CAMISETAS AURORA Aurora Bitzine
Relato Fantástico: Sombras en la Lluvia
Un relato de Skarrion Gunthar, el sombrío guerrero protagonista de Los Guerreron sin Rostro y La Maza Sagrada
Por Andrés Díaz Sánchez

Relato Fantástico - Sombras en la Lluvia —¿Cuánto estás dispuesto a pagar? —inquirió el hombrecillo delgado y amarillento tras la barra, entrecerrando un ojo y adelantando hacia Skarrion su nariz afilada y curva.
—Cinco sins —repuso el extranjero, en su brusco uanés.
El tabernero le contempló durante un instante, arrugó sus labios finos y despellejados y alzó sorprendido las cejas. Las líneas de su frente dorada se desplazaron como lombrices asustadas. Varios de los clientes de El Grillo contemplaban al forastero fornido y alto con una media sonrisa en sus labios, comentando en voz baja y perezosa la escena. Otros continuaban a lo suyo, charlando adormecidos, rumiando sus mezquindades cotidianas. Un borracho, varios pasos a la derecha de Skarrion, trazaba curvas con la cerveza agria sobre la madera de la barra, absorto. Unas pocas prostitutas deambulaban de aquí para allá, aburridas y malhumoradas; alguna trató de sentarse sobre las rodillas de un paisano, pero el hombre la empujó con violencia y la ramera estalló en una cascada de insultos chillones. Un viejecillo que roía un trozo de pan duro tosió una carcajada.
—Cinco sins…
El tabernero se frotaba la barbilla, pensativo, mientras escudriñaba de arriba abajo a aquel pordiosero que vestía cuero agujereado, tela dura y una cota de mallas con muchos agujeros. Sin duda, era soldado de las guerras entre los Siete Emperadores, un desertor o un mercenario que había tenido poca suerte en el reparto del botín. Ojos azules y duros, rostro que parecía cincelado en roca, cubierto por una barba mal cuidada y rubia y coronado por cabellos crespos y salvajes que no llegaban al corte militar ni a la melena de las mujeres. Del cinto pendían un sable y una daga larga, ambos envainados. Un perdedor más, aún mojado por la miserable lluvia que persistía sobre Siarang—Tai.
—A cambio de esos cinco sins te puedo ofrecer algo interesante…
El tabernero se agachó y rebuscó en un armario. El anciano adelantó su cabeza por encima del trozo de pan, las migas resbalando entre sus negros dientes. Una furcia se enroscaba el cabello entre dos dedos, curiosa. Dos carreteros mascullaban entre labios acerca del extranjero y se daban ligeros codazos en el hombro. El hombrecillo delgado y amarillento puso sobre el mostrador un botellón verdoso, tosco, de cuello estrecho. Lo destapó, mostrándole el agujero.
—¡Desahógate con esto! —gritó, abriendo mucho la boca.
Tras un instante de silencio estalló la algarabía: las rameras soltaban alaridos y se agarraban el estómago, llorando y enrojeciendo, los de las mesas bramaban carcajadas y daban puñetazos sobre la madera, haciendo saltar platos y jarras. El viejo volvió a toser su risa seca y dura, escupiendo pedacitos de pan. Incluso el borracho levantó la cabeza, confundido por tal alboroto, les contempló a todos sin entender nada y mugió, divertido.
Skarrion permanecía muy quieto, imperturbable. El tabernero le observaba y su cara de hierro aumentaba el regocijo. El extranjero imaginó la pequeña y miserable cabeza amarilla volando y salpicando sangre, aún con la boca abierta, la risa transformándose en un rictus de sorpresa. Pero ya había dejado atrás la época de las locuras suicidas. Un forastero siempre llevaría las de perder ante la justicia local, tuviera o no la razón de su parte.
—¿Dónde están las zorras? —inquirió, con voz seca.
—Arriba —señaló el tabernero, aún riendo—. Pero ellas se burlarán todavía más si les ofreces sólo cinco sins.
—Tengo más dinero —contestó Skarrion.
Se volvió y echó a andar hacia las escaleras que conducían al piso superior. El tabernero cambió de expresión; le contemplaba con suspicacia, entrecerrando de nuevo el ojo. Las gentes del salón carraspeaban y miraban hacia otra parte cuando el extraño pasaba junto a ellos. Sólo el viejecillo mantenía la vista clavada en él, mientras masticaba con afán el pan duro.
Las maderas crujieron bajo sus botas, las paredes mostraban las mismas manchas y agujeros que había visto ya mil veces antes. Idénticos sonidos de placer forzado, el mismo olor penetrante y nauseabundo, mezcla de sudor y perfumes baratos. Iguales luces amarillas y tristes en las velas y lámparas de aceite. Había recorrido aquel mismo camino en incontables tugurios, antros, prostíbulos, lupanares… No se sentía viejo ni cansado. Sólo experimentaba un gran vacío, ni siquiera doloroso. ¿Qué importaba aquella ciudad miserable, un poco más sucia que muchas otras que conociera antes? Siarang—Tai, la manzana podrida de Uan, el nido de la corrupción, la letrina a la que tarde o temprano iba a parar la hez del Imperio. Aquella taberna y aquella ciudad sólo le parecían un lugar de paso más.
Se detuvo y miró la moneda de cinco sins en su mano derecha. Era una estupidez que sólo le traería problemas. Dejó caer la barbilla sobre su amplio pecho, con aire derrotado. Tendría que volver por donde había subido y soportar en silencio las burlas entre susurros de los presentes, que se tornarían carcajadas en cuanto accediera a la calle.
Una puerta se abrió. Oyó suspiros y risas femeninas, claras y dulces. Y una voz más ronca, de hombre pagado de sí mismo. Un oficial de la Guardia, obeso, rubicundo y dorado, salió al pasillo y su sonrisa, al descubrir al forastero rubio y alto, se trocó en una mueca de desprecio, asco y un punto de lástima. Skarrion continuaba inmóvil mientras le oía silbar una tonadilla y se le antojó en ella una burla fina, hiriente, intolerable. El oficial bajó las torturadas escaleras y estalló la voz obsequiosa del tabernero.
El shakark apretó dentro de su puño la moneda y entró en la misma habitación de la que saliera el orondo componente de la Guardia de Siarang—Tai.
Este cuarto resultaba tan anodino como todos los otros. Miserable, pero tocado de cuatro o cinco detalles femeninos. Las sedas y los perfumes olían a barato, los lienzos a duras penas tapaban los desconchones y los agujeros en la pared. Un gran catre de sábanas arrugadas y varios arcones sin tapa, con el contenido revuelto.
Ella era bonita, de curvas suaves pero rotundas y rostro hermoso e inteligente. Lucía la misma dureza en los ojos y los labios que todas las de su especie. Estaba acabando de peinarse ante el espejo. Aún estaba desnuda y no parecía importarle. Alzó una ceja, observando en el vidrio al recién llegado.
—¿Tienes suficiente dinero? —fue su saludo.
—¿Qué te parecen cien sins?
La mujer dejó su tarea y se mantuvo inmóvil durante un instante. Se volvió para mirarle, recelosa.
—No pretenderás engañarme, ¿verdad? Hay gente aquí capaz de hacerte pedazos.
—Tuve suerte con el último saqueo, en Tian—Lin. Las guerras entre los emperadores, ya sabes…
—Entiendo —comenzaba a contemplarle, calculadora. Había visto esa mirada en muchas mujeres y no significaban, en realidad, nada—. Un desertor, ¿no? —Dejó el cepillo sobre una gran caja que hacía las veces de mesita y siguió en pie, casi desafiante—. Muestra el dinero.
Skarrion le lanzó la moneda de cinco sins, que ella cogió al vuelo, muy sorprendida, sin entender.
—En mi país se paga después —repuso Skarrion—. El resto te lo daré cuando haya comprobado que vales los cien.
—Pero no estás en tu país.
—Entonces me iré. —Se encogió de hombros—. Adiós. Puedes quedarte la moneda.
Se dio la vuelta y echó a andar con tranquilidad. Ella miró los cinco sins, preguntándose si alguien que podía permitirse perderlos así, sin más, tendría o no tanto dinero como aseguraba poseer.
—¡Espera! —Llegó hasta Skarrion con pasos elásticos y le abrazó, sonriendo, con una mirada lasciva y astuta—. Si me engañas lo lamentarás. Puedes limpiarte con unas toallas que guardo en ese arcón. Después… Vas a comprobar que cien sins es muy poco para lo que en verdad valgo.
Mientras Skarrion se desnudaba y aseaba ella se sentó en el borde del catre. Sacó de alguna parte una pipa de madera en cuya cazoleta quemó una pastilla de chue. El forastero sintió desagrado al ver cómo la joven, después de tragar el humo, sonreía con placer, entrecerrando los ojos y echando hacia atrás la cabeza. Al poco, ya tenía las pupilas dilatadas.
—Ahh… —musitó la chica, deslizándose como una gata entre los brazos de Skarrion—. Ahora sí…
Se tumbó con dulzura sobre las sábanas y le observó por entre las brumas de la disipación. Skarrion llegó hasta ella. Sabía que esta mujer no gemiría a causa de sus artes en el amor, sino por causa del chue que había fumado.
