—¿Te gusta conducir?
Miré a Zoe asombrado.
—¿A qué viene eso?
Ella se agachó un instante y de debajo del mostrador saco un librito.
—¡Ah!, «El señor de la rueda», ¡Es divertidísima! Fue la primera novela de ciencia ficción con la que me he reído a carcajadas.
—En cierta ocasión conocí a una pareja que se la tomaron muy en serio.
—¿Cómo que se la tomaron en serio?
Zoe me miró con una sonrisa en los labios.
—Fue hace mucho tiempo, yo me había echado a la carretera con una mochila, dispuesta a ver mundo. Levantaba el dedo en una carretera perdida cuando apareció el vehículo más sorprendente que jamás he visto.
»Sobre el chasis de un camión, seguramente un excedente militar por el tamaño de las ruedas, rugían en paralelo dos enormes motores descubiertos. Estaban montados en la parte trasera y ante ellos se había instalado una vieja caravana, conectada con la cabina de conducción por una pasarela. Una escalera de caracol subía a la parte superior de la caravana, acondicionada como terraza con una coqueta barandilla; desde allí arriba me saludaba, con una bebida larga en la mano, una morena de piernas interminables, vestida, es un decir, con un escueto picardía, incapaz de ocultar el esplendor de su pecho.
»Tras la cabina, había una grúa articulada, con una cestilla de la que sobresalía un lanzón digno de Lancelot du Lac. Asombrada, mi vista iba de la mujer, que me guiñaba un ojo con descaro, a la grúa y su enorme lanza y tardé unos instantes en advertir que me gritaban desde la cabina.
—¡Subid, dama o doncella! ¡Subid! Reducimos al mínimo...
—Pero, ¿es que no podéis parar del todo, so imbéciles, cabezas de corcho?
Fue tal la expresión de repugnancia que vi reflejada en el rostro del joven conductor que sin discutir más di un salto, me encaramé al chasis y entré en la caravana. Estaba en penumbra y se agradecía el frescor del aire acondicionado después del sol de justicia que había soportado en el arcén. Mientras dudaba si quedarme allí o ir en busca de mis anfitriones, entró la mujer de la terraza.
—¡Oh, querida! ¡Qué feliz me hace haberte encontrado al fin! Sin duda alguna tú eres Jane Smith. Yo soy Lady Girolaine.
Pensé en sacarla de su error, pero se me acercó para darme un beso de saludo y el frescor de sus labios sobre mis mejillas y el contacto de su pecho opulento, exhibido con generosidad, no me dieron otra opción que seguirle la corriente. Además, todo aquello me resultaba familiar pero fue el libro que Lady Girolaine llevaba en la mano lo que me dio la clave. No podía leer el título pero por un momento entreví el autor: Gabriel Bermúdez Castillo y al instante até cabos. «¡Ostras!, son frikis de “El señor de la Rueda”». La dama llevaba ya un rato con el brazo extendido y me apresuré a meterme en el papel de Jane Smith, la extravagante extranjera que Sir Pertinax Le Percutens, en su noble magnanimidad, libra de la humillación de hallarse detenida al borde de la carretera y que alterará su visión del mundo de forma irremediable.
—¡Milady, disculpadme! —exclamé al tiempo que me arrodillaba y le besaba el dorso de la mano, un beso más largo y más húmedo de lo conveniente. Si estos dos estaban la mitad de salidos que los personajes de Bermúdez, el viaje prometía ser entretenido. Lady Girolaine me sonrió complacida—. Es que no recuerdo demasiado de cómo iba este rollo.
—¡Oh! ¡Oh! ¡Oh! Eres deliciosamente vulgar, tal y como me había advertido Sir Pertinax, que por cierto, me ha confesado la profunda emoción que le produjo verte a lo lejos, tan sola, tan indefensa, tan... tan...
—¿Tan parada? —pregunté con inocencia fingida, pues los recuerdos del libro me llegaban en tropel.
Lady Girolaine experimentó un estremecimiento de repugnancia, teñida del placer de lo morboso. Me recordó a esas mujeres refinadas que se excitan escuchando groserías y palabras malsonantes. Yo también me sentía enervada por aquel cuerpo intuido y presentido y notaba como se avivaban mis fogones. En cualquier momento empezaría a echar humo.
