CAMISETAS AURORA Aurora Bitzine
Ciclo Robert E. Howard: Sembradores del Trueno (III)
Vientos acerados y ruina y fuego
Y un Jinete agitándose con enorme alegría;
Sobre los cadáveres esparcidos, tierra ennegrecida
Muerte, acecha desnuda, viene
Como una nube de tormenta aplastando los barcos
Todavía el Jinete permanece erguido,
Pálido con la sonrisa de un rey muerto en los labios.
Como el alto caballo blanco que montaba.

La Balada de Baibars
Por Robert E. Howard

Ciclo Robert E. Howard - Sembradores del Trueno (III) Capítulo 5

La luna estaba saliendo cuando Cahal cruzó las tranquilas aguas del Jordán, moteadas por las estrellas que se reflejaban en la superficie del río. El sol ya había aparecido cuando su caballo se derrumbó ante la puerta de Jerusalén que se abre al camino de Damasco. Cahal se tambaleó, medio muerto también, y mirando fijamente a las desmenuzadas ruinas de las destrozadas murallas, gruñó en voz alta. A pie se apresuró hasta un tranquilo grupo de sirios que le miraban con curiosidad. Un barbudo guerrero flamenco se adelantó arrastrando su pica. Cahal le quitó el odre de vino que colgaba del fajín y lo vació de un solo trago.
“Llévame hasta el patriarca,” jadeó carraspeando. “¡La perdición se acerca a Jerusalén a uña de caballo!”
Un pequeño grito de sorpresa surgió de la gente y el miedo se hizo presente. Cahal se dio la vuelta y la aprensión le constriñó la garganta. De nuevo vio el fuego danzar hacia el este y el humo que se elevaba: el gigantesco rastro de la destructiva horda.
“¡Han cruzado el Jordán!”, gritó. “Por todos los santos, ¿cuándo un hombre nacido de mujer había cabalgado con tanto frenesí? Superan incluso al viento... maldito sea el mal que hice por perder una simple hora.”
Las palabras murieron en su garganta cuando miró las ruinosas murallas. En verdad, una hora más o menos no habría significado nada para esta ciudad maldita.
Cahal se apresuró por las calles con el soldado, y vio que la noticia se había esparcido como un fuego salvaje. Los judíos en sus azules shubas corrían por todas partes aullando, por las calles y los tejados las mujeres retorcían sus manos y gimoteaban. Los altos sirios cargaban sus pertenencias en burros y formaban el núcleo de una desordenada horda que salía en tropel por las puertas del oeste tambaleándose bajo sus ajuares. La ciudad se arrodilló temblorosa bajo la amenaza que venía del este. Qué horda era la que caía sobre ellos, no lo sabían, no les preocupaba; la muerte es la muerte, da igual quien la traiga.
La multitud vociferaba que los tártaros estaban tras ellos, y tanto los musulmanes como los nazarenos temblaban. Cahal encontró al patriarca desconcertado e indefenso. Con un puñado de guerreros, ¿cómo podría defender una ciudad sin murallas? Estaba listo para ofrecer su vida en un vano intento, no podía hacer otra cosa. Los mullahs reunían a su gente, y por primera vez en toda su historia, musulmanes y cristianos unieron sus fuerzas para defender la ciudad que era sagrada para ambos. La mayor parte de la gente se refugió en las mezquitas y en las catedrales, o se arrodilló resignadamente en las calles, esperando la muerte mansamente. Las gentes imploraban a Jehová o a Alá, y algunos profetizaban un milagro que salvaría la ciudad santa. Pero en el despiadado cielo azul no apareció ninguna espada de fuego, solo el humo del saqueo, la llama de la masacre y al final las nubes de polvo levantadas por los jinetes.
El patriarca había agrupado su escasa fuerza de guerreros, caballeros, peregrinos armados y musulmanes en la puerta de Damasco. Siendo inútiles para los defensores las desmanteladas murallas, allí podrían plantar cara a la horda y ofrecer sus vidas, sin esperanza pero sin miedo.
Cahal, con su cansancio medio olvidado por la embriaguez que le producía el anticipo de la batalla, cabalgó junto al patriarca sobre un enorme semental cobrizo que le había sido dado, y gritó repentinamente al ver a un espigado y moreno tipo de aspecto inconfundiblemente turco.
“¡Haroun, por todos los santos!”
