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Relato Ciencia Ficción: Infierno (y III)
Por fin la misión llegó al terrible planeta Infierno, que hace honor a su tétrico nombre. Pero tan infernal como unas condiciones adversas, pueden llegar a ser las malas compañías.
Por Fernando García Díez

Relato Ciencia Ficción - Infierno (y III) SEIS
—¡En marcha!.
Todos saltamos de las literas. SHelena y Miguel Arcángel se hicieron cargo del control de vehículo.
Enseguida se pusieron en contacto con el piloto de la nave auxiliar y con L'Aurora. En una jerga que me era muy familiar confirmaron el aterrizaje, sin más novedad que una ligera desviación sobre el lugar previsto de antemano. Caronte quiso saber a qué se debía, así como nuestra posición exacta, requerimientos que fueron al instante transmitidos por SHelena. Aunque la voz del piloto nos llegaba lejana y distorsionada por la electrónica, le oímos hablar de la acción de los paracaídas y de turbulencias. (En mi fuero interno le disculpé; sabía que la atmósfera de Infierno, más opaca y densa que la de cualquier otro planeta del Sistema, podía engañar a un novato confiado). A continuación nos proporcionó nuestra nueva posición. Esencialmente no había cambiado gran cosa: seguíamos en el mismísimo centro de ningún sitio, muy cerca del asentamiento abandonado de Paraíso, y no sabíamos cuán lejos de nuestro objetivo. Luego oímos al piloto dar las órdenes para la salida del vivac.
—¡Pantallas iluminadas! —informó Miguel
Arcángel— Veo la rampa de tu nave abriéndose en mi monitor.
—¡Correcto! ¡Rampa bajada! ¡Salgan y aléjense no menos de cincuenta metros de la nave! De lo contrario podrían sentir mucho calor ahí dentro cuando despegue.
—Entendido, nave. Aunque no creo que el calor pueda traspasar esta chapa.
—¡No les recomiendo hacer la prueba!
—Descuide, nave. ¡Ahí vamos!
El vivac se puso en marcha. Tuve que sujetarme, porque la salida por la rampa fue algo alocada. Miguel Arcángel era el tipo de conductor que hubiera recomendado gustoso a mi peor enemigo.
—Nave, estamos en posición —informó cuando concluyó la maniobra.
—¡Correcto, vivac! ¡Les deseo buena suerte y espero verles de regreso muy pronto.
Mientras la nave despegaba, SHelena y Miguel Arcángel abandonaron el puesto de control y regresaron al habitáculo.
—Vamos a corregir nuestra posición en los terminales. ¡Conéctenlos!
Todos procedimos a conectar nuestros terminales a la toma ubicada junto a cada litera.
Caronte estableció la conexión desde el suyo e introdujo los datos. Observé los cambios en mi pantalla.
—¿Es posible que el satélite nos proporcione imágenes de la zona?
—Estoy en ello.
Poco después observamos la secuencia de aproximación de las imágenes que llegaban del satélite. Allí estaba nuestro vehículo, tal como se veía desde la órbita. Las imágenes llegaban con interferencias y muy dificultosas por las turbulencias habituales en Infierno.
—Pídale que nos abra el campo —sugerí— Que abarque una zona de unos quince cuadrantes centrada en el vivac.
Caronte manipuló en su terminal y enseguida tuve lo que había pedido. Ahora el vivac era solo un punto oscuro, apenas perceptible en el centro de la pantalla. A su alrededor, la desolación más absoluta.
—Se ha rastreado la zona por satélite tantas veces como se ha podido —informó Caronte— Como comprenderá, el rastreo no es completamente fiable debido al polvo. También se ha buscado en el infrarrojo tratando de encontrar algún foco de calor. Desgraciadamente encontramos demasiados, de manera que el intento ha sido completamente inútil.
Me encogí de hombros.
—Un rastreo por satélite en Infierno nunca es satisfactorio. El terreno es engañoso también. ¡Bien!.
Hemos venido en busca de una nave perdida y no la vamos a encontrar desde aquí. En mi opinión debemos formar dos equipos, aunque sería mejor si fueran tres; de esa manera rastrearíamos la zona lo más ampliamente posible... y aún así nos quedará mucho por buscar.
Se hizo un pequeño silencio en el habitáculo.
—¿Dividir el grupo? —dijo finalmente SHelena—
Eso entra en ninguno de nuestros planes.
—Tal vez no sea una mala idea para empezar
—apoyó Caronte.
—¿Que equipo transportará el vivac? —siguió
SHelena.
—El vivac se quedará —expliqué— Será nuestro campamento base. Desde aquí partiremos en tres direcciones. Ahora está amaneciendo. Se trata de regresar para la noche... aunque pasarla a la intemperie tampoco es desagradable —ironicé.
—¿De veras creé que así tendremos más posibilidades de dar con la nave? —preguntó SHelena.
—No se burle. Sería un milagro encontrarla.
Se trata, naturalmente, de dar con un indicio, algo que nos permita elaborar un plan de acción. Mire la pantalla. ¿Por donde empezamos a buscar? ¿Qué dirección? ¿Prefiere que lo echemos a los dados?
¿Creé que ese sistema daría mejor resultado ó tiene alguna otra idea?
SHelena se limitó a desearme una muerte lenta y dolorosa con la mirada.
—Si encontrar algún indicio de esta manera le parece una locura improbable —apuntillé— le diré que, en mi opinión todo este asunto lo es, de algún modo.
—No estamos aquí para poner en tela de juicio la misión —cortó Caronte— Usted es el jefe operativo y usted toma las decisiones.
Después se dirigió a todos.
—Si el señor Belzebú creé que formar tres equipos es lo más conveniente, lo haremos. Si creé que hay que ir y volver antes del anochecer, lo haremos. Si creé que hay que dejar aquí el vivac, lo dejaremos... Espero que tenga razón —terminó, clavando en mí unos ojos que nunca antes me habían parecido tan hundidos.
Por lo demás, aquella era la cuestión para mí: acertar. No había ningún indicio ó pista a partir de los cuales hacer alguna deducción. Tan solo se podía especular.
—Bien, que cada uno coja todo su equipo y salgamos.
Cuando todos estuvimos preparados, Miguel Arcángel nos hizo una advertencia.
—Cuando yo abra esa puerta procuren salir rápidamente. El vivac puede reciclar todo el aire de nuevo, pero es más seguro si no entra demasiado veneno del exterior.
Todos nos ajustamos los equipos de aire asegurándonos de que funcionaban correctamente.
Entonces Miguel Arcángel hizo una señal y abrió la puerta. Todos salimos. Poco después nos encontrábamos pisando suelo de Infierno.
Confieso que experimenté una confusa sensación de estar de nuevo en casa: agradable y todo lo contrario al mismo tiempo. Rápidamente establecí las direcciones en que debía marchar cada equipo. Era una decisión arbitraria, por supuesto, pero intenté que sonara como si tuviera un plan.
—Nos encontraremos aquí de nuevo antes del anochecer. Hay que procurar que el camino de regreso no coincida con el de ida. Desperdiciaríamos tiempo y esfuerzo; que cada equipo establezca un arco, de esta manera cubriremos el doble de terreno con el mismo esfuerzo. Recuerden que las comunicaciones quedan abiertas. Este plan solo se alterará si uno de los equipos encuentra una pista, un indicio. En ese caso, lo comunicará inmediatamente. Dependiendo del hallazgo, decidiremos sobre la marcha qué hacer.