—¡Llevaba horas sin moverme! —exclamé, cargada de pensamientos lúbricos. El cuerpo de Lady Girolaine se arqueó—, ha sido aburridísimo, todo el día quieta —sus mejillas se arrebolaron—, completamente parada —puso los ojos en blanco—, allí sentada, inmóvil sobre mi mochila.
Milady ya no pudo reprimir los jadeos y antes de que me diera cuenta, su lengua se abrió camino en mi boca, que opuso poca resistencia. Mis insistentes procacidades la habían llevado al borde del éxtasis y yo estaba deseando acompañarla. Fue una de las mejores invitaciones a quedarme que me han hecho nunca.
Al cabo de un rato, más relajadas, cruzamos por la pasarela hasta la cabina donde milady hizo las presentaciones y tomó el volante. Sir Pertinax, un noble bruto de una belleza primitiva y salvaje, me llevó de la mano, de vuelta a la caravana, con tanto donaire que parecía danzar sobre la pasarela y me hizo pensar en la bienvenida de milady como un simple calentón. Pero Sir Pertinax Le Percutens era todo un caballero, incapaz de saltarse ni una coma del protocolo.
—Es un placer teneros de nuevo en mi castillocar, Lady Jane; decidme mi dama, ¿deseáis que cuelgue vuestro óvalo al arzón para que todos los caballeros de la ruta sepan que aquí hay una dama dispuesta a hacer el amor?
«Joderrr, ¡qué colgado está el tío!» pensé, «este se sabe “El señor de la Rueda” mejor que Don Quijote el “Tirant lo Blanc”».
—¡Oh! ¡Eh!... lucir mi óvalo en vuestro arzón me llenaría de dicha y honra, Sir, pero en atención a lo desdichadamente breve que ha de ser mi estancia en vuestro castillocar —¡rehostias, cómo hablo!—, es mi deseo que esta sea una visita de incógnito, para corresponder adecuadamente a los favores de mis anfitriones, el famoso y temido Sir Pertinax Le Percutens, vencedor de un sinfín de justas que han llenado de despojos los arcenes, desde la Avenida Orión hasta Betelgeuse Road, y su no menos conocida y admirada dama, y envidiada si me permitís la confianza, milady Girolaine.
Sir Pertinax se hinchó como un pavo con mi discursito.
—Mi adorada Lady Jane, me complace ver que recordáis los buenos modales que tanto me costó inculcaros en vuestra anterior visita, pero es mi deseo, como muestra de mi afecto y consideración, que apeéis el tratamiento de Sir y me llaméis Pertie, tal como acostumbrabais.
»Desearía poner mi lanza en vuestras manos en este mismo instante —yo sabía bien a qué lanza se refería y tenía dispuesto para ella un sitio más acogedor que las manos—, pero debo prepararme para recibir la transmisión del Rey Arturo —hizo una ligera inclinación de cabeza—, por lo que os ruego que me disculpéis. Por favor, poneros cómoda y serviros comida y bebida a vuestra discreción.
Dicho esto tomó de una estantería un grueso tomo, en cuyas ajadas tapas se podía leer «Código de Circulación», y se retiró a un cuartito en la parte trasera de la caravana.
«¡Si está pirado el tipo!», me dije mientras sacaba una cerveza del frigo y hacía un poco de memoria. «El Pertinax de Bermúdez recorre incansablemente un mundo sin ciudades, lleno de carreteras que lo cruzan en todos los sentidos, justando con otros caballeros allí donde los encuentra y cepillándose a todas las que se lo reclaman, que para algo es un caballero y no puede negarse a los deseos de ninguna mujer, sea dama o doncella», la cerveza estaba deliciosamente fría y me cosquilleaba en la garganta, «vamos», me sonreí, «sea óvalo o losange lo que cuelgue del arzón. Y todos perdiendo el culo por oír al Rey Arturo, el autentico Arturo, por supuesto, o eso creen ellos. Vete tú a saber lo que escucha este, ¡el parte del tráfico, lo más probable!».
Mientras apuraba la cerveza sentí que el castillocar reducía la velocidad y cambiaba de dirección, poco después lo traqueteaba por una carretera secundaria, fue entonces cuando reparé en que no había ventanas, toda la luz venía de una pequeña claraboya. «¡Por dios! ¡Igual que en el libro!», picada por la curiosidad abrí la puerta y vi que nos dirigíamos hacia el aparcamiento desierto de un centro comercial, al poco trazábamos círculos a baja velocidad. Intentaba entenderlo cuando un educado carraspeo me sobresaltó, me volví bruscamente para darme de narices con milady.
