CAMISETAS AURORA Aurora Bitzine, Fantasía y Ciencia Ficción
Librería de Zoe: Mecanoscrit del Segon Origen
«I jo, l’Alba, una mare de divuit anys, em vaig mirar en Mar, que plorava al bressol, i vaig pensar que tot just seria una dona de trenta quan ell en fes dotze. I en el fons del meu cor vaig desitjar ferventment que fos tan precoç com en Dídac, el seu pare; si ho era, encara podria tenir uns quants fills del meu fill... » (1)
Por Juan Carlos Pereletegui

Librería de Zoe - Mecanoscrit del Segon Origen No había sido un buen día, una semana de perros en realidad, y no estaba del mejor de los humores cuando vi el libro sobre el mostrador de la librería.
—Manuel de Pedrolo —el sarcasmo me resbalaba por la comisura de los labios—, «Mecanoscrit del segon origen» (2) ¿A estas alturas te dedicas a la novela juvenil o es que quieres recordarme los tiempos del instituto?
Zoe me abrasó con la mirada y contestó con hielo en la voz.
—De lo que hacías en el instituto ya hablamos la semana pasada, y si te leíste el «Mecanoscrit» entre paja y paja, no me extraña que no te enteraras de nada. Es verdad que el «Mecanoscrit» es lectura recomendada en muchos institutos, lo cual es un acierto, por una vez y sin que sirva de muestra, pero no se parece en nada a las llamadas novelas juveniles, al menos a la gran mayoría, que no son más que unas soserías.
—Pero no me negarás —contraataqué—, que el estilo es de una simplicidad que mata, ya sé que se supone que está escrito por una adolescente, pero eso no es justificación.
—¡Claro que es justificación! Y más todavía, es un estilo falsamente simple, muy pensado y trabajado para dar esa impresión, pero que en realidad es naif puro y duro.
»Es una historia de renacimiento. En un instante, en un parpadeo, la civilización queda destruida, el porqué es lo de menos, lo importante es que hay dos supervivientes: l’Alba, «una noia de quatorze anys, verge y bruna» (3) y el Dídac, el hijo de nueve años de «... la Margarida que, anys enrera, se’n va a anar a servir a fora i va deixar-se prenyar per un negre» (4). Su historia está contada, desde lo emocional, con una crudeza descarnada y desde lo literario, con la sequedad de un informe pericial, y sin embargo, destila ternura por todos los poros.
Me eche a reír, olvidando mi mal humor.
—Oye, me parece que a este libro le tienes un cariño muy particular, seguro que tiene más valores que los estrictamente literarios.
—Yo era muy joven... y muy tonta —dijo Zoe, con un matiz rabioso—. Pero aquel día espabilé bastante. Todavía estaba en el instituto y era virgen, igual que Alba. Por entonces, la vida se me iba en suspiros por un compañero de clase pero no había forma de que se fijara en mi.
—¡No me lo puedo creer!
Zoe me miró con una media sonrisa.
—Nadie nace enseñado y yo sabía muy poco sobre casi todo y era tan vergonzosa que no me atrevía ni a saludarle. El curso estaba a punto de acabar y no le había dirigido la palabra, cuando la suerte me brindó una oportunidad: tenía que hacer con él un trabajo sobre el «Mecanoscrit».

Después de leerlo, quedamos en su casa para redactar el comentario y nos encerramos en su habitación. Yo estaba terriblemente excitada, pero no tenía ni idea de cómo conseguir lo que quería. Para empezar, no sabía lo que quería, si sólo insinuarme o salir de aquel cuarto con la virginidad por montera.
—¿Qué te ha parecido? —le pregunté cuando nos instalamos en la mesa.
—¡Una chorrada! —respondió con brusquedad—. ¿Cómo va una tía a sobrevivir ella sola, encima cuidando de un mocoso?
—Es difícil —apunté, algo cohibida—, pero Pedrolo lo plantea con bastante realismo, disponen de alimentos en abundancia, al menos al principio...
—¡Qué no! ¡Qué no! —me interrumpió—. ¡Si al menos fuera un tío!, pero una tipa, ¡no me jodas! Si no sabéis ni ir a cagar solas.
Yo me quedé pasmada. Mi príncipe azul saltó por los aires y en aquel mismo momento supe lo que quería, lo que me pedía el cuerpo: que aquel estúpido mamón se comiera sus palabras.
—Creo que tienes razón —dije, desperezándome y arqueando la espalda— a pesar de que Pedrolo dice de Alba que «sempre havia estat una noia pugnaç.» (5) pero, ¿qué puede hacer la pobre, sin un hombre a su lado? Dídac es todavía un niño, claro que más adelante crece.
—Da lo mismo, es negro y bastardo, nunca será bueno para una mujer blanca y virtuosa. Mi papá dice que los negros y los moros no tienen alma.
—Es verdad, ¡además negro!, y de la Margarida, que ni se había casado. Tienes suerte de tener un padre tan recto y juicioso, no como el de Alba que «havia fet presó sense haver assassinat, robat o estafat mai a ningú [...] perquè ella, avui, pogués decidir com decidia» (6), claro, así acaba ella como acaba.