El otro se volvió hacia él y Cahal flaqueó. ¿Era Haroun? El individuo vestía la cota de malla y el casco picudo de un soldado turco. En su musculoso brazo derecho llevaba una rodela con púas y de su cinturón colgaba una ancha y larga cimitarra, mucho más pesada que la mayoría de las hojas musulmanas. Además, Haroun iba afeitado y este hombre llevaba el curvado y fiero mostacho de los turcos, aún así su constitución, la cara cuadrada y oscura y aquellos brillantes ojos azules le recordaban a Haroun.
“Por todos los santos, Haroun”, dijo Cahal de corazón. “¿Qué haces aquí?”
“Alá me maldiga si yo soy ese tal Haroun”, respondió el soldado con voz grave y cavernosa. “Yo soy Akbar el soldado, venido hasta Al Kuds en peregrinaje. Debes haberme confundido con otro.”
Cahal frunció el ceño. Ni siquiera la voz era la de Haroun, pero aún así estaba seguro de que en todo el mundo no había otro par de ojos como aquellos. Se encogió de hombros.
“Bien, éste no es el momento. ¿A dónde vas?”
Algunos hombres se habían reunido a su alrededor.
“¡A las colinas!”, respondió el soldado. “No podemos hacer nada bueno cayendo aquí, mejor vente conmigo. Esa polvareda, es una horda entera lo que está viniendo tras nosotros.”
“¿Huir sin dar un solo golpe? ¡Yo no!”, dijo Cahal con brusquedad. “Vete si tienes miedo.”
Akbar maldijo vociferando. “¡Por Alá, por Alá! Un hombre haría mejor en meter su cabeza bajo las patas de un elefante que llamarme a mi cobarde. Defenderé este sitio tanto tiempo como el último nazareno.”
Cahal se apartó un poco, irritado por los modales y arrogancia del individuo. Incluso bajo la ira que todos los soldados tienen, le pareció al gaélico que un peregrino resplandor brilló en sus fieros ojos y agitó la cabeza con una inmensa alegría interior. Entonces Cahal lo olvidó. Un lamento vino de los tejados de las casas, donde la gente indefensa veía llegar su perdición. La horda había aparecido a la vista, saliendo de la bruma de las gargantas del Jordán.
El aire vibró con el clamor de los tambores de piel; la tierra se estremeció con el retumbar de los cascos. El veloz acercamiento de los malvados alaridos nubló la mente de sus victimas. Desde las estepas de la profunda Asia estos bárbaros habían huido ante los mongoles como las ligeras hojas de la flor de un cardo en el viento. Ebrios con la sangre de tribus aniquiladas, diez mil salvajes llegaron hasta Jerusalén, donde miles de personas indefensas se arrodillaban atemorizadas.
Cahal vio de nuevo las atroces figuras que le habían perseguido en sus delirantes sueños cuando se balanceaba en su silla en aquella larga huida: altos y esbeltos corceles sobre los cuales se inclinaban las formas de unos jinetes vestidos con cota de malla y pieles de lobo, con caras angulosas y oscuras, ojos brillando como los de un perro loco bajo sus altos gorros de pelo o sus picudos cascos, estandartes con las cabezas de lobos, panteras u osos.
Con rapidez recorrieron el camino de Damasco, haciendo saltar sus caballos sobre los rotos muros y amontonándose en las ruinosas puertas a una velocidad vertiginosa, y rápidamente atacaron el grupo de defensores que espolearon sus monturas para encontrarse con ellos. Entonces los arrasaron, los destrozaron, los hicieron añicos, los pisotearon por completo y cabalgaron sobre sus despedazados cuerpos, acometiendo el corazón de la ciudad maldita.
Un infierno rojo reinó desenfrenado por las calles de Jerusalén, donde los indefensos hombres, mujeres y niños corrían despavoridos ante los asesinos que les perseguían, aullando como lobos, ensartando recién nacidos con sus lanzas y llevándolos en alto como sangrientos estandartes. Bajo los frenéticos cascos de los caballos lastimosas formas caían retorciéndose y desangrándose. Oscuras manos manchadas de sangre rompían las ropas de chillonas chicas y los cantones de las lanzas destrozaban puertas y ventanas tras las cuales se encogían sus aterrorizadas presas. Todos los objetos de valor eran robados y alaridos de agonía emergían hasta el cielo saturado de un humo nauseabundo, cuando las victimas eran torturadas con acero y fuego para hacerles soltar hasta sus más mínimos tesoros. La muerte acechó aullante en las calles de Jerusalén y los hombres blasfemaron contra sus dioses al morir.
