I. El invitado ignoto
…un hombre de aspecto desquiciado y ropas andrajosas que irrumpió en la fiesta justo cuando yo iba a declararme a Margot. El hecho de que su aparición pudiera cambiar el significado de mi vida para siempre me hubiera parecido en aquel momento un gracioso disparate. Claro que los disparates, con el tiempo, ganan en consistencia.
El extraño anduvo por la fiesta con aire errante y perturbado. Su claro desconocimiento de lo que allí se celebraba contribuía al hueco que los invitados abrían a su alrededor imposibilitando, en toda medida, que aquel hombre se confundiera con el resto. Aunque le vi acercarse desde lejos, no dije nada ni pretendí advertir a mis sirvientes que nos libraran de su presencia. Que yo perteneciera a un alto nivel social no justificaba aquella marginación.
Margot estaba hablando en aquel momento con el dueño de un prestigioso periódico neoyorquino, y yo aguardaba entonces a que su conversación finalizara para exponerle mis sentimientos. Cuando observé con total convicción que el hombre se acercaba directamente hacia mí, decidí posponer el vergonzoso momento de mi declaración.
- ¿Doctor Ende? –me preguntó el extraño surgido de la noche con una voz que denostaba un amargo cansancio.
- Sí, soy James Ende.
- Tiene… tiene que venir inmediatamente conmigo –me dijo entre jadeos.
- ¿Con usted?, ¿a dónde se supone que he de ir? – no me molesté en ocultar en modo alguno que no tenía interés en conocer los motivos que le habían llevado a mi fiesta. Lo cierto es que me consideraba bastante respetuoso por acogerle en mi hogar en compañía de tan célebres invitados—. Si no me expone con mayor claridad el motivo por el que se me requiere –le dije—, no crea que voy a abandonar mi propia fiesta.
- Se… se… —el hombre se esforzaba por hablar, aunque le faltaba aliento— se trata de la condesa de Bridgetown, algo le sucede.
- ¡La condesa! –exclamé en mitad de aquella multitud distraída.
Pese a que en apariencia nadie prestaba atención a la conversación que mantenía con aquel desconocido, un círculo de personas a nuestro alrededor se giró hacia nosotros cuando grité aquello. No era de extrañar teniendo en cuenta los rumores que sobre ella se habían extendido. Una fama extraña la suya. Incluso había quien había escrito un libro. Una historia de terror modelada en cartas que, debo reconocer, yo había leído.
- Por favor, doctor, le ruego sea discreto. Acabo de entrar a trabajar en esa casa y no quiero causar problemas.
Y encima me pedía discreción. ¿Cómo podía haber pensado aquel desconocido que podía ausentarme de mi propia fiesta para reconocer a un paciente tan afamado, manteniendo la discreción? Después se me ocurrió una idea.
- Está bien –le dije— aguarde un instante —volví a mirarle y le pregunté aun conociendo la respuesta—, ¿cómo ha venido usted hasta aquí?
El sudor que le corría por la frente no mentía.
Entré en la cocina donde dos jóvenes sirvientas, a las que había contratado para el acto, terminaban de recoger, y guardar como en secreto, los restos de la cena. Sabía que una de ellas había dado clases de piano. Su padre era un afamado afinador y la había escuchado tocar con anterioridad. El virtuosismo que se creía entonces propio de la clase alta, no parecía sentir vergüenza al surgir de sus manos de plebeya.
Le dije que necesitaba ausentarme durante unos instantes y le expliqué que era de vital importancia que los invitados no se dieran cuenta del hecho. La convencí de que aquella era una buena oportunidad de mostrar su competente talento al piano (no era momento de ser tacaño en adulaciones) y tras meditarlo durante breves instantes, ella aceptó. El único problema es que no estaba vestida para la ocasión, pero aquello tampoco supuso demasiado impedimento dado que conservaba aún algunos vestidos de mi difunta esposa. La viudedad hace, que en muchas ocasiones, las más insignificantes prendas adquieran extraños significados, por lo que guardar los vestidos de mi antiguo amor era más una necesidad férrea que un capricho melancólico.
El vestido que le ofrecí a la sirvienta, tras haber indagado entre las prendas de mi dulce Eveline, no le quedaba como un guante precisamente, pero el aspecto que le ofrecía tampoco era ridículo y ambos nos dimos por satisfechos.
Después la anuncié a los invitados y estos parecieron agradecidos de que se les ofreciera un concierto. «Al menos durante la próxima hora y media», pensé, «nadie requerirá mi presencia».
También ordené que prepararan el coche de caballos para llevarme a mí y al extraño surgido en la noche a un lugar del que no informé al servicio. Bastante traicionaba ya mi confidencialidad otorgando el conocimiento de mi visita nocturna a casa de la condesa a mi cochero de confianza. Cogí mi maletín médico, que siempre permanecía preparado sobre mi cama, y abrigado hasta límites insospechados abandoné la fiesta por la puerta del servicio.