No había mucho más que decir. Todos sabíamos lo que buscábamos, y ahora era cuestión de tener suerte. No sé porqué, cuando di la orden de ponerse en marcha se había producido un curioso cambio de parejas de hecho. SHelena se vino conmigo y Diosa formó equipo con Caronte. No hice ningún comentario.
Una larga marcha a pié por Infierno puede resultar agotador; hay elementos de sobra para ello: el terreno áspero, el calor sofocante y la pesadez del equipo. Para alguien no acostumbrado puede resultar duro. Debo decir que SHelena demostró estar bien entrenada: abrió constantemente la marcha desde el primer momento, no aflojó el paso y siempre estuvo atenta a cualquier detalle que pudiera significar una pista.
Hacía el mediodía, cuando nos disponíamos a hacer una parada, reponer fuerzas y regresar (estaba a punto de dar instrucciones en este sentido a los otros dos equipos a través de mi radio) sonó la alarma.
—¡Tenemos algo!. ¡Tenemos algo l.
Era la voz de Diosa.
—A ver, atención, aquí Belzebü. ¡Dejar libre el canal ahora! (oía a Ares y a Miguel Arcángel preguntando también por el hallazgo). ¿Que habéis encontrado? ¿Estáis seguros de que es una pista?
—No es una pista —respondió Diosa.
—¿Entonces qué diablos es?
—¡Toda la caza! Repito. ¡Toda la caza! ¡Hemos dado con el pájaro!
Entonces sí noté un escalofrío. Bien, aquello era tener suerte.
—¿Habéis encontrado la nave? —me aseguré.
—Afirmativo.
—En ese caso vamos todos para allá. Pasarnos la posición. Latitud y longitud.
—15, 10, 20, 8.
—Cogido —consulté nuestra posición en aquel momento— Llegaremos de anochecida. Tener señalizada la posición. Corto.
Luego me aseguré de que el equipo de Ares había tomado los datos. Les ordené descansar, reponer fuerzas y ponerse en camino. Nosotros haríamos lo mismo. SHelena tenía una objeción que hacer.
—Creo que deberíamos volver a recoger el vivac y luego llegar hasta donde están ellos. Sin perder más tiempo.
La miré con calma.
—No iremos al vivac —le dije— Podemos acortar si vamos directamente adonde están Diosa y Caronte.
Si han dado con la nave encontraremos un refugio donde pasar la noche.
—¿Y si no lo hay?
—En ese caso pasaremos algo de frío. Mañana recuperaremos el vivac y nos iremos a casa.
Aquello zanjó la cuestión. Mientras reponíamos fuerzas tracé una nueva ruta para llegar a las coordenadas que Diosa nos había dado. Mi terminal me facilitó el trabajo. Me di cuenta de que el lugar quedaba al borde de una barranca, una falla de unos cincuenta cuadrantes en forma de arco tendido. Pensé que si la nave había caído en aquella poza sería difícil que los satélites ó cualquier otro tipo de búsqueda que no fuera a pié, hubiera podido detectarla. En su punto más ancho, la boca del cañón no superaba los dos kilómetros, y podía llegar a los cuatro de profundidad. Tracé una ruta que nos acercaba al cañón por su parte más oriental y luego, bordeándolo, nos llevaba hasta la posición de Diosa y Caronte.
Regresar a por el vivac, como proponía SHelena, nos habría desviado notoriamente de la ruta más corta. Prefería hacer las cosas a mi modo: una vez que estuviéramos todos juntos, tomar las decisiones.

Relato Ciencia Ficción - Infierno (y III) SHelena apenas comió. Estaba impaciente, cosa que no me ocurría a mí. En cuanto estuvimos listos me pidió los datos de la ruta y enseguida abrió de nuevo la marcha.
Aproximadamente dos horas más tarde alcanzamos a vislumbrar el reflejo oscuro del cañón.
SHelena caminaba unos cincuenta metros por delante de mí, por lo que me puse en contacto con ella por radio.
—No sigas acercándote al cañón —le dije— Nos bastará con tenerlo como referencia a nuestra izquierda. Nos mantendremos a esta distancia. La línea del cañón era perfectamente notoria desde allí.
El día empezó a declinar rápidamente, pero antes de que el sol se pusiera, avistamos la nave. El calibrador de mi visor la situó a más de tres cuadrantes. Estaba prácticamente aplastada contra una enorme roca, justo a la entrada del cañón; sin duda, aquella mole de piedra había evitado que la nave se precipitara al abismo pero a cambio el vehículo había quedado casi pulverizado, apenas algo más que un amasijo de chatarra retorcida.
Buena parte de los elementos de la nave se habían desprendido y, con toda probabilidad, habían seguido su camino, barranco abajo. La parte posterior era el único sector de la nave que conservaba reconocible su estructura, sin duda gracias a los paracaídas de frenado. SHelena se había detenido y estaba intentando establecer contacto.
— ¡Caronte, ya podemos veros! ¡Repito, os tenemos a la vista! ¡Nos acercamos!
Le respondió una voz sorprendentemente apagada.
—Soy Diosa. Me alegro de que lleguéis. Hay noticias.
—¿Que noticias? ¿Donde está Caronte?
Diosa pareció dudar.
—Son importantes. Prefiero esperar a que estéis aquí y podáis verlo con vuestros propios ojos.
Daros prisa.
SHelena soltó una maldición y continuó la marcha. Era condenadamente fuerte. Me esforcé por seguir su ritmo y no tardamos en llegar (aún quedaba un reflejo del sol). Conforme nos acercamos pude ver restos de las bolsas de aire y de los paracaídas de frenado esparcidos junto con trozos carbonizados del fuselaje de la nave. Había trozos grandes y pequeños. Otro detalle en el que me fijé es que Caronte no estaba. Diosa estaba de pié, delante de la nave, pero no se veía a Caronte ni le vimos en ningún momento desde que divisamos la nave.
—Caronte ha muerto —sonó la voz de Diosa en mis oídos.
—¿Que dices?
La exclamación, casi un alarido, venía del comunicador de Shelena. Tuve que apresurarme y sujetarla por detrás, porque se dirigió hacia Diosa y yo no sabía con que intenciones.
—¡Vamos! ¡Tranquilízate l. ¿Como ha ocurrido? —pregunté, dirigiéndome alternativamente a una y a otra.
Diosa me miró. Estaba asustada y confundida según me pareció.
—Fue un accidente.
SHelena, que todavía se debatía entre mis brazos, se tranquilizó.
—¡Está bien! ¡Suéltame! ¡Estoy bien!
La solté, como me decía. Se dirigió a Diosa.
—¿Donde está?
Diosa hizo un gesto, señalando hacia la nave. SHelena se dirigió corriendo hacia el cuerpo caído de Caronte, que ahora pude ver perfectamente junto a una de las puertas. Yo me quedé junto a
Diosa.
—¿Que ocurrió? —pregunté.
Toda la conversación la hacíamos a través de los intercomunicadores, ya que no podíamos quitarnos los equipos de aire. La conversación, por lo tanto, no era privada.
