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Relato Fantástico: La Caza (XIII)
Reddrick ve en Ci’Elara despojos de un pasado que, durante mucho tiempo ha tratado de olvidar. Pero la aldea de Lob ha despertado viejos fantasmas que ni tan siquiera la lluvia puede sofocar del todo.
Por David Mateo Escudero

Relato Fantástico - La Caza (XIII) No dijo nada más, se alejó de él sin añadir una sola palabra, con aquella gracilidad que otorga la noche a las sombras. Reddrick espió su marcha y no pudo evitar un escalofrío. El agua caía a plomo sobre la plaza, creando charcos que se disgregaban en finos regueros por las callejuelas colindantes. Ci’Elara, ajena a la tormenta, se deslizó y desapareció en la penumbra, dejándolo un poco más muerto por dentro.
Durante un tiempo vagó sin ningún rumbo concreto, buscando refugio bajo los porches o en las caballerizas de las casas. Las palabras de Ci’Elara retumbaban con brusquedad en su cabeza, provocando que la saliva se escurriese por su garganta con el sabor amargo de la bilis. Jamás hubiera pensado que la orgullosa yutamán hubiera seguido sus pasos por medio continente. Ci’Elara nunca había demostrado tanto amor por él; nunca había dado señales de ser una mujer que se dejara llevar por sus instintos… sobre todo cuando esos instintos derivaban de un amor marcado por la fatalidad.
Sopesó la idea de regresar a la posada, pero rápidamente cambió de opinión. Lo que menos deseaba era internarse en el barullo del pueblo. Enfiló una calle estrecha, sacudido por el intenso batir del aguacero y se dirigió hacia una cuadra de aspecto destartalado situada al final del callejón. El ruido de unas pisadas furtivas sobre los charcos llamó su atención. Apenas aminoró la marcha, pero sus sentidos élficos —dotados de una agudeza que iba más allá de la de los seres humanos— alzaron la guardia y trataron de encontrar el origen de aquel escarceo inesperado. Le estaban siguiendo. Reddrick cerró los ojos y se concentró en las pisadas que correteaban varios metros más atrás y que se detenían bruscamente cada vez que él aminoraba un poco la marcha. Pasos apresurados, cortos, acompañados del chapoteo de los charcos… demasiado torpe. Se concentró un poco más y pudo percibir el jadeo de una mujer. ¿Ci’Elara otra vez? No. Ella era silenciosa como los gatos, en cambio aquella hembra, fuese quien fuese, era demasiado patosa.
Entró en la vieja cuadra y se cobijó tras el umbral del edificio. No había puerta, así que las bisagras se retorcían deterioradas, manchadas de herrumbre. Volvió a concentrarse en su perseguidora y sintió cómo ésta se detenía ante el edificio, insegura, jadeante bajo la lluvia. De haber sido uno de sus compañeros mercenarios, no habría dudado en irrumpir como un torbellino tras él, sin dejarse avasallar por el miedo o la oscuridad.

Relato Fantástico - La Caza (XIII) Los pasos de la mujer volvieron a escucharse y Reddrick, instintivamente, echó mano del cuchillo. Una sombra negra y alargada se escurrió por el foco de luz que penetraba a través del umbral, ocupando buena parte del apestoso barracón. La hoja aserrada se deslizó fuera de la vaina, susurrando una canción de muerte que pasaba inadvertida entre las tinieblas. La respiración de su perseguidora se volvió más intensa, convirtiéndose en un poderoso retumbe en los oídos del semielfo. Un paso más, una figura perfilándose entre el chorro de luz que se filtraba por el umbral y unos ojos nerviosos. Reddrick no permitió que la cosa fuera a mayores. Se abalanzó sobre la intrusa y ambos rodaron por el suelo, revolviéndose entre la paja en un nudo de brazos y piernas. Ella trató de defenderse, pero sus movimientos eran escarceos demasiado débiles entre los brazos del mercenario. Reddrick la aprisionó contra el suelo, inmovilizó sus brazos y sus piernas, y situó la hoja de su cuchillo en el pescuezo de la mujer. Sus ojos se abrieron desmesuradamente al reconocer a la muchacha. Era la hija del alcalde.
—¡Tú! —exclamó dejando escapar todo el aire de golpe—. ¿Se puede saber qué diablos haces siguiéndome?
Mina MacFadden seguía debatiéndose contra el fornido cuerpo del semielfo, jadeando y lanzando inútiles rodillazos que Reddrick esquivaba con facilidad.
—¡Suéltame, bruto! ¡Suéltame!
Reddrick retorció su muñeca derecha y la hizo debatirse por el dolor.
—Te he preguntado por qué me seguías. ¿Te envía tu padre? Responde.
La hija del alcalde se quedó inmóvil y Reddrick aflojó rápidamente la presa. Ella suspiró aliviada.
—No me envía nadie, bruto. Tan sólo te seguía por curiosidad.

Relato Fantástico - La Caza (XIII) El mercenario se le quedó mirando fijamente y no encontró ningún conato de falsedad en sus iris castaños. Esbozando una sonrisa, la liberó y ella se alejó rápidamente de él.
—La curiosidad es una mala compañera, sobre todo cuando sigues a quién no debes.
La joven se alisó el cabello chorreante de agua y se sacudió las pajas que se adherían a su vestido.
—Éste es mi pueblo y el de mi padre —replicó visiblemente enojada, mostrando un descaro impropio de una mujer de su edad—. Tú eres el extranjero.
—¿Ah, sí? —El semielfo mostró la hoja de su cuchillo y esbozó una truculenta sonrisa—. Pues éste es mi cuchillo y no es la primera vez que derrama sangre de gente descuidada. La próxima vez ándate con más ojo o perderás algo más que el orgullo.
Y con un diestro movimiento, volvió a depositarlo en la vaina.
Mina, despatarrada en un rincón del establo, con el pelo revuelto y una mueca enfurruñada en el rostro, mostraba un aspecto realmente gracioso.
—¡He visto como tú y la elfa discutíais! —replicó de pronto.
—¿Ah, sí? Veo que además de fisgona eres una entrometida.
La muchacha se incorporó bruscamente y trató de recomponer su dignidad. No parecía apocarse por las palabras del mercenario.
—¿Sois pareja? —inquirió con desparpajo.
—¿Cómo?
Reddrick era incapaz de dar crédito a sus oídos.
—En la posada vi cómo te miraba. Conozco ese brillo en las mujeres… mostraba mucho interés.
—No menos que tú —repuso él con una sonrisa.
Las mejillas de Mina se tiñeron de rojo e, inmediatamente, agachó la cabeza, tratando de evitar los ojos incisivos del mercenario.

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Aurora Bitzine revista de fantasía y ciencia ficción a 1 de julio del 2006