UNO
Me volví hacia el hombre que acababa de hablar. Iba encapuchado y eso me impedía ver sus facciones con claridad. El bar estaba atestado y todas las conversaciones luchaban por imponerse por encima del nivel del ruido que las hacia inaudibles. — ¿En serio piensan ir a Infierno? —le pregunté luego.
Adiviné en él una sonrisa, un gesto desdeñoso.
—No es solo un pensamiento. Vamos a ir allí.
Hizo una pausa. Se echó la capucha hacia atrás con estudiada lentitud, cogió luego el vaso que aún tenía lleno sobre la barra y lo bebió de un solo trago. Era aproximadamente de mi misma edad, vuelta mas, vuelta menos, llevaba la cabeza casi rapada y en cada rasgo de su cara podía leerse la dureza de su carácter. Posó el vaso con suavidad sobre la barra, ajeno a mi inspección. Aún permaneció un instante como absorto, fijos los ojos en el vaso que acababa de vaciar. Luego, casi bruscamente, me miró directamente a los ojos, como queriéndose asegurar de que estaba frente al hombre que buscaba.
—Lo que queremos no es solo a alguien que sepa, pueda y quiera llevarnos allí. Necesitamos que conozca el lugar como su propia casa. Que sepa desenvolverse.
Meneé la cabeza.
—¿Como ha sabido de mí?
—Usted ha hecho antes trabajos parecidos. Todo el mundo le nombra.
Bueno, eso era cierto; en una vida anterior yo había conocido muchos paisajes, y eso ahora me ayudaba a ganarme el pan. De todas formas necesitaba un tiempo para pensármelo. Tenía algo de dinero, por lo que no estaba muy necesitado, y volver a Infierno nunca es un pasatiempo. Pensé que debía aclararle aquel punto.
—Si quieren ir, deben saber que no hay nada parecido a conocer Infierno como tu casa. Cambia constantemente, y a veces te devora. Salvo algunos lugares donde hasta es posible la vida estable, el resto está sometido a una actividad infernal —sonreí—.
La gente se arriesga, cada cual tiene sus motivos, pero es peligroso y caro.
Estudié la reacción del tipo, pero él pareció no haber escuchado mis objeciones.
—Le necesitamos —volvió a echarse la capucha sobre la cabeza— Madure la idea, volveremos a hablar.
Posó una generosa moneda sobre la barra y se alejó.
—Esta es mi oficina —le dije. Casi me pareció escuchar un distanciado lo se..., pero no se volvió ni hizo gesto alguno que demostrase que me había oído. Desapareció entre la gente y el aire opaco del local, antes de llegar a la calle.
Volví a mirar la moneda. Decididamente, era generosa; la tapé con la mano antes de que el viejo robot (que ya se había acercado) la atrapara con sus garras.
—Llénalo —le señalé mi vaso. Luego dejé que recogiera la moneda. Aún te queda para un cambio de aceite —le invité.
Festejó el chiste con una media sonrisa, como era su obligación, mientras escanciaba, limpiaba la barra, recogía el vaso del otro tipo y hacía desaparecer la moneda, todo a un tiempo.
—Hace mucho que no se le ve por aquí—comentó.
¡Ja!. Ya les dije que es un robot cumplidor.
Ahora intentaba dar conversación a un cliente solitario. Pero yo no estaba tan necesitado.
—No te esfuerces, viejo —le di la espalda y me acodé en la barra, observando el local. El bullicio me pareció exagerado (era exagerado) incluso para un local como El Faro Negro y para una ciudad como Toga, la capital de África y el mas importante espacio puerto del planeta, puerta privilegiada hacia la estación espacial y de ahí, al Universo. Pensé de nuevo en la proposición de aquel tipo y sonreí amargamente. A veces no hay que moverse tanto para encontrar el Infierno. Yo mismo, sin ir mas lejos, lo encontraba cada día en mi propia casa. Paladeé el vodka mientras sopesaba la posibilidad de aprovechar aquel trabajo para permanecer unas semanas alejado de mi mujer. La perspectiva me agradaba. Sonreí por la paradoja: un viaje a Infierno, podía ser para mí como unas vacaciones en el Paraíso.
Desde luego, la relación con mi mujer había conocido tiempos mejores; como suele pasar, hubo un tiempo en el que fuimos pobres y felices. Luego prosperamos, cuando yo empecé a trabajar como piloto oficial para Delta—Sagitario, la gran compañía que surgió de la unión de los dos gigantes. Fue bueno, pero el Sol brilló poco más sobre nuestras cabezas: Aquel desgraciado y estúpido accidente segó en seco la pierna derecha de Lucía y nuestra felicidad. Ella, hermosa como la mañana, se encontró entonces con un muñón que no llegaba ni a medio muslo, y nuestra vida cambió. El infierno que siempre nos espera a la vuelta de la esquina más inesperada, empezaba a calentar sus brasas. Muchas cosas murieron entre nosotros aquel aciago día, y yo no voy a ocultar mi cobardía ni mi culpa. No supe afrontarlo; no supe aceptarlo. Pero eso no fue lo peor. Lo peor fue que tampoco tuve valor para alejarme de ella. Si lo hubiera hecho, al menos habría dado una oportunidad a nuestras vidas, pero permanecí allí, haciendo el papel de fiel y abnegado esposo. Ella, antes fuerte y alegre, empezó a tiranizarme, y la pasión sucumbió...
Lo medité un momento, mientras el vodka me quemaba la garganta y me alegraba el ánimo: Sí, no solo sucumbió mi pasión por ella... todo fuego en mí se apagó. ¡Ni recordaba cuanto tiempo hacía que no miraba con interés a una mujer!
Salí de El Faro Negro y callejeé durante un rato. El asunto del viaje a Infierno rondaba mi cabeza como un moscardón molesto. Los motivos de la gente nunca me preocupan (ni me ocupan) más allá de lo indispensable. Un asunto de trabajo, es un asunto de trabajo, y yo era un profesional escrupuloso que no se inmiscuía en asuntos ajenos. Me bastaba, por lo general, con saber que no tendría problemas con quién pudiera causármelos a mí. Sabía, por propia experiencia, que un viaje a Infierno encerraba siempre motivos especiales. Por supuesto, los cobraba, y eso debería de ser suficiente. Eso, y saber donde no me metía. Por lo demás, sabía que era inútil especular sin tener mas detalles. Si aquel tipo volvía a presentarse, como prometió, sería el momento de hacer otras averiguaciones. Llegué a casa más que entrada la noche. Lucía, como de costumbre, me esperaba despierta viendo algo en la vieja pantalla. Me llamó a gritos en cuanto me oyó entrar haciendo la competencia a las risas y los golpes de platillo que salían de aquel estúpido programa. Siempre ponía el chisme demasiado alto.
