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Relato Ciencia Ficción: CTC
¿Cuál sería el destino preferido para unos hipotéticos turistas del tiempo?
Por Juan Miguel Aguilera

Relato Ciencia Ficción - CTC La chica recogió la bebida. Tequila con limón; un sorbo y comprobó que el licor era reposado y que estaba bastante bueno. A su alrededor la fiesta continuaba, pero ella no conocía a nadie. Al fondo, alguien que parecía tan aburrido como ella, estaba sentado solo en uno de los reservados. Se tomó medio vaso antes de decidirse a pedir otro igual al barman. Luego caminó hasta la mesa del solitario.
—¿Has probado alguna vez esto?
El hombre alzó la vista. Tendría unos treinta y cinco años y era bastante atractivo. Sonrió mientras preguntaba:
—¿Qué es?
—Tequila con limón.
Él lo probó y dijo:
—Está rico. Gracias.
—¿Molesto si me siento aquí?
—En absoluto. Por favor... —esperó a que la chica se acomodara—. Eres la nueva del departamento de historiadores, ¿no?
—Sí. Entre a trabajar en la Agencia justo el día en que se suspendieron los viajes por el tiempo. Me llamo Isabel Lucía.
—Carlos. Encantado de conocerte.
Casi todas las mujeres que había conocido últimamente se llamaban Isabel algo.
—Eres uno de los guías, ¿no?
—Así es.
—¿Tienes idea de lo que pasó? Me han contado cosas muy contradictorias.
—Yo puedo decírtelo. Era mi grupo el que se vio implicado.
Ella alzó las cejas y Carlos dio un largo trago de su copa.
—¿En serio? ¡Vaya!
El guía señaló el adorno de oro que colgaba del cuello de Isabel.
—Muy bonito.
La chica bajó la vista y sujetó la pequeña espada dorada entre sus dedos.
—¿Esto? Es muy antigua, perteneció a mi abuela —luego volvió a mirar a Carlos—. Así que tú ibas en el tour en el que sucedió todo...
—Sí. Y, ¿sabes? Tuve un presentimiento esa mañana.
—¿Un presentimiento?
—Justo cuando vi a los veinte turistas reunidos en torno a la entrada de la cueva...
——————————
—Por favor, señores, colóquense a mi alrededor, así, perfecto. El viaje que están a punto de realizar es algo que solo podrán hacer una vez en la vida, pero que van a recordar siempre. Mi nombre es Carlos Gálvez, voy a ser su guía en esta aventura. Mi misión será hacer de esta experiencia algo inolvidable para cada uno de ustedes.
Eso fue lo primero que les dije, mientras estudiaba sus rostros e intentaba adivinar sus sentimientos y emociones. ¿Sabes?, me encanta mi trabajo, disfruto de cada minuto que paso en él, porque sé lo que significa para la gente un viaje así y no intento resistirme al contagio de toda ese entusiasmo. Para ser un buen guía hay que ser bastante empático. Eso es fundamental, pues solo así puedes estar a la altura de lo que la gente espera de ti.
—Porque, señores, van a ser testigos del momento crucial de la historia de la humanidad. Van a conocer el verdadero rostro de Jesucristo, el Hijo de Dios hecho hombre, y van a ser espectadores privilegiados de su crucifixión.
Dejé pasar unos cuantos segundos de pausa dramática y añadí en un tomo más coloquial:
—Por favor, acompáñenme... Cuidado con el escalón.
Mientras hablaba, les conduje hasta el ascensor en la bocamina; una especie de gran jaula donde los viajeros se acomodaron. Se trataba del habitual grupo inclasificable. Cinco viudas ricas con edades que iban de los cuarenta a los setenta años; norteamericanas y por lo tanto grandotas, fofas, dentonas, con gafas de pasta y ropas estrafalarias. También una pareja de re-cién casados con aspecto de pertenecer a alguna familia europea de alta alcurnia. Varios empresarios cincuentones de diferentes partes del mundo, con sus respectivas esposas o secretarias. Dos hermanos egipcios de aspecto serio, tres japoneses sonrientes, un mexicano afable... y así hasta veinte personas. Al llegar al fondo de la mina, abandonamos el ascensor y caminamos por un túnel horizontal, perfectamente iluminado, que se extiende sus buenos cien metros. Por todas partes había signos de actividad, se escuchaban voces y ruidos de maquinaria funcionando.
Desembocamos en una amplia sala, una cueva artificial de forma hemisférica, con paredes toscamente talladas. Siempre hay unas ciento cincuenta personas de la Agencia del Tiempo atareadas entre toda aquella parafernalia, y la mayoría suelen ignorar a los visitantes. Algunos son científicos a los que les molesta bastante la presencia de los turistas. Pero, qué le vamos a hacer, nunca llueve a gusto de todos. El centro geométrico de la cueva es una superficie negra, redonda, mate, como un gran disco que yaciera bajo el suelo de granito. En su centro hay un agujero iluminado por un anillo de focos de tungsteno.
—Si miraran cuidadosamente, verán que el disco es un poco convexo. Se trata del casquete superior de la Geoda, una burbuja de diamante negro de un kilómetro de radio.
Murmuraron asombrados y un poco incrédulos. Siempre lo hacen. Algunos se agacharon para tocar con sus manos la superficie negro brillante.
—Los expertos me dicen que lo que aquí tenemos es un diamante carbonado. Su valor como joya es insignificante, lo digo por si alguien aquí presente quería aprovechar para ahorrarse unos euros en su anillo de bodas.
Se escucharon unas débiles risitas. Señalé hacia las casetas de madera alineadas al fondo mientras unas azafatas se acercaban a los turistas.
—Esos son los vestidores —dije—, para que puedan ataviarse según la moda de hace dos mil años. Las señoritas les atenderán en cualquier cosa que precisen.
Mientras se cambiaban, yo me quité el abrigo de piel que ocultaba la larga túnica de algodón, decorada con franjas azul pálido, que siempre llevo en los viajes a esa época. No puedo evitar sentirme un poco ridículo con ese atuendo, y siempre he pensado que hay algo en la gente de nuestra cultura que no encaja con ese tipo de ropa.
Un rato después regresaron los veinte turistas con indumentarias similares.
—Estupendo. Impresionante. Les queda perfecto —mentí.
Tomamos la escalera mecánica que descendía hacia el interior de la Geoda. No era diferente a unas escaleras del metro, solo que esta tenía casi un kilómetro de longitud. El espectáculo era impresionante. La escalera bajaba casi recta, protegida por un tubo de metacrilato para evitar accidentes. Las potentes luces que hay en sus lados iluminaban el inmenso espacio cerrado, arrancando destellos de las paredes negras y brillantes. Debajo de nosotros, una caída libre de dos kilómetros. A no ser desde un avión, uno no tiene la oportunidad de enfrentarse a algo semejante en ningún lugar de la Tierra. La Geoda es una especie de cáscara de huevo de diamante negro. En su centro, sostenido por puntales del mismo material, hay un Anillo que tiene un centenar de metros de diámetro.
