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Relato Ciencia Ficción: Infierno (II)
El heterogéneo comando se dispone a explorar un misteriosos planeta.
Por Fernando García Díez

Relato Ciencia Ficción - Infierno (II) TRES
HOSPITAL FUNDACIÓN SISTEMA AZUL. DELEGACIÓN DE TOGA. ÁFRICA
Dejamos atrás el enorme letrero (esculpido en la piedra granítica marrón, tan abundante aquí) y conduzco suavemente hasta uno de los edificios secundarios. Su color es diferente al resto: no ha sido construido con el omnipresente granito marrón, sino con una piedra de estructura pizarrosa, de tonos azules muy claros que contrasta fuertemente con el resto. La planta del edificio es rectangular y se eleva tres niveles sobre el suelo. Una escalera de cuatro peldaños da acceso a la puerta de entrada. A la derecha, un discreto letrero: DIRECCIÓN.
Empujo la puerta y dejo que Lucía me tome la delantera. Como siempre, no ha querido utilizar su pierna (de hecho, cuando se la busqué esta mañana no pude encontrarla. Tan solo me dijo que no hiciera preguntas). Va en una silla que conduce ella misma; le encanta. Tengo la impresión de que va a echarla de menos cuando salga de aquí.
El vestíbulo, a tono con el resto del edificio, es discreto pero elegante. Un tipo espigado, vestido de gris, sentado tras una mesa de madera de talla fina, se levanta al vernos entrar y se acerca sonriente. Me parece demasiado sonriente y pegajoso. Confirmo la impresión cuando oigo su voz.
—Lucía, ¿verdad?
—Soy yo. ¿Cuando vamos a ver al doctor Barnard? —se interesa.
El otro tipo se deshace en disculpas. Es todo sonrisas.
—Es un hombre muy ocupado. ¡Figúrese!
Espero que no la importe si la atendemos en su lugar.
El doctor ha dejado instrucciones muy precisas para que no la falte de nada.
El comentario halaga a Lucía.
—Estoy muy inquieta —comenta— No se si me entiende... ¡Cosquilleante!
—i Si! ¡Cosquilleante! —Repite el otro— ¡Claro que la entiendo! ¿Como no va a sentirse cosquilleante?
—Cierto... —Lucía me mira. Espera que diga algo.
—Luego, ¿todo está arreglado y sin problemas? —indago.
—Su transferencia se confirmó esta mañana.
¡Todo en orden! —Se vuelve de nuevo hacia Lucía—
Sus preocupaciones, querida, terminan en este mismo instante. Ella suelta una risita. De nuevo me ignora. Sin que sea premeditado, detengo mis pasos en aquel punto. Les veo alejarse por el pasillo. Ó no se dan cuenta de que no les acompaño, ó no les importa. Mientras les oigo reir, pienso que hacen una buena pareja.


CUATRO
Cuando vi caer a Plutón rodando a mis pies, y el boquete de sangre en que se partió su garganta, pensé: "¡Uno menos, caray!". Y me tiré al suelo dentro del vehículo autónomo que nos acercaba a la zona del espaciopuerto destinada al transporte privado.
Hacía poco más de una hora que había llegado. El espaciopuerto de Toga, amigos, es como una ciudad dentro de otra ciudad, alimentándola constantemente y haciéndola crecer. Un hormiguero en actividad constante, días y noches. Aquí son permanentemente aliviados y reabastecidos los enormes cargueros que patrullan entre los planetas del Sistema Azul, y más allá. Cincuenta y cinco planetas girando alrededor de nuestra azul y gigantesca estrella. Cincuenta y cinco mundos, casi todos ellos habitables y habitados. Miles de millones de almas (iy creciendo!), sosteniendo el impresionante comercio que como la sangre en un cuerpo, circula por invisibles y oscuras arterias, según una imagen familiar.
Cuando llegué al vestíbulo no pude reconocer a nadie. Ellos se acercaron a mí.
—Esperábamos que viniera acompañado.
Me volví. Caronte y Plutón. Yo también esperaba ir acompañado, pero disimulé.
—Si lo dice por mi ayudante, siempre aparece en el último instante. No se preocupe, es habitual.
Miré tranquilamente a mí alrededor pero no pude ver a Diosa. Me pregunté si acudiría con un aspecto que yo pudiera reconocer; esperaba que fuera así, de lo contrario podía verme en un apuro difícil de explicar.
—¿Y el resto del grupo? —quise saber.
—Enseguida nos uniremos a ellos. Nos esperan.
Se hizo un incómodo silencio. Maldije para mis adentros porque Diosa decidía hacerse la misteriosa en el momento más inoportuno. Plutón susurró unas palabras al oído de Caronte. Este pareció tomarse unos segundos antes de adoptar una decisión. Luego se volvió hacia mí.
—No esperaremos. Solucione usted sus papeles. Es el tiempo que tiene ese ayudante suyo para aparecer.
Bueno, era razonable y yo no podía hacer nada para evitarlo. Si Diosa había cambiado de opinión, no podía hacer nada. Si algo la impedía acudir contra su voluntad, no podía hacer nada.
Demoré el trámite cuanto me fue posible, pero no apareció. En un par de ocasiones creí reconocer su cuerpo esbelto, pero en ambos casos se trató de falsas alarmas. Mostramos nuestros pases en control, atravesamos los detectores y salimos a las pistas.
Caminaba detrás de los otros dos, volviéndome de vez en cuando, pero nada. Subimos a un transporte automático, nos acomodamos y Caronte eligió el destino.
El vehículo recorrió las atareadas filas de hangares siguiendo la cinta verde que señalizaba el trayecto. Entonces fue cuando ocurrió, de improviso y en silencio. Plutón cayó hacia adelante, chocó contra mis rodillas y rodó al suelo. Vi la sangre muy roja en su cuello, así que comprendí que habían acabado con él. Me tiré encima para no ofrecer un blanco fácil.
Caronte - se dejó caer pero se asomó por uno de los laterales del transporte, vigilando las pistas.
—¿Se ve algo? —pregunté.
—Nada. ¿Ha muerto?
Miré a Plutón. No necesité tomarle el pulso; sus ojos muy abiertos y fijos no tenían vida.
