Los inmensos ojos azules del niño se abrieron.
Estrellas brillantes en el firmamento, como pastillas de sacarina flotando en una inmensa taza de café. Edificios acariciando con antenas desproporcionadas nubes grises que presagian tormenta, como hormigas contrahechas orientándose entre volutas de humo de un cigarrillo.
Los ojos parpadearon varias veces y su boca, una fina línea rosada, se abrió permitiendo un bostezo.
Luces ambarinas procedente de farolas marchitas riegan de luz un arcén deforestado. Bolsas de basura –un caleidoscopio de restos de comida china, latas de refrescos y periódicos de días pasados– forman el refugio de ratas huidizas. Un perro famélico aúlla a la noche como un lobo perdido al borde de un acantilado.
El niño despertó.
El rumor de un vehículo pesado se pierde más allá de las primeras casas. Oye gritos procedentes de un edificio lejano, voces distorsionadas por la distancia. Siente en sus fosas nasales el hedor procedente de las bolsas de basura. No sabe qué hace en aquel lugar, sentado en el suelo de un callejón oscuro, rodeado por altas paredes grises de entrañas rojizas quebradas y cercas de alambre de espino ensartadas en los barrotes de las terrazas. Agua sucia procedente de una cañería rota forma oscuros charcos entre las heridas del pavimento. El niño se incorpora, apoyando una mano de dedos frágiles en la piel de la pared. Los ladrillos rezuman una sustancia gelatinosa, ambarina, que queda adherida a sus dedos como aceite espeso.
—Permanezcan en el interior de sus domicilios durante el toque de queda, por favor —recita una voz metálica, vagamente femenina.
El chico localiza el altavoz a unos dos metros sobre su cabeza, junto a una escalera de incendios cubierta por la herrumbre. No recuerda cuánto tiempo ha transcurrido desde que la voz calla hasta que ve el altavoz. Le ocurre con frecuencia, lapsos de tiempo que se pierden mientras contempla lo que le rodea ensimismado. Ellos no lo entienden. Ellos no ven la materia oscura. Aparta un mechón de pelo rubio de su rostro, que cae al suelo como si no le perteneciera. Sus grandes ojos azules lo ven hundirse lentamente en el arcén, fundiéndose con el entorno.
—Así termina todo —susurra, esbozando una sonrisa.
Le quedan pocos dientes sanos, la mayoría carcomidos por la enfermedad y la radioterapia. Los doctores han tratado de salvar la mayoría, pero el niño sabe que poco a poco terminará por perderlos todos. Como su pelo. Una sirena desgarra el aire a pocas manzanas. A los pocos segundos otra la responde con idéntico fervor. Y otra. Y otra más. Una cacofonía que dura exactamente dos minutos y cincuenta y tres segundos, un tiempo que el niño pierde observando la materia oscura deslizarse a su alrededor.
—Permanezcan en el interior de sus domicilios durante el toque de queda, por favor —repite la voz—. Si son localizados en el exterior durante el toque de queda, permanezcan inmóviles hasta que un agente se acerque a ustedes y muéstrenle su tarjeta de identificación.
Después, el silencio. El susurro del viento recorriendo las calles. El zumbido monocorde de los altavoces. El suave murmullo de su respiración agitada. El niño se cubre con cartones, una cama improvisada durante muchas noches en diferentes lugares, y se queda dormido.
La noche. Por la noche ocurrían cosas terribles. Cuando vinieron a por sus padres el sol hacía tiempo que se había ocultado, y en la televisión sólo recibían estática. Los monitores de control estaban activados, y las cámaras realizaban la ronda nocturna con su habitual desinterés. Su padre tamborileaba con los dedos sobre la mesa, inquieto, sin apartar la vista de la cámara que le enfocaba.
—¿Nunca dejan de grabar? —preguntó el niño.
Oyó el rumor del agua deslizándose por el desagüe. Su madre fregaba los platos en la cocina, absorta en sus propios pensamientos. Su antaño largo pelo rubio se reducía ahora a unas desordenadas briznas de paja aquí y allá.
—Nunca —respondió el hombre.
—¿Por qué lo hacen? Quiero decir, ¿por qué nos graban? ¿Hemos hecho algo malo? —inquirió el chico.
La mujer apareció en el umbral, secándose las manos en el delantal. Sus grandes ojos verdes inspeccionaron discretamente la cámara de vídeo antes de pronunciar palabra.
—Es hora de acostarse. Vamos, a la cama.
—Pero mamá...
—Nada de peros. Mañana ya tendrás tiempo de hablar con tu padre. Ahora, a la cama —gruñó su madre.
—Sí, mama.
Estaba equivocada. Aquella noche fue la última vez que vio a sus padres.
El ronroneo de un motor aproximándose le despierta de nuevo. Mira a todos lados buscando algún lugar donde ocultarse, y decide internarse en el callejón, entre los cubos de basura y los charcos de agua sucia.
—No tengo miedo —susurra.