En compañía del extraño aguardé la llegada del cochero, mientras sumidos en la niebla nocturna de Londres, mi acompañante me explicaba la enfermedad de su ama:
- Algo extraño… extraño y perverso. La condesa… la condesa hablaba un idioma que no es de la tierra, un idioma de… gorgoteos… penosos gorgoteos aberrantes…
La descripción de aquella enfermedad parecía más fruto de sus delirios que de haber sido testigo en realidad de lo que le sucedía a la condesa. No pude entender su explicación de los síntomas de ésta y me conformé con descifrar, dificultosamente, las palabras que pronunciaba aquel hombre perplejo de mente obtusa:
- Su cara… su rostro era el de la condesa, pero sus ojos no eran humanos… y sus dedos, las uñas crecían desproporcionadas… su tacto era frío y sus manos huesudas y nervudas… pero lo peor, ¡Oh!, ¡Virgen Santa!, aquel líquido viscoso. Aquella mezcla enfermiza de un color entre verde acuoso y marrón espeso y gelatinoso… Aquel pus imposible que brotaba de su herida abierta y dentada. Aquella grieta macabra en su vientre desnudo… ¡Tiene que ayudarla, Dios Santo!, ¡tiene que hacerlo!
El hombre pareció enloquecer abandonando toda cortesía, toda etiqueta mínima de comportamiento lógico, y se desmoronó entre lágrimas pueriles como lo hace un niño cuando es descubierto en mitad de una travesura, solo que su rostro endurecido por largos años de severo trabajo no era el de un infante avergonzado, sino el de un loco perturbado.
Escuché acercarse el coche de caballos en la espesa niebla londinense, mientras mi acompañante proseguía con sus indelebles pensamientos en voz alta. Aguardé a que el carruaje se detuviera ante nosotros y le ayudé a subirse al mismo. Al montar, iluminado su rostro por el farolillo que colgaba a la diestra del negro carruaje, observé enormes cicatrices cuyo tono rojizo hacían pensar que habían sido provocadas en un corto espacio de tiempo. Viendo el cansancio que se volvía sueño en el extraño y pensando en la larga distancia que había corrido para avisarme, preferí dejarle dormir a interrogarle sobre aquellas heridas anómalas. Le dejé dormir mientras la calle empedrada y desierta de la ciudad dormida le acunaba en mitad de aquella noche aciaga.
Más de veinte minutos tardó el cochero en llevarme hasta la puerta que mi callado acompañante había cruzado, supuse que a carrera, esa misma tarde. Más de veinte minutos nos habían conducido ante los portones de aquella enorme mansión de construcción isabelina, que alzaba su adusta e imponente figura sobre nosotros. Los caballos bufaban nerviosos, incomodados por algún instinto animal que ninguno de nosotros percibía en aquel silencioso jardín que rodeaba la casa. El cochero modulaba sonidos que intentaban apaciguar la perturbada calma de las ecuestres criaturas que nos habían llevado hasta allí, mientras yo arrancaba, con pequeños vaivenes, a mi anónimo acompañante del mundo de los sueños. Tardó en abrir los ojos, pero cuando lo hizo, su mirada vidriosa y cansada parecía más tranquila que antes.
- ¿Se encuentra mejor? –pregunté al hirsuto rostro que parpadeaba desperezándose ante mí.
- La condesa, –insistía— señor, tiene que ver a la condesa.
- Y así es como voy a hacerlo –le tranquilicé—, si usted me acompaña.
El hombre asintió con la cabeza y ambos fuimos hasta la puerta entreabierta de la casa. Antes de atravesar aquel umbral tan funesto, di órdenes al cochero de que se marchara y volviera dentro de una hora, para ser exactos, pues aún tenía esperanzas de volver a tiempo tras el recital de la doncella.
Después fue entrar y tornarse oscuridad.
II. Los mordiscos de la oscuridad
Los ecos de nuestras pisadas resonaban atrozmente en aquel hall vacío, y mi acompañante recogió de la entrada una lámpara de aceite que, tímidamente, arrancaba figuras de luz a la oscura estancia de lujosa decoración. El extraño me guiaba por las salas desiertas, aunque no lo hacía con el paso firme y decidido de un hombre que anda por territorios que le son habituales (después de todo era nuevo en la casa), sino con el de alguien que teme la existencia de un ser que le acecha desde algún sitio, no se sabe donde.
Caminaba, pues, dubitativo tras los pasos de aquel sirviente adormecido y asustado, asiendo con fuerza mi pequeño maletín donde guardaba con un orden sepulcral el instrumental quirúrgico. Caminaba y sobretodo escuchaba el silencio de aquella mansión… el silencio volátil de sus paredes mudas.
- Sígame señor, es por aquí— me dijo el sirviente a los pies de una interminable escalera imperial.
- Le… le síigo— pronuncié atrozmente denostando un miedo en mi voz del que no era directamente consciente.
El criado me miró extrañado por la inusual inflexión de mi tono, otras veces pausado y armonioso, y tras comprobar que le seguía, comenzó el ascenso. Aún no habíamos alcanzado el descansillo de las escaleras, cuando un grito histérico, nacido sin duda en una garganta henchida de dolor, estalló por entre las habitaciones cubiertas de sombras. Un grito horrible que pronunciaba palabras extrañas. Un sonido estridente que se marchitaba con lentitud, como ahogándose a medida que su ejecutor también se ahogaba en algún dolor imposible de soportar. Un grito que hizo que el hombre que iba delante de mí se llevara la mano libre a la cabeza como si así fuera a evitar oír aquel infierno hecho voz, aquella pesadilla cacofónica de insondable estupor.
- ¡La condesa! –gritó— ¡la condesa está sufriendo!
Y antes de que pudiera reaccionar ante sus precipitadas palabras, el hombre salió corriendo, llevándose consigo la única fuente de luz y dejándome sumido en las tinieblas solo rotas por los espeluznantes rayos blanquecinos de la luna, que se filtraban por un ventanal angosto ubicado en lo alto de una de las paredes. Allí, casi a oscuras, con el sonido indescifrable retumbando todavía en los muros internos de mi cabeza, sentí como una gélida brisa infernal se colaba por una ventana cerrada e inundaba mis huesos con su tacto áspero y frío, haciendo volar una cortina como si el viento hubiera podido atravesar el cristal cerrado a cal y canto.