—Seguro —repuse— ¿Cambia esto los planes?
—¡En absoluto! Solo los acelera.
Permanecimos echados hasta que el transporte se detuvo frente a la entrada de la zona destinada a naves privadas. Nos separaban unos cuantos metros de estar a cubierto. Caronte saltó enseguida.
—¡Le aconsejo que corra! —me gritó.
Yo esperé unos segundos por comprobar si ocurría algo, y luego le imité. Salté y corrí, pero apenas había recorrido unos metros cuando la vi a ella. Diosa nos esperaba en la terminal. Me acerqué a ella y la arrastré a mi lado.
—¡No hagas preguntas y sígueme! —la urgí—
¡Corre!.
Diosa hizo lo que le pedía y los dos nos metimos en uno de los hangares tras Caronte.
—¿Que ha pasado? —preguntó enseguida Diosa, una vez que estuvimos seguros.
— ¡Alguien nos ha atacado! —la informé— Un hombre ha muerto.
—¿Quien es ella? —explotó Caronte. Todo él parecía alerta y en tensión.
—Es mi ayudante —le tranquilicé— Llámela
Diosa. ¿Es este su cacharro?
Era una nave impresionante, teniendo en cuenta que se trataba de un transporte privado. Fuera quién fuera quién corría con los gastos, estaba claro que los millones no significaban ningún problema. Aquel vehículo era un auténtico lujo. Casi se parecía más a un pequeño vehículo de exploración. La bodega de carga se adivinaba suficiente para cargar en ella el vivac y llevaba cuando menos una pequeña nave auxiliar.
—No echemos raíces —urgió Caronte— Salimos enseguida.
Subimos. Caronte se mostraba impaciente y por lo que a mi respecta él era el jefe de todo aquello, así que me limité a seguir sus instrucciones.
—¿Quién era el prescindible? —me susurró
Diosa.
Sonreí ante la ironía. También yo me había dado cuenta de la nula preocupación que aquella muerta en sí, había causado. Tan solo había provocado que todo se precipitara.
—Solo sé que se llamaba Plutón. Nada más –la informé.
—Está claro que no era más que un simple peón en toda esta estrategia.
Asentí.
—Es posible que Caronte también lo sea —dije— Y tú y yo lo somos, sin duda.
La tripulación era numerosa para una nave de aquel tipo. Calculé un número indeterminado entre nueve y quince personas. Desde luego, nadie se preocupó de presentarnos. Se dieron algunas órdenes, rápidas y escuetas. Una mujer (joven, enérgica) nos indicó nuestro lugar (unos cómodos asientos situados en una esquina de lo que parecía un lugar de paso y desde donde no teníamos ninguna referencia de lo que ocurría) y luego nos ordenó permanecer quietos. En resumen, ¡no molesten!
Una ligera vibración, apenas perceptible, me indicó que los motores estaban en marcha. Al cabo de unos minutos, no menos de ocho ó diez, nos dijeron que podíamos movernos. Me solté los cinturones y busqué a Caronte con la mirada, pero no estaba a la vista y no parecía fácil que nos dejaran husmear por la nave. No por las buenas al menos.
Pero la mujer que antes nos acomodó no se había olvidado de nosotros, porque apareció y me tendió la mano. Confirmé mi primera impresión: era alguien de carácter fuerte y personalidad decidida: un ego superior.
—No hemos sido presentados. Tendrá que disculparnos, pero las circunstancias obligan. Me llamo SHelena. Usted, imagino, es Belzebü.
—Así es.
—Le esperábamos con su ayudante. ¿Es ella?
—Diosa —informé.
SHelena le tendió la mano a Diosa. A pesar de la breve inspección a que la sometió, no se apercibió de que era manca de la mano (y parte del antebrazo) derecho.
—Antes, quizá, estuve un poco brusca, pero sea bienvenida —dijo.
Diosa sujetó con su mano izquierda la mano que la otra le tendía. Noté un sobresalto en SHelena.
—Disculpe, no sabía...
—No tiene importancia —la tranquilizó Diosa.
—Aún no hemos salido de la atmósfera. Nos movemos en las capas altas mientras damos dos rotaciones. En la segunda estaremos completamente fuera del planeta. ¿Quieren verlo?
Nos acompañó al puente. La vista no me impresionó, pero la elogiamos.
—Mas tarde, desde cualquiera de los salones podrán disfrutar más cómodamente.
—¿Más tarde? —indagó Diosa.
—Normalmente les habríamos instalado directamente —se disculpó SHelena— Pero hemos tenido una salida precipitada, como saben, y por el momento no podemos dejarles pasar al interior de la nave. Por cierto —se dirigió a Diosa— necesitamos sus papeles. Supongo que los arregló usted antes de salir.

Relato Ciencia Ficción - Infierno (II) —Desde luego. Puede comprobarlo.
Diosa sacó su tarjeta blanca, debidamente sellada, y se la entregó a SHelena, que se alejó de nosotros con una sonrisa llena de cordialidad.
—No dejarán de controlarnos mientras no comprueben tu identidad —le susurré a Diosa.
—Lo sé. Puedes estar tranquilo.
Bueno, si ella lo decía yo estaría tranquilo. Le eché un vistazo al puente y pensé que yo solo podría gobernar aquella nave con los ojos cerrados. Había dos hombres a los mandos (la capitana desapareció en cuanto nosotros llegamos; volvería antes de que completáramos la segunda rotación, me dije) De todos modos, con la ayuda de la computadora, estaba seguro de que aquellos dos tipos sobraban: tenerlos allí era una cuestión de estatus: un auténtico capitán siempre exigirá su piloto y su comodoro.
SHelena se nos acercó y le devolvió a Diosa su pase.
Una comprobación rápida.
—Todo está bien —sonrió— Ahora estoy muy ocupada, pero les dejaré en un sitio más agradable.
Nos acompañó a un salón (amplio, acogedor, confortable) y luego desapareció. Yo no perdí el tiempo: me dirigí al bar, me serví un vodka y me arrellané en uno de los butacones.
—No es lo que yo tomaría para un despegue — apuntó Diosa.
