¿Qué había salido mal?
Nunca me llamaba papá, a no ser que fuese algo serio. Era parte de la rebeldía que le caracterizó desde que empezó a desear ser mayor. A su madre sí. Era normal, Sofía siempre le había llegado al alma, con cada palabra, con cada gesto… es lo que hacen las madres.
Ahora, no puedo dejar de pensar en ella. El pibe tenía razón. Estoy solo. Ella ya no está conmigo. Por mucho que hable con ella esta noche, no sé qué hacer.
Porque el monstruo tenía razón, también. Esa criatura que apareció ayer por la noche en Le Zattere, tenía razón. Ni yo mismo me lo había planteado. No quise reconocerlo, pero es cierto. No venía buscando a Ricardo, sino buscando a Sofía. Sabía dónde estaba la llave. Sabía dónde estaba la puerta en la que introducirla. Y sabía también lo que habría al otro lado.
Mi propio frasquito.
Todo es cierto. Siempre he sentido un punto de culpabilidad al no ser capaz de cuidar de Ricardo. Odio admitirlo, pero tener responsabilidades para con alguien nunca fue lo mío. También Sofía tuvo que soportar cosas. Hacer sacrificios. Y los hizo por mí. No sé, pensé que si pudiese vivir nuestro propio beso, podría darle las gracias. Quería una última oportunidad para despedirme de mi esposa. ¿Es eso tan grave?
Sí. Esa es la respuesta. Por eso tanto Ricardo como aquel ser tenían razón. Porque antepuse un deseo egoísta a la seguridad y el bienestar de mi hijo. Ahora lo sé. Si hubiese sido Sofía, si ella hubiese estado en mi lugar, no habría dudado. Se habría despedido de mí en otra ocasión, en cada llanto de noche vacía. Pero habría hecho lo posible para encontrar a Ricardo. Yo pienso hacer lo mismo.
La amenaza del maldito monstruo se ha cumplido. Me han advertido por segunda vez. Continúa mi descenso en esta espiral. Vuelvo a vivir otro episodio de inquietante demencia en este mundo aparte de la realidad.
Apenas decidí lo que iba a hacer, me armé de valor para enfrentarme a la tarea. El viejo resquemor se apoderó de mis extremidades al rememorar el rostro de aquella criatura; las manos volvían a temblarme al pensar en las cucarachas moviéndose por sus piernas, en su último mensaje perdiéndose en el cúmulo de insectos. Se me caían las cosas de las manos. Intenté pensar en mí mismo como un Van Helsing apático, eficiente y desapasionado, pero no pude evitar que el miedo devorase mis entrañas. Sabía que había algo vivo y consciente entre los muros de Venecia, y que estaba decidido a obstaculizar mi camino.
Decidí templar mi ánimo bebiendo un trago. Un poco de compañía humana quizá me proporcionase el ancla con la realidad que necesitaba. Me olvidé del mueble bar, y acudí al restaurante. Era apenas consciente de que podría ser mi última cena. Pedí algo consistente, pues no sabía a qué tendría que enfrentarme esta noche, y no quería desfallecer.
Mientras daba tímidos sorbos nerviosos a mi whisky, pensaba en mi mujer. Sofía. Nos conocimos en Francia. Yo, buscavidas que empezaba en la facultad, revolucionario de boquilla. Ella, exiliada con su familia. Me resisto a admitir las palabras del demonio de ojos acerados; mi esposa era para mí mucho más que una parte funcional de mi vida. De no ser así, no habría venido hasta aquí para recuperarla. Vivir de un recuerdo es mucho más fácil que acostarte todas las noches con la realidad.
El hilo de mis pensamientos se vio interrumpido por una exclamación.
—¡Un brindis por el amor!
El que gritaba era un tipo malencarado al otro lado de la sala. Era joven, inmerso quizá en la treintena, y lucía un anacrónico bigote recortado sobre el labio superior. Esto, unido al pelo engominado hacia atrás y su complexión más bien delgada, le daban aspecto de señorito de posguerra. La impresión se reforzó, porque hablaba en español.
—¡Viva el amor que todo lo puede! ¡El que cambia la vida! ¡Qué coño, viva el amor que destroza la vida!
Extrañamente, nadie le prestaba la menor atención. Él continuaba desgañitándose, dirigiéndose a los pocos que compartían el restaurante a esa hora, pero no conseguía que viniese ni uno de los camareros a pedirle que saliese de la sala.
En una situación normal, no habría hecho más que ignorarle yo también, como sin duda estaban haciéndo los demás de modo tan eficiente. Pero entonces dijo algo que lo cambió todo.
—¡Una vida por una llave!
Me giré en su dirección. Él se percató de ello, descubrió ante mí una hilera de dientes almenados, y alzó la copa. Yo no le correspondí, lo cual no impidió que se la tragase de un sorbo. Volvió a llenarla con la botella que tenía en la mesa.
