sabía lo que debía hacer!
Los nobles se volvieron hacia el príncipe, quien continuaba sentado en su trono, aún con el horror reflejado en los ojos. Se le llenaron de rabia juvenil y se puso en pie, como impulsado por un resorte.
—Habrá batalla. Utraya Panis me ha retado y no puedo volver ante mi padre como un cobarde. —Se volvió hacia Ubhmar Zahl—. Esta vez, ni todos los consejeros del mundo lograrán disuadirme. Su ejército se ha estimado en cuarenta y cinco o cincuenta mil hombres, ¿verdad? —Sonrió, apretando las mandíbulas—. El nuestro tiene unos cinco o diez mil más, así que no hay nada que temer. ¡Nobles señores! Preparad a vuestros hombres. ¡Partimos hacia Arrostum!
II
La marcha hacia la gran llanura de Arrostum duró menos de tres días. Los hombres, a pie o a caballo, viajaban con rapidez. Todos deseaban lavar sus aceros en la sangre del invasor. El príncipe había arengado en persona varias veces a sus soldados, alabando su valor y su coraje y pidiéndoles una muestra de la famosa fortaleza paishtia, que había hecho de su país, junto con Imyaria, la más poderosa de las Naciones del Profeta. Les recordó que Dios les estaba contemplando desde los Cielos, que debían honrar a sus mayores con hazañas memorables y ganarse el Paraíso en honrada lid. Los guerreros, encantados con estos discursos, exaltaban a gritos el nombre de Ibrahm, cosa que al príncipe agradaba aún más.
Tras una de estas casi diarias declamaciones, se acercó a caballo hasta Ubhmar Zahl con ánimo encrespado y humor inmejorable.
—¡No podemos perder! —casi gritó—. ¡Fijaos en nuestras tropas! ¡Son las más aguerridas y valientes del mundo! ¡Incluso esos mercenarios infieles!
—Son necesarios, mi señor —respondió el viejo Halcón de Guerra—. Se trata de guerreros experimentados.
—¡Chusma bárbara! Aún así, hoy me siento tan alegre que estoy dispuesto a tolerarles. Dejémosles participar y obtener su pedacito de gloria.
—Mi señor, no has estado nunca inmerso en una batalla. Es mejor que refrenes la euforia. Un exceso de confianza puede ser tan fatal como un ánimo débil.
—¡Pero mira a nuestros soldados! —Sonrió el príncipe—. ¡Qué gallardos y hermosos! Dios nos ha bendecido con semejantes hombres. Te lo repito, viejo zorro. ¡No podemos perder!
Le dio una fuerte palmada en la espalda y con una carcajada se marchó al trote, seguido por su escolta de Guardias Reales, para continuar paseando ante las tropas y así despertar sus ovaciones. El consejero le vio alejarse, preocupado.
Recibió al cabo de poco otra visita. Skarrion Gunthar de Shakark. Montaba un enorme corcel de batalla importado del Norte, capaz de sostener aquella masa de músculos. Trotó a la par que el consejero y le miró con gravedad bajo sus cejas pobladas y amarillentas.
—Ubhmar Zahl, he de hablar contigo —afirmó.
—Di, entonces —repuso el consejero.
—¿Qué hay de los espías? —inquirió, con aquel paishtio teñido de brusco acento—. No ha vuelto aún ninguno y han pasado casi dos semanas. Tú y yo sabemos que están muertos. No trates de llevarme la contraria.
Ubhmar Zahl respiró con fuerza y asintió.
—Sí, también lo sospecho. Ese Utraya Panis debe poseer una fuerte red de vigilancia. Los ha debido capturar y matar.
—¡Maldita sea! —escupió el mercenario— ¡No sabemos nada de ese enemigo! Tan sólo vaguedades, como que tiene elefantes y que su ejército no pasa de cincuenta mil hombres.
—Recuerda: nosotros somos sesenta y cinco mil. Además, se han enviado correos a los Señores del Sur, a Bata y Asuar. Vendrán a socorrernos con unas treinta mil lanzas y se nos unirán en Arrostum. No comparto el optimismo excesivo del príncipe, pero nuestra superioridad hará difícil que nos venzan.
—Mas no imposible —repuso Skarrion—. ¿Y qué me dices de sus armas o sus técnicas? Tal vez usen estrategias nuevas y fatales. Deberíamos posponer todo esto hasta estar más seguros de a qué nos enfrentamos.
Ubhmar Zahl sonrió, ladino.
—Si no te conociera, diría que estás asustado.
—Y si yo no te conociera, Ubhmar Zahl, acortaría tu estatura en una cabeza por ese comentario —contestó a su vez el extranjero, sonriendo como un lobo—. Pero me viste en Peña Negra, junto al rey Halmd. Allí, tú y yo luchamos espalda contra espalda y después bebimos el vino de la victoria. —El consejero asintió—. Reconozco que mis escrúpulos parecen los de una niña aterrorizada, pero tengo un presentimiento. —Skarrion se rascó con la barbilla poblada de pelo dorado e hirsuto y entrecerró los ojos—. Un mal presentimiento, acerca de Arrostum. Es todo demasiado fácil y sencillo. Tiene que haber una trampa.
—Quizás no. Tal vez ese Utraya Panis sea sólo un reyezuelo con ínfulas de gloria, que ha mordido más de lo que puede tragar.
—Ojalá lleves razón. Pero viste luchar a esos cuatro zeihnios: se debatieron como bestias, aún desarmados, y lograron incluso herir a varios de sus ejecutores. Su jefe se echó a reír a carcajadas cuando Ibrahm le condenó a la ceguera y la mutilación. Y ese último embajador, el que llegó en solitario, se dio muerte a sí mismo sin dudarlo un solo instante, tras cumplir con su tarea. Un líder capaz de infundir tal valor y fanatismo en sus hombres no puede ser un reyezuelo más. No. He estado en Zeihn, hace años. Es un lugar caótico, tan lleno de santones como de guerreros bárbaros y salvajes. Hay que ser un auténtico líder de hierro para unirlos a todos bajo un solo objetivo. Utraya Panis no puede ser tan sólo otro cacique con agallas pero sin cerebro. Nos ha tendido el cebo para que vayamos a Arrostum en su busca y lo hemos mordido con fuerza.
“Tiene que haber una trampa.
—Escúchame, Skarrion. —El Halcón de Guerra paishtio clavó sus ojos en el shakark—. Mañana llegaremos a Arrostum, nos enfrentaremos al invasor y lo aplastaremos. Así acabará toda esta desgraciada historia. Puede que ese Utraya Panis sea inteligente, pero nuestra superioridad numérica nos dará la victoria, aunque emplee todos los trucos del Maligno.
—Eso espero —musitó el nórdico, con una mirada lúgubre—. Eso espero.
El ejército paishtio llegó hasta las lindes occidentales de la gran llanura de Arrostum.
Se trataba de una extensión gigantesca, casi plana, de tierra seca, piedras y maleza, rodeada de suaves laderas que albergaban bosquecillos dispersos. Vieron en lontananza algunos poblachos, de los cuales sus moradores habían huido ante la presencia de todas aquellas huestes de guerra. La infantería paishtia se extendía como una gigantesca muralla de hombres, acero y estandartes, dividida en cuadros ordenados. La caballería, en la vanguardia, también estaba preparada para entrar en combate.
Los batidores iban y venían, reuniendo y trayendo información para el príncipe. Según contaban, los enemigos estaban aún a varias clepsidras de distancia. A juzgar por los primeros informes, se trataba de una fuerza compacta, constituida sobre todo por infantería pesada y por algunas unidades de caballería acorazada, junto a medio millar de elefantes. Como dato curioso, la retaguardia estaba compuesta por una ancha línea de voluminosos carros movidos por grandes caballos y cubiertos con lonas. Los zeihnios, al parecer, habían traído la impedimenta y los alimentos hasta el mismísimo campo de batalla. Esto provocó la hilaridad de algunos generales, incluidos ciertos Halcones de Guerra cercanos al príncipe.
—¡Los bárbaros son tan estúpidos que confunden un enfrentamiento campal con una caravana de mercaderías!
Tian Carbas se frotó la calva, pensativo.
—Tal vez traten de usar esos carros en la batalla.
—Sería una estupidez —intervino Ubhmar Zahl—. He oído crónicas acerca de antiguas civilizaciones que empleaban carros en las luchas, por lo general ocupados por un auriga y un arquero. Pero eran pequeños y muy maniobrables y podían introducirse entre los cuadros de infantería y las hordas de caballeros. Sin embargo, según cuentan los batidores, esos que traen los zeihnios son enormes y pesados, tirados por cuatro bestias. No poseen movilidad suficiente como para sortear nuestras divisiones y atacarlas desde los flancos
Mzwele intervino.
—Opino como Ubhmar Zahl. Sólo es un transporte de alimentos e impedimenta. Los zeihnios comenzarán embistiendo con los elefantes y después harán avanzar a la caballería y la infantería.
—¿De dónde habrán sacado los caballos? —inquirió Skarrion, pensativo—. No se conoce que en Zeihn críen estas bestias. No los vi cuando estuve en la isla.
—Pero… ¿qué sabemos en realidad de Zeihn? —preguntó, a su vez, Luam Aif—. ¡Nada! Ese país es un misterio. Tal vez tengan su propio cuerpo de caballería. O quizá los hayan robado de los pueblos costeros de nuestra patria que han invadido. Allá hay múltiples caballerizas y casas de compra y venta de bestias.
—Nobles guerreros, os preocupáis demasiado por temas sin importancia —intervino el príncipe Ibrahm, sonriendo de oreja a oreja. Parecía muy complacido—. No existe peligro alguno para Paish. Mi ejército vencerá. Y aún en el improbable caso de que los bárbaros nos dieran alguna sorpresa, contamos con los Señores de Bata y Asuar. Ya han sido avisados y están en camino. Su caballería unida, treinta mil lanzas en total, pondrán la guinda al pastel de nuestra victoria.