Allí estaba. Aunque podía caminar perfectamente, la gustaba esperar postrada para que su marido la ayudase; ó por lo menos, para que yo la viese en aquel estado de invalidez. Y si se incorporaba tampoco era bueno, porque entonces andaba a saltitos y ponía cara de dolor.
—¿Porqué estás sin la pierna?
—¡Porque no tengo pierna! —respondió, borrándome de la faz del Universo con la mirada.
—Tienes pierna —suspiré— Sabes que sería bueno para tí usarla hasta en la ducha.
La pierna era un prodigio de la mecánica. Su funcionamiento era tan fluido que se podía echar una carrera con una pierna como aquella, e incluso con dos. Recomendaban usarla a tiempo completo, ya que era bueno para la recuperación psicológica. Tan necesario como acomodarse a ella físicamente, era que el cerebro se convenciese de que aquel apósito formaba parte realmente del propio cuerpo. Ahora, Lucía nunca había querido olvidarse... ¡Que nadie olvide! ¡Que nadie supere nunca los malos tragos!...
Puesto que una vez estuvimos en el fango, ¡permanezcamos allí para siempre!.
—No quiero esa mierda —gruñó— ¡Póntela tú!
—No tengo donde, me parece.
Me fundió con otra mirada.
—¡Tendrías que estar tú así! ¡Me gustaría saber si tendrías entonces tan buen humor!
La miré de reojo mientras cogía una cerveza fría.
—Te veo muy animada hoy —comenté.
No, no era burla. Era cierto. La conocía, y a pesar de sus gruñidos había algo en su mirada... ¡Estaba contenta!
—¿Ha pasado algo? —indagué, aunque sin poner demasiado énfasis en la pregunta.
Hizo un gesto que significaba: "Te lo diré, pero sigue preguntando. Insiste un poco más". No soy tan ruin. Pude comprenderla... A pesar de lo que pueda parecer, mi repulsión hacia ella era moral, no física.
¡Cínico!, pensarán. Bueno, allá ustedes; por mi parte, así es como lo veo. Cuando la vi solicitando mi atención, un interés por mi parte que pareciera sincero, me enternecí. Me senté a su lado, pasé mi brazo alrededor de sus hombros, la acerqué hacia mi y la besé.
—¿Qué es? —pregunté.
Me miró sonriente, pero no dijo nada.
—¿Ha venido alguien a verte? —insistí.
Pareció decepcionada por mi incapacidad para ni siquiera acercarme al verdadero motivo. Me separó de ella con un empujón.
—Bel, ¿tu has pensado alguna vez en la posibilidad de que vuelva a tener mi pierna? — preguntó.
¡Contuve la respiración! Sabía que tenía que ser prudente ó se armaba. Recordé que su pierna había quedado echa trizas en el accidente. ¡Imposible reimplantarla! Pero ella no estaba pensando en eso, claro. Ya había pasado demasiado tiempo... Y podía ser una bruja, pero no estaba loca.
—Sabes que me gustaría —respondí.
—Pero crees que no se puede...
La miré atentamente.
—Tu sabes algo... —Iba a decir.
No me dejó terminar
—¡Mira! —susurró.
Puso en marcha el grabador. Yo miré atentamente lo que quería mostrarme. En la pantalla dejó de verse el tonto programa de risas y aplausos y en su lugar apareció un perro. Parecía desconcertado. En ocasiones miraba en dirección a la cámara y meneaba el rabo. Terminó por acercarse. El ángulo cayó en picado y pudimos ver los pies del cámara: el perro se le estaba meando en los zapatos. Se cortó y pasaron al plató. El periodista, sentado tras la mesa, reía divertido, lo mismo que otro tipo que estaba sentado a su lado. Este último se apresuró a pedir disculpas.
—Le aseguro que no suele hacer este tipo de cosas.
—¿No suele hacerlo?
—¡No, no!, Seguramente le ha gustado el cámara.
—¡Considera que el cámara es suyo y ha marcado su territorio!
—Si. Supongo que quiere dejar claro para otros perros que esta cámara es de su propiedad.
—¡Ha adoptado a nuestro cámara!
—Si, eso creo. Quiere que sea su dueño.
Rieron de nuevo y pasaron a un plano corto del presentador.
—Bien (se dirigió a la audiencia). Se preguntarán que tiene de especial este perro. A primera vista parece un perro como cualquier otro, tal vez un poco más feo. Pero este perro ha sido objeto de un curioso experimento, ¿no es así, doctor Barnard?
—Bueno, yo no diría curioso...
—¡No! ¡Un experimento extraordinario, desde luego!
—Extraordinario, si...
—Un experimento que... ¿En que consiste?
¡Explíquelo a toda nuestra audiencia!
El doctor Barnard se estiró ligeramente en su silla. Por primera le dedicaron un plano para él solo.
—Ante todo, quiero dejar claro que cuando el experimento se realizó sobre Cris...
—Cris es el perro...
—En efecto. Cuando el experimento se realizó sobre Cris ya habíamos hecho suficientes pruebas y estudios que nos ofrecían una garantía de éxito razonable.
—Es la forma habitual de proceder, ¿no es así?
—En efecto, pero muchas veces se crea confusión al respecto. En ocasiones nos han acusado de actuar sobre animales sin las debidas garantías.
—Pero eso no ha ocurrido.
—Se lo aseguro. Ahora... es inevitable. No podemos pasar de las pruebas en laboratorio directamente a seres humanos.
—Claro. Pero nos estamos desviando de la noticia, doctor.
—Desde luego. Todos sabemos que las mutilaciones son un mal que padecemos en el planeta África y en el resto del Sistema...
Acabé mi cerveza de un trago y me levanté a por otra.
—...Se trabaja con maquinaria peligrosa y en muchas ocasiones, sin la suficiente cualificación profesional.
