La espera me estaba matando. Sentía como los minutos trepaban por mi espalda como si fueran arañitas. Pronto el temporizador estaría a cero por fin. Pronto las arañitas se irían y dejarían de tejer tiempo sobre mi. Cero meses, cero días, cero horas, cero minutos y cero segundos. Pero aún quedaban siete minutos y treinta y nueve segundos para que mi tiempo en aquel espacio terminase. Hubiese renunciado a parte del sueldo si todo hubiese terminado en aquel momento, parecía que esos escasos siete minutos que me quedaban para completar el año eran muchísimos más largos que el año en si. Cuanto mayor es el deseo de que cierto intervalo de tiempo finalice, más parece durar éste. Quizás sea por el hecho de que cada instante que pasa estás esperando a que termine. Lo que se alarga no es el tiempo en sí, si no el tiempo en el que estás pensando en el transcurso del tiempo. Esta situación de mayor conciencia es lo que provoca una mayor percepción del tiempo y de su duración sin duda.
En todo ese período no había hablado con nadie ni había recibido noticias del mundo exterior, había estado tan solo como seguramente lo había estado ella. El requisito imprescindible para trabajar allí era no tener ningún tipo de distracciones, es decir, nada que pudiera distraer tu vista, tus oídos, tu tacto, tu gusto o tu olfato. Era todo un año de absoluta soledad y aislamiento pero el sueldo hacía parecer que el posible “calvario” de trabajar dieciséis horas al día, siete días a la semana, mereciese la pena. Hubiésemos tardado en reunir aquellos cuatro millones de créditos al menos diez años entre los dos, contando con que todo nos fuera viento en popa durante todos esos largos años. Además, de esta manera podríamos disfrutar verdaderamente del dinero. Y del tiempo...
Un amigo mío entró a trabajar como funcionario y también se acogió a la nueva normativa estatal de planes intensivos de trabajo. Después, a disfrutar de la vida. Mi abuelo me dijo que era como hacer la Mili y que si la mayoría de su generación la pudo hacer, yo no tendría problemas.
Miré de nuevo el temporizador que activaba la puerta de salida. Aunque era la única puerta, para mí era la de salida porque lo único que deseaba era salir de allí por fin. Quedaban seis minutos y veinticinco segundos. Cuando el temporizador llegara a cinco minutos podría dejar de golpear el teclado del ordenador. ¿Qué era un minuto comparado con medio año?. Nada. ¿Y un millón de créditos comparado con dos?. La mitad. No, no dejaría de teclear hasta la hora fijada. Un millón es mucho dinero para tirarlo a la basura simplemente por no aguantar en mi mano un granito de arena más.
Después de una eternidad sonó el timbre para indicarme que ya había terminado mi deber para con la empresa. De repente me sentía como si hubiese cruzado la línea de meta y comenzase a aminorar el paso de forma progresiva. Me puse en pie y aunque mi cuerpo no lo confirmó, me sentía muy cansado. Me estiré y no pude evitar tumbarme en la cama unos instantes.
Se suponía que en los cinco minutos restantes debía adecuar el cuarto para el próximo trabajador o por lo menos eso era lo que creía recordar que me habían dicho hacía un año. La verdad es que en ese momento absolutamente todos mis recuerdos eran borrosos. Quizá se debiera a que durante la eternidad de aquel año no había generado recuerdos nuevos porque todo había sido una rutina sin cambios, cada día había sido exactamente igual que el anterior en todos los aspectos. Excepto el primero, claro. El único recuerdo que brillaba con fuerza en mi cabeza era el de ella, aunque incluso su recuerdo me era lejano. Llevábamos un año sin vernos.
Un segundo timbre me indicó que me podía desprender de las ventosas que informaban de mis constantes vitales mediante unos microemisores a alguna máquina. Me las quité y las deposité en el recipiente de plástico donde las había recogido hacía un año. Un chorro de vapor abrasó las ventosas, terminando con cualquier rastro mío. Incluidos mis gérmenes.