—Señor, no deberíamos confiar demasiado en estas provincias meridionales —repuso Ubhmar Zahl—. Las gentes del Desierto siempre se han mostrado independientes y levantiscas y a punto han estado de unirse al imperio sureño del hereje Zuadar, que Dios lo maldiga a él y a sus descendientes. No hace más de cincuenta años, se oponían con tenacidad a la soberanía paishtia sobre sus tierras.
—¡Pero les sojuzgamos y nos deben obediencia! —espetó Ibrahm, cortante.
Un soldado interrumpió el debate para anunciar que llegaban embajadores desde el Sur y el Sureste, escoltados por jinetes paishtios. Se trataba de los embajadores de Bata y Asuar.
Sus armaduras eran más toscas y ligeras que las del ejército regular paishtio, pues en ellas se reflejaba el poso de un pasado independiente, el de las hordas del Gran Desierto que, hasta hacía unos noventa años, no acataban ninguna ley civilizada. Sin embargo, una serie de poderosos y dominantes mandatarios paishtios los habían diezmado y castigado con tal saña que las provincias sureñas hubieron de someterse para que sus pueblos no fueran exterminados. Los hombres de la duna y el oasis eran, si cabe, los más fanáticos de entre todos los grupos humanos a la sombra del Profeta y Su religión. Consideraban a los del Norte gente blanda y decadente, que se entregaba a placeres prohibidos por Dios, como el vino o la lujuria. Se decía que conocían todas las Oraciones del Libro Sagrado de memoria y las recitaban a gritos cuando se lanzaban a la carga contra sus enemigos. A pesar de su devoción, amaban el riesgo y la guerra y se jactaban de su dureza y resistencia, llegando a considerar a uno de sus jinetes tan efectivo como diez soldados norteños juntos. Su mayor debilidad consistía en su desunión y los múltiples odios que los separaban de manera irreversible. Sin embargo, en el Oeste los tribales del Gran Desierto se habían ligado bajo el mando de un líder fuerte, Zuadar El Magnífico, y su Guerra Santa había enrojecido toda Imyaria y Abhli. A duras penas los países civilizados consiguieron contener a sus hordas y, tras largos años de lucha sin cuartel, se había concluido una tregua inestable, siempre a punto de romperse. En el oriente razhulli y paishtio los encuentros con Zuadar no habían sido tan dramáticos, así que no se tomaba demasiado en serio su amenaza. Pero algunos, los más sabios, seguían intranquilos.
Los embajadores sureños presentaron respeto al príncipe y le comunicaron que las tropas de Bata y Asuar estaban a punto de llegar a Arrostum, dispuestas para combatir bajo enseña paishtia. Ibrahm no se molestó en agradecer la deferencia de esta gente orgullosa y les ordenó permanecer a la expectativa hasta nueva orden, pues sería su ejército quien llevara el peso de la acción y sólo se recurriría a los tribales si las cosas se torcían. Un líder más inteligente habría dejado a los hombres del desierto participar, pues para ellos ser relegados a segundo plano constituía un grave insulto. Los embajadores, con sus caras oscuras y resecas contraídas en una mueca de enojo, se marcharon al galope para transmitir a sus cabecillas las disposiciones del príncipe.
Así, al cabo de una clepsidra, una larga fila de jinetes a caballo y camello aparecieron sobre las colinas del Sur y el Sureste, donde deberían mantenerse quietos y expectantes, como Ibrahm había mandado.
El sol reinó en el centro de la bóveda celeste y entonces aparecieron los zeihnios.
Se trataba de una gigantesca masa armada, compuesta sobre todo por infantes cubiertos con cotas de placas metálicas sencillas o coseletes pesados. Llevaban pantalones y camisolas anchos y aquellas botas de aspecto duro aunque cómodo, con la punta curvada hacia arriba. Sus cabezas estaban cubiertas por grandes turbantes y dejaban crecer las barbas, sólo un poco más oscuras que sus rostros cetrinos, hasta el amplio pecho. En la vanguardia había una línea de elefantes, cuyos lomos soportaban grandes cajas de madera que podían albergar a cuatro arqueros. Un conductor se mantenía a horcajadas sobre el cuello del animal. Algo alejados de aquellas bestias enormes asomaba un pequeño cuerpo de caballería, muy inferior en tamaño al de los paishtios, quienes contaban, además, con los magníficos jinetes del Desierto.
Detrás de la caballería aguardaban los muchos miles de hombres que componían la infantería, en cuadros disciplinados. Aquellos soldados no eran altos, mas parecían sólidos como la piedra y eran anchos de hombros y cintura. Portaban lanzas largas de moharra enorme, con forma de hoja estilizada, y llevaban embrazados escudos circulares. De sus cinturas pendían espadas cuyas vainas dibujaban extrañas formas, y dagas y cuchillos curvos. También había numerosas divisiones de arqueros, que ya montaban sus armas y abrían los estuches de los dardos.
En la retaguardia, al cuidado de los arrieros y unos pocos soldados, estaban aquellos grandes carros cubiertos por lonas, de aspecto inofensivo, tirados por caballos musculosos.
Los mandatarios paishtios trataron de divisar a Utraya Panis entre los líderes del ejército enemigo. Al fin, creyeron conocerle en un hombre imponente, muy ancho de hombros y grueso de miembros, que se conducía ante la vanguardia sobre un enorme caballo negro, acompañado de otros guerreros de alto grado y un grupo de soldados escogidos que componían su guardia personal.
El príncipe Ibrahm sonrió, incapaz de contener su entusiasmo.
—Jamás hubiera imaginado que la guerra tuviera este encanto —dijo, con voz emocionada—. Todo esto es glorioso.
Skarrion, que se hallaba cercano, sonrió de manera irónica. Conocía a los gobernantes y sabía que el príncipe disfrutaría de esta gloria desde una distancia prudente, sin mezclarse con sus soldados en la refriega, sin tener que mascar el polvo, tragarse la sangre y el dolor y extraer energías una y otra vez de sí mismo, para sobrevivir en el caos de fuerzas encontradas que se desataría sobre la llanura de Arrostum.
El mercenario escuchó una vez más, como tantas otras en su vida, el susurro de los traíllas, el tintineo de los metales, los bufidos de los caballos y los murmullos de los hombres. Olió la bosta de caballo y el sudor. Percibió la agresividad y el ansia de los guerreros. Los hombres sensatos y razonables aborrecerían estos ambientes. Él, por el contrario, los amaba. Eran su vida.
Se dirigió hacia Ubhmar Zahl.
—Voy con mis hombres.
—Ve con ellos, amigo —dijo el Halcón de Guerra—. Estoy seguro de que harán un buen papel en la lucha que se avecina. Ya conoces los planes.
—Tian Carbas y Mzwele ya se encuentran con sus guerreros.
El viejo general y Skarrion se estrecharon los antebrazos con fuerza.
—Victoria —se despidió el shakark.
—Victoria —respondió Ubhmar Zahl.
—¡Victoria! —le gritó Ibrahm.
Skarrion ni siquiera le miró. Se marchó al trote ligero, mientras los airados ojos del príncipe le seguían y Ubhmar Zahl sonreía con disimulo.
Skarrion cabalgó ante la muralla de hocicos, escudos y lanzas que era la caballería de Luam Aif. El líder paishtio estaba arengando a sus oficiales cuando le vio pasar y alzó el puño en alto.
—¡Victoria!
—¡Victoria! —contestó Skarrion, sin detenerse.
Llegó hasta la sección media del flanco derecho del ejército, donde esperaban sus casi seis mil mercenarios.
Era una muchedumbre variopinta aunque disciplinada, que se armaba y vestía de forma heterogénea. Había entre ellos muchos imyarios, pero también gente más norteña, como tiranios, ararios y hasta kalendanos que habían cruzado el Mar Medio y establecido sus propios negocios de hombres de guerra en las Costas del Profeta. El rasgo que los unificaba era haber pintado sus ropas de colores azul o verde. De tal modo, los paishtios podrían distinguirlos de sus enemigos en el caos de la lucha. Eran casi todos infantes, aunque había unos trescientos caballeros, entre los que se hallaba la oficialidad.
Tras el destacamento de Skarrion se hallaban los de Mzwle y Tian Carbas. Todos los mercenarios habían sido colocados en la línea media del ejército, para que la infantería paishtia recibiera primero el choque enemigo —resultaban más caros los soldados de fortuna que los de leva— y en el flanco izquierdo, porque cualquier ejército tendía a envolver al enemigo de derecha a izquierda, antes que al contrario. Debía haber un buen muro de soldados en tal lugar, para repeler el ímpetu del rival. Y los mercenarios se contaban como duros entre los duros.
Mzwle tenía el mando sobre cinco mil infantes armados de lanzas, sables curvos y cimitarras, hombres cubiertos por cotas de escamas y placas y largos escudos. Eran una mezcla variopinta de negros ishankitas y gente cetrina de Razhull y Abhli.
Tian Carbas mandaba sobre cuatro mil toscos y nervudos infantes de la recia y pedregosa Crantia. La mayoría se armaba y protegía al estilo paishtio o imyario, pero los había que portaban corazas anchas, procedentes de allende el Mar Medio, e incluso las exóticas y complejas armaduras del Uan meridional.
Skarrion El Loco, aquel gigantón de ojos azules, barba y cabellera rubias, faz tan oscura como la de cualquier paishtio y voz tronante, estaba cubierto por un uniforme cómodo y sin estridencias, yelmo sencillo aunque pesado, con un nasal que casi llegaba hasta los labios, cota de mallas negra, hasta los muslos y las muñecas, y grebas y brazales. Llegó hasta la vanguardia de los suyos y entonces estalló un griterío creciente. Aquellos mercenarios veían en él al señor de la guerra surgido de la misma tropa, que había conquistado el liderazgo no gracias a favoritismos políticos, herencias o títulos de nobleza, sino al coraje y la inteligencia característicos del mejor líder de soldados. Restallaron otras voces similares entre las gentes de Mzwle y de Tian Carbas, mientras sus generales iban pasando ante sus filas.