—Estaba unos metros detrás de él —explicó
Diosa— Quizás donde estamos ahora ó un poco más lejos. Caronte se acercó para abrir esa portezuela.
¡No se lo que pasó! Tal vez había gases acumulados dentro de la cabina, i no lo sé! El caso es que apenas abrió esa portezuela se produjo la explosión, fortísima y seca.
Me acerqué a la carrera pero ya no pude hacer nada. Prácticamente le arrancó la cabeza. La abracé. Estaba temblando; luego me acerqué al cuerpo. SHelena le había dado la vuelta; lo que quedaba, del pecho para arriba, estaba completamente destrozado. Me sorprendió ver cuanto le había afectado aquel suceso a SHelena y lo comparé con la muerte de Plutón en el espaciopuerto de Toga. Entonces el mundo no se detuvo ni un segundo para recordarle. Ahora, sin embargo, SHelena se olvidaba de todo un momento, anonadada... Se incorporó poco a poco. Aún permaneció un rato como ausente, ignorando nuestra presencia. Luego se volvió lentamente y clavó su mirada acerada en Diosa.
—¡No puedo creerlo! —susurró.
—Escucha... —empezó Diosa. SHelena, sin embargo, la interrumpió.
—Ya oí lo que has dicho y no puedo creerlo.
Caronte no pudo cometer un error así.
En el silencio que siguió me di cuenta de que yo también albergaba dudas sobre lo ocurrido. Todo parecía verosímil, desde luego. y yo mejor que nadie sabia que nos encontrábamos en un mundo traidor, donde la muerte podía tener el aspecto más inocente, esconderse en el aire que respirabas ó en la comida que te llevabas a la boca. Pero había algo, que en aquel momento no captaba de un modo consciente, que me empujaba a desconfiar... De repente comprendí qué era: Diosa parecía azorada, impresionada, asustada; de alguna manera, nada de aquello se correspondía con su carácter. Creo que si hubiera expuesto la muerte de Caronte simplemente con frialdad, la hubiese creído. Pero no me encajaba verla tan afectada por aquel accidente. A pesar de todo, no manifesté mi desconfianza en voz alta ni en mis gestos y, de hecho, me puse de su lado. Fue la misma Diosa quién rompió la violencia de aquel silencio, y lo hizo con palabras duras y tranquilas.
—¿Quieres decir que miento?
—¡Desde luego!
—Y ella no es la única.
Aunque todas las palabras que escuchábamos nos llegaban a través de nuestros equipos, sin diferencias de localización o distancia, todos nos volvimos al oir la voz de Ares. Estaba justo detrás de mí (la luz del sol resbaló un momento por su casco antes de desaparecer) y nos cubría a Diosa y a mí con un arma.
De facto, Ares tomó el mando en aquel momento. Ordenó a Miguel Arcángel que nos maniatara, cosa que éste hizo de manera concienzuda. Además, utilizó argollas de metal para fijar nuestras ligaduras al suelo, de manera que quedamos los dos fuertemente inmovilizados, situados a unos cinco metros uno de otro. Miguel Arcángel terminó su meticulosa labor mientras la luz de los cascos iluminaba la escena de manera harto irreal, prolongando las sombras y acentuando los relieves.
Cuando terminó, Ares se acercó y nos despojó del equipo de aire. El gesto era de una crueldad innecesaria, puesto que estábamos completamente en sus manos.
—Si quiere matarnos hágalo de un disparo — sugerí.
—No morirán —repuso— Pero ahorre esfuerzo y palabras y sufrirá menos.
Conectó su equipo y se puso en comunicación con L'Aurora. Ó lo intentó. La banda que cubría la comunicación entre la nave madre y nuestro grupo era un puro chirrido. Lo sé porque Ares no se molestó en cortar la comunicación general, de manera que todos seguimos conectados. Soltó una surtida colección de maldiciones, pero no es seguro que llegaran a L' Aurora. Por si acaso envió un mensaje cifrado a través del satélite, aunque yo empezaba a sospechar que a pesar de todas las precauciones tomadas, estábamos incomunicados.
Cuando terminó, Ares contempló pensativo la zona que nuestros cascos iluminaban alrededor de la nave destrozada. Dejó en el suelo todo su equipo, excepto el aire y el casco.
—Necesitamos el vivac —dijo— No estoy seguro de que en L'Aurora sepan lo que está pasando. De hecho, ni siquiera estoy seguro de que sepan donde estamos. La banda del satélite no es segura.
Necesitamos el vivac para intentar desde allí la transmisión y, en todo caso, como refugio.
—¿Que hacemos? —preguntó SHelena.
—Vosotros os acercareis por el vivac. ¡Ya!.
¡Ahora!. Yo me quedaré aquí con nuestros amigos.
No importa si quieren hablar ó no. Sospecho que intentar interrogarles será inútil. No es el momento ni el lugar.
—Pero ir ahora a por el vivac... ¿No sería mejor esperar a la mañana?
Ares la miró con frialdad.
—En realidad os envidio. Pasareis la noche moviéndoos con lo que evitareis el fría. Tenéis en vuestros equipos la localización del vivac. Introducir nuestra posición actual y trazar la ruta. Utilizar el visor del casco... y moveos tan aprisa como podáis.


SIETE
SHelena y Miguel Arcángel se pusieron en marcha en silencio. Desaparecieron de nuestra vista casi enseguida. Primero sus figuras se convirtieron en meras siluetas, luego solo vimos la luz de sus cascos, y finalmente las pequeñas luminarias desaparecieron.
Les seguí con la mirada como un mero ejercicio de distracción: necesitaba olvidarme del aire azufroso que quemaba los pulmones y nos envenenaba la sangre. Cuando por fín les perdí de vista, confundidos con el resto de las sombras, elevé la mirada al cielo estrellado, más allá, donde residía el secreto y la razón del Universo y murmuré mi plegaria favorita, tan necesaria en momentos como aquel: "Señor, permíteme no odiar", rogué con convicción.
Miré a Diosa. Ella advirtiéndolo, me miró también. No podíamos hablar, ya que Ares mantenía abiertas las comunicaciones entre los cinco, así que intenté interpretar su mirada. ¿Tenía ella algo que ver con la muerte de Caronte? me pregunté. ¿Eran justas ó infundadas las sospechas de los demás?
No pude obtener la respuesta de sus ojos, pero sí me di cuenta de otra cosa: no podría estar seguro de aquella mujer, ni de sus acciones ni de sus intenciones, pero no albergaba hacia ella ningún reproche. La amaba. Tal era la única idea clara en medio de aquel caos. Nunca antes en toda mi vida (lo juro) había sentido algo así, ni siquiera cuando era un adolescente enamoradizo. Tampoco cuando conocí a Lucía... y no es que con Lucia hubiera habido engaño ó fingimiento, pero nuestra relación fue mucho más suave. Nos conocimos como meros amigos; luego, con el tiempo, descubrimos que podíamos hablar, que nos encontrábamos a gusto estando juntos...
Con Diosa fue diferente. Más intenso, sí, pero no por ello había más pasión; ni siquiera, me atrevería a decir, había mayor intensidad de sentimientos. ¿Como explicarlo? Era como si otra persona formara parte de ti, completándote: Es decir, lo era todo.
