Y Eva dejó el Paraíso para presenciar el Infierno…
La criatura abandonó el bosque después de cuatro mil millones de años y contempló el cielo enrojecido. Génesis, así lo denominaban los hombres, fracturaba la bóveda celeste en dos. Rodeado de cúmulos negros, sus luces violáceas y cárdenas lo asemejaban a una inmensa úlcera dispuesta a devorar el planeta entero. Los pies desnudos de Evandur pisaron la hierba mientras era zarandeada por el huracán implacable. Su larga cabellera verdemar ondeó arrastrada por ráfagas de aire que, descendiendo desde la ionosfera, sacudían toda la Tierra. La luz del Sol se había extinguido. Desde la irrupción de Génesis, el fuego dorado del astro rey se veía eclipsado tras la sombra del gigante orgánico y tan sólo quedaba el vestigio de una nebulosa rojiza que languidecía con la llegada de la noche. Se le puso la piel de gallina y su cuerpo se estremeció a causa del frío. De sus labios emanó un fino hilillo de escarcha que se diluyó junto al viento.
Desvió la mirada hacia el sur y vio la gran metrópoli ardiendo. Los rascacielos que rompían el firmamento eran pasto de un fuego incontrolable que amenazaba con devorarlo todo. Expandió su mente hacia las desiertas calles de la ciudad y pudo percibir los pensamientos ahogados de los últimos supervivientes. La mayoría eran imágenes rotas por la influencia todopoderosa de Génesis. Los sueños macabros fluían junto a los delirios de sangre, retorciéndose en un doloroso galimatías que crispaba la mente inocente de Evandur. Tratando de aislarse de aquel caos, centró su atención en el rastro tortuoso que Génesis había dejado durante las primeras horas de advenimiento. Sintió un intenso pinchazo en el corazón al discernir los miles de cuerpos que yacían desmembrados entre los hierros retorcidos de los coches, al contemplar los cadáveres que se amontonaban sobre las aceras —la mayoría suicidas que habían decidido saltar desde las bóvedas catedralicias de hierro y cristal antes que seguir soportando la presión ejercida por Génesis—. Toda la ciudad se sumergía en un holocausto infernal. Aquellos que habían decidido abandonarla, ahora yacían inertes en el interior de sus vehículos, agarrados al volante y perdiendo la mirada en el vórtice que dominaba el cosmos. Eran estatuas carentes de pensamientos. Autómatas encadenados a una voluntad mayor a la suya: la voluntad inconmensurable de Génesis.
Los ojos de Evandur se llenaron de lágrimas y durante una eternidad lloró amargamente por el destino sufrido por aquellas pobres gentes. Sabía demasiado bien que esa imagen apocalíptica se repetiría en todos y cada uno de los núcleos urbanos que cubrían el mundo. Que todas las criaturas que habitaban el planeta Tierra habían acabado sometidas al escrutinio del Gran Ojo o habían sido desgarradas por la influencia de su poder.
Evandur respiró el aire impregnado de ozono y el nudo que atenazaba su estómago se volvió más opresivo, más asfixiante. Llevaba preparándose para aquel encuentro desde el mismo día en que fue concebida, pero ahora que se encontraba ante Él, ahora que contemplaba la sombra que proyectaba el párpado cerrado de la criatura, se sentía extremadamente pequeña ante su omnisciencia; poco menos que una piedra minúscula en mitad de una tromba de agua. Sus manos temblaron con fuerza y la sensación de asfixia recorrió como un calambre sus pulmones. Durante un instante, las rodillas se le doblaron y sus piernas apenas fueron capaces de soportar el peso de su cuerpo. El nudo en su estómago se hizo más opresivo y su columna vertebral fue presa de un temblor irrefrenable producto del miedo y el frío. Jamás hubiera imaginado que Génesis pudiera depararle tanto terror.
¿Dónde estás, mi querido Adantir?