—Ese es otro tema. Todos conocemos el problema del que habla.
—¡Porque tiene mucha incidencia, claro!
Precisamente, eso es lo que ha incentivado nuestra investigación. Actualmente se dispone ya de buenas ayudas para los que sufren mutilaciones, pero queríamos más.
—Una solución más definitiva.
—Más completa, sí.
—Y ustedes, me refiero a usted y a todo su equipo, han dado con el camino.
El doctor Barnard asintió con una sonrisa.
—La respuesta era la genética, claro. Eso lo sabíamos. Pero, hablando de máquinas peligrosas, la genética puede llegar a serIo. En ocasiones es difícil de controlar. Para nosotros persistía aún el problema de hacer que funcionara, en el punto correcto, de la manera correcta.
—Creo que lo veremos mejor con las imágenes.
Pasemos a verlas. (De nuevo apareció Cris en la pantalla. Recuadrados aparte se podía ver a los dos hombres). Fíjense en la fecha. Es de hace seis meses.
—Así es. Es la fecha en que dimos comienzo a nuestro experimento.
—¿En qué consistió?
—Decidimos provocar en Cris una mutilación, artificialmente.
—Le amputaron una pata.
—En efecto.
Tras un corte, el perro apareció echado en una canastilla, dormido. Su pata delantera derecha terminaba demasiado arriba y estaba vendada. Unas manos enguantadas retiraban las vendas y nos permitían ver el muñón.
—Ustedes saben como termina esta historia — contó el periodista— porque acaban de ver a Cris correteando sobre sus cuatro patas en imágenes tomadas hoy mismo. Pero lo que vamos a ver no es por ello menos impresionante. Explíquenos, doctor.
—Dejamos que transcurriera un mes desde la amputación. Queríamos que las heridas estuvieran cerradas.
—Querían que cicatrizaran.
—En efecto. Le inyectamos cicatricina y aplicamos pomadas a base de ciertas hormonas para que el proceso fuera más rápido.
—Querían ustedes... querían aparentar que había transcurrido más tiempo, ¿me equivoco?
—iAsí es!
—¿Para qué?
—Queríamos simular la situación típica de un paciente que lleve varios años amputado.
—Querían demostrar que el procedimiento no solo funciona en heridas recientes.
—Así es...
—¿Y después?
—Reabrimos la herida, cortamos una capa del muñón y la sometimos en laboratorio a nuestro procedimiento. Luego la reimplantamos de nuevo.
—Y aquí viene lo extraordinario...
—¡Si! Como pueden ver en las imágenes, el muñón comenzó crecer. Colocamos a Cris junto a una varilla graduada con colores, para que puedan apreciar mejor la evolución y comparar.
—Les sugiero a nuestros espectadores, doctor, que se fijen en la fecha de las imágenes que vienen a continuación. Cada una está tomada a intervalos de tres días.
Así era. Las imágenes resultaban ciertamente impresionantes, porque se veía crecer la pata del animal de una secuencia a otra. Finalmente vimos el muñón que llegaba a su término, felizmente rematado por una hermosa pezuña. Oportunamente, el perro la levantó y comenzó a lamérsela insistentemente, como si la hubiera echado de menos.
Las imágenes pasaron de nuevo al plató. El presentador dedicó ligeros aplausos al doctor Barnard. Yo estaba con la boca abierta.
—Muchas gracias —agradeció el doctor los aplausos.
—Nuestros espectadores estarán haciendo lo mismo en sus hogares. ¡Enhorabuena!.
—Gracias de nuevo.
—Ahora hablemos del proceso. Hemos visto al perro dormido ó sedado.
—Sedado. Era necesario. El proceso de crecimiento, recuerden: vasos sanguíneos, tejido muscular, huesos, nervios... ese proceso es ligeramente doloroso. Preferimos ahorrar al animal una situación de gran estrés.
—Doctor, ¿para cuando...?
Lucía congeló las imágenes. Me miró. Sus ojos estaban llenos de lágrimas.
—¿Que opinas? —quiso saber.
El alma se le salía por la mirada. La comprendía, ¿que otra cosa puedo decir? Acaricié su pelo y la besé.
—Lo tendrás —la dije— Lo tendrás...
Me costó un poco conseguir que se relajara. Lo entendí. En realidad casi me sorprendió que se hubiera mostrado tan tranquila cuando yo llegué. Seguramente estaba a la expectativa, esperando a conocer mi reacción, ó simplemente, deseando compartir aquel momento. El caso es que ahora, después de verlo juntos, sus nervios se deshicieron. La preparé algo fuerte: vodka con unos granos de pimentina (eso te quema, si es que no llegas a vomitar). Se lo hice pasar de un trago. Lucía cerró los ojos, tosió y estuvo un rato boqueando como un pez. Luego, con un poco de agua apagó el fuego.
—Gracias —jadeó— ¿Crees que lo conseguiré?
—Te lo prometo.
—¿Harás lo que sea?
—Por supuesto.
No era difícil convencerla. Sus ojos brillaban.
Para mis adentros pensaba que no iba a ser nada fácil. Un tratamiento como aquel tenía que ser carísimo. Ni soñar con pagarlo a tocateja. Y en nuestra situación ningún seguro mínimamente responsable aceptaría cubrirnos. Pensé, inevitablemente, en el encuentro de aquella tarde. El viaje a Infierno podía ayudar. Si forzaba un poco la mano con el de la capucha conseguiría pagar aquella operación y salir lo comido por lo servido. Tendría que conformarme.
—Será carísimo —dijo. Se que no leyó mis pensamientos, no llega a tanto. Se le ocurrió a ella sola.
—Seguro —repuse.
—¿Y qué harás?
¡Ahora se mostraba dulce!
—Tengo planes, tranquila —murmuré mientras la acariciaba— No dejaremos escapar la oportunidad.
Me notaba exhausto. Conseguí convencerla de que ambos necesitábamos descansar. La acerqué a la cama y la ayudé a quitarse la ropa y acostarse.
Luego, con la luz apagada, volví al salón y me tendí en el sofá. Tardé en dormirme. En mi cabeza le daba vueltas a la idea de aquella operación. Si conseguía pagarla cambiaría por completa nuestras vidas. Si Lucía conseguía recuperar su pierna, igual que lo había hecho aquel perro, entonces... Bueno, en ese caso, ambos quedábamos en igualdad de condiciones y perfectamente dispuestos para enfrentarnos a la vida, con lo que mi responsabilidad hacia Lucía, mi deber para con ella, terminaba...
