CAMISETAS AURORA Aurora Bitzine, Fantasía y Ciencia Ficción
Relato Fantástico: La Caza (XII)
Continúan las aveturas de los personajes de esta serie del autor de El Último Dragón
Por David Mateo Escudero

Relato Fantástico - La Caza (XII) Llegado a aquel punto, Mighoss estaba tan conmocionado que apenas podía pronunciar palabra. Los ojos se le iban incesantemente hacia la oscuridad que llenaba la celda y sus labios formaban un extraño rictus que dejaba al descubierto una ristra de dientes retorcidos y amarillentos.
Reddrick se inclinó ante él y estudió su mirada. Sus pupilas estaban dilatadas y sus iris vidriosos, como si una extraña humedad se hubiera instalado en ellos.
—¿Qué pasó más?
Mighoss negó con la cabeza, horrorizado.
—¿Qué pasó con Weelira, Mighoss?
El mercenario tardó en reaccionar. Emitiendo un agudo gimoteo a través de su garganta constreñida, sufrió un estremecimiento y se agolpó contra los barrotes.
—La decapitó, Reddrick. El muy hijo de puta la decapitó.
El aliento del mercenario golpeó al semielfo en plena cara. Por el hedor que desprendía, debía de estar podrido por dentro.
—Luego me dijo que abandonara el bosque y que avisara en la aldea que, mientras su señora habitase en aquellos pagos, jamás nadie debía a volver a pisar su linde. —Mighos gritaba desquiciado, perdido hasta el último resquicio de cordura. Sus ojos brillaban en la oscuridad—. ¿Me oyes Reddrick? ¡Me dijo que nadie debía pisar aquel bosque, maldita sea! ¡El bosque está maldito! ¡Está maldito! ¡Ella es su dueño! ¡Ella lo controla!
Reddrick se apartó bruscamente de la celda del mercenario e, impresionado por su lamentable estado, se apresuró a abandonar la garita del alguacil. Afuera seguía lloviendo, sin embargo, ni tan siquiera el chapoteo constante del agua podía sofrenar los gritos angustiosos del reo. Se alejó precipitadamente de la celda y sólo se detuvo al atisbar una figura fantasmagórica en la boca de un callejón, refugiada del aguacero por los tejados de las casas. Reddrick no tuvo que divagar mucho para averiguar de quién se trataba. Su presencia, su calidez, su esencia era inconfundible incluso en mitad de aquella tormenta.
—¿Qué has averiguado, mestizo? —inquirió Ci’Elara con aquel tono que enervaba tanto a Reddrick.
—Poca cosa… —El mercenario se situó al lado de la elfa y perdió la mirada en el horizonte. Las casas se difuminaban tras la cortina de agua. Reddrick creyó distinguir un sonido gemebundo que procedía de la plaza. ¿Era posible que aquel pobre diablo siguiera acosado por sus fantasmas?
—Se cuando me mientes, mestizo. Eres como un libro abierto para mí. —La presencia de la elfa se hizo más íntima. Reddrick no pudo impedir que un cosquilleo insaciable naciera en la boca de su estómago, despertando viejas sensaciones que se había afanado por olvidar durante mucho tiempo. Ella tampoco parecía muy a gusto con aquella intimidad fortuita, pero tampoco hacía nada por evitarla. Eran dos estrellas solitarias que hacían por olvidarse pero que, inevitablemente, se sentían atraídas por una voluntad superior—. Te has tirado un buen rato metido en esa garita, hablando con el Pelado. ¿Qué te ha dicho?
Reddrick sonrió ante la perspicacia de su antigua compañera.
—Nada que no supiéramos de antemano —dijo al fín—. Que no debemos pisar ese bosque. Que esta maldito. Que acabó con Weelira, Croudder y otros tantos. Y que hará lo mismo con nosotros si osamos poner un pie en la espesura.