A pesar de que mi sentido común me aconsejaba dejarlo correr y centrarme en mi cena, me levanté y me acerqué a él.
—Buona sera—saludé, con toda la educación que mi escaso conocimiento del italiano me permitía—. ¿Posso sedermi con lei?
Se limpió la comisura de los labios, y me hizo una inclinación de cabeza.
—Siente, hombre, siéntese— Madrid. Tenía acento de la capital, pero de algún modo inverosímil, antiguo—. No tengo ganas de beber solo, y nadie parece querer acompañarme. Se ve que aquí nadie conoce el amor, ¿eh?
Le tendí una mano vacilante. No sabía qué decirle, en realidad.
—Gustavo Lambretti—me presenté—. ¿Por qué afirma eso?
—Emilio Salvatierra, para servir a Dios y a usted—el firme apretón y el saludo reafirmó mi impresión de que había salido de una película de la Guerra Civil—. ¿Usted qué cree?
—Lo que yo creo es que no le entiendo.
De pronto, hundió la cabeza, y su fachada de ebriedad mal disimulada se quebró. Detrás había un hombre triste, destrozado y desesperado.
—Sabe bien, ¿no es cierto?—inquirió.
—¿Cómo dice?
—El perfume—aclaró—. Sabe muy bien, no hace falta que me de la razón. Usted también lo sabe. Apesta usted a amor, como yo. Sólo que a usted no le han atrapado.
Tragué saliva.
—¿Y a usted sí?
Dio cuenta de otro vaso de un solo trago.
—Hace mucho tiempo, sí señor. Y ahora, a la puta calle.
—¿Qué quiere decir? ¿Ya no está usted con… ellos?
Negó con la cabeza, mientras se escanciaba otro más.
—Después de tanto tiempo, te dan la patada—masculló, aunque apenas le entendí—. Sólo porque así son las reglas. Una llave por una vida. Y a mí, que me zurzan.
—¿Por qué?—pregunté. En realidad tenía ganas de volver a mi asiento, clavar la vista en mi plato y olvidarme de él.
—Cuando ya no servimos para nada, nos echan—explicó—. Cuando pueden reemplazarte, no dudan ni un momento. Esto no es como el ejército. Aquí no hay puestos vitalicios. Al principio crees que eres un prisionero, que es un castigo. Vienes aquí buscando una vía de escape, pero al final te termina atrapando. Por un error. Un mísero error y eres suyo. Nadie te habla de esa letra pequeña. Luego te usan para cuidarles los juguetes, imagínese. Pero terminas dándote cuenta de que no es así. Que te han bendecido. Eres tan inmortal como ellos. Desempeñas un papel en el juego secreto del mundo. Engranajes que giran y giran, ¿sabe?
Me vino a la mente haberte escrito algo parecido en este diario, y una poderosa sensación onírica me embargó. No sabía con exactitud a qué se refería, y sin embargo no podía dejar de pensar que era algo importante. Vital.
—¿Vino usted a Venecia para recuperar su beso?—interrogué.
Él aspiró profundamente, como si estuviese oliendo del frasquito al que yo me había referido.
—Huele bien. ¿verdad?—respondió, soñador—. En realidad no huele a nada, pero sienta como si oliese a todos los ramos de rosas del mundo. No tengo que decírselo, usted lo sabe.
—¿Y qué sucedió?—proseguí—. ¿Por qué le castigaron?
Hundió los hombros, inmerso en el recuerdo, muy lejos de la mesa y de mi compañía.
—Hice una estupidez. Metí la pata—me miró a los ojos—. Ellos trafican con amor, señor Lambretti. Se lo toman muy en serio. No permiten que juegues con el regalo que te brindan. Pero hay quien lo hace.
—Pero, ¿qué hizo usted?
Tardó un segundo en responderme.
—Vendí mi frasquito.
Bum. Su revelación me golpeó como una tromba de agua. Las preguntas que se agolparon en mi cabeza se detuvieron al ver su expresión. Abatido y desolado no se acercan siquiera a describirlo. Era un hombre que, por algún motivo, había renunciado al último punto que le unía con su amor perdido. No podía entender por qué lo había hecho, qué le había impulsado a desprenderse de aquel maravilloso regalo.
Él se encargó enseguida de esclarecer mis dudas.
—No es bueno, señor Lambretti. No se debe jugar con el recuerdo. Lo comprendí al poco de regresar. Sucedían cosas horribles. España entera ardía. Había que decidir, no era cuestión de encerrarse en un granero a esperar que todo pasase y vivir de lo que no podía volver. La guerra me devolvió a la realidad. No podía estar anclado en una memoria oxidada. A mi Luisa se la llevaron. Y no iba a volver. Cada vez que olía, terminaba sufriendo su ausencia, más que disfrutar su recuerdo. Decidí deshacerme del perfume. Apartarlo de mí antes de que me destruyese. Irónicamente, eso me condujo hasta aquí.