Trabajaría para pagar aquella operación, y luego...
Aquella noche tuve, por fin, sueños de liberación.
A la mañana siguiente decidí hacer un alto en las últimas emociones y dedicarme a algo que me diera de comer. Desde que yo perdí mi trabajo de piloto oficial, el dinero ya no caía regularmente en mi cuenta corriente. De hecho, si yo no me lo buscaba cada mañana no había pan, ni para Lucía ni para mí. (Con Lucía no contaba). Además, como se consideraba que las prótesis rehabilitaban a una persona al ciento por ciento, no existía, ni para la empresa ni para el Estado, la obligación de pagarle una pensión. Tan solo se le dio, en su momento, una escasa compensación.
Cuando se produjo el accidente, hacía ya siete años, nos vinimos abajo y yo perdí mi puesto en Delta—Sagitario. Me cabreé mucho en su momento, porque consideraba una injusticia intolerable que me separasen de mi trabajo por una circunstancia que finalmente habría superado. Aún hoy me cabreo, pero los mamones que tomaron la decisión argumentaron que de ninguna manera una persona con vectores de afectación emocional (literal) podía ocupar un puesto de piloto en líneas oficiales: los seguros son los responsables, decían: ninguno firmaba palizas asumibles en esas condiciones.
Vivimos de los ahorros y de su indemnización durante una temporada. Luego encontré un hueco en el negocio de Siembras y Jardines, un sector próspero e importante en todo el Sistema. Mucha gente ignora como se lleva a cabo la adecuación de un planeta para poder ser habitado. No voy a entrar en detalles técnicos, simplemente lo contaré porque hacerlo forma parte de mi trabajo. Lo primero, naturalmente, es ajustar la gravedad. Es la parte más sencilla de todo el proceso: un reactor de gravitones se entierra hasta una profundidad de unos cinco cuadrantes. La instalación y su mantenimiento es cara y costosa, pero consideramos imprescindible vivir a una determinada gravedad y no a otra. Sencillamente, queremos seguir formando parte de la especie humana. Así es; todo el mundo sabe que cuando se colonizaron los primeros planetas sin haber tomado esta precaución, los descendientes de los primeros colonos no solo cambiaron su metabolismo y su aspecto, sino que en apenas cinco generaciones les resultó imposible cruzarse con alguien proveniente del planeta madre (suponiendo que quisieran hacerlo). En pocas palabras, se habían transformado en otra especie.
Fué horrible, según cuentan. ¿Tal vez no se les debió dejar morir?. Es fácil decir eso desde aquí: otro tiempo, otro lugar... Otro Universo... A veces me pregunto qué habrá sido de aquellos primeros seres humanos. ¿Seguirá nuestro Sistema de Origen habitable y habitado? Seguramente, si. Es lo que me gusta pensar, al menos. y estarán mucho más adelantados que nosotros. Por ejemplo, el problema de la genética que acaba de resolver el doctor Barnard: seguro que ellos lo tendrán resuelto desde hace mucho. Pero nosotros tuvimos que permanecer dormidos durante mucho tiempo, y cuando despertamos nos esperaban otros problemas más urgentes.
Digo dormimos y despertamos como si yo hubiera hecho aquel viaje. Ciertamente, no. Vine al mundo unas cuantas generaciones más tarde...
Pero no quiero desviarme de lo que estaba diciendo. Si no tuviéramos cuidado con el asunto de la gravedad, los habitantes de los distintos planetas acabaríamos convirtiéndonos en especies distintas, y no queremos que eso ocurra. Cuando la gravedad está ajustada, viene la modificación de la atmósfera. El procedimiento también es rutinario, y forma parte (como casi todo lo que se refiere a la colonización de un planeta) de nuestra información almacenada en el Origen. Básicamente, se hace así: Se analiza el suelo para conocer sus componentes, se crean bacterias no divisibles, adecuadas para metabolizar los componentes químicos del suelo (todos ó parte) y capaces de dar, como resultado de ese metabolismo, los productos atmosféricos que necesita nuestro organismo. Todo el proceso normalmente no puede hacerlo un solo tipo de bacterias. En África se utilizaron hasta cincuenta tipos distintos, sucesivamente.
Un trabajo de aclimatación no se considera acabado mientras no se consiga el agua necesaria, aceptable en cuanto a composición y cantidad. Pero mientras todo esto ocurre (y aunque llueva de forma abundante) nada puede crecer en el planeta, porque aunque el suelo ha cambiado su composición original, continúa muerto. Nada puede crecer sin un humus biológico que lo propicie. Y sí, en efecto, ahí entraba el negocio de siembras y jardines. Lo mismo trabajábamos para el gobierno, extendiendo las zonas verdes salvajes (selvas y otros habitats) con el único propósito de ganarle terreno al suelo árido, como para propietarios particulares, pequeños ó grandes. En este caso, lo más habitual es preparar el terreno para la siembra intensiva. Normalmente, no se prepara suelo como lugar de ocio ó como adorno; eso es todavía un auténtico lujo estelar en nuestro Sistema, pero no es imposible y a veces te lo piden... Hay quien puede pagarse tales caprichos.
Me acerqué hasta el almacén del viejo Apolo. En realidad, él fue quién me introdujo en el negocio.
Bueno, tal vez no les importe pero coincidimos como pilotos antes de que yo entrara a trabajar para la Delta—Sagitario, cuando la vida solo era peligro, aventura y un trago de vodka. Cuando me encontré repentinamente excluido de mi profesión, con el vacío bajo mis pies y un largo y negro túnel por delante, el destino me cruzó de nuevo con el viejo Apolo. Él me ofreció la forma de ganar algún dinero, y yo me sentí de nuevo un ser humano. Empecé ayudándole en su trabajo y aprendiendo el oficio. Luego formé mi propio negocio (no llevaba el tipo de vida lujosa de un piloto oficial de líneas de transportes, pero en cierto modo recuperé el sabor de aventura).
El almacén de Apolo seguía siendo el lugar donde recogíamos los encargos y comprábamos lo necesario. Le saludé al estilo de los viejos pilotos.
—¿Algo para mí? —inquirí luego.