—¿Quién ha construido todo esto? —preguntó un joven con perilla, bastante delgado. Se trataba de uno de los dos hermanos egipcios. Cristianos coptos.
Suelo ver a gentes de casi todas las religiones, excepto católicos practicantes, pues el Papa, en su última encíclica, ha prohibido los viajes en el tiempo a la época de Jesús.
—Esa es la gran pregunta que llevan años haciéndose los científicos —dije—. Si alguien tiene una idea, seguro que les estarán muy agradecidos. Lo cierto es que la Geoda lleva aquí desde antes de que existiera vida sobre la Tierra. Los expertos me dicen que en este tiempo debería de haber flotado hasta la superficie.
—¿Qué quiere decir con que debería de haber flotado? —preguntó una de las mujeres norteamericanas.
—Las rocas, a muy largo plazo, son plásticas. Se deforman. La Geoda, que está prácticamente hueca, debería emerger a la superficie como un balón playero en el agua. No lo hace porque su masa total es igual a la del volumen de roca que desaloja. Y eso significa que el Anillo tiene un peso de más de catorce mil millones de toneladas, concentradas en un pequeño volumen, lo que le da una densidad de algo más de trescientas mil veces la del agua.
—¿Y qué puede ser tan pesado?
—El extremo de un agujero de gusano sostenido por puntales de materia exótica. La puerta que nos va a permitir cruzar hasta el pasado...
Y añadí al cabo de un instante:
—Señores, ¡bienvenidos al Túnel del Tiempo!
La cápsula es un cilindro metálico con los extremos redondeados. Estaba situada en el interior de un impulsor de masas que apuntaba al centro del Anillo de materia exótica, un dónut que emitía una palpitante luz azulada.
—El impulsor y la cápsula los hemos construido nosotros, tras muchas pruebas y experimentos fallidos —les expliqué—. El Anillo ya estaba aquí desde... bueno, desde Dios sabe cuando.
Entramos en la cápsula por una pequeña escotilla situada en su casco. No había más aberturas, y una vez dentro los técnicos de la Agencia la cerraron y aseguraron desde el exterior.
—Por favor, ocupen sus asientos —dije—, el viaje empezará en unos minutos. Colóquense los cinturones de seguridad. Así muy bien... Estire de aquí para ajustarlo. Perfecto.
Dos filas de diez asientos con un pasillo central que recorrí comprobando que todo esta-ba en orden.
—Oiga —dijo un tipo gordo, calvo, con aspecto de empresario. Era evidente que la espectacular rubia que le acompaña no era su mujer—. ¿Por qué no hay ventanas? Yo he pagado para ver cosas, no para que me encierren en una lata de conservas sin ventanas.
El típico listillo. En todos los viajes siempre hay por lo menos uno.
—Por supuesto, caballero, y va a ver cosas inolvidables —le aseguré—, pero la cápsula necesita ser magnetizada para que el impulsor pueda catapultarnos hacia el centro del Anillo. Seremos acelerados a diez metros por segundo y, en el momento de atravesarlo, la cápsula estará sometida a mil doscientas gravedades.
Muchas cejas se alzaron en mi dirección.
—Un momento, un momento. ¿Qué quieren hacer? ¿Matarnos a todos?
Uno de los hermanos coptos se volvió hacia Listillo y dijo:
—Oiga, por qué no se tranquiliza y así podemos empezar de una vez.
—¿Qué dice? Yo no estaba hablando con usted.
Yo sonreí apaciguador.
—No hay ningún peligro —dije—. La cápsula caerá libremente hacia el centro del Anillo...

Relato Ciencia Ficción - CTC Incomprensión.
—Si uno cae libremente, es como si estuviera ingrávido, la gravedad acelera todo el cuerpo a la vez. Y lo mismo daría que cayera en la Tierra, en la Luna o sobre una estrella de neutrones. Seremos lanzados al centro por una catapulta magnética. La cuestión es que la cápsula debe estar suelta en el momento de entrar en el agujero de gusano.
Murmullos de escepticismo.
—Por favor, no tienen nada que temer, esto ha sido probado en innumerables ocasiones. Les aseguro que no hay ningún peligro.
—Será mejor que lo que vamos a ver valga el millón de euros que nos han sacado a cada uno —refunfuñó Listillo.
—No lo dude ni un instante. Eso se lo garantizo. Usted mismo recomendará este viaje a sus amigos.
—Veremos. Mucho tiene que mejorar la cosa.
Le sonreí con confianza y me dirigí hacia mi asiento, al fondo del cilindro.
El viaje comenzó un poco después. La cápsula se elevó sostenida por los anillos magnéticos del impulsor de masas. Escuchamos un zumbido que fue aumentando de tono, una cuenta atrás y... Acelerón.
Siempre es como una atracción de feria que acaba casi al instante de empezar. Los pasajeros apenas tuvieron tiempo de dar un respingo y yo les anuncié solemnemente:
—Señores, bienvenidos al año 29.
Escuché como Listillo le murmura a la rubia que “algo ha fallado”.
—No nos hemos movido de donde estábamos —dijo—. ¿A quién quieren engañar?
—¿Estás seguro, cariño?
—Claro. Ahora nos llevarán un parque temático y asunto arreglado. Les voy a meter una demanda que se van a cagar. Esto no vale los dos millones de euros que he pagado. Publicidad engañosa. Les voy a cerrar el negocio, ya verán.
Solté mi cinturón de seguridad y me dirigí hacia la escotilla para abrirla. Al pasar cerca del asiento de la más joven de las viudas, esta me hizo una señal.
—Disculpe, quería decirle que es usted muy agradable y que está haciendo muy ameno este viaje —y añadió con un susurro—: No le haga caso a ese cretino.
Me incliné hacia ella y le dije:
—Ese es mi trabajo, y le aseguro que disfruto con él.
—Pero, perdone el atrevimiento, usted antes dijo que estamos en el año 29.
—Así es.
—Pero, ¿no es eso un error? Quiero decir, siempre pensé que Nuestro Señor murió en el año 33.
—Es bastante complicado. Lo cierto es que había bastante confusión a la hora de calcular la fecha del nacimiento de Jesús. Ahora sabemos que nació en el año 9 antes de Cristo, lo que parece un contrasentido pero es la realidad.
—Es usted tan inteligente... —me dijo mirándome con ojos de cordero—. Sabe tantas cosas...
Le sonreí.
—Es mi trabajo, ya le digo.
—Todo esto es tan increíble... me siento tan excitada... ¡Ups! —La viuda enrojeció y se llevó la mano a la boca mientras sus amigas reían por lo bajo—. Quizá no es la expresión adecuada, quise decir...
—Le entiendo perfectamente. A pesar de que ya he hecho este viaje en diez ocasiones, sigue siendo tan emocionante como la primera vez.
—¿Y quién se acuerda de la primera vez? —dijo la viuda de mayor edad, y todas empezaron a reír.