Antes de conocerla, ni sospechaba que tal cosa pudiera existir. Es más, aún ahora estoy seguro de que la mayoría de la gente nunca llega a conocer algo así; aún hoy estoy seguro de que es algo raro y excepcional.
Ares, que estaba dentro de la nave accidentada, reapareció, y los dos nos volvimos a mirarle.
—Siento que tengan que estar así —dijo— No lo vean como algo personal. Es una mera cuestión de seguridad.
No dijimos nada. Él se acercó a Diosa y la miró atentamente. Ella, pese a su estado, le devolvió la mirada, firme y tranquila, como era ella.

Relato Ciencia Ficción - Infierno (y III) —No voy a intentar interrogarla. Por lo tanto, relájese. No tendrá que negarlo todo ni proclamar su inocencia. Tan solo quiero que me cuente como encontraron la nave. Acabo de darme cuenta de que, en realidad, este lugar queda algo alejado de su ruta.
Aquello era cierto y yo no me había dado cuenta hasta entonces.
—Este lugar queda seis cuadrantes al norte de su ruta, si la tomamos en línea recta desde el vivac...
—No se esfuerce, tiene razón. No tengo ningún inconveniente en contarle lo que quiera.
—Pues empiece.
Ares, en realidad, parecía algo indiferente a lo que Diosa pudiera contarle. En cierto modo, daba la impresión de hacer aquello por pura distracción. Diosa hizo un gesto con la barbilla, señalando frente a ella.
—Seguimos nuestra ruta normalmente. A unas dos horas de aquí descubrimos que teníamos que bordear ó atravesar unas colinas, así que decidimos hacer ambas cosas. Nos separamos. Yo seguí la ruta más larga y fue entonces cuando descubrí, a mi izquierda, lo que parecían restos de algo. En realidad era imposible identificarlos, por eso no dimos ningún aviso. Pero era una pista, así que hicimos nuestras deducciones. Los cerros quedaban todos a nuestra derecha y aquellos restos, lo que fueran, estaban a nuestra izquierda. Pensamos que si se trataba de restos de la nave que buscábamos, aquella era posiblemente la trayectoria que había seguido, de derecha a izquierda, ó de Norte a Sur, si lo prefiere. Conjeturamos que volaba ya a poca altura al pasar por aquella zona, lo que seguramente provocó algún encontronazo contra aquellos cerros, sin mayores consecuencias. Tal vez aquellos restos eran parte de un alerón, ó del trac de aterrizaje. En cualquier caso era una pista y la seguimos —de nuevo señaló a su alrededor con un gesto de su cabeza— Fue una suerte, lo mismo podíamos haber estado semanas sin descubrir nada.
Ares sonrió con ironía.
—Desde luego, fue una suerte. ¿Que ocurrió cuando llegaron aquí?
—Caronte me indicó que les comunicase la noticia. Lo hice enseguida, mientras él se apresuraba hacia la nave. Hablé con Bel, le di nuestra posición y corté. Entonces le vi salir despedido. No oí nada. Corrí hacia él, pero le encontré como le han visto. No tenía arreglo.
—¿Porqué no lo comunicó enseguida?
—Si. .. Quedé anonadada. Me preguntaba qué significaba aquello para nuestra expedición y decidí esperar.
—¿Esperar qué?
—Esperar a que apareciesen ustedes. Esperar a que lo descubrieran por sí mismos.
—Y ganar tiempo...
—¿Tiempo? ¿Para qué?
Ares no tuvo ocasión de dar su respuesta, porque en aquel momento oímos la voz de SHelena por los auriculares.
—¡Tenemos el vivac a la vista!. ¡Llegamos en un momento!
Debía de haber transcurrido mucho más tiempo del que yo creía. Ares, por su parte, pareció perder todo interés en nosotros.
—¡Bien, ponerlo en marcha en cuanto llegueis! ¡Y dirigíos hacia aquí inmediatamente! Mientras, intentar establecer contacto con L'Aurora. Si lo conseguís, ponerles al corriente de todo y dar nuestra posición.
—Ya estamos en el vivac —se oyó de nuevo a SHelena— Miguel Arcángel está dentro y ahora paso yo. Dentro de un instante. . .
Entonces me atravesó el cerebro un ruido infernal. Tardé unos segundos en comprender que se trataba de una explosión. Tuvo que ser brutal. A lo lejos, alargando el horizonte, brilló de repente un resplandor silencioso. Los tres lo contemplamos atónitos sin decir nada. Por el fulgor advertimos que había sucesivas detonaciones aunque ya no oímos nada en los cascos. Luego el brillo menguó hasta casi desaparecer. Vi a Ares salir de su estatismo y retroceder unos pasos, aún atónito.
—SHelena —susurró— Contesta. ¡Contesta!.
Por supuesto, nadie contestó. Estaba claro que una explosión, accidental ó provocada, había destruido el vivac, y también a Miguel Arcángel y a SHelena, probablemente. Pensar que la explosión pudo ser accidental era una mera forma de exponer la situación en todas sus posibilidades.
Personalmente tenía claro que se trataba de un atentado. Y aquello, de paso, hacía más inverosímil que la muerte de Caronte hubiera sido un accidente. Pero si Diosa estaba involucrada en la muerte de Caronte —y pensaba esto solo como una hipótesis debía de contar con alguna ayuda, ya que no podía haber provocado la explosión del vivac desde donde estaba y tal como estaba. Imaginé que Ares llegaría a las mismas conclusiones que yo.
Ares... Bien, estaba realmente furioso. Dejó de intentar contactar con SHelena y se volvió hacia nosotros. Había perdido, definitivamente, toda su frialdad.
—¡Malditos sean¡ —gritó— ¿Para quién trabajan?
¿Quién les paga?
Los dos, Diosa y yo, le miramos y nos miramos. Ares respiró hondo, sacó su arma y se dirigió a Diosa.
—¡Bien! Puede hablar ahora ó puede esperar a que lleguemos a L'Aurora. En cualquier caso, lo hará, seguro. En L'Aurora no tendrá ninguna posibilidad de evitarlo, ya que le pondremos una inyección; eso, probablemente, ya lo sabe. Hablará de cualquier manera, pero si lo hace ahora sufrirá menos.
—¿Que quiere que le diga? Nada tengo que confesar. Ninguna de sus sospechas es cierta.
—Lo siento.
Entonces vació su cargador (no menos de cincuenta balas en apenas tres segundos) sobre el hasta entonces brazo sano de Diosa, el izquierdo. Ella soltó un grito desgarrador mientras trozos de carne, hueso, sangre y nervios de su brazo saltaban en todas direcciones. Donde unos segundos antes había un brazo perfecto, ahora solo quedaba un muñón sangrante, cortado más de cuatro dedos por encima del codo. No voy a hablar de cómo me sentí. Observé a Diosa (que no perdió el sentido). Su respiración era agitada. Tenía el rostro hundido sobre el pecho, el pelo sobre los ojos, como queriendo ocultar la humillación y el dolor que sentía. El dolor, pensé, tenía que ser horrible, pero ella lo soportó.
Ares se mostró tranquilo. Arrancó un trozo de tela del pantalón de Diosa y, con la ayuda de un palo, le hizo un cuidadoso torniquete. Ella volvió a gritar de dolor aunque, evidentemente, intentaba aguantarlo.