Skarrion habló con varios de sus propios oficiales y todos juntos cabalgaron, por los pasillos entre aquel océano de estandartes, puntas de lanza y cascos, hasta Mzwele y Tian Carbas, quienes, con los suyos, ya se le aproximaban al trote ligero. El ishankita le lanzó un pellejo de vino que Skarrion atrapó al vuelo. Tomó un trago largo y se lo dio a Tian Carbas.
—¿Los vuestros están dispuestos? —preguntó el shakark.
—¡Por supuesto! —repuso el crantiano—. Vayamos hasta un lugar desde el que divisar mejor el curso de la lucha. Hasta que no haya cargado la caballería de Luam Aif no tendremos que intervenir.
—Me parece bien —repuso Skarrion.
Continuaron al trote entre los cuadros de infantería mercenaria y llegaron a las últimas líneas del flanco izquierdo del gran ejército. En aquel lugar despejado encontraron un altozano desde el cual podrían contemplar con cierta claridad la gran planicie de Arrostum. Dieron la orden a varios de sus oficiales de ir con sus respectivas fuerzas y volver en su busca, si Ibrahm o Ubhmar Zahl les enviaban mensajeros con cambios de planes.
Los tres líderes mercenarios miraban la llanura amarillenta, que temblaba bajo el sol abrasador. Aquel día no corría brisa alguna y los hombres ya habían roto a sudar bajo las armaduras pesadas, aún antes de que las formaciones empezaran a moverse. A varios miles de pasos estaba la negra mancha que era el ejército zeihnio. Continuaba también inmóvil.
—Dentro de unas clepsidras todo este lugar estará lleno de muertos y heridos —gruñó Mzwele, frunciendo el ceño bajo el sol.
—Espero que la cosa se resuelva con rapidez —murmuró Tian Carbas.
—Y a nuestro favor —puntualizó Skarrion.
—¿Cómo podría ser de otro modo? —inquirió Mzwele—. Somos muchos más que ellos. —Señaló hacia el Sureste—. Fíjate en todos esos guerreros del desierto. Si nosotros falláramos ellos decidirían las cosas a nuestro favor.
—No me gustan esos carros de la retaguardia zeihnia —dijo Skarrion, entrecerrando los ojos mientras miraba hacia el enemigo.
—A mí tampoco —secundó Tian Carbas—. ¿Por qué diablos los habrán traído?
—Son demasiado lentos como para lograr causarnos daño —afirmó Mzwele—. Parecéis los dos un par de viejas.
—Ojalá estés en lo cierto —repuso Skarrion, sin apartar la vista del Este. Levantó su corpachón sobre los estribos—. Mirad. Comienzan a moverse.
—Empiezan con los elefantes —dijo el crantiano—. Después, esa pequeñez de caballería que tienen. ¿Qué pretenden?
—Luam Aif ya arenga a los suyos —señaló Mzwele.
Se volvieron en la dirección que señalaba y contemplaron al líder de la caballería paishtia trotando frente a sus tropas. A pesar de los excitados murmullos que recorrían todas las filas del gran ejército, podían escuchar un breve eco de su vozarrón, mientras repartía órdenes.
Luam Aif llevaba embrazado el escudo y acababa de desenvainar el sable, sin detener a su montura. Las líneas de caballería comenzaron a separarse unas de otras, como una sucesión de olas, ganando poco a poco velocidad a medida que avanzaban al trote ligero, después a trote rápido y por último en una carrera sostenida. Los infantes aullaban enardecidos ante la marcha de los caballeros, mientras que sus compatriotas a caballo avanzaban ya a cientos, alzando vastas nubes de polvo. Era tal la disciplina impuesta por Luam Aif que sus caballeros mantenían la formación a pesar de la proximidad de la primera línea de elefantes.
En el grueso del ejército, cuando la caballería ya había avanzado más de cuatrocientos pasos, los oficiales comenzaron a correr de un lado para otro, vociferando órdenes. Los cuadros de infantería empezaban a moverse siguiendo a la caballería, que abriría la brecha por la que ellos iban a penetrar. La superficie de cascos y puntas de lanza y espada bullía inquieta, mientras la tensión se encrespaba en torno a todos esos miles de soldados que iban a matar y a morir.
Skarrion, Tian Carbas y Mzwele continuaron en su atalaya particular, escudriñando la planicie. En Arrostum se alzaban castillos de polvo, por entre los cuales avanzaban mareas humanas. Todavía no le había tocado a sus fuerzas el momento de moverse, así que esperaban, mientras la infantería de vanguardia secundaba a la caballería.
En el centro de Arrostum, una dispersa línea compuesta por cuatrocientos ochenta elefantes progresaba con rapidez. Las gruesas patas levantaban pedazos de tierra seca y nubecillas de polvo. Detrás, aguardaba aún la infantería pesada, que de forma extraña no parecía querer ayudar a su avanzada de elefantes. Tampoco la caballería oriental, compuesta tan sólo de unos tres mil jinetes, daba muestras de vida. Los elefantes se fueron separando cada cual de su compañero, para abarcar mayor espacio. Las criaturas eran controladas a duras penas por sus conductores. Los arqueros sobre las cajas de los lomos ya tenían dispuesta la flecha sobre la cuerda.
La caballería paishtia, cuyos cascos alzaban un tronar indescriptible y hacían temblar el suelo en cientos de pasos a la redonda, se dividieron en centenas y después en decenas, como ya habían planeado. Intentar destruir a los elefantes hubiera sido una locura suicida y pretendían pasar entre ellos. Sumidos en el relinchar y el barritar de las bestias animales y los alaridos salvajes de las humanas, ambas vanguardias se encontraron. Con agilidad y elegancia, refrenando el terror de sus monturas a fuerza de tirones de rienda y golpes de tacón, los caballeros paishtios pasaron entre las torres de carne mientras los zeihnios les disparaban, con escasa efectividad a causa de la velocidad de los jinetes y el vaivén de los elefantes. La mayor parte de los paishtios evitaron a los paquidermos, pero unos pocos no pudieron controlar a sus animales aterrorizados o recibieron dardos que los enviaron a tierra. Algunos hombres y caballos murieron aplastados por las patas de los histéricos elefantes. Un guerrero caído fue atrapado por la trompa de una bestia enloquecida y alzado y estrellado contra el suelo sucesivas veces, hasta hacer del humano un amasijo de carne irreconocible.
La caballería, tras rebasar la línea de elefantes, avanzaba hacia la infantería enemiga para atravesarla con sus fuertes lanzas, que ya comenzaban a enristrar, arrollarles con los acorazados y anchos pechos de sus caballos y pisotear a los enemigos bajo los cascos.
Los elefantes continuaban avanzando, azuzados por sus amos, fanáticos guerreros que se dirigían hacia una muerte segura y sin embargo tenían la rabia y el ansia de sangre pintadas en los rostros. De la infantería paishtia se destacaron varias líneas de arqueros, que de manera disciplinada quedaron en pie o con una rodilla en tierra, esperando las órdenes de sus líderes. Les ordenaron disparar, una y otra vez. La lluvia de flechas caía sobre los elefantes y sus amos, quienes también dirigían sus proyectiles lo mejor que podían. Las saetas atravesaron a los zeihnios o se clavaron como pinchitos en la dura piel de los paquidermos, enardeciéndolos aún más. Algunas les hirieron en el cráneo o en los ojos, llegando al cerebro, y entonces las bestias se desplomaban como grandes árboles talados por un salvaje leñador, alzando las patas y aplastando bajo su peso a los conductores. La gran mayoría, a pesar de la rociada de flechas, continuaron moviéndose hacia el frente, ya sin control alguno, hasta desplomarse poco después o embestir en carga ciega. Los sargentos ladraban sus órdenes sin descanso para que los cuadros de infantería esquivaran a esos animales temibles. Quienes no eran rápidos o hábiles probaban su furia, y entonces los soldados quedaban reducidos a pulpa bajo las grandes patas. Se les disparaban flechas y arrojaban lanzas, hasta herirlos de seriedad y hacerlos caer entre polvaredas y tormentas de barritos agudos de bestia moribunda. Uno de aquellos paquidermos se abalanzó sobre una masa de hombres que no había sido veloz y los arrolló, tropezando sobre la carne y la sangre y desplomándose encima de un par de soldados.
Los pocos conductores que aún quedaban con vida se lanzaban al suelo y corrían hacia los enemigos, vociferando en su extraña lengua y terminando al poco cosidos a tajos, aunque no sin haberse llevado al menos uno o dos consigo a la tierra sin retorno. Los últimos elefantes fueron exterminados y la infantería de vanguardia paishtia se dio prisa en cerrar las brechas y proseguir la marcha tras los caballeros.
Éstos continuaban avanzando, dispuestos para el encontronazo contra la caballería enemiga, que se había replegado en un acto de cobardía ignominiosa, hacia la retaguardia.
Los infantes zeihnios también rompieron filas, alzando terrible griterío, y se abrieron hacia los costados cuando los cerca de cinco mil jinetes atacantes se hallaban aún lejos, a más de dos mil pasos de distancia.
Por el grueso del ejército paishtio la noticia corrió y los soldados alzaron las espadas y las voces en señal de victoria. Aquellos bárbaros se habían aterrorizado ante la llegada de su caballería y sus cuadros se desgajaban, huyendo de manera vergonzosa. La caballería paishtia penetraría en la brecha como la hoja afilada en el tocino. Después marcharía la infantería pesada, para terminar de arrollar al pusilánime ejército invasor.