Reanudaba de nuevo el ascenso a ciegas, asimilando este nuevo horror, cuando otro grito, esta vez identificado sin lugar a dudas como producido por mi acompañante, cubría la nocturna estancia de aquella mansión con olores a formol y cuerpos que me trajeron el recuerdo de mis años de universidad.
Detuve mi avance en seco. No me atrevía a moverme más en aquella oscuridad gelatinosa y espesa que cubría con su negro manto de pesada consistencia aquel recibidor abandonado.
- ¿Condesa? –pregunté finalmente a aquellas paredes desnudas —¿condesa? –insistí después más fuerte.— So… soy el doctor Carstein… condesa.
La ausencia de respuesta me hizo dudar entre darme la vuelta y salir huyendo o continuar con mi avance, quizás suicida de puro valiente, por aquella construcción desconocida. Finalmente, el recuerdo de mi compromiso médico, me llevó a proseguir con mi tortuoso y escabroso sendero de pesadilla hasta el más alto piso de aquella mansión, por el que había visto desvanecerse, lentamente, la lámpara del lacayo.
Subí los escalones, ocultos a mis ojos aún sin acostumbrar a la carestía de luz, aún cegados por el recuerdo más esperanzador de aquél candil mortecino cuya mísera llama tanto echaba de menos. Avancé tanteando con los pies la forma de los escalones y pronto, en el silencio sepulcral de aquella mansión en luto, comenzó a distinguirse un sonido. Al principio me pareció que aquel ruido nacía en mi propio interior, que era fruto del chirriar de mis dientes, como un bruxismo provocado por la angustia y el miedo. Después comprendí que no.
El sonido era repetido de un modo mecanicista, casi con la precisión de un reloj. Era el sonido de un golpe, débil al principio aunque en mi cabeza parecía más fuerte con cada nueva ejecución. Era el llanto quejumbroso de algún objeto de madera, al chocar con una pieza que supuse de marfil. Al ruido del golpe acompañaba un extraño gemido similar al crujir un mecanismo oxidado.
No sabía dónde podía nacer aquel ruido extravagante, aunque mi mente torturada por los extraños acontecimientos, formulaban los más macabros indicios de aquel sonido lúgubre de repetición energúmena.
Volví a proferir un grito exigiendo explicaciones, aunque mi tono, más que de autoridad era de súplica.
- Por favor, ¿puede alguien traer un candil? –solicité—, no podré ver a la condesa en la oscuridad.
Espere en mitad del ascenso de aquella escalinata una respuesta, y para mi sorpresa la obtuve. La obtuve, aunque recordando su sonido, hubiera preferido no oír nada jamás. Nunca ningún oído humano ha tenido que traducir una voz como aquella ni un cerebro mortal ha procesado una manifestación tan cruel como la que respondió a mi petición en aquella casa habitada por el mal:
- PARA VER A LA CONDESA… –profirió una voz en grito. Un tono como modulado en el interior de una gruta profunda a la que el sonido se pegara perezoso, y de la que saliera finalmente convertido en la onomatopeya de un enjambre furioso de insectos— PARA VER A LA CONDESA… —repitió— ¡NO NECESITARÁS OJOS!
No sé como pude reaccionar, aunque escuchar aquella voz fue como sentir una mano huesuda atravesando mi pecho, para agarrar con su tacto frío las entrañas de mi interior. Era como si mis propias emociones fueran el mecanismo de un carillón y alguien le estuviera dando cuerda.
De pronto, en aquella sala sin luces explotó el fogonazo de un rayo que brilló durante unos instantes, arrancando sombras en toda la casa y mostrando, con el más intenso horror que soy capaz de describir, la figura de una puerta mecida por el viento y entrechocando constantemente con el brutalmente despellejado cráneo de un hombre, al que no llegué a identificar, aunque imaginé como mi acompañante.
Aquella breve imagen dibujada en el blanco luminoso del relámpago fue cincelada en mi retina mientras el sonido del trueno retumbaba en la casa. Sé que giré en redondo, buscando un modo de dar la vuelta para comenzar el descenso. Es probable que entonces pisara en falso, poniendo un pie sobre el aire, donde yo pensaba que habría un escalón. Pero lo cierto, es que podría jurar que algo me empujó escaleras abajo y yo rodé como un aro empujado por la vara de un niño. Rodé como las piedras que se desprenden en lo alto de una montaña y durante el descenso van rebotando contra su pared. Y cuando llegué abajo, había perdido el sentido.
Temo que para siempre.
III. Sueños en la casa de la condesa
Poco a poco recobro el conocimiento. Soy consciente de que estoy tumbado, pero no en el suelo, sino sobre una cama. Por la parte oeste de la habitación entra el sol que parece que acabe de asomar por entre el horizonte y desde una ventana abierta me llega el perfume de un jardín al que imagino verdoso y cubierto de rocío. Huelo su aroma a hierbabuena y me recuesto sobre la mullida cama.
La habitación no es la de mi casa, ni tampoco ninguna otra que me resulte familiar. Además alguien me ha quitado la chaqueta dejándome vestido sólo con camisa y pantalón. Tampoco llevo los tirantes con que salí de casa. Especulo sobre la persona que pudo encontrarme inconsciente, en el suelo, y pensar en ello me trae escenas de truenos y relámpagos, de oscuridad y de miedo.