En la primera e irresistible oleada de esa carga, aquellos defensores que no fueron arrasados habían sido apartados, habiéndoles hecho retroceder en medio de una total confusión. El peso del impacto había arrastrado al semental de Cahal el Rojo como si estuviera en la cresta de una ola, y se encontró cabalgando en un estrecho callejón, donde había sido lanzado como cuando un palo a la deriva es arrojado a un remolino por una rápida corriente. Había perdido de vista al patriarca y no tenía duda de que yacía entre los pisoteados muertos de la puerta de Damasco.
Su espada estaba roja hasta la empuñadura, su alma ardía con el ansia de la batalla, su mente enfermó de furia y espanto cuando los gritos de la carnicería atestaron sus oídos.

Ciclo Robert E. Howard - Sembradores del Trueno (III) “Dejaré mi cadáver ante el Sepulcro”, gruñó, y dándose la vuelta espoleó su caballo por el callejón. Corrió por una estrecha y serpenteante calle y salió a la Vía Dolorosa, justo cuando el primer kharesmiano se arrojó sobre él con la cimitarra enrojecida. El cuerpo del semental rojizo pasó rozando los estribos del bárbaro y la espada de Cahal refulgió como un rayo de sol. La cabeza del kharesmiano se separó de sus hombros dejando un arco carmesí, y el gaélico gritó con júbilo asesino.
En ese momento apareció otro jinete, rápido como el viento, y Cahal vio que era Akbar. El soldado tiró de las riendas y gritó: “Bien, buen señor, ¿estás aún dispuesto a sacrificar la vida de ambos?”
“¡Tu vida es tuya, y mi vida es mía!”, rugió Cahal con los ojos encendidos.
Entonces vio un grupo de jinetes que habían llegado hasta el Sepulcro por otra calle y estaban desmontando, gritando en su bárbara lengua, salpicando las piedras sagradas con la sangre que chorreaba de sus espadas. Con rojo velo de furia Cahal les embistió como una avalancha arremete contra los abetos. Su silbante espada hendió escudos y yelmos, desgarró cuellos y partió cráneos; bajo los atronadores cascos de su caballo en terrorífica carga, los hombres cayeron con las cabezas aplastadas. E incluso en su locura, Cahal se dio cuenta de que no estaba solo. Akbar había cargado tras él; su profunda voz rugía sobre el estruendo y la pesada cimitarra en su mano izquierda despedazaba mallas, carne y huesos.
Los enemigos se amontonaban sangrientamente ante el Sepulcro cuando Cahal se volvió y la roja niebla desapareció de sus ojos. Akbar rugió en una extraña lengua y le golpeó poderosamente en los hombros.
“¡Bodga, bogatyr!”, rugió con sus ojos bailando, y Cahal no volvió a dudar que era Haroun. “¡Luchas como un héroe, por Erlik! Pero ven, malik; has ofrecido un noble sacrificio a tu dios y él seguramente te culpará si no te salvas ahora. Por el poder de Alá, hombre, ¡no podemos luchar contra diez mil!”
“Cabalga”, respondió Cahal, sacudiendo las rojas gotas de su hoja. “Moriré aquí”.
“Bien”, se rió Akbar. “Si tú deseas desperdiciar tu vida aquí donde no harás nada bueno, ¡es asunto tuyo! Los paganos pueden agradecértelo, pero tus hermanos apenas lo harán, cuando los invasores los embistan repentinamente. Los jinetes están todos muertos o cercados en los callejones. Solo tú y yo hemos escapamos a la carga. ¿Quién llevará la noticia de la invasión a los barones francos?
“Hablas con razón”, dijo Cahal simplemente. “Vayámonos.”
La pareja se giró y galopó calle abajo justo cuando una horda aullante se abalanzó por el otro extremo de la calle. Más allá de los derruidos muros, Cahal se volvió para observar una enorme llamarada. Hundió su cara en las manos.
“¡Sangre de Cristo!”, graznó. “¡Están quemando el Sepulcro!”
“Y profanando la mezquita de Al Aksa también, no lo dudo”, dijo Akbar tranquilamente. “Bien, lo que está escrito que tenga que pasar, pasará, ningún hombre puede escapar a su destino. Todas las cosas tienen su final, sí, incluso las más sagradas entre las sagradas.”