Capturado. Había rechazado el perfume, y ellos le habían traído de vuelta. ¿Para qué? No lo sabía, pero estaba seguro de que había una conexión con mi hijo.
Decidí disparar un tiro a ciegas.
—¿Conoce a Ricardo?
Él resopló, y bebió otro vaso.
—No conozco a nadie. ¿Es que no lo entiende? A nadie. Todos los que conocía ya no están. Eduardo, Gloria, mis padres… se fueron. Ya no son ni huecos cincelados en un lápida. ¿Cómo demonios voy a rehacer mi vida ahora? ¿Qué vida tengo que rehacer? ¡Mi vida esta aquí! ¡Está aquí, le digo!
Me agarró de un brazo, con tanta presión que me asusté. Debió notarlo, porque enseguida me soltó.
—Le ruego me perdone—masculló—. Usted no tiene nada que ver. Es sólo otro enamorado más.
—Le pido disculpas yo mismo—acerté a decir—, pero no sé a qué se refiere.
—¿Pero no lo ve, hombre de Dios?—me dijo, no sin antes engullir otro vaso de golpe—. Ninguno de estos patanes puede verme. Ninguno. He pasado demasiado tiempo al otro lado. Ahora me han expulsado, pero eso no importa. En absoluto. Sólo los que han estado allí pueden verme. Sólo usted—de pronto se le cambió la expresión, una ansiedad casi animal la ocupó—. ¡Usted! ¡Usted podría interceder por mí!
—¿Interceder? ¿Ante ellos? Se equivoca, yo vengo buscando…
Pero no me escuchaba.
—¡Usted podría decirles que me devuelvan a mi puesto!—me sujetó por las solapas—. ¡Dígales que quiero volver! Que olviden las reglas por una vez. Por favor. Por favor. Soy un buen guardián. Lo he sido siempre. No hace falta nadie más. Por favor, pídaselo, antes de que empiece a olvidarlo todo.
Empecé a levantarme. Me estaba poniendo los vellos de punta, sobre todo el hecho de que estuviese gritando y el resto del local se empeñase en obviar nuestra presencia.
Mi misterioso acompañante arrugó el rostro en una expresión iracunda.
—Pues, si no está dispuesto a ayudarme, ¡déme su llave!
Eso casi me detuvo el corazón.
—¡Démela!—aulló él, y se lanzó sobre mí. Caímos los dos al suelo, hechos una maraña, y la maldita gente del local siguió empeñada en no vernos—. ¡Usted no sabe usarla, se le huele! ¡La ha robado!—pareció caer en la cuenta de algo—. ¡Es mi salvoconducto de regreso! ¡Volveré a darles motivos para castigarme! ¡Volveré a ser parte de la familia! ¡Démela, hijoputa, o haré que le fusilen!
Empezó a golpearme, pero se detuvo de repente, con un puño en alto.. Su labio inferior tembló mientras clavaba la mirada en el horizonte, más allá de nosotros. Negó con la cabeza, y se derrumbó en el suelo a mi lado.
—No es así. No se la puedo arrebatar—se apartó de mí—. Perdóneme. Le pido mil disculpas. Debía haber recordado que no se pueden robar. Sólo puedo rogarle que me la entregue.
Extendió hacia mí la palma abierta. Yo negué, sintiendo una conmiseración inabarcable por aquella triste alma.
—Lo siento, no puedo. Tengo que usarla.
Y, sin pensarlo, se lo conté todo. Le hablé de Ricardo, de Sofía, de mis intenciones, verdaderas y escondidas. Le hablé del viaje de Ricardo y de su intención final, cuando volvió a Venecia. Él escuchó todo mi relato de pie, sin inmutarse. Le tembló la barbilla cuando mencioné lo que se proponía hacer Ricardo, pero guardó la compostura.
—Entiendo. Tiene usted que detenerle.
—¿A quien?
—A Ricardo. Si no le detiene, las consecuencias pueden ser catastróficas.
No dijo nada más. Permaneció un momento con la mirada prendida en el aire, y entonces salió de la sala, caminando como si nada hubiese sucedido.
—¡Espere!—llamé yo—. ¿Qué quiere decir? ¿Por qué, catastróficas?
Él se volvió hacia mí. Estaba llorando.
—Imagine un mundo sin amor.
Giró sobre sus talones y desapareció de mi vida y de esta historia. Yo, una vez más, me quedé estupefacto, sentado en el suelo y preguntándome por enésima vez dónde me había metido. Sólo entonces el camarero vino a preguntarme qué me ha sucedido, y si me encontraba bien.
Tenía ganas de decirle que no, que no me encontraba bien, y que no me encontraría bien hasta que hubiese dado con el paradero de mi hijo y le hubiese curado. Me mordí la lengua, asentí a su pregunta y vine derecho a la habitación, a escribir otro capítulo de esta horrible pesadilla.