—Yo lo tomo siempre. Es una vieja, vieja, costumbre.
Tan vieja como yo, pensé. Bueno, estaba en ese momento de la vida en que un hombre empieza a asumir los cambios de su biología. De nada vale que otros protesten y aseguren que aún eres joven.
Sabes que no. Y entonces aparece en tu vida una mujer como Diosa. Aún eres capaz de conquistar a mujeres más jóvenes que tú, por supuesto, pero esto era diferente. Desde el primer momento te das cuenta. Y te preguntas si aún vales par vivir una auténtica relación. Y no me refiero a un rato de cama, eso lo llevo bien. Me refiero a una historia: hablar, comunicarse, intercambiar las vidas hasta donde eso es posible. ¿Hasta donde es posible para mi?, me pregunté. ¿No estará tu sensibilidad tan atrofiada que sea ya incapaz de mantener una comunicación fluida más allá del tiempo que dura un polvo?
Sí, amigo, estas dudas me asaltaban justo cuando iniciaba un viaje del que tal vez no volvería.
Sin duda, me hacía mayor. Para mi sorpresa, Diosa me imitó y se sirvió un vodka.
—Si forma parte del protocolo, me acostumbraré —dijo.
Dejé a un lado las dudas. A través de las ventanas veíamos la capa alta de las nubes, tan cerca que parecía que podías tocarlas. Por debajo de ellas, el lejano suelo de África; por encima, apenas se adivinaba el oscuro espacio. Y allí, frente a mí, la mujer que amaba. Ella se sentó a mi lado.
—¿Siempre te has dedicado a este oficio? — preguntó.
—¿A este oficio?
—Si, supongo que es un oficio... Guiar expediciones.
Había un tonillo burlón en su pregunta, pero respondí amablemente.
—Bueno, no siempre. Fui piloto en otro tiempo. Me gustaría decir que aún lo soy, ó que aún me siento piloto, pero no es así. Tampoco me siento guía, explorador ni nada por el estilo. Solo son cosas que hago para ganarme la vida.
Diosa me escuchó impasible. Supongo que había en mis palabras un tufillo de autocompasión que daba asco. Bebió un sorbo, tal vez para dar tiempo a que se fuera el tufo; yo la imité.
—¿Porqué dejaste de ser piloto? —preguntó.
Odio esa pregunta. De todas formas, no quería ocultar nada. Le conté la historia sin entrar en pormenores. Solo me llevó dos vasos de vodka hablarle de mi vida.
—¿Has empleado el dinero que sacas de este viaje para curar a tu mujer?
—Solo la mitad.
—En mi opinión es una pusilánime —comentó.
—Esa historia terminó —dije— No me gusta opinar sobre Lucía. Al fin y al cabo, hubo un tiempo en que creí en ella... ¿Y tú, siempre te has dedicado a esto?
—Aprendí el oficio desde joven.
—¿El oficio de contar historias de los demás?
—No. El oficio de vivir la vida. Ó, si lo prefieres, el oficio de salir adelante. Contar lo que veo solo es una forma de subsistir, nada más.
Sonreí.
—Brindo por dos balas perdidas sin oficio.
Bebimos. No tuvimos tiempo de seguir hablando porque en aquel momento apareció Caronte. Le acompañaban dos tipos a los que no conocía, y también estaba SHelena. Diosa y yo nos pusimos en pié. Caronte hizo las presentaciones.
—Espero que hayan tenido tiempo de relajarse
—dijo— ¿Han disfrutado del despegue?
—Ha sido muy emocionante —dije, sin emoción.
—Claro, están ustedes acostumbrados. Era solo una forma de cortesía. En todo caso, es hora de que el equipo se conozca.
—¿Nosotros seis vamos a bajar a Infierno? —pregunté.
Quería saber si alguien sobraba en aquella reunión.
—Así es. Creo que ya conocen a SHelena. Ares y
Miguel Arcángel completan la expedición por nuestra parte. Se los describiré. Ares era un tipo bajito y regordete; parecía pacífico y feliz. Cuando le conocí mejor (antes de matarle) supe que era el hombre más cruel e inhumano que podía haber conocido en toda mi vida. Su capacidad para infringir sufrimiento terminó en aquel viaje. Miguel Arcángel parecía triste.
—Ella es Diosa, mi ayudante —dije por mi parte.
—Bien, ya veo que se han servido ustedes.
Sentémonos.
Diosa y yo, en efecto, teníamos nuestros vasos. Ares también se sirvió un vodka. El resto se abstuvo.
—Les pondré en antecedentes —dijo Caronte, cuando todos estuvimos instalados (Ares permaneció de pié todo el rato)— Esta nave, L'Aurora, se dirige directamente Infierno. Tiene capacidad para hacerlo, potencia, capacidad de aceleración y reserva de energía más que de sobra. Con ello quiero dejar claro que no tocaremos en la estación espacial ni en ningún otro lugar.
Supuse que aquel era el motivo de que Caronte, siempre tan reticente, por fín abordase en detalle el objeto de la expedición. Si no tocábamos puerto, no tendríamos ocasión de ser, digamos, indiscretos. Y eso quería decir (si eran mínimamente cuidadosos) que las comunicaciones de la nave con el exterior estarían controladas; estaba seguro de que L'Aurora dispondría de algún sistema de barrido e interferencia de todas las frecuencias que quisieran entrar ó salir, extraoficialmente, de la nave. Por supuesto, nada de disponer de un terminal para uso privado. Tomé nota de avisar a Diosa. Si ella disponía de algún sistema emisor ó receptor, tendría que dejarlo dormir ó se delataría.
—Nuestro destino es: directos al objetivo — explicaba Caronte— Cuando lleguemos a Infierno L'Aurora nos esperará en órbita. Puede posarse en superficie sin problemas, como ya han podido comprobar, pero no lo hará en Infierno por seguridad. Descenderemos, instalados en el vivac, en una de las naves auxiliares. En cuanto la nave toque suelo, extenderá su rampa y bajaremos dentro el vehículo. A partir de ese momento estaremos solos.
—¿La nave auxiliar tampoco esperará?
—La pilotará un oficial de L'Aurora —intervino
SHelena— En cuanto nos suelte regresará.