Yo las dejé con su diversión y me coloqué sobre la escotilla. Hice girar los cierres y la cápsula se abrió. Una bocanada de aire polvoriento entró por el orificio. Estábamos en el siglo primero. Y es cierto que por muchos viajes que hayas hecho esto nunca deja de asombrarte. No me preguntes cómo funciona la cosa porque no sabría explicártelo. En realidad no sé si hay alguien en el mundo que pueda hacerlo correctamente. Pero funciona. La aceleración, el ángulo de entrada en el agujero de gusano, todo eso ha sido cuidadosamente calculado a base de innumerables experimentos de “prueba y error” por los científicos. Ellos lo llaman Curva Temporal Cerrada, CTC para abreviar, dicen que es como un bucle en una montaña rusa, una curva hacia atrás en el tiempo. Nuestro vehículo regresaría a su punto de partida después de haber rozado tangencialmente un momento y un lugar de nuestra historia. A su debido tiempo, las cuentas del universo reclamaría el regreso de la cápsula al siglo XXI, pero de momento allí estábamos, viviendo en una realidad desaparecida hacía dos mil años.
Coloqué la escalerilla de aluminio y descendí por ella. La cápsula había despegado unas patitas telescópicas que se hundían en la arena rojiza. El sol de la mañana arrancaba brillos por toda su superficie de aluminio que reflejaba el entorno de piedras y olivos.
—Por favor, vayan saliendo. Tenemos que camuflar la cápsula cuanto antes.
Uno a uno fueron bajaron por la escalerilla. Y todos fueron exclamando: “Ooooh”. Incluso Listillo parecía impresionado. No era para menos, nos encontrábamos cerca de la cumbre del Monte de los Olivos y desde allí se divisaba la más espectacular vista de Jerusalén.
Pero lo primero es lo primero. Pulsé un botón en el mando que guardaba en mi bolsillo, y por unas diminutas estrías repartidas por toda la superficie de la cápsula se fueron hinchando los globos de un material tornasolado. Cuando alcanzaron su tamaño total, habían cubierto por completo el cilindro de aluminio y adquirido la misma tonalidad que las piedras que nos rodea-ban. Incluso de cerca parecía una gran roca con una forma un poco extraña. Perfecto, la cápsula ya era invisible. Me volví hacia los turistas que seguían admirando la ciudad.
—Jerusalén —dije—. Es emocionante estar aquí en este momento, ¿verdad? Una ciudad sagrada para tres religiones. Habitada desde el IV milenio antes de Cristo, ha cambiado de pobladores en diversas ocasiones, a menudo mediante brutales guerras. Fíjense en esas murallas, son diferentes a las actuales, por supuesto, pero su contorno no ha variado demasiado a través de los siglos.
—¿Ese edificio es...? —empezó a preguntar uno de los hermanos coptos.
—El Templo de Jerusalén, sí.
Era un gran recinto rectangular cuya muralla estaba a unos seiscientos metros de donde nos encontrábamos. Sus lisos sillares blancos destellaban a la luz de la mañana. El efecto era bonito de verdad, casi como una antigua postal religiosa. Quise que disfrutaran de ese momento, pues mucho de lo que iban a ver a continuación los iba a desilusionar bastante.
—Parece nuevo —dijo alguien.
—Y lo es. Casi. Fue completamente reconstruido por Herodes el Grande hace menos de cincuenta años. Y eso que está pegado a él, a la derecha, es la fortaleza Antonia. Allí es donde debemos de dirigirnos inmediatamente... —miré mi reloj—. Son las ocho de la mañana del día quince de Nisán, el siete de abril en nuestra cronología. Síganme, por favor.
Empezamos a caminar en un apretado grupo y descendimos hacia el valle de Josafat.
—Jesús fue arrestado anoche por los guardias del Templo, en un lugar cercano a donde ahora nos encontramos. Entre la una de la madrugada y el amanecer, fue juzgado ante Caifás y el Sanedrín político y religioso, fue hallado culpable de blasfemia y condenado a muerte. Luego fue llevado temprano, esta misma mañana, al Pretorio de la Fortaleza Antonia, y presentado a Poncio Pilato, no como un blasfemo sino como un rey autoproclamado que rechazaría la autoridad romana. El procurador romano intentó quitarse de encima aquel problema, que le llegaba a una hora tan intempestiva, y se lo pasó a Herodes Antipas, el tetrarca de Judea. Herodes tampoco tenía al día para estos asuntos y devolvió el reo a Pilato. A las nueve de la mañana, el procurador celebrará un nuevo juicio, esta vez público. Y nosotros vamos a presenciarlo como la primera de nuestras actividades.
—¡Esto es asombroso! —exclamó Listillo completamente entregado—. ¡Asombroso!
Cruzamos el valle de Josafat y nos dirigimos en línea recta hacia la puerta oriental de la ciudad frente a la que se agolpaba la multitud que iba llegando por la fiesta de la Pascua.
—A partir de ahora debemos extremar nuestras precauciones para no llamar la atención de ningún modo —dije—. Es importante que nadie se separe a más de un par de pasos de mí. Es fácil perderse aquí y algunos de los nativos no son muy amistosos con los extranjeros.
La multitud era abrumadora y, como comprobé de inmediato al escuchar hablar en inglés a mi lado, no toda pertenecía a aquella época. Era difícil avanzar entre la marea imparable de peregrinos. Más que caminar, fuimos arrastrados a través de la puerta de la muralla por un caudal de humanidad que no paraba de incrementarse. Olor corporal, sollozos, la humedad de ropas sudadas, aromas de perfumes antiguos, voces de súplica, presión de los cuerpos. Era muy agobiante.
—¡Cogeros de las manos! —grité—. ¡Que nadie se aleje del grupo!
La mezcla de olores iba de lo extraño a lo repugnante y nos envolvía. De pronto parecía que desapareciera la presión de los cuerpos para volver después con más intensidad. Empujones desesperados de hombres que querían proteger a sus mujeres de la tempestad de cuerpos.
—Voy a vomitar —escuché decir a una de las viudas.
Finalmente estábamos dentro. Pero la cosa no había mejorado mucho, la calle de Jerusalén estaba atestada. Miré el reloj y verifiqué que se nos estaba haciendo tarde. A mi alrededor, varias personas desconocidas, hicieron el mismo gesto consultando sus relojes de pulsera. Yo sabía que diez versiones de mí estaban en algún lado en medio de toda esa gente. ¿Me daba miedo encontrarme conmigo mismo? La verdad es que no, tarde o temprano eso tenía que suceder, y había hablado con otros guías que ya habían pasado por la experiencia. “Lo mejor es ignorarlo y mirar hacia otro lado”, decían. Lo que sí empezaba a preocuparme era toda aquella multitud. En cada viaje había aumentado de una forma exponencial. Pronto aquella ciudad no podría contener a más viajeros del tiempo y habría que tomar medidas.
Había otra persona del grupo que compartía mi preocupación.
—¿No temen que la presencia de toda esta gente acabe por alterar la historia?
