El psiquiatra gira el sillón en el sentido de las agujas del reloj, lo frena anclando los pies en la mesa y luego describe una vuelta inversa. El asiento giratorio es la única concesión a la modernidad en su despacho. Coloca sobre la mesa de nogal el reloj de bolsillo, enrollando con cuidado la leontina de plata, y toma unas notas en la agenda de tapas de cuero, complacido en el rugoso rasgueo de la estilográfica sobre el papel crema. Las estanterías están pobladas por volúmenes que huelen a piel y un poco a polilla, alineados como soldados prusianos; los libros, si por ellos fuera, se dejarían crecer bigotes decimonónicos. Está cayendo la tarde. Al filtrarse entre las cortinas, la luz adquiere una calidad apergaminada que hace que se sienta como un personaje victoriano refugiado en una fotografía en sepia. Aquel arcaicismo freudiano no es gratuito; lo que pretende el psiquiatra es relajar al paciente y conquistar su confianza. Él opina que lo que somos y lo que parecemos es casi lo mismo.
El psiquiatra ha escrito el nombre del próximo paciente. Señor Todman. Debajo ha apuntado primera sesión. Hace años compró unos manuales de caligrafía y practicó varios tipos de letra, hasta que se decantó por una cursiva de aire añejo, como esas notas que a veces se esconden entre las hojas de los libros familiares.
El psiquiatra pulsa un botón bajo el tablero de la mesa, para que la señorita Urquijo sepa que ya puede hacer pasar al señor Todman. No llega a oír el timbre, pero unos segundos después unos nudillos llaman a la puerta.
-Pase.
La puerta rechina al abrirse. La figura del visitante se recorta contra el rectángulo de luz grisácea que viene del recibidor. Es un hombre de unos cincuenta años. Viste una chaqueta gris y pantalones de azul taxista con una raya de planchado dibujada sobre otra más antigua. Es delgado, mediano tirando a bajo, sin rasgos que salten a la vista en una primera inspección. El psiquiatra rodea el escritorio y se acerca al señor Todman para estrecharle la mano. Al hacerlo inclina la palma hacia el suelo, para torcer un poco la muñeca de su interlocutor y demostrar que es el macho dominante. El tacto del paciente es seco, algo caliente, pero la fuerza y duración de su apretón pueden etiquetarse de normales.
-Siéntese, por favor.
El sillón de los pacientes no está forrado en cuero, sino en fieltro, y no puede girar. Todman se sienta como si todo él fuera una camisa recién almidonada. Sus manos están sobre los apoyabrazos; no puede decirse que engarfiadas, pero tampoco el verbo “descansar” sería oportuno para aquellos dedos dispuestos a saltar como las patitas de un gorrión. Su espalda, tiesa, ni siquiera busca el respaldo.
El psiquiatra le hace algunas preguntas al señor Todman y anota sus respuestas: nombre, trabajo, otros datos personales. La señorita Urquijo ya debe de haberle hecho la ficha, pero es una manera de romper el hielo y de que ambos se acostumbren a escuchar la voz del otro.
Por cierto, que hay algo extraño en la voz del señor Todman. A ratos habla demasiado alto y a ratos susurra para el cuello de su camisa. El psiquiatra comprueba su profesión: trabaja en una taquilla de metro. En los últimos tiempos, esa tarea se ha vuelto tan automatizada y ermitaña que no le extraña que el señor Todman pase horas sin cruzar con los demás más que monosílabos y casi haya olvidado a modular su voz.
Sin embargo, también le ha dicho que está casado y tiene hijos.
-¿Puede contarme qué le pasa, señor Todman?
El paciente agacha la mirada, cruza y descruza los tobillos como si tejiera calceta con ellos. El psiquiatra tiene que aguzar el oído para distinguir sus palabras.
-A veces oigo voces que me hablan. Pero no hay nadie.