—No se queje. Ya le advertí que sufriría menos si hablaba. Con esto llegará viva a L'Aurora. No se mueva mucho. Ahora más que nunca necesita ahorrar energías.
Se incorporó, cogió el arma (que había dejado en el suelo, a su lado) metió una bala directamente en la recámara y se dirigió a mí. Se agachó a mi lado y me miró unos segundos en silencio, buscando intimidarme.
Yo solo lamenté estar atado, porque sin duda le habría matado con mis propias manos.
—¡Hable! —dijo.
—¡Es usted un maldito sádico! —le espeté.
Él meneó la cabeza.
—Entonces no volverá a hablar.
Colocó el arma junto a mi garganta y disparó.
La bala me hizo un agujero en la tráquea y destrozó mis cuerdas vocales. Sentí como una barra al rojo quemándome la garganta; eso lo primero. Luego, que me faltaba el aire. Boqueé, mientras mis manos atadas arañaban la tierra. Entonces Ares colocó algo (un sucio trapo) taponando el agujero.
—Con esto no se ahogará —le oí decir— No volverá a hablar en su vida. Pero no se preocupe, podrá escribir —ironizó. Usted también podrá confesarse.
Sentí que el aire llegaba de nuevo a mis pulmones, a mi sangre y a mi cerebro. Eso, tal vez, fue lo peor, ya que pude darme perfecta cuenta de lo que me había ocurrido. No podía hablar. No he vuelto a pronunciar una palabra desde aquel día y parece que el doctor Barnard no puede hacer nada por ayudarme.
La noche transcurrió como una rauda pesadilla. Ares se fue, me parece. Tal vez perdí el sentido en más de una ocasión, porque enseguida vi amanecer. Diosa permaneció todo el rato inmóvil, echada sobre su brazo derecho (que permanecía atado) el rostro hundido en la tierra, la respiración agitada. No recuerdo haberla visto cambiar de postura en toda la noche. Tal vez también ella perdió el sentido, finalmente. Al amanecer reapareció Ares. No dijo nada, y enseguida se puso en camino en dirección al vivac (supuse que ese era su destino).
Iba bien pertrechado con armas. Le vi desaparecer a lo lejos y entonces hice ruido, arrastrando los pies por la tierra, para atraer la atención de Diosa...
Ella levantó el rostro del polvo y me miró. Había aturdimiento en su mirada. Y tristeza. Pero no volvió a dejarse caer. Movió su brazo derecho y de alguna manera, en un instante, cortó las ligaduras que la sujetaban. Con la misma rapidez intentó ponerse en pié, pero tuvo que tomárselo con más calma. Creo que no le afectaba tanto la falta de un punto de apoyo (su cuerpo ágil y fuerte, habría podido impulsarse con un solo movimiento) si no la debilidad y la pérdida de sangre. Tras vencer el primer acceso de mareo, lentamente se incorporó. Sus piernas, eso sí, la sostuvieron con inseguridad. Se acercó a mí, renqueando, y se dejó caer a mi lado. Creí que iba a hacer algo por soltarme, pero ella tenía otras intenciones.
—Debo pedirte disculpas —dijo— Te han hecho esto por mi culpa y yo no me lo perdonaré nunca. Yo maté a Caronte, por supuesto. Fue un disparo entre los ojos; luego le destrocé con una explosión controlada. Yo dejé minado el vivac y lo hice explotar cuando oí por el equipo que SHelena y Miguel Arcángel habían llegado. A Plutón, en el espaciopuerto, también le maté. Le conocía, me conocía y hubiera podido delatarme. Mira —me enseñó su brazo derecho, el más entero— El brazo termina más arriba de lo que parece y este muñón sirve para ocultar algunas cosas. Por ejemplo, la carga que dejé en el vivac durante el descenso. Y el mecanismo para hacerla explotar desde aquí. Esconde más cosas, aunque ahora no puedo manejarlo con la misma soltura.
Respiraba entrecortadamente y hacía frecuentes pausas. Su tono era tan bajo, que solo la podía oír gracias al silencioso vacío que nos rodeaba. Me di cuenta de que estaba muy mal. Tanto como yo, pero ella hacía más penosa su situación con cada esfuerzo. De su brazo izquierdo, bajo el torniquete, colgaban jirones de carne, vasos y nervios, y se veía el hueso astillado bajo la carne amoratada. Supongo que yo la miraba de forma inexpresiva, no sé; yo, por su mirada, entendí que le hubiera gustado acariciarme. No podía hacer preguntas. Ella, empero, fue desgranando sus explicaciones.
—Querrás saber porqué. Porqué ha pasado todo esto, porqué te embarqué en esta situación.
Porqué lo he hecho. Supongo que tengo tus mismas razones: dinero. Desde luego hay una diferencia, lo sé: tu trabajo es honesto y arriesgado. El mío implica la mentira y la traición. Lo siento, es lo que sé hacer. Si te sirve de consuelo, te diré que nunca antes había deseado tanto ser de otra manera, dedicarme a otro cosa, ser mejor. (Todavía hoy puedo jurar que estas fueron las más hermosas palabras de amor que he recibido nunca).
—Te preguntarás también cual es el interés de quienes nos pagan. Lo más irónico es que no lo sé. Como a ti, tampoco a mi me han dado explicaciones. Tan solo sé que lo que buscamos se guardaba en esa nave, en un... hermético recipiente, y que ahora lo tengo yo. Lo encontré tras matar a Caronte y lo guardé. El lugar quedó destruido y Ares, SHelena y Miguel Arcángel creyeron que se había perdido. Ahora lo voy a recoger y terminaré mi misión.
Se alejó y la vi trastear entre unas rocas. Apartó con los pies un montón de piedras. Pude ver entonces perfectamente, a través del polvo, la pulida superficie de un objeto metálico, con forma de cilindro. De largo no alcanzaba el medio metro, ni pasaba de los diez centímetros en la base. Diosa se tiró al suelo y hábilmente lo atrapó con su muñón derecho, apretándolo contra su cuerpo. Luego se incorporó, se acercó de nuevo hasta donde yo estaba y continuó hablando. Lo hizo como si no se hubiera interrumpido para recoger aquel dichoso objeto.
—Mi misión... —susurró— Una nave me recogerá dentro de tres días, muy al sur de aquí. Llegaré bien. En mi equipo llevo provisiones y también calmantes. Me harán falta. Esto dolerá, lo sé por experiencia —movió ligeramente su viejo muñón derecho— Este no es mi peor momento, ya en otra ocasión tuve un problema parecido, y ahora sé más... Entonces maté a quién me hizo esto. Ares morirá, eso seguro.

Relato Ciencia Ficción - Infierno (y III) Hizo una pausa mientras recuperaba el resuello. La veía agotada. Yo estaba de acuerdo con ella: entre los dos conseguiríamos llegar hasta esa condenada nave y salir de allí. No sé porqué, daba por hecho que ella me soltaría (como soltó sus propias ataduras) y que marcharíamos juntos. Pero
Diosa no tenía esa intención. Debió de hacerse cargo de lo que yo estaba pensando, porque enseguida me sacó de mi engaño.
—No te soltaré —dijo— Seguramente no lo entenderás, pero tu vida a mi lado correría peligro (hubiera soltado una carcajada de haber podido). Sí, lo sé, tu futuro aquí tampoco parece muy brillante, pero quién me paga daba por segura tu muerte. En cuanto te vieran, seguramente, te matarían.