Relato Fantástico - La Caza (XII) Ci’Elara afirmó con un cabeceo. Sus ojos desprendían un destello de sabiduría milenaria que contrastaba con la oscuridad reinante; una sabiduría que sólo podía amasar alguien que perteneciese a la estirpe del Padre Sistrian.
—Desde que llegamos a esta aldea, percibo una siniestra presencia que me perturba, Reddrick.
El semielfo se sintió turbado al escuchar las últimas palabras de la elfa. Era la primera vez que lo llamaba por su nombre desde que habían llegado a Lob. Casi le resultaba extraño no escuchar el apodo despectivo de mestizo en sus labios.
—¿Tú también lo notas, Ci’Elara?
—Desde que pusimos un pie en esta maldita comarca. Esta es una tierra que ha sido mancillada una y otra vez por la oscuridad. Desde los tiempos en que Mensaka arrebató la Tierra de la Sombra a Seméfoles el Asesino y los juzzrrianns levantaron el imperio de Luim-Nad, este lugar ha sido encrucijada de ejércitos y mercenarios que iban a la guerra. Las piedras que sustentan el peso de la aldea están manchadas con sangre de inocentes. Sólo los Dioses tienen la respuesta de cómo Lob ha resistido durante tanto tiempo.
—Con sacrificio —murmuró Reddrick.
Ci’Elara esbozó una sonrisa al escuchar aquella palabra.
—¿Por qué ríes?
—Es irónico oírte hablar de sacrificio. Tú no entiendes su significado, Reddrick. Ni lo entiendes ni jamás lo entenderás. ¿Sabes por qué me uní al Clan de la Catarata Azul? ¿Sabes por qué dejé mi vida errante cuando nuestros caminos se separaron?
El semielfo no respondió.
—Lo imaginaba. Cuando abandonaste Dalfgan poco te importó cómo podría sentarme tu marcha.
—Siempre has sido fuerte, Ci’Elara. Supuse que era lo que deseabas. Tú misma dijiste que lo nuestro era un amor viciado. Que no querías saber nada de mí.
—¡Y te fuiste sin más! ¡Te fuiste sin volver la cabeza y sin importarte la herida que dejaste abierta en esa maldita ciudad de Yentai! ¡Maldita sea, Reddrick! ¿Acaso no te importó cómo podría sentirme a la mañana siguiente cuando desperté y vi el lecho vacío? ¿Acaso no te importó mi pensamiento…mi dolor… mi angustia…?
—Fue muy difícil para mí…
—¡Claro que fue difícil! ¡Por eso huiste sin más!
Reddrick frunció el ceño ante la hostilidad que mostraba la elfa yutamán. El ambiente estaba volviéndose demasiado caldeado en aquel estrecho callejón, a pesar de que la lluvia cada vez arreciaba con más fuerza.
—Te repito que lo hice porque tú me lo pediste…
—Te lo pedí cuando la rabia me consumía, Reddrick. Te lo pedí con el velo de la inconsciencia sellando mis ojos. Pero sabes muy bien cuanto te amaba…
—Yo también te quería Ci’Elara.
—Ya… me querías tanto que me diste la espalda y te olvidaste de mí.
Reddrick negó de forma taxativa con la cabeza.
—¿Y tú? —inquirió él incapaz de contener un ramalazo de ira—. ¿Qué hiciste tú en cambio?
Ci’Elara, rotos todas las barreras de orgullo, apretó los puños y se mordió los labios para contener las lágrimas que amenazaban con desbordar sus ojos.

Relato Fantástico - La Caza (XII) —Seguirte, Reddrick. ¡Maldita sea por tomar esa decisión! Seguí el rastro de un fantasma que no dejaba huellas ni señales a su paso. Seguí el rastro de un espectro por media península de Braggadol, desde Yentai hasta la gélida Krisak. En Nivandia comprendí que jamás podría darte alcance y allí, en mitad del hielo, murió una parte de mi corazón —Ci’Elara hablaba con voz trémula, como si le costase un dolor infinito arrancar cada palabra de su garganta. Sus ojos se diluían tras un velo húmedo—. Te seguí, maldito mestizo, con la esperanza de que en algún momento cesaras la marcha y volvieras la cabeza atrás. Pero tú jamás te detuviste. Siempre seguiste hacia delante, sin importarte los cadáveres que dejabas en el camino.
Reddrick, acongojado por la sinceridad de la yutamán, apenas pudo reaccionar. Jamás hubiera imaginado que la orgullosa Ci’Elara hubiera podido seguirlo después de dejar atrás Dalfgan; jamás hubiera imaginado que la elfa se viera impulsada a seguir sus pasos.
—No… no lo sabía —logró balbucear, estupefacto.
—Pues ahora lo sabes. Helem y Nartisis, Señores del Pueblo de la Catarata Azul, fueron los que me salvaron del abismo en el que me había sumergido tras tu marcha y los que me ofrecieron un nuevo hogar que me liberó del vacío. Ellos me acogieron como una hija, desdeñando mi sangre yutamán, y me trataron como una ustral más. Como una hija de la guerra que había provocado la Escisión de la Sangre. —Ci’Elara clavó sus ojos rasgados y exóticos en el mestizo y Reddrick fue incapaz de sostener su mirada—. Sin embargo las heridas que mutilaban mi interior no procedían de una guerra entre hermanos de sangre. Sino de un miserable medioelfo que había roto una promesa de amor porque tenía la imperiosa necesidad de huir… de huir por miedo.

Continuará...
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Aurora Bitzine revista de fantasía y ciencia ficción a 1 de junio del 2006