“El hombre bicentenario”, un cuento escrito por encargo(1) y de lento desarrollo a juicio de algunos, tiene, además de una melancolía sugerente, una reflexión en torno a lo que es la humanidad(2) y al paso del tiempo.
Un buen relato sobre los inconvenientes de la inmortalidad y que por momentos hace pensar en algunos otros de Borges. Asimov plasma esa angustia por el paso del tiempo, ya no en un sentido heideggeriano de autoconsumición, sino inverso, desde un protagonista no-humano que no puede sino observar a todos sus “seres queridos” envejecer y morir.
“La Niña... Llegó a vivir noventa años y había fallecido tiempo atrás.”
Asimov se muestra como un humanista crítico con gran intuición narrativa y capaz de plasmar el instinto gregario, un ágape moderno, el deseo de ser entre-con-como-por otros. El robot Andrew desea con todas sus fuerzas ser humano y para conseguirlo depone una a una todas las supuestas ventajas de ser inmortal.
¿De dónde provienen los sentimientos de un robot? ¿Un defecto de fábrica? Es un rasgo que podría considerarse una licencia romántica, tal vez discutible, pero que resulta coherente con el universo creado por el autor. En todo caso, leer literatura –principal, aunque no exclusivamente en géneros como la Fantasía o la Ciencia Ficción- supone un acto de fe inicial.
En este caso, tenemos un cerebro positrónico -tan semejante y a la vez tan disímil de un cerebro humano-, que por alguna razón logra desarrollar emociones, sensibilidad artística y dudas existenciales. La existencia de robots extravagantes como Andrew, junto con las excepciones y salvedades a las Tres leyes robóticas, son una de las grandes vetas temáticas en la narrativa asimoviana.
Pensemos que la tecnología ha tendido a crear máquinas que están cada vez menos bajo el control directo del hombre y se acercan a tener voluntad propia. En “El hombre bicentenario”, como en “Todos los males del mundo” y otras historias cuyos personajes son robots o Multivac (un enorme ordenador, antecedente ideológico de lo que hoy es la red y que conoce y controla todo), Asimov se plantea, ¿cuál sería esa voluntad una vez que la máquina pudiera tener autoconciencia y deseos? La obra reviste un humanismo profundo, evidente tanto en el argumento como en algunos de los diálogos.
Campbell propone un esquema con tres etapas básicas que conforman un personaje heróico: la partida, la iniciación y el regreso(3). Cada una de éstas puede consistir en una o varias acciones también detalladas en dicho esquema.
Dentro de la partida, encontramos lo que designa “La llamada”, que en este caso sería el tallado del dije para la Niña, lo cual hace evidente su unicidad y da pie a su deseo de libertad. En la llamada iniciación, se encuentran, nada menos que El camino de las pruebas y La pelea y reconciliación con el padre o con Dios (entiéndase el Señor).
En “el regreso” encontramos: “el cruce del umbral” (la última cirugía, la aceptación de la muerte), y “la libertad para vivir” (por fin, aunque por corto tiempo, es un hombre).
Andrew, el hombre bicentenario, es pues el héroe del relato por su unicidad, por su deseo de libertad y reconocimiento, y por su aceptación de la muerte. Probablemente no aplicaríamos el adjetivo “heroico” a una máquina.
Lo interesante en el caso de Andrew es que no va en el sentido de mejoras tecnológicas hacia la superhumanidad, en busca de algo más duradero, rápido, eficiente -como el caso del robot Daneel en “Fundación”(4) -, sino en dirección hacia la humanidad, hacia algo más efímero y perfectible, tal como Magdescu dice a Andrew:
“-Tú eres mucho mejor que un hombre. Has ido cuesta abajo desde que optaste por ser orgánico.”
El robot cirujano al que Andrew pregunta si desearía ser un hombre opina lo mismo:
“-Sería preferible ser mejor cirujano. No podría serlo si fuera un hombre, sólo si fuese un robot más avanzado.”
Un punto interesante del relato es la manera en que se produce la conversión de Andrew. Físicamente la cosa sucede de fuera hacia adentro. Primero consigue la apariencia, después la funcionalidad.
El lector es testigo de cómo Andrew aprende a desaprobar a los hombres, a mentir, a tolerar el chantaje, a dar órdenes, a expresar sus deseos, y finalmente, el autosacrificio, con lo cual logra aquello que ha deseado durante seis generaciones de hombres.
Nuestro autor logra plasmar los hechos aparentemente antagónicos de que un robot que se está "humanizando", todavía tenga que respetar las tres leyes de la robótica; y cómo, conforme avanza hacia la humanidad, estas leyes pierden pertinencia y vigor hasta diluirse. Mentalmente, el cambio se da desde dentro hacia afuera. Primero surge el subconsciente, lo que le permite la creatividad.
Andrew -siendo único, como lo describe el Señor-, tiene una voluntad única. En aras de su deseo decide no recordar las cifras que seguían a su serie y luchar por su libertad aunque le cueste todo lo que posee.
Pero como cualquier hombre, a cada victoria tiene un nuevo deseo, así, pasa de robot a robot libre, de robot libre a robot libre con derechos, de esto a androide, de androide a androide que come y respira... “siempre el paso siguiente, el otro, el otro”(5). Trabaja como robot asistente doméstico, luego como tallador y ebanista, después como escritor-historiador, como científico, siempre deseando algo más, como todos nosotros. Empeñosamente, Andrew pasa de ser algo intermedio entre un electrodoméstico y una niñera a un hombre, deja de ser un “robot” en el sentido primitivo de la palabra(6).
Autor: Asimov, Isaac
Título original: The Complete Stories II
Título: El hombre bicentenario y otros cuentos.
Trad.: Carlos Gardini
Edición: Clarín, 1997
ISBN: 956-7510-11-3

(1)En 1976, con motivo de una antología conmemorativa del bicentenario de los E.E. U.U.
(2)Tema frecuente tanto en el autor, véase el cuento "¿Qué es un hombre?", como en la Ciencia Ficción en general, como vemos, por ejemplo en el cuento “¿Existió alguna vez Mr.Smith?” de Lem o la novela “¿Sueñan los androides con ovejas electrónicas?” (Blade Runner) de Dick.
(3)Campbell, “La aventura del héroe”.
(4)Caso también de muchos relatos de cyborgs de diversos autores que tienen al hombre como punto de partida
(5)Jaime Sabines, “Los amorosos”.
(6)Robot (Del. checo, rebota, esclavo) En 1920 Capeck publicó una obra llamada R.U.R. (las iniciales significaban Robots Universales de Rossum) en la que aparecían esclavos artificiales.
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