—¿Como vamos a asegurar las comunicaciones?
—El vivac tiene suficiente capacidad. Por si solo nos asegura la comunicación con L'Aurora.
—Por experiencia sé que eso no es suficiente. Ustedes parecen no darse cuenta, pero Infierno es un lugar completamente desconocido, incluso para mí.
Los accidentes del terreno, y la propia atmósfera pueden convertirse en un eficaz sistema de interferencia. Podríamos vernos aislados de L'Aurora en el momento más inoportuno.
—¿Que sugiere? —preguntó Ares.
Levanté la vista hacia él.
—Un sistema de balizas.
—¿Quiere que coloquemos un baliza en el punto donde nos deje la nave auxiliar?
—No solo eso. Debemos llevar las suficientes balizas en el vivac para salvar cualquier obstáculo.
Mientras sea posible la comunicación directa con
L'Aurora, haremos uso de ella. Pero si en algún momento no fuera posible, L' Aurora mantendrá contacto con la baliza original; nosotros solo tendremos que preocuparnos de mantener ese contacto mediante balizas sucesivas.
—Me parecen excesivas sus precauciones — opinó SHelena— Además, olvida usted que L'Aurora pondrá en órbita un satélite que tendrá localizado el vivac en todo momento.
—El vivac se moverá —insistí— y también el satélite podría perderlo. Al igual que L'Aurora, también el satélite deberá disponer de dos líneas de comunicaciones. Así estaremos seguros.
Advertían los ojos de Shelena que no le gustaba perder una discusión. Sin embargo, no replicó.
—Se hará como dice —concedió Caronte— Usted manda y se seguirán sus instrucciones en todo lo referente a movimientos sobre el terreno.
—¿Como llevaremos a cabo el rescate? –Quise saber— ¿Dispone lo que buscamos, sea lo que sea, de algún sistema de localización?
Caronte pareció dudar. Observé que Ares estaba encendiendo un pitillo; enseguida, el suave aroma de las hierbas llenó la habitación.
—Llevaba un localizador —admitió Caronte— y en teoría debería de funcionar pero lo cierto es que no lo hace.
—¿No se le puede despertar a distancia?
—Hasta ahora no hemos conseguido que dé ni los buenos días.
Aquello me dio que pensar. Un sistema de localización es pequeño, compacto y va tan protegido como una caja negra, por la misma razón de que solo es útil en caso de accidente.
—¿Que creé que ha podido pasar? –quise saber.
—Sabemos tanto como usted. Perdimos contacto con la nave.
—¿Era una nave?
—¿No se lo había dicho?
Me encogí de hombros.
—¿Creé que ha podido quedar pulverizada? — Indagué— Porque si es así, no habrá nada que rescatar y esta expedición será inútil.
—No. Está descartado que la nave quedara pulverizada. La nave era seguida al segundo.
Cualquier dato del vuelo era registrado y almacenado. En la última comunicación, la nave se acercaba a Infierno con un vector abierto. Si todo falló en ese instante, y esa es nuestra peor opción, debemos pensar que la nave siguió inercialmente con dicho vector, lo cual le llevaría a entrar suavemente en la atmósfera: no pudo caer al suelo sin haber dado, cuando menos, dos vueltas completas. Eso quiere decir que en ningún caso la nave habría entrado en la atmósfera de Infierno como un bólido. La explicación de Caronte resultaba poco convincente. Un montón de detalles me parecían poco precisos.

Relato Ciencia Ficción - Infierno (II) —Y sin embargo, el sistema de localización no funciona —apunté— Antes dijo que su peor opción es que todo hubiera fallado en el momento en que perdieron la comunicación. Una especie de lipotimia tecnológica —ironice— Posible, pero poco probable. En mi opinión hay otra opción aún peor.
—¿A que se refiere?
—La nave pudo estallar en la atmósfera. No se exactamente quienes son ustedes ni quienes son sus enemigos. Pudo haber sido un accidente ó un atentado. De cualquier manera, nada habrá quedado. Hasta sería un milagro que algún pedazo cayera sobre Infierno.
—Esa posibilidad fue comprobada y desechada —intervino Ares— Por eso estamos aquí.
—Así es —corroboró Caronte— Fíese de nuestra palabra. Se rastreó el espacio en busca de posibles restos. Nada. Ni grandes ni pequeños. Por lo demás, y para ser sinceros, la carga que llevaba esa nave, llamémosla Equis, habría organizado unos bonitos fuegos artificiales. No se registró ninguna señal de radiactividad fuera de lugar.
—De acuerdo —concedí— Pongamos que cayó a Infierno. Resuélvanme entonces una duda: El lugar de la caída. El supuesto lugar de la caída, cerca del viejo asentamiento de Paraíso, lo han deducido ustedes partir del vector de aproximación inicial, ¿no es eso?
—Sí, en efecto.
—Pero la nave pudo no perder el control en ese momento.
Sus tripulantes pudieron variar el rumbo después de perder contacto... Aceptemos que no se perdieron en el espacio profundo: seguramente habrían sido detectados por alguna baliza antes de desaparecer definitivamente. Aceptemos, pues, que cayeron a Infierno. Si variaron el rumbo después de perder contacto, ¿se dan ustedes cuenta de que pudieron caer, literalmente, en cualquier lugar del planeta?
Caronte intercambió una rápida mirada con Ares y SHelena. Miguel Arcángel parecía ausente y distraído.
—Está bien, Belzebü. Eso no fue posible. La nave Equis no llevaba tripulación.
Bueno, me quedé callado. ¿Han oído ustedes hablar alguna vez de una nave que no lleve tripulación? Yo tampoco. Es, como mínimo, una locura, aparte de completamente ilegal.
—Seré más preciso —continuó Caronte— La nave Equis iba equipada con un sistema de navegación que, en caso de perder la comunicación con su centro. El objetivo de esta medida era conocer, a partir del último vector transmitido, su dirección y velocidad. Descartado que la nave Equis fuera destruida por una explosión, solo queda una posibilidad: la nave siguió su rumbo, tan solo desviada por la atracción que Infierno ejercía sobre ella. Lo demás es cálculo.