El psiquiatra apoya los codos sobre el escritorio y forma un triángulo con los dedos. Se asoma sobre el vértice de aquel triángulo. El gesto le ayuda a concentrarse, y hace que los pacientes se sientan más atendidos.
-Hábleme de esas voces.
-Oigo gente que me habla en mi casa, y también en la calle.
-¿Son susurros? ¿Le dicen algo?
-Me dicen muchas cosas. Me piden la hora, me preguntan dónde está tal calle, me piden perdón cuando tropiezan conmigo.
-¿Una voz le pide perdón por tropezarse con usted, pero usted no ve a nadie?
-Bueno, a veces sí veo a alguien. Pero sé que no está ahí.
Las voces que suenan dentro de la cabeza son un síntoma muy habitual. Pero toparse con un transeúnte por la acera y saber que no existe, eso es harina de otro costal. El caso sugiere cierto interés.
-Dice que también le ocurre en su casa...
-En casa oigo mi nombre en un rincón, y miro y no hay nadie. O estoy en la cocina y escucho cómo discuten en el salón, pero cuando voy está vacío. Cuando estoy en la cama me hablan... Me habla mi mujer.
-Su... mujer.
-Sí. Me dice que he dejado una puerta abierta, o que no he tapado la pasta de dientes.
-Bueno, ésas son cosas que nos dicen siempre las esposas.
-Sí, pero es que la mía está muerta. Como todos.
El psiquiatra se echa atrás, sorprendido.
-¿Como todos? ¿Quiénes son todos?
-Pues todos son todos... La gente.
El señor Todman ha respondido algo irritado, como si hablara de un hecho de conocimiento público.
-Perdone si insisto demasiado. Pero es necesario que entienda bien sus palabras si he de ayudarle. Ha dicho usted que todos están muertos. Vuelvo a preguntarle: ¿a qué se refiere con todos?
Al principio, cuando confesó que oía voces inexistentes, el señor Todman sonó tímido. Pero ahora es rotundo.
-Todo el mundo está muerto.
-¿Dónde?
-En todas parte. ¿Por qué me pregunta eso?
El psiquiatra recoge hilo despacio, dejando que el delirio de su paciente salga coleando de las profundidades como un hermoso salmón.
-Perdone, señor Todman, pero a mí no me resulta tan evidente. Antes de entrar ha hablado usted con mi secretaria, la señorita Urquijo. ¿No es así?
El señor Todman asiente sin parpadear.
-Y ahora está usted hablando conmigo.
El señor Todman vuelve a asentir con la barbilla. Si no parpadea pronto, se le van a llenar los ojos de lágrimas.
-Eso hace un total de tres personas vivas: usted, la señorita Urquijo y yo.
El señor Todman se queda pensando un rato. Por fin, parpadea y habla.
-Por eso he venido aquí. Porque hablo con gente que no existe.
-¿Como la señorita Urquijo y yo, por ejemplo?
-Sí. Bueno, yo...
El psiquiatra ha captado el non sequitur en la lógica del señor Todman, pero en vez de destrozarla decide orientar sus preguntas en otra dirección.
-Veamos. Cuando dice que todos están muertos, ¿se refiere a la humanidad en su conjunto?
-Ajá.
-¿O sea, que toda la humanidad está muerta... menos usted?
-Ajá.
-¿Podría explicarme cómo se ha producido una… catástrofe de tal magnitud?
El señor Todman niega con la cabeza.
-¿Por qué no?
-Porque no ha quedado nadie vivo para poder explicármelo. Así que no se lo puedo explicar a usted.
-Pero sin duda sabrá cuándo sucedió aquello...
-Fue el 31 de diciembre.
El psiquiatra apunta Milenarismo. Le gusta cómo le han quedado las volutas de las emes.
-Me había tocado quedarme a trabajar en Nochevieja. Me llevé una tele a la taquilla del metro, y estaba viendo las campanadas de la Puerta del Sol cuando a las doce en punto la pantalla se quedó azul. Pensé que habría sido alguna interferencia, o un problema en Torrespaña, pero la tele no volvió ni en un minuto ni en cinco ni en media hora.