Sus pensamientos se convirtieron en voz y recorrieron la faz del planeta en busca de un alma gemela que había sido segregada de su regazo cuando las constelaciones tomaban forma en el Universo.
Tengo miedo, Adantir. Necesito escuchar tu voz. Sin ti jamás seré nada.
Tan sólo encontró silencio. Silencio en la soledad sobrecogedora que la envolvía. Un silencio mortuorio que la desgarró un poco más por dentro. Su amante perdido no respondía a sus palabras. Quizás estuviera tan atemorizado como ella. Quizás hubiera muerto en el devenir eterno del mundo. Era imposible saberlo con certeza. La única verdad que anquilosaba su pensamiento era que, en aquellas horas póstumas, su esencia era el último baluarte entre una tierra condenada y un devorador de mundos implacable.
Adán surgió entre las aguas, perseguido por los emisarios del diablo…
Los tripulantes del Centauro de Acero lo conocían como Akab; el Todopoderoso lo llamaba Satán; a él, en cambio, le encantaba el sobrenombre del Perro. Armado con su gigantesco arpón, se situó en la proa del galeón y mientras sus carcajadas desquiciadas se perdían junto al rugido de la tormenta, observó las olas que se abrían ante la quilla del barco. La Madre Tierra le mandaba tempestades; el holocausto provocado por el Todopoderoso se volvía en su contra, pero Akab no estaba dispuesto a bajar los brazos y dejar que Moby Dick escapara. No esta vez. Tenían pendiente un último baile bajo las estrellas.
—¡Más rápido, haraganes malcarados! ¡Más rápido!
Su mirada se desvió hacia el cielo y contempló la gigantesca grieta por la que el Todopoderoso se abría paso; cada vez era más y más grande. Sus destellos cárdenos bañaban la superficie negra del océano, tiñéndola de un color cobrizo. Él demandaba la muerte de la criatura y el Perro, obediente a la mano que le daba de comer, respondía como mejor sabía hacerlo. Bajo su brazo musculoso llevaba una cajita de madera sellada con un vetusto seguro. La apretaba enérgicamente contra sí, como si en ello le fuera la vida.
—¡Timón a babor! —rugió con brusquedad. Sus labios resecos se retorcieron en una sonrisa cruenta al vislumbrar en el horizonte a la criatura, varada entre las olas y con el lomo desgarrado por una lluvia de arpones. Aquel era el recuerdo de su último encuentro: un dolor inhumano que había mermado las fuerzas del monstruo y había puesto fin a una persecución que duraba ya casi cuatro semanas.
Cabeza Cencerro, su timonel, giró la caña y el gigantesco galeón se alzó sobre las crestas de espuma, encarando a la montaña blanca que se mecía en el horizonte, merced a las corrientes marinas.
—¡Por allí resopla! —graznó Gachuco desde la cofa del Mayor.
El Perro respondió con un ladrido aguardentoso. No necesitaba de las indicaciones de ningún vigía para dar con la bestia. Desde la noche anterior sus sentidos se habían agudizado. La llegada del Gran Ojo había terminado de desarrollar los poderes que éste le había otorgado antes del advenimiento.
Agarrando con rabia el arpón y sin soltar en ningún momento la caja de madera, abandonó el alcázar del Centauro de Acero y atravesó el puente como alma que lleva el diablo. La tripulación se apresuró a formar a su alrededor.
—Prepárense para arriar todos los botes —escupió mientras golpeaba con la contera del arpón la madera de la cubierta—. Quiero matar a esa criatura con mis propias manos.
Algunos rostros palidecieron ante la contundencia de tales directrices. El océano estaba demasiado embravecido para bregar contra él en unos simples cascarones de madera, pero tal era el odio que asomaba en los ojos del Perro, que nadie osó contravenir su mandato.