—Y azar —apunté— No hay que descartar que alguna turbulencia en la atmósfera desviara a la nave de su rumbo.
—Una posibilidad ínfima, si es que hablamos de turbulencias a gran escala —intervino SHelena— Turbulencias menores sí son posibles; incluso contamos con ellas. Por eso rastrearemos una zona de varios cuadrantes. ¿No se lo habían dicho?
—El señor Belzebú está al tanto de esos detalles —cortó Caronte— Le hemos explicado todos los pormenores necesarios. ¿Alguna sugerencia ó alguna pregunta?
—Solo una cosa. Me fío de su capacidad, desde luego, pero antes de bajar quiero comprobarlo todo personalmente; hasta el papel higiénico. Por lo demás, si no me equivoco, el viaje hasta nuestro objetivo no será corto ni breve. Seguramente, no menos de doscientas horas. Si algo me inquieta durante ese tiempo, se lo comunicaré.


CINCO
Se levantó la reunión y alguien (creo que una de las pocas personas dedicadas a servicio en L'Aurora) nos indicó nuestro camarote. Digo nuestro porque Diosa y yo fuimos introducidos en la misma cabina, lo que no me importó en absoluto. Era amplia, sin duda, suficiente para que no chocáramos continuamente si no queríamos (aunque a mi no me importaba). La entrada daba directamente a un salón confortable y de buenas dimensiones. Luego, al fondo, un distribuidor llevaba al dormitorio y a la cabina de duchas y servicios.
—Todo un lujo —comenté— Por lo visto prefieren juntarnos en lugar de darnos camarote a cada uno.
El tipo que nos acompañaba se encogió de hombros.
—No se queje, amigo. A mi también me gustaría tener a mano a ese bombón.
—Será mejor que no repitas eso —advertí— Puede oírte.
—A la orden. Si me permiten, les enseñaré esto. Allí está el bar, tiene de todo. Y si quieren lo que sea para comer, a cualquier hora, solo tienen que descolgar ese teléfono. La cocina no cierra.
—Perfecto, amigo. Ya nos lo has enseñado todo. ¿Como te llamas?
—Horacio. Si me necesita, marque el diez –se señaló un audífono junto a su oreja— En cualquier momento.
—Gracias, Horacio.
Le pagué el servicio generosamente y le despedí.
Desde que terminamos la reunión estaba deseando conocer el punto de vista de Diosa sobre la gente que nos acompañaba. Aún no habíamos tenido tiempo de hablar reposadamente del asunto. Además, deseaba ponerla sobre aviso del riesgo que entrañaba establecer comunicaciones.
—¿Que opinas del resto del equipo? –le pregunté para empezar a hablar.
Ella me cerró la boca con la suya. Apoyó suavemente su mano izquierda en mi nuca mientras su brazo derecho se las arreglaba para acariciar sensualmente mi espalda. Sentí un escalofrío, como un rayo recorriéndome de arriba abajo. La abracé y prolongué el beso; su cuerpo se apretó contra el mío y aquel momento, amigo, pareció eterno. Cuando se separó, muy despacio, su boca seguía muy cerca de la mía.
—¿Decías algo? —susurró.
—Te preguntaba (la besé) tu opinión (la besé otra vez) sobre el resto del equipo (la besé, la besé con fuerza).
Permanecimos abrazados, las bocas moviéndose hendidas la una en la otra en un beso largo y apasionado. Luego ella se separó mansamente.
—Ares es frío, frío como la escarcha —dijo, sin dejar de besarme.
—¿Qué mas?
—SHelena es peor que cinco arpías.
—¿Si?
—Apoya a Caronte para subir. Pero si para subir tuviera que prescindir de Caronte, le traicionaría.
— ¡Hum! ¿Y los otros?
—Diría que Caronte sabe perfectamente quién es quién en su equipo, y que sabe utilizarles.
—Ya...
—No creo que se deje manejar por SHelena, y tampoco parece que se impresione por lo que va dejando en el camino.
—¿No?
—No, a juzgar por su reacción tras lo ocurrido en el espaciopuerto. Nada puedo decir sobre el otro.
—¿Ninguna impresión sobre él?
—Puede que sea un perro fiero, que salte solo cuando su amo se lo ordene y que permanezca tranquilo el resto del tiempo, ó puede que tenga ideas propias. ¡No lo sé!
—¿Y quién sería el amo, en este caso?
—Parece claro que Ares tiene ese derecho.
—Está bien. Otra cosa, sospecho que disponen de un sistema de barrido de frecuencias. Si pensabas emitir ó recibir, ¡olvídalo!
—Lo sé, cariño —me besó con fuerza— No pensaba hacerlo.
Iba a decir algo, pero ella me echó los brazos al cuello y selló de nuevo mi boca.
—Creo que voy a pedir algo de comer... para dentro de un par de horas —dije, cuando pude separarme un poco— ¿Te parece bien?
—No voy a entrar en discusiones temporales — sentenció.
Hice el pedido. Encargué de todo en abundancia, incluyendo carne, huevos, patatas, cerveza, café y bollos. Les dije que no quería verles por allí antes de dos hora, y que si aún así llamaban y no aparecíamos, lo dejaran todo en el suelo junto la puerta.
En todas las naves que viajan dentro del Sistema, se mantiene la rutina del horario del planeta de origen. La duración de un día es casi estándar en todo el Sistema; puede variar de las veintitrés horas de Atenas, a las dieciocho de África. Este tiempo de rotación de los planetas no es natural; se consigue con el control del campo—g y se ajusta siempre en el entorno del ritmo circadiano. Para conseguir el ajuste deseado se varía el valor del campo dentro de un intervalo de tiempo perfectamente controlado. Estas alteraciones provocan cambios en la velocidad de giro gracias a la conservación del momento angular. En realidad solo una vez que el periodo de rotación queda establecido de esta manera, se procede a la adecuación del planeta, modificando su atmósfera y las condiciones del suelo hasta hacerlo habitable.