Los tres generales mercenarios se sorprendieron ante aquellas nuevas. Las tomaron con mayor calma.
—No lo entiendo —dijo Skarrion, en voz muy alta para hacerse oír sobre el bullicio de los soldados, que ya daban por conseguido el triunfo.
—Al parecer, no tienen agallas para soportar una carga de caballería —repuso Tian Carbas.
—Quizá en su país no haya ejércitos a caballo y por eso no saben cómo afrontarlos.
—¡No, maldición! —rugió Skarrion, enfurecido—. ¡Tiene que ser una trampa!
Sus amigos iban a replicar cuando llegaron correos de Ubhmar Zahl, con la orden de secundar a la infantería paishtia en su avance.
—Sea como sea —dijo Mzwele—, ya no hay vuelta atrás. ¡Victoria!
—¡Victoria! —Tian Carbas alzó el puño derecho.
—¡Victoria! —exclamó Skarrion, malhumorado y hosco.
Cada uno fue en busca de sus hombres y comenzó a exhortarles. El nórdico desenvainó la espada curva y se embrazó un enorme escudo circular, adornado con cuatro grandes tachas metálicas.
—¡Victoria! —bramó.
Los soldados de fortuna, mientras avanzaban a paso contenido y desenvainaban también sus armas, respondían al grito de batalla que se había popularizado en todo el ejército paishtio. Aquellos combatientes curtidos, cuya única patria era la guerra misma, encendieron sus ojos con una mirada torva y apretaron las mandíbulas, dispuestos de nuevo a matar, matar y matar.
Miles de pasos al frente, la infantería enemiga continuaba abriéndose. Todos aquellos soldados corrían para ponerse a salvo de la oleada de jinetes que iba en su busca. Cuando los últimos cuadros se retiraron, aparecieron caballos que corrían hacia el frente. Pero no se trataba del pequeño contingente de jinetes zehnios.
Eran los carros en principio cubiertos por lonas, que los paishtios habían supuesto llenos de vituallas e impedimenta.
Ahora, las telas que los tapaban habían sido retiradas y mostraban un cuerpo de madera forrado de planchas metálicas. En cada una de las altas cajas había tres o cuatro zeihnios, que conducían a los caballos o bien disponían ya las saetas sobre las cuerdas de sus arcos. Sin embargo, lo más desconcertante era que, ocultos por las masas de infantería, los zeihnios habían tenido tiempo de colocar, surgentes de los ejes que unían cada par de ruedas, cuchillas afiladas, tan largas como altos eran sus conductores, que giraban y centelleaban bajo el sol.
Se contaban por cientos los carros pesados. Comenzaban a ganar velocidad e iban al encuentro de la caballería paishtia. La infantería se había apartado por completo para dejarlos pasar y volvía ahora a reagruparse, desmintiendo la falta de disciplina anterior, para avanzar tras la línea de móviles pesados.
Esta nueva vanguardia estaba abriéndose más y más, lo suficiente como para constituir una enorme oleada, con no más de tres pies de separación entre las puntas de las cuchillas entre cada par de carros. Aquellas máquinas de guerra nunca se habían visto en el mundo conocido y civilizado. Los caballeros paishtios estaban desconcertados.
Sin embargo, sus líderes no se arredraron y se destacaron, apuntando al frente sus propias lanzas pesadas, acción que imitaron los miles que les seguían.
La infantería paishtia avanzaba, también sorprendida y confusa. Las noticias contradictorias acerca del enemigo volaban de cuadro en cuadro y los oficiales aullaban el doble de fuerte para mantener la moral y la disciplina.
Atrás, muy lejos, en la más profunda y segura retaguardia, el príncipe Ibrahm, Ubhmar Zahl y otros viejos Halcones de Guerra contemplaban con dolorosa atención las maniobras del enemigo.
—¿Qué se proponen? —inquirió Ibrahm, con enojo y angustia—. ¿De dónde han salido esos carros?
—Nos han engañado —repuso Ubhmar Zahl, respirando con fuerza—. No sé cómo demonios van a utilizar esa línea de carros, pero esto tiene trazas de ser una trampa.
—¿Y si retrocediéramos?
Ubhmar Zahl miró al príncipe, ahora lívido y nada alegre, y apretó las mandíbulas con disgusto.
—Sería un caos desastroso. Nuestro ejército está lanzado ya al frente, todo él, y resultará difícil vencer su inercia y hacerlo retroceder de pronto sin que todo derive en el caos.
En el centro de Arrostum, los conductores de carros fustigaban a las bestias, que ganaban más y más velocidad y lanzaban aquellos temibles armatostes de pesadas ruedas hacia la vanguardia enemiga.
Los caballeros paishtios aullaron y los zeihnios de los carros y toda la infantería en movimiento detras de ellos lanzaron sus propios gritos de guerra.
Sucedió el desastre.
Quizás en épocas antiguas los hombres civilizados de Occidente conocieran el uso de los carros pesados y armados con cuchillas. Tal vez Utraya Panis lo tomó de viejas leyendas zeihnias o quizás lo ideó para esta ocasión. De cualquier manera, los paishtios no supieron cómo afrontarlos y les atacaron como si fuesen simples y ligeros móviles ocupados por un auriga y un solo lancero. Estos artefactos de Arrostum eran, sin embargo, muy distintos.
Sus cuchillas segaron con limpieza las patas de los caballos, proyectándolas por los aires.
Los animales mutilados se desplomaron sobre la cabeza, el pecho o los costados, lanzando a sus jinetes contra el polvo.
Además, cuando un caballero chocaba contra las bestias que tiraban de un carro, éstas le apartaban a él y a su animal, como un puño lanzado contra un tomate. Las ruedas aplastaban los cuerpos y las cuchillas girantes los trituraban. Algunos carros volcaron a causa de tales encontronazos. Entonces, entre brutales chirridos de acero, crujidos de madera, relinchar de bestias y aullidos humanos, el armatoste se alzaba, desplomaba e incluso rebotaba, levantando nubes de astillas y cuerpos rotos. Los arqueros disparaban sin cesar, derribando a muchos de los jinetes que se les aproximaban, dejando que las cuchillas o las ruedas terminaran después el trabajo sucio. Los más diestros jinetes lograron ensartar con sus lanzas a uno de los ocupantes de cada caja. Pero eso era indiferente para las largas cuchillas que surgían de las ruedas, siempre paralelas al suelo, que hacían trizas las patas del caballo y lo mandaban, junto a su dueño, contra el firme.
La primera oleada de caballería, casi tres mil jinetes, yacía literalmente hecha pedazos en el polvo de una llanura que comenzaba a encharcarse de lodo rojizo. Unos veinte carros habían volcado y resultaban inservibles. Las casi ocho centenas restantes continuaban su veloz y arrollador avance, hacia la segunda ola de caballería.
Estaba comandada por el sobrino de Luam Aif, de nombre Mohamd, quien había visto a su tío desplomarse entre el polvo cuando las cuchillas de un carro cercenaron su caballo. Lívido a causa del terror, comprendió lo que había de hacer. Clavó los talones con saña en los ijares de su formidable montura, ganando velocidad sobre la vanguardia. Jadeó una última oración a Dios mientras veía acercarse entre las masas de polvo varias moles oscuras y oía un zumbar continuo, el de las cuchillas que surgían de las ruedas. Un jirón oscuro pasó silbando un palmo sobre su cabeza y la siguiente flecha le alcanzó, aunque en el escudo. La vibración del golpe llegó hasta su hombro. Vio los rostros confusos de los zeihnios, con los ojos desorbitados, gritándole palabras incomprensibles. Tiró de las riendas hacia atrás, con todas sus fuerzas, y el caballo saltó sobre las cuchillas.
Gritó, rabioso, alegre. Había rebasado con éxito la línea de carros. Tragó polvo y lo tosió. Dejó que su caballo fuera al trote, para que no perdiera los nervios y enloqueciera. Pasaron ambos entre cuerpos triturados, aplastados, desgarrados. Los caballos del suelo, echados sobre el lomo, relinchaban histéricos y alzaban sus patas cortadas a la altura de las rodillas. Por doquier había cuerpos irreconocibles de hombres y bestias que se retorcían, arrastraban y en muy contadas ocasiones lograban ponerse en pie. A Mohamd le pareció que había penetrado en el Infierno y que pronto vería el mismísimo rostro del Maligno.
Encontró, no obstante, varios jinetes que habían seguido su ejemplo y se le unían al trote. Al cabo de poco ya eran decenas quienes habían logrado pasar la barrera de carros asesinos.
Sin embargo, tras el polvo que se iba asentando descubrieron un nuevo muro, éste más grueso e inexpugnable, que se les acercaba de manera lenta pero segura. Era la infantería de vanguardia zeihnia, que seguía a distancia los carros y que, como un rodillo pesado, iba rematando a los cientos de jinetes heridos o indemnes que aún podían luchar. Lo más espeluznante en aquella masa de soldados compacta y densa era que las primeras líneas estaban armadas de lanzas gruesas y altas, elevadas en horizontal y diagonal, como las espinas de un erizo gigantesco.
Mohamd detuvo su caballo y lo hizo caracolear, mirando en derredor, aún con su lanza enristrada y el escudo embrazado. Había, aquí y allá, grupos de caballeros paishtios escapados que habían logrado sobrepasar la línea de carros. Estaban dispersos y desorganizados. Muchos, no obstante, continuaban su carga, siguiendo la orden dada por el ya muerto Luam Aif, y eran ensartados en aquellas larguísimas y afiladas picas. Aún así, cada caballo, llevado por la inercia, podía aplastar a uno o dos zeihnios antes de morir. Pero estos sacrificios resultaban, en definitiva, inútiles contra aquella organización poderosa y revolucionaria.
Mohamd levantó la lanza y tirando de las riendas logró alzar al caballo de manos. Desesperado, gritaba hasta desgañitarse.