Los vigiles manipularon los cabestrantes y los cinco botes descendieron hacia el abismo de olas y espuma. Las aletas de los tiburones asomaban entre los remolinos de agua, atraídos por el movimiento frenético del Centauro de Acero. El Perro, amarrándose a la baranda, clavó la mirada en la bestia que yacía moribunda a la deriva, apenas unos cuantos metros más allá. Al instante su corazón comenzó a latir desaforadamente en lo más profundo de su pecho. Ni mil tempestades juntas podrían detenerlo; no ahora que se encontraba tan próximo de culminar su misión.
—¿Quiere que se lo lleve, señor?
La voz profunda de Tangú, su segundo oficial, lo devolvió bruscamente a la realidad.
Los cinco botes saltaban encabritados entre los crespones de las olas. Los remeros, enajenados por la locura que parecía dominar al océano, trataban por todos los medios de que las embarcaciones no zozobraran en mitad de aquel holocausto. A su alrededor, la lluvia caía cada vez con más fuerza. La cúpula celeste aparecía eclipsada por un enjambre de nubes negras. De vez en cuando, el resplandor argento de un rayo se mezclaba con el halo cárdeno que arrastraba consigo el Todopoderoso. El Perro se sentía eufórico en mitad de aquel paisaje desolador.
—¿Cómo dice? —Su voz sonó demasiado extraña entre el continuo batir del océano.
—Le preguntaba que, si lo desea, podría llevársela —repitió Tangú removiéndose inquieto en el asiento. Sus ojos estaban clavados en la cajita de madera que el Perro llevaba bajo el brazo.
Una de las embarcaciones fue devorada por las olas y todos sus ocupantes se vieron arrastrados al fondo del océano entre gritos desquiciados.
—No será necesario —respondió el capitán sin apartar la mirada del segundo. Después, su bota se alzó hasta el pecho del marinero y, con un fuerte puntapié, lo arrojó por la borda.
Un enjambre de tiburones acudió en el acto para disputarse los restos del hombretón.
—¡Más deprisa, bastardos hijos de puta! —bramó el Perro mientras se encaramaba a la proa del bote y señalaba con el arpón a la inmensa figura que les aguardaba en el horizonte—. Esta noche el mar se alimentará con las vísceras de nuestro odiado enemigo.
Y mientras sus risas se perdían en mitad del océano encrespado, el ojo cerrado de Génesis seguía abriéndose camino entre las nubes negras que tomaban aquella parte del mundo.
Eva lloró amargada cuando Adán no respondió a su llamada y el Diablo puso sus ojos en ella…
Los gritos agónicos de los inocentes, los aullidos desesperados de aquellos que se retorcían los últimos estertores o eran pisoteados por la masa enloquecida, reverberaban en la cabeza de Evandur con una estridencia capaz de perturbar los sentidos de cualquier criatura viviente. Cayó de rodillas y se tapó las orejas puntiagudas con ambas manos. Los gritos resonaron con más fuerza en su cerebro, mezclándose en un coro de ecos estrepitosos que retumbaba una y otra vez entre sus neuronas.
¿Dónde estaba Adantir? ¿Por qué no respondía a su reclamo? Ambos habían prometido al Hacedor que se unirían en un último cántico el día en que Génesis pusiera su pupila devastadora en aquel mundo civilizado. ¿Por qué Adantir no cumplía ahora con su parte del trato?
El gigante orgánico desgarró la atmósfera del planeta y miles de asteroides comenzaron a bombardear el mundo.
Evandur sintió el temblor de la corteza terrestre bajo las plantas de sus pies, percibió en su corazón el lamento quejumbroso que emanaba del bosque donde había pasado los últimos siglos exiliada, en armonía con la madre naturaleza. Al sur, los rascacielos se quebraban mientras la lluvia de piedra y magma azotaba la ciudad. Columnas de fuego emanaban de las grietas que fracturaban la llanura, alzándose hacia las brumas negras.
La Tierra agonizaba ante el Hijo de las Estrellas.
—Adantir… Adantir… Adantir… —El nombre emergía repetitivamente de sus labios en forma de un estertor roto. Las lágrimas surcaban sus mejillas mientras un lamento tan amargo como la bilis se entremezclaba con la saliva condensada en su garganta.