Era el copto de la perilla. Medité un momento antes de responderle, mientras seguíamos caminando por aquella calle atestada en dirección a la fortaleza Antonia.
Le di la respuesta tranquilizadora que siempre dan los expertos de la Agencia.
—Oh, eso no es posible. La Conjetura De la Protección De la Cronología de Stephen Hawking, predice que las paradojas temporales son imposibles. El Universo, simplemente, evitaría que la máquina del tiempo funcionase si se iba a producir una paradoja

Relato Ciencia Ficción - CTC Me miró escéptico.
—¿Está seguro de eso?
—Completamente seguro. Lo dijo Stephen Hawking.
Solo conseguimos llegar a un par de calles de la fortaleza Antonina. La muchedumbre taponaba perfectamente el paso y nos impidió ir más allá. De nada sirvieron mis ruegos ni mis empujones, el camino estaba bloqueado. Me sentía furioso, pero compuse una sonrisa y me volví hacia los turistas.
—Bueno —dije mirando mi reloj—, en estos momentos, Jesucristo comparece por se-gunda vez ante Pilatos en lo que va de mañana. El procurador pedirá a la gente que elija entre liberar a Jesús o a Barrabás, y...
—Oiga —dijo Listillo—, que yo he venido a verlo, no a que me lo cuente usted.
—Sí —dije mordiéndome los labios—, pero ya ve... No hay forma de pasar.
—¿Ya a mí qué me importa? Yo quiero ver como Pilatos se lava las manos y todo eso.
Todo el mundo pregunta: “¿Cuándo se va a lavar las manos? En realidad Pilatos nunca hizo esto para desentenderse de la muerte de Jesús, pues esa es una costumbre judía y no romana, pero yo no tenía ganas de discutir con aquel tipo.
—Escuchen, les propongo algo... No estaba previsto en su viaje, pero asumo que la Agencia se debe hacer responsable de este contratiempo...
—Yo quiero ver a Pilatos —dijo enrojeciendo un poco—. A Susan le hace ilusión y yo le he prometido que vería a Pilatos lavarse las manos.
Al parecer, Susan era la rubia que le acompañaba.
—Por favor —le supliqué—, escuche primero lo que voy a ofrecerle...
—No me va a hacer cambiar de opinión —dijo él, muy terco.
—Mire —le dije—, ha surgido un imprevisto, eso hay que aceptarlo. A partir de este punto tenemos dos caminos posibles; podemos empeñarnos en una discusión que no va a conducirnos a ningún resultado positivo para ninguno de nosotros, o podemos buscar alternativas que nos satisfagan a todos. La Agencia no permite que nadie, excepto nosotros los guías, realice más de un viaje en el tiempo a una misma época. Esa es una norma inviolable y significa que, pase lo que pase, esta es su única oportunidad de estar aquí. Les propongo que aprovechemos el momento y que dejemos los conflictos para cuando estemos de regreso.
—¿Y qué nos propone? —preguntó el mexicano.
Me volví hacia el resto del grupo.
—¿Se han fijado que todos llevan una bolsita con algunas monedas colgada del cinto?... Sí, eso es. No forma parte del disfraz, son tres sestercios de verdad. Suficientes para cambiar en el templo por siclos y comprar una paloma para el sacrificio...
—No intente engañarnos —dijo Listillo—, eso formaba parte de las actividades pro-gramadas. Así lo decía en el folleto que nos dieron.
—Por supuesto, señor —dije—, pero lo que no estaba previsto es irnos de compras al Templo. Hay cosas verdaderamente interesantes, como telas de Damasco, tinte púrpura de Tiro, y auténticas astillas del árbol del que salió la cruz que hoy va a llevar Jesús. Como compensación por este... mmm... imprevisto, la Agencia corre a cargo de los gastos.
—Sí, sí —dijo Susan entusiasmada—. Necesito llevar algunos regalos.
Pregunté a los demás:
—¿Están de acuerdo?
—Sí. En cualquier caso no hay forma de llegar a al juicio —dijo uno de los japoneses.
Todos estaban conformes, de modo que me volví hacia Listillo.
—¿Qué piensa usted?
Al tipo no le gustaba dar su brazo a torcer, pero la rubia tironeaba de su manga y dijo:
—De acuerdo, de acuerdo. Pero a ver si se acaban ya los imprevistos.
Desandamos el camino y nos dirigimos al Templo. Por una larga escalera de mármol, situada frente a la fachada sur, pasamos al Atrio de los Gentiles, que estaba también rebosante de gente. Cambistas, vendedores de palomas y corderos para el sacrificio, mendigos, leprosos, mutilados, sacamuelas... Todo muy sucio, desteñido y polvoriento. El ambiente estaba más cerca de Pasolini que de Cecil B. De Mille, lo que provocó varios comentarios despectivos o desilusionados de mi grupo. Lo que es bastante habitual, ¡como si la Agencia fuera responsable de la falta de higiene en el pasado! Recuerdo que hubo un tipo que en una ocasión tuvo la idea de “maquillar” la realidad para hacerla más aceptable para el turismo. Repartir ropa nueva entre la gente de Jerusalén, enviar equipos de limpieza para que adecentaran un poco la ciudad, recoger a la gente de aspecto más miserable para que su visión no deprimiera a los visitantes del futuro... Afortunadamente, la idea no prosperó.
Llegamos frente al puesto de Simón Mago. Un cajón de madera con cuatro palos que sujetaban un toldo, pero que estaba tan repleto de mercancías que Simón apenas era visible tras las telas colgadas, los collares y los amuletos.
—Hola Simón —le dije exhibiendo mi tarjeta Visa—. Vamos a comprar algunas cosas.
—Por supuesto, rabbí, habéis venido al sitio adecuado. Simón os atenderá bien.
Mientras decía esto, hizo una reverencia y luego besó ceremoniosamente la tarjeta que yo sostenía en mi mano. Simón era un tipo bajito y gordo, con unos diminutos ojillos bizcos. Había sido captado por la Agencia y era un buen elemento. Natural de Samaria, era aficionado a la magia y no había resultado difícil convencerle de que los viajeros en el tiempo eran seres milagrosos. Su labor era importante ante cualquier imprevisto, pues por las características ma-temáticas del viaje en el tiempo ningún crononauta podía permanece más de cuarenta horas en el pasado. De modo que todos hicieron sus compras. Lo que Simón no tenía en su puesto, lo buscó rápidamente en los tenderetes de otros vendedores. Luego pasó mi tarjera por la maquini-ta manual que le habían entregado en la Agencia y me la devolvió junto con un calco de la operación. Consulté mi reloj. Eran las once y media de la mañana.
—Bueno —dije mientras me guardaba el resguardo en un bolsillo—. Jesús morirá en la cruz a la hora nona... a las tres de la tarde, aproximadamente. Propongo que intentemos estar en el Gólgota temprano, antes del mediodía, para evitar que nos pase como en el juicio...
—¡Ja! —era el listillo —. Ya solo nos faltaría eso.
