—¡Ya viene! —susurró Sarah.
Era una joven de diecisiete años, atractiva, no había hombre que no se sintiera fascinado por sus resplandecientes ojos azules y melena cobriza. Vestía un andrajoso camisón blanco y tras ella quedaba oculta Lauren. Compartían la misma constitución física, deslumbrantes ojos claros, salvo que los de Lauren eran verdes. Su melena era rizada y tan clara como un destello del sol. Lucían la misma ropa, los ya conocidos camisones de las niñas del orfanato de Sant Louisa, y temblaban de miedo con la mirada fija en el parqué. Las pisadas eran más profundas, la lluvia estridente e incluso a través de los podridos tablones podía filtrarse un débil goteo. Repentinamente la puerta que quedaba en lo alto de las escaleras se abrió y su marco fue ocupado por un hombre embutido en ropas de pescadero.
Las dos jóvenes temblaron y buscaron un lugar en el que esconderse, un rincón donde escapar de las fauces del desconocido, pero el sótano era realmente minúsculo. Al instante sintieron las fuertes manos del hombre sobre sus débiles brazos y tiraron de ellas hacia arriba, donde aguardaba otra persona. Estaba mojado, su constitución era frágil y huesuda. Los rasgos de su cara eran marcados, ensombrecidos débilmente por bello oscuro. Su mandíbula se agitaba de un lado a otro, mascando con la boca abierta el tabaco hasta que lo escupió y tiró de Sarah hacia él. Quedaron a un palmo y la joven olía el alcohol en su aliento, además de sentir su erección marcada contra su vientre. Comenzó a removerse y el desconocido, quien respondía a nombre de Seaums, emprendió el camino arrastrándola por un largo pasillo de alfombras rojas y oscuras paredes. Pronto el canto fue más intenso; siniestras voces cantaban en un idioma que Sarah y Lauren desconocían aunque lo más alarmante fue lo que vieron tras desviar la cortina negra que daba final al pasillo. Era una sala circular, de un brillante ámbar, con enormes columnas doradas que sostenían su bóveda, donde se veían dibujos de una ceremonia. Una mujer era entregada a las fauces de una sombra negra que había sido invocada por encapuchados rojos.
La mirada de Sarah fue de un lugar a otro mientras era arrastrada. Los secuaces vestidos de rojo, quienes además cubrían sus rostros con máscaras doradas, les dejaban el camino libre, hasta que descendieron las largas escaleras llegando a la cúspide de la ceremonia. Ante ellas aguardaba un hombre vestido del mismo tono que sus secuaces salvo que su máscara era negra. Fijamente miró a las dos jóvenes, tomando con brusquedad a Lauren.
—Deshaceos de la otra —gruñó—. Hace semanas dejó de ser pura y el ritual fue un fracaso.
Sarah gritó violentamente el nombre de Lauren mientras la arrastraban con esfuerzo, hasta que llegaron a lo alto de las escaleras desde donde contempló el sufrimiento de su amiga; el mismo que ella había sufrido semanas atrás.
Lauren se resistió, arañó al hombre, lo golpeó con todas sus fuerzas, pero tres encapuchados la aprisionaron subiéndola en una zona rectangular, donde en su rojiza piedra se encontraban grabadas extrañas letras. Le inmovilizaron las piernas y las manos, la amordazaron y al seguir resistiéndose recibió un fuerte golpe en la cabeza. Los cantos siguieron, todo le daba vueltas, no podía moverse, gritar o forcejear y repentinamente todo cuanto la rodeaba desapareció. Un fuerte dolor atravesó sus entrañas, éste persistió y disgustada y asqueada escuchó los jadeos del encapuchado hasta que alcanzó el clímax.
Los vítores se alzaron y la rabia bullió en el interior de Lauren. Los centenares de velas que iluminaban la zona se apagaron, los ojos de la joven centellearon en rabia. Su grito, acompañado del de su amiga, resonó en toda la sala y repentinamente una fuerza descomunal creció en la estancia. Muchos eran lanzados contra las paredes y misteriosamente a otros se les incendiaron las túnicas.
Sarah aprovechó el desconcierto para correr en dirección a Lauren. La liberó de sus ataduras, le quitó la mordaza, la ayudó a ponerse en pie contemplado su desorientación y por todos los medios evitó que mirara la sangre que manchaba sus muslos. Una repentina ola de odio asoló a Sarah, no hacía mucho ella había sufrido la misma agresión; en sus carnes aún sentía la vergüenza y el odio por sí misma. Por ello decidió que esos degenerados no harían sufrir a nadie más. Misteriosamente varias velas se encendieron, no buscó explicación alguna, tan sólo las recogió y prendió las cortinas.