He pasado el resto del día aterrorizado, pensando en que ahí fuera, en algún lugar, algo o alguien me ha advertido acerca de usar la llave. Bien, pues se acabó. Las palabras de ese desgraciado me han hecho reaccionar. Creo que tengo una idea. Si es cierto lo que pienso, Ricardo es prisionero de esa gente. Considerando lo que se disponía a hacer, lo que tiene escrito en su última anotación del diario, no me extraña. Pero sigue siendo mi hijo.
Ellos no quieren que use la llave. Pues voy a usarla, sí. Pero no para lo que quise hacerlo en un principio, ni para lo que ellos imaginan. Quieren la llave, y yo quiero a mi hijo. No voy a dejar que llegue la tercera advertencia. Voy a ir allí a buscar a Ricardo, al último sitio al que sé con seguridad que se dirigía.
Esta noche entraré en la Casa de los Corazones en Pedazos.
…primero aspiró su fragancia, densa y sedosa como una bocanada de humo aromático. Inundaba sus…
Ricardo apartó de sí el frasquito. En su visión aparecieron dos imágenes superpuestas. Su propio salón se mezcló con el recuerdo invocado por el perfume. La cara de Laura enmarcada por sus dos pies descalzos, apoyados en la mesa inundada una vez más de porquerías, envoltorios y basura orgánica.
Dejó caer la cabeza hacia atrás, asqueado. Volvía a vestir el batín verde. Lo salpicaban todo tipo de manchas como condecoraciones. El aire estaba de nuevo viciado por olores humanos. Estaba de nuevo a oscuras, apartado del mundo. Esta vez, la televisión tenía el volumen al mínimo. Pasaba el menor tiempo posible en aquella parte de la realidad.
Cuando salió del despacho de su padre, se creía un triunfador. Poseedor de un secreto privado y poderoso, imposible de derrotar por la memoria desvirtuada. Los errores que había cometido no significaban ya nada. Si Laura se alejaba de él, tenía un modo de recuperarla. No a la Laura de ahora, que poco menos que le odiaba, sino a la antigua, a la chica de bucles negros y ojos intensos cuya sonrisa le hacía sentir un cálido vapor dentro. Había encontrado la manera de devolverle la pelota a la vida. Había encontrado un escollo sobresaliendo en el mar de su propia autocompasión. Y ahora volvía a estar como antes. Por dios, ¿qué había salido mal?
Aquella no era la pregunta correcta, claro. ¿Cómo no iba a salir mal? Su padre tenía razón. El viejo argentino afincado una vida entera en España. Creía que lo sabía todo, y se limitaba a saber mucho más que su hijo. Sea lo que sea lo que tenés, se acabará. Y tanto. Había ido prescindiendo cada vez más de la realidad, enganchado a las visiones que le provocaba aquella droga. Porque no era otra cosa. Había llegado a depender totalmente de ella. Viviendo una y otra vez el mismo beso.
Primero, intentó racionar su uso. Acudir a él cuando la aguja de la nostalgia se le clavase demasiado hondo. Y así había sido, hasta que se encontró con Laura.
La vio en unos grandes almacenes. No hacía nada en particular, salía de una tienda, llevando de la mano a una niña que, por el tiempo que había pasado, debía ser la sobrina pequeña a cuyo bautizo él no quiso ir, cuando su relación comenzaba a escarcharse.
Había cambiado poco. Nada de arrugas. Ni el pelo más largo. Su presencia allí le golpeó como un mazazo en la cara, como un rayo que le partiese en dos. En mil. Ni siquiera le vio. Con el corazón a galope tendido, se escondió detrás de unas escaleras mecánicas, sintiéndose una lagartija, un desecho. Esa noche la pasó entera entre sueños, zambulléndose dentro del aroma del perfume una y otra vez.
A partir de ahí empezó la espiral de descenso. Volvió a encerrarse, primero pasaba más tiempo del normal en casa, oliendo el perfume. Sólo esta vez. Luego simplemente dejó de salir. Encargaba la comida por teléfono, como antes. A veces llamaba a un servicio de compañía. Cuando sentía que se convulsionaba, aspiraba con fuerza del frasco, ignorando la presencia de la prostituta bajo su cuerpo.
Pero su padre tenía razón.
Tarde o temprano, se acaba.
Se estaba acabando. El maldito perfume se estaba acabando. Nadie le dijo nada de que aquello pudiese suceder. Ni siquiera él lo pensó. Cuando el nivel alcanzó la mitad, la idea de que se terminase aleteó un momento ante sus ojos de yonqui del amor, pero terminó desapareciendo en la ensoñación.