Era un paseo. El lugar donde Jesús iba a ser crucificado estaba al norte de la ciudad, a unos seiscientos metros frente a la Puerta de Damasco. Pero si pensaba que al llegar pronto íbamos a coger un buen sitio, me equivoqué por completo. El monte ya estaba abarrotado. Desde el lugar en el que pudimos situarnos tras muchos sudores y empujones, ni siquiera se veía el estípite, que ya debía de estar clavado en el pedregoso suelo del Gólgota.
—Esto no puede ser —musité descorazonado.
—Vaya, ¡estupendo! —la voz de Listillo no podía faltar en un momento así—. ¿Dónde nos deja esto, eh? Desde aquí no vamos a ver una mierda.
Le ignoré y seguí intentando abrirme paso entre la multitud.
—Por favor, dejen pasar —dije, repitiendo en arameo y en griego.
—Eh, tranquilo —me respondió alguien en español—. Que a todos nos gustaría estar delante. ¡No empuje, hombre!
Me volví hacia mi grupo que estaba pegado a mi espalda. La mirada de ira de Listillo y el desconcierto del resto. Cerré los ojos, respiré hondo, e intenté tranquilizarme.
—¿De dónde sale tanta gente? —me preguntó el recién casado.
—Eso quisiera yo saber —dije.
Pero, en realidad, hacía meses que muchos guías ya nos estábamos temiendo que esto iba a suceder tarde o temprano. La Agencia debería de haberlo previsto hacía mucho. La crucifixión de Cristo era uno de los grandes momentos históricos y el destino de mayor éxito de la Agencia. Pero Jerusalén era un lugar limitado en el espacio, y el momento justo de la crucifixión un instante muy determinado del tiempo. Era inevitable que aquel momento y aquel lugar quedaran pronto saturados. Pero mi problema inmediato eran mis turistas. Ellos habían pagado por aquel viaje y se había consumido una gran cantidad de energía para lanzarlos hacia atrás en el tiempo. Por supuesto, la Agencia tiene seguros y no habría ningún problema en devolverles parte o todo el importe de su viaje, ese no era asunto mío. Pero no todo es una cuestión de dinero, esta gente también había puesto mucha ilusión en el viaje. Como mínimo lo habían esperado durante meses, y yo me sentía obligado a hacer todo lo posible para que disfrutaran de él.
Pero, ¿qué podía hacer en ese momento? La cosa tenía muy mal aspecto, y probablemente ni siquiera Jesús podría llegar hasta el lugar de su crucifixión. Quizá esta tendría que suspenderse o hacerse en otro lugar, porque sobre el Gólgota no quedaba ni un palmo de suelo libre de turistas donde pudiera plantarse una cruz. En eso me equivoqué, porque no había contado con lo tercos que pueden ser los legionarios romanos. A ellos les habían ordenado que crucificaran al judío en lo alto de aquel monte y así se iba a hacer. Y también pueden ser muy persuasivos. Se escuchó un griterío y vi que la gente se apartaba a toda velocidad, abriéndose hacia los lados. Miramos hacia allí y vimos a un centurión que se abría paso golpeando sin miramientos a los turistas con el mango de su pilum. Estos le gritaban indignados, pero se quitaban rápidamente de su camino para evitar recibir más golpes.
Nosotros tuvimos suerte, porque iban a pasar justo por donde estábamos. Me hice un poco hacia atrás y le grité a mi grupo que permaneciera unido junto a mí. Entonces hubo una exclamación de sorpresa porque Jesús apareció cargando con un tablón bastante grueso. Las voces también fueron (una vez más) de decepción, pues el aspecto físico del Jesús histórico tenía muy poco que ver con las imágenes representadas por los artistas a lo largo de los siglos.
—Ese pobre hombre no puede ser Nuestro Señor Jesucristo —dijo una de las viudas.
—Le aseguro que sí lo es —le respondí.
El galileo que teníamos enfrente lucía una larga barba entrecana que le llegaba hasta el pecho y su pelo empezaba a ralear sobre su cráneo. Su boca mostraba los huecos de varias pie-zas dentales que había perdido.
—Es demasiado viejo —insistió la viuda.
Era el viejo problema de la edad de Jesús. Mateo sólo dice que “nació en los días del rey Herodes” y Lucas dice que empezó su labor cuando tenía unos treinta años. Y este “unos” se tomó al pie de la letra, pero Herodes el Grande murió en el año 4 a.C., por lo que Jesús debió nacer antes de esa fecha. Viéndole era posible calcular que su edad andaba más cerca de los cuarenta. Un carpintero de Galilea que en su madurez ha dejado atrás su antigua vida y ha elegi-do el camino de la religión. Pero había algo que lo hacía muy especial.
—Fíjense en sus ojos —le señalé.
Sus ojos eran los de un Mesías, no había duda. Estaban llenos de fuerza y decisión ante el cruel destino que le aguardaba. Mirándolos uno olvidaba pronto los detalles secundarios como las canas o la calvicie, y comprendía que aquel no era un hombre común. Era impresionante verle avanzar cargando el patíbulum sobre sus hombros, con la corona de espinas y el rico manto manchado con su sangre. Conmovidas al fin, las viudas se pusieron de rodillas y empezaron a rezar. Mucha más gente lo hizo entre la multitud que nos rodeaba.

Relato Ciencia Ficción - CTC También se escucharon muchos “clik, clik” de centenares de cámaras fotográficas al ser disparadas. Eran unas maquinas de pequeño tamaño y de plástico biodegradable que entregábamos a los turistas. En caso de que alguien perdiera su cámara no había problema, porque esta desaparecería por completo al cabo de un par de años. También eran bastante silenciosas, pero al ser disparadas centenares de ellas a la vez era inevitable que se produjera aquel sonido. Los legionarios que rodeaban a Jesús alzaron la vista atónitos, e incluso el propio Galileo se detuvo un instante y miró a un lado y a otro sin comprender qué estaba pasando.
Y entonces sucedió algo terrible. Como en una pesadilla vi como Listillo salía del grupo y caminaba con paso decidido hacia Jesús y los legionarios. La rubia clavó una rodilla en tierra y enfocó con su cámara mientras Listillo apoyaba una mano en el pesado tablón que cargaba Jesús, el patíbulum. En un momento vi el desastre que se venía encima y me sentí incapaz de hacer nada por evitarlo. El centurión tras observar perplejo a aquel individuo durante un par de segundos, echó mano a la empuñadura de su espada y empezó a desnudar su hoja. Listillo esta-ba loco e iba a ser un cadáver en un par de segundos. No tenía ni idea de cómo la gastaban los legionarios en aquella época y el poco valor que le daban a una vida humana. Listillo era un hombre rico del siglo XXI, con sus derechos bien aprendidos e incapaz de comprender que aquel centurión le podía partir en dos de un machetazo sin que eso le causara ningún problema legal ni emocional.
Sabiendo que me jugaba la vida por aquel imbécil, corrí hacia ellos agitando los brazos.
—¡No, no! —grité—. ¡Deténganse!