Más tarde el orfanato Sant Louisa ardía hasta los cimientos y dos chicas deambulaban por las oscuras y solitarias calles de Londres.
—¡Debemos marcharnos, Robert! —ordenó Thomas.
Era un hombre atractivo. Su ropa estaba compuesta por pantalones negros, botas oscuras, camisa blanca arremangada y tirantes que caían cruzados a su espalda. Su cabello castaño estaba despeinado y sus patillas descuidadas. Estaba cerca del Mary. La pequeña embarcación que su hermano y él regentaban. Eran mercaderes y su próximo navío hacia América llevaba más de una semana de retraso.
—Deja de dar órdenes y ayuda a subir la mercancía —gruñó Robert en dirección a su hermano. Su robustez asustaba hasta el más valiente de los hombres. Su rostro era curtido y sobre sus carnosos labios siempre caía una pipa. Su ojo derecho se veía incapaz de abrirlo debido a una cicatriz que lo cruzaba e incluso la débil neblina no llegaba a ensombrecer su claro cabello que caía grasiento y en hondas sobre su espalda —.Vosotros, ¡ayudad en la carga! —gritó a su tripulación.
Su personal estaba formado por un hombre poseedor de una pronunciada cojera. Su cabello oscuro mostraba hebras y su rostro arrugas. Pero a pesar de los años el mal carácter de Arthur no había amainado y bajo su cuidado tenía al joven James. Un chico que no había cumplido la edad adulta, delgado, debilucho y con una mata de pelo tan naranja como una zanahoria. Y por último Desmond, un hombre de fuerte constitución, quien vestía elegantemente comparado con sus compañeros, alternando con gusto su atuendo y colores. Su cabello negro iba peinado hacia atrás mostrando un rostro perfecto, de facciones armoniosas acompañado de unas pulcras patillas. A su espalda siempre cargaba el rifle y era tan respetado como el capitán del barco: Robert.
—Panda de holgazanes, cargad de una vez las mercancías.
La tripulación gruñó y siguieron con la tarea.
No muy lejos, Sarah y Lauren, aguardaban su oportunidad para poder embarcar. Durante las noches se habían hecho de ropa, en realidad, la habían robado, y ahora lucían preciosos vestidos de muselina en un claro color crema, aunque sus pies seguían descalzos.
—Aprovecharemos cuando todos estén dentro, ¿me has oído? —preguntó Sarah impaciente— ¡Lauren! —gritó y su amiga reaccionó—. Debemos escapar, si no lo hacemos ellos darán con nosotras y volveremos a ser usadas para su ritual.
Lauren asintió.
Comenzaron a deslizarse por los oscuros callejones hasta llegar lo más cerca que pudieron a la embarcación y quedaron escondidas tras unos barriles. Desde éstos escucharon sus obscenas conversaciones; sus hoscas risas les hacían estremecerse hasta que los vieron marcharse a una taberna cercana y fue el momento de irrumpir en la embarcación. Subieron a ella y repartidas por toda la popa y proa había cientos de cajas, rifles, cuerdas e infinidades de utensilios que ellas no sabían identificar. Las voces volvieron a ser escuchadas y encontraron una trampilla que daba a los camarotes. Sus escaleras eran resbaladizas, empinadas y tras bajarlas dieron paso a un largo pasillo. Dejaron a su derecha e izquierda varias puertas que mostraban un nefasto estado hasta llegar al fondo del mismo. Un gran espacio lo ocupaba y sabían que allí podrían ocultarse. Había centenares de cajas repartidas, una celda de aceros oxidados al fondo, la cual se encontraba llena de rifles, ropas de hombres, arpones, y fue entre las prendas donde se ocultaron. Más tarde la travesía del Mary comenzó con suaves balanceos y durante días las jóvenes permanecieron escondidas entre ropas que desprendían un desagradable olor a pescado.
Sarah comenzaba a estar terriblemente preocupada por Lauren. No había vuelto a ser la misma desde el ritual. Sus ojos parecían vacíos, a veces se balanceaba y murmuraba incoherencias y otras se pasaba horas mirándola fijamente como si no la reconociera. Estaba enferma, las fiebres sacudían su cuerpo y por ello, una noche, cuando toda la tripulación dormía, Sarah abandonó su escondite como tantas noches había hecho y subió a la proa. Debía de haber algún botiquín y con ello esperaba salvar la vida de su amiga.
—¡Polizón! —exclamó una hosca voz tras ella y cuado se giró se encontró casi pegada al rostro de Arthur—. ¡Polizón, polizón! —gritó.