Cuando terminaron, la chica quedó medio dormida, la cabeza sobre el amplio pecho del extranjero, aún con el olor dulzón y pesado de la droga en el rostro, sonriendo lánguida. Skarrion tenía los ojos clavados en los desconchones del techo, pensando con rapidez febril, tratando de decidir qué haría a continuación. Si alguna vez le faltaron los problemas, él se había esforzado por buscarlos. Ésa era la historia de su vida. Los ojos se le cerraban poco a poco mientras un persistente cansancio invadía sus músculos y su mente. Más tarde se ocuparía del futuro…
Parpadeó con rapidez y se maldijo a sí mismo por estúpido. La muchacha había dejado encendida la pipa con chue y el humo narcótico colmaba la habitacion. Las garras del sueño y el delirio lo arrastraban hacia abajo… Los párpados eran de pesado plomo… Volvió a abrir los ojos, tras realizar un tremendo esfuerzo de voluntad. Sai ya no estaba en la cama; tampoco las armas, ahora tiradas en un lejano rincón del cuarto. La prostituta abría sigilosa la puerta, dejando pasar a dos fornidos hombres con aspecto de matones de callejón. Uno empuñaba un cuchillo largo, otro una maciza porra de madera.
—De su cintura pende la bolsa con el dinero —les susurró la chica—. Está tan dormido que no dará problemas.
Skarrion vio, por entre la fina línea entre las pestañas, acercarse a los dos uaneses.
—Por supuesto. —Sonrió el más gordo del par, mientras agitaba la porra—. Ningún cadáver los da.
—¡No hace falta que lo matéis! —exclamó ella, acongojada—. Dijiste que serían unos pocos golpes y después lo tiraríais a las basuras del Barrio Viejo, como hicisteis con los otros extranjeros…
—Esos tampoco crearon problemas, ni los crearán —contestó el del cuchillo, regocijado—. Aún siguen entre las basuras. ¿No lo imaginaste, estúpida?
Sai abrió mucho los ojos y se llevó una mano a la boca.
El de la porra alzó su arma y Skarrion le pateó en la boca del estómago. Había tenido la intención de romperle el esternón, pero la droga inhalada entorpecía sus acciones. Su enemigo retrocedió bramando toses, los ojos muy abiertos, incrédulo. No estaba acostumbrado a que sus víctimas se resistieran.
—¡Imposible! —gritó la mujer—. ¡El chue!
La muchacha no conocía a Skarrion. El shakark se levantó y rodó hasta atrapar el sable curvo. Lo desenvainó y alzó cuando ya se le venía encima el del cuchillo. Mas sus embotados sentidos le jugaron otra mala pasada: el mundo osciló y de sus manos cayó el arma cuando lanzaba un golpe. Su puño desnudo pasó a dos palmos del uanés. Perdió el equilibrio y tropezó con el borde de la cama. De pura suerte esquivó el cuchillo, cuya punta le rozó una oreja. El shakark se desplomó sobre las nalgas. Su rival, más práctico que vengativo, le arrancó de un tirón la bolsa de cuero colgante de la cintura, retrocedió hasta una distancia prudencial y la abrió.
—¡Está vacía! —gritó.
La mujer miró a Skarrion con los ojos muy abiertos, iracunda.
El forastero reunió energías y se lanzó torpe y furioso contra el enemigo. Dio con su cabeza en la barbilla y el uanés cerró la boca de golpe, mordiéndose la punta de la lengua. La sangre resbaló entre sus labios mientras vociferaba y escupía. Skarrion siguió empujándolo hasta que lo aplastó contra una pared. Intentó agarrar la mano que empuñaba el cuchillo, pero sólo logró rozarla. El uanés trató de apuñalarlo, pero dio un paso lateral y el brazo pasó a un palmo de su costado. El shakark atrapó la muñeca y la cabeza y le puso la zancadilla. Al impulso del uanés sumó el de un poderoso giro de cadera; el oriental voló por encima de su fuerte muslo y se estrelló de cara contra el borde metálico del catre, abriéndosele los labios y las encías y perdiendo un diente.
Skarrion se separó del caído. Trató de concentrarse en la situación, pero volvía a marearse. Hubo de buscar apoyo en una pared para no caer. Una arcada dobló su cuerpo, reprimió el vómito, mas no el jugo estomacal, aceitoso, insoportable, que le subió hasta la garganta. El uanés junto a la cama seguía de rodillas, la sangre de la cara partida resbalaba entre sus dedos. Farfullaba algo ininteligible, dolorido y asustado.
Su compañero, ya recuperado el resuello, se lanzó hacia Skarrion rugiendo. El peligro aceleró la capacidad de reacción del shakark y cuando el uanés alzó la porra, se le acercó de un corto paso. Con su antebrazo izquierdo inmovilizó el contrario y volvió a golpear en la boca del estómago, esta vez con la rodilla. Skarrion levantó la cabeza del jadeante malhechor y de un seco puñetazo partió su tabique nasal. El vapuleado emitió algo parecido a un grito y sufrió varias convulsiones. Skarrion le agarró la cabeza y de un brusco tirón le rompió la columna vertebral.
La muchacha y el de la cara rota lo miraban en silencio, aterrorizados.
Pero la debilidad volvió al shakark, quien jadeaba y trataba otra vez de no caerse.
Sonaron pasos apresurados y voces que llegaban desde el piso inferior. Skarrion miró hacia la puerta. Estando tan mareado, no les resultaría difícil matarle. Se volvió hacia la prostituta, quien seguía contemplándole con ojos desorbitados.
—Ayúdame… —gruñó el forastero, la tez muy pálida y cubierta de sudor helado—. Por favor…
La chica vaciló durante un instante. De pronto, cerró la puerta y echó los cerrojos. Se acercó a Skarrion, lo cogió de una mano y lo llevó hacia una ventana.
—Salta —dijo la chica—. Suele haber cúmulos de basura bajo esta sección de la fachada. Quizá logren que tu caída no sea letal. Les diré que aseguraste la puerta y los mataste. —Miró a los dos matones—. Y que después, escapaste por aquí.
—Aquél aún está vivo —objetó Skarrion, señalando al de la cara partida, que los miraba horrorizado, sin entender. Desde afuera, hombres airados golpeaban la puerta, intentando echarla abajo.
—Es cierto —murmuró Sai, alarmada—. Me descubrirá…
—No te preocupes por eso. —Skarrion fue hasta sus armas y las recogió, así como sus ropas, con las que hizo un bulto bajo el brazo. El sable desnudo, se acercó al uanés, quien se arrastró hasta dar con una pared, vencido por el pánico. Manoteó y suplicó, pero Skarrion le hundió el acero en un ojo, hasta el cerebro.
—Ahora no podrá delatarte —gruñó, volviéndose hacia ella.
La muchacha no dijo nada, la vista clavada en el cadáver, muy pálida. Skarrion la agarró del talle con una mano y la besó en la boca.
—¡Gracias! —exclamó—. Soy Skarrion Gunthar. ¿Cómo te llamas?
Ella meneó la cabeza, logrando zafarse de su abrazo.
—Sai —repuso. Se miraron con intensidad durante un instante—. Te veré allá abajo a medianoche. No faltes.
El shakark asintió con energía. Abrió la cochambrosa ventana. La calle estaba oscura, pues en Siarang—Tai el Concejo malversaba los fondos destinados a la iluminación de las vías públicas. No se veía el fondo, quizás a diez o quince pies. La lluvia mojó su rubio cabello. Pasó una pierna sobre el borde de la ventana, apretó las ropas bajo sus brazos y saltó.
Aterrizó sobre una superficie pastosa, resbaladiza y repugnante en la que se zambulló hasta la cintura. La frescura de la noche y el violento hedor de los deshechos ahuyentaron las últimas brumas del chue en su cabeza. Salió de la basura y miró hacia la ventana superior. Había luz en ella y desde allá surgían gritos de hombres airados. No escuchó entre ellos la voz de Sai. Una cabeza delgada, fea y amarillenta asomó por el hueco. Skarrion reconoció al tabernero, quien le dirigía toda clase de improperios y maldiciones.
Esta vez, fue el forastero quien rió.
Echó a correr, tratando de orientarse en la oscuridad.

Observaba, escondido a prudencial distancia, el lugar de la cita. Aún llovía y permanecía empapado hasta los huesos. Había soportado a lo largo de su azarosa vida ventiscas de montañas y tormentas marinas; aquel chaparrón no le preocupaba.
Estuvo callejeando desde que escapara de El Grillo, robando de algún establecimiento de comidas cerrado pan y licor de arroz. Aguardaba en la oscuridad, esperando descubrir el cuerpo femenino que él ya había degustado.
Su espera no resultó en vano. La figura, cubierta por un grueso manto tocado de capucha, se acercó hasta una distancia prudencial del montón de desperdicios. Miraba hacia un lado y otro, inquieta.
Skarrion podía marcharse en aquel momento y buscar oficio por la mañana, como matón en alguna casa de bebidas, por ejemplo; o irse de la ciudad. Lo más probable era que Sai le hubiese preparado una trampa. Pero se encogió de hombros, entregado a su gusto por la curiosidad, y salió del escondite. Sin apartar la mano del sable, anduvo resuelto hacia ella, esperando descubrir en cualquier momento una turba de matones emergiendo desde las sombras.
—Aquí estoy —saludó Skarrion.
—Has venido. —Sai parecía sorprendida.
—No tengo dinero para pagar… tus servicios de esta noche —afirmó el shakark.
—Eso no importa ahora. Hay otro asunto que te deseo comentar. —Sus ojos brillaban, astutos y duros—. Uno sólo apto para alguien rápido y fuerte. Si sale bien, podremos enriquecernos los dos.