—¡A mí los caballeros de Paish! ¡Volved! ¡Retirada!
Pero, en el bullicio de alaridos humanos y equinos, su voz tronante resultaba casi imposible de oír. Hizo volverse al caballo e hincó talones, echando a galopar hacia la densa polvareda que alzaban los carros y que ya se encontraba a cierta distancia. Al menos, intentaría atacar a los conductores y sus ocupantes desde detrás. La idea de acercarse de nuevo a las cuchillas giratorias casi le aturdía de terror, pero se obligó a avanzar a pesar de todo.
Ya le seguían otros, pues el instinto del soldado siempre le lleva, el peor de los momentos, a seguir de manera ciega a su líder.
Sin embargo, los astutos zeihnios, viendo que se les escapaba tan ansiada presa, comenzaron a abrirse, dejando paso entre los de la vanguardia a los arqueros. En pie o con la rodilla hincada en tierra, dispararon sus dardos bajo las órdenes restallantes de sus mandos.
Las saetas volaron entre los caballos y los hombres. Mohamd vio a un caballero contraer los hombros mientras una aguda flecha se le hundía en la espalda, no penetrando hasta el fondo sólo gracias a la cota de escamas. Su propio caballo relinchó cuando una saeta dio contra la armadura de tejido y metal que protegía su grupa. Pero una flecha se clavó en el hombro de Mohamd y por culpa del impacto giró sobre sí mismo, no cayendo del animal sólo gracias a los estribos. Se golpeó la cabeza contra el flanco del caballo, rasguñándose el rostro con los arneses del bocado. El trotar de los cascos parecía llenar el universo. Arriba, pasaba vertiginoso el firme encharcado de sangre y salpicado de cuerpos hechos pedazos. Un pedazo de tierra llegó hasta sus labios y el polvo alcanzó sus pulmones. Tosió y de pronto el mundo se retorció en torno a él. Hubo un encontronazo violento y un dolor agudo en su brazo izquierdo. Al abrir los ojos, vio a su caballo en el suelo, intentando levantarse. Sin duda habría tropezado o resbalado. Trató de reprimir el vértigo que enloquecía su cerebro y se alzó sobre las rodillas y las manos, incapaz de hacer otra cosa. El codo zurdo emitía un dolor lacerante y demoledor. Lo miró y vio que su brazo estaba del revés, desde la articulación destrozada a los dedos. Se lo había descoyuntado en la caída y la sangre le chorreaba por entre los fragmentos de hueso que atravesaban la piel y tocaban el interior de la cota. Aún notaba también la punta de flecha en su hombro derecho, arañando la articulación.
Mareado, febril, débil a causa del sufrimiento, se levantó sobre piernas temblorosas y logró llevar la diestra hasta la empuñadura del sable. El fragor titánico de la batalla llenaba sus tímpanos. Tuvo que hacer un esfuerzo para recordar qué hacía allí. Pensó que era importante —aunque desconocía el porqué— morir con el sable en la mano. Sollozó de impotencia y agonía hasta que logró, con sus dedos temblorosos y convulsos, sacar el arma de la vaina. De pronto, recordó que era Mohamd Al Ibta Anf, un Caballero de Paish. Bendijo al Profeta, dio gracias a Dios y comenzó a avanzar, tambaleándose y trastabillando, hacia el rodillo de rostros airados, turbantes, lanzas y espadas que se le venía encima, inundando su campo de visión.
III
Skarrion dejó al cargo de su primer oficial a su hueste mercenaria, aún al avance, y furioso echó a galopar hacia el primer destacamento, pasando entre los densos cuadros de hombres que progresaban a paso firme, con las armas dispuestas para entrar en combate. Sabía que algo iba mal. Era una trampa. Siempre lo había sospechado, pero aquellos imbéciles no le prestaron atención. Hincando talones, voló sobre la tierra seca, pasando ante cientos de infantes dispuestos en filas ordenadas, y alcanzó la oficialidad de la vanguardia.
—¿Qué diablos haces aquí? —bramó Ubmahan, uno de los líderes paishtios de infantería que Skarrion conocía.
El shakark detuvo su caballo e iracundo se encaró con Ubmahan.
—¡Por los Cuernos del Gran Toro! —rugió, con las venas del cuello hinchadas como cables a causa de la rabia—. ¿Qué está pasando allá delante?
Apuntó su espada al frente, hacia las nubes de polvo que tapaban la tragedia de la caballería paishtia y el avance de los carros.
—¡No lo sé! —contestó a gritos Ubmahan—. ¡Pero debemos seguir! ¡Son las órdenes!
A pesar de los miles de pies que avanzaban y las canciones con que entraban en calor los soldados, el shakark oyó un rumor lejano de gritos agónicos y relinchos histéricos y un retumbar sordo que no era de cascos ni de hombres, sino causado por algo más ominoso.
—¡Los carros! —exclamó Skarrion—. ¡Son esos malditos carros cubiertos!
Ubmahan iba a contestar, pero quedó atónito.
Primero a decenas, después por cientos, los jinetes paishtios volvían. Y no como vencedores, sino de forma caótica y desordenada.
Estaban huyendo.
En doscientos años no se conocía una sola ocasión en la que estos caballeros hubieran escapado jamás de la lucha, ni aún en las peores condiciones. Pero la visión de los carros, con sus cuchillas que hacían pedazos a hombres y bestias, había sido demasiado incluso para la moral de aquellos valientes. Ya no había disciplina alguna en su galope. Eran una turbamulta abigarrada que sólo deseaba seguir con vida y que se abría hacia los costados del gran ejército paishtio, para no arrollar a su propia infantería.
El efecto de ver a los caballeros en desbandada fue devastador. Entre los infantes cundieron los rumores, los murmullos excitados, y aquí y allá estallaron conatos de pánico. Los sargentos avanzaban entre sus soldados, arengándolos para que continuaran avanzando. Algunos echaron a correr, pero pronto eran alcanzados y ejecutados al momento para imponer disciplina.
Skarrion echó a galopar de nuevo. Los caballeros pasaban tan rápido que casi no podía entender sus voces. Pero aún así, los soldados captaban determinadas palabras.
—¡Hhuid!
—¡Carros con cuchillas…!
—¡La muerte os espera!
—¡Escapad!
El shakark se salió del gran ejército por un costado, pegándose a las líneas de infantes para no ser arrollado por la caballería huída. Entrecerró los ojos a causa de la mucha polvareda levantada y se volvió hacia el Sureste, a los altozanos donde permanecían quietos los treinta mil tribales de Bata y Asuar.
Descubrió dos puntos, dos jinetes que volaban sobre la cuesta en busca de los mandos de los Hombres del Desierto. De pronto, emergieron una decena de guerreros de entre la compacta línea y atacó a esos dos. Los mataron con rapidez y volvieron enseguida a su sitio. A Skarrion se le entrecortó el aliento. Aquel par que subió, comprendía ahora, eran emisarios del príncipe Ibrahm. Le había pedído ayuda a los supuestos aliados y ellos respondían con muerte. Estaban de parte de Utraya Panis. Imaginó que les habría prometido la independencia una vez conquistado el país, si negaban su ayuda a los paishtios.
—¡Traición! —escupió el shakark.
Aguijó de nuevo al caballo y al cabo de poco llegó hasta los suyos.
—¡Bator! —llamó. El oficial acudió—. ¡Ordena retirada inmediata! ¡Que los hombres salgan por los costados y corran hacia la retaguardia, hacia el Oeste! ¡Nos vamos!
El aludido obedeció sin dudar. Skarrion envió mensajeros a Tian Carbas y Mzwele. No estaba dispuesto a que sus amigos también se dejaran matar en aquella colosal ratonera.
Sin perder el orden, los mercenarios abandonaron la gran masa armada, entre los aullidos de sus mandos. Varios oficiales paishtios de las compañías de vanguardia, furiosísimos, llegaron hasta Skarrion y Tian Carbas, quienes ya estaban reunidos y esperaban a Mzwele.
—¿Qué hacéis, mercenarios? —bramó uno de los paishtios, contemplando alucinado cómo se desgajaban casi quince mil hombres del gran ejército—. ¡No podéis desertar! ¡Habéis cobrado y hecho tratos con el rey!
—¡Trata de detenerme! —contestó Skarrion, desorbitando los ojos azules.
Se volvió y continuó gritando a los suyos, metiéndoles prisa. El oficial paishtio quedó con la boca abierta, impotente. Sabía que no podía enzarzar a sus hombres en una lucha contra todos aquellos guerreros curtidos.
Así, los cuadros de infantería mercenaria se unieron a las últimas decenas de caballeros en huída. Tal visión no hizo sino aumentar las dudas y la confusión de los regulares paishtios.
Estalló un murmullo mayor, un trueno que llegaba desde vanguardia. Los hombres exclamaron con voz contenida y después gritaron a pleno pulmón.
Allá delante, los carros habían chocado contra la infantería.
Hubo muchos que soportaron sin huír. Otros tantos, aterrorizados ante los enormes y macizos carros y sus cuchillas negruzcas y giratorias, no lograron controlar el pánico y escaparon a la carrera, mezclándose y embarullándose con sus compañeros de atrás, rompiendo sus formaciones, desbaratando la disciplina. Los caballos acorazados pisotearon a los resistentes y los aplastaron. Las cuchillas cortaron sus cuerpos. Los zeihnios que conducían aquellas máquinas asesinas sabían que iban a morir, pero como fanáticos fustigaban a las bestias para lanzarlas contra la infantería enemiga en una carga devastadora. Había conductores, no obstante, que encauzaban a sus animales para perseguir a decenas de hombres que corrían enloquecidos, hasta tajarlos y hacerlos saltar por los aires con las terroríficas cuchillas. Los arqueros también contribuían a la matanza, pues desde sus altas cajas disparaban a placer, flecha tras flecha. Algunos carros volcaron de manera espectacular, otros fueron ocupados por temerarios paishtios que aún osaban resistir en la lucha y que degollaron al conductor y a sus compañeros.