Poco después de eso empezó a saber a poco. Lo tomaba por costumbre. Ya no le llenaba. Aquel beso, que había sido una de las experiencias más vívidas de su existencia, se volvía también rutinario. Lo maravilloso de su carácter único se desvanecía, se diluía en la repetición. Conocía los detalles de memoria. Ningún enamorado podría haberlo dicho de verdad. Muchos creerían recordar cada detalle de su propio beso, pero sólo él podía recitar de memoria todos los pasos que se llevaron a cabo. Punto por punto. La racionalización de lo irracional. La sistematización de un sentimiento. Fotogramas enamorados.
Ahora, repantigado en su sofá, observaba su torso desnudo debajo del batín entreabierto. Sostenía aún el recipiente. Apenas le quedaba nada. Tuvo la vaga conciencia de aquellas podían ser las últimas veces que viviese ese beso con Laura. Tanto daba ya. Ahora su cara volvía a producirle una inabarcable indiferencia, una desoladora y colosal ecuanimidad. Se había terminado. Tarde o temprano todo se acaba y la última carta que había podido jugar también lo había hecho. Estaba acabado.
En un repentino arranque de furia, arrojó la botellita azul al otro lado de la habitación. Cayó con un golpe sordo, sin romperse. Quedó sepultada en algún lugar de la inmundicia. Seguramente habría derramado lo poco que quedaba. La idea de que su suelo reviviese su beso no hizo sino amargar más la bilis que se había instalado en su garganta. Cucarachas enamoradas, quizá.
Un momento.
Cucarachas enamoradas. Pensó en aquello. Una cucaracha bebiendo de la fragancia. Una cucaracha aterrada, con los sentidos emborrachados por una ensoñación que estaba hecha para él… pero, ¿quién decía que estaba hecha para él? No, quizá una cucaracha no llegase a percibir nada si husmeaba dentro del recipiente, pero una persona tal vez sí. Si una persona olía del recipiente, se vería transportada a los escalones de la Chiesa della Salute, en Venecia, donde le daría un beso inolvidable a su propia mujer más hermosa del mundo.
Temblaba. Esa línea de pensamiento le provocaba un sincero y muy presente estremecimiento en el estómago. Besos. Una persona viviendo un beso ajeno. Su beso. Pasó por su cabeza la imagen perfectamente nítida de una habitación, una que brillaba con una tenue luminosidad azulada. Una en la que descansaban todos y cada uno de los besos del mundo.
Cientos. Miles. Quizá más. Jamás podría terminar de saborearlos todos. O sí. Tendría más que suficiente. Una risotada contenida hizo temblar su cuerpo bajo el batín. El chasquido dentro de su cabeza quizá fue audible para las cucarachas de las que se burlaba antes. Volvió a reír. Besos. Besos tarros besos. Tarros llenos de besos. Sabía donde estaba la habitación. Sabía dónde estaba la puerta que daba a ella, y el edificio donde estaba esa puerta. Ni siquiera necesitaba la llave. La había abierto una vez, por el amor de Dios.
No. No, por el amor de Dios, no. Por el amor del mundo. Por el amor del mundo entero.
Continuó riendo entre dientes mientras preparaba la maleta.
Volvería a Venecia.
¿Puede cambiar el amor?
Hasta aquí llega la historia de Ricardo. Ahora lo sé. Sé cómo ha terminado. Lo he descubierto. El temblor en mis manos se ha vuelto incontrolable. Me he tomado dos botellines de vodka del mueble bar. No he conseguido aún calmar los nervios. Dios santo. Releo el diario. Lo que me temía. Las últimas anotaciones no podían ser más aterradoras. Cuando las hizo, había perdido la razón. Al menos, en ese instante. Estaba confundido, enajenado, quizá, por el uso continuado de aquella maldita fragancia. Dios sabe que ha recibido su castigo.
Voy a remontarme a las últimas horas. Escribiré aquí lo que sucedió esta noche, así quizá aclare mis ideas. Todo lo que quería contarte, toda mi gesta, ha estado equivocada desde el principio.
Había tomado mi determinación. A pesar de que el deseo de ver con algo más que los ojos de mi mente a mi esposa, a mi ángel, era grandísimo, intenté sobreponerme. Era cierto que Ricardo me necesitaba. Iba a encontrarle, costara lo que costase. Y ellos me iban a llevar. No había manera de llegar hasta el Palacio Ducal sin una invitación de ellos. Pero sí tenía un lugar al que podía dirigirme, si bien ahora con otros motivos.
Salí del hotel a medianoche, bien abrigado. Me saludó en la recepción el chico de las islas canarias. Yo temblaba. Apreté fuerte las manos para controlarme. Era difícil controlarse. Mi cabeza elucubraba las posibles consecuencias de la locura de Ricardo.
Imagina un hombre sentando en su salón, no muy distinto a Ricardo. Las luces apagadas, sólo iluminado por el resplandor de un televisor que ni siquiera está viendo. Las lágrimas corren por sus mejillas, un llanto cálido, salado y sentido. Ya no le queda nada. Ha estado alimentando la esperanza de que un día suene el teléfono que tiene al lado, en la mesita, y oír la voz de alguien muy concreto al otro lado. Ahora ésta se ha desvanecido. Ya no la recuerda. Ha desaparecido de su mente. El hombre mira de hito en hito el teléfono y la ventana, y continúa llorando.