Una luz comenzó a parpadear en la casilla de alimentos. Con las ansias de salir de allí no recordaba que aún no había comido. Si esperaba un par de horas podría comer y beber de verdad y lo que era más importante, que podría hacerlo con ella. Aunque si tomaba el comprimido ahorraría tiempo y dinero, quizás poco pero un pan está hecho de migajas. Finalmente cogí la pastilla y me la tragué. La única diferencia es que no tendría que masticar ni beber pero se me quedaría el sabor de la comida. Concretamente sardinas. Y agua.
La verdad es que había sido un año de perros y aunque me moría de ganas por comer de verdad y beber algo con ella, había merecido la pena. Necesitaba de nuevo sentir la brisa en un monodeslizador, respirar profundamente en la microatmosfera de algún bioparque y pisar tierra natural. Necesitaba lanzarme a una piscina y sentir el agua. Necesitaba masticar, tragar, correr... Continuamente me venía a la cabeza como dejé las cosas; a mis padres con la boca abierta y ella cogida de la mano. Solía pensar en el cambio drástico quizá en nuestras vidas cuando nos conocimos.
Se opusieron desde un principio a que entrásemos allí a trabajar y menos sabiendo nuestros planes de futuro. Tanto sus padres como los míos consideraban que un año de tanto distanciamiento podía ser perjudicial para nosotros y nuestra relación pero nosotros no opinábamos así. Era un año de aislamiento no de distanciamiento. Nuestros sentimientos al igual que nuestros pensamientos seguirían siendo los mismos porque no nos veríamos sometidos a nuevas circunstancias ni siquiera conoceríamos gente nueva. Lo único nuevo que habría sería el tiempo y sabíamos que con el transcurso de éste, los sentimientos del uno por el otro serían más intensos. Además, ya no tendríamos que trabajar más en toda nuestra vida; con la mitad del dinero compraríamos una casa y todas las necesidades y caprichos que pudiésemos necesitar en ella y la otra mitad la ingresaríamos a plazo fijo y podríamos vivir tranquilamente de las rentas e incluso pagar los estudios a los hijos que tuviésemos, si es que los teníamos. Habíamos realizado el trabajo de diez años en uno, sí, pero también nos daban el sueldo de diez años de golpe y con una suculenta prima. Para ella y para mí era perfecto... Podríamos incluso viajar; los teletransportadores públicos habrían bajado de precio muchísimo durante nuestro aislamiento, el gobierno autorizó a una empresa privada para que les hiciera la competencia días antes de que entráramos a trabajar.
A veces, entre la oscuridad, momentos antes de dormirme, mi mente me jugaba malas pasadas y llenaba mi corazón de dudas e interrogantes. Dudas sobre ella y sobre nuestros planes, pensamientos que ponían en jaque mis sentimientos pero nunca conseguían nublar del todo mi visión. El tiempo y el dinero corrían a nuestro favor.
Nos habíamos conocido un año antes de entrar a trabajar y desde el primer momento nos sentimos atraídos, quizás suene a típico tópico pero es la verdad. Nuestra relación como pareja no empezó hasta dos meses después. Nunca creí que fuera a encontrar a alguien tan complementario e igual a mí, aunque tampoco es que yo hubiera tenido muchas experiencias sentimentales serias. Tan sólo tenía diecinueve años, al igual que ella.
Me hizo gracia la cara de impotencia de mis padres al descubrir que ya no estaba bajo su control, cuando les dije que ya había firmado el contrato. Ya no tenían ningún tipo de poder sobre mi. Yo era independiente de ellos y eso les aterraba, eso de no poder ya supervisarme y poder coaccionarme de vez en cuando, aunque fuera por mi propio bien. Se habían acostumbrado a tener poder sobre mi tras más de dieciocho años pero como todos saben el poder corrompe y cuanto mayor sea el poder o más prolongado sea, más corromperá. No quiero decir con ello que me llevara mal con mis padres, todo lo contrario. Yo no buscaba librarme de mis padres como ella, yo buscaba independizarme simplemente. A pesar de todo, al final entraron en razón, al igual que lo habrían hecho nuestros abuelos con ellos en otras circunstancias diferentes pero en el fondo muy parecidas.