—Sigue hablando —dijo Skarrion, con el interés en la mirada.
—Mejor vamos a un lugar mas seguro. Mi hermano Fa—La—Sang vive cerca de aquí. Podremos charlar en su casa.
Skarrion frunció el ceño.
—No me llevarás a una encerrona…
La chica se acercó aún más y posó una mano en su ancho y duro antebrazo.
—¿Has visto a algún hombre armado por aquí? —inquirió desafiante, sin perder la dulzura—. Soy de fiar.
Skarrion permaneció impasible. Ella se apretó contra su pecho y le besó la barbilla y los labios.
—Quédate conmigo —le susurró la muchacha al oído— o lárgate. Tú decides.
Skarrion la besó en la boca y murmuró después:
—Te acompaño.





Se trataba de una casucha de barro y madera, achaparrada, un cúmulo más de sombra profunda en el bosque de oscuridad impenetrable, bordeada por tejas, canalones, esquinas y cornisas. La lluvia repiqueteaba contra el empedrado, velando el silencio entre los dos. Sai introdujo una llave en la cerradura y abrió la gruesa puerta de madera.
Había una triste lámpara de aceite encendida sobre una mesa, iluminando paredes amarillentas, tinieblas alargadas y huidizas y algo que alguna vez fue un hombre. Permanecía tirado en el suelo, agarrado a un pellejo de vino vacío. El borracho tenía las mejillas rojas e hinchadas por el vino, los ojos ensangrentados y estúpidos, el cuerpo escuálido, cubierto por andrajos que sólo conocían el agua de la lluvia.
—El ilustre Fah—La—Sang —presentó Sai, con voz asqueada.
Skarrion le echó una ojeada; no merecía más. Supuso que era ella quien mantenía a flote el hogar. El embriagado farfulló unas palabras incomprensibles, tal vez insultos, mientras Sai cerraba la puerta.
—¿Por qué no te deshaces de él? —preguntó Skarrion.
—Ya te dije que es mi hermano —dijo la chica. Miró con desagrado al yaciente, quien a su vez la escudriñaba con un odio hosco y embrutecido, la ira tenaz de los borrachos—. Algún día lo haré. Estoy harta de él.
Entraron los dos en un nuevo cuartucho y Sai encendió una vela que arrojó sobre sus caras pedazos de luz huidiza y amarillenta. La muchacha cerró la puerta y se quitó la capa. Vestía una túnica corta, cómoda y gruesa, que no podía ocultar sus curvas. En el cuello, muñecas y dedos había collares, anillos y pulseras chabacanas. Skarrion la miró con intensidad, mas no dijo nada. Sai le sirvió un vaso de vino y ella tomó otro.
—Se trata de un cargamento de chue —dijo ella. Esperó la reacción de Skarrion, pero el hombre permaneció impasible, aunque sus ojos brillaban—. Llegará esta misma noche a la ciudad, escondido en cajas llenas de kiari, una pasta aromática y alimenticia con la que se fabrican pasteles y pan. Los aduaneros no podrán descubrir la droga porque está mezclada con el kiari. —Sonrió, astuta y divertida—. Un sistema imaginativo.
"Cuando el cargamento llegue a su destino la pasta se cocerá. El kiari se convertirá en un líquido, separándose así de los granos de chue, más sólidos y estables, que después se extraerán mediante una criba.
—Interesante. —Skarrion se cruzó de brazos, pensativo, apoyado en una pared—. Pero ese cargamento no llegará a su destino, ¿verdad?
—En efecto —dijo Sai, con decisión—. Nosotros lo robaremos
Skarrion no dijo nada. Su silencio era la pregunta que Sai estaba esperando.
—Después que pase la aduana —siguió ella, a media voz, los serios ojos negros clavados en el extranjero—, tú y yo asaltaremos el carromato donde transportan el kiari y mataremos a sus dos conductores. Ya tengo un comprador al que vender la droga. Con el dinero obtenido pienso huir de la ciudad. Quiero ir al Norte, a Tenari, Zue—Tang o incluso la gran Tian—Lin. —Se encogió de hombros y enarcó una ceja—. En esas ciudades la vida es más fácil. Tú te llevarás tu parte y marcharás a donde quieras, aunque también podrías convertirte en mi guardaespaldas. Una chica lo necesita si pretende viajar sola por el país.
—¿Cómo has conseguido toda esa información? ¿Y por qué me has elegido a mí?
—Se la saqué al comprador original de la mercancía. Es un cliente, ¿entiendes? Emborrachándole, haciéndole fumar chue y —enarcó una ceja— mediante otras maneras… obtuve de sus labios todos estos datos.
Guardó silencio, estudiando a Skarrion, la más mínima reacción de aquel forastero, que seguía impasible. Ella dio un corto sorbo de vino y siguió:
—Planeé enseguida el golpe, pero necesitaba un hombre fuerte que supiera luchar para ocuparse de los matones que cuidaran del carromato. Te ocupaste de Ubu y Ngian, allá en El Grillo, a pesar de tener los pulmones llenos de humo de chue. Además, no podía confiar en ninguno de los que conozco, sin duda me hubieran traicionado; pero eres nuevo en la ciudad y aún no has hecho contactos. Soy tu único amigo aquí y si quieres sobrevivir en Siarang—Tai me necesitas.
—¿Cuánto sacaría yo en limpio?
—Unos doscientos cincuenta sins.
Skarrion sintió que un agradable calor invadía su mente, pero continuó impertérrito. Sai le miraba y sonreía de medio lado.
—¿Qué te parece el asunto? —inquirió.
—Sigue hablando —dijo el shakark.





Continuaba la llovizna. Skarrion y Sai aguardaban entre las sombras de los soportales de un gran edificio de piedra. Sus ojos vigilaban los oscuros contornos de una desértica y estrecha calle empedrada.
Notaron el leve traqueteo de madera y metal y el frecuente mugido de los bueyes. El carromato apareció tras una esquina, como un bulto informe en el que a veces se distinguían las romas cabezas de las bestias de tiro y el contorno de un hombre sobre el pescante.
Skarrion y Sai lo habían vigilado y seguido desde que entrara en la ciudad. Contemplaron, siempre ocultos, a la patrulla aduanera sacar las cajas del carro y abrirlas una por una. Extrajeron varios ladrillos del aromático kiari, desmenuzándolos enseguida para comprobar que no escondían nada extraño. También escudriñaron las ruedas y el armazón del carro; incluso miraron entre las patas y el pelaje de los bueyes. Y por último, registraron a los dos conductores. Buscaban chue, la droga prohibida pero demandada por todos en aquella ciudad, pervertida incluso para los cánones uaneses. Si los aduaneros hubieran descubierto contrabando habrían entregado una pequeña parte a sus superiores y vendido el resto en el mercado negro. A los contrabandistas los molerían a palos o ahorcarían si no podían pagar la necesaria multa. Pero no hubo sorpresas, así que tras el soborno correspondiente dejaron pasar el carromato.
El móvil había dejado atrás la Puerta Sur, internándose en las tenebrosas y poco transitadas calles. Los conductores conocían la fama del lugar y cerraban sus manos sobre los puños de las cimitarras. Vigilaban cada sombra, uno en el pescante y otro en la parte trasera.
Sai había elegido para atacar aquel callejón estrecho y solitario, en el cual el carro no podría maniobrar. La muchacha se encargaría del que iba en el pescante y Skarrion haría lo propio con el que cuidaba la retaguardia.
Se separaron según lo convenido. Skarrion pasaba de una columna a otra como un gran gato. La lluvia y el lento traquetear del carro llenaban sus oídos. Se detuvo al ver a Sai acercarse de frente al carro, cubierta por un manto que dibujaba insinuante las curvas, tambaleándose, con una jarra tapada en la mano, como una vulgar ramera, borracha y complaciente. El del pescante le ordenó a su compañero seguir en su puesto. Éste se asomó para ver qué ocurría delante, pero no abandonó la trasera.
Sai rió de forma medio histérica y chillona, como cualquier mujer ebria. Se colgó del uanés, torpe, mimosa. Skarrion sabía que le estaba proponiendo al hombre una tarifa tan baja que resultaría imposible rechazar. Escuchó un gruñido alegre, como una carcajada masculina, acompañada por la jovial voz femenina.
El shakark apretó los dientes, tenso y dispuesto: ella llevaba escondida una pequeña daga enfundada en el interior de su traje rajado. Si la hoja emponzoñada abría la piel del hombre moriría en cuestión de instantes. Sai aguantaba con alegría los besuqueos del truhán, que logró colarle la mano entre las piernas antes de que ella lograra evitarlo. Hubo un extraño forcejeo y los movimientos del hombre perdieron su cadencia: los dedos habían sin duda descubierto el arma, atada al alto muslo por una tira de cuero.
Skarrion se tragó una maldición cuando les vio pelear bajo la lluvia. Sai trataba de desenfundar el acero, pero él logró arrancárselo, incluida la vaina. Observó a la chica con ojos desorbitados. Sai alzó la jarra y la estrelló contra la frente del uanés. De haber sido un hombre el golpe habría abierto el cráneo, pero el barro y el hueso resistieron y el matón dio un paso hacia atrás, mareado pero aún consciente.
Su compañero gritó airado al verle en problemas. Sai levantó la jarra y descargó con todas sus fuerzas un segundo golpe. Esta vez el recipiente claudicó y llovieron trozos de barro y pequeños riachuelos de vino sobre el rostro del carretero. El hombre se desplomó primero sobre las rodillas y después hundió la cabeza en un charco entre los adoquines.