El suelo encharcado se deshace bajo sus pies. El chico cree estar caminando sobre una espesa capa de barro fresco que no soportará su peso, arrastrándole a las profundidades de la tierra. Mientras se interna en la callejuela el hedor va en aumento. Algo indeterminado, apenas una sombra mal esbozada, corretea entre sus piernas y se pierde entre las bolsas de basura con un gruñido exasperado.
El vehículo se detiene frente al callejón. Es inmenso, más alto que un hombre y repleto de luces como las casetas de feria que su padre le mostraba en las películas antiguas. Un haz de luz procedente de una de las torretas superiores, emplazadas sobre una estructura móvil, invade la oscuridad.
—Nos esconderemos de los buscadores, evitaremos a los rastreadores —murmura el niño, una letanía aprendida de los manipuladores.
Oculto tras unas cajas de cartón los ojos del niño parpadean, inquietos. Una voz murmura una maldición entrecortada. Otra le responde, apremiante. El haz de luz barre las paredes y el suelo mientras pasos ahogados se aproximan hacia su escondite. El niño respira con dificultad y los latidos de su corazón le martillean las sienes. La materia oscura a su alrededor tiembla.
—No puede andar muy lejos —murmura una voz.
El tono metálico, carente de sentimiento, le recuerda al niño el susurro del vapor cuando escapa de la cafetera. Los pasos se detienen a escasos centímetros de su improvisado escondrijo. El niño puede ver las botas de uno de los buscadores tan cerca que los detalles se vuelven imprecisos. Sus ropas blancas brillan en la oscuridad como una luciérnaga. El hombre da un paso, y el niño descubre el rifle en una de sus manos.
—Estará asustado, no lo olvides. En ese estado son muy peligrosos.
—Ya.
—Presta atención al entorno, a los cambios. Toda la materia es sensible a sus acciones.
—Lo sé, lo sé. No tienes que recordármelo todos los días.
—Silencio.
Un ruido. Al principio el niño cree que se trata de la respiración agitada de aquellos hombres. Después siente un roce a su espalda, y se le erizan los pelos de la nuca. Un escalofrío recorre su cuerpo.
—¿No has oído...? —susurra una voz inidentificable.
EL niño tiembla como una brizna de hierba bajo un huracán. Algo exhala el aliento sobre su hombro y se escabulle entre las bolsas de basura. El hedor animal que despide le provoca arcadas. Aterrado, oye como las bolsas son desgarradas en una especie de ataque de rabia. Gime.
—Escucha...
Las luces de las linternas buscan entre las cajas de cartón. Las armas están amartilladas. A lo lejos se pierde el rumor de un automóvil. Una voz de mujer increpa con violencia a su marido en alguna parte. Hace más frío.
—Creo que lo he visto...
Y entonces la criatura, lanzando un bufido de rabia, se abalanza sobre uno de los hombres. El niño oye gritos, maldiciones. Las armas disparan su carga mortal con un sonido seco y atronador. El callejón se ilumina como una feria de fuegos artificiales, para quedar sumido en la oscuridad al instante siguiente.
—¿Daniel?
—¡Estoy bien, estoy bien! ¡Maldito hijo de puta! ¡Casi me rasga el traje! ¡Cabrón!
De pronto la luz de la linterna enfoca directamente al niño, que ha abandonado su improvisado escondrijo. A sus pies descansa el cuerpo del animal, acribillado. El niño acaricia suavemente el pelo de la criatura, enmarañado y cubierto de sangre.
Un gato.
Sólo era un gato.
—Quieto, maldito seas —dice un hombre, apuntando con su arma al niño.
—Daniel, por el amor de Dios, es sólo un niño —dice el otro.
—¿Sólo un niño? ¿Y dónde está su traje antimateria? Es un jodido manipulador.
El niño alza la mirada y sus grandes ojos azules miran con dureza a los dos hombres. No hay miedo en ellos. Sólo rabia.
Rabia.
—¿Daniel? —dice el otro hombre, y entonces el niño sonríe.
La materia oscura se contorsiona, forma un rostro. Los hombres gritan, disparan sus armas contra el niño. Ya es demasiado tarde. La materia oscura ha tomado forma, un enorme gato negro trazado en el aire por las torpes manos de un artista ciego. Se abalanza sobre ellos, desgarrando, mordiendo, atravesando sus trajes como si fueran de papel, arrancando tiras de piel, triturando huesos. Los hombres suplican, gritan, lloran, mueren. Cuando todo termina, el gato se desvanece. El niño permanece de pie, observando, recordando las palabras de su padre.
—La materia oscura es una autopista de una sola dirección, y circula a través de nuestro mundo sin ser detectada por nada ni por nadie, excepto por nosotros. Si queremos sobrevivir, debemos aprender a manipularla.
El niño sonríe. Su padre se sentiría orgulloso. Sale a la calle. Las luces de las torretas bailan sobre su rostro. Sabe que antes o después le cogerán, como a los otros. Su existencia supone un peligro para los demás, un riesgo que ellos no quieren correr. No le importa.
Si vienen a por él, les estará esperando.
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