Me señaló hacia el fondo, donde estaba la exposición de herramientas.
—Nada, que yo sepa. Salvo que alguien se interesa por ti. No se que decirte... —meneó la cabeza.
No pude ver a nadie desde donde me encontraba así que me acerqué al fondo del almacén.
Inclinada sobre lo que parecía un nuevo modelo de compresor, una mujer manipulaba distraída en los mandos del aparato. La observé atentamente. Era alta, de figura esbelta y pelo rojizo y no la conocía de nada.
—¿A sacado ya alguna conclusión?
Di un respingo, a mi pesar. Se refería, obviamente, a la breve inspección a que la había sometido... aunque hubiera jurado que ella miraba en otra dirección. Me esforcé en aparentar seguridad.
—Sí —aseguré—. Que es usted zurda.
Entonces levantó los ojos hacia mi y juro por Dios que me enamoré. Era una mirada desafiante, dura, en un rostro moderadamente hermoso y de suave sonrisa. Desde el primer momento intuí la ternura y el amor que se ocultaban bajo la corteza...
Aquella mujer levantó su brazo derecho y lo cruzó entre los dos a la altura de los ojos.
—Se equivoca: no soy zurda. Soy manca.
En efecto, aquel brazo terminaba en un muñón, pero yo apenas me fijé en él porque seguía hipnotizado por su mirada.
—Está usted llena de facetas interesantes — aseguré— ¿Preguntó por mí?
Me contempló con interés.
—¿Es usted Belzebú?
—Bel para los amigos. Belzi para las muy amigas.
¡Fui un imbécil! Nunca debí haber dicho esto a una mujer a la que deseaba conquistar. Me fundió con una mirada burlona.
—Solo negocios...
—Puede hablar con franqueza. Esta es mi oficina.
Absurdamente me tembló la voz. Creo que se rió de mí.
—No me diga... Verá, tan solo deseo hacerle una proposición. Creo que le interesará.
—Siga —la animé.
—Si va usted a Infierno, ¡contráteme!.
Confieso que me cogió de improviso.
—¿Como sabe que voy a ir a Infierno? ¿Y porqué quiere que la contrate?
Yo hubiera estado dispuesto a llevarla a Infierno ó a cualquier otro lugar del Universo.
—Piense en ello —pidió— ¡volveré a verle!
Dio media vuelta y se dirigió puerta.
—iEspere un momento! ¿De qué quiere que la contrate?
Se volvió y fijó en mí su mirada decidida.
—Soy un magnífico piloto —aseguró.
Por un momento me fijé en el muñón que remataba su brazo derecho, pero no me importó.
—La creo —aseguré.
Y era verdad.
DOS
Transcurrieron cinco días durante los cuales me dediqué a comer (demasiado) siguiendo una vieja costumbre de pionero: abastécete cuando puedas, a beber (más de la cuenta) y a pensar (constantemente).
Para empezar, no podía sacarme de la cabeza la imagen de aquella mujer tullida: sus ojos seguían taladrándome el alma. Mil preguntas danzaban alrededor de aquella mirada. Primera: ¿qué significaba aquel viaje a Infierno? Y sobretodo, ¿qué significaba para ella? Algo importante, eso era seguro, ya que estaba dispuesta a formar parte de aquella expedición clandestinamente. ¿O era esa, precisamente, una condición necesaria para su trabajo? Y el hombre que había ido a buscarme a El Faro Negro, ¿cuales eran sus intenciones? ¿A quién ó a quienes representaba? ¿Y que relación tenían todos ellos con la mujer? ¿Se conocían? En resumen, ¿que diantre buscaban todos ellos en Infierno?. Y sobretodo, ¿cuando la volvería a ver?
Demasiadas preguntas, supongo. Por lo demás todas mis posibles dudas sobre si aceptaría ó no hacer aquel viaje habían quedado definitivamente resueltas. ¡Dinero, amigos! Por muy duro que uno tenga el corazón ¿quién puede dejar abandonada a una mujer a quien le falta una pierna y a la que una vez se quiso?
El dinero que iba a sacar por el viaje a Infierno nos serviría a ambos para mirar la vida de nuevo con esperanza. A ella le devolvería su pierna y a mi la libertad. (No pretendo parecer mejor de lo que soy. ¿Para que negarlo?: sé perfectamente que si seguía a su lado era solo por los remordimientos que me causaba la sola idea de abandonarla en su estado).
Pensaba yá que todo el mundo se había olvidado de mí (nadie me ofrecía un trabajo, y estaba harto de evitar a Lucía, sin nada concreto entre manos que ofrecerle) cuando al sexto día recibí un recado en El Faro Negro. El viejo robot me hizo una seña en cuanto me vió entrar. Llevaba puesta su habitual media sonrisa.
—Amigo, tal vez sea su cumpleaños ó tal vez debería echar a correr ahora mismo —me dijo (Su lenguaje, a veces, resulta confuso).
—¿Que quieres decir, viejo?
—Parece que todo el mundo quiere verle. Los últimos en interesarse le esperan ahí adentro.
Me señaló la puerta que daba a los reservados, justo al fondo de la sala.
—Está bien —asentí—¿Dices que alguien más ha preguntado hoy por mí?
—Hace una media hora vino por aquí una mujer.
Preguntó por usted, le dije que aún no había llegado y entonces decidió marcharse.
—¿Como era esa mujer?
El muy crápula puso ojos de vicioso y se le enterneció la voz.
—Hermosa, amigo. Muy hermosa (suspiró)
—¿Le faltaba...? —me señalé mi mano derecha.
—Así es —asintió— Si la ve, dígale que estaría dispuesto a dejarle una de las mías.
Miré su mano derecha multiusos.
—No creo que la necesite, de verás.
—Le sentaría estupendamente.
—¿Dijo si volvería?
—No dijo absolutamente nada más que lo que le he dicho.
—¿Parecía agobiada, angustiada, asustada? —insistí.
La mirada del viejo robot se transformó en un puro reproche. Su voz sonó airada.
—Amigo, le aseguro que esa mujer era perfectamente dueña de sí misma. Es mas, no creo que ni la peor de las circunstancias la pueda hacer temblar. Es toda una mujer.
—Esta bien, viejo. Dentro de cinco minutos entra en ese reservado con una botella de tu mejor vodka y unos vasos, ¿de acuerdo?