Su compañero ya corría hacia ella con una cimitarra en la mano y un aullido en la boca. Por el rabillo del ojo notó que algo enorme se desplazaba en dirección a él a gran velocidad, algo cuyas botas levantaban el agua del empedrado, una masa de fuerza e ira cubierta por un manto húmedo, que empuñaba un jirón de filoso brillo.
El uanés, aunque más bajo, también era corpulento y diestro con el acero. Paró el sablazo de Skarrion y el estallido metálico resonó en el callejón, como un trallazo contra el susurro monótono de la lluvia. El shakark avanzó con una serie de golpes demasiado rápidos, hasta que la espalda enemiga dio contra el carro. El filo cortó un rostro amarillo empapado en ira y terror y poco después la muerte le atravesó el pecho, arrancándole un gañido y una mirada asombrada. Murió mientras caía, contemplando aún a su enorme asesino, un pedazo de oscuridad del que surgía el sable que lo había asesinado; también se fijó en aquellos ojos, como chispas de cruel humedad azulada, inmersos en la tiniebla de la noche.
Sai ya había accedido al pescante y tenía entre sus pequeñas y enérgicas manos las riendas del carro.
—¡Sube! —gritó la chica, mirando a su cómplice—. ¡Vamos!
Skarrion descubrió que despertaba el otro uanés. Su duro cráneo, a pesar de mostrar una larga brecha en la que se mezclaban agua y sangre, había resistido.
—¡Cuidado, Sai! —advirtió Skarrion—. ¡El que derribaste está levantándose!
Los músculos dorados de la muchacha se contrajeron con rabia y escupió un agudo reniego entre dientes. Con la fusta golpeó la cara del matón que se le acercaba, aún mareado. Cayó al suelo otra vez. Sai hostigó y chilló a los bueyes, azotándolos sin piedad. Las bestias mugieron y empujaron, pero el carro no avanzaba. Estalló un alarido largo y atroz. La rueda delantera izquierda había tropezado con el cuerpo del uanés desplomado, quien volvió a aullar, incapaz de aceptar que existiera un dolor como el que estaba sintiendo. Sai castigó a los bueyes con saña. Osciló el carro mientras al hombre atrapado bajo la rueda se le rompía la voz y el grito se transformaba en un ronco y largo jadeo. Por fin, sonó un escalofriante crujido y los gritos cesaron. El carro se puso en movimiento, con Skarrion montado en la trasera y Sai en el pescante.
Salieron del callejón, internándose en otra estrecha vía, con los edificios a ambos lados como sombras insondables que trataran de aplastarles, recortados por la oscuridad azulada y el brillo de las gotas que estallaban contra los tejados.
—¡Por todos los dioses! —juró Skarrion—. ¡Desde atrás llegan hombres armados!
—¡Deben ser asaltadores! —exclamó Sai—. ¡Los gritos de ese hijo de perra les han alertado!
Azotó a los bueyes, que mugían y tiraban, tratando de escapar de aquella fusta que laceraba su piel. Pero eran bestias de carga y el carro no podía marchar a mayor velocidad.
Skarrion vio tres hombres llegar desde el callejón anterior, como jirones aún más oscuros que la tiniebla general. Parecían vestidos con andrajos, muy delgados, ágiles y enérgicos. Sus gritos orientales restallaban como truenos en la calleja. Empuñaban cuchillos largos y porras.
—Nos van a alcanzar —gruñó el shakark.
—¡Entretenlos! —aulló Sai—. ¡Podrás con ellos! ¡Mátalos o se lo llevarán todo y nos degollarán después! ¡Conduciré el carro a lugar seguro y nos veremos al amanecer en el punto de encuentro convenido!
Skarrion se mordió los labios. Miró a los peligrosos pordioseros. Si sólo fuesen esos tres quizás lograra terminar con ellos para después reunirse con ella… Si es que la mujer cumplía su palabra. Trató de ahondar en los ojos de Sai, pero continuaba chillándole a los bueyes, sin mirarle.
—¡Está bien! —contestó el shakark.
Saltó al suelo y corrió hacia los perseguidores, sin poder reprimir una sonrisa de gozo. Había nacido para esto.
Uno trató de darle en la cabeza con su porra. Skarrion se apartó mientras lanzaba un revés y cortó la muñeca hasta el hueso. Hizo girar el arma y de un impulso ascendente lo ensartó. Retrocedió de un largo paso hacia atrás, permitiendo que el sable saliera de su funda de carne con un susurro.
Los otros dos se calmaron y trataron de rodearle, pero Skarrion era perro viejo y desenfundó su larga daga, que tomó con la mano izquierda; apuntó a cada uno con el arma. La oscuridad y la lluvia, que se metía en los ojos y obligaba a pestañear de continuo, eran tanto una ayuda como un peligro. Por el rabillo del ojo percibió movimientos fugaces. También oyó palabras airadas, susurros cargados de tensión, pasos sobre los charcos. El carro había desaparecido de vista. Ya no era cuestión de entretener, sino de escapar antes de que la trampa se cerrara del todo.
Se volvió de golpe y soltó un alarido largo, brutal, para sorprender aún más a los de su espalda. Descubrió dos nuevas sombras y cerró contra una, parando un cuchillo de milagro, hundiendo el sable en carne tensa como cuero viejo. Empujó el cuerpo que chillaba junto a su oreja y saltó por encima de él cuando caía, mientras a su alrededor estallaba una vorágine de gritos furiosos.
Corrió como alma perseguida por demonios, tratando de distinguir entre la oscuridad, intentando no resbalar sobre las piedras empapadas ni dislocarse o romperse los tobillos. Se volvió un instante y distinguió las sombras fugaces que aullaban airadas y se le acercaban más y más. Al doblar una esquina un pedazo de negrura brillante surgió ante él y adelantó el sable mientras se agachaba. Oyó un grito desgarrado y algo atronó en su cabeza. Mientras caía comprendió que le habían dado en la cabeza, quizá con una porra. Subió hacia el empedrado y siguió volando en la oscuridad sin fin.

Relato Fantástico - Sombras en la Lluvia

Sintió ramalazos ardientes en el rostro, que le arrancaron de la negrura. Abrió los ojos y la luz de las teas le cegó, obligándole a apartar la cabeza y parpadear. Tensó el cuerpo: estaba atado. Sin embargo, se calmó; la fría astucia invadió su mente: aquellos nudos hubieran contenido a un uanés. Pero no a un corpulento extranjero. Si de verdad se lo proponía, conseguiría librarse de las cuerdas. Guardó ese dato.
—Déjale —intervino una voz ronca y peligrosa—. Ya está despierto.
Aún así, alguien le agarró la cabeza y sintió otra bofetada cruda y ardiente. Hubo de hacer un doloroso esfuerzo de voluntad para no revolverse como una fiera. Estaba sentado, los miembros aferrados por maromas a una sólida butaca. Abrió los ojos.
Había una figura delgada ante él, como una estatua dorada y temible bajo la luz del fuego. Tras ella, una sala espaciosa y sucia, mal iluminada por dos teas ensartadas en horquillas clavadas entre los ladrillos de roca. Una catacumba subterránea, quizás. El ambiente era frío y húmedo, más propio de ratas que de hombres. Hedor. Charcos. Una mesa ajada pero aún robusta, varias jarras que olían a vino rancio. Una arcada de la que partía una escalera ascendente. Contó cuatro hombres, todos delgados, harapientos y armados con cuchillos y porras. Uno solo, el que parecía líder, tenía una espada: el sable de Skarrion. Se trataba de parias en una ciudad de parias. En sus facciones se leían las penurias, en sus ojos la violencia. Le miraban con odio domado. Había visto ya esas expresiones otras veces: le necesitaban con vida y por eso no se atrevían aún a darle muerte.
—¿Dónde está el carromato? —preguntó el que permanecía en pie ante él. Parecía anciano, pero daba la impresión de que en su cuerpo había fuerza y decisión. Sin duda, se trataba del líder de la banda—. ¿Qué había en él?
Otro, más joven, andaba tras él, nervioso, abriendo y cerrando sus manos callosas. Los ojos negros miraban de vez en cuando a Skarrion con una promesa de venganza. Respiraba con fuerza y a duras penas podía contenerse. El resto permanecía en pie o recostado sobre la mesa, o en cuclillas, dibujando con la punta de un cuchillo curvas en el suelo. Ninguno apartaba la vista del prisionero.
Skarrion se encogió de hombros, como si no entendiera su lengua. El líder miró a su segundo, quien se acercó al prisionero y le estrelló los nudillos en la cara, abriendo un pómulo. Sabía cómo pegar. El golpeado bufó, empezando a sufrir un ardor brutal en el rostro. Mientras apretaba los dientes se decía que aún no había llegado el momento. Le agarraron del cabello y alzaron la cabeza. El segundo puñetazo le aplastó la piel de la otra mejilla contra el hueso, rasgándola también. La sangre manó, caliente y pegajosa, deslizándose por el mentón. El torturador sonreía, mostrando negros huecos en su amarillenta dentadura. Skarrion no se permitió a sí mismo gemir. Su respiración surgía pesada y rabiosa. El silencio se espesó, mientras el rostro machacado comenzaba a inflamarse en los amoratados labios de cada herida. Aquellas cicatrices no desaparecerían en mucho tiempo… Si es que salía con vida de ésta.