Me palpo la cabeza y bajo el pelo largo y despeinado noto una redondez bulbosa, de poca consistencia, cubierta por algún tipo de tela rugosa, como un vendaje. Miro la yema de mis dedos y veo que el contacto con la herida los ha cubierto de sangre. Al volverme veo que también la almohada ha quedado manchada por mi herida. Extrañamente no me siento mareado ni confuso en modo alguno. Ver los rayos dorados del sol estirando sus dedos sobre la habitación en que me encuentro me reconforta de un modo pleno y supongo que es cuestión de tiempo que alguien venga a comprobar mi estado. No me equivoco.
En seguida llega alguien frente a la habitación porque noto que aferra el pomo y comienza a girarlo. Primero abre la puerta con timidez y cautela, como si en el interior de la habitación no reposara un hombre malherido, sino una criatura salvaje que prepara una emboscada. Después con mayor arrojo la puerta se abre unos centímetros con un chirrido que encuentro extrañamente familiar y asoma la cabeza de una muchacha. Es una mujer joven con el pelo recogido en un moño y una diadema blanca, como de sirvienta. Cuando parece que se ha asegurado de que estoy despierto se decide a terminar de abrir la puerta y entra empujando un carrito.
La sirvienta viste con un uniforme gris que encuentro bastante antiguo y en el carrito observo que la cubertería es de plata. La mujer no me habla y yo dudo en decirla nada. Coloca el desayuno que parece bastante copioso y lo deposita sobre una bandeja en la parte superior del carrito y después ésta sobre una mesita, junto a la cama. Me aclaro la voz y la pregunto:
- Señorita… grjjmmm… —carraspeo al encontrar el sonido de mi voz extrañamente debilitado— ¿puede decirme dónde estoy?
Me mira durante unos instantes, como si no comprendiera y después vuelve a su tarea. De pronto veo que se acerca a la ventana y la cierra. Antes de que tenga tiempo siquiera de pensar en reaccionar, enciende las velas de un lujoso candelero, también de plata y echa el pestillo de unas persianas condenando la habitación al olvido de aquel sol cálido y reconfortante. No puedo evitar asustarme y desde la cama le ruego que abra las ventanas. Normalmente aquello no me hubiera importado demasiado, pero con los episodios recién vividos, la oscuridad es el último de mis anhelos.
Ella no hace caso de mi petición y sale del cuarto. Empiezo a escuchar mis jadeos en la habitación en sombras, sólo limitadas por el débil candil, mientras escucho alejarse el carrito que se arrastra por el pasillo. Después oigo como la puerta de la habitación de al lado se abre y como el carrito es empujado a su interior. Me parece advertir un grito, aunque puede que sean imaginaciones mías. No lo creo.
Soy consciente de que mi respiración suena entrecortada y de que el corazón está a punto de salirse de mi pecho. Me levanto de la cama pero en cuanto saco los pies de ésta noto algo peludo que se frota contra mi pie desnudo… y yo también exclamo un grito.
Procuro calmarme y esperar a ver si alguien me ha oído gritar. Para entonces ya estoy bastante asustado, aunque algo en mi interior ha tomado la firme decisión de no pedir ayuda. La ventana está cerrada y al otro lado el sol baña la persiana con todo el esplendor de la mañana. No pienso permanecer a oscuras y mientras me concentro en qué hacer para abrir la ventana sin ponerme en pie. Observo, en la pared este de la habitación, las sombras que dibuja el candelabro.
Son sombras estilizadas, recortadas sobre el fondo rojizo de varias velas temblorosas. Medito y me percato de la sombra que dibuja mi herida, en la nuca. Es un bulto mayor de lo que había imaginado al tocarlo, casi del tamaño de un puño y lo peor de todo es que tengo la impresión de que… ¡Dios mío, no es posible! Tengo la impresión de que se mueve como un ratón bajo una sábana. Siento que ese bulto en mi cabeza late como si estuviera dotado de vida y se contrajera a voluntad.
Ahora no dispongo de unos espejos de los que valerme para poder observar lo que palpita en mi nuca y aún tengo que resolver la cuestión de qué lugar es éste en el que estoy, así que armándome de todo el valor del que soy capaz, salgo de la cama casi de un salto. Permanezco unos segundos a la espera, notando un tacto peludo bajo mi pie desnudo y de pronto soy consciente de que se trata de la piel de un animal muerto, que sirve de alfombra. Me llama la atención porque se trata de un pelo largo y enmarañado, que además no parece distribuido en proporciones similares, ya que mientras mi pie izquierdo está enredado en la pelambrera, el derecho toca una piel desnuda, casi carente de pelo, aunque quizás cubierta de un fino vello.
Comienzo a caminar con pies tímidos notando las irregularidades al tacto del animal que reposa a mis pies y escuchando crujir el suelo de madera bajo mi peso. Camino hasta el candelabro y lo sostengo en la mano, apartándolo del alféizar de la ventana y antes de intentar abrirla, coloco el candelabro a la altura de mis rodillas para observar qué animal es el que yace a los pies de la cama… entonces no puedo evitar exclamar un grito como jamás he articulado, con tanta fuerza que las mandíbulas están a punto de desencajárseme.