—Lady Jane —había una ligera dureza en su voz—, por favor, debo pediros que os comportéis con la compostura y decencia que Sir Pertinax merece, mirar al exterior es una grave falta contra las buenas costumbres.
Enrojecí hasta las orejas.
—¡Disculpadme milady! —hice una torpe reverencia, sintiéndome más estúpida todavía. «¡La muy zorra ha trabado la dirección, por eso hacemos círculos!»— No... no lo sabia... esto, quiero decir, no lo recordaba... —tenía que seguir en mi papel de Lady Jane.
Cerré la puerta a mis espaldas justo cuando Pertie regresaba de su coloquio real.
—¡Ah! ¡Estáis aquí, mis damas! —«¡Como si pudiéramos habernos ido muy lejos!»— Tengo magníficas noticias: un mensaje personal de Su Majestad comunicándome que la ruta hacia el Circulo Máximo Norte se haya despejada y que aguarda impaciente mi llegada.
—¡Oh, mi señor! —milady daba saltitos y batía palmas, mientras yo me quedaba prendada de todo lo que botaba bajo el picardía—, ¡Oh, mi señor! —repetía—, sin duda alguna os esperan grandes honores, no es habitual que Su Majestad reclame con tanta premura la presencia de un súbdito. ¿Qué pensáis vos?
—No creo que vayas descaminada en tus pensamientos, mi dama —respondió Sir Pertinax acariciándose el mentón, tan ancho como uno de mis puños—, he llegado a pensar incluso...
—¿Qué? ¿Qué? —la excitación le arranco a milady un gallo.
—El noble título de «Señor de la Rueda» lleva demasiado tiempo sin nadie que lo honre, es posible, sólo posible, que Su Majestad haya pensado que soy digno de portarlo con honor.
Me agarré al borde de una mesa para resistir el mareo que me provocaban las oleadas de tentación que desbordaban el picardía.
—¡Eah! No pensemos más en ello, lo que tenga que rodar, rodará, ahora es tiempo de agasajar a nuestra invitada como se merece —me dirigió una mirada procaz—. A vuestra disposición, lady Jane.
«¡Ya era hora!»
Me faltó tiempo para acercarme a él y bajarle las calzas, al tiempo que giraba ligeramente la cabeza.
—Por favor milady no os retiréis, acompañadme en el tálamo, que a bien seguro Sir Pertinax no tendrá inconveniente, ni dificultad, en satisfacernos a las dos.
Fue una noche agotadora, Lady Girolaine sacó el famoso manual que tanto cita Bermúdez, e insistió en repasar todas las lecciones, ¡todas!
Al amanecer, ahítos al fin, nos rendimos al sueño del que nos sacó un gran estruendo.
Sobresaltado, Sir Pertinax se vistió al instante con las calzas y la túnica y salió a la pasarela.
—¡Eh! ¡Mirad! ¡Hay gente!
—¡Pero si parece un mamarracho!
Lady Girolaine y yo seguimos al caballero, apenas vestidas, levantando un terrible escándalo de silbidos y obscenidades entre la panda de moteros que la había tomado con nuestro castillocar.
—¡Habrase visto el soplagaitas! Con esa cara de tonto y tiene cuatro melones para él solo.
—¡Y qué melones!
—Eh, jefe —gritó un orangután barbudo con torso de barril, a los mandos de una chopper cuya horquilla se perdía en el horizonte—, llevamos muchos días de viaje y no hay más que ver que esas dos son mucha mujer para usted. ¿Por qué no paran ese trasto y deja que pasen un buen rato? Seguro que están mojando las bragas sólo de pensarlo.
—Caballero, si es que lo sois —respondió Sir Pertinax con mesura no exenta de soberbia—, dirigiros a mis damas, Lady Jane y Lady Girolaine con el respeto que su alcurnia merece. Por supuesto que si ellas desean disfrutar de vuestra compañía atenderé solícito a su demanda, como corresponde a mi hidalguía.
—Descuidad Sir, que no pasareis ninguna afrenta por mí —grito Lady Girolaine—. Estos truhanes desconocen el honor de la caballería y antes de compartir con ellos un simple abrazo... ¡me apeo y me paro!