El terror cundía por todo el ejército paishtio, como el fuego sobre un trigal bajo el sol del verano, y al cabo de poco casi la mitad, unos veinte mil hombres, habían roto filas y escapaban sin control alguno. En el caos, decenas murieron asfixiados o pisoteados por sus propios compañeros.
Los que, a pesar de todo, aturdidos e indecisos, siguieron en sus puestos, fueron exterminados por los últimos carros, por aquella forma revolucionaria de hacer la guerra que había decidido ya la batalla a favor de los zeihnios.
Sólo quedaban unos pocos cientos de carros incólumes. Retrocedieron, pero sólo para volver en una carga compacta hacia el corazón de una infantería débil y anárquica. Las anchurosas ruedas dotadas de tachas aplastaron a cadáveres y moribundos, los caballos relincharon histéricos y sus conductores les fustigaron sin compasión, mientras los arqueros, apretando los dientes, colocaban nuevas flechas en las cuerdas.
Los oficiales paishtios trataron de presentar algún tipo de entereza y lograron, a fuerza de vociferar y tajar sin descanso a los huidos que pasaban cerca, reunir cuadro tras cuadro. No sabían sin embargo cómo afrontar a estos carros arrolladores y sólo alcanzaron a imaginar que se estrellarían una última vez contra la masa de metal y carne, para no volver a atacar más.
Así fue. En aquella última y titánica sacudida murieron más de dos mil hombres, mientras las máquinas de guerra abrían sangrientos surcos entre la soldadesca y quedaban al fin frenadas, por pura imposibilidad de avanzar más.
Entonces, los paishtios aún ilesos invadieron las cajas entre las ruedas y dieron rienda suelta a su furia. Los ocupantes zeihnios, a pesar de todo, lucharon con saña hasta el fin. No más de dos mil carros habían exterminado a casi diez veces más enemigos, entre jinetes e infantes, y habían roto la disciplina y la moral del ejército paishtio, provocando su derrota inminente.
La muerte de aquellos primeros zeihnios sería la única victoria para los paishtios en este día aciago. Porque si bien habían logrado frenar a los carros, ahora se les aproximaba un peligro aún mayor. La infantería pesada.
El rodillo avanzaba cada vez a mayor velocidad. Los guerreros tocados de turbante se aproximaban rugiendo sus enloquecedoras y demoníacas carcajadas. Pisaban los cuerpos de los heridos, esquivaban los carros volcados y los cadáveres de los elefantes, como la ola impetuosa que crece y crece, pasando sobre los arrecifes y el malecón y se traga los barcos anclados en el puerto.
Quedaban menos de doce mil paishtios en la vanguardia, dispuestos a aguantar de forma heroica, cuando llegaron mensajeros del príncipe Ibrahm con órdenes de retirada. Pero ya las tres cuartas partes del ejército paishtio se alejaban a la carrera. Fue la gota que colmó el vaso. A pesar de que los oficiales trataron de hacer retroceder a sus gentes con orden, los soldados huyeron en estampida.
Enardecidos, los zeihnios alzaron su griterío y también echaron a correr en pos del enemigo.
Sobre la gran llanura de Arrostum las dos infanterías, una en avance y otra en escapada, se encontraron al fin. Tal suceso no derivó en combate, sino en pura y simple matanza.
Skarrion y los suyos, al haber escapado mucho antes, contemplaron la masacre desde una distancia prudencial. Sus formaciones y cuadros se mantenían, así como la sangre fría de aquellos veteranos ajados que habían contemplado otras muchas batallas, aunque pocas, o ninguna, tan siniestras como la de este día.
Skarrion, Tian Carbas y Mzwele se reunieron para decidir qué hacer a continuación. Gritando, haciéndose oír entre el murmullo de quince mil pasos apresurados, el ishankita dijo:
—Los zeihnios aprovecharán la ventaja y seguirán avanzando en nuestra busca. Ahora, lo principal es no detenerse.
—Hay una fortaleza paishtia a menos de una jornada de aquí, sobre el monte Abruc. Allí tal vez podamos resistir hasta que el rey Halmd venga a socorrernos.
—Sí —afirmó Skarrion—. Eso haremos, marchar al puesto de Abruc. Si nos quedamos quietos los de Utraya Panis nos convertirán en picadillo. ¡Ordenad aumentar una zancada la velocidad de la marcha!
Así lo hicieron. Los mercenarios avanzaron con mayor rapidez, casi al trote. Ninguno protestó el esfuerzo. Sabían que si no abandonaban pronto Arrostum nadie les salvaría de los zeihnios, que por el momento parecían ocupados con los restos de la infantería paishtia. Todo intento de socorrerla no depararía más que un sacrificio inútil.
—Debemos ver a Ubhmar Zahl —dijo Skarrion a los otros dos generales mercenarios—. Hay que reagrupar a los paishtios huidos. Sólo unidos podremos resistir en Abruc.
Sin embargo, y él lo sabía, el reagrupamiento iba a ser una tarea casi imposible. Miles de paishtios aún corrían sin control hacia el Oeste, sabiendo que les perseguían de cerca las huestes de Utraya Panis. Ya no atendían a las órdenes de sus mandos y se reunían en pequeñas hordas, amparados en el simple número. Serían presa fácil para los invasores. Sólo la caballería, gracias a la velocidad y la agilidad que le proporcionaban sus monturas, se estaba reuniendo de nuevo de manera algo civilizada. Marchaba, como era su deber, a defender a Ibrahm.
El príncipe, junto a Ubhmar Zahl y sus otros consejeros, amparados por los dos mil de la Guardia Real, habían huido también al ocurrir el desastre. Un millar de pasos separaban el Cuartel General de los quince mil mercenarios de Skarrion, Tian Carbas y Mzwele. El príncipe, junto a sus próximos y los caballeros recién llegados de la gran llanura, formaban una masa cercana a los cinco mil jinetes en estampida. Sabían que el grueso zeihnio no lograría alcanzarlos.
Sin embargo, las desgracias no habían terminado para Paish.
Estalló un fuerte silbido, el ululato agudo de los Hombres del Desierto cuando se lanzaban a la lucha. Aquellos treinta mil tribales que hasta el momento habían permanecido en su altozano, contemplando la batalla, se lanzaron a la carga. Consumados jinetes, sobre sus camellos y caballos avanzaron a través de montecillos y depresiones. Su objetivo era el príncipe y quienes huían con él.
En un principio, Ibrahm y los suyos pensaron que iban a obtener de ellos el apoyo negado contra los zeihnios. Pero enseguida comprendieron que se mantendrían al lado de Utraya Panis y que el precio por su traición ya había sido pactado. La cabeza del príncipe.
Los de Bata y Asuar acortaban distancias, a pesar del galope alocado de sus víctimas. Cuando sólo quedaban algunos cientos de pasos para el choque, los caballeros paishtios, de pronto, recobrando quizás el orgullo perdido en la huida de Arrostum, se agruparon, levantaron sus lanzas y marcharon en una carga última y suicida contra los Hombres del Desierto. Eran menos de tres mil contra enemigos diez veces superiores en número. Ante el final inevitable habían decidido morir peleando.
Los caballeros chocaron como una línea compacta contra los tribales e hicieron volar con sus lanzas a cientos de sureños. Las bestias dieron pecho contra pecho, cabeza contra cabeza, se alzaron y cayeron arrolladas y pisoteadas, mientras sus amos trataban de sobrevivir al caos y la presión. Los paishtios desenvainaron sables. Silla junto a silla, se enfrentaron a tajo limpio contra los bárbaros del Sur, quienes no les iban a la zaga en el manejo de sus aceros. Con increíble coraje, los paishtios resistieron en una masa convulsa que se mezclaba con las gentes del desierto. Las armas brillaban bajo el sol y restallaba un fragor colosal de espadas y escudos. Pero el empuje y el número venció y los jinetes paishtios cedieron al fin, cayendo por el suelo, siendo atravesados y convertidos en pulpa por las hordas sin civilizar.
Los mercenarios contemplaron aquella última y lejana carga paishtia. La mayoría de ellos eran infantes y no podían ni soñar con llegar a tiempo para ayudarles, o ayudar al príncipe. Skarrion mantuvo la orden de avance rápido hacia el Oeste, hacia el Fuerte de Abruc.
Las gentes de Bata y Asuar aún tenían hambre tras la derrota de la caballería. Su presa inicial era el príncipe Ibrahm, así que no se detuvieron y continuaron su galopada salvaje, como una onda veloz sobre la llanura paishtia. Hubo un débil conato de resistencia cuando la Guardia Real, por orden de Ibrahm, volvió grupas e, imitando a los caballeros, cargó en un último ataque. Su inento de provocar un retraso en la embestida tribal no obtuvo resultado, pues a pesar de su bravura fueron engullidos por los Hombres del Desierto.
El príncipe Ibrahm, acompañado de su fiel Ubhmar Zahl y unas pocas decenas de Halcones de Guerra, cabalgaban desesperados, no como nobles y mandatarios, sino como simples mercaderes que huyeran de los bandidos. Sabían qué tipo de trato podían esperar de las gentes crueles del Desierto y su huida se basaba en el terror.
Al fin, fueron rodeados y alcanzados. Ubhmar Zahl y muchos otros consejeros desenvainaron sus sables y se enfrentaron al enemigo como viejos guerreros que eran, muriendo con el arma en la mano.
Ibrahm, solo y acorralado, bajó del caballo y primero amenazó a sus captores para después insultarlos y más tarde pedirles clemencia de rodillas. Un viejo hombre del desierto, un simple cabrero de rostro negruzco, seco y arrugado, que había cogido su sable, su escudo y su caballo para unirse al cacique de su región en aquel día de lucha, fue el primero en acercársele. Agarró el pelo sedoso y brillante del príncipe, le alzó la cabeza y sin prestar atención a los chillidos y sollozos le decapitó de un solo tajo. Levantó la testa para que todos pudieran verla y los tribales en torno a él clamaron por la victoria, arrojando su ululante grito de guerra.