Yo sabía que estaba mintiendo. Por dos razones: a quién le pagaba para nada le importaba mi vida, y si yo la había ayudado a conseguir su objetivo, ellos estarían encantados, siempre que no tuvieran que pagarme. Pero no podía replicar a sus palabras.
—No se como conseguirás salir de aquí — continuó— Espero que puedas desatarte y hacer algo.
Ahora adiós. Tengo que marcharme. Te deseo suerte.
La vi desaparecer en dirección al Sur. No sabía que hubiera por allí ningún paso ó camino, pero no tenía ninguna duda de que ella sabía lo que hacía. Cuando Diosa se fue, a pesar del dolor, todo me pareció más irreal. Hasta aquel momento, incluso la grave mutilación sufrida parecía ocupar un lugar lógico en el devenir de las cosas. Pero cuando la vi desaparecer, ni la misma felicidad pareció tener sentido. Entonces cerré los ojos, busqué aquella luz donde el Universo adquiría su auténtico y único sentido, y mentalmente, elevé mi plegaria favorita, aquella que necesitaba para seguir vivo: "Señor, permíteme no odiar".
Reflexioné sobre mi situación, mientras mi espíritu castigado recuperaba la calma. Aparte de otras consideraciones, mi situación era desesperada. Para empezar, estaba a merced de Ares. Cuando éste regresara, al comprobar que Diosa había desaparecido dejándome tirado, es posible que comprendiese que la conexión que suponía entre los dos, no existía en realidad. En ese caso tal vez decidiera conservarme para hacerme confesar en L'Aurora. Ó, simplemente, si pensaba que no tenía interés conservarme, podía matarme allí mismo. Pero si Ares no aparecía (y era una seria posibilidad) mi situación podía ser mucho peor.
Diosa había jurado matarle, y en mi opinión no era una amenaza para ignorar. Ella supondría, como yo, que Ares se había dirigido al vivac y que luego regresaría. Contaba, por tanto, con el factor sorpresa, ya que él la suponía inútil y prisionera. Demasiadas ventajas, en mi opinión. Solo había dos inconvenientes, y eran su situación física y su falta de armas. Tal como se encontraba era posible que solo pensara en escapar y cumplir su misión. Luego estaba aquel muñón derecho... Estando maniatada había hecho reventar el vivac. Es posible que allí ocultara un arma que aún pudiera manejar; pensé en una carga que hiciera explotar al paso de Ares, por ejemplo, aunque Diosa podía contar con otras sorpresas; en tal caso, podía plantearse acabar con él, lo que me dejaba a mí ante el previsible destino de morir de hambre y de sed (el azufre que respiraba me mataría más lentamente).
Hice un rápido repaso de mi situación y, aunque ninguna de las posibles soluciones provocaba mi entusiasmo, decidí ponerme en la peor. "Vas a dejar de lloriquear, me dije. Tienes dos brazos y dos piernas y aún puedes ver y oír. Puedes moverte, así es que ¡muévete! ".
Pasé las siguientes dos horas desollándome las muñecas para soltarme las ataduras. La argolla que sujetaba las cuerdas a la tierra dificultaba enormemente mi empeño. Al final conseguí ponerme en cuclillas y, haciendo fuerza con las piernas, la desenterré. Caí de espaldas y lo peor fue que mi respiración era tan agitada, que estuve a punto de ahogarme con el trapo que me taponaba la tráquea. Me tranquilicé, obligándome a respirar por la nariz para bajar el ritmo de las pulsaciones y facilitar el paso del aire a los pulmones. Aún seguía con las manos atadas a la espalda, pero estaba caliente y con un esfuerzo las pasé por debajo de las piernas y las coloqué delante. Eso me facilitó terminar la labor. Pude alcanzar mi cuchillo y, con algo de esfuerzo terminé de romper las ataduras. Me sentí peligrosamente eufórico entonces, así que me apresuré a bajarme los humos con una breve recapitulación. Estaba libre pero, ¿como salir de Infierno? Solo había dos naves que pudieran sacarme de allí. Una era L’Aurora, y el instinto me decía que debía huir de ella como de la muerte. La otra posibilidad era Diosa y la nave que la rescataría a ella. Yo solo podía estar seguro de una cosa: de alguna forma, esta última opción era ó mucho peor ó mucho mejor que la otra.
Me coloqué de nuevo el equipo de aire (Diosa había partido sin él). Recogí el resto de mi equipo. Antes de ponerme en marcha, aún me acerqué a la nave y eché un vistazo. No había nada que en un primer vistazo pudiera serme útil. Salí de la nave y emprendí el camino tras los pasos de Diosa.


OCHO
Dicen que van volando
Que van volando...
Tres mariposas rojas
A través del campo
A través del campo...
Canturreé en mi cabeza aquella vieja canción mientras contemplaba el ir y venir incesante de la multitud en el intercambiador L—l. El lugar, a pesar del ajetreo, no era ruidoso. Hasta donde me encontraba (algún lugar en las dependencias de Aduana dentro del intercambiador) apenas llegaba más que un suave y en cierto modo agradable murmullo. Las altas paredes y el delicado brillo de los remaches difuminaban aún más cualquier sensación de ahogo.
Me relajé y seguí recordando en mi cabeza aquella melodía. Era una canción vieja que hablaba de temas viejos, como las mariposas y otras cosas por el estilo. Las mariposas, según cuentan, existieron realmente y eran los más bellos seres que volaban por el aire; los más bellos, incluso, de todo el Universo, más delicados que la caricia del aire y tan suaves como el aroma de una flor. Dicen también que cuando la Humanidad se preparó para salir por vez primera de su viejo Sistema, la persona encargada de preservar a todos los seres vivos, se olvidó de las mariposas. Eran tan delicadas y sutiles que no pensó en ellas; por eso se perdieron. Desde entonces sobreviven en esta canción:
Dicen que van volando
Que van volando. . .
Tres mariposas rojas
A través del campo
A través del campo...
El pensamiento de las mariposas volando siempre libres, me trajo de nuevo a la cabeza el recuerdo de Diosa. De alguna forma yo la veía justo de esa manera, fuerte y delicada al mismo tiempo. Y siempre libre...
Cuando me lancé tras sus pasos, camino del precipicio, me di cuenta otra vez de que Infierno podía ser el lugar más inhóspito del Universo. Con todo, me propuse mantenerme positivo. Llevaba conectado mi equipo para enterarme de cualquier comunicación que pudieran establecer, tanto Ares como ella, al menos si lo hacían en la frecuencia habitual, aunque estaba seguro de que ambos usarían de frecuencias de emergencia.
Estaba acostumbrado al terreno y no me resultó difícil encontrar las huellas de Diosa. Primero siguió una ruta de bajada casi vertical (no difícil para ella, aún sin brazos) y luego se internó en el interior de la quebrada. Podía calcularle aquel lugar una profundidad superior a los cuatrocientos metros, con una angostura que no sobrepasaba los veinte por su parte más ancha. La oscuridad, a medida que bajaba, era casi total; la luz de mi casco me ayudó a seguir el rastro. Conforme iba avanzando, me di cuenta de que Diosa avanzaba por allí dando prolongados rodeos, me pareció que más debido a las dificultades del terreno que por precaución. Podía intentar rodearla, atajando en línea recta allí donde ella tomaba una dirección más oblicua, pero si lo hacía podía perder su rastro y a ella. Yeso me hizo preguntarme cómo diablos podía Diosa conocer aquella ruta, si es que, como parecía, era una ruta. ¿La llevaba memorizada, bien electrónicamente, bien en su cabeza? Eso me pareció absurdo, porque para eso Diosa (ó quién la pagaba) necesitaba conocer el lugar donde había caído la nave. ¿Era eso posible? Bueno, no lo descarté.