Miré otra vez el temporizador, dos minutos justos. Cuando pasasen veintitrés horas ya estaríamos casados. Quizá todo aquello pareciese una locura. Estábamos locamente enamorados. No habíamos hablado del tema pero estaba seguro de que lo primero que haríamos sería realizar una breve visita a sus padres y luego a los míos. Tomaríamos algo con nuestros amigos en el cybercafé, nos sentaríamos en una mesa plural y mi primo pincharía canciones en el winamp, como siempre. Echaríamos algunas partidas a los Sims y tomaríamos alcoholes líquidos. Al día siguiente, al atardecer, nos casaríamos. Nos encadenaríamos el uno al otro para siempre y nada ni nadie nos podría separar.
Volví a mirar el temporizador. Cuarenta y cinco segundos. Pensar que su puerta de salida y la mía estaban tan sólo a cinco segundos la una de la otra me aceleraba el corazón. Un abrazo, un beso y toda una vida por delante sin trabajo ni obligaciones, sólo disfrutar la vida y el uno del otro. Cada segundo que pasaba creía quererla más. Trescientos sesenta y cinco días son muchos días de espera.
Me puse en pie y al poco la puerta se abrió. Por fin. Se acabó. Adiós al trabajo. Mis desconocidos compañeros también salían al pasillo. No los saludé, sólo quería verla a ella. Todos tenían cara de somnolientos, pequeñas ojeras rojizas y la tez pálida, al igual que las manos y el cuello. Supuse que yo también tendría ese aspecto al igual que ella. Desaliñado, como si me acabase de caer de la cama.
Su puerta estaba abierta pero ella no estaba en el pasillo. Para ser sinceros, lo primero que pensé es que se había ido sin mi, que se había arrepentido de todo. Luego sonreí, seguro que estaba escondida, esperando que yo entrase desesperado buscándola, creyendo que no estaba. Entré con cautela para sorprenderla.
Finalmente no estaba. Se había ido. Se fue siete meses atrás. Precisamente en el día de mi cumpleaños. Supongo que de alguna manera esa fecha influenció para su partida.
Me dijeron que lo sentían. Me informaron de que aquello violaba el contrato por su parte pero que no me preocupase, al no estar casados, mi sueldo sería el mismo.
“¿Por qué?”, me pregunté en un principio mientras me dirigía arrastrando los pies a los vestuarios. “¿Por qué?”, me pregunté delante de mi taquilla mientras observaba a mis grises compañeros, tristes y cansados. “¿Por qué?”, me pregunté cuando sostuve por primera vez el cheque electrónico en mi mano...
Comprendí que sólo somos tiempo. Sólo eso. Pequeñas arañitas que nunca paran de tejer unas sobre otras, enredándonos, atándonos sin querer, construyendo entre todos una gran tela en la que quedamos atrapados.
Nuestras cadenas intentan salvarnos del caos y el desorden, son hilos de telaraña; fáciles de romper, son frágiles y livianas y por eso a veces nos da la impresión de que somos libres y que nos construimos nuestro propio futuro pero solo somos tiempo que transcurre y se enreda. La mente misma es tiempo, es un conjunto de recuerdos que se hacen a base de tiempo y el tiempo no se puede controlar.
Mi futuro había muerto con ella pues ella era la base del futuro que yo me había construido. De alguna forma que aún no comprendía del todo, todo ese dinero y tiempo ahorrado me parecieron desperdiciados en un instante.
Los humanos... Navegantes de una gran red en la que nunca podemos estar totalmente seguros de lo que nos podemos encontrar ni a quien, ni saber cuanto tiempo durarán las cosas. Quizá hasta que te caigas, te tires o te tiren o alguien te quite las telarañas de la cabeza...
“¿Por qué?”.
|