La tripulación despertó consternada y al instante sus miradas estaban fijas en Sarah. Durante días habían advertido la falta de comida y bebida, aunque nunca pensaron que hubiera un furtivo en el Mary, y mucho menos una mujer.
—He encontrado otra —añadió Desmond, tirando al suelo a Lauren y Sarah corrió a su lado para protegerla—. Hace días que empezamos la travesía, no estamos lejos de la costa. Sabéis de mi opinión; deberíamos volver y dejarlas. Dos mujeres en una embarcación son señal de mal agüero —añadió, mientras escupía enérgicamente.
Varios asintieron, todos salvo el capitán y su hermano Thomas.
—Por favor, no nos devolváis a Londres —suplicó Sarah—. Mi amiga está enferma y allí… allí nos mataran.
Los hombres gruñeron consternados y el capitán los hizo callar.
—Thomas, lleva a las chicas a mi camarote.
Su hermano lo hizo y no mucho más tarde el capitán y su hermano escucharon la triste historia de las muchachas. Les asignaron un camarote compartido, privando a Arthur del suyo y Desmond echó un vistazo a Lauren, asegurando estar sana.
La travesía fue larga, y tensa. Los hombres les miraban de manera extraña y siempre debían de escuchar los desagradables comentarios de Arthur.
—¡Maldita sea! —gruñó Arthur al no pescar nada—. Esto es por las mujeres —gritó en su dirección. Ambas estaban apoyadas en la baranda, en silencio, disfrutando de la brisa—. Su presencia sólo nos traerá desgracias y ni tan siquiera se abren de piernas para nuestro disfrute.
—¡Arthur! —gritó Thomas—. Compórtate, estas chicas no son rameras.
El hombre escupió y junto con el joven James volvió al camarote.
—Disculpad la grosería de Arthur —se excusó Thomas amablemente—. Todos estamos algo nerviosos. Misteriosamente gran parte de la comida se ha descompuesto de una manera extraña y únicamente tenemos el medio de la pesca para comer. Es inevitable pensar en que…
—Nosotras tenemos la culpa —terminó Sarah ceñuda, protegiendo entre sus brazos a una temblorosa Lauren.
Thomas tosió enérgicamente y cambió de tema.
—Se acerca una tormenta. Volver al interior —ordenó tajantemente, y las dos obedecieron.
Con la caída de la noche la borrasca dio comienzo y en un oscuro camarote, una persona mantenía una conversación consigo misma.
—¿Lo has oído? —preguntó en susurros una dulce e ingenua voz—. Arthur me asusta, pasará lo mismo que en el ritual.
—Ahora yo estoy contigo —añadió la misma voz, pero en tono más ronco—. Me dejaste entrar en tu cuerpo, darte mi fuerza y podrías utilizarla.
—Fue doloroso, humillante, no quiero volver a sentirme de esa manera.
—Pequeña, estás rodeada de hombres con instintos tan agresivos como los que se ocultaban tras las túnicas. ¿Por qué crees que no te harán el mismo daño?
—¡Zorras de mal agüero! —resonó la voz de Arthur tras la puerta—. Deberíais de estar muertas.
—Pequeña, su odio aumenta. Puede que disfrute contigo para después ser arrojada por la borda.
—No sé sí podré —susurró acongojada.
—Claro que sí, pequeña. Yo lo haré todo, tú sólo déjate llevar. Arthur está borracho, será fácil de matar.
Dos risas resonaron en la habitación, una frágil y débil, la otra hosca y masculina. Al instante la puerta del camarote fue abierta y la débil figura se arrastró hasta el almacén. Arthur ocupaba la celda, cantaba, murmurara incoherencias y se balanceaba ligeramente. Una suave mano se cerró sobre el arpón y apuntó hacia el hombre aguardando hasta que se girara cuando disparó. El arma se incrustó en su hombro y Arthur comenzó a arrastrarse, admirando las cuencas negras de su asesino, y cuando se dispuso a gritar, su verdugo, con extrema agilidad, lo degolló.
A la mañana siguiente, la tripulación, discutía enérgicamente. Se culpaban unos a otros y finalmente encerraron a Desmond, ya que nadie sabía que había estado haciendo durante la noche.
Los días trascurrieron, siendo asolados por una fuerte tormenta y los gritos de Desmond.
—Es una amenaza —gruñó la voz profunda—. Quizá viera u oyera algo. ¿Acaso no notas cómo te mira?
—No podré, es un hombre fuerte y grande. Me hará daño.
—No, si dejas que yo lo haga por ti.
Una sonrisa maliciosa ocupó el dulce rostro y volvió a abandonar el camarote en dirección a la celda. Allí, Desmond, se había acomodado sobre las prendas masculinas y dormía, hasta que ella le despertó.