Hundió los dedos en la tierra herida y las uñas se le quebraron por la tensión.
Sólo entonces comprendió que él no acudiría en su ayuda. Que el miedo o el dolor habían acabado por derrotarlo. Estaba sola ante Génesis, ante el Todopoderoso, ante el Devorador de Mundos.
Un asteroide se estrelló contra el bosque y el ruido de los árboles al desgarrarse la dejó momentáneamente sorda. Cayó de bruces al suelo y una nube de polvo la arrastró ladera abajo. Entre toses y arcadas, logró recuperar la verticalidad y presa de un temblor incontrolable, centró la mirada en Génesis.
El párpado negro todavía estaba cerrado. La piel recubierta de llagas y úlceras seguía cubriendo al Ojo de Fuego. Cuando éste se abriera, el mundo llegaría a su fin y el canto fúnebre de las sirenas de la desolación se llevaría consigo las ánimas de todos los seres vivos de la Tierra.
Evandur se mordió con nerviosismo el labio inferior y la vejiga se le aflojó al posar la mirada en aquél monstruo. ¡Qué grande era! ¡Qué poderoso! ¡Cuanta fuerza llegaba a acumularse en su seno! Las leyendas que hablaban sobre los mundos devorados por aquel titán no podían ser más ciertas. Evandur trató de encontrar un hilo de aire fresco entre el azufre que calcinaba la atmósfera y las cenizas inundaron sus pulmones. La Tierra ardía en sus cuatro puntos cardinales. El holocausto final parecía inevitable. Despojada de toda esperanza, cerró los ojos y su mente buscó un último retazo de la esencia de Adantir.
Y Adán, perdida cualquier esperanza de vida, dejó que el cuerpo anillado de la serpiente se enrollara alrededor de su cuello…
Sólo una barca había arribado hasta el cuerpo alargado de la ballena blanca. La criatura se mecía a la deriva, merced a las olas que sacudían la superficie del océano. Tenía el lomo agujereado por un enjambre de arpones y alambres retorcidos. Los tiburones, atraídos por el hedor de la sangre, se revolcaban famélicos en el caldo rojo mientras arrancaban trozos de carne albina. Los rescoldos de los botes hundidos se confundían con la grasa del animal y los restos de la tripulación que eran devorados ávidamente por los escualos.
El Perro observó con una sonrisa la efervescencia febril que emanaba del mar cárdeno, como si los Cinco Hornos del Hades se hubieran encendido de golpe. A su alrededor el cielo rugía tempestades, las olas eran cada vez más altas y el Todopoderoso, alzándose sobre el muro negro que dominaba el mundo, se disponía a abrir el ojo cerrado. Una lluvia de meteoritos fustigaba sin clemencia el océano, levantando columnas de agua a su alrededor. A su espalda, uno de aquellos bólidos impactó contra el armazón del Centauro de Acero y éste estalló con violencia, llevándose al fondo del océano a todos sus habitantes. El lecho marino se estremecía con cada golpe, señalando el inminente final de la Madre Tierra.
Pero al Perro poco podían importarle aquellas catástrofes. Tenía a la presa torturada a su merced y una misión que cumplir. Debía culminarla antes de que el Todopoderoso abriera su ojo omnisciente y contemplara el mundo agonizante que yacía a sus pies. Con un movimiento brusco de su arpón, hizo señas a los bogadores para que aproximaran aún más la barca hasta la cerviz de la criatura y, alzándose sobre la quilla, ordenó que detuvieran la marcha ante uno de sus ojos. La mirada de aquel ser se diluía en un halo fúnebre en el que se discernían sentimientos tales como el sufrimiento, el dolor, la frustración, el infortunio y la humillación. Se sabía derrotado ante el enemigo, y el escarceo contra los tiburones y la pérdida continua de sangre lo habían dejado definitivamente sin fuerzas.