Cahal agitó su cabeza con el alma herida. Cabalgaron atravesando esforzados grupos de fugitivos que aterrorizados se agarraban a sus estribos, pero Cahal endureció su corazón. Si él era quien iba a llevar el aviso a los barones, no podía cargar con estos desamparados.
El rugido del saqueo y la matanza se perdió en la distancia; solamente el humo se apercibía por encima de las colinas, mudo testigo del horror.
Akbar se rió.
“¡Por Alá!”, juró, golpeando sobre su silla de montar. “¡Esos kharesmianos son unos luchadores mortales! ¡Montan como los tártaros y matan como los turcos! ¡Me gustaría guiarlos en la batalla! Tendría mejores peleas con ellos que contra ellos.”
Cahal no le respondió. Su extraño compañero le parecía como un fauno, un ser fantástico sin alma que se reía enormemente de todas las cosas humanas, una criatura del más allá, que sobrepasaba los límites de los sueños y ambiciones de los hombres.
Akbar dijo abruptamente: “Aquí se separan nuestro caminos, malik; tu camino te lleva a Ascalón, y el mío a El Kahira”.
“¿Por qué al El Cairo, Akbar o Haroun, o cualquiera que sea tu nombre?”, preguntó Cahal.
“Porque tengo asuntos con el gran patán, Baibars, ¡que el diablo se lo lleve!”, gritó Akbar, y su enorme carcajada resonó por encima del retumbar de los cascos.

Una hora más tarde Cahal, mientras azuzaba a su caballo tan duramente como le era posible, se encontró con unos viajeros: un esbelto caballero con armadura completa y yelmo con visor, acompañado por tan sólo un criado, un tipo enorme y rudo con una barba rojiza y rala, que llevaba un casco con cuernos y una cota de malla, y portaba una pesada hacha. Algo se agitó en la mente de Cahal cuando vio esa fiera cara, así que frenó su montura.
“¿Dónde te he visto yo antes?”
Los fieros y fríos ojos le miraron directamente.
“Por Odín, no sé que decir. Soy Wulfgar el danés y éste es mi señor.”
Cahal echó un vistazo al silencioso caballero y su liso escudo. A través de los barrotes del visor, uno ojos en sombras le miraban. “¡Dios mío!”, Cahal se conmocionó, desconcertado y sobrecogido con miles de pensamiento caóticos. Se inclinó hacia delante, trabado de ver a través del visor bajado. El caballero se echó hacia atrás con un gesto de recato casi femenino. Cahal se sonrojó.
“Ruego me disculpe, sir”, dijo. “No pretendo parecer alguien sin modales.”
“Mi señor ha tomado voto de no hablar ni revelar su aspecto hasta que haya cumplido su penitencia,” interrumpió bruscamente el danés. “Es conocido como el Caballero Enmascarado. Viajamos a Jerusalén.”
Cahal menó su cabeza con dolor.
“Ningún cristiano puede llegar hasta allí. Los paganos de las grandes estepas han arrasado sus muros y la santa entre las santas yace ahora como ruinas humeantes”.
El barbudo danés se quedó boquiabierto.
“¿Jerusalén, tomada?”, dijo balbuceando. “Por qué, buen Señor, ¡eso no es posible! ¿Cómo podría Dios permitir que su ciudad sagrada cayera en manos infieles?”
“No lo sé”, dijo Cahal amargamente. “Los caminos de Dios y su infinita misericordia están más allá de mi conocimiento. Pero por las calles de Jerusalén corre la sangre de sus gentes y el Sepulcro es pasto de las llamas del infierno.”
Perplejo, el danés se tiró de la roja barba y miró a su señor, sentado en su silla como una estatua.”
“Por Odín”, gruñó. “¿Qué haremos ahora?”
“Sólo queda una cosa por hacer,” respondió Cahal. “Volver a Ascalón y avisarles. Yo iba hacia allá, pero si vosotros hacéis esto yo buscaré a Walter de Brienne. Decidle al senescal de Ascalón que Jerusalén ha caído en manos de los turcos de las grandes estepas, conocidos como los kharesmianos, cuyo número supera los diez mil hombres. Preparad vuestros brazos para la guerra, y no dejéis que la hierba crezca bajo los cascos de vuestros caballos en vuestro camino.”
