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Relato Fantástico: La Caza (XIV)
Entradilla: Reddrick trata de olvidar la amargura tras su conversación con Ci’Elara. Caricias prohibidas en lo más oscuro de un granero, acalladas por el susurro de la lluvia que se desata sobre Lob
Por David Mateo Escudero

Relato Fantástico - La Caza (XIV) Cuando Reddrick se aproximó, ella pudo percibir su respiración acompasada, el olor a tierra húmeda que desprendía sus ropas, la aureola cálida que envolvía su cuerpo. No pudo evitar que toda la fascinación que sentía hacia el elfo se convirtiera en un pinchazo agudo que llegó hasta su vientre y escarbó sus entrañas como una llama latente, sedienta de despertar sensaciones y deseos que nunca antes Mina había experimentado.
Los ojos de Reddrick, almendrados y azules, brillaban en la oscuridad del granero: fascinantes como los de los elfos, fogosos e impetuosos como los de los hombres. Inevitablemente, estiró el brazo y rozó su mejilla, humedeciéndose las yemas de los dedos con las gotas de lluvia que todavía impregnaban su mejilla. Tenía barba de dos días, algo impensable en el aspecto pulcro de los elfos.
—La amáis —preguntó Mina con voz entrecortada.
Él se tendió sobre ella y las manos de la mujer profundizaron en sus ropas, buscando desesperada el contacto con un pecho robusto y bien definido.
—Olvídate de ella —se limitó a responder Reddrick.
Las piernas de la muchacha se abrieron, permitiendo que el mestizo se deslizara como una sierpe entre ellas. El cuerpo de Mina clamó de deseo ante el envite de unas caderas fuertes, huesudas, dominantes. Algo entre sus ingles quemaba como una ascua recién sacada del fuego; era un escozor tan intenso que la impulsó a bajarse las calzas y dejar que el roce al que la sometía el elfo se volviera más profundo.
Las manos expertas de Reddrick descendieron hasta su cintura y acariciaron su pubis. Era la primera vez que alguien la tocaba ahí, así que ese fuego que ya calcinaba todo su vientre se convirtió en un torbellino de lava que se expandió hasta su garganta y la hizo gemir de forma entrecortada.
La respiración de la mujer espoleó la lujuria del elfo, instigando sus dedos curiosos hasta el anaquel donde Mina había guardado celosamente su virtud y que, aquella noche lluviosa, presa de un arrebato irracional, estaba dispuesta a entregarla a un desconocido sin el menor pudor.

Relato Fantástico - La Caza (XIV) —¿A ella también la tocáis así? —Los ojos de Mina se llenaron de lágrimas.
Reddrick se estremeció al sentir su aliento contra el rostro, mezclado con el olor íntimo que arrancaban sus dedos.
—He tocado a muchas mujeres y la tibieza de cada una perdura en mi interior como los distintos olores que trae consigo la nueva mañana.
Mina se abrazó con fuerza a su espalda y su vientre onduló cada vez que sus dedos la penetraban, acariciando lugares de su cuerpo que ni tan siquiera tenía constancia de que existían; aun así cada rozadura, cada pellizco, cada caricia despertaba un clamor de sensaciones en ella que la hacía gritar de placer.
Ella misma fue despojándolo de la ropa, arrancándole las prendas con manos ansiosas. Sin embargo, antes de que pudiera desnudarlo del todo, él demostró una vez más su maña y la dejó en cueros, de tal forma que sus cuerpos se fundieron entre la paja, amo dominante y sirvienta entregada, mezclándose con la oscuridad que emanaba de los rincones.
—¿A cuántas mujeres has amado, mestizo? —jadeó ella, buscando los ojos de su amante. Sus mejillas se arrebolaron al encontrarse con el elfo: su belleza era ingente y turbadora a la vez.
—Más de las que puedas imaginar jamás.
Mina se disponía a decir algo más, pero acabó mordiéndose los labios y cualquier palabra que pudiera pronunciar se ahogó por un gemido de dolor cuando él la penetró, rompiendo el himen que salvaguardaba su pureza. Una gota de sangre, un calambre punzante y el placer la cauterizó por dentro, impulsando sus piernas alrededor de la cintura del hombre y presionando con los tobillos para sentir su duricia dentro, muy dentro.
Sobre ellos, la lluvia seguía tamborileando sobre el tejado, acompasada, furtiva, trayendo consigo el recuerdo sigiloso de una aldea que dormía ajena a los horrores que se expandían más allá de la muralla. Las paredes del cobertizo acallaban los gemidos de la pareja, convirtiéndolos en un susurro apagado que acababa muriendo con la tormenta.
Lejos de allí, bajo el claro de luna que asomaba entre las nubes, una elfa lloraba su desdicha y se maldecía a sí misma por haber amado una vez a un mestizo sin sentimientos.

Contiuará...
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Aurora Bitzine revista de fantasía y ciencia ficción a 1 de agosto del 2006