—Exactamente, no sabe imponerse al negrata y demostrarle que ella es superior, y por eso le ocurren cosas, como esa caída en la que se rompe la pierna, haciendo trabajos de los que se tenia que el Dídac.
—Efectivamente —apoyé, soplando las llamas—, ahí se ve lo inútil que es una mujer, sin un hombre a su lado. A Alba, no se le ocurre otra cosa que aguantarse el dolor y enviar a Dídac a por el libro de medicina que tienen en la gruta donde viven. Después de consultarlo, aprieta los dientes y reduce la fractura «enfonsant l’os fins que els dos extrems tornaren a coincidir» (7), cuando lo que le correspondía, como una dulce muchachita, virgen y blanca, a pesar de ser «bruna», hubiera sido lloriquear y suplicar que un héroe viniera a salvarla.
—¿A que sí? —Yo alucinaba.— Porque de la catástrofe se habían salvado hombres de verdad, que hubieran sabido tratarla como a una mujer, pero los encuentra demasiado tarde, por desgracia. Para entonces ya estaba trastornada y no permite que le ajusten las cuentas al moreno.
—Es cierto, también se habían salvado algunos hombres de pelo en pecho, blancos por supuesto, como los que les salen al encuentro en el viaje de exploración, desnudos completamente, «sense preocupar-se d’amagar l’engrescament que els provocava la presència d’una noia com l’Alba, ben a l’inrevés, car el més jove es masturbava» (8), eso son hombres que saben lo que necesita una chica.
—¡Tu lo has dicho! Lo malo es que llegan tarde y para entonces el Dídac ya se la ha tirado. Mi papá dice que una mujer que no es virgen, no puede tomar decisiones por si misma, debe someterse a su marido y si no lo tiene, peor para ella.
—¡Claro, claro! Además, el Dídac, no es gran cosa, fíjate ¡qué falta de virilidad!, ¡con doce años ya!, y tiene que ser Alba la que «s’alça cap a ell perqué la penetrés» (9). Y antes le pregunta «no et sembla que ja sóc un home?» (10)
—¡Es que estos negros! Mucha fama pero luego «na de na»
Yo ya estaba hasta los ovarios de aquel castrado mental, y de su papá, y dispuesta a que se llevara su merecido.
—¡No vas a comparar! —exclamé, al tiempo que mi pie se insinuaba entre sus piernas.
—Creo que le gustarás a mi papá —dijo, poniendo cara de satisfacción—, no eres como esa asquerosa de Alba que le gustan los negros y los libros guarros. Será pervertida la tía, que cuando encuentra una biblioteca llena de libros de esos, se los lleva y encima se siente orgullosa porque «estava salvant per al futur els llibres prohibits del passat» (11). Claro, que seguramente, el negro los necesitaba para funcionar.
—No como tu, que nunca has mirado nada parecido, ni te ha hecho falta. —Yo seguía avanzando, había puesto una mano sobre su muslo, y la movía arriba y abajo, como quien no quiere la cosa, sobre el tenso tejido de algodón del tejano.
—¡Bueno, bueno! —replicó, incómodo—. Es diferente, yo soy un tío, eso es normal, tengo un cerebro superior y esas cosas no me afectan igual que a una mujer...
—O que a un negro.
—Exactamente, exactamente —cambio de tema—. Está claro que Alba se ha desquiciado y le da esa manía del renacimiento y de que deben repoblar la tierra «perquè ara ja no eren aquelles dues criatures que, de sobte, ho perdien tot, sinó un noi una noia aleshores inexistents, la história dels quals començava al moment que es deciden a ser origen i no acabament.» (12). Hasta se deja manejar por Dídac, como cuando este le propone, al inscribir a ese hijo, o lo que sea que hayan tenido, en el nuevo Registro Civil que han decidido crear, que le pongan delante el apellido de Alba «perquè ets tu qui l’ha dut nou mesos i qui l’ha parit» (13).
—Pero eso, al fin y al cabo es lo correcto —apunté—, si los negros no tienen alma, tampoco deberían usar apellidos.