—Sin problemas. Se hará como dice.
Me dirigí al fondo de la sala, abrí la puerta que daba a los reservados y pasé adentro. Había cinco pequeñas habitaciones, pero solo de una de ellas salía una débil luz por la puerta entreabierta. La empujé y me asomé al interior sin entrar. Dos tipos parecían beber en silencio. Uno de ellos sostenía en la mano un cigarrillo aromático. No levantaron la vista enseguida, aunque seguro que habían notado de sobra mi presencia. Sin duda me esperaban. Por mi parte, reconocí enseguida al tipo con el que había hablado la otra noche. Al otro, al del cigarrillo, no le había visto en mi vida. El que ya conocía, habló sin levantarse.
—¿No va pasar? —me señaló un tercer sillón frente a ellos.
Ni siquiera me miró al hablar. Entré despacio y tomé asiento donde me indicó.
—Lo cierto es que aún no les conozco —protesté
—Plutón y Caronte —dijo el hombre con desenfado (entendí que Plutón era el del cigarrillo)— ¿Es lo que quería saber?
¿Es lo que quería saber?, me pregunté a mí mismo. La verdad es que maldito lo que me decían aquellos nombres: absolutamente nada.
—Comprendan que estoy en inferioridad de condiciones. Usted me demostró el otro día que lo sabe todo respecto a mí. Yo, sin embargo, no se nada sobre ustedes, aparte sus nombres.
Caronte dejó transcurrir unos segundos en silencio.
—Me temo que tendrá que conformarse —dijo al fin—
Eso, hacer lo que le pidamos y cobrar —enfatizó.
Me mantuve sereno.
—¿Pretenden que haga un viaje a Infierno improvisando?
Los otros no se movieron, pero la calada que dió
Plutón a su cigarrillo fue más intensa. En ese momento entró el viejo robot con la botella y los vasos. Lo dejó todo sobre una pequeña mesa y salió en silencio. Pensé que debían de ajustarle su reloj, porque yo no llevaba allí ni un minuto.
—¿Ustedes gustan? —pregunté cuando se fue.
Me incorporé y sin esperar su respuesta llené los tres vasos. Puse dos a su alcance y volví a sentarme llevando el mío en la mano. Le dí un sorbo. Era bueno. Caronte decidió aceptar la invitación. Cogió su vaso y bebió despacio. Plutón le imitó.
—¿Que quiere decir exactamente, Belzebú? —inquirió
Caronte.
—¿Han estado alguna vez en Infierno? —pregunté a mi vez. No pestañearon. Después de ocho segundos de crudo silencio, comprendí que no iban a responder.
—Créanme, exageran sus precauciones — aseguré— Deberían confiar en mí.
—¿Porqué?
—Según yo lo veo, van a poner su vida en mis manos, ¿no es razón suficiente?.
Caronte sonrió sin muchas ganas.
—¿Que quiso decir, antes?
—Deberían haberlo comprendido ustedes mismos, antes incluso de contactar conmigo. Un viaje a
Infierno requiere de una planificación minuciosa. Es imprescindible para salir vivo, y aún así nadie te lo puede, razonablemente, asegurar. Es preciso saber cuantos seremos en la expedición y si se unirá ó no alguien más durante la misma. Qué lugares visitaremos y durante cuanto tiempo. Con qué medios contamos y hasta que punto podemos estar seguros de que no fallarán. Sobre todo, con qué medios de transporte contamos y hasta que punto podemos estar seguros de que no fallarán. El transporte es vital. Podemos conceder un cierto margen a la seguridad del resto de los medios, provisiones y demás. Pero no se juega con el transporte.
Los dos, Plutón y Caronte me miraban fijamente, diría que con conmiseración.
—Será un trabajo con todas las garantías — susurró Caronte— Le aseguro que estamos mucho más interesado que usted en que todo salga bien (¡eso lo dudaba!). Dispondrá de todos los medios y, hasta donde sea posible, de toda la información. Pero deberá conceder un cierto margena nuestros deseos de privacidad. Usted solo es un empleado.
—No me opongo a ese deseo, siempre que no interfiera con mi idea de la seguridad.
—Garantizarla será parte de su trabajo.
Respecto a la información que necesita, nuestra intención es que conozca los detalles una vez que estemos a bordo de la nave que nos llevará a Infierno. Es nuestra manera de preocuparnos por la seguridad.
Meneé la cabeza con asombro.
—Están locos si piensan que me embarcaré con ustedes sabiendo nada.
Caronte suspiró con cierto fastidio y se puso en pié.
Se acercó a la oscurecida ventana; luego se volvió hacia mi.
—No entiendo que le pasa, francamente. Nos aseguraron que era bueno, que hacía su trabajo y que no preguntaba.
—Tan solo lo necesario —asentí.
—En nuestra opinión, mucho más de lo necesario.
—Ya que se muestra usted tan sincero, le confesaré que tampoco yo entiendo para que me contratan como guía, si luego me ocultan los lugares por los que he de guiarles.
Caronte y Plutón intercambiaron ahora una mirada. Sabía que no eran mis argumentos sino, en todo caso, mi firmeza, lo que podía convencerles.
—¿Sabe, Belzebú? Creo que entre nosotros ha habido algo de... incomprensión. Pero estoy seguro de que podemos entendernos tan solo con que los dos hagamos un pequeño esfuerzo.
Me mostré razonable.
—De acuerdo —concedí— ¿Por qué no empieza usted?
—Tal vez planteamos las cosas equivocadamente desde el principio. Le sugiero empezar de nuevo.
Me fastidiaba su tono amable.
—A usted le toca, amigo —indiqué.
—Se trata de lo siguiente. Hemos de bajar a Infierno a recuperar un objeto. No conocemos el lugar exacto en que se halla, pero hemos acotado una zona de unos cuatro cuadrantes al este de Paraíso, el viejo asentamiento abandonado. Su labor consistirá en ayudarnos a movernos. Será el jefe de la expedición en todo lo que se refiere a decisiones sobre el terreno... solo sometido a mi superior autoridad. Respecto a lo que buscamos, podemos tener suerte y dar con ello enseguida, ó demorarnos y...
—Y no dar con ello jamás —le interrumpí.
—¿Como dice?