La de Arrostum había sido la primera batalla del príncipe Ibrahm Al Muftah Lenef, El Bello, hijo del rey Halmd Al Abta Muftah, El Fuerte, y heredero del trono real paishtio. También la última.
Estos últimos acontecimientos no los podían conocer los mercenarios huidos. Después de la última carga de los caballeros, el Estado Mayor del ejército paishtio desapareció de la vista de Skarrion, Mzwele y Tian Carbas. Los tres no se hacían ilusiones en cuanto al destino del príncipe. No lo sentían por aquel joven arrogante y consentido, sino por Ubhmar Zahl y otros buenos amigos que habían hecho entre los Halcones de Guerra.
Los mercenarios, a los que se les iban uniendo grupos de infantería paishtia, continuaban viajando a marchas forzadas. Habían torcido hacia el Suroeste, pues en tal dirección se hallaba la fortaleza de Abruc. Sabían que los zeihnios se demorarían para exterminar por completo a los últimos enemigos en Arrostum. Pero el shakark no se hacía ilusiones. Un líder capaz de idear la estrategia de aquel día no sería tan necio como para permitirles escapar con facilidad. No obstante, confiaba en la rapidez de sus hombres, que no llegaban ni a la mitad del ejército invasor, y en la ventaja que habían obtenido al marcharse los primeros del campo de batalla.
Skarrion, como el resto de sus oficiales, metía prisa a sus mercenarios. Los guerreros, como una larga serpiente, no perdiendo jamás la formación, casi corrían a través de llanuras y valles. El sol estaba en el cenit y lanzaba sus espadas de calor sobre todos aquellos hombres que jadeaban y sudaban a chorros. El shakark galopó hasta llegar a su amigo Mzwele, quien también se había alejado para supervisar el estado y la marcha de sus gentes.
—Ahora, temo más a los Hombres del Desierto que a los zeihnios —dijo el ishankita—. Los invasores son casi todos soldados de a pie y por tanto les sería más difícil alcanzarnos. Pero los tribales montan a caballo y camello y nos duplican. Si nos persiguieran en estos momentos, estaríamos condenados.
—He mandado jinetes a retaguardia para que nos informen de lo que hace el enemigo. También yo temo más a los tribales. Por ahora. No hay que olvidar a la caballería zeihnia.
—Era ínfima, no más de dos mil jinetes.
—Lo recuerdo —señaló Skarrion—. Aún así, después de lo ocurrido hoy, desconfío incluso de lo que parece más obvio. Mandaré mi propio destacamento de caballería también a retaguardia, aunque no llegan ni a los dos millares, para protegernos en acciones rápidas si nuestros peores temores se confirman. No sé si servirá de mucho, pero al menos hará que ganemos un poco más de tiempo.
—¿Has largado mensajeros para el rey Halmd?
—En efecto —repuso el shakark—. Reventarán todos los caballos que hagan falta para llegar cuanto antes a la capital. Debe conocer lo ocurrido y enviarnos refuerzos. —Entrecerró un ojo y apretó los labios—. Pero dudo que lleguen a tiempo una vez nos encerremos en Abruc. Utraya Panis no va a permitirse dejar enemigos a su espalda. Antes de seguir marchando hacia el Oeste querrá destruirnos por completo.
—Eso, si llegamos a Abruc.
—Tenemos que conseguirlo, amigo. También he mandado correos para allá. Deben preparar desde este mismo momento la defensa.
Mzwele le miró de reojo.
—¿Y si nos uniéramos a Utraya Panis? —inquirió.
Skarrion suspiró con fuerza.
—Ya lo había pensado. Al fin y al cabo, no somos paishtios y no tenemos que sacrificarnos por ellos. Si Tian Carbas y tú dais consentimiento, enviaremos delegados a los zeihnios. Espero que ellos traten a nuestros embajadores mejor de lo que ese imbécil de Ibrahm trató a los suyos.
—Yo tampoco estoy dispuesto a morir por la corona paishtia. Vamos a buscar a Tian Carbas. Debemos decírselo.
De nuevo cabalgaron cerca de la muchedumbre en movimiento, que les saludaba al pasar levantando las lanzas, hachas y espadas, ya no con alegría, sino con fiera hosquedad, el recio respeto que se podía esperar de aquellas gentes.
Hablaron con Tian Carbas, quien también se mostró de acuerdo con ponerse al servicio de Utraya Panis, y al poco tres hombres de Skarrion, de probada confianza y habilidad en estos asuntos, echaron a trotar hacia el Este, enarbolando pendones blancos.
Clepsidras después, el pequeño ejército mercenario aún continuaba avanzando a paso rápido, sin permitirse un instante de reposo. Aquel ritmo endiablado estaba forzando las piernas y los corazones de los guerreros, que resoplaban y jadeaban al caminar. El sol golpeaba implacable, como la gigantesca y ardiente mano de un dios invisible que tratara de aplastarlos contra el suelo. Pero nadie se quejaba, ni siquiera los casi dos mil quinientos soldados paishtios huidos de Arrostum, que seguían con aire silencioso y miserable, en una línea gruesa e indisciplinada, a los bien formados mercenarios.
Las suelas de pies, botas y sandalias pisaban ya un terreno más abrupto, en el cual la vegetación raleaba y la tierra iba dejando paso a la piedra. El firme dibujaba suaves laderas. Comenzaban a internarse en una zona de pequeñas elevaciones de roca, abundantes en peñas de piedra gris y mesetas de pizarra ocre.
Divisaron, todavía lejana, la fortaleza sobre el monte Abruc.
IV
El monte Abruc era una elevación formada por pendientes cubiertas de piedras grises y blancas en las que esplendía el sol y charcos de tierra dura. Aquí y allá, sobre la falda, se alzaban árboles secos y moribundos, de brazos retorcidos, y masas de arbustos espinosos. Varios caminos de tierra serpenteaban entre los cantos y las rocas, hasta la cima.
En ella, el terreno había sido allanado para construir encima una fortaleza sencilla pero sólida, grande y tosca. Se trataba de un puesto de avituallamiento de tropas más que de un auténtico castillo. No había tampoco una población a su sombra, pues no constituía punto de paso de caravanas, y tampoco existían tierras de labranza en los alrededores. Se erigió dos siglos atrás, cuando los reyes de Paish comenzaron a expandir su territorio por aquellas zonas, habitadas por hordas tribales, y eran necesarios bastiones donde protegerse de las avanzadillas de los salvajes. El Fuerte Abruc fue ideado para resistir a —como máximo— ocho mil enemigos, no a un gran ejército como el zeihnio, que superaba los cuarenta millares, sin contar sus fuerzas aliadas de Bata y Asuar.
Abruc podría albergar con comodidad a nueve mil hombres, y al doble con apreturas. No tenía foso, pero sus cuatro murallas eran altas y fuertes, construidas con grandes rocas unidas por mortero, tocadas por líneas de almenas. Tenía un portón principal y levadizo, ahora alzado, protegido por dos rastrillos, y varias entradas secundarias también selladas por la madera y la reja de metal. El pendón de Paish, con la espada y la llama sobre fondo azul oscuro, el emblema de la dinastía Muabí, a la que pertenecían el rey Halmd y su recién fallecido hijo Ibrahm, caía sobre el asta en aquel día ardiente y libre de vientos.
Skarrion contempló el fuerte y después se volvió hacia sus cansados y sudorosos hombres.
—¡Vamos, hijos de la guerra! —rugió, con su brusco acento extranjero—. ¡La salvación está próxima! ¡Aligerad la marcha!
Los hombres le hicieron caso y alargaron la zancada, a pesar del cansancio que se les clavaba en los músculos como a golpes de puñal. Skarrion miró hacia atrás, más allá de los miles de hombres que se afanaban en aquellas tierras duras y secas. Aún alcanzó a distinguir las masas de soldados paishtios caídos en desgracia, y después, muy distantes, las columnas de su propia caballería, protegiendo la retaguardia. Se preguntó con cierta preocupación cómo tomarían los de Abruc su llegada, y el hecho de que de la gran masa armada paishtia sólo quedaran los mercenarios y un puñado de infantes maltrechos. Sabía que en ocasiones se tendía a echar la culpa de todos los males a los aliados de fuera, antes que reconocer los fallos propios. Escupió y se dijo con rabia que, de negársele el paso a la fortaleza, ellos entrarían por las malas.
Vio a sus compañeros Mzwele y Tian Carbas venir al galope, seguidos por los embajadores que habían enviado a Utraya Panis. Los caballos de aquellos mensajeros tenían las bocas empapadas de espuma y parecían a punto de caer al suelo con el corazón reventado. Por la expresión de sus dos amigos, Skarrion previó cuál había sido la respuesta del líder invasor.
—¡Ese hijo de mala hiena de Utraya Panis no permitirá que nos unamos a él! —clamó Mzwele, enojado.
Tian Carbas no dijo nada. Por su faz cuadrada e impasible cruzaba una decisión estoica que a Skarrion no gustó en absoluto. El shakark se dirigió a uno de los mensajeros, quien palmeaba el cuello de su caballo para tranquilizarle tras la cabalgata.
—¡Tú! ¡Dime qué ha ocurrido!
El embajador, aún jadeante, repuso:
—General Skarrion, hicimos lo que ordenaste. Con bandera blanca volvimos hasta las inmediaciones de Arrostum y a quienes primero encontramos fue a los batúis y los asuaros.