—¡No se trata de eso! Mira —me explicó condescendiente—, el hijo de Alba, a todos los efectos, es un bastardo de sangre mezclada, como su padre. Deben registrarlo exclusivamente con los nombres de la madre, pero no es eso lo que hacen, no. Lo registran alterando el orden de los apellidos, pecando contra la sagrada preeminencia de lo masculino, que Jesús tenía sus buenas razones para no incluir a ninguna mujer entre los apóstoles.
—Es que las mujeres debemos conocer nuestro puesto —mi mano ya se encontraba sobre la bragueta, palpando el bulto que, constreñido en la dureza de los tejanos, debía causarle más dolor que otra cosa. Busqué los huevos con la sana intención de estrujárselos, pero no conseguí dar con ellos. ¡Lo que hace la inexperiencia!
El muchacho intentaba mantener el tipo, a pesar de que el sudor le corría entre el bozo ralo, que antes, hacía mil años, me había parecido viril y ahora una asquerosidad. El macho-macho, seguramente estaba pensando qué haría su papá en aquella situación.
—Además es una guarrada de libro —dijo al fin, fingiendo ignorar mi mano—, con tanto detalle sobre las letrinas o los problemas de Alba con la menstruación, ¡aggg!, ¿tu no estarás con la regla, verdad?
—No, no, no, ¿cómo se me ocurriría venir a tu casa en esos días?
—¡Menos mal!... pero para asqueroso de verdad, cuando Alba tiene que alumbrar —¿no se decía parir?—, ¿a quién le interesan tantas explicaciones?
Yo ya estaba harta, el pasaje del parto de Alba me había maravillado, estaba narrado con crudeza, es cierto, en consonancia con el tono seco y amargo de la historia, pero también con mucha poesía y con un cariño infinito por l’Alba y el Dídac, que, padres y todo, seguían siendo niños angustiados por «la certesa monstruosa que eren feliços sobre una muntanya de cadàvers» (14).
Sin responderle me metí bajo la mesa y le desabroché el cinturón, asombrada de mi misma. El alzó el culo para permitir que le bajara los tejanos y vi, por primera vez en mi vida, un pene en erección. Advertí que los huevos se le habían replegado, por eso antes no los encontraba, pero ahora ya sabía donde estaban. Clavé las uñas con saña y se los hice bajar, él pasó, en un instante, del placer al dolor, y fuera por lo uno o por lo otro, ¡vete tu a saber!, eyaculó sin gracia, y un chorrito mezquino se escurrió hasta el suelo, manchando la alfombra.
—¡Huy, pobrecito! —exclamé, saliendo de la mesa y recogiendo mis cosas—, creo que voy a probar con un negro, ¡peor que esto no puede ser!
Él estaba corrido de vergüenza, espatarrado en la silla, con los pantalones en los tobillos y el pene colgándole, flácido y húmedo.
—¿Quieres que llame a tu papá, para que te consuele? —le dije antes de cerrar la puerta.

(1) «Y yo, Alba, una madre de dieciocho años miré a Mar, que lloraba en la cuna y pensé que sería justo una mujer de treinta cuando el tuviera doce. Y en el fondo de m corazón deseé fervientemente que fuera tan precoz como Dídac, su padre. Si lo era, todavía podría tener unos cuantos hijos de mi hijo...
(2) «Mecanoescrito del segundo origen»
(3) «una chica de catorce años, virgen y morena»
(4) «... la Margarita, que años atrás se fue a servir fuera y se dejo preñar por un negro»
(5) «siempre había sido una chica tenaz»
(6) «había estado preso sin haber asesinado, robado o estafado nunca a nadie [...] para que, hoy, ella pudiera decidir como decidia»
(7) «apretando el hueso hasta que los dos extremos volvieron a coincidir»
(8) «sin preocuparse de esconder la excitación que les provocaba la presencia de una chica como Alba, al contrario, ya que el más jove se masturbaba »
(9) «se alza sobre él para que la penetre»
(10) «¿no te parece que ya soy un hombre?»
(11) «estaba salvando para el futuro los libros prohibidos del pasado»
(12) «porque ahora ya no eran aquellas criaturas que, de golpe, lo perdieron todo, sino un chico y una chica entonces inexistentes, cuya historia comenzaba en el momento que decidieron ser origen y no final. »
(13) «porque eres tu quien lo ha llevado nueve meses y quien lo ha parido»
(14) «la certeza monstruoso que eran felices sobre una montaña de cadáveres»


Título: Mecanoscrit del segon origen
Autor: Manuel de Pedrolo
Editorial: Edicions 62
Primera edición, colección "El trapezi": 1974
Primera edición en la colección "El Cangur": 1976
Cuadragésima edición en la colección "El Cangur":
Año de publicación: 1993
Portada: Jordi Fornas
ISBN: 84-297-1032-9

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Aurora Bitzine revista de fantasía y ciencia ficción a 1 de junio del 2006