CAMISETAS AURORA Aurora Bitzine, Fantasía y Ciencia Ficción
Ciclo Robert E. Howard: Sembradores del Trueno (y IV)
Vientos acerados y ruina y fuego
Y un Jinete agitándose con enorme alegría;
Sobre los cadáveres esparcidos, tierra ennegrecida
Muerte, acecha desnuda, viene
Como una nube de tormenta aplastando los barcos
Todavía el Jinete permanece erguido,
Pálido con la sonrisa de un rey muerto en los labios.
Como el alto caballo blanco que montaba.

La Balada de Baibars
Por Robert E. Howard

Ciclo Robert E. Howard - Sembradores del Trueno (y IV) Capítulo 7

A través del opresivo y polvoriento desierto gris, las huestes de Outremer se arrastraron hacia el sur. El negro y blanco estandarte de los templarios flotaba ante la cruz del patriarca, y las negras banderas de Damasco ondeaban ante un débil viento. Ningún rey les guiaba. El emperador Federico reclamaba el reino de Jerusalén mientras se escondía en Sicilia, tramando contra el Papa. De Brienne había sido elegido para dirigir a los barones y compartía el mando con Al Mansur el Haman, señor de la guerra de Damasco.
Acamparon a la vista de un puesto fronterizo musulmán, y toda la noche el viento que soplaba del sur vibraba con los golpes de los tambores y el repiqueteo de los timbales. Los exploradores informaron de los movimientos de los kharesmianos, y confirmaron que los mamelucos se les habían unido.
Bajo la gris luz del alba, Cahal el Rojo salió de su tienda completamente armado. Por todas partes el ejército se estaba moviendo, desarmando tiendas y ajustándose armaduras. En la ilusoria luz, Cahal les vio moviéndose como fantasmas: el alto patriarca, confesando y bendiciendo; la enorme mole del Señor del Temple junto a sus sombríos perros de la guerra; el dorado yelmo con plumas de garza de Al Masur. Se sobresaltó al ver una delgada forma moviéndose entre este enjambre, seguida por una ruda figura con una hacha sobre el hombro. Desconcertado, agitó su cabeza. ¿Por qué su corazón palpitaba tan extrañamente a la vista de ese misterioso caballero enmascarado? ¿A quién le podría recordar de su juventud esa delgada figura, qué oscuro y amargo recuerdo le traía? Sintió como una zambullida en la red de la esperanza.
Y ahora una familiar figura cayó sobre Cahal y le abrazó.
“¡Por Alá!”, juró Shaykh Suleyman ibn Omad. “¡Gracias a ti no he muerto sobre las ruinas de mi propiedad! Vinieron como el viento, aquellos perros, pero encontraron las puertas cerradas, los arqueros en los muros, y tras un asalto, buscaron una presa más fácil. ¡Monta conmigo en este día, hijo mío!”
Cahal asintió, encariñándose con el delgado y campechano viejo halcón del desierto. Y así, en las brillantes líneas repletas de plumas de garza de las huestes de Damasco, el gaélico cabalgó a la batalla.
Al amanecer se adelantaron, no más de doce mil hombres al encuentro de los mamelucos y los nómadas: quince mil guerreros, sin contar los irregulares con pobre armamento. En el centro del ala derecha los templarios ocupaban su lugar de costumbre, más avanzados que el resto, quinientos siniestros hombres de hierro, flanqueado por un lado por los caballeros de San Juan y los caballeros teutónicos, unos trescientos en total, y por el otro por un puñado de barones dirigidos por el patriarca y su maza de hierro. Las fuerzas combinadas de sus hombres de armas no excedían de los siete mil. El resto de la hueste consistía en la caballería de Damasco, en el centro del ejército, y los guerreros del emir de Kerak, que lideraba el ala izquierda: delgados árabes con caras de halcón mejores en la rapiña que en batallas campales.
Ahora el desierto estaba ennegrecido delante de ellos con el hormiguero que eran sus enemigos, y los tambores vibraban y rugían. Los guerreros de Damasco cantaban a coro, pero los hombres de la cruz permanecían en silencio, como hombres que cabalgaban a un destino incierto. Cahal, montando junto a Al Mansur y Shaykh Suleyman, mantuvo su mirada fija barriendo aquellas sombrías filas de grises cotas de malla, y encontró a quien buscaba. Curiosamente otra vez su corazón palpitó a la vista del delgado caballero enmascarado, montado cerca del patriarca. Pegado al caballero se balanceaba el casco cornudo del danés. Cahal maldijo, desconcertado.