Y eso me recordó otra pregunta: ¿Como y porqué había compartido Diosa la ruta del Sur con Caronte, cuando ellos no formaban pareja, por así decir? Recordé el momento en que, tras abandonar el vivac después de haber discutido nuestros planes, nos separamos para seguir tres rutas distintas. De alguna forma parecía lógico que Diosa me hubiese acompañado. Sin embargo, ella se unió a Caronte, creo que sin decir nada. Supongo que todos aceptamos el hecho; tal vez, preocupados por la misión, nadie le dio importancia. Me pregunté si su actitud se debió a que ella ya conocía el lugar del accidente. Es posible. De alguna forma, ella sabía donde había que buscar.
Miré hacia arriba, al escabroso barranco cortado en vertical, y comprendí que mis sospechas parecían fundadas; salir de allí requería conocer el terreno. Ó Diosa sabía lo que hacía y por donde se movía, ó yo terminaría encontrándola, vagando perdida por aquel barranco.
Me incorporé y me acerqué a la pared de cristal. La oficina de Aduana, donde me encontraba, estaba en la parte superior de L—l, de manera que desde ella se tenía una vista privilegiada sobre la estación. Sonreí con cierta amargura pensando en mi ingenuidad respecto a Diosa. ¿Como pude dudar, ni un instante, que ella supiera perfectamente lo que hacía en cada momento? Tardé un par de horas, quizás cuatro, en alcanzar la bifurcación semiescondida que se escindía del camino principal.
En un principio se me pasó desapercibida y continué sin desviarme. Unos metros más allá me dí cuenta de que había perdido el rastro. Bueno, llámenlo experiencia, si quieren, pero en estos casos sé que no hay nada tan peligroso como ponerte alocadamente a buscar el camino perdido: lo mejor es volver sobre tus pasos hasta recuperar el rastro y entonces poner toda tu atención para ver lo que antes se te ocultó.
Así es como lo descubrí. Al principio no parecía que allí hubiera un sendero, pero cuando aparté unas ramas partidas y unas piedras vi que el espacio se ensanchaba. Confieso que me introduje a duras penas, pero al poco comprobé que se abría entre aquellos.

Relato Ciencia Ficción - Infierno (y III) Seguí avanzando, sin temor esta vez a perderme, observando las señales que aquí y allá había dejado Diosa en su avance. Incluso descubrí un lugar donde, me pareció, ella se había detenido a descansar (no imaginaba que, en su estado, hubiera podido alimentarse). Seguí adelante, y al poco descubrí que se veía mucho mejor. Miré hacia arriba, buscando la causa, y me di cuenta de que la profundidad del barranco era cada vez menor (yo no había ascendido, así que era el barranco el que se abría por aquel lado a un nivel inferior). El borde superior estaba ahora a no más de siete u ocho metros: hubiera podido alcanzarlo, de haber querido, pero pensé que Diosa no pudo salir de esa manera; ella había tenido que seguir aquel sendero hasta el final, y yo me propuse hacer lo mismo.
No tardé en llegar. La quebrada terminaba por aquel lado como un suave colina y el sendero que había seguido hasta entonces desembocaba en un terreno pedregoso. Era más difícil distinguir allí cualquier señal, porque el suelo era duro y desigual, pero el estado de Diosa hacía que su paso se mostrase con claridad incluso en aquel lugar.
Uno aprende a distinguir cuando el rastro que sigue es reciente, y yo presentía que Diosa estaba cerca. Dado que el terreno era básicamente llano esperaba verla en cualquier momento. Por lo demás, me encontraba agotado y respiraba trabajosamente; por la marcha, por la falta de alimentos, estaba febril y era posible que el polvo del camino produjese alguna infección en las heridas.
Continué así varias horas, hasta la caída de la tarde. Entonces, bajo el cielo rojo del atardecer, alcancé a ver algunas casas (que desde la distancia me parecieron en ruinas). Y una sombra que se movía entre ellas.
Un viejo asentamiento abandonado, "uno de tantos", me dije. No recordaba haber estado nunca tan al Sur, pero sabía que asentamientos como aquel habían proliferado por todo el planeta en su época dorada...
Pensé en ello mientras permanecía en L—l, ajeno al tiempo y al ajetreo en torno a mí. No, realmente nunca hubo una época dorada en Infierno; tan solo hubo un tiempo en que algunos esforzados optimistas creyeron que había un futuro para ellos en ese lugar. Infierno los recibió, los rindió y los vio marchar vencidos, así de simple. Nunca fue un mundo domesticable, y permanecería así, caótico, violento, inesperado e inaccesible a nuestros esfuerzos...
Mientras contemplaba el viejo asentamiento derruido sopesé la posibilidad de que algún pionero permaneciese todavía allí, pero lo deseché; el autoabastecimiento era casi imposible y hacía mucho que el comercio con Infierno había cesado. Ni líneas comerciales ni ninguna otra línea regular pasaba por allí. Por otra parte, Diosa esperaba a una nave que la sacase de allí, y el poblado abandonado parecía el lugar de contacto idóneo.
Casi vencido como estaba por el agotamiento y la fiebre, no quería sin embargo ni pensar en descansar hasta cerciorarme de que Diosa se ocultaba entre aquellas ruinas. Me acerqué sin demasiadas precauciones. El lugar era Prácticamente diáfano y casi seguro estaba que si era Diosa a quién yo había visto, ella, igualmente, me habría descubierto. Observé que apenas quedaban cuatro edificios en pié, al menos por la parte por donde me acercaba. Todo eran casas bajas, de una sola planta; casas provisionales, de pioneros, esenciales. Bueno, lo habían sido; ya ni eso. Ya eran simples cuatro paredes con medio techo.
Rodeé la decaída estructura; a través de un ventanuco milagrosamente intacto, alcancé a entrever el sombrío interior. Diosa estaba sentada en el suelo, la espalda contra la pared, la cabeza inclinada. . . parecía formar parte de aquellas ruinas.
Su cuerpo sin brazos, luchando a pesar de todo por sobrevivir, resultaba patético, y su mirada perdida, fija en algún punto lejano de aquel suelo polvoriento, era el mayor gesto de derrota que yo había visto en mi vida.
Saqué mi cuchillo y rodeé la casa. Ni siquiera había tenido la precaución de no dejar la entrada a sus espaldas. Me quedé en el umbral, mirándola. Me sorprendió su voz, ronca y desfallecida.
—Hola, Bel —dijo sin mirarme— ¿Vas a matarme?
La simpleza de la pregunta me derrotó. Lo cierto es que me avergoncé de aquel cuchillo que mi mano apretaba con precaución.
—Olvidaba que no puedes hablar —me miró— Perdona que no me levante, pero estoy muy cansada. Si quieres matarme, así no te será más difícil.