-Ajá.
-Luego llamé por teléfono a mi casa, para felicitarles el Año Nuevo a mi mujer y a mis hijas. Pero no me lo cogieron.
-En Nochevieja suelen saturarse las líneas.
-No, no, no había saturación de líneas. El teléfono daba la señal perfectamente, rin, rin, rin… pero nadie lo cogía. Llamé a mi madre, y luego a la central, por curiosidad, y me pasó lo mismo. Mi turno se terminaba ya, pero Félix, el compañero que tenía que reemplazarme, no aparecía por ninguna parte. Como no había nadie por allí, salí de la cabina y la cerré, y me bajé al andén. Había un tren parado con las puertas abiertas. Estaba vacío, cosa que no me extrañó mucho a esas horas, pero no hacía ni amago de moverse. Me acerqué a la máquina y miré a través del cristal. El conductor estaba tirado sobre el volante. Aporreé el cristal para llamarle, pero no me contestó. Entonces entré y vi que… estaba muerto.
-¿Qué le había pasado?
-No lo sé. No respiraba ni tenía pulso, pero no noté nada más.
-¿No tenía sangre, o pústulas, o erupciones en la piel? Si se hubiera tratado de un ataque bacteriológico masivo se apreciaría algún signo externo.
El señor Todman le mira con gesto suspicaz, pero el psiquiatra ha disfrazado la sorna de sus palabras con un tono opaco.
-No se le veía nada raro. Era como si se le hubiera parado el corazón, y punto.
-Como si lo hubieran desconectado…
-¡Eso es!
-¿Y qué hizo usted?
-Me largué de la estación y salí a la calle.
-¿No se le ocurrió volver a la taquilla y pedir ayuda?
-Estaba muerto de miedo. No quería seguir allí abajo. Cuando salí eran ya las doce y media, pero no se veía un alma, ni se movía un solo coche. A esa hora, ya sabe, la gente empieza a ir a las fiestas de Nochevieja y se dedican a tirar petardos y a tocar el claxon y esas cosas…
-Ajá.
-Pero no había nadie, nadie. La calle estaba desierta. Así que cogí el coche, que siempre lo aparco cerca de la boca del metro, y me fui a casa. Por el camino estuve buscando emisoras de radio y no encontré ninguna. Los semáforos sí que funcionaban y los escaparates tenían luces, pero no había ningún otro coche andando por la calle. Me encontré un autobús atravesado y casi me di un golpe con él, pero lo rodeé y seguí, sin mirar más.
-Temía usted que el conductor estuviera…
-Yo sólo quería llegar a mi casa. Cuando aparqué el coche y corrí al portal, me animé un poco, porque había luces en varias ventanas. Pero cuando abrí la puerta…
-¿Qué vio? -pregunta el psiquiatra, conteniendo el aliento a su pesar.
-Estaban allí, mi mujer, mi hija la soltera, la otra casada, mi yerno… Todos muertos.
Se habrían atragantado con las uvas, piensa el psiquiatra, pero se guarda muy bien de decirlo; para el señor Todman todo aquello es muy serio. Tiene los ojos empañados y le tiembla la voz. Sufrimos por dentro en respuesta a lo que recibimos del exterior, se recuerda el psiquiatra, y aunque las señales externas sean erróneas, el sufrimiento no por ello deja de ser intenso.
-Siga, por favor.
-Traté de despertarlos uno por uno, con agua, dándoles palmadas, sacudiéndo-los… Pero estaban muertos, muertos, mi pobre Rosa, y Elena y Ruth… Salí al descansillo y llamé a los vecinos, pero no me contestó nadie. Yo tenía la llave de Pedro, el vecino del tercero B, así que abrí su puerta. También estaba toda la familia sentada alrededor de la mesa, con las uvas ya peladas en los platos… y los seis muertos.