Ciclo Robert E. Howard - Sembradores del Trueno (y IV) Ambas huestes avanzaron. Los oscuros jinetes del desierto hormigueaban delante de las ordenadas filas de los mamelucos. Los kharesmianos trotaban hacia delante sin ninguna formación, y Cahal vio a los cruzados cerca de sus filas preparados para cargar, sin aflojar nada el paso. Los salvajes jinetes golpearon en el frente y el negro enjambre empujó rápidamente a través las arenas; entonces repentinamente se desviaron como un astuto espadachín. Girando en perfecto orden pasaron el frente de los caballeros e, irrumpiendo en una precipitada carrera, acometieron sobre las banderas de Damasco.
La treta, nacida en la mente de Baibars, tomó a todos los aliados por sorpresa. Los árabes gritaron y se prepararon para recibir a sus enemigos, pero estaban desconcertados por la loca furia y paralizadora velocidad de aquella carga.
Cabalgando como locos, los kharesmianos tensaron sus pesados arcos y dispararon desde las sillas, y nubes de flechas emplumadas zumbaron ante ellos. Los escudos de cuero y las ligeras cotas de los árabes no fueron útiles contra estos silbantes proyectiles, y a lo largo del frente los soldados de Damasco cayeron como grano maduro. Al Mansur estaba gritando instrucciones para una carga frontal, pero en medio de esta explosión de muerte los aturdidos árabes eran pulverizados inútilmente, y en el medio de la confusión, la carga chocó contra sus líneas. Cahal vio de nuevo las inequívocas figuras rechonchas, las salvajes caras oscuras, las locamente afiladas cimitarras, más anchas y pesadas que las ligeras hojas de Damasco. Sintió otra vez el irresistible poder de la carga de los kharesmianos.
Su gran semental rojo se tambaleó con el impacto y una silbante hoja retumbó en su escudo. Se alzó sobre sus estribos, golpeando a derecha e izquierda, y sintió cotas de malla partirse bajo su filo, vio cuerpos sin cabeza caer de sus sillas. Arriba y abajo las hileras de hojas refulgían como rocío al sol y las filas de Damasco eran destrozadas y desaparecían. Hombre a hombre, los árabes podrían haberles contenido, pero aturdidos y superados en número, esa desmoralizadora lluvia de flechas había empezado lo que las curvadas espadas completaron.
Cahal retrocedió con el resto, esforzándose vanamente por mantener su terreno, acuchillando y empujando. Oyó al viejo Suleyman ibn Omad maldiciendo como un fanático junto a él, con su cimitarra girando sobre su cabeza en una resplandeciente rueda de muerte.
“¡Perros e hijos de perra!”, gritaba el viejo halcón. “¡Tenemos que aguantar, la victoria no ha de ser suya! Por Alá, paganos, ¿Creéis que caeré fácilmente? ¡Así! ¡Já! ¡Llévate tu cabeza al infierno en las manos! ¡Já, muchachos, reuníos conmigo y lord Cahal! Hijo mío, mantente a mi lado. La batalla esta perdida y debemos mantenernos serenos.”
Los halcones de Suleyman se reunieron en torno a él y Cahal, y el pequeño y compacto grupo de hombres desesperados acuchillaron de un lado a otro, atravesando entre las rugientes figuras lobunas que les cortaban el paso, hasta salir de entre el rojo frenesí del tumulto al desierto libre. Las tribus de Damasco fueron superadas del todo, y sus negras banderas fueron arrolladas ante ellos poco gloriosamente. Incluso así no había vergüenza que achacarles. Aquella carga inesperada simplemente les había barrido, como una presa destrozada ante una riada.
En el ala izquierda el emir de Kerak estaba retrocediendo, sus filas se desmenuzaban ante las cantarinas flechas y fulgurantes hojas de los salvajes. De momento los mamelucos no habían tomado parte en la batalla, pero ahora cabalgaban hacia delante y Cahal vio la enorme forma de Baibars galopando en la refriega, azuzando a los aullantes nómadas hasta sus huidizas víctimas y recomponiendo sus desordenadas líneas. Los jinetes con ropajes de piel de lobo giraron alrededor y trotaron a través de las arenas, reforzados por los mamelucos con sus mallas plateadas y sus yelmos con plumas de garza. Antes de que los francos pudieran girar sus poderosas líneas para apoyar el centro, sus aliados árabes estaban destrozados y huyendo. Pero los hombres de la cruz avanzaron tenazmente.