La miré, creo que con ternura. Me hubiera gustado decirle, con voz suave, que no pensaba en matarla, que no pensaba en hacerla daño y que no la guardaba ningún rencor. Pero no podía hablar. Tal vez mi alma asomó a los ojos aquella vez, porque sonrió.
—No deberías haber venido —susurró— Ares quería interrogarte en L'Aurora. Solo por eso te habría conservado con vida. Y quién sabe, tal vez luego hubieras tenido suerte.
No podía tener una conversación con ella como me hubiera gustado, así que no lo intenté. Me desembaracé del equipo y procedí a sacar provisiones. Pensé que ambos teníamos algo en común: estábamos desfallecidos; no era suficiente para una relación profunda, pero al menos podíamos ponerle remedio.
Las provisiones de campaña eran barras concentradas, y también teníamos el agua de nuestras cantimploras.
Primero la di de beber; luego saqué una de las barras de su envoltorio y la mantuve junto a su boca mientras ella la mordisqueaba. Creo que le dí dos más. Volví a darle de beber. Cuando se sintió satisfecha apartó la boca, apoyó la cabeza contra la pared y permaneció así, con los ojos cerrados...
Me levanté, me senté en otro rincón de la estancia, frente a ella y me puse a comer yo también.
Estaba hambriento y para evitar el dolor tenía que masticar la barrita hasta tenerla deshecha. Diosa me miró engullir con simpatía.
—Ares vendrá —murmuró— Igual que has llegado tú llegará él. Entonces morirá. Solo celebro ver que no ha vencido tus ganas de vivir.
La miré, quizás sorprendido (aunque no del todo) de que pensara más en una venganza que en el hecho, más esencial, de sobrevivir. Sin pretenderlo aquello me recordó el objeto de nuestra misión.
Había visto como ella lo recogía cuando estábamos junto a la nave y que se lo llevó en su huida; lo busqué con la mirada por la oscura estancia sin resultado. Supuse, claro, que Diosa lo habría puesto en sitio seguro; era lógico si pensaba que Ares podía seguirla. Entonces me dormí. No sé qué hizo ella, pero en mi caso supongo que me vencieron la fiebre y el cansancio. Cuando desperté era noche cerrada y Diosa no estaba.
Salí en plena noche de la casa y me escondí entre las ruinas. No lo hice por temor; no sentía miedo, pero no estaba dispuesto a ser el juguete de nadie. No controlaba aquella situación y de alguna manera prefería salirme. En aquel momento solo estaba en condiciones de ser una marioneta, y prefería ser espectador antes que marioneta...
Un agente de Aduana se me acercó y me dijo que estaba libre, que podía irme.
—Si desea ir a algún lugar concreto —me dijo — puede escribirlo aquí. Le llevaremos a donde sea.
Negué con la cabeza y me alejé. Estaba acostumbrado a arreglármelas y ya habían hecho bastante por mí. El trabajo médico había sido rutinario pero meritorio: la herida estaba limpia y el destrozo reparado. Seguía mudo, desde luego, pero estaba seguro de que podía arreglármelas y, en todo caso, era mi problema (y mi obligación) aprender a comunicarme. Y debía de empezar ya, pensé, antes de llegar a mi isla vacía...
Mientras bajaba por la escalera camino del transporte, recordé las últimas horas en Infierno, tan confusas...
Todo sucedió muy deprisa y de repente. La noche se iluminó con un breve fogonazo, acompañado de un ruido sordo y un grito. Luego de nuevo la oscuridad y el silencio, solo roto por un lastimero jadear. Empezaba a romper el día por el Oeste. En pocos minutos pude apreciar lo que había pasado y que ya suponía. Ares había saltado por los aires y ahora se arrastraba por el suelo, destrozado, un cuerpo sin piernas que se desangraba, los ojos desencajados, el gesto asustado. Me sorprendió que estuviera consciente. Entonces pensé que la explosión estaba cuidadosamente preparada para no matarle, no sé. Me acerqué, pero no sentí lástima.
Por su gesto me di cuenta de que estaba aterrado. Nada podía hacer por él, salvo matarle. A pocos metros había un arma (la suya). La recogí y me alejé, dándole la espalda.
Diosa, como suponía, no estaba lejos. La encontré entre las ruinas. Parecía ensimismada pero tranquila.
—Merece morir así —dijo sin mirarme.
Aunque hubiera podido hablar, no hubiera discutido ese detalle. Observé, sin embargo, que ella tenía a sus pies el codiciado objeto, casi como ofreciéndomelo... Me acerqué y se lo quité. Se me quedó mirando, sorprendida y desconcertada, creo.
Luego sonrió.
—¿Vas a quedártelo? Solo tengo que avisar de que estás aquí. Irán a por ti.
Levanté el arma y le apunté a la cabeza.
Sabía que no le era indiferente morir. También sabía otras cosas, desde luego; por ejemplo, que nunca le haría daño. Pero eso, tal vez, ella lo ignoraba.
Permanecimos así, uno frente al otro, durante una eternidad. Hacia el mediodía (Ares ya había muerto) llegaron a buscar a Diosa. Fue una aparición casi fantasmagórica. Una nave pequeña, de negocios, tomó tierra a unos trescientos metros de donde nos encontrábamos.
Nos miramos los dos. Ella, la única de los que podía hablar, no dijo nada. Tal vez estaba demasiado cansada ó, simplemente, no era el momento. En silencio dio media vuelta y echó a andar. Sin embargo, apenas había caminado no más de veinte metros, se volvió. Me miró intensamente desde su fragilidad demacrada.
—Deseo que tengas mucha suerte, de veras... Y nunca olvides todo lo que te he dicho, por favor.
Recuérdalo siempre.
Luego se alejó definitivamente.
La seguí con la mirada hasta que llegó a la nave. Luego esta despegó y no tardó en desaparecer. ¡Olvidarla...!, pensé. Si gracias a ella había conocido lo que más vale la pena de conocer antes de morir...
¡Bien!. Era el momento de hacer algo... y yo había madurado un plan. Era simple. Entre las ruinas había dejado mi equipo y con él podía comunicarme con L'Aurora. No podía hablar, desde luego, pero sí transmitir un mensaje escrito. Bastaría con avisar de que había recuperado el cilindro, que estaba solo y que todos habían muerto. Eso bastaría para que bajaran a buscarme. Ni siquiera hacía falta dar mi localización. En cuanto el mensaje saliera con destino al espacio, ya estaba localizado.
Lo hice tal como lo tenía pensado. Desde luego, no llevé el cilindro conmigo. Lo guardé. Era mi seguro. Tendrían que llevarme y ponerme a salvo si querían recuperarlo. Me pareció un buen plan.
Cuando todo estuvo listo salí afuera, a la explanada, y esperé. Pensé en Diosa, tal vez nunca volvería a verla... Puedo jurarlo, no tenerla a mi lado me hacía descubrir lo absurdo de la existencia. Ni la misma felicidad parecía tener sentido... Entonces elevé los ojos al cielo, allí donde el Universo adquiere su más profundo sentido y mentalmente susurré mi plegaria favorita, aquella que necesitaba para seguir vivo: "Señor, permíteme no odiar".

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Aurora Bitzine revista de fantasía y ciencia ficción a 1 de agosto del 2006