Cada vez más atropellado, el señor Todman sigue explicando su peregrinación, primero por los demás pisos, luego por la calle, buscando a alguien que pueda explicarle lo que ha pasado, o que por lo menos esté vivo. En las gasolineras, los 7-Eleven, los bares que aún estaban abiertos no vio más que muertos, todos ellos caídos donde el azar los hubiera sorprendido, sin ningún signo de violencia, como si una aspiradora les hubiera absorbido las almas. Así lo dice el señor Todman: una aspiradora que absorbe almas.
Su lenguaje corporal informa al psiquiatra de que el señor Todman cree en todo lo que está contando, y además su relato añade detalles concretos de lugares, nombres, momentos. El delirio es completo y coherente, y lo hace más creíble que el propio señor Todman no tenga explicación ninguna: no se ha inventado una plaga, un experimento bacteriológico o una bomba de neutrones, ni les echa la culpa a los americanos. No ha construido teorías delirantes, sólo sufre una percepción delirante. Se limita a narrarle cómo cruzó Madrid de punta a punta, y cómo al día siguiente tomó el coche para viajar a Aranjuez, y luego a Toledo, y en todas partes vio cadáveres y más cadáveres. Miles y miles, cientos de miles: todos, todo el mundo muerto.
-Al final me mudé a una casa apartada, en un terreno a veinte kilómetros de Madrid, porque en la ciudad los cadáveres se estaban pudriendo y no podía aguantar el olor. Allí tengo un pozo, y de vez en cuando voy a algún hipermercado y me llevo un montón de conservas, y la gasolina tampoco me falta por ahora. No creo que empiece a tener problemas hasta dentro de un año o dos, pero…
El psiquiatra ha mirado su reloj, casi sin darse cuenta. Por alguna razón, el relato del señor Todman ha dejado de apasionarle y se le está haciendo tedioso como una tarde de domingo. Además, son ya casi las nueve, y tiene que irse a casa a cenar.
-Perdón, señor Todman. Espero que comprenda que me cueste un tanto aceptar su historia, sobre todo porque me considero perfectamente vivo. Usted cree que su problema es que oye voces que no existen y ve a personas que ya están muertas.
-Sí, eso es.
-Se lo diré para que empiece a planteárselo como hipótesis. ¿Y si el problema no es que usted oiga y vea a personas que no existen, sino que NO oye NI ve a las personas que lo rodean y que SÍ existen? ¿Y si el problema es que se equivoca al creerse el único superviviente sobre la Tierra?
-¡Es que soy el único superviviente! Por eso me estoy volviendo loco, porque llevo meses solo, y no tengo nadie con quién hablar. Seguro que usted también perdería la chaveta, como yo.
El psiquiatra se impacienta. Cuando contesta al señor Todman, lo hace sin inflexiones.
-Si yo no existo… si estoy muerto, ¿para qué ha venido a hablar conmigo?
El señor Todman abre unos ojos como platos y se levanta tan de repente que tira patas arriba el sillón de patas de metal.
-¡Ya me ha vuelto a pasar! ¡Ya me ha vuelto a pasar!
El señor Todman se da la vuelta y sale del despacho corriendo, sin mirar atrás. La puerta retiembla a su espalda. El psiquiatra se queda unos instantes sin saber qué pensar. Es evidente que en su trabajo ha visto cosas muy raras e inquietantes, pero no es habitual que los pacientes abandonen de estampía su consulta. Examinando sus propias emociones, se siente más irritado que confuso, porque sospecha que el señor Todman le ha hecho perder el tiempo y que su caso no es más que una broma pesada o una apuesta de mal gusto.
El psiquiatra guarda la agenda en el maletín, se mete el reloj en el bolsillo, coloca el sillón que el señor Todman ha tirado. Lo hace todo a conciencia, meticuloso, como si contara hasta cien o hasta mil. Cuando sale del despacho, la señorita Urquijo ya se ha ido. No es raro que se marche después de admitir al último paciente: el psiquiatra cree recordar que le dio permiso para ello hace algún tiempo. Quizás debería retirárselo, piensa, un tanto incómodo con aquellas libertades que se toma su secretaria.