Sir Pertinax no pudo evitar un sobresalto al escuchar la blasfemia de su dama, pero en su fuero interno se regocijó: Lady Girolaine sabía emplear palabras duras cuando la ocasión lo merecía.
—Ya habéis oído caballeros —exclamó Sir Pertinax—, en consecuencia, haced el favor de seguir vuestro camino y que el Rey Arturo os guíe y os brinde una carretera despejada.
—¡Ya vale de tanto hablar! —gritó un tipo larguirucho, con un pañuelo pirata a la cabeza y el torso cubierto por un ajado chaleco de cuero—. Vamos a por las tías y al mamarracho, lo atamos a un árbol y que mire... Seguro que aprende algo.
Rugieron los motores y maniobraron, buscando la forma de abordarnos.
—Milady, ¿haréis el favor de conducir?
—Gustosa Sir, hace demasiado que no justamos y ya lo echo en falta.
—Entretened a estos pelafustanes en tanto ciño mis armas.
Sir Pertinax entró en la caravana mientras yo acompañaba a Lady Girolaine a la cabina. Pronto tuvo a los moteros desesperados, intentando seguirla en sus alocadas e imprevisibles maniobras, que más parecía aquello un potrillo salvaje que un castillocar.
Al poco la voz de Sir Pertinax se escuchó por un altavoz interno.
—Estoy en mi puesto milady, ¡a por ellos!
El castillocar giró en redondo enfrentando a los moteros que se habían agrupado a corta distancia. A través del parabrisas vi a Sir Pertinax en la cesta de la grúa, completamente desplegada por delante del castillocar, como el espolón de una galera, culminado en el enorme lanzón. El caballero manejaba los mandos haciendo describir a la cesta un movimiento de vaivén a derecha e izquierda, como si estuviera en un balancín.
Lady Girolaine pisó a fondo el acelerador dos veces, soltando enormes humaredas, luego embragó y el castillocar saltó hacia delante con el ímpetu de un caballo de carreras, directo al centro de la nube de moteros que se nos echaba encima. Sir Pertinax se mantuvo impertérrito en su balanceo y en el momento justo, subió mucho más que las otras veces, todo lo que daba el brazo de la grúa, le vi mantenerse allí arriba un instante y luego bajar con la velocidad del rayo. Había calculado el movimiento con extraordinaria precisión y el lanzón segó el pelotón de moteros como si fueran bolos, sin dejar uno en pie. El castillocar botó al pasar por encima de las motos caídas, milagrosamente sin aplastar a ninguno de los conductores.
—¡Giramos, milady!, ¡Giramos!, destrocemos sus monturas, obliguémosles a ir a pie.
Puede ver como a la excitación de la justa, la dama le agregaba la que le producían tales groserías en sus oídos. Me lanzó una mirada lasciva y después de relamerse los labios pegó tal volantazo que el castillocar giró sobre dos ruedas. Yo me agarré a donde pude mientras pensaba que en acabar aquello, milady estaría dispuesta para probar los anexos del manual. Hizo rugir al monstruo de nuevo y lo lanzó hacia donde los moteros intentaban desesperadamente poner a salvo las máquinas que habían sobrevivido a la primera embestida pero tuvieron que salir huyendo ¡por piernas!, cuando el castillocar se les echó encima.
—Muy bien milady, creo que podemos considerar zanjado este enojoso asunto. Esos truhanes se lo pensarán dos veces antes de volver a molestar a un caballero.
Algo más tarde, efectivamente después de repasar los anexos del manual, mis amigos accedieron a que les dejara, pero no consintieron que marchara a pie. En un largo tramo de vía recta, milady puso el castillocar a la par de un mercancías y Sir Pertinax me subió a bordo con la grúa, ¡todo con tal de no pararse!
«Todo el tiempo comiendo y bebiendo como cosacos y follando como monos, yendo de aquí para allá por carreteras interminables con un único objetivo en la vida: nunca detenerse. ¡No me extraña que Bermúdez diga que “El señor de la rueda” lo soñó!» pensé viéndoles alejarse, con una punzada de envidia.
Título: El señor de la rueda
Autor: Gabriel Bermudez Castillo
Editorial: Ediciones Albia
Colección: Albia Ficción número 7
Año de edición: 1978
ISBN: 84-7436-307-1
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