—Infierno es un mundo sometido a brutales fuerzas de marea. En su zona central, digamos unos quince mil cuadrantes al norte y al sur del Ecuador, ningún mapa es válido más allá de una rotación. Y el asentamiento de Paraíso estaba en esa zona.
—Es cierto. Pero tenemos razones para pensar que lo que buscamos habrá aguantado.
Me encogí de hombros.
—Espero que sepa de qué habla. Suponiendo que la búsqueda se alargue, ¿que tienen previsto?
—En el peor de los casos no pensamos estar allí más allá de un par de semanas.
—En el peor de los casos, me parece poco tiempo —apunté.
—Pondremos un satélite sobre la zona. Dos semanas será demasiado. Un satélite podía ayudar, siempre que el tamaño del objeto que buscábamos fuera lo suficientemente grande como para localizarlo en una barrida. Si el objeto era pequeño, no importa lo minuciosa que fuera la resolución del satélite, sería como buscar una cucaracha en una noche oscura. Por razones de logística preferí no exponer mis objeciones esta vez.
—¿Y una vez que lo encontremos? —pregunté.
—Recogeremos lo que nos interesa y volaremos a casa.
—¿Que medios tendremos?
—Una vez que nos posemos, quedaremos a nuestra suerte. La nave que nos deje allí no esperará sobre el terreno. Por seguridad. Pero estaremos siempre en contacto por medio del satélite, y en cuanto finalicemos la búsqueda correrán a recogernos.
—¿Cuanta gente irá en la expedición? — indagué.
—Somos cuatro. Cinco con usted
—Me temo que se equivoca.
—¿Que quiere decir?
—Tengo mi propio equipo —dejé caer— Mi equipo va conmigo.
Caronte me miró con desconfianza.
—No nos hablaron de ese detalle. De todos modos, es imposible. Solo irán los necesarios. Y no necesitamos más de un guía.
Sopesé la situación con tranquilidad mientras contemplaba el vodka al trasluz, como si buscara las respuestas en aquel vaso. ¿Sabía lo que hacía?
Apenas conocía a aquella mujer, era posible que solo me diera problemas y problemas. Y sin embargo, allí estaba, dispuesto a echar el resto ante un tipo como Caronte con tal de asegurarme su presencia.
—Nunca hago nada sin mi ayudante. Es vital para mí. Mire, supongo que una vez la nave nos pose en Infierno, nos dejará con un vehículo de apoyo, un oruga que nos sirva de vivac, ¿me equivoco?
—Es parte del equipo, naturalmente.
—Prescindan del piloto. Mi ayudante se ocupará del vivac; además, una vez en Infierno su ayuda será impagable para mí... Es decir, para todos.
—En realidad, ninguno de nosotros va con la misión estricta de ocuparse del vivac. Todos tenemos nuestro papel. La idea es turnarnos para conducir el vehículo.
Maldije para mis adentros, porque aquello parecía condenadamente razonable. Conducir una oruga no justificaba, de ninguna manera, la presencia de un miembro más en aquella expedición. Opté por mostrarme condescendiente.
—Aún así, le sugiero que reconsidere su presencia. Cinco personas solas en Infierno son un grupo realmente reducido. Nunca se sabe cuando puede hacer falta una ayuda.
Sonreí para mis adentros porque sabía que había hecho el planteamiento correcto. Caronte se lo estaba pensando.
—De acuerdo —dijo por fín— Realmente no tenemos problemas de espacio. Puede venir... siempre que esté usted dispuesto a repartir su paga. No habrá más dinero.
Aquello no era ningún problema. Necesitaba todo lo que aquellos tipos me pudieran dar, por supuesto. Por supuesto, no pensaba pagarle nada a la mujer. Ella fué quién me pidió llevarla, y si se lo planteaba con habilidad, conseguiría igualmente una buena cantidad de ella ó de la gente que la respaldase... Naturalmente, dirán ustedes que soy un cínico materialista y que debería ser más generoso puesto que ella me gustaba. A eso respondo que negocios son negocios y que, puesto que me gustaba, mejor ocultar mi interés detrás de mis intereses. Nunca fué bueno, ni en el amor ni en la guerra, mostrar todas las cartas.
—Por cierto —dije en voz alta— Mi paga. Un tema del que aun no hemos hablado.
—Conocemos sus tarifas...
—Sí, lo sé —le interrumpí— Sé las cantidades que mis contactos suelen mencionar. Le diré que esa es la tarifa mínima y...
—Cuatrocientos mil —sonrió Caronte.
¡Joderse! Me quedé sin habla.
—¿Dracs? —pregunté con indiferencia.
—Dracmas, sí.
Cerramos el trato.
Dejé que se fueran y permanecí un rato más en el reservado.
Llené mi vaso y lo bebí pausadamente, en la semioscuridad. No pensaba en ninguna cosa en concreto, pero cada vez me sentía un poco más libre... ¿Porqué entonces aquella comezón, como una vaga e incontrolable inquietud? ¿Tal vez la propia impaciencia por ver culminado un profundo deseo?
Aquel tipo, Caronte, había hablado de mucho dinero.
Muchísimo. Yo me habría plantado en la mitad y satisfecho. Además, su garantía me dejaba igualmente satisfecho: la mitad de aquel dinero, doscientos mil dracs, iban a estar ingresados, dos días antes de nuestra partida, en una cuenta abierta a nombre de Lucía en el hospital de aquel doctor Barnard. Mientras yo viajaba hacía Infierno (pasara allí lo que pasara) ella estaría en el hospital recuperando su integridad.
¡Bien!. ¿Porqué preocuparse entonces?
Apuré el vaso, cogí la botella, que aún estaba medio llena y salí al bar. El Faro Negro es como la luz a la que acuden a quemarse las polillas. Estaba atestado.
Me abrí paso hasta que conseguí un huequecito en la barra. Vacié la botella y luego la arrojé a un cubo que estaba al otro lado del mostrador. Fallé por mucho y se rompió con estrépito.
—¿Algo va mal? —susurró una voz a mi lado:
Una hembra que buscaba compañía.
—El Universo es muy grande, apuesto a que hay de todo —respondí con indiferencia, sin volverme.
—Y tú pareces un meteorito a la deriva.
Me volví y la miré. Era joven y hermosa y yo por fín me sentía libre.
—Dispuesto a dejarme atrapar por una estrella brillante y caliente, asentí, sin rodeos.