—Ya, Luni. —ordenó el líder, con voz tranquila. El aludido retrocedió, frotando un puño contra la palma de la otra mano. Skarrion comprendió que al joven le gustaba la sangre. El mayor resultaba, sin embargo, más peligroso. ¿A cuántos hombres habría quebrado? Prefirió no pensar en ello—. No somos estúpidos, basura extranjera. Te oímos hablar con la chica antes de que os separaseis. Conoces el uanés, así que contesta.
Skarrion le contempló, entrecerrando los ojos a causa de la ira y el sufrimiento. Se pasó la lengua por los labios resecos y enseguida se arrepintió, pues el dolor de mover cualquier músculo facial era terrible. Se limitó a mirar hacia la cintura del líder, tenaz.
—Luni puede continuar toda la noche —dijo el líder, observando al extranjero sin pestañear, la faz una máscara de hierro amarilla—. Ha deformado muchos rostros con sus nudillos. Ya ha empezado trabajando tus mejillas y seguirá con las cejas: es capaz de machacar hueso y carne y reducirlo a pulpa. Pero dejará la boca intacta, para que puedas hablar. Puede continuar, utilizando sus agujas, atravesándote los ojos y los genitales…
Skarrion parpadeó con lentitud y meneó la cabeza, atacado por una especie de vértigo. Desplomó la testa sobre el enorme pecho, como si hubiera perdido la consciencia.
—Es listo, el extranjero —dijo alguno.
—Traed el vino —ordenó el líder.
Skarrion despertó de pronto. Pero sería castigado por intentar engañarles. No es el momento, pensó, mientras cerraba los ojos y apretaba los dientes. Le arrojaron el líquido alcohólico al rostro y el caldo agrio se le coló por las heridas. Se envaró, bufando y tensando todos los músculos, gimiendo con una voz ronca, temblorosa, animal. Jadeaba como si acabara de correr una legua. Parpadeó varias veces, mientras el dolor se volvía tolerable.
—Si persistes en tu silencio podríamos seguir después de dejarte ciego y romperte los brazos —continuó el líder, sereno, casi como si hablara de cuestiones filosóficas, igual que si todo aquello le provocara cierto aburrimiento; tal vez hubiera dicho las mismas palabras y las hubiera llevado a la realidad en el pasado, tantas veces, que la cosa hubiera perdido ya para él toda su gracia—. Y por fin te obligaríamos a inhalar tanto chue que vagarías durante el resto de tu vida de un lado a otro con el cerebro dañado, arrastrándote sobre manos y rodillas, babeando como un perro rabioso. Pero antes de que alcanzaras ese estado, la droga soltaría tu lengua y nos dirías lo que queremos saber.
—¿Por qué no pasar directamente al chue, si es más efectivo? —preguntó Skarrion, normalizando a duras penas su respiración.
El viejo sonrió y encogió los hombros, en un gesto divertido, inocente.
—Es más caro que la violencia, así que se deja como último recurso. Hablando pueden entenderse los contrarios. No es tan difícil: acabas de aprender nuestra lengua. Pronto responderás a mis preguntas con total precisión y honradez.
—Un cargamento de kiari —dijo Skarrion.
—¿Nada más?
—No, que yo sepa.
—¿Dónde conociste a esa zorra astuta de Sai?
Skarrion entrecerró un ojo, tratando de pensar, sobreponiéndose al dolor.
—¿Cómo sabes su nombre? —inquirió a su vez. El líder se le acercó, mirándole casi con lástima, y le cruzó la cara de una bofetada, que restalló entre las paredes del lugar, como si alguien hubiera dado un martillazo sobre una coliflor. Su golpe resultó el doble de duro que los anteriores y Skarrion bufó. Pero no se movió.
—Yo hago las preguntas —afirmó el líder, muy tranquilo—. ¿Cómo conociste tú a Sai?
—Contraté sus servicios en una taberna llamada El Grillo —masculló el preso, mirándole con rabia—. Me contó su proyecto de robar el cargamento. Dijo que gracias a las ganancias del robo, Fa—La—Sang, su hermano, y ella, vivirían con mayor comodidad.
El viejo alzó las cejas. Alguien reprimió la risa y otro llamó "idiota” al extranjero. Skarrion no entendía.
—¿Fa—La—Sang, ese borracho empedernido?
—Sí. —contestó el shakark, malhumorado—. Ella vive con él en una casucha…
—¿Lo habéis oído? ¡Sai le dijo que Fa—La—Sang era su hermano!
Esta vez las carcajadas estallaron sin recato y crecieron, ante la confusión en el rostro del forastero.
—Fa—La—Sang es en realidad el marido de Sai, no su hermano —informó el jefe de la banda, riendo entre dientes.
Skarrion abrió mucho los ojos.
—Sai, la astuta Sai… —siguió el uanés, divertido—. Todos en Siarang—Tai conocen su historia…
“Fue una noble de la misma Tian—Lin y debido a su comportamiento lascivo y corrupto la expulsaron de la ciudad. Vagó durante un tiempo, viviendo a costa de los hombres que engatusaba y dejaba sin una sola moneda, justo antes de abandonar. Llegó hasta aquí, pero, conocida por tantos su fama, sólo pudo ejercer de lo que en el fondo era: una ramera. Aún así, conoció a Fa—La—Sang, un estúpido mercader al que logró enamorar. El idiota le dio toda su fortuna, un dinero que ella gastó en vicios y juergas. Fa—La—Sang, pobre y despreciado por su ninfa, se dio a la bebida.
Skarrion miró hacia el suelo, airado. Había pensado que Sai lo había elegido por, sobre todo, sentirse atraída hacia él. Ahora comprendía que para esa mujer los hombres eran arcilla que moldear, usar y tirar. Creía tenerla en su poder, cuando había sido él el burlado.
Siong sonreía, burlón e incompasivo.
—Sai es muy lista —dijo—, pero aquí todos conocemos su forma de actuar. Por eso pidió ayuda a un forastero.
Skarrion no contestó.
—Muy bien. —El viejo tomó de nuevo un aire severo—. Sigamos con las preguntas: ¿qué te contó Sai acerca del carromato? ¿Dónde venderíais la mercancía?
—Dijo que encontraría comprador para el kiari, pero no sé su nombre.
—Vuelves a mentir, lo cual casi me apena. Nadie se arriesga en un robo de este estilo sólo para conseguir kiari y menos alguien tan astuto como Sai. ¿Qué me dices del chue? ¿O quizás oro o plata?
—No llegué a ver el contenido, pero te repito que ella sólo habló de kiari.
El anciano suspiró y apretó las mandíbulas. Preguntó:
—¿Dónde debías reunirte con Sai si ocurría algún imprevisto?
—No acordamos ningún lugar porque no pensábamos que hubiera sorpresas.
—¡Es un embustero, Siong! —exclamó el que estaba de cuclillas, un tipo feo y achaparrado que señaló a Skarrion con su cuchillo—. Yo estaba allí cuando Sai le gritó que se reuniera con ella al amanecer en el "punto de encuentro convenido".
Siong miró a su prisionero, interrogativo, soltando el aire con fuerza por la nariz.
—No sé de qué habla —contestó el shakark—. Debió oír mal, ella sólo chilló frases incoherentes, pues tenía miedo, debía huir a toda velocidad. Además, los aullidos de tus hombres, la lluvia y el traqueteo del carro harían ininteligibles sus palabras. Sin duda tu hombre lo ha interpretado de forma errónea.
El aludido se levantó rabioso, agarrando con fuerza el cuchillo. Pero Siong continuaba inmóvil, contemplando al shakark, como una barrera infranqueable entre sus sicarios y él. Afirmó:
—Sai ha escapado con el carro y tú serás nuestro guía, nos conducirás a la mercancía robada, sea cual sea, y a ella.
Antes de que Skarrion pudiera replicar se volvió al muchacho que le administró los puñetazos.
—Rómpele las cejas, Luni. Echa después alcohol en las heridas para que no se desvanezca. —Miró a Skarrion, meneando la cabeza, malhumorado—. Los golpes le harán entrar en razón.
El joven se acercó al extranjero haciendo crujir sus nudillos. Skarrion sintió que su corazón se le disparaba, pero se obligó a mantener la concentración. Empezó a gritar y retorcerse, como aterrorizado, implorando misericordia, disimulando de tal modo sus intentos de liberación: las muñecas tiraban de la maroma, separándola así de la silla. También ejercía fuerza con los tobillos. Los músculos de sus brazos y muslos se hincharon, marcándose bajo la piel. Los hombres reían y abrían mucho los ojos, ansiosos de sangre. Sólo Siong permanecía sereno, enarcando una ceja y mirando con intensidad al prisionero.
—¡Hablaré! —chilló Skarrion, mientras deslizaba una mano entre la cuerda y la silla. En pocos instantes lograría sacar un tobillo.
—¡Golpéale de una vez, imbécil! —ladró Siong, furioso.
El joven dejó de sonreír, un tanto ofendido. Se acercó a Skarrion y reculó el brazo. El nórdico tenía una mano libre y Luni abrió mucho los ojos mientras lanzaba los nudillos contra la cara abultada, oscura y húmeda. El forastero logró girarse y el puño sólo rozó la oreja derecha. Agarró la muñeca de Luni y sumó al impulso del rival el de un violento tirón de su propio cuerpo, al tiempo que proyectaba su otra mano, ya libre y cerrada. El golpe rompió la nariz.