Y Cahal se giró y tomó el camino de Jaffa.

Ciclo Robert E. Howard - Sembradores del Trueno (III) Capítulo 6

Cahal encontró a Walter de Brienne en Ramala, meditando en la Mezquita Blanca sobre el sepulcro de San Jorge. Vencido por el desánimo, el gaélico contó su historia en pocas, escuetas y duras palabras, que parecían arrastrase pesadas y apagadas desde sus ennegrecidos labios. Fue tan sólo levemente consciente de que le conducían a una casa y le acostaban en un diván. Y allí durmió hasta que el sol volvió.
Amaneció en una ciudad desierta. Afligida por el horror, la gente de Ramala había recogido sus pertenencias y huido por el camino a Jaffa, gritando que el fin del mundo había llegado. Pero Walter de Brienne había cabalgado al norte, dejando un único soldado para ofrecerle a Cahal seguirle a Acre. El gaélico caminó por las calles entre el resonar del eco, sintiéndose como un fantasma en una ciudad muerta. Las puertas occidentales se balanceaban ociosamente abiertas y una lanza yacía entre las gastadas banderas, como si el guardián hubiera arrojado sus armas y hubiese huido presa de un pánico repentino.
Cahal vagó a través de las plantaciones de datileras e higueras que se amontonaban a la sombra de la muralla, y más allá, sobre la planicie, pudo divisar una tambaleante multitud de desesperados paisanos cargados con sus posesiones y llorando de cansancio y sed. Le parecía lógico que los kharesmianos les hubieran arrojado al mar, puesto que su camino podría llevarles hasta Ramala. Pero cuando observó el horizonte tras él no vio ninguna columna de humo ni nube de polvo.
Dejó el camino de Jaffa con su apresurado gentío y se dirigió hacia el norte. La historia ya se había extendido de boca en boca como un fuego salvaje. Las aldeas eran abandonadas cuando la multitud se dirigía a los pueblos de la costa o se ocultaban en sus fuertes torres. Los cristianos de Outremer tenían el mar a sus espaldas, con la mayor amenaza orientada al este.
Cahal cabalgó hasta Acre, donde los menguantes poderes de Outremer estaban ya reunidos: caballeros de ojos de halcón con gastadas cotas de malla, los barones con sus lobunos guerreros. El sultán Ismail de Damasco había enviado un veloz emisario para propiciar una alianza que había sido rápidamente aceptada. Los caballeros de San Juan, que venían del gran y siniestro Krak de los Caballeros; los templarios con sus rojas capuchas y sus barbas desaliñadas que venían de todas partes del reino. Los siniestros perros guardianes de Outremer.
Los supervivientes habían vagado hasta Ascalón y Jaffa, gentes cojeantes y exhaustas, un pequeño puñado que había escapado del fuego y la espada y había sobrevivido a las penalidades de la lucha. Contaron historias de horror. Siete mil cristianos, en su mayoría mujeres, habían perecido en el saqueo de Jerusalén. El Santo Sepulcro había sido profanado por las llamas, los altares de la ciudad destrozados, los santuarios quemados por el fuego. Los musulmanes habían sufrido con los cristianos. El patriarca estaba entre los fugitivos, salvado de la muerte por el valor y la fidelidad de un guerrero del Rhin sin nombre, quien ocultó una cruel herida hasta que dijo: “Allá están las torres de Ascalón, señor, así que ya no necesita más de mí; me dejaré caer y dormiré, estoy cansado y enfermo.” Y murió en el polvo del camino.
Una noticia llegó acerca de la horda kharesmiana: no se habían demorado mucho en la ciudad arrasada, habían avanzado a través de los desiertos del sur, hacia Gaza, donde finalmente había acampado después de largo éxodo. Y elocuentes y misteriosos consejos les llegaron de la azul maraña del sur, y Brienne habló con Cahal O’Donnel.
“Buen señor”, dijo el barón. “Mis espías me dicen que una hueste de mamelucos está avanzando desde Egipto. Su objetivo es obvio: tomar posesión de la ciudad que los kharesmianos han dejado desolada. ¿Pero qué más? Hay rumores de una alianza entre los mamelucos y los nómadas. Si éste es el caso, ya podemos confesarnos antes de ir a la batalla, puesto que no podremos vencer a ambas huestes.”