Vi como el centurión se giraba hacia mí y descubría por completo la hoja corta y ancha de su espada.
—¡Eh! —me increpó Listillo—. Apártese, que me va a estropear la foto.
El centurión, con una severa expresión de fastidio, dio un paso hacia mí.
—¿Qué se cree que está haciendo? —le dije a Listillo—. Esta gente no son guardias de discoteca...
—Quítese de en medio, estú...
Sin detenerme, llegué a su altura y le descargué un tremendo puñetazo en la mandíbula. Listillo se vino abajo y yo le sujeté por la pechera de su túnica para que no cayera al suelo. Empecé a arrastrarlo para alejarnos de allí lo antes posible, mientras él balbuceaba insultos con la boca llena de sangre. El peligro no había pasado porque el centurión seguía caminando hacia nosotros.
—Tranquilo —le dije en mi mejor latín—. No pasa nada. Ya está todo solucionado. No hay ningún problema. Todo bien.
El romano se detuvo y contempló durante un rato como yo arrastraba a Listillo y me fundía de nuevo con la muchedumbre. Luego decidió que había perdido demasiado tiempo con aquel asunto, enfundó su arma y le ordenó a Jesús que siguiera caminando.
Listillo empezaba a recuperarse bajo los cuidados de su rubia acompañante. Me miró con rencor y dijo:
—Va a lamentar esto. Usted no sabe con quien se la ha jugado.
Lo ignoré. Finalmente, Jesús y el grupo de legionarios habían alcanzado la cumbre del Gólgota. El centurión apartaba a puntapiés a los turistas, para despejar la zona donde iba a realizarse la crucifixión. Pero empezó a gritar lleno de rabia y volvió a desenfundar su espada. El poste donde se iba a colgar el patíbulum, el estípite, había sido destrozado por los turistas. Con navajas, con las uñas, yo que sé como, le habían ido arrancando trozos a la madera, hasta dejarlo reducido a una viga astillada e inservible, que parecía haber sido atacada por una marabunta de termitas. Incluso le habían arrancado el sedile, que sin duda estaría a buen recaudo como souvenir oculto bajo las ropas de alguno de los presentes. El centurión estaba loco de ira. Caminó de un lado a otro, agitando su espada en el aire, y por un momento temí que iba a liarse a machetazos con todos los presentes. Pero, milagrosamente se controló. Se acercó a un joven legionario y le dio una rápida orden. El muchacho partió a la carrera.
El centurión hizo que Jesús descargara el patíbulum y se sentó sobre él. Todos esperamos a ver qué pasaba a continuación. De vez en cuando sonaban los disparos de las cámaras fotográficas, pero ya nadie se atrevió a acercarse mucho a los legionarios. Estaban verdaderamente atónito por todo aquello. No había más que ver sus caras de incredulidad mientras giraban la cabeza de un lado a otro, asombrados por aquella multitud. Aquella era una crucifixión rutinaria, de un oscuro profeta judío, ¿qué explicación podía haber para que toda aquella gente se hubiera congregado precisamente en aquel lugar?
Al cabo de un rato, regresó el joven legionario acompañado por dos mozos de una carpintería que cargaban un nuevo estípite. El centurión se puso en pie de nuevo, se sacudió el polvo de las manos, y ordenó que prosiguiera la ceremonia. Un murmullo de expectación acompañó a sus palabras. Quitaron el viejo y destrozado y colocaron el nuevo en su lugar. Los carpinteros lo aseguraron al suelo con unas cuñas. A diferencia de la popular imagen de la crucifixión en la que Jesús parece clavado a gran altura sobre una espectacular cruz, lo que teníamos delante resultaba bastante modesto. El estípite era una simple viga de madera, tan baja que para que los pies del crucificado no tocaran el suelo tendrían que doblarle las rodillas. Pero lo primero era fijar con cuerdas y clavos los brazos del condenado al patíbulum. Luego este sería colgado del estípite para formar la famosa “T”.
Jesús fue tumbado junto al patíbulum y sus brazos extendidos, pero no tensos, sobre él. Mientras un legionario sujetaba su brazo, el otro sacó un martillo y unos clavos de más de quince centímetros de longitud, y buscó en su muñeca el espacio entre las dos hileras de huesos car-pales. Alzó el martillo y se dispuso a asestar el golpe.
Y sonó un estampido.
El martillo se quedó en lo alto, inmóvil durante un par de segundos.
Un agujero perfecto había aparecido de pronto en mitad de la frente del legionario.
Un instante después se derrumbó de lado, tieso como un palo.
Dicen que hay días en los que lo mejor es no levantarse de la cama. Yo no tenía ya ninguna duda de que este era uno de esos días, porque aquello había sido un disparo, y había partido precisamente desde mi grupo.
El tiempo parecía haberse detenido tras la caída del legionario. Nadie se movía, nadie reaccionaba, hasta que Jesús se incorporó y miró a su alrededor con una expresión de sorpresa que resumía lo que estaban sintiendo todos los presentes. Entonces los dos hermanos coptos salieron de mi grupo y corrieron juntos hacia la cumbre del Gólgota. Llevaban unas pistolas ametralladoras en sus manos. Los legionarios reaccionaron al fin y se lanzaron contra ellos con sus armas desenvainadas. Con un gran estruendo, los dos coptos abrieron fuego.
Un par de romanos cayeron al suelo atravesados por las balas mientras el de la perilla se acercaba a Jesús y lo cargaba sobre su hombro. El centurión se lanzó contra él y el egipcio le descargó una ráfaga a quemarropa. Los dos hermanos giraron sin dejar de disparar, sus ametralladoras sonaban como una enorme tela al rasgarse, y en un instante todos los legionarios romanos estaban muertos. Los egipcios no dispararon directamente hacía la muchedumbre, pero algunos viajeros del tiempo fueron alcanzados por balas perdidas. Otros resultaron aplastados cuando se produjo el pánico y la gente empezó a huir es todas las direcciones, intentando alejarse lo más rápido posible del lugar.
El de la perilla disparó entonces su arma al aire y gritó:
—¡Allahu Akbar!
Luego, los dos hermanos corrieron y se llevaron al Galileo con ellos.
Yo noté que las piernas se me doblaban, y me senté en el suelo para no caer. A mi alrededor una escena espeluznante: los maderos de la cruz de Jesús abandonados y varios cadáveres esparcidos sobre el pedregoso suelo del Gólgota. Mi grupo había desaparecido, dispersado entre la multitud que corría aterrorizada. Sin duda que era el peor día de mi vida.
El equipo de seguridad llegó tres horas después, y mi desconcierto había dado paso a la indignación.
—¿Cómo es posible que esos tipos metieran esas armas en la Agencia? ¡Eran pistolas ametralladoras, joder! ¡Imagino que habrá alguna forma de detectar esas cosas!
El jefe de seguridad de la Agencia del Tiempo había viajado en persona. Su nombre era Denhan y apenas había hablado un par de veces con él antes de ese momento. Pelo cortado a cepillo, mandíbula cuadrada y aires militares; no era el tipo de persona con la que suelo relacionarme en circunstancias normales.