Pero ya hemos hablado de ese tema. Las vacaciones que se registran en la duración del día en los distintos planetas tampoco son un capricho ni fruto del azar, sino que el ajuste se hace en función del tamaño, ya que un vector angular desproporcionado trae consigo una meteorología con variaciones climáticas demasiado bruscas, acompañadas de fenómenos de gran inestabilidad y vientos fuertes, todo ello a menudo en el limite de lo aceptable para la actividad humana.
Diosa y yo perdimos la noción del día y de la noche durante aquel viaje; perdimos la noción de las horas y de los horarios; perdimos la noción de cualquier espacio más allá de aquel donde nos encontrábamos, abrazados, hablando, mirándonos ó reponiendo fuerzas. Aquello duró hasta que vimos el reflejo de Infierno dibujarse en nuestra pequeña ventana.
Lo vi cuando volvía del salón con algo de beber. Era un filo parduzco, apenas visible, dibujado en la ventana. Diosa se acercó por detrás y me abrazó; estábamos desnudos, con la vista fija en aquel intruso que aparecía insolente en nuestro horizonte. Por lo que a mi se refiere, la aparición me devolvió a la realidad de aquel viaje y de aquella misión. Diosa debió notar que estaba tenso; me besó en el cuello, mientras su mano izquierda comenzó una larga y sinuosa caricia. Apretó uno de mis pezones. Apenas respondí a la provocación, pero ella no desistió; su mano resbaló por mi cuerpo, acarició insistente mis caderas y luego se dirigió decidida hacia mi sexo. Dejé los vasos sobre la cómoda, delante de mí, y me volví hacia ella. Algo había conseguido; la abracé y la llevé de nuevo a la cama. Media hora más tarde, con su cabeza apoyada en mi hombro, saboreábamos sendos vodkas.
—¿Te preocupa especialmente este trabajo, Bel? —preguntó.
—No es eso.
—Antes parecías... no sé, inquieto.
La besé, aparté su cabeza y me acerqué de nuevo a la ventana. La vista apenas había variado, si acaso el filo se había hecho algo más ancho. Volví junto a Diosa y le acaricié el cabello.
—Ahí sigue. Parece muerto e inofensivo... ¿Sabes?, Infierno fue una de las aventuras mas osadas que nunca emprendió nuestra especie. Supongo que fue... exceso de confianza. Ó tal vez soberbia. La atmósfera de Infierno nunca fue completamente estable, y sin embargo había tanto optimismo que a mucha gente no le importó instalarse aquí, con ayuda de máscaras de aire y otros equipos. Fue increíble. Se desdeñaron incluso los efectos de marea provocados por la estrella. Yo nací aquí.

Relato Ciencia Ficción - Infierno (II) Diosa me miró.
—No lo sabia... quiero decir, ni siquiera podía pensar que alguien hubiera nacido en este mundo.
—Hucha gente nació en Infierno... Bueno, no mucha en realidad; creo que no dio tiempo. Mi madre llegó aquí cuando ya me estaba esperando, y permaneció en el asentamiento de Paraíso, al lado de mi padre, durante más de siete años. Fueron de los más tenaces, sin duda. Intentaron sacar adelante a una familia en un mundo imposible. Finalmente desistieron, como todos, aunque creo que las huellas de Infierno son para siempre. Nunca desaparecen del todo.
—¿Estuviste aquí hasta los siete años?
—Así es.
—Y luego volviste, ¿no es eso? ¿Por qué?
—Me pagaban por ello.
—¿Como es Infierno?
—Es tu enemigo. De eso te das cuenta enseguida. No importa lo que vengas a hacer aquí. Enseguida notas que Infierno intentará matarte. He visto morir aquí a mucha gente. Cuando era niño, llegué a pensar que eso era algo normal: la vida era así. Por lo que recuerdo, los momentos en que alguien moría, cuando una familia se quedaba sin padre, cuando un madre desaparecía con sus hijos... esos momentos eran los más frecuentes e intensos. Y se repetían. Y a pesar de ello, la gente continuaba. Muchos abandonaban, vencidos, pero otros muchos seguían, enfrentados a lo imposible. Aún los veo allí... y me sigo preguntando qué les impulsaba.
—Tal vez la desesperación.
—La desesperación, el deseo de vencer a quién ha matado a tus seres queridos. Y también la falta de ganas para seguir viviendo.
—¿Querían que el planeta acabara también con ellos?
—Recuerdo a muchos que lo consiguieron.
—Eras muy pequeño, Bel.
La miré fijamente.
—Pero nunca olvidaré a toda aquella gente, ni aquellos momentos. ¡Nunca!... Luego, es irónico, la vida fuera de aquí, la vida en África, me descolocó. Mis padres murieron en un estúpido accidente y yo recibí mi educación pública. ¿Sabes?, necesité ayuda psicológica, ayuda profunda y especial para deshabituarme de todas aquellas desgracias, de aquel drama continuo, de aquellas muertes. Al principio, cuando me quedé solo, me sentía extraño y desgraciado, no podía comprender un mundo en que los seres queridos de alguien no muriesen a un ritmo aproximado de uno cada cinco días. Me sentía extraño y culpable. Hasta la muerte de mis padres parecía encajar perfectamente en el escenario de mi infancia. Sé que no conseguí salir enteramente triunfante; siempre he supuesto que la felicidad se romperá bruscamente.
Diosa cogió una de mis manos y la besó.
—A veces la felicidad se rompe, eso forma parte de la vida —dijo— Pero no tiene porqué pasar siempre.
Era una verdad muy sencilla, pero necesitaba oírla. La besé.
Después de aquello decidimos reunirnos con el resto de la expedición, así que nos duchamos, nos vestimos, adquirimos un aspecto digno y salimos al salón, donde descubrimos que Horacio nos había echado de menos.
—Ya temíamos que les hubiera pasado algo — dijo, en cuanto nos vio aparecer.
—Espero que no hayas dado la voz de alarma.
—Bueno —sonrió— Yo dejaba las bandejas llenas de comida y las recogía vacías, así que supuse que todo marchaba bien, después de todo (me guiñó un ojo).
—¿Alguna novedad reseñable?
—Todo ha ido como la seda, amigo. Aunque creo que han aparecido ustedes muy oportunamente.
Como respondiendo a sus palabras Caronte entró en el salón en aquel momento y se dirigió a saludarnos.