“Las gentes de Damasco claman contra los kharesmianos por violar los santos lugares, tanto los musulmanes como los cristianos, pero estos mamelucos tienen sangre turca, ¿y quién sabe lo que hay en la mente de Baibars, su señor?”
“Sir Cahal, ¿montarás hasta encontrarte con Baibars y parlamentaras con él? Tú viste con tus propios ojos el saqueo de Jerusalén y puedes contarle la verdad de cómo los paganos profanaron tanto Al Aksa como el Sepulcro. Después de todo, él es musulmán. Finalmente comprenderá lo que significa unir sus manos con las de esos demonios.”
“Mañana”, –siguió- “cuando las cohortes de Damasco lleguen, avanzaremos hacia el sur para ir contra el enemigo antes de que él caiga sobre nosotros. Cabalga delante de la hueste como emisario bajo la bandera de la tregua, con tantos hombres como quieras.”
“Dame la bandera,” dijo Cahal. “Iré solo.”
Salió del campamento antes del amanecer sobre un palafrén, llevando la bandera de la paz y sin su espada. Solo un hacha de batalla colgaba de su silla como precaución contra los bandidos que no respetaran la bandera, y así cabalgó hacia el sur por una tierra semidesierta. Guió su camino según las noticias de los pastores árabes vagabundos que sabían todo lo que pasaba en esa tierra. Y más allá de Ascalón supo que la hueste había cruzado el Rifar y estaba acampada en el sureste de Gaza. La gran proximidad de los kharesmianos le hizo obrar con cautela y viró lejos hacia el este para evitar los exploradores de los paganos que podrían estar peinando los alrededores. No tenía mucha confianza en las señales de paz como salvaguarda frente a los bárbaros.
Llegó, justo en el ensoñador crepúsculo, hasta el campamento de los egipcios que estaba cerca de un grupo de pozos que había en el camino de Gaza. La desazón le sobrevino cuando comprobó sus brazos, su número y su disciplina. Desmontó, mostrando la figura de la paz con forma de halcón y la vaina vacía de su espada. Los salvajes mamelucos vestidos con sus plateadas cotas y con sus plumas de garza le rodearon en un siniestro silencio, como si pensaran intentar usar sus curvadas hojas sobre su carne, pero le escoltaron a un espacioso pabellón de seda en el centro del campamento.
Esclavos negros con enormes y anchas cimitarras vigilaban alineados en la entrada desde la cual, con una profunda y extrañamente familiar voz, retumbaba una canción.
“Este es el pabellón del emir, el mismo Baibars la Pantera, caphar”, gruñó un barbudo turco. Y Cahal dijo, tan alto como si estuviera sentado en su perdido trono entre sus seguidores: “Llévame ante tu señor, perro, y anúnciame con el debido respeto.”
Los ojos del rufián vestido de color chillón bajaron hoscamente, y con un reluctante salaan, obedeció. Cahal irrumpió en la tienda de seda y escuchó al mameluco exclamar: “¡El señor Kizil Malik, emisario de los barones de Palestina!”
En el gran pabellón un único y gran candelabro sobre una mesa lacada expandía una luz dorada; el jefe de los egipcios estaba recostado entre unos cojines de seda, tomando el vino prohibido. Y dominando la escena, una alta y fornida figura con unos voluminosos pantalones de seda, un chaleco de satén, una ancha faja de hilo de oro. Sin duda Baibars, el ogro del sur. Y Cahal contuvo su aliento: esa mata de pelo rojo, esa angulosa y oscura tez, esos brillantes ojos azules...
“Te doy la bienvenida, lord Caphal”, exclamó con voz profunda Baibars. “¿Qué nuevas traes?”
“Tú eres Haroun el viajero,” dijo Cahal lentamente. “Y en Jerusalén fuiste Akbar el soldado.”
Baibars cabeceó con una carcajada.
“¡Por Alá!” rugió. “¡Llevo una marca en mi cabeza desde aquel día como recuerdo de un combate nocturno en Damietta! ¡Por Alá, que me abriste una brecha!”
“Hiciste tu parte como comediante”, dijo Cahal. “Pero, ¿que razón tienes para esos engaños?”
“Bien”, dijo Baibars. “Un motivo es que no confío en más espía que en mí mismo. Y otro, que hace que la vida merezca más la pena. No te mentí cuando te dije aquella noche en Damietta que estaba celebrando mi escapada de Baibars. Por Alá, los asuntos del mundo pesan demasiado sobre los hombros de Baibars, pero Haroun el viajero... él es un loco y alegre pícaro con una mente libre y unos pies errantes. Hice mi papel de comediante y escapé de mi mismo, e intento ser en verdad cada personaje. Tanto como dure. ¡Siéntate y bebe!”