“Todavía estaban celebrando la muerte del príncipe Ibrahm y se habían olvidado de nosotros, los supervivientes. Nos retuvieron y en un principio creímos que nos iban a matar allí mismo, pero varios líderes de horda discutieron entre ellos y acabaron por conducirnos hasta los más notables de entre estos dos pueblos, quienes a su vez estaban reunidos con los mediadores zeihnios. Vimos al ejército invasor muy avanzado. Su retaguardia aún ejecutaba a los heridos paishtios. HJabía largas filas de prisioneros, uno detrás de otro, esperando como corderos que son llevados al tajo. Se les decapitaba a todos, sin excepciones.
“Y la vanguardia, esa infantería endiablada que remató al ejército de Ibrahm, ya avanzaba a paso rápido en nuestra busca. No obstante, aún se hallaba a cierta distancia.
Otro de los embajadores intervino.
—Pero aún así, y como decía mi compañero, entre los líderes batúis y asuaros había diplomáticos de Zeihn, que discutían con los caudillos de los tribales. Comprendimos que Utraya Panis quería utilizarles para continuar la persecución de los huidos, es decir, de nosotros, sin perder ni un solo instante. Pero los del Desierto estaban tan felices por la captura y muerte del príncipe que no les importaba demorarse en festejos y agradecimientos al Profeta. O bien, querían un pago mayor por sus servicios, si es que iban a perseguirnos y luchar contra nosotros.
“Nos presentamos ante aquellas gentes con bandera blanca. Temíamos que los zeihnios nos mataran allí mismo o nos dieran tormento, visto cómo trató Ibrahm a sus embajadores. Pero no ocurrió tal cosa y, por el contrario, nos escucharon con atención.
“Les propusimos, nosotros los contingentes mercenarios hasta ahora al servicio de Paish, unirnos a ellos o mantenernos neutrales en la lucha que se iba a producir entre invasores e invadidos. Y aquellos diplomáticos zeihnios respondieron en brusco paishtio que habíamos tenido ya la oportunidad de mantenernos al margen antes de la batalla Arrostum. Que nuestros líderes formaron bajo bandera paishtia y, dado que Utraya Panis había jurado conquistar todo este país y destruir por completo a quienes alzaran una sola espada para ofenderle, nosotros estábamos condenados.
El guerrero tragó saliva y su rostro se agravó al proseguir.
—Los zeihnios nos anunciaron que irían en nuestra busca y sólo aceptarían una rendición incondicional. Había sido deseo de Utraya Panis, después del trato dado por el príncipe Ibrahm a sus diplomáticos, exterminar por completo el ejército de Arrostum. Nosotros los mercenarios, como parte de ese ejército, también hemos sido sentenciados a muerte.
Hubo silencio durante varios latidos. Skarrion apretó los labios, disgustado, y meneó la cabeza. El mensajero continuó.
—De nada sirvieron nuestras razones. Las escucharon impertérritos y a todas respondieron con negativas. La decisión de su líder estaba tomada e iban a seguirla hasta el final. Según sus palabras, podíamos rendirnos y recibir un final rápido, o bien aprestar nuestras armas y caer con honor.
“Después de aquellos parlamentos los zeihnios nos dejaron ir en paz, para transmitir a nuestros amos estas noticias. Aún así, avisaron de que la persecución ya había dado comienzo. Los líderes batúis y asuaros deseaban darnos suplicio hasta la muerte, pero los embajadores de Utraya Panis no se lo permitieron. Nos fuimos de allí antes de que pudieran cambiar de opinión.
—¡Ese Utraya Panis es un necio! —rugió Mzwele, sin poder contenerse—. Ha rechazado el servicio de quince mil hombres de armas experimentados que podrían haber marchado junto a él. Perseguirnos y combatirnos sólo le deparará grandes pérdidas entre los suyos.
Tian Carbas se pellizcaba la barbilla con el pulgar y el índice y entrecerraba los ojos, pensativo.
—No es tan estúpido. A la larga quizá le sea favorable su tozudez. Nuestro ejemplo servirá para dar a conocer que ningún ejército mercenario bajo las órdenes de sus enemigos recibirá compasión. Así, cuando el rey Halmd u otros gobernantes que sufran su ataque pidan ayuda a huestes de fortuna, éstas les rechazarán de plano desde el principio y correrán a alinearse bajo bandera zeihnia.
—Es un bastardo con mano de hierro —escupió Mzwele, enrabiado.
—Aún no estamos vencidos —señaló Skarrion. Se inclinó sobre la silla para mirarles con fuerza y sonrió, cruel—. Si ese Utraya Panis nos busca nos va a encontrar, y entonces comprobará que no somos como esos soldaditos que arrasó en Arrostum. Por lo pronto, hemos de seguir hasta Abruc. —Se dirigió hacia los tres mensajeros—. Dijisteis que los tribales aún no han emprendido persecución.
—No, general —repuso uno de aquellos jinetes con bandera blanca—. Siguen celebrando la muerte del príncipe Ibrahm. Nos dio la impresión de que los embajadores zeihnios estaban muy enfadados con ellos porque todavía no habían salido en nuestra busca. Pero de lo que no cabe duda es de que la gigantesca infantería zeihnia ya ha terminado su trabajo sangriento en Arrostum y se mueve a marchas forzadas. Creímos distinguir en la distancia a su pequeña caballería. Pero no se decidían a adelantarse para encontrarse con nuestra retaguardia. Como ya dije, sus jinetes son demasiado pocos como para hacernos daño.
—Hemos de continuar hasta Abruc —repitió Skarrion—. Sólo nos restan cuatro o cinco clepsidras para llegar a la fortaleza. Tian Carbas, Mzwele, deslomad a vuestros hombres, desolladlos a latigazos o golpes de vara, ensordecedlos a gritos. Haced lo necesario, pero conseguid que marchen aún más enérgicos.
—¡Mirad! —Tian Carbas señaló hacia el Oeste, hacia la vanguardia del contingente mercenario—. Vienen los de Abruc.
—Han tardado —se quejó Mzwele.
Llegaban, al trote rápido, cinco jinetes con el atuendo real paishtio, escoltados por varios oficiales mercenarios.
El líder del grupo, un caballero de aspecto dominante y agresivo, se dirigió hacia los tres generales mercenarios.
—¡Saludos! —fue su bienvenida—. Soy Atmán Al Fuhya, oficial mayor y gobernante de Fuerte Abruc. He recibido mensajeros que informaban sobre la batalla de Arrostum. Según me contaron, el ejército paishtio ha sido derrotado.
—Saludos, Atmán —repuso Skarrion—. En efecto, así fue. El contingente que ves es todo lo que queda de él.
El oficial respiraba con fuerza.
—¿Y el príncipe? ¿Dónde está?
—Muerto —contestó Tian Carbas—. Los hombres de Batu y Asuar le dieron caza y le asesinaron. También destruyeron los restos de la caballería y la Guardia Real.
El rostro del oficial palideció.
—¿Por qué no le protegieron los mercenarios que luchaban bajo bandera paishtia? —restalló, haciendo esfuerzos por contener toda su furia—. He sabido que los soldados de fortuna abandonaron el campo de batalla, huyendo como cobardes, provocando nuestra desventaja y por tanto la derrota.
Skarrion llevó una mano a la espada, pero se contuvo a medio camino.
—Nos juzgas de manera severa y errónea, oficial —respondió, en tono cortante—. Los primeros que escaparon fueron los caballeros paishtios.
—¡Imposible! —bramó Atmán, quien también era un caballero de Paish.
—En la retaguardia están tus propios soldados de infantería, heridos y exhaustos tras el combate —prosiguió Mzwele, alzando agresivo la barbilla—. Pregúntales a ellos si no nos crees a nosotros.
“Los zeihnios embistieron primero con una línea de carros pesados y armados con cuchillas, que cercenaban tanto a las monturas como a sus jinetes. La primera línea de caballería fue exterminada por completo y de la segunda aún pudieron contarlo unos pocos. La tercera, como te decimos, huyó para no morir de forma inútil.
El oficial, con el ceño fruncido, nervioso e incrédulo, meneó la cabeza.
—¡Falacias! ¡Los caballeros jamás han abandonado un combate! Habréis de explicarme mucho mejor lo ocurrido en el día de hoy. Sospecho que estáis enmascarando vuestra traición con un velo de mentiras.
Skarrion gritó con tal fuerza que cortó en seco la acusación del paisito.
—¡Escúchame! Nos enfrentamos ante un ejército que hace la guerra de forma desconocida. El de Ibrahm estuvo condenado desde el principio a la derrota.
“El príncipe no debió aceptar plantar combate sin conocer nada del enemigo. Fue su culpa, no la nuestra. Gracias a que escapamos aún conservamos la vida. De no haberlo hecho seríamos ahora pasto de los buitres, y entonces, ¿de qué habríamos servido al rey Halmd? ¡De nada! Por el contrario, los mercenarios y unos pocos miles de vuestros soldados estamos aún vivos y podemos tratar de contener o retrasar durante el mayor tiempo posible la oleada de invasores hasta que Halmd El Fuerte nos envíe refuerzos.
—He mandado mensajeros a la capital —repuso Atmán, sin perder su malhumor—. Las tropas de socorro llegarán en unos seis días. Será un ejército grande, capaz de hacer frente al de Utraya Panis y vencerlo.
—¿Seis días? —exclamó Tian Carbas—. ¡En seis días estaremos todos muertos! Los enemigos son más de sesenta mil. Van a pasar por encima de Abruc, arrollándolo, aunque nosotros estemos dentro. Necesitamos ayuda en tres días, a lo sumo.
—Eso deberá discutirse —espetó Atmán—. Por ahora, y vista la conducta impropia en Arrostum de los mercenarios, se les niega el paso al Fuerte Abruc.
Mzwele, el menos paciente de los tres generales de fortuna, tomó el puño de su sable.
—¡Hijo de perra! ¡No voy a permitir que nos abandones para que nos destrocen los enemigos!
—¡Acata las órdenes,
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