Allí, a los pies de la cama, despojado de carne y huesos, está extendida la piel de un hombre adulto, como abierto en canal y transformado, por la artesanía de un psicópata, en un tapiz macabro. Su pelo, desordenado al yo haberlo pisado, cubre parte de su frente y oculta sólo a medias las cuencas vacías de sus ojos a través de las cuales se ve el suelo de madera. No hay sangre en el suelo. Parece que alguien se hubiera tomado las molestias de vaciarle bien por dentro, antes de convertirlo en el fetiche más siniestro de cuantos he contemplado en mi vida.
Oigo pasos que se acercan alertados por mi grito. Dejo el candelabro en el suelo, junto al pellejo inerte de aquel cadáver y abro las persianas para ser despojado, como si fuera drenada de un pozo, de toda la cordura que aún mantengo.
Al otro lado de la ventana que acabo de abrir no se nota la caricia suave del sol ni se huele el aroma verde del césped. Allí no se escucha el trinar de los pájaros despiertos alegrando la mañana, ni se ve el azul profundo de un cielo despejado. Al otro lado de la ventana, rodeando la finca en que me encuentro, se observa un suelo ennegrecido y agrietado, cuyas heridas parecen rellenas de ríos de lava. Allí se puede contemplar un cielo sangrante, enfurecido en los colores de una aurora boreal enferma, con un color entre naranja y azulado. Allí se ven explotar géiseres ígneos, como diminutos volcanes que estallasen eructando chorros de brasas escupiendo su ira de fuego.
Enloquezco y sin embargo callo porque, aunque en mi cabeza resuena un grito perturbado, de mi boca silente no se oye salir vocal alguna. Enmudezco turbado en gorgoteos que me hacen llevarme las manos a la cabeza y agarrármela, como un desquiciado que se deshiciera en delirios, como un esclavo de la locura que vomitara su alma por la boca.
Es agarrándome la cabeza como un maniático cuando noto que mis dedos se escabullen bajo el vendaje de mi nuca. Es entonces cuando advierto que la herida de mi cabeza es como la brecha de una pared resquebrajada, solo que se mueve haciendo que su enorme hendedura sea cada vez mayor. Hasta que allí, en aquella estampa maldita donde las leyes de la física parecen haberme abandonado, soy consciente de que la fractura de mi cabeza se abre revelando lo que mis dedos traducen como una hilera de dientes puntiagudos que ansiaran el sabor de mi propia carne. Es de pie en esa habitación ubicada en las entrañas del infierno donde noto como esa boca que no me obedece muerde con un ansia desconocida y me cercena las puntas de mis dedos índice y anular de la mano derecha.
Para entonces ya salen lágrimas de mis ojos desquiciados. Para entonces ya veo que la puerta se abre y entra…
IV. De vuelta a la luz
…la claridad del día por la ventana.
El olor de las rosas inunda la habitación en la que acabo de despertar y me siento sobre una cama que me arropa como nubes mullidas de algodón. Persigo con mi olfato el aroma de las flores y encuentro su adusta figura en un jarrón junto a mi cama. Sus pétalos exudan las primeras gotas del rocío como diminutas cascadas de un agua limpia y cristalina.
Mis manos se mueven veloces hasta palpar mi cabeza donde noto un vendaje cuyo tacto no me llega. Observo mi mano en busca de telas que me priven del tacto y veo con horror que me han arrebatado el inicio de dos dedos de mi mano diestra. Las yemas de mi índice y anular son una realidad invisible que mi mente concibe pero que mis ojos no aprecian. Guardo el recuerdo de sus nervios, como miembros fantasma que aun después de amputados me traen la memoria de antiguas sensaciones. Observo la blanca tela de gasa que cubre mi mano, pero adivino en las leyes de la proporción que mis dedos han desaparecido.
Contemplo todo esto sin sentir verdadero escándalo, solo una lástima incomprensible que asusta por el temor de aquellas cosas, cosas banales en cualquier caso, que ya no podré hacer. Pero la habitación reconforta, o al menos lo hace en cierta medida, ya que el resplandor que atraviesa los cristales de la ventana cerrada arrancan destellos de claridad a un cuarto donde no yacen despojos humanos en el suelo, donde no oculto criaturas devoradores de carne en el pelo y desde donde sólo se contempla un hermoso valle verde y no los cenicientos pastos de los mismísimos avernos.
Sueños. Sólo eso, no más.
Escucho acercarse un carrito y noto que mi pulso se acelera. Procuro calmarme, racionalizar la situación intentando discernir sueño de realidad, pero como van a demostrar los acontecimientos, no existe tal diferencia. El sonido del carro cesa, el pomo gira y la puerta cede. En la habitación entra una mujer (la misma) vestida con ropas antiguas de sirvienta. Con su misma diadema en el pelo.
- Buenos días – me saluda. No posee acento. Su inglés es perfecto, pero el tono de su voz carece de sentimiento.
- Bu—buenos días— respondo sorprendido.
Arrastra el carrito hasta que queda a la altura de mi cama. Sonríe, aunque no es una sonrisa tranquilizadora, y repite lo que ya le he visto hacer en sueños
- Cómaselo todo –me dice la muchacha—. Necesita ganar peso – va a salir cuando se da la vuelta. Como un niño que ha cometido una travesura se lleva un dedo a la boca y me dice—: lamento lo de su mano. No pude evitarlo.
Al salir de la habitación no siembra el cuarto de tinieblas, sino que deja crecer en él las simientes del amanecer. Trato de pensar en su último comentario, pero es demasiado horrible como para querer pensar en ello. «Sin duda hay algo que he entendido mal», pienso, aunque la idea no se me va de la cabeza. Disfruto un rato más con la calma que viene tras la tormenta, con el reposo que sigue a la angustia hasta que me levanto para devorar el desayuno.