Imagina una pareja en la cama, bañada sólo por el resplandor de la luna creciente. Ninguno de los dos duerme, aunque los dos fingen hacerlo. Él clava ceñudo la vista en la pared de enfrente, intentando por todos los medios que su cuerpo toque el mínimo posible al de esa mujer hacia la que, con el paso de los años, ha desarrollado una animadversión y un rechazo imposibles de describir. Ella, por su parte, aprieta los dientes, empujando su cuerpo contra él lo más que puede, tocándole con pies fríos, esperando que sus greñas se le metan por los oídos, la boca, la nariz. Que le asfixien. Contempla sin piedad una foto en su mesilla de noche, de dos jovencitos inconscientes. El día de su boda. Tiene ganas de agarrar a aquella estúpida niñata y tirarle de la cabellera hasta que se de cuenta de que va a ligar su vida a un desconocido, a un hombre que terminará por inspirarle el odio y la repulsa más profunda y arraigada. Ninguno de los dos recuerda por qué empezaron una relación que les ha llevado a ese infierno de respiraciones contenidas.
Imagina una mujer sentada en el lavabo. Hace sus necesidades mientras se masturba salvaje y rutinariamente. Tiene un sobrepeso de unos cien kilos, apenas puede mover su abultado cuerpo para que los pezones no se le enfríen al rozarse con el lavabo. Se detiene un instante, y luego vuelve a empezar. No recuerda qué ha ido mal en su vida, por qué está sola y busca el amor que nunca ha encontrado en el fondo de tarros de mantequilla y helado. Ahora es demasiado tarde, no tiene nada a lo que asirse para no ser arrastrada por un torbellino de desidia y hastío por su propia vida. Continúa masturbándose sin tener la más mínima idea de en quién estaba pensando.
Imagina oriente próximo. Imagina un chico de veinte años que se ha hecho pis encima. No tiene la menor idea de qué le impulsó a escribir su nombre y apellidos en aquel papel. Las balas vibran por encima de él. Nunca pensó que sonasen así. Ahora sabe que no es inmortal. Ahora sabe que no verá ponerse el sol ese día. Suenan gritos iracundos en una lengua que no entiende, clamando una venganza más que justa. Le encontrarán, y lo sabe. Sus piernas no quieren moverse, y le encontrarán. Ha perdido. Ha apostado fuerte, engañado por una sombra con corbata detrás de un atril, y ha perdido. Intenta que sus últimos pensamientos estén centrados en una chica de ojos claros, y en las palabras que los dos pronunciaron en su jardín el día antes de que su mundo desapareciese. No consigue hacerlo, a pesar de que se golpea el casco con el rifle, para obligarse a concentrarse. Las voces se acercan a él mientras se chilla a sí mismo que recordar a esa chica es lo único que puede salvarle de morir en vano.
Imagina un profesor argentino que ha pasado toda su vida en España. Su hijo, destrozado por la pérdida de la mujer que amaba, encuentra el modo de revivir el beso más hermoso que jamás le dio. Sin embargo, pierde la cabeza y decide robar todos los besos del mundo. El profesor va en su búsqueda para impedírselo, acunado por el recuerdo de su propia mujer, también desaparecida. Pero el profesor ya no puede recordar a qué sabían los besos de su mujer. Ha perdido la esperanza.
Imagina un mundo de personas que han perdido sus besos.
Todas han perdido una parte importante de lo que les hacía ser quienes eran.
Sumido en estos pensamientos, continuaba avanzando. Había empezado a conocer los recovecos y callejones. Fue fácil orientarme. En cuestión de media hora llegué a Le Zattere. Desde allí, el Molino Stucky observaba la ciudad como un emperador mira el mapa en miniatura de sus dominios. Vería en mí una mosca. Yo en él, veía ahora al enemigo, la ominosa presencia de lo que me había arrebatado a mi hijo.
Esperé en la parada un vaporetto que me hiciese cambiar de isla. No llegaba ninguno. Me habían informado de que el servicio se ralentizaba un poco de madrugada, pero que las líneas seguían abiertas. Observé a mi alrededor, con los dedillos punzantes del miedo recorriendo mil veces mi nuca. Estaba solo. Algo sucedía en la ciudad, que hacía que sus habitantes se encerrasen en sus casas poco después de la puesta de sol. A partir de entonces sólo se veían esporádicos turistas que gustaban de tenerla entera para ellos, de imaginarse paseando por las avenidas cruzadas por Casanova y Marco Polo. Y por Lord Byron. Nunca entendería a los venecianos. Tanta belleza a su alrededor y preferían dejarla pasar ante sus ojos con una lánguida resignación.