Ella hizo un mohín.
—Invítame a lo que sea. Estoy apagada... y fría.
Le hice una seña al viejo robot. Enseguida nos dejó otra botella y un vaso para ella.
—Está hecho de la materia que hace arder las estrellas —dije, mientras escanciaba.
El viejo robot habría celebrado la ocurrencia con una sonrisa, pero ella ni se inmutó. Cogí mi vaso y le tendí el suyo.
—Por nosotros —propuse.
—Perdón —dijo ella.
Inconscientemente le había tendido el vaso a su mano derecha, pero ella lo sujetó con la izquierda.
—¿Porque no? Por nosotros.
—Eres la segunda mujer zurda que me encuentro últimamente —dije, incapaz de dejar pasar por alto el detalle.
—Zurda no, manca, ¿recuerdas? —sonrió ella.
Si me hubiera echado por encima una tonelada de helio líquido no me habría quedado más tieso. Sus ojos me observaban burlones por encima del borde del vaso.
—¿Eres tu? —inquirí.
—De acuerdo —concedió— Soy yo. Me gusta cambiar de aspecto. En mi profesión pasar desapercibida acostumbra a ser una necesidad. Ayudaría si tú cerrases la boca.
Con un esfuerzo conseguí acercarme el vaso a los labios y lo volqué entero en el gaznate. La contemplé de nuevo. Su imagen en el almacén de Apolo, cuando la vi por vez primera, aún no se había borrado de mi cabeza. Aquellos ojos...
—Lo haces muy bien —acerté a decir.
—Lo sé. Debe ser así o no serviría.
—Acerté cuando dije que estabas llena de facetas interesantes. Solo en una cosa no has cambiado.
—¿Cual?
—Sigues siendo igual de hermosa.
No dijo nada, pero supe por su mirada que me agradeció el cumplido. Aproveché para llenar otra vez mi vaso.
—Y ahora —propuse— si vamos a hablar de negocios, convendría que seas algo más explícita.
—Antes dime si te has arreglado con esos tipos. Confieso que tu actitud derrotista me ha dejado algo desorientada. ¿No habéis llegado a un acuerdo?
—En cuatro días salimos de África —resumí—
Hay prisa. No quieren perder ninguna situación favorable.
—Está bien. No indagaré en las causas de tu aparente frustración de hace un instante —sonrió— ¿Les hablaste de mi?
Pensé rápidamente mientras tragaba vodka.
¿Que lugar ocupaba aquella mujer en mis intereses?
¿Por qué no me la quitaba de la cabeza? Temí que la respuesta fuera tan vieja como el Universo.
—Les hablé de mi imprescindible y eficaz ayudante. ¡Tragaron!.
—¡Bien! —lo celebró ella.
La puse rápidamente al tanto de nuestra conversación sin entrar en más detalles de los precisos.
—De todas formas —advertí— aún me reservo la decisión final sobre tí.
—¿Que quieres decir?
—No conozco tus intenciones. No sé nada sobre ti.
Solo te llevaré si puedo estar razonablemente seguro de que no pondrás en peligro nuestras vidas, ni harás daño a nadie de mi expedición... entre otras cosas.
—Y yo que pensé que te había impresionado...
—Eso no tiene nada que ver. Seré responsable de una misión en un ambiente extremadamente hostil. No me gustaría que se originasen problemas entre nosotros. Bastantes habrá sin que los busquemos.
—De acuerdo, haya paz. Y tranquilízate. Soy informadora, ¿que pensabas? Solo busco un reportaje, una historia. Es mi oficio. Sin sangre.
Aquello parecía razonable. La historia del objeto caído sobre Infierno presentaba muchos puntos oscuros; era lógico, por tanto, que resultase atractiva para un informador. ¿Como había llegado ella a enterarse? No me importaba. Con seguridad contaba con sus propias fuentes. Tal vez llevaba tiempo siguiéndoles la pista y ahora se le presentaba la ocasión de morder en blando.
—¿Vas por cuenta de alguien, ó por libre? — quise saber.
—U.press paga el viaje. Hay cincuenta mil dracs para ti, amigo.
Bueno, no era una mala cantidad. El veinticinco por ciento de lo que finalmente me quedaría. Un buen pellizco.
—Aún queda otra cosa —insistí— Esos tipos ofrecen realmente mucho dinero. No estoy dispuesto a poner en peligro ese bocado solo por un buen pellizco.
—¿Que mas queda?
Ignoré su aire de fingida resignación.
—Te he presentado como alguien realmente eficaz. Espero que al menos seas capaz de ponerte tú sola el equipo de aire.
Aquello la indignó. Sus ojos brillaron. A pesar de que habían cambiado de color y que parecían más pequeños, otra vez advertí en ellos la dureza y la determinación que me sorprendieron la primera vez que la vi. Dejó a un lado el vaso y se encaró conmigo.
—¡Escucha! Nunca me gané la vida de manera fácil. Cualquier cosa que tu les hayas dicho a esos tipos, ó cualquier cosa que ellos se hayan creído es mucho menos de lo que yo soy capaz de hacer, ¿entendido?.
Era imposible no creerla.
—Tú deja de preocuparte por mí —insistió.
—Está bien. Tan solo quería dejar un par de cosas claras, es todo.
—Y por si el dinero te sigue preocupando, lo tendrás de mi mano antes de emprender el viaje, ¿entendido?
—Desde luego —Volví a llenar los vasos y levanté el mío en señal de paz— Y ahora que está todo aclarado, relajémonos.
Ella todavía dudó un momento, pero acabó cogiendo su vaso. Lo levantó y lo vació de un solo trago.
—Por nosotros —dijo— Pero no tengo tiempo de relajarme. No esta noche. No ahora. Me sentí desalentado, lo confieso.
—Creí que querrías acompañarme, al menos por un rato.
—No esta noche. No ahora. Es mejor que me vaya. No tiene sentido quedarme más tiempo.
Nos miramos un instante. Ninguno de los dos hizo nada para que la despedida fuese más cálida.
—Ni siquiera sé tu nombre —dije.
—Llámame Diosa —susurró.
Luego se fue.
¿Por que no?, me dije mientras la veía alejarse, su cuerpo esbelto, la cabeza erguida. ¡Diosa!... De alguna manera, parecía adecuado.
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