Resulta ser delicioso, como solo puede serlo una última comida. Carne picada y salaza. Dulce y tierna como ninguna otra que yo haya visto. No es un desayuno corriente. Ni siquiera una comida corriente, como cabe esperar de semejantes anfitriones. Y como hasta que vuelvo a recostarme saciado. Permanezco unos instantes con el desayuno en el estómago y cierro los ojos pensando, con alivio, en el infierno por el que ya he pasado. Me concentro en esa idea hasta que decido que ya he pasado demasiado tiempo en tan siniestro lugar, sea el que sea. Avanzo hasta la puerta. Ésta se abre cuando hago girar el pomo.
Bajo por las escaleras que en la noche eran oscuras como el camino que conduce hacia la perdición o el ascenso a lomos de una fiera salvaje. Recorro los escalones que vieron enmudecer mi paso y sintieron el temblor de mis piernas. Ahora todo parece normal, o intenta parecerlo.
Cuando llego al piso de abajo observo una estancia que ya no parece abandonada. Un hogar que resulta habitable y de lejos me llegan los sonidos de gente trabajando en la cocina. En el aire asoma un olor a carne asada y las ventanas selladas de la noche anterior parecen de oro por el modo en que el sol dora su superficie.
- ¿Hola? –pregunto a la estancia—. Hay alguien por ahí.
El sonido animado de gente trabajando llega desde distintas habitaciones pero nadie aparece en el hall en el que me encuentro. Aunque no estoy vestido como para salir (alguien ha debido prepararme para pasar la noche), camino hasta la puerta de la entrada con la esperanza de abandonar la enorme mansión que ya siempre tendrá el aroma de las pesadillas.
Mirando a mi alrededor, como para comprobar que nadie me esté observando, camino hacia la puerta, pero cuando llego compruebo que está cerrada. Insisto en intentar abrirla pero resulta inútil. Ni siquiera consigo que las enormes hojas de la puerta tiemblen bajo el empuje de mis fuerzas debilitadas.
De nuevo examino la estancia a la búsqueda de nuevas salidas, de una cocina en la que quizás se halle una puerta de servicio o de un patio que me permita acceder al exterior que se me presenta vetado.
En ese momento aparece la mujer del carrito:
- ¿Ya se ha levantado usted? –me pregunta amable sin esperar respuesta—. Espero que se encuentre mejor.
- Perdone… —le digo yo— ¿porque la puerta está cerrada?
Ella me mira extrañada, casi con lástima. Tarda en contestar pero al final lo hace:
- Vamos –me dice— ya sabes que no puedes salir.
- ¿Cómo? –interrogo yo.
- Por favor, no ponga las cosas difíciles, se lo ruego.
- Difíciles –intento decir yo.
- La condesa necesita alimentarse –me dice—. Ya sabe para qué estamos aquí.
Y levanta sus faldas y bajo ellas veo el hueso. El hueso asomando por entre sus muslos vacíos de carne. Ella sonríe mientras me muestra sus ausencias bajo la falda.
— No me importa no tener carne en las piernas –me dice—. Tampoco la necesito.
Y se aleja sonriendo. De nuevo vago sólo por la casa. Asustado porque si alguna vez pensé que había algo normal en ella la imagen de la sirvienta me despejó toda duda. Entonces intento calmarme. Buscar el modo de escapar de la casa. Procuro guiarme por los sonidos que inundan la estancia y camino sin pensarlo hasta la cocina en donde parece habitar la vida. La vida es lo que me mueve y es la vida lo que no encuentro en ese salón lleno de luz en el que se ocultan las sombras. Se esconden y me vigilan. Siempre ocultas, siempre en penumbra.
Cuando estoy frente al comedor observo una puerta que oscila. El personal de la mansión ha empezado a preparar una mesa enorme (aunque no puede ser sino por la mañana). La puerta que baila se abre de nuevo y un hombre vestido como un mayordomo coloca unas bandejas de plata encima de la mesa. No se fija en mí, me ignora o no me ha visto. Interpreto lo segundo. Cuando vuelve a cruzar la puerta me acerco hasta ella.
Llego allí cuando ya la puerta no se mueve y procurando no ser visto la abro una pizca mirando lo que se oculta en su interior. La imagen se impresiona en mi retina como si mi retina fuera una res y un granjero pintara en ella la marca de su rancho a fuego vivo. Observo y mi cordura, la poca que me queda, perece una vez más. Observo y después caigo desmayado.
V. Sombras
La imagen de la cocina da vueltas en mi cabeza con un punto rojo en su interior que hace de centro. El rojo no obstante está también en los bordes de la imagen. El rojo en realidad está en todas partes porque es el color de la sangre y allí todo es rojo como la sangre. Paredes y mesas están cubiertas de ese líquido espeso que chorrea y mancha las ropas de los cocineros. Miembros humanos parecen olvidados, despojados del resto de sí mismos en cualquier rincón. Brazos amputados que han dejado cartílagos colgantes reposan sobre mesas llenas de cuchillos mellados. Charcos de color rubí se pegan al suelo que cruje como una alfombra de hojas en otoño. El suelo parece herido y cubierto por enormes postillas de sangre coagulada. Ojos arrancados de sus cuencas están tirados por el suelo y algunos esparcen su contenido gris por el suelo rugoso. Los cocineros no prestan atención a la descarnada matanza que allí a tenido lugar, probablemente porque han participado de ella y porque los remordimientos no forman parte de ellos.