Ambos cayeron al suelo. Skarrion pudo liberar sus pies y se deshizo de las cuerdas, como un veloz gusano. Dio la vuelta al gimiente Luni, lo abrazó con una mano y la otra le rompió el cuello. Retrocedió, arrastrándose y casi a gatas, levantándose al siguiente latido.
La sala era un caos de cuerpos, llena por el estruendo ensordecedor de los gritos de ira. Un oriental avanzaba ya hacia el extranjero, mientras Siong les rugía órdenes, un tanto más atrás. En lugar de retroceder, Skarrion avanzó con un grito salvaje.
Esquivó un cuchillo mientras se agachaba y estrellaba sus nudillos en el torso. Sonó un crujido al romperse el esternón. El shakark subió con un puñetazo, poniendo en el golpe toda su corpulencia y el ímpetu del giro de cadera. Desencajó una mandíbula y en el mismo movimiento el codo dio contra la sien. Empujó al uanés vapuleado y sangrante que intentaba recuperar el resuello. El oriental trastabilló y cayó al suelo, donde continuó retorciéndose y gimiendo, desesperado.
El shakark se le acercó y le quitó el cuchillo de los dedos. Retrocedió, medio agachado, el arma apuntada hacia el frente, jadeando como una fiera dispuesta para saltar. Siong había desenvainado el sable y la daga robadas y le contemplaba con fijeza. Skarrion comprendió, por cómo empuñaba las armas, que era ducho en el arte de los aceros. Su último secuaz también se le acercaba, con un enorme cuchillo de matarife, muy despacio, el miedo y la ira luchando en su mirada y la tensión de su rostro. De pronto, miró avergonzado a Siong y echó a correr por la arcada, subiendo las escaleras a saltos. El líder no pronunció palabra, ni siquiera se volvió para contemplar cómo aquel cobarde huía.
Toda su atención estaba puesta en Skarrion. Ambos se observaban, como enormes fieras a punto de lanzarse una sobre la otra. El oriental dio un paso al frente y describió fugaces giros con el sable, que el shakark esquivó o paró con su propio acero, restallando en el silencio el vibrante tronar de las armas. Pero sólo era un tanteo y ambos retrocedieron. Tras el shakark había una pared de piedra. Y sólo le separaba un cuchillo de aquel experto que manejaba sable y daga. Iba a morir y ambos lo sabían.
Skarrion gritó y avanzó hacia su rival, quien también se adelantó, haciendo una fugaz ese con el sable y preparando baja la daga, para rematar. Pero el nórdico quebró y se lanzó hacia su derecha y al suelo, rodando y librándose de un filo que mordió su cota de mallas, sin lograr romperla. Tomó la butaca caída, su verdadero objetivo, y se levantó con ella por delante, lanzado hacia Siong. El oriental se giró hacia un lado, pero una pata dio en su hombro derecho, desequilibrándole. El shakark trató de alcanzarle con el cuchillo, pero la daga desvió el golpe. Skarrion empujó y soltó la butaca, jadeando a causa del esfuerzo. Siong trastabilló y retrocedió aún más, mientras el mueble caía de manera estrepitosa y Skarrion se alejaba unos pasos, tomando el cuchillo por la punta. El oriental ya estaba rehecho de la jugada cuando algo voló y se hundió en su pecho, arrancándole un grito de rabia y sorpresa. Se revolvió y miró el acero y su empuñadura, que surgían como una prominencia innatural de su torso. Parpadeó y avanzó furioso hacia Skarrion, quien, desarmado, continuaba alejándose, sin volverle la espalda. Siong logró dar varios pasos, pero de pronto el pulmón se le llenó de sangre, que salió por su nariz. Abrió la boca, tratando de encontrar un aire que le era negado. Se tambaleó. Cayó de rodillas. Permaneció así durante un instante, como suspendido por hilos invisibles, mirando hacia el frente con una expresión extraña, como si acabara de descifrar un enigma triste y difícil. Y al fin se desplomó.
Skarrion le arrebató la daga y el sable. Llegó hasta el único enemigo vivo de la sala, que ya sólo alcanzaba a agarrarse el torso golpeado, y lo remató pinchando en su nuca. Llegó hasta la mesa y encontró una jarra llena hasta la mitad de vino agrio. Su cuerpo debilitado por el cansancio, el hambre y los golpes del rostro agradeció la bebida, que le infundió un amargo pero bienvenido calor. También encontró un mendrugo de pan mohoso, que metió en un bolsillo de sus desastradas y sucias calzas largas. Enfundó la daga y agarró una de las teas, cuya llama levantó una tormenta de luces y sombras sobre la roca, la madera y los cadáveres. Avanzó a paso rápido por la escalera de salida, los oídos y los ojos atentos.
Cruzó pasillos y túneles en los que la oscuridad pugnaba, iracunda y densa, contra la débil luz del hachón. Había pordioseros en el suelo que chillaban y gemían asustados a su paso. También oyó maldiciones y un río de secas y locas carcajadas. En una ocasión vio a un hombre agazapado ante lo que parecía un trozo de carne ensartada en un espetón. Trató de huir de Skarrion, pero el shakark terminó por quitarle la vianda, sin prestar atención a los sollozos e insultos del indigente. Siguió avanzando a paso rápido por aquellos enormes túneles, entre cascotes derribados, charcos de agua insalubre y el corretear asustado de las ratas. Sin dejar de andar, enfundó el sable y llevó el pan mohoso hasta sus labios, devorándolo a grandes mordiscos. Encontró una ancha escalera y en ella un matón que sostenía una piedra, como dispuesto para arrojarla. Skarrion corrió hacia él gritando y agitando la tea y el truhán escapó corriendo, hasta ser devorado por la tiniebla. Engulló la carne fría del espetón y después robó más comida.
Al cabo de no mucho, escuchó el sisear de la lluvia y las goteras golpearon sus hombros. Pasando por entre más mendigos que trataban de dormir, protegidos por tablones y mantas empapadas, surgió a una sala ruinosa y enorme, la entrada de un gran edificio abandonado. Tras un portón podrido, colgante de una sola bisagra, le esperaban la noche y la lluvia. Tiró la tea a un charco, levantó la capucha de su manto y salió al exterior.

Relato Fantástico - Sombras en la Lluvia Era un claro circular en aquel bosque de casuchas achaparradas de piedra y madera, sobre las que repiqueteaba esa lluvia tenaz, que brutalizaba el espíritu. La aurora esparcía una luz plomiza y gris que ahuyentaba poco a poco las últimas sombras. En el centro había un pequeño estanque, con una fuente que no funcionaba, tocada por una escultura representando seres humanos desnudos, arracimados unos sobre otros, aullando, cubriéndose el rostro con las manos o alzando los brazos, los dedos crispados, hacia un dios que les había olvidado. Era la Plaza de las Almas Perdidas.
El lugar estaba desierto. Skarrion seguía esperando, tras una gruesa columna de un determinado soportal. Debiera haberlo sospechado: ella no iba a aparecer. Sin duda estaba ya de camino hacia las ciudades del Norte, con la fortuna ganada en la venta del chue, riéndose de cierto extranjero de barba y cabellera rubias.
Malhumorado, empezó a andar por la arcada, hacia la fuente. Tenía que lavar con más detenimiento su rostro; esperaba que el vino no le hubiera infectado las heridas. Una cosa había que agradecerle a la lluvia: limpiaba los cortes de manera insistente, eficaz. Y aún así la odiaba con todas sus fuerzas. Lanzó un violento insulto hacia los dioses que la producían. Volvía a tener hambre. Quería salir de allí de una vez por todas y tratar de cazar un jabalí o un conejo en las afueras. Todo resultaba preferible a continuar en Siarang—Tai.
Cuando pasó junto a otra de las columnas gruesas y bajas, una red cayó sobre él y se cerró con fuerza. Se revolvió y tropezó, enfurecido, recordando demasiado tarde que cuanto más luchaba más se cerraba aquel tipo de trampas. Estaba atrapado como una fiera salvaje. La ira y la vergüenza lo embargaban. Tres hombres tiraban de igual número de cuerdas, cada una tensaba un nudo de la red y la presa se hallaba cada vez más indefensa, ya casi en posición fetal, mientras pugnaba por desenvainar la daga. Empezó a cortar las cuerdas, cada vez más alarmado, porque sus captores vestían el uniforme de la Guardia de Siarang—Tai.
Aparecieron dos guardias más, provistos de lanzas y espadas envainadas. Le pincharon y rugieron órdenes. Skarrion soltó la daga.
Un oficial enorme, obeso, se le acercó hasta una distancia segura. Su rostro redondo estaba contraído, los ojos negros brillaban como ascuas, todo él preso de una furia mal reprimida. Skarrion trató de recordar dónde lo había visto antes.
—¿Dónde está mi cargamento de kiari, basura extranjera? —preguntó con voz seca, sin lograr contenerse más—. ¡Contesta y no serás torturado! —Abrió mucho los ojos, con gran sorpresa—. Un momento… ¡Te vi en El Grillo!
Skarrion parpadeó, pensando con rapidez. De pronto, todo se aclaró: aquel hombre había salido de la habitación de Sai poco antes de que entrara él.
El shakark rugió una gran carcajada. Ahora sabía quién le había transmitido a Sai la información sobre el carro lleno de chue camuflado que entraría esa noche en Siarang—Tai. Su auténtico receptor era este pomposo oficial de la Guardia. Sólo en aquella podrida ciudad la corrupción llegaba a estos niveles.