Ciclo Robert E. Howard - Sembradores del Trueno (y IV) “Ahora, el verdadero abrazo de la muerte,” gruñó Suleyman. “Con tan sólo un final posible. Por Alá, mi cabeza no fue hecha para colgar de la silla de un pagano. El camino al desierto esta abierto para nosotros. Já, hijo mío, ¿estás loco?”
Cahal se revolvió, sacudiendo sus riendas de las apretadas manos del Shaykh, que protestaba. A través de la planicie repleta de destrozados cadáveres el gaélico galopó hasta las filas aceradas que avanzaban inexorablemente. Cabalgando duro, se incorporó al frente justo cuando un antiguo cuerno sonó marcando el comienzo del ataque. Con un rugido nacido en lo más profundo de sus gargantas, los caballeros de la cruz cargaron para encontrarse con la avalancha de las hordas enemigas a través de una espesa polvareda. Las cabezas bajas, sujetando sombríamente las poderosas lanzas, los caballeros iniciaron su última carga. Con el temblor de un terremoto las dos huestes se estrellaron, y esta vez fue la horda kharesmiana la que se tambaleó.
Las largas lanzas de los templarios quebraron su primera línea hasta desmenuzarla y la gran carga de los cruzados derribó jinetes y caballos. Junto a los talones de los monjes guerreros tronaba el resto de las huestes cristianas, con las espadas refulgiendo. Aturdidos con el ataque, los salvajes jinetes de las pieles de lobo se tambalearon retrocediendo, aullando y defendiéndose con sus mortíferas hojas. Pero las largas espadas de los europeos atravesaron las mallas de hierro y láminas de acero, partiendo cráneos y pechos. Cadáveres achaparrados cayeron al suelo bajo los cascos de los caballos, y los caballeros penetraron tan profundamente dentro de la desorganizada horda, que los gritos de los salvajes se convirtieron en aullidos de consternación cuando la masa atacante al completo les atravesó.
Y ahora Baibars, viendo la batalla pendiente de un hilo, se desplegó rápidamente, eludió el desigual frente de batalla y arrojó a sus mamelucos como un rayo sobre la retaguardia de los cruzados. Los frescos y descansados bahariz golpearon en la retaguardia, y los francos se encontraron cercados por todas partes, incluso los casi derrotados kharesmianos, reforzados ahora con una renovada confianza, recrudecían la lucha.
Asediados por todas partes, los cristianos caían rápidamente, pero incluso en la agonía se tomaron su amargo tributo. Espalda contra espalda, en un anillo que se encogía lentamente, miraban al frente, cerca de un montículo rocoso en el cual había sido clavada la cruz del patriarca, y la última hueste de Outremer hizo su última carga.
Cuando el rojizo semental cayó agonizante, Cahal el Rojo luchó en la arena, y entonces se unió al anillo de hombres a pie. Cuando la furia del berserker le poseyó, ya no sitió el escozor de las heridas. El tiempo se fundía en una eternidad de cuerpos desplomados y frenéticos aceros; de caos, de salvajes figuras que golpeaban y morían. En un rojo laberinto vio una figura con una malla dorada desplomarse bajo su espada, y supo, en un breve y pasajero destello de triunfo, que había asesinado a Kuran Shah, khan de la horda. Y recordando Jerusalén, aplastó la agonizante cara bajo su talón acorazado.
La inexorable lucha se recrudeció. Junto a Cahal cayó el siniestro Señor del Temple, el Senescal de Ascalón, el señor de Acre. El delgado anillo de los defensores se tambaleó debido a las continuas cargas; la sangre los cegaba, el calor del sol golpeaba con fuerza sobre ellos, estaban cubiertos de polvo y enloquecidos por las heridas. Incluso con espadas rotas y hachas melladas golpearon, y contra ese anillo de hierro Baibars lanzó de nuevo a sus asesinos una y otra vez, y una y otra vez vio a sus hordas volver rotas y derrotadas.

Ciclo Robert E. Howard - Sembradores del Trueno (y IV) El sol se hundía en el horizonte cuando, soltando espumarajos de cólera como si fuera a ahogarse en una inmensa carcajada, Baibars lanzó una irresistible embestida hasta el puñado de moribundos, destrozándoles y desparramando sus cadáveres sobre la llanura.
Aquí y allí, caballeros aislados o cansados grupos, como hojas en una tormenta, eran arrollados por los vociferantes jinetes que inundaban la planicie.