—¿Quieres hacerme compañía? —preguntó intrigado, y sonrió—. No sabes cuanto disfrutaré de ello pero no tengo la llave.
Nada más nombrarlo la frágil mano de la mujer mostró la llave dorada e irrumpió en su interior. Sintió las manos del hombre en sus piernas, levantando la tela de su vestido de muselina, contemplando sus blancos muslos.
—Eres preciosa… niña, ¿Qué escondes?
Al instante tenía apuntando sobre su rostro la afilada punta del arpón.
—¿Cómo has podido hacerlo, Lauren? —gritó Sarah. No hacía mucho que había despertado debido a unos gritos y cuando toda la tripulación corrió hacia la celda vieron el rostro de Desmond atravesado por el arpón—. No nos iban a hacer nada —vociferó, consternada, observando el arma que su amiga protegía entre sus brazos.
—Debes creerme, Sarah. Yo no he hecho nada.
Las puertas de sus camarotes se abrieron enérgicamente. Robert y Thomas las llevaron a la superficie bajo una fuerte tormenta.
—No la culpéis —gritó Sarah—. Está enferma.
—Está poseída —clamó el joven James—. El demonio ocupa su cuerpo; debéis sacrificarla.
Una fuerte ola sacudió la embarcación, ésta se resintió, las embestidas siguieron hasta que la tripulación fue precipitada a las agitadas aguas.
Cuando Sarah despertó encontró a su derecha a Thomas y a su izquierda a Lauren. Desconocía el lugar que ocupaban, pero estaba en una playa y a salvo. Se puso en pie y no muy lejos, divisó una barcaza. Despertó a su amiga, también a Thomas y comenzaron a hacer señas a la navegación hasta que depararon en ellos. Al instante, el hombre apartó a Sarah a unos metros.
—No podemos dejar que Lauren viaje con nosotros.
—¿Cómo puedes decir eso? Es mi amiga.
—Es una asesina, ha matado a gran parte de la tripulación. El ritual al que la sometieron cumplió su cometido ya que el demonio ocupa su interior.
—No podemos dejarla.
—Lo siento Sarah, ya he tomado la decisión.
Se giró y la joven contempló el machete de su espalda. Lo tomó y con él atravesó uno de los costados de Thomas. Éste se giró, sorprendido y consternado.
—No nos separaréis, nadie volverá a hacernos daño.
El hombre quiso hablar, pero fue incapaz. Se desplomó cuan largo era y tras él se encontró con Lauren, amenazándola con el arpón.
—Tranquilízate, Lauren. No nos pasará nada. Todo ha acabado, estaremos a salvo.
—No, Sarah. Acaso piensas que no lo sé. En serio crees que no he oído las conversaciones que mantenías contigo misma, o quien ocupa tu interior. Sé que has sido tú quien ha matado a la mayoría de la tripulación, que cuando me ofrecieron en el ritual la fuerza del mal que era llamada fue a tu interior porque lo deseabas. Querías poder vengarte de todos y me duele que pretendieras culparme a mí de los asesinatos dejando el arpón en mi cama.
—Lo hice por nuestro bien, para protegernos. Nunca te culparían debido a tu estado; has estado enferma.
—Sólo quería huir del orfanato, podíamos haber sido libres pero ahora eres una amenaza y por ello debo acabar con el mal.
Las cuencas de Sarah se volvieron negras, su rostro se deformó ligeramente y se lanzó contra su amiga, pero el arpón fue más rápido atravesando su pecho al momento. Sin embargo, una extraña sombra abandonó el interior del cuerpo sin vida de la joven. Lauren quiso correr, pero se vio incapaz y la sombra la golpeó con tanta fuerza que cayó al suelo inconsciente.
—¿Se encuentra bien, señorita? —le preguntó una cálida voz, mientras le daba pequeños golpecitos en la mejilla.
Lauren abrió los ojos contemplando ante ella un desconocido de cabello claro. A su alrededor había más gente que examinaban con horror los cuerpos de Thomas y Sarah.
—Gracias al cielo —susurró—. Ha sido horroroso. Se volvieron inestables y acabaron por matarse entre ellos e incluso casi lo consiguieron conmigo.
Lauren lloró sobre el hombro del apuesto caballero, mientras una sonrisa se dibujaba en su rostro.
—Tranquila, señorita, ya está a salvo.
Lauren asintió.
Ayudaron a la frágil joven a ponerse en pie, la arroparon con mantas, pero nadie deparó que, en ocasiones, sus cuencas se volvían tan negras como el alma del diablo.
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