Cahal sacudió su cabeza. Todo su cuidadoso sentido de la diplomacia desapareció, vano como el polvo. Fue directo y habló sin rodeos de la cuestión.
“Una palabra y mi tarea esta hecha, Baibars”, dijo. “Vengo para descubrir si pretendes unir tus manos con los paganos que han profanado el Sepulcro y Al Aksa.”
Baibars bebió y consideró que Cahal sabía bien que los tártaros se habían reconciliado con él, hace tiempo.
“Al Kuds es mía por conquista”, dijo perezosamente. “Limpiaré las mezquitas. Sí, por Alá, los kharesmianos harán el trabajo más piadosamente. Ellos serán buenos musulmanes. Y una banda de guerreros. Con ellos sembraré la furia. ¿Quién se beneficiará de la tempestad?”
“Incluso luchaste contra ellos en Jerusalén”, recordó Cahal con amargura.
“Si”, admitió francamente el emir. “Pero allí me habrían cortado la garganta tan rápido como a cualquier franco. No podía decirles: ¡Esperad perros, soy Baibars!”
Cahal inclinó su leonina cabeza, sabiendo lo inútil de su argumentación.
“Entonces mi misión está cumplida; pido salvoconducto desde tu campamento.”
Baibars negó con la cabeza, abiertamente. “No, malik, estas sediento y cansado. Quédate aquí como mi huésped.”
Las manos de Cahal se movieron involuntariamente hacia su vaina vacía. Baibars estaba sonriendo pero sus ojos brillaban entre sus entrecerrados párpados y los esclavos que le rodeaban medio esgrimieron sus cimitarras.
“¿Me mantienes como prisionero a pesar de que vine como embajador?”
“Viniste sin invitación,” gruñó Baibars. “No pedí parlamento. ¡Di Zaro!”
Un alto y lacio veneciano vestido de terciopelo negro dio un paso adelante.
“Di Zaro”, dijo Baibars con voz guasona. “El malik Cahal es nuestro invitado. Monta y cabalga como un diablo hasta las huestes de los francos. Allí di que Cahal te ha enviado en secreto. Di que el señor Cahal esta enredando al gran tonto de Baibars con sus artimañas, y se compromete a mantenerle alejado de la batalla.”
El veneciano sonrió lúgubremente y abandonó la tienda, dejando a Cahal con los ojos ardientes. El gaélico sabía que los poderosos comerciantes italianos eran a menudo aliados secretos de los musulmanes, pero pocos caían tan bajo como este renegado.
“Bien, Baibars”, dijo Cahal con un encogimiento de hombros. “No hay nada que pueda hacer, aunque actúes como un perro. No tengo espada.”

Ciclo Robert E. Howard - Sembradores del Trueno (III) “Eso me place,” respondió Baibars cándidamente. “Venga, no te apures. Es tu desgracia oponerte a Baibars y su destino. Los hombres son mis herramientas. En la puerta de Damasco supe que aquellos jinetes de manos enrojecidas eran acero forjado para una espada musulmana. Por Alá, malik, ¡si pudieras haberme visto motar como el viento hasta Egipto, volviendo sobre el Rifar sin parar a descansar! ¡Yendo hasta el campamento de esos paganos con mullahs cantando las ventajas del Islam! ¡Convenciendo al salvaje Kuran Shah de que su única salvación estaba en la conversión y la alianza! No confío plenamente en los lobos, y he instalado mi campamento alejado del suyo, pero cuando los francos vengan encontrarán nuestras hordas unidas para la batalla. ¡Y debería ser una horrible sorpresa, si ese perro de Di Zaro hace bien su trabajo!”
“Tu traición me hará un perro a los ojos de mi gente,” dijo Cahal amargamente.
“Nadie te llamará traidor”, dijo Baibars serenamente. “Porque pronto todos serán recuerdos de una era perdida, y yo regiré su tierra. ¡Así de fácil!”
Le acercó una copa rebosante y Cahal la tomó, sorbiendo de ella ausente, y empezando a caminar arriba y abajo por la tienda, como cuando un hombre camina preocupado y desesperado. El mameluco le miró, sonriendo disimuladamente.