El extranjero recibió violentos puntapiés.
—¡No te rías, basura! —exclamó el Jefe—. ¡Contesta!
—¡Sé tanto como tú, idiota! —gritó el preso, con rabia—. ¡Sai y yo lo robamos, pero nos separamos y quedé citado con ella aquí, al amanecer! Quizá ya ha tenido tiempo de vender tu valiosa mercancía a su propio comprador y largarse de la ciudad. No conozco dónde podrá estar el chue en estos momentos… ¡Quizá en los pulmones de algún consumidor!
—Sai… —murmuró el Jefe, de pronto estupefacto—. No… ¿Qué tiene que ver ella con esto?
Surgió otro guardia de un portal cercano, subordinado suyo, pero de mayor grado que los agentes rasos al cuidado de Skarrion, a juzgar por el respeto que le demostraban. Era delgado y alto, de facciones duras y angulosas, con ojos de color castaño oscuro, duros e inteligentes. Se acercó al líder y le tocó un brazo.
—Jefe Giung —casi susurró—, acabemos cuanto antes con el extranjero… No es recomendable la permanencia en este barrio…
El superior lo apartó de un brusco manotazo.
—¡Déjame en paz ahora, Tai! —El asombro había dado paso a la ira. El Jefe miraba a Skarrion con una intensidad brutal—. ¡Mientes, basura extranjera! ¡Sai no puede estar involucrada en esto! Ya hablaremos de ese tema, sí… Me vas a decir qué has hecho con ella…
Pareció de pronto avergonzado por aquel arranque a la vista de sus subordinados. Se volvió hacia Tai, quien le miraba con un rencor apenas reprimido. Skarrion no había entendido el sentido de la última frase.
—¿Hay alguien en este edificio? —inquirió Giung, moviendo la enorme cabeza hacia atrás.
—No, señor. Sigue vacío. Nadie sabe que estamos aquí. Y si lo supiera, callaría.
—Bien, bien… —Miró a Skarrion, ceñudo y preocupado—. Llévatelo a un cuarto donde nadie nos moleste. Quiero interrogarle.
—Como ordenes, señor. —Tai comenzó a dar órdenes y los guardianes le arrebataron el sable a Skarrion, lo sacaron de la red y a punta de lanza lo metieron en el edificio, dirigiendo miradas recelosas hacia los alrededores.





Permanecía en pie, con la punta de una lanza pinchando la piel de su cuello. Otro guardia aguardaba, un tanto apartado, pero dispuesto a ensartarlo ante la más mínima orden. No hacían falta cuerdas, el acero bastaba para mantenerlo quieto e indefenso. En el viejo cuarto de aquel edificio pequeño, sucio y ruinoso, se encontraba también Giung, mirando pensativo y tenebroso al extranjero. Afuera, en el pasillo, aguardaban Tai y otro guardián más. Los había colocado a una prudente distancia con el pretexto de vigilar que ningún recién llegado estorbara. En realidad, Giung no quería que su inmediato subordinado oyera lo que surgiera de aquel interrogatorio.
—Eres un pobre iluso, Jefe Giung, como ese borracho de Fa—La—Sang, como yo y como todos los demás a quienes Sai ha utilizado en su propio beneficio.
Tras las palabras del forastero se hizo un silencio sepulcral, que se tensaba y retorcía como el paño húmedo siendo escurrido por unas manos fuertes. Contra el siseo monótono de la lluvia golpeando los maderos que cegaban las ventanas, se escuchaba la fuerte respiración de los dos guardianes. Giung abrió mucho los ojos, escandalizado e incrédulo. Hizo un esfuerzo por calmarse.
—Te ofrezco morir de forma rápida y tal vez indolora. —fue su lenta respuesta, en tono forzado—. Me será difícil, pero lo cumpliré si me dices qué has hecho con Sai. Y dónde está mi cargamento de kiari, el que tenía que llegar a esta misma plaza al amanecer.
Skarrion alzó las cejas, sufriendo una extraña amargura, no exenta de cierta diversión. Le floreció una rara sonrisa en los labios.
—Chue. Se trata de chue y tú lo sabes, Jefe Giung. —Meneó la cabeza—. Esa mujer es el diablo… Me citó aquí, precisamente aquí, donde ibas a estar tú con los tuyos, esperando la llegada del cargamento. ¡Quería que me atrapaseis, la muy hija de perra!
—¡Silencio! —bramó Giung. Bajó la voz hasta el susurro y se llevó una mano al puño de su sable:—. No vuelvas a insultarla. Ella no tiene nada que ver en este asunto. Tú la has secuestrado y me dirás, antes o después, dónde están mi cargamento y mi prometida.
Los dos guardianes miraban hacia el prisionero, sin osar apartar la vista de él, y procuraban no dejar entrever una sola emoción. Sufrían el pudor de cualquier inferior ante un superior que mostrara sus miserias más íntimas. Giung ya no reparaba en ellos, como si no existieran. Skarrion, por contra, sonrió divertido. De pronto, empezó a reír. El Jefe desenvainó su sable y se acercó al prisionero, quien borró la sonrisa y le miró con dureza. Los guardianes tensaron sus brazos, dispuestos para atravesarle a la menor orden. Giung se contuvo, sin enfundar el sable. Dijo:
—Ella me mandó una nota esta misma noche… Me hizo llegar un billete en el cual contaba una historia que no te beneficia en nada. Decía que te conoció al anochecer en la taberna donde trabaja, que le contaste tus planes de robar mi mercancía y, obtenida la ganancia, la sacarías a ella de la ciudad a la fuerza. —Iba tornándose rojo a causa de la rabia y escupía las palabras entre dientes—. Y ella hubo de acceder a tus mezquinos deseos. Leyendo su mensaje comprendí que estaba muy asustada… Sin embargo, me avisó. A pesar… —Bajó la cabeza, con una nueva furia, la de un hombre que se indigna ante una gran injusticia—. A pesar de todo es una buena mujer, vilipendiada y arrastrada por las circunstancias. Mas yo la sacaré de ese mundo en el que la han metido. —Se dió un golpe en el pecho fofo, con el puño izquierdo—. ¡Sí, yo!
—Si te dijera que te ha engañado, como a mí, seguirías sin creerme —gruñó Skarrion, apesadumbrado—. Aún no he conocido a ningún enamorado que piense con la cabez…
—¡Calla! —bramó Giung, provocando de nuevo el tenso silencio.
Los labios del Jefe se tensaron con crueldad.
—Está bien, bárbaro. Te llevaré a la prisión de la ciudad. Allí confesarás todo: qué has hecho con Sai, el nombre de aquél a quien has vendido mi… kiari, y qué has hecho con las ganancias de la transacción. Te aseguro que hablarás, y pronto. Yo mismo contempla…
La puerta de la sala se abrió y Tai penetró en la estancia, con los pulgares metidos en el cinto, acompañado del último guardián, quien a duras penas reprimía una sonrisa maliciosa. Tai hizo caso omiso de la sorpresa en el rostro de Giung.
—¿Qué…? —gruñó el Jefe—. ¡Te ordené que permanecieras fuera!
Tai se sentó en una enorme mesa de madera, desastrada pero aún fuerte, y miró con fijeza a Giung, quien retrocedió un paso al ver que su subordinado le había perdido todo el respeto. De pronto comprendió y su mirada se hizo más artera, más sibilina.
—Lo has oído todo, grandísimo cerdo.
—Ya estoy harto de tus insultos, sapo hinchado. —Sonrió de medio lado—. Así es como te llaman todos, a tus espaldas: Sapo Hinchado. No es un mal apodo, ¿verdad? —Su rostro se endureció—. Entrégame el sable.
Giung apretó los dientes y se dirigió a los tres guardianes:
—¡Tú! ¡Sigue vigilando al bárbaro! ¡Y vosotros dos, desarmadle a él! —Señaló a Tai, quien no se movió de su sitio.
Tampoco lo hicieron los interpelados. Miraron a Tai, quien a su vez negó con la cabeza, con lentitud, sin despegar su mirada del Jefe. Permanecían rígidos, como Skarrion, quien trataba de entender lo que estaba sucediendo ante sus ojos.
—Me son fieles —replicó Tai—. Ya hemos hablado de este asunto antes de venir aquí.
Giung se envaró, como si una mujer pérfida le hubiera pellizcado las nalgas. Los labios le temblaban. Era la incredulidad hecha carne y hueso. Tai se levantó de la mesa y se le acercó de dos grandes trancos. Giung le contempló llegar, helado por el espanto. El subordinado agarró la mano regordeta y tiró de los dedos, uno a uno, hasta abrirlos, siempre sonriendo. Cogió el arma y retrocedió varios pasos. Los ojos le brillaban de placer.
—No puedes imaginar el número de veces que he soñado con esta escena. He aguantado tus chillidos durante demasiado tiempo, Sapo Hinchado.
—Me vas a matar —dijo Giung, quien entendía todo de golpe.
Tai se limitó a sonreír y Skarrion pensó en voz alta, con una media sonrisa:
—Eres el segundo tras el Jefe. Si él muriera…
Tai no respondió ni se movió, su expresión pícara y divertida se incrementó un poco más. Nadie dijo una palabra durante varios instantes, mientras saboreaba el terror de Giung, quien de pronto tomaba conciencia de lo peligrosa que era su situación actual. Tai le habló, como si hablara consigo mismo, entrecerrando un ojo, congelándosele la sonrisa en la cara:
—He estado meses quemándome los sesos, buscando una manera de acabar contigo sin correr el peligro de que los Magistrados me incriminaran. No lo logré porque eras listo y sabías guardarte las espaldas… Hasta que conociste a esa ramera.