—Espero que hayan tenido una travesía agradable. Ni yo ni mis hombres hemos tenido tiempo de ocuparnos de ustedes. Espero que los pasatiempos de la nave hayan sido suficientes para mitigar el aburrimiento.
—En efecto, el aburrimiento no ha sido ningún problema. Por lo que he podido ver, nos estamos acercando.
—Durante la noche L'Aurora entrará en posición orbital. Por la mañana habrá terminado la maniobra de máxima aproximación. Debemos estar preparados para ese momento; me temo que no habrá mucho tiempo para descansar.
Me abstuve de explicarle que el reposo y la comida no eran dos de nuestros problemas inmediatos.
—Aún no he visto el vivac. Le recuerdo mi derecho a dar el visto bueno a todo el equipo.
Caronte se empeñó en acompañarnos personalmente, así que subimos hasta el hangar donde estaba la nave auxiliar. Durante el trayecto, atravesando pasillos y corredores, pensé en Caronte.
Su personalidad iba ofreciendo nuevos aspecto a medida que le conocía. Tras nuestro primer encuentro recuerdo que le juzgué como un mero aventurero, un individualista, tal vez un mercenario (de alguna manera, me pareció una imagen de mi mismo). Desde luego, me seguía pareciendo que no era alguien a quién los escrúpulos pudieran desviar de su objetivo, pero presentaba otras facetas que no había supuesto en él, como su capacidad de mando, el saber dirigir, llevar, conducir, a todo un equipo. Hasta, me parece, era un buen anfitrión.
La nave auxiliar estaba siendo sometida a los controles de rutina. Los cables colgaban de aquel pájaro como si fuera un enfermo en el hospital. Un mecánico comprobaba en una terminal los resultados de la exploración. Bajamos luego a la panza de la nave y entramos directamente en el vivac. Hice una comprobación minuciosa: balizas, emisoresreceptores, equipos de aire (no eran necesarios trajes de presión, pero la atmósfera era cada vez más pobre en oxígeno libre debido a las emanaciones de nitrógeno y azufre diatómico del interior del planeta.
Alguien dijo en cierta ocasión que si el carbono fuera lo suficientemente abundante en Infierno, andando el tiempo el planeta habría alumbrado sus propias formas de vida) y por supuesto, todo lo necesario para el mantenimiento del propio vivac.
Regresamos con Caronte al salón, pero no quise dejarle marchar sin antes pedirle una aclaración.
—Una cosa —le dije.
—¿Que le sucede?
—El suceso del espaciopuerto... Plutón murió de un disparo certero y, si no fuera porque reaccionamos con rapidez, tal vez cualquiera de los dos, usted ó yo mismo, hubiera caído también. Quiero decir que he sido contratado para guiar una expedición, no para participar en una guerra.
—Comprendo que esté inquieto, pero no debe preocuparse. Como pudo comprobar en su momento, dispusimos el despegue de forma inmediata. Con eso, estamos seguros, abortamos cualquier nuevo atentado.
Hice una suposición que me parecía evidente.
—Lo que ocurrió está relacionado con lo que vamos a buscar, ¿no es así?.
Caronte torció el gesto.
—Es muy posible, aunque hemos preferido no pararnos para hacer las averiguaciones. Otros las habrán hecho ya, espero.
—¿Que quiere decir?
—Aunque se peinó el lugar minuciosamente, no se pudo encontrar al asesino. Se escabulló, lo que demuestra que era bueno y precavido. Con todo,
Plutón tenía sus propios enemigos. No hay que descartar que el objetivo fuera exclusivamente él.
—Ni usted mismo se creé eso.
—Como quiera, pero si alguien quiso impedirnos salir de África, fracasó. Ahora estamos en Infierno y llegaremos al objetivo. Nos vemos dentro de cuatro horas.
Ni SHelena, ni Ares ni Miguel Arcángel aparecieron por el salón. Diosa y yo optamos por volver nuestro camarote. Nos quitamos la ropa entre caricias y luego hicimos el amor. Fue diferente, más intenso y, quizás, más infeliz. Nos mostramos más tiernos, si ello es posible, pero había un rasgo de desesperación en ello: como si acabáramos de perder la inocencia, nos dábamos cuenta de que las largas y felices horas pasadas al margen del tiempo y del espacio, se terminaban. (Yo no quería pensar en el final. Mi cabeza iba más allá, hasta un momento en que la misión a Infierno había terminado felizmente y Diosa y yo podíamos organizar nuestra vida juntos).
Nos dimos juntos una rápida ducha, ayudándonos mutuamente. Luego, mientras nos vestíamos, Diosa se puso repentinamente seria.
—Espero que no me odies antes de que todo esto acabe —me dijo.
La miré sorprendido. Hacía un rato la había dicho, por enésima vez, que la amaba.
—No es fácil que lo consigas —dije sin mucho énfasis.
—¿Los sentimientos no pueden cambiar? — preguntó.
—No tanto. No tan rápido —aseguré.
—¡Ojalá tengas razónl —suspiró.
Me acerqué a ella y la abracé.
—¿Que te preocupa?
Se sumergió en mis brazos y apoyó suavemente su cabeza en mi hombro. Luego, de repente, se puso tensa y se separó.
—No debes temer esta bajada —dije, juzgando que su estado se debía a la inquietud que le provocaba el inminente descenso a Infierno— Conozco el terreno y cuidaré de ti. ¿Te he contado ya que nací allí?.
—Sí, me lo has contado —su voz sonó firme y dura. No, no tenía miedo. Lo que yo iba a decir en aquel momento no salió nunca de mi boca. Una sirena aguda y estridente me desanimó.
Llegamos al andén donde se encontraba la nave auxiliar cuando ya se apagaban los últimos ecos de la llamada. Caronte, SHelena, Ares y Miguel Arcángel también llegaban en aquel momento. El único saludo que cruzamos fue una mirada silenciosa.
El vivac ocupaba casi toda la bodega de lado a lado. Aunque llevaba una puerta lateral, no era posible utilizarla en aquel momento por quedar demasiado cerca de las paredes de la propia bodega, así que todos nos encaramamos a la parte alta del vehículo y penetramos por la cubierta superior.