Escucho gritos que sólo se producen en mi cabeza clamando por víctimas que yacen desperdigadas en el suelo. Observo que un cocinero con el rostro cubierto en sombras agita una enorme cazuela en la que bullen flotando dedos amputados de sus manos huérfanas. El cocinero sin cara prueba el contenido del puchero con una cuchara de madera en la que asoma una oreja de color morado pútrido. Traga el contenido y le veo masticarla con un chasquido que me hiela la sangre. Sólo entonces me desmayo para recibir el descanso que no es tal, porque cuando despierto estoy encerrado en un enorme arcón. Cuerpos humanos cuelgan sin vida en ganchos sobre mi cabeza y la sangre de sus miembros muertos me salpican en el rostro.
De nuevo el horror a solas en una habitación sumida en las tinieblas. De nuevo la cercanía de unos cadáveres que son más afortunados que yo. Pienso en Margot, mi amada Margot. En su dulce rostro de mazapán y en sus mejillas rojizas como pétalos de rosas. En sus ojos azul verdosos como en las profundidades de un mar oscuro e inexplorado. En sus cabellos livianos flotando sobre sus hombros desnudos. En su silueta femenina.
Una nueva gota de sangre fría y contundente como un “no” en boca de la persona amada. Una gota que cae en el puente de la nariz y resbala por mi rostro dejando un cauce rojo perlado. Huellas de un gusano de sangre.
Me pongo en pie para huir del horror que inunda el cuarto. Pretendo abandonar el olor de la sangre pero me persigue en mi camino hacia la puerta de salida, que también está cerrada. Grito y pido que me dejen salir. Grito y reclamo ayuda, pero la ayuda no viene. ¿Solo?... no del todo.
Estoy lamentándome sobre la superficie de la puerta sellada cuando escucho un ruido a mis espaldas. El corazón tiembla excitado dentro de mi cuerpo. La sangre se vuelve demasiado sólida como para circular con normalidad por mis venas, y cuando alcanza el corazón es bombeada a golpes, como puñetazos en mi pecho.
No me atrevo a mirar hacia el lugar del que viene un sonido que en mi mente toma forma. Los ruidos se traducen dentro de mi cabeza: “un hombre colgado como longanizas de carnicería sobre un gancho en el techo. Un fiambre que oscila sobre un clavo en la pared. Y se están soltando. Están libres”.
Por fin mi cuello responde y la cabeza gira. Por fin miro atrás y veo a los muertos caminando hacia mí, sin salida. Sin posibilidades. Atrapado en un desván con fiambres que caminan, con difuntos dispuestos a regalarme su don odiado.
Pienso en una escapatoria, pero no la hay, como en las pesadillas en que uno se despierta cuando está a punto de morir, sólo que no despierto. Los zombies maníacos, desecados de sangre, caminan hacia mí. Sus palabras vacías de significado reclaman mi carne como alimento. Sabiendo que no tengo escapatoria busco enfrentarme al enemigo. Busco armas a mi alrededor y descubro un garfio para recoger carne apoyando su clavo curvo en un armario. Lo recojo y describo arcos con él delante de las criaturas, amenazándoles con su filo hiriente, pero no se sienten intimidados. Les vaticino el dolor de una herida sin cura, pero no detienen su paso tambaleante.
Me aprieto más contra la puerta para retrasar el momento en que nos encarnemos en la lucha, pero sus gemidos prosiguen su paso férreo. Aguardo. Espero sin salida hasta que no aguanto más y cargo contra el primero de ellos.
Logro tumbarle aunque aferra mi pierna y me ancla al suelo sin retrasar la posición en que debo combatir. Otros dos cadáveres continúan en pie y exigen mi vida como pago (no sé de qué). Sólo queda la amenaza del clavo, que no les intimida. Sólo me protegen sus brillos mortales hasta que no veo escapatoria y hundo el metal en la carne pálida del primero de ellos. El gancho entra en él con facilidad, pero la sangre no brota. Tampoco muestra dolor. No esboza ninguna sensación pero sus brazos se extienden hacia mí y agarran mi cuello para estrangularme. Noto las yemas de sus dedos arrugados tirando de mi pellejo, impidiendo el paso del aire por mi garganta obstruida. Veo sus ojos frenéticos mientras me estrangula y su otro compañero se me acerca. Consigo sacarle el gancho de su hombro y vuelvo a alzarlo sobre su cabeza para introducírselo en el cráneo. Oigo como entra atravesando hueso hasta quedarse clavado y no puedo sacárselo. He de renunciar al arma viendo los espasmos que recorren su rostro. He de asistir a su agonía sin tomármela demasiado en serio, porque no puede estar vivo. Es sólo un cadáver que camina y su sufrimiento no debería tener valor para mí, sólo el temor de mi propia tortura. Sólo la cercanía de mi fin prematuro.
El otro ya ha llegado a mí y me agarra. Sus dedos de uñas arrancados palpan mi ropa limpia, y me desgarra la manga desnudando mi brazo velludo. Intento apartarlo sacudiéndolo como un can mojado, pero lo sostiene con ambas manos hasta que abre la boca y hunde en él sus dientes con restos de carne anclados.