Giung soltó un débil gañido y sus hombros se derrumbaron. Estaba desesperado. Tai continuó:
—Esa furcia tan linda te ha reblandecido el cerebro, Sapo Hinchado. Desde que la conoces has bajado la guardia. Cometes errores, como haberme sacado esta noche de la cama y ordenado elegir un trío de discretos agentes para detener a un bárbaro extranjero. Una misión en la que sólo estaríamos esos tres hombres, tú y yo. Y el bárbaro. Por supuesto, llamé a quienes creía más convenientes…
Giung se volvió hacia los aludidos, aún sabiendo que no podía esperar compasión alguna por su parte. Los incompasivos rostros de aquellos hombres corroboraban sus peores temores.
—Los Magistrados sospecharán de ti —probó.
Tai meneó la cabeza, casi disgustado.
—Parece mentira que hayas arreglado tantos asesinatos encubiertos y aún no sepas cómo se hacen estas cosas —respondió, afable, como un maestro aleccionando al niño torpe—. Yo mismo tendré el placer de cortar tu gordo cuello con éste tu sable. Una vez que matemos al extranjero, le pondremos el arma asesina en la mano. En el informe constará que él se zafó de nuestros hombres, se hizo con tu acero y te degolló. Después, estos leales y enfurecidos agentes acabaron con él. Tendré tres declaraciones firmadas a mi favor. Los Magistrados sospecharán, por supuesto. No son tontos. Pero no podrán demostrar nada.
"Además, habrá una investigación acerca de ese carromato robado por el que tanto te interesas… Quizás aún pueda enturbiar tu hasta ahora honorable hoja de servicios.
Giung pensaba con rapidez. Iba a replicar, cuando Tai le cortó:
—¡Silencio!
Se acercó ágil hasta el Jefe, quien levantó las manos en un gesto reflejo. Como prometiera, Tai le abrió el cuello. Después, depositó con cuidado el arma junto al cadáver.
—Subar, Guichu, matad al bárbaro cuando me vaya —ordenó el nuevo Jefe de la Guardia—. Después, le dejáis aquí con Giung. Subar, tú te quedarás por si alguien viene, y Guichu, irás a la Prefectura para alertar al resto de la Guardia.
Los subordinados asintieron en silencio. Tai no se dignó a mirar al extranjero. Sonriendo con una felicidad serena, como si hubiera hecho al fin las paces con el Universo, salió de la estancia, acompañado del último guardia.
La lluvia seguía repiqueteando contra la madera y el ladrillo. El silencio era ominoso mientras el reo entrecruzaba las miradas con sus captores. Guichu y Subar empezaron a pincharle la piel, divertidos.
—¡Esperad! —gritó Skarrion—. ¡Dejadme morir con un arma en la mano! Mi religión dice que si no perezco con una hoja afilada en la diestra, mi espíritu vagará por el mundo terrenal, hasta el Fin de los Tiempos.
Curiosos y burlones, los agentes se rieron de él. Guichu incluso dio un paso atrás, aunque sin bajar del todo la lanza.
—Aún tenemos tiempo… —dijo—. ¿Qué tal si nos demoramos un poco con el bárbaro? Podemos ver cómo se arrastra por el suelo, con las rodillas destrozadas por una hoja afilada.
—No sé —repuso su compañero—. Mejor no complicar las cosas. Acabemos cuanto antes. Éste es un asunto turbio y se puede complicar.
—Relájate, hombre. —Guichu sonrió —. Nuestro señor Tai es listo, sabe cómo hacer las cosas. Fíjate en ése. —Señaló a Giung, sangrante e inmóvil—. Hace muy poco tenía el cazo por el mango. Ahora, yace tan muerto como un perro. —Escupió hacia un lado—. Todo está hecho un asco, Subar. ¡El mundo al revés! Si nada tiene sentido, prefiero divertirme un rato con este hijo de perra. Pinchémosle, hagámosle cantar y bailar.
—Mi espíritu os perseguirá durante el resto de vuestras vidas —afirmó Skarrion, torvo, lúgubre— si no me dejáis morir en paz, con un arma en la mano… Un simple cuchillo bastaría.
Subar y Guichu se miraron. De pronto, toda su jovialidad se había esfumado.
—No me gusta, Guichu. Ya sabes que no soy de mente estrecha, pero… hay cosas con las que es mejor no jugar.
El otro miró a Skarrion mordiéndose los labios. La superstición brillaba en sus ojos, como en los de todos los demás uaneses, cuyo imperio estaba plagado de sacerdotes y santones que velaban por sus almas y sus monedas. Desenfundó el cuchillo y lo tiró al suelo.
—Cógelo y reza una última oración, inmundicia.
—Habéis hecho bien, muy bien. —Skarrion se agachó y tomó el arma.
Al levantarse, compuso un extraño, afligido gesto. Sollozó, ante la sorpresa de los guardianes. Primero fueron breves espasmos, que se convertían en un temblor que sacudía todo su cuerpo alto y fuerte. Se frotaba los ojos con los nudillos, las rodillas le flaqueaban y terminó por llorar abiertamente. Los dos uneses se miraban uno al otro, divertidos. Echaron a reír, contemplando a aquel bruto patético y cobarde, gritar, sumido en el llanto, algo parecido a una oración en su brusca lengua. Les parecía tan cómico que se retorcían, presos de las carcajadas, apoyados en las lanzas, dejando que sus puntas tocaran el suelo. Skarrion alzaba las manos hacia el techo y entonaba un mugido que tal vez fuese una plegaria, igual que cualquier vieja en el funeral de un pariente. Guichu y Subar no lo habían pasado tan bien desde hacía mucho tiempo.
Y el shakark, que aún conservaba el cuchillo en su diestra, cambió de pronto la mueca de triste desolación por una expresión de ferocidad y rabia casi inhumanas.

Había atravesado la ciudad a paso rápido, a veces casi a la carrera, por lo que llegó en no mucho tiempo hasta las puertas meridionales de la ciudad. Confiaba en que aún no se conociera la muerte del Jefe de la Guardia y por tanto no hubiese especiales medidas de seguridad en la salida. Al fin y al cabo, ni Subar ni Guichu podían ya informar de nada y pasarían horas antes de que Tai, extrañado, mandara alguien al lugar donde yacían junto a Giung.
Los guardianes del portón le miraron con desprecio, contentos de que la basura extranjera volviera al campo de donde provenía. Le dirigieron algunos insultos a los que, cabizbajo, no respondió. Se rieron de él y lo dejaron pasar. El extranjero sabía que tendrían las horas de empleo contadas en cuanto se descubriera quién permitió salir al asesino del Jefe Giung de la ciudad.
Estaba hambriento, exhausto y calado hasta los huesos. Pero notó un regocijo brutal: se hallaba fuera de la maldita urbe.
Evitó los caminos transitados, las rutas de caravana, las patrullas imperiales. Y a mediodía ya había perdido por completo de vista Siarang—Tai. Comenzaba a creerse en verdad libre de la ratonera. Cuando fueran en su busca ya estaría demasiado lejos. Si es que partían tras él: probablemente alguien inventara un informe para evitarse la molestia.
Poco a poco, un recuerdo fue apoderándose de su cerebro, cobrando intensidad, hasta volverse casi intolerable. Era la imagen de Sai, bella y astuta, la ladrona, la traidora que le había dejado en la estacada. Sentía un odio implacable, una furia que le quemaba las entrañas y le arrancaba juramentos. Si la encontrara… ¡Ah, si la encontrara! Le arrancaría el vestido y la desollaría a latigazos, deleitándose con cada grito de dolor. Después la arrastraría por el fango e idearía mil nuevas torturas más para aquel diablo hecho carne suave y firme. Quizás… ¡sí, quizás!, algún día la hallara; incluso podría empezar a buscarla en las ciudades vecinas, en la gran Tian—Lin, de la que tampoco guardaba recuerdos gratos. ¡Qué dulce sería la venganza!
Pero a medida que iban pasando las horas, bajo aquella lluvia fina y persistente, que encharcaba la hierba y enfangaba la tierra, iba comprendiendo que nunca volvería a verla. Era una mujer tan inteligente que habría asegurado su escapada. Sospechó que el último lugar donde iría sería Tian—Lin, precisamente el que señalara como más probable destino. Un engaño más, en el que esta vez no caería. La gente como ella acostumbraba a salirse con la suya. Esta vez, comprendió Skarrion, no constituiría una excepción.
También recordó que él contrató sus servicios en El Grillo sin tener más que una sola moneda, y estuvo dispuesto también a engañarla, a tomarla sin pagar a cambio. Un mentiroso engañado por otro mentiroso. Soltó una carcajada.
Salió el Sol por entre las nubes y sus poderosos rayos hicieron brillar los charcos, la madera, las hojas cuajadas de gotas. El aventurero experimentó un éxtasis de felicidad: había dejado de llover.
Hambriento y cansado, pero recuperada la esperanza en que el mundo fuera algo más que la cloaca de los dioses, Skarrion Gunthar continuó su camino hacia el Oeste.

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Aurora Bitzine revista de fantasía y ciencia ficción a 1 de mayo del 2006