Cahal O’Donnel caminó aturdidamente entre los muertos, dejando un rastro sangriento con la mellada y enrojecida espada que llevaba en su cansada mano. Había perdido el yelmo, tenía profundas heridas en brazos y piernas, y desde un profundo corte bajo su cota de mallas, la sangre manaba lentamente.
Y repentinamente su mente sufrió una sacudida.
“¡Cahal! ¡Cahal!”
Se pasó una insegura mano por los ojos. Seguramente el delirio de la batalla se estaba apoderando de él. Pero la voz le llegó otra vez agónicamente.
“¡Cahal!”
Estaba cerca de un montículo pedregoso donde había muerte por doquier. Cerca de él yacía Wulfgar el danés, su labio sin afeitar parecía gruñir, su roja barba se derramaba atrozmente, incluso muerto. Su poderosa mano aún sostenía su hacha, mellada y empapada de sangre coagulada, y un sangriento montón de cadáveres le rodeaban dando ciega evidencia de su furia de berserker.
“¡Cahal!”
El gaélico cayó de rodillas ante la delgada figura del Caballero Enmascarado. Éste se quitó el yelmo, para revelar una esplendida y revuelta cabellera negra y unos profundos ojos grises y luminosos. Un pequeño gemido se le escapó.
“¡Por todos los santos! ¡Elinor! Estoy soñando, esto es una locura.”
Los esbeltos brazos enmallados se enrollaron sobre su cuelo. Los ojos se le nublaron con una creciente ceguera. A través de las junturas de su cota la sangre se filtraba sin cesar.
“No estás loco, Cahal el Rojo,” le susurró ella. “No estás soñando. He vuelto a ti al final. Pensé que te encontraría en la muerte. Te hice un daño mortífero, y solamente cuando te fuiste de mi lado para siempre supe cuanto te amaba. Oh, Cahal, hemos nacido bajo una oculta estrella inquieta, ambos buscamos objetivos de fuego y niebla. Te amaba, y no lo supe hasta que no te perdí. Te fuiste, y no sabía a donde.”
“La señora Lady Elinor de Courcey murió entonces, y en su lugar nació el Caballero Enmascarado. Tomé la cruz como penitencia. Solamente un servidor de la fe sabía mi secreto, y cabalgó conmigo hasta en fin del mundo.”
“Si,” murmuró Cahal. “Ahora le recuerdo. Fue fiel hasta la muerte.”
“Cuando te encontré cerca de las colinas que rodean Jerusalén” -susurró ella sollozando- “mi corazón me estalló en el pecho pidiéndome arrojarme al polvo frente a tus pies. Pero decidí no revelarme a ti. Ah, Cahal, ¡hice una amarga penitencia! He muerto por la cruz en este día como un caballero. Pero no pido a Dios que me perdone. Déjale hacer conmigo lo que quiera, pero, ¡oh, es tu perdón lo que ansío, y no me atrevo a pedir!”
“Te perdono libremente,” dijo Cahal con pesar. “No te inquietes más por ello, muchacha; fue una simple equivocación después de todo. La fe, todas las cosas y todas las hazañas y sueños de los hombres son efímeros e inestables como la niebla bajo la luz de la Luna. Incluso el mundo que aquí termina.”

Ciclo Robert E. Howard - Sembradores del Trueno (y IV) “Entonces bésame,” jadeó ella, luchando encarnizadamente con la creciente oscuridad.
Cahal le pasó los brazos bajo sus hombros, acercándole sus ennegrecidos labios. Con un esfuerzo considerable ella se estiró, medio erguida sobre sus brazos, sus ojos brillando con una extraña luz.
“¡El sol se oculta y el mundo se acaba!”, gritó ella. “¡Pero veo una corona de oro rojizo sobre tu cabeza, Cahal el Rojo, y me sentaré junto a ti en un trono de gloria! Salud, Cahal, señor de Uland; salud, Cahal Ruadh, ard-ri na Eireann.”
Ella se reclinó hacia atrás, la sangre manando de sus labios. Cahal la depositó sobre la tierra y se irguió como un hombre en un sueño. Se volvió hacia la ladera que descendía, tambaleándose por una oleada de vértigo. El sol se estaba hundiendo en el borde de las arenas del desierto. A sus ojos, toda la explanada parecía velada por una niebla de sangre a través de la cual unas vagas figuras fantasmales se movían en su espectral suntuosidad. Un caótico clamor surgió como si aclamaran a un rey, y le pareció como si todos le gritaban, entremezclándose sus voces en un poderoso rugido: “¡Salud, Cahal Ruadh, ard-ri na Eireann!”