—Fueron ayudados desde el interior —dijo mirándome desde detrás de sus gafas de sol—. La Agencia está infestada de traidores. Lo que no entiendo es qué pretenden esos coptos.
Suspiré.
—No eran coptos. Eran musulmanes, quizá palestinos. Uno de ellos dijo Allahu Akbar, que significa: “Dios es el Más Grande”.
—Estupendo, ahora tenemos a terroristas palestinos viajando por el tiempo. ¿Tiene idea de por qué han raptado a Jesucristo? ¿Cree que pensarán pedir un rescate por él?
¿Cómo había conseguido aquel tipo su puesto de jefe de seguridad? De repente todo parecía deshilacharse a mi alrededor; las cosas en las que había confiado durante tanto tiempo demostraban estar en manos de tontos incompetentes.
—Eso es asunto suyo —le dije—. Lo que a mí me preocupa es encontrar a mi grupo. Dentro de seis horas la máquina del tiempo regresará y morirán si no están dentro de ella.
—Tranquilícese. Vamos a localizarlos a todos de inmediato.
—Es de noche.
—Tanto mejor. Así los romanos no harán nada hasta que amanezca. Eso nos deja un buen margen para movernos a nuestro aire.
—¿Cómo van a encontrar a mi grupo? Cuando se produjo el pánico todo el mundo co-rrió en todas direcciones. No conocen este lugar y andarán perdidos en la oscuridad. Deben de estar aterrorizados.
—No somos estúpidos. Mientras son vacunados contra las enfermedades del pasado, todos los viajeros se tragan una cápsula con un pequeño chip en su interior. Eso nos permitirá localizarlos rápidamente a todos, incluso a los terroristas.
Un par de horas después, el Monte de los Olivos era un hervidero de gente. Ocultas por aquí y por allá había centenares de cápsulas del tiempo y los grupos de turistas, conducidos por los guardias de la Agencia, se iban reuniendo poco a poco junto a ellas. Me sentí algo más relajado cuando vi llegar uno a uno a todos los de mi grupo, excepto los dos musulmanes. Cuando se cumple el tiempo de permanencia en el pasado, el bucle temporal nos arrastra de nuevo hacia el presente, pero si te alcanza ese momento estando fuera de la cápsula, es la muerte. Todos estaban muy asustados y Listillo parecía asustado y furioso. Demasiado para seguir lanzándome más amenazas, simplemente se limitó a mirarme con odio.
Las viudas habían estado llorando, y la más joven se acercó a mí.

Relato Ciencia Ficción - CTC —Es horrible —dijo—. ¿Cómo puede alguien hacer algo tan horrible? ¿Cree que le habrán hecho algún daño a Nuestro Señor Jesucristo?
Pensé que era precisamente los romanos los que pensaban hacerle daño y que los dos musulmanes lo habían rescatado de una muerte horrible. Alterando de paso la historia de una forma que yo era incapaz de imaginar.
—Está controlado —le dije—. No se preocupe. Vamos a localizar y detener a esos te-rroristas antes de que causen más estragos.
—¿Y qué harán con Nuestro Señor cuando lo encuentren?
Era una buena pregunta. ¿Qué haríamos? ¿Entregarlo a los romanos para que consumaran la crucifixión? Parecía horrible, pero no teníamos otra opción. Quizá así se podría paliar el daño producido al continuum temporal.
—Estos hombres son muy profesionales —le respondí—. Ellos sabrán qué hacer.
Ojalá pudiera tener tanta seguridad como la que me esforzaba en aparentar.
Los globos de camuflaje se deshincharon, y los turistas fueron subiendo de nuevo a bordo de la cápsula del tiempo. Era el lugar más seguro para esperar el regreso.
—Usted puede ir con ellos —me dijo Denhan—. Ahora esto es cosa nuestra.
—Terroristas o no, esos dos hombres que siguen ahí fuera formaban parte de mi grupo. Quiero asegurarme que suban a bordo de la cápsula.
—Es peligroso. Nosotros tenemos más margen de tiempo, pero usted...
—Lo sé.
—Como quiera —dijo Denhan encogiéndose de hombros.
—¿Saben ya dónde están?
—En algún lugar de Jirbat Qumrad.
—Eso está cuatro horas de camino de aquí. No hay tiempo de ir y regresar antes de que parta la cápsula del tiempo.
—No vamos a ir andando.
Cuatro guardias de la Agencia salieron del interior de una de las cápsulas del tiempo. Cargaban con un pesado bulto cubierto por una lona. Se trataba de un todoterreno reducido a las cuatro ruedas, un motor y una plataforma que sujetaba los asientos. Un vehículo semejante al coche eléctrico que se usó en la Luna. Denhan se puso frente al volante y me hizo un gesto.
—¿Viene?
Me acomodé a su lado y tras nosotros se colocaron, bastante apretados, cuatro guardias armados con fusiles automáticos. Nos pusimos en marcha y nos encaminamos hacia el Este. Denhan llevaba un localizador que enganchó a un lado del volante. En la pantallita verde dos puntos señalaban la posición de los terroristas. Uno de los puntos permanecía inmóvil. El otro se estaba alejando del primero y se dirigía hacia nosotros. El vehículo saltaba a toda velocidad sobre las piedras y yo me sujetaba lo más fuerte que podía al entramado de barras de fibra de monocarbono, delgadas como un lápiz pero tan duras como el acero, que formaban su chasis. No había luna y la oscuridad era total, pero tampoco teníamos tiempo para contemplar el paisa-je. Los focos del vehículo trazaban un estrecho sendero amarillento frente a nosotros.
Tras dos horas de camino, interceptamos al musulmán de la perilla. Caminaba solo por el desierto, iluminándose con una pequeña linterna cuyas baterías parecían estar casi descargadas. Los guardias de la Agencia le apuntaron con sus armas y le ordenaron que arrojara la suya al suelo. Él obedeció y luego levantó las manos.
Su verdadero nombre era Ozmán. Mientras era esposado, Denhan le preguntó por su cómplice.
—Está muerto —dijo.
—¿Muerto?
—Sí.
—¿Por qué?
—Intentó disparar contra Isa —respondió tranquilamente Ozmán.
—¿Isa?
—Se refiere a Jesús —dije.
—¿Qué coño ha pasado? —le preguntó Denhan.
El musulmán nos contó como él y su compañero Ahmed habían huido hacia el desierto cargando a Jesús con ellos. Buscaron refugio en una cueva del Qumrad.
—Isa al Masih parecía bastante desconcertado por todo lo que estaba ocurriendo —dijo Ozmán—. Nosotros le hablamos del Corán, y del Profeta Muhammad, que vendría después de él. Ahmed le dijo con vehemencia que los judíos eran nuestros enemigos, que habían invadido nuestra tierra y promovido los viajes en el tiempo en colaboración con el Gran Shaytán ameri-cano para hacer ver que el Sagrado Corán se equivoca.