Nada se movía. Sólo se oía el lento movimiento del agua en el fondo del canal. Yo miraba a un lado y a otro, esperando ver aparecer de nuevo la figura del desconocido que me advirtió hacía menos de un día. Le imaginaba desprendiéndose de su capa, pisando sobre ella con sus botas negras y estirando hacia mí unos dedos exageradamente largos y deformes. Sacudí la cabeza para apartar de mí esas ensoñaciones, peligrosas a aquellas horas.
La idea vino a mí de forma natural. Por supuesto. Extraje del abrigo la llave, con cuidado de cogerla con dos dedos. La levanté en alto. Si había funcionado con Ricardo, tal vez conmigo también.
Algo se revolvió en el horizonte negro. Un ronroneo se dejó sentir, que fue creciendo hasta conformar el ronquido de un motor cansado. La negra figura de vaporetto se me antojó el carromato de la muerte, apareciendo del mismo tejido de la noche y viniendo a recogerme. Se detuvo con movimientos de mamut moribundo frente a mí. De un salto pasé dentro.
Estaba vacío, claro. En su cabina, el conductor miraba en mi dirección. No pude distinguir más que una silueta negra. Se iluminó la brasa de un cigarrillo, y nada más. Pasaron interminables segundos, o más. Entonces se giró hacia los mandos, y el vehículo comenzó a andar. Tuve la sensación de estar en la barca de Caronte. Ya no había vuelta atrás, me dije. Cómo hubiese deseado estar en casa.
Me bajé doscientos metros delante, al otro lado del canal. Como Ricardo en su día, pude apreciar la gigantesca forma del hotel abandonado. Sonreí sin humor ante la ironía. El escenario idóneo de una película de terror. Un lugar nada adecuado para almacenar los besos. Pensé en los demás asistentes a la fiesta de los monstruos y me pregunté si en los demás pisos no habría algo más oculto. Demonios, en toda Venecia podría haber todo tipo de escondites con las más fantásticos tesoros. Reliquias. Aquella ciudad no había consentido ser invadida por el tiempo. Tenía sentido que todas las leyendas se hubiesen escondido allí. Nuestros propios inmortales, de ayer y de hoy. En mi camino hasta la verja pensé en el Santo Grial, en las Manzanas de las Espérides, en la Lanza de Longinos. Pensé en la calavera de Yorick, en la armadura de Aquiles y en el Ojo de las Moiras. Imaginé el retrato de Dorian Gray colgado del muro desconchado de un palazzo abandonado. Luego pensé en la sonrisa de mi hijo, y continué avanzando.
Me costó mucho decidirme a saltar la verja. Me rompería una pierna. Las dos. La cadera, sin duda. Por fortuna seguí la valla hasta una juntura, donde pude desenrollar con bastante dificultad el cable que la unía al otro extremo. Un tirón agónico y enérgico abrió una brecha lo suficientemente grande como para que pudiese pasar. Apreté la llave contra mi costado, seguro de que sería mi moneda de cambio.
No podía creer mi suerte. El guardia volvía a estar dormido. Alguien quería que así fuese, por supuesto. No dediqué más de un segundo a pensarlo. Pasé al interior.
La oscuridad era total. Había llegado el momento de la verdad. No sé qué verdad esperaba encontrar, pero desde luego no estaba preparado para lo que vi.
Avancé a tientas, esperando a que mi vista se adaptase. Cuando comencé a vislumbrar lo que me rodeaba, me esforcé en buscar unas escaleras. En mi cabeza persistía la imagen patética de un viejo ciego tropezando, inseguro. Cayendo y rompiéndose el cuello. Pero no sucedió.
Unos escalones ascendían al piso de arriba no lejos de donde yo estaba. Empecé a subirlos. El corazón bombeaba ácido en mi pecho.
Me detuve a mitad del ascenso. Arriba del todo había una figura. Una silueta negra, recortada contra un fondo de un negro aún más intenso, que me contemplaba. Dio una calada al cigarrillo que llevaba, y volvió a iluminarse aquella infernal brasa que ahora tengo grabada en la mente. La dejó caer escaleras abajo, en mi dirección
—¿Dónde… está… mi hijo?—grité, aunque dudo que saliera de mí más que un hilillo de voz.
Él sacó otro cigarro, se lo llevó a la boca y lo encendió. A la luz de la llama, pude verle el rostro. Sentí que cada músculo de mi cuerpo se distendía y, finalmente, mi corazón se paraba.
—Bienvenido—dijo Ricardo, a pocos metros sobre mí—. Estas en la Casa de los Corazones en Pedazos—me miró a los ojos—. Antes de que digas nada, déjame advertirte: puede que aquí encuentres lo que deseas.