Se sacudió la niebla de su cerebro y se rió. Bajó a grandes zancadas la pendiente, y un grupo de jinetes como halcones le siguieron con un traqueteo de cascos de caballo. Un arco tañó y una punta de flecha de hierro le desgarró a través de su malla. Con una carcajada se la sacó y la sangre manó de su cota. Una jabalina le fue arrojada contra su garganta y él cogió el astil con su mano izquierda, lanzándola hacia arriba. La grisácea punta de su espada penetró a través de la malla del jinete, y su grito de muerte resonaba aún cuando Cahal se apartó del golpe de una cimitarra y cortó la mano que la empuñaba. La punta de una lanza se dobló en las junturas de su malla y la delgada espada gris brincó como una serpiente atacando, partiendo el yelmo y la cabeza, arrojando al jinete de la silla.
Cahal clavó su punta en el suelo y permaneció con la cabeza descubierta, melena al viento, hasta que un reluciente grupo de jinetes le alcanzó. El líder montaba su caballo blanco alzado sobre los estribos, lanzando una tremenda risotada. Y así la victoria se tornaba en derrota. Junto a Cahal el sol caía en un mar de sangre, y su pelo flotaba en la creciente brisa, capturando los últimos rayos de sol, y así le pareció a Baibars que el gaélico llevaba una etérea corona de oro rojo.
“Bien, malik”, rió el tártaro. “¡Aquéllos que se oponen al destino de Baibars caen bajo los cascos de mis caballos, y sobre ellos galoparé hasta el reluciente trono de un imperio!”
Cahal se rió y la sangre manó de sus labios. Con el gesto de un león levantó su cabeza enrabietado, alzando alto su espada en un saludo real.
“¡Señor del Oriente!” Su voz repicó como la llamada de un cuerno de guerra. “¡Bienvenido a la compañía de los reyes! ¡A la gloria y al fuego de las brujas, al oro y a la niebla de la Luna, al esplendor y a la muerte! ¡Baibars, un rey te saluda!”
Y saltó y golpeó como un tigre. Ni el semental de Baibars que bufó y se encabritó, ni sus entrenados espadachines, ni su propia velocidad podrían haber salvado al mameluco entonces. Tan solo la muerte le salvó, la muerte que se llevó al gaélico en mitad de su salto. Cahal el Rojo murió en medio del aire y ya era un cadáver cuando chocó contra la silla de Baibars, cayendo la espada de su mano muerta, la cual, completando su arco, marcó la frente de Baibars y le saltó un ojo.
Sus guerreros gritaron y se adelantaron. Baibars se desplomó de la silla, enfermo y con agonía, mientras la sangre se deslizaba entre los dedos que apretaban su herida. Gritó y pidió ayuda a sus jefes; levantó su cabeza y vio, con su único ojo, a Cahal el Rojo caído muerto junto a las patas de su caballo. Una sonrisa permanecía en los labios del gaélico, y la gris espada yacía en fragmentos junto a él, destrozada, por alguna extraña circunstancia, sobre las piedras, como si hubiera caído junto a aquel que la empuñaba.
“¡Un hakim, en el nombre de Alá!”, graznó Baibars. “Soy un hombre muerto.”
“No, no estás muerto, mi señor,” dijo uno de sus jefes mamelucos. “Es la herida de la espada de un hombre muerto y es bastante escandalosa, pero recuerda: aquí tenía que ser vencida la hueste de los francos. Los barones están todos capturados o machacados y la Cruz del Patriarca ha caído. Cada uno de los kharesmianos que quedan con vida están dispuestos a servirte como su nuevo señor, desde que Kizil Malik acabó con su khan. Los árabes han huido y Damasco está desguarnecida ante ti, ¡y Jerusalén es nuestra! Aún serás sultán de Egipto.”
“He conquistado,” respondió Baibars, conmocionado por primera vez en su salvaje vida. “Pero estoy medio ciego, y ¿qué provecho hay en matar hombres de esa raza? Ellos vendrán una y otra vez, y otra vez más, cabalgando a la muerte como a un festín porque sus almas no conocen descanso, a través de los siglos. ¿Piensas que podremos prevalecer más allá de este insignificante momento? Son una raza inconquistable, y al final, en un año o en mil, pisotearán al Islam bajo sus pies y cabalgarán de nuevo por las calles de Jerusalén.”
Y sobre el enrojecido campo de batalla, cayó la estremecedora noche.

Traducción y adaptación: Manuel Burón y Francisco Calderón
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Aurora Bitzine revista de fantasía y ciencia ficción a 1 de junio del 2006