Grito. Grito de dolor mientras me muerden el bíceps a la altura del codo. El calor de la sangre abandona las venas de mi brazo que lo dejan huir como el amo que despoja a un sirviente de sus correas. Mi grito exhala un vapor cálido. El cadáver de mi derecha se arranca el garfio de su cabeza cuando deshago la presa sobre su empuñadura. Algo se ha quedado prendido del acero, como un anzuelo con trozos de carnaza rosáceos sobre su arpón afilado. Pero el muerto no repara en ello. Lo arroja al suelo donde se estrella contra la escarcha de ese arcón enorme. Me agarra.
El otro muerto se me acerca. Antes de que llegue los otros dos ya me han elevado y me llevan en volandas. Hacia el gancho. Van a colgarme. A colgarme como uno más de ellos. Pido ayuda mientras noto acercarse el clavo donde piensan colocarme como a un cuadro. Intento zarandearme pero no lo consigo. Más cerca aún del clavo. Más cerca de su tacto de metal, de su frío abrazo de hierro. Me cuelgan y el dolor del acero invade mi cuerpo.
VI. El sacrificio
Pasan varias horas hasta que la bendición del desmayo me toma. Pasan varias horas hasta que soy honrado de nuevo con la inconsciencia. Sigo en el gancho de aquel enorme arcón, quien sabe si muerto. Quien sabe si vivo.
Me noto allí colgado esperando. Esperando durante horas, quizás días, igual años. Estoy allí colgado sin necesidad de comer o de beber. Sin necesidad alguna. En un momento algo se me acerca. Flota hasta mí como la pluma perdida de un pájaro sin rumbo. Se me acerca ligero como un beso lanzado al aire. ¿Margot?... no. Es Catherine. Mi mujer. Mi mujer muerta.
- Catherine –pronuncio con los labios secos de un moribundo.
Ella se me acerca. Me rodea. Gira en torno a mí con el sonido de la brisa atravesando la copa de un árbol. Siento frío. Frío en las manos. Frío en los pies. Frío en el interior de mi cuerpo atravesado por un gancho frío. Catherine me besa. Es un beso frío.
Cuando despierto otros cuerpos cuelgan junto al mío como formas inertes con las piernas rígidas de un reloj de péndulo. Estamos quietos, pero en mi mente veo el balanceo. En mi mente el dolor de la espalda todavía clama por ser atendido. Ya no sufro. Ya no pienso. Sólo observo lo que se adentra en mi campo visual a veces perlado por sudores de sangre que bajan desde mi cráneo.
Y la puerta se abre. Entra un hombre que viste como un mayordomo. Empieza a mirar en todas direcciones buscando algo, quién sabe el qué. También se fija en mí, así que descarto la posibilidad de ser invisible a sus ojos. De hecho se ha detenido mirándome. Me observa. Decide que debo ser yo el siguiente.
Otro hombre entra. Es más fornido y viste con las ropas de quien comercia con su sudor. Me señala el mayordomo y el otro hombre me baja. También señala a alguien a mis espaldas. Alguien que es descolgado junto a mí y puesto a mi lado mientras nos arrastran fuera del arcón. Veo el rostro de quien va a ser mi compañero en este viaje, probablemente el último. Veo su rostro con el cráneo desnudo exhibiendo su osamenta con trozos de carne adheridos. Veo al hombre que me condujo a aquella casa. Y somos arrastrados. Llevados en sacrificio.
- La condesa quiere tenerlos pronto –dice el mayordomo.
- Enteros o… —empieza a decir el otro.
- Sin hueso.
Entonces, sin importarme verdaderamente, me atrevo a preguntar:
— ¿Estoy muerto?
Oigo que las palabras han escapado de mi boca y me siento absurdamente reconfortado al comprobar que aún puedo hablar. Que no he perdido del todo mis facultades humanas.
La mano del hombre fornido se hunde en la herida del gancho para sujetarme, como si aquella hendedura fuera un asidero. Otras manos de alguien a quien no veo sujetan mis piernas y entre los dos me alzan.
- ¿Estoy muerto? –vuelvo a preguntar en una súplica.
Veo al hombre fornido afilando unos cuchillos enormes mientras me mira… y empieza a reír.
Al final vi a la condesa» dice la voz en la sala. Hombres vestidos con vaqueros y camisas hawainas miran curiosos la cinta. Son parapsicólogos en una casa en ruinas que observan girar las ruedas perpetuas del cassete y escuchan el sonido de las cacofonías. Ese hombre que les habla. Ese loco desquiciado. Esa alma perturbada.
«El hombre que me había llevado a ella, ¡maldito temerario estúpido!, nos condujo a ambos a la muerte. Y la creía enferma. Un demonio manifestándose en su casa. Ésa era la condesa. Una criatura del infierno que habitaba en su propia morada. Un monstruo, un fantasma, un espíritu maldito… la condesa. Una criatura voraz con ansias de sangre. Más de dos metros medía la condesa. Más de dos metros de carne colgando con una boca en su vientre. Con una boca enferma. Ésa era la condesa. Dos metros de carne flácida cubiertos de escamas y de dientes… la condesa. Un monstruo, un demonio, una criatura del infierno esa condesa. Al final vi a la condesa. No me importó tener que estar muerto para verla. Pude atenderla. Necesitaba alimentarse. Todavía tiene quien le sirva la condesa. Hombres como yo que cuidamos de ella» dice la cinta que ha grabado sonidos de ultratumba. «Al final vi a la condesa –repite—. Sólo mis ojos la vieron. Mis ojos servidos en una copa. No me importa no tenerlos ya. Tenían razón las voces. No necesitas tener ojos para ver a la condesa».
Fin de la grabación
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