Relato Ciencia Ficción - Infierno (II) Me dejé caer en el interior sin utilizar la escalerilla. El vehículo era completamente ciego. Un número suficiente de cámaras proporcionaban imágenes del exterior a los monitores del puesto de control. Cuando avanzaba en la noche, el vehículo en sí parecía una luciérnaga, con potentes focos que lanzaban haces de luz en todas direcciones, de manera que las cámaras pudieran captar con nitidez todos los detalles. Tras el puesto de control del vehículo, situado en uno de sus extremos, la parte media del mismo se dedicaba al almacenamiento de todo aquello que se pudiera considerar necesario, incluyendo armas; tanto las paredes laterales como el techo estaban formados por compartimentos adecuados para tales funciones. Algo más allá, a ambos lados, se abrían sendas puertas para entrar y salir del vehículo. A continuación, en la parte trasera, estaba la zona destinada a habitáculo. Había seis literas, dos adosadas a la pared de la derecha, otras dos en la izquierda y dos más en la pared del fondo. Junto al extremo de cada litera había un armario conteniendo utensilios de uso personal: equipos de aire, cincuenta raciones, armas cortas de fuego y armas blancas, pastillas de clorhidrato de fenil, fósforos, pistolas lanza bengalas con sus bengalas, bengalas de mano, linternas, casco con linterna, equipo ligero de comunicación, además del correaje adecuado para ir cargado con todo ello. En el centro del habitáculo un mesa con seis sillas alrededor servia de punto de reunión.
SHelena nos indicó a Diosa y a mí las dos literas de la derecha; los demás parecían conocer cada cual su sitio. Ares ocupó la litera inferior del fondo y Miguel Arcángel la superior. Caronte y SHelena se instalaron en las de la izquierda. Shelena sacó de uno de sus armarios una pequeña pistola para inyectables y se acercó a nosotros.
—Descúbranse un brazo —pidió.
Obedecimos.
—¿Un vacuna? —pregunté.
SHelena apoyó la boca de la pistola en mi brazo y soltó el gatillazo.
—Un chip de localización personal. Todos llevamos uno. Es imperativo.
Repitió la operación con Diosa, que le ofreció su brazo derecho, lo que hizo más evidente su muñón. SHelena no tuvo inconveniente en mirarla atentamente un instante.
—¿Accidente? —preguntó.
Diosa clavó en la otra aquella dura mirada que tan bien conocía.
—Herida de guerra —susurró.
Caronte tomó la palabra y se dirigió a todos.
—La nave auxiliar que nos dejará en Infierno, está a punto de despegar. El vivac no está anclado, de manera que podemos esperar algunas vibraciones. Les aconsejo, por lo tanto, que se tumben en su litera y tengan paciencia hasta que este pájaro se pose en Infierno.
Fueron cuatro largas horas. La nave auxiliar, tal como anunció Caronte, despegó casi enseguida.
Puesto que no había ventanas, la única referencia que teníamos del movimiento de la nave era la reacción que los cambios de velocidad ó de dirección provocaban en nuestros propios cuerpos. Empero, estas sensaciones son tremendamente confusas en el espacio, y más cuando no se dispone de una referencia visual. Notamos, desde luego, la fuerte vibración que siguió a la puesta en marcha de los propulsores que nos tenían que alejar de L' Aurora.
Por un momento pareció que todo iba a romperse. Todo lo que no iba soldado (es decir, todo el material que llevábamos para la expedición) empezó a entrechocar con un ruido espantoso. Durante unos tres minutos pareció que el mundo se acababa; luego, de repente, sentimos sobre nuestros cuerpos la blandura de la ingravidez y el ruido y las vibraciones cesaron. De vez en cuando un ruido sordo parecía surgir de alguna parte y se prolongaba lentamente hasta morir.
Nadie habló en todo el viaje. Me preguntaba en que iría pensando cada uno de mis compañeros.
Por lo que a mí se refiere, mi cabeza, incapaz de detenerse en un solo pensamiento, vagaba de uno a otro (aunque Diosa aparecía en casi todos ellos).
Sabía que teníamos que encontrar una nave que había perdido el control en la atmósfera superior. Sabía que no era imposible que hubiera quedado intacta, ya que los colchones de aire y los paracaídas disponen de mecanismos de seguridad que les hacen funcionar aún en el caso de pérdida total del control, simplemente conectados a altímetros de emergencia. No podía imaginar que tipo de carga transportaba aquella nave (sabía que era importante y valiosa. tenía que serIo!). Además, fuese lo que fuese, también tenía interés informativo, ya que Diosa estaba dispuesta a correr un riesgo importante por estar allí... si había que creer en las intenciones de Diosa. .. ¿Y porqué no había de creerla?, me encontré preguntándome a mí mismo. Sentí asco de mis pensamientos. Me di cuenta de que la amaba por encima de cualquier otra cosa. En aquel momento, estaba dispuesto a arriesgar mi vida por ella.
De vez en cuando, cuando la nave hacía un viraje ó encendía un motor auxiliar, tenia que reacomodar mi cuerpo para evitar las incomodidades de la inercia. De repente, una ligera incomodidad que se acentuaba rápidamente, que tiraba de mí hacia la litera, me indicó que estábamos siendo atrapados por la gravedad de Infierno.
De nuevo volvieron las fuertes vibraciones y los ruidos. No era consciente del tiempo que había pasado y entonces pensé en Lucía: su herida estaba curándose y aquel pensamiento me dió tranquilidad y alegría. Las vibraciones y los ruidos iban en aumento y pronto impidieron hasta los pensamientos: solo podía ser consciente de aquel ruido ensordecedor y de aquel movimiento que amenazaba con destruirlo todo. El descenso se prolongaba interminablemente (¡hubiera preferido estar yo a los mandos!). De repente noté dos fuertes sacudidas, casi seguidas; supuse que el piloto acababa de abrir los paracaídas de frenado. Unos segundos más tarde, se notó una sacudida más fuerte; luego todo cesó. Acabábamos de llegar a Infierno.

Continuará...
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Aurora Bitzine revista de fantasía y ciencia ficción a 1 de julio del 2006