»Creo que hasta a Weelira se le revolvió el estómago. Entre Norinius y yo descolgamos a Mantecosa del árbol y lo depositamos en el suelo. Alguien dijo que deberíamos enterrarlo para que los carroñeros no devoraran sus restos, pero el ambiente era tan hostil que nos conformamos con arrojarlo entre unos cañizos y seguir adelante con la búsqueda. El bosque se volvió más tupido, más oscuro. La noche se cerraba sobre nosotros cada vez más funesta, impidiéndonos ver más allá de tres pasos. No se quien dijo primero que deberíamos volver al pueblo, pero lo cierto es que ya era demasiado tarde. Nos habíamos adentrado mucho en la espesura y, volver atrás, resultaba tan inquietante como seguir avanzando.
»Pipper dijo que Croudder jamás hubiera hecho algo así por ninguno de nosotros. Que estábamos arriesgando el pellejo mucho más de lo que él lo habría arriesgado. En cierto modo tenía razón; sin embargo, nadie se atrevió a dar la vuelta. Weelira cada vez caminaba más rápido entre los árboles, como si estuviera atrapada por una voz que sólo podía escuchar ella. La llamamos pero no respondía. Parecía presa de un frenesí enfermizo.
»Anduvimos perdidos por Lob horas y horas. No sería capaz de decir cuanto. Finalmente Weelira se detuvo y se volvió hacia nosotros con el rostro desencajado. ¿Qué te pasa?, preguntó Pipper el arquero. Weelira no respondió. Estaba en mitad del follaje, plantada como una estaca, con los ojos vidriosos y la mirada perdida. Parecía completamente ida. Fue entonces cuando la sombra emergió de lo más profundo del bosque. Todo estaba tan oscuro que no llegamos a verla hasta que estuvo a la altura de Weelira. Cuando se nos reveló nos quedamos de piedra. Iba cubierta con un manto negro, de los pies a la cabeza. Su rostro se ocultaba tras una capucha, velando unas facciones que se antojaban inescrutables. Cuando alguien trató de aproximarse al extraño, su mano se posó sobre la cabeza de Weelira y ésta cayó rendida a sus pies. El rostro de la muchacha se desencajó en una mueca de horror que jamás había visto.
»Los dedos del extraño se afianzaron a la testa de nuestra compañera y, a través de sus labios, habló por primera vez. Puedo asegurarte, Reddrick, que jamás había escuchado una voz semejante. Era como si mil sonidos surgieran de la misma garganta, voces todas ellas arcaicas, sincopadas, malditas; murmullos mecidos por el viento que se mezclaban con asertos autoritarios. Arrullos que nacían con un lamento y acababan convirtiéndose en un eco suave que se adhería al corazón como escarcha. Estoy seguro de que ningún ser de Argos podría hablar de aquella manera, Reddrick, pongo la mano en el fuego y no me quemo. Era una criatura única, con formas humanas, pero juro y perjuro por los Once que de humana no tenía nada.
Mighoss hizo una pausa para tomar aire y Reddrick tuvo la oportunidad de ver en sus ojos un temor instintivo que resultaba inaudito en un hombre de sus proporciones. El miedo palpitaba en lo más hondo de su corazón, lo cual llevaba al semielfo a no poner en duda ninguna de sus aseveraciones.
—¿Qué es lo que dijo, Mighoss?
El mercenario enjaulado negó con la cabeza, como si se resistiera a revivir aquella pesadilla una vez más. Durante unos instantes el estigma de la locura que le había abordado durante la visita del alcalde volvió a medrar su juicio.
—No… no puedo…
—Tienes que decírmelo, Mighoss. Por el bien de todos.
El mercenario volvió a elevar la testa pelada y clavó la mirada en el elfo.
—Soy la que morí y reviví en el Norte —murmuró con voz entrecortada—. La que no tiene ojos ni lengua; la que vio el pasado y conoce el futuro. Mi exilio en Argos no debe ser interrumpido. Eso es exactamente lo que dijo, Reddrick. Después Weelira enmudeció y el ser guardó silencio.
»Tenot desenfundó su espada y avanzó hacía él, amenazante. Pipper amartilló su arco y yo me apresuré a cubrir al Tortuga. Antes de que pudiéramos dar dos pasos al frente y nos aproximáramos a Weelira, algo que había estado ocultándose en el bosque, emergió de las sombras y atacó a Tenot. Apenas tuvimos tiempo de reaccionar, los brazos del Tortuga se desprendieron de sus codos y cayeron al suelo. Por todos los dioses, Reddrick, todavía me estremezco cuando escucho el sonido de la carne al desgarrarse poco a poco y caer hasta chocar contra las hojas secas. Demasiado tarde advertimos la aparición de aquel nuevo enemigo; probablemente debía estar agazapado entre las ramas de los árboles, acechándonos como las fieras. A pesar de que era noche cerrada, todos pudimos ver perfectamente a aquella criatura, pues su piel era tan pálida que contrastaba con las tinieblas. Sus rasgos no concordaban con ninguno de los seres creados por los Dioses. Más bien era andrógino, con branquias en el cuello y rasgos de pez. Todo su cuerpo estaba cubierto por una sustancia viscosa que parecía aceite y sus extremidades eran largas, nervudas, desproporcionadas.
»Cuando Pipper, acuciado por los lamentos escalofriantes de Tenot, hizo ademán de disparar su arco, la criatura enarboló las dos espadas que aferraba en cada mano y su rostro se desencajó en una mueca tan horrenda que hizo temblar nuestras piernas. He combatido a orcos y trasgos, a trolls y gorgonas y podría asegurar sin equivocarme que aquella abominación no se parecía en nada a la clase de seres que camparon por estas tierras durante la Gran Guerra. Ninguno de los presentes nos atrevimos a seguir avanzando hacia aquel monstruo tan horrible.
»La criatura, sin inmutarse por los aullidos de Tenot, nos instó a que dejáramos el bosque antes de que fuese demasiado tarde, pero nos negamos rotundamente. No íbamos a abandonar a Weelira al mismo tormento que había acabado con Mantecosa y Croudder. Pipper hizo ademán de disparar su arco, pero aun no había rozado la cuerda cuando aquella mala bestia se abalanzó sobre nosotros y, como un relámpago, cortó la cabeza del arquero limpiamente por el cuello. Traté de llegar hasta él, pero con un quiebro imposible, evitó mi acero e incrustó su espada en la columna vertebral de Tenot, atravesándolo de parte a parte y poniendo fin a su calvario. En apenas unos segundos, aquel ser recobró la guardia y los filos de sus espadas se cernieron sobre mi. El muy cabrón me dejó sin aliento. Se movía tan rápido que, en ocasiones, era imposible seguirlo con los ojos. Caí de espaldas y mis piernas se negaron a responder, dejándome completamente paralizado. La criatura se irguió ante mí y me mostró su rostro más hostil. Solo entonces comprendí que aquellos dos moradores del bosque no eran seres normales, Reddrick. Eran engendros que no podían proceder de este mundo. Demonios que habían franqueado el nexo entre el Eccélion y el Abismo.
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