Ignoro si grité o no. Lo que sí sé es que salí corriendo. Me avergüenza decirlo, pero giré sobre mis talones y escapé de allí, despavorido por lo que acababa de ver. Así había terminado. Ese había sido su castigo. La locura de mi hijo le había llevado a intentar robar todos los besos del mundo, y en lugar de eso, aquella comunidad oculta y monstruosa le había asimilado, le habían castigado haciéndole uno de los suyos.
Escribo esto en el hotel, mientras amanece. He estado pensando en mi próximo movimiento. Porque va a haber un próximo. Ahora lo tengo claro. Sé por qué he venido a Venecia. Sé lo que tengo que hacer. Lo haré esta noche. La criatura de la capa me lo advirtió. Apártate del camino de tu hijo o serás castigado. Como Ricardo.
Tengo el lugar. Tengo el momento. Tengo la llave. Esta noche intentaré robar los besos. Espero estar en lo cierto y que ese sea el sistema por el que mantienen sus lugares secretos vigilados. De ser así, Ricardo volverá a casa en cuanto yo me convierta en el nuevo guardián. Tomaré su lugar como él debe de haber tomado el de Salvatierra. Quizá, por la expresión que atisbé en su rostro, no recordará nada. Quizá ahora no es más que un pelele en manos de lo que vive en Venecia, pero cuando vuelva a ser Ricardo, haya olvidado todo este infierno que nunca debió haber conocido. Ese será mi castigo. Será mi último regalo, la compensación por todos estos años de paternidad frustrada, de cómodo y distante afecto sin sacrificio. Aunque él nunca lo sabrá, demostraré a mi hijo y a mi mujer lo que significaron para mí en mi vida. Renunciaré a una para salvar al otro.
Pero tú lo sabrás. Tú sabrás todo lo que ha sucedido. Esta misma tarde, te enviaré este diario, que he estado llevando desde que subí al avión, para que sepas qué ha pasado con Ricardo. Ahora habrás entendido su historia, la de verdad, la debilidad que le acompañó toda su vida, y la pureza del amor que albergó durante tanto tiempo en su interior. Un amor que, incluso, fue lo bastante fuerte como para hacerle cambiar su vida. Queda en tus manos decidir si merece la pena lo que voy a hacer, si Ricardo merece la pena ser salvado o dejado a su suerte, castigado por sus pecados.
Me despido, pues, de ti, afirmando sin dudas que para mí sí la ha merecido.
Adiós.
Sonó el teléfono.
—¿Diga?
Silencio al otro lado de la línea.
—¿Diga? ¿Quién es?
—¿Laura?
Tardó un poco en reconocer la voz.
—Ricardo—afirmó, no preguntó.
—Por favor, por favor, no cuelgues. No cuelgues, necesito hablar contigo.
—Mira…
—Escúchame, por favor. Ha pasado algo—dudó un momento. Casi se podían ver las palabras que intentaba reunir para formar una frase—… no… no sé exactamente qué ha pasado, pero ha pasado algo. Esta mañana me he despertado, y he visto la mierda en la que estoy metido.
—Espera, Ricardo…
—No soy nada sin ti. Ya sé que suena a canción de los Cuarenta Principales, pero es cierto. Ni siquiera quiero hablar de lo último que nos dijimos. Eso no importa. Desde que te fuiste… bueno, no he sido yo. Dejé de ser yo hace mucho tiempo, cuando dejé de ver la mujer que eres… la mujer que nunca has dejado de ser.
—¿Y qué mujer es esa?
—La mía—dijo él—. Laura, te quiero. De veras, te quiero. Todo lo que creí haber dejado de quererte, sólo era el amor, que cambiaba, como cambiamos nosotros con el tiempo. ¿Por qué no va a cambiar el amor? Pero sigue estando, Laura. Sólo que yo fui lo suficientemente imbécil como para no entender que estaba allí, y que yo era una de las personas más afortunadas del mundo por haberlo encontrado. Por encontrarte.
De nuevo, silencio al otro lado de la línea.
—Créeme, Laura. No sé qué ha pasado estos días. No recuerdo absolutamente nada desde hace mucho tiempo. Mierda, la mayoría de los días sin ti han sido el mismo. Pero sé una cosa: quiero estar contigo. No te estoy pidiendo que vuelvas conmigo inmediatamente. No sé si estás con nadie—le tembló la voz—… o si no. Sólo… sólo quiero pedirte que nos veamos. Por favor. Es lo único que quiero.
—Sí.
—¿Cómo?
—Sí. Deberíamos vernos—dijo Laura—. Llámame en cuanto hayas regresado a España.
Por un instante dialogaron las respiraciones en la línea muda.
—Laura, ¿cómo sabes que no estoy en España? Ni yo mismo lo sabía cuando abrí los ojos esta mañana.
Laura apoyó el auricular contra su mejilla y apretó los labios. Junto al teléfono había un paquete de correos abierto. Asomaba por encima de la tapa una especie de diario marrón oscuro, muy manoseado.
—Ven en cuanto puedas. Hay algo que debería contarte.
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