El psiquiatra echa la llave de la consulta y llama al ascensor. No funciona. Suele ocurrir. Es un modelo antiguo y lo mejor que podrían hacer con él es dejar de repararlo por piezas y cambiarlo entero. Mientras baja las escaleras hasta el garaje, canturrea entre dientes. Suele hacerlo para calmarse cuando está enojado por algo, como es el caso. Pero cuando arranca el coche ya ha recapacitado. La visita del señor Todman no ha sido ninguna broma. El hombre está enfermo de verdad, y muy asustado. Como médico, su misión es ayudar a los pacientes, así que al día siguiente le dirá a la señorita Urquijo que trate de ponerse en contacto con el señor Todman. Hay medicamentos muy eficaces contra ese tipo de psicosis.
El psiquiatra conduce de vuelta a su casa disfrutando del silencioso motor del BMW. La M-30 está vacía, así que el psiquiatra aprovecha para pisar el acelerador como si hubiera entrado en una pista de carreras. La noche es clara y los faros de su coche son potentes. Después toma la salida de la A-3 y se desvía hacia el este. Por encima del cerro que marca el horizonte acaba de salir la Luna, redonda y amarillenta. Con su luz casi es bastante para conducir.
Unos minutos después llega a la urbanización. Está tranquila. El aire es desapacible, así que nadie pasea por las calles. Además, se compraron el chalet allí por eso, porque era un sitio muy tranquilo y querían huir del bullicio de Madrid.
El psiquiatra aparca el BMW en la cochera y sube la escalerita que lleva al recibidor. Sin dejar de pensar en el señor Todman, entra en la cocina, abre el frigorífico, saca una cerveza que no está demasiado fría y se la toma con una lata de calamares con salsa americana y unos colines que le saben rancios. Ni siquiera enciende la televisión, porque sigue dándole vueltas al delirio paranoide del señor Todman. Cuando termina su frugal cena, va al comedor. Las luces están apagadas. Últimamente su mujer, Sara, se acuesta pronto. La habitación de su hijo está entreabierta. Entra un momento para darle las buenas noches, pero no lo encuentra allí. Raúl ya tiene dieciséis años y suele quedarse a estudiar y a dormir en casa de su amigo Carlos, así que no le extraña que su dormitorio esté vacío. Es un buen muchacho y aunque aproveche para echarse un cigarrillo con Carlos o ver una revista de mujeres desnudas, ¿quién no lo ha hecho?
El psiquiatra vuelve al comedor, se sienta en su sillón favorito, coge el libro que hay sobre la mesita de cristal y se dispone a leer un poco. Pero no llega a encender la lámpara, porque de pronto se da cuenta de lo cansado que está. Le ha invadido una extraña fatiga, como si la consulta con el señor Todman le hubiera vampirizado las fuerzas, que a esa hora del día ya son escasas. Lo mejor será que se acueste ya y cierre los ojos, ahora que el sueño parece cercano. A veces se demora y, cuando quiere darse cuenta, el sueño se ha escapado de la jaula y él se pasa horas dando vueltas en la cama y haciéndose un nudo con las sábanas. Menos mal que Sara es una santa y nunca dice nada.
El psiquiatra se abotona el pijama, deja las gafas en la mesilla y, sin encender la luz para no molestar a su mujer, se acuesta. Durante un momento piensa en despertarla y contarle el curioso caso del señor Todman. Fíjate qué ocurrencia: cree que es el único hombre vivo, que está solo en el mundo, como en aquella película de Charlton Heston.
Pero el psiquiatra se gira y le da la espalda al lugar de la cama donde siempre ha dormido su mujer. Para qué va a molestarla ahora. Ya se lo contará mañana.
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