“Bien”, dijo Baibars. “Yo fui un príncipe tártaro, fui un esclavo, y seré un príncipe de nuevo. El chamán de Kuran Shah leyó las estrellas para mí, y dijo que si ganaba la batalla contra los francos, ¡sería sultán de Egipto!”
El emir estaba seguro de sus fuerzas, pensó Cahal, de manera que mostraba su ambición abiertamente. El gaélico dijo: “A los francos les da igual quien sea el sultán de Egipto.”
“Si, pero las batallas y los cadáveres de los hombres son los peldaños sobre los que crece mi fama. Cada guerra que gano me acerca a mi ambición de poder. Ahora los francos están en mi camino; me los sacudiré de encima. Aunque el chamán profetizó una cosa extraña: que la espada de un hombre muerto me provocará una grave herida cuando los francos nos ataquen.”
Por el rabillo del ojo Cahal vio que sus zancadas aparentemente sin rumbo le habían llevado cerca de la mesa sobre la que estaba el gran candelabro. Se llevó la copa a los labios, entonces con un fulgurante moviendo de su muñeca, derramó el vino en la llama. Petardeó y se apagó, dejando la tienda en una total oscuridad. Y simultáneamente Cahal sacó una daga oculta bajo la manga que salió como un resorte de acero, dirigiéndose hacia el lugar donde sabía que se sentaba Baibars. Se abalanzó sobre alguien en la oscuridad y su daga zumbó y se enterró en algo. Un grito de muerte rasgó el silencio y el gaélico liberó la hoja y se retiró. No había tiempo para otra puñalada. Los hombres gritaban y caían unos sobre otros y el acero sonaba salvajemente. La enrojecida hoja de Cahal abrió una larga hendidura en la seda de la tienda y salió fuera, a la luz de las estrellas, donde los hombres gritaban y corrían hacia el pabellón.
Tras él, un bramido como el de un toro le dijo al gaélico que su cuchillada a ciegas había caído sobre alguien distinto de Baibars. Corrió rápidamente hacia los caballos, saltando sobre los vientos de las tiendas, una sombra entre miles de figuras corriendo. Un centinela montado vino galopando entre la confusión, con la luz de las hogueras reflejándose en su cimitarra extendida. Cahal se echó sobre él con el salto de una pantera, alcanzando la silla. El naciente grito del mameluco se tornó en gorgojeo cuando la afilada hoja cruzó su garganta.
Arrojando el cadáver a tierra, el gaélico reprimió un bramido y azuzando al caballo huyó. Como el viento cabalgó a través del infestado campamento mientras el aire libre del desierto le acariciaba la cara. Dio rienda suelta a su caballo árabe y escuchó como el clamor de los perseguidores moría tras él.
En alguna parte al norte estaban avanzando lentamente las huestes de los cristianos, así que Cahal fue hacia el norte. Esperaba adelantar al veneciano por el camino, pero el otro le llevaba demasiada ventaja.
Los francos estaban desmontando el campamento cuando el veneciano llegó precipitadamente a sus líneas, jadeando y contando una historia de huida y lucha, y pidiendo ver a de Brienne.
Dentro de la tienda a medio desmontar, di Zaro jadeó: “El señor Cahal me envía, seigneur. Tuvo su parlamento con Baibars. Le dio su palabra de que los mamelucos no se unirán a los kharesmianos, y les urge a avanzar.”
Fuera, un estrépito de cascos de caballo se oyó por encima del jaleo: un solo jinete cuya melena al viento era como un velo de sangre contra el carmesí del amanecer. Junto a la tienda de Brienne el brioso corcel se deslizó sobre sus patas. Cahal brincó a tierra y se apresuró como una explosión vengativa. Di Zaro gritó y palideció, helado por su fatalidad, hasta que la daga de Cahal atravesó su corazón. El veneciano rodó, un cadáver con la cara cenicienta, hasta los pies de Walter de Brienne. El barón retrocedió sobresaltado.
“¡Cahal! ¿Qué pasa, en el nombre de Dios?”
“Baibars unirá sus fuerzas a las de los paganos,” respondió Cahal.
De Brienne negó con su cabeza.
“Bien. Ningún hombre puede vivir para siempre.”

Continuará...
Traducción y adaptación: Manuel Burón y Francisco Calderón
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Aurora Bitzine revista de fantasía y ciencia ficción a 1 de mayo del 2006