Efectivamente, consideré, de las tres religiones del Libro, la más perjudicada por los viajes a la época de Jesús era la musulmana. Los viajes en el tiempo no habían demostrado si Jesús era o no el Mesías, pero sí que había muerto en la cruz, en clara contradicción con lo que se afirmaba en el Corán.
—¿Y qué pasó a continuación? —pregunté.
—Isa sacudió la cabeza —dijo Ozmán—. Parecía asombrado por todo lo que le estaba escuchando. Nos preguntó si éramos enemigos de los judíos. Ahmed le respondió que así era. Dios había concertado un pacto con los Hijos de Israel, pero ellos lo habían violado y Él les había maldecido. Por ese motivo había sido enviado él, Isa al Masih, no para el sacrificio de su sangre, sino para de salvación por virtud de sus enseñanzas, para despertar las mentes dormidas y ablandar las almas endurecidas. Para reinstaurar la verdadera religión de Dios y retornar a sus Revelaciones que habían sido malinterpretadas por los judíos.
»Pero Isa levantó una mano y dijo:
»—Hay un detalle que pareces olvidar. Yo soy judío, y no he sido enviado sino a las ovejas perdidas de la casa de Israel. ¿Le quitaríais vosotros el pan a vuestros hijos para arrojárselo a los perros? He enviado a mis discípulos a predicar mi doctrina, pero les dejé bien claro que no debían ir a las ciudades de los gentiles.
»La discusión continuó así durante un buen rato hasta que Ahmed perdió la paciencia. Se enfureció y apuntó a Isa con su arma. Yo no podía consentir que el Masih fuera asesinado ante mis ojos, y no tuve más remedio que dispararle. ¡Que Alá me perdone!
—¿Dónde está ahora Jesús? —le pregunté.
—Le dejé ir y marchó para reunirse con los suyos. Me dijo que había una comunidad de monjes cercana que le conocían. Se ocultaría entre ellos hasta que pasara todo el revuelo y los romanos dejaran de buscarle. Luego regresaría para seguir predicando a los hijos de Israel. Me dijo que iba a tener buen cuidado de poner su pensamiento por escrito, para que no fuera malinterpretado por las generaciones venideras —me miró fijamente—. Yo no entiendo nada, ni creo que ningún hombre pueda entenderlo, pero de lo que sí estoy seguro es de que esa máquina del tiempo es un regalo de Shaytán para confundir a los justos.
Los guardias de la Agencia del Tiempo se llevaron a Ozmán en una cápsula que partía inmediatamente. Yo regresé al siglo XXI en el plazo previsto, junto al resto de mi grupo.
Y abandoné la Geoda convencido de que me iba a enfrentar a un universo completamente alterado.
Pero no fue así. Todo seguía igual. Bueno, casi todo; pero las diferencias eran solo pequeños detalles. Ahora, en vez de la cruz, las iglesias están rematadas por una espada. El Bautismo es el principal sacramento y los fieles, en lugar de dibujar una cruz sobre el pecho, se llevan el pulgar al cuello y trazan un arco de izquierda a derecha. Pero en lo básico es exacta-mente la misma religión. Ha existido la Inquisición y las guerras en nombre de la fe, pero también las maravillosas obras de arte promovidas por la devoción religiosa. Aunque en este mundo el protagonista es Juan el Bautista y no Jesús el Mesías.
——————
Isabel Lucía miraba asombrada a Carlos. La fiesta había ido decayendo y estaban prácticamente solos en el local.
Ella dijo:
—Lo que me has contado es...
—Asombroso. Sí, ya lo sé. Es más extraño para mí, créeme.
—He leído algunas cosas sobre ese Jesús. Fue un profeta judío menor. Ni siquiera es citado por Josefo, pero dejó algunos escritos con sus doctrinas. Al parecer creó una secta judía similar a la de los fariseos, pero con el anuncio de un inminente fin del Mundo. Cuando los romanos destruyeron el Templo de Jerusalén se disgregaron y desaparecieron. Me resulta difícil creer que llegaran a tener tanta importancia en ese mundo que recuerdas.
—Pues la tuvieron, te lo aseguro. Tanto como ahora los bautistas. Pero la verdadera clave, el elemento importante de ambas religiones, fue un hombre llamado Saulo de Tarso. En mi historia él se enfrentó a los discípulos de Cristo, a Pedro y a Santiago, a todos los que habían conocido realmente a Jesús, y contraviniendo sus órdenes se dedicó a predicar entre los gentiles, renunció a la circuncisión y a los estrictos ritos del judaísmo. Él moldeó una religión revolucionaria, llena de vitalidad, capaz de llenar el hueco dejado en el Imperio por los dioses romanos en los que ya nadie creía. Una religión para los gentiles, en clara contradicción con las palabras del propio Jesús reflejadas por los evangelistas Mateo y Marcos. Y con un entusiasmo a prueba de cualquier desaliento, se dedicó a extenderla por todo el mundo conocido. Puedo imaginar lo sucedido en la historia que se generó a partir del punto de ruptura que provocaron los terroristas. Saulo se entrevistó con Jesús y no hubo entendimiento entre ellos. Un profeta muerto como Juan Bautista era algo más dúctil que uno vivo y decidido a refutarle.
—Pero... —dijo la chica con una expresión preocupada—. Si lo que dices es cierto, eso significa que la Conjetura De la Protección De la Cronología de Stephen Hawking es errónea.
—Así es. Los cambios en la historia, aunque menores, son posibles, y es difícil imaginar el alcance de esto. ¿Qué pasaría si alguien decidiera asesinar a Saulo de Tarso? Eso sí que sería un colapso para todo nuestro mundo.
—Pero Hawking no puede equivocarse…
—Sí, esa es la fe de nuestros días. Aquello que dicen algunos científicos y que nadie discute, pero yo he comprobado que el mundo cambia y que nada es tan real como aparenta...
Carlos miró un calendario que estaba situada tras la barra de bar, y luego bajó la vista hacia los camareros que recogían las mesas y empezaban a barrer.
—Escucha —dijo—, mañana mismo se reanudan los viajes en el tiempo. Los expertos han concluido que no hay peligro, pero yo no les creo. Mañana mismo podrías desaparecer tú, o yo, o los dos a la vez...
—Que cosa tan tétrica —le respondió ella con una sonrisa—. ¿Qué es lo que intentas decirme?
—Verás —Carlos se rascó la barbilla—, me he vuelto un poco cínico con todo esto, pero también he aprendido a valorar el momento, el presente. Me encanta charlar contigo, y los camareros están esperando que salgamos para poder limpiar a gusto. ¿Qué te parece si me acompañas hasta mi casa y seguimos allí nuestra conversación?
Ella le miró con sospecha.
—Todo lo que me has contado no será un truco para llevarme a tu casa, ¿verdad?
Carlos sonrió y poco después salieron los dos juntos del local.
Empezaba a amanecer.

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Aurora Bitzine revista de fantasía y ciencia ficción a 1 de septiembre del 2006