El Perro lanzó una carcajada flemática cuando la retina de la bestia se crispó al discernir su presencia.
—¡Ha llegado el momento de la despedida, querido Adantir! ¡Un último baile bajo las estrellas que tú y yo teníamos pendiente! —La sonrisa del Perro se hizo más ancha al olfatear la frustración que enajenaba a la bestia. Ni tan siquiera le quedaban fuerzas para moverse—. Pero antes quiero que escuches una última canción. Antes quiero que saborees la melodía que te acompañará al Infierno. —Y tras pronunciar aquellas palabras, el Perro levantó en alto la cajita de madera y dejó que el halo cárdeno que llegaba desde el cielo bañara los ornamentos dorados del cofre—. Presta atención, mi querido amigo.
Los dedos ganchudos del Perro abrieron la tapa y, entre el rugido de la tormenta y el batir de las olas, pudo escucharse un susurro inocente impregnado de una agonía lastimosa. La pupila de la ballena se dilató al reconocer aquella voz:
¿Dónde estás, mi querido Adantir?
La ballena se revolvió impotente al sentir en cada fibra de su ser el mensaje de aquella que aguardaba desesperada su llamada.
Tengo miedo, Adantir. Necesito escuchar tu voz. Sin ti jamás seré nada.
Adantir quiso gritar pero no pudo. Las fuerzas le habían abandonado, dejándolo exhausto entre los dientes de los tiburones. Irguió la mirada hacia el cielo y pudo distinguir la burla de Génesis, disfrutando de su éxito y la derrota de sus enemigos.
¿Dónde estás, mi querido Adantir?
La llamada de Evandur seguía reclamando su auxilio; una y otra vez, una y otra vez, en una salmodia desquiciante.
Tengo miedo, Adantir. Necesito escuchar tu voz. Sin ti jamás seré nada.
El Perro volvió a reír y las carcajadas del pirata atravesaron su carne con más fuerza que mil espinas de hierro. La agonía de Evandur se entremezclaba con la dicha de su enemigo, fustigando con zarcillos de dolor su corazón moribundo. La impotencia le hizo sollozar; sin embargo, su voz, exangüe murió en el fondo del mar, sin llegar a oídos de nadie.
El Perro arrojó con desprecio el cofre por la borda y el reclamo de Evandur se perdió en un mar de sangre; después, sabedor de su inminente triunfo, se erigió sobre la quilla del bote y enarboló el arpón que había traído consigo desde el Centauro de Acero. El ojo del Todopoderoso comenzaba a abrirse y con él sus fuerzas se multiplicaban, convirtiéndolo en un titán tan terrible como lo fue, en otro tiempo, la criatura que ahora agonizaba ante él.
—¡Nos veremos en el Infierno, Adantir!
Y con todas sus fuerzas arrojó el dardo de acero contra la cerviz de la criatura.
En el Apocalipsis dos voces se unieron ante el Señor de los Diablos, la de Adán y la de Eva…
El párpado de Génesis se abrió lentamente y la cúpula celeste se tiñó de una luminiscencia fluorescente, roja, cegadora.
Evandur podía sentir en su interior el asedio de una fuerza invisible que tiraba de ella, desgarrándola sin piedad y arrancándole trozo a trozo cada parte de su síntesis. Los oídos se le atronaron por la presión y comenzaron a sangrarle. Trató de incorporarse, pero a lo sumo llegó a quedarse de rodillas, envuelta por un mundo de fuego. En el horizonte las ciudades ardían; a su espalda el olor a madera quemada se entremezclaba con las cenizas.
La piel comenzó a hervirle sobre los huesos y notó un salpullido de ampollas recubriendo las plantas de sus pies. Gritó una vez más y su voz se quebró en un profundo alarido. Una mano invisible se adentraba en su intimidad y la toqueteaba de forma lasciva, humillándola y arrancándole la poca honra que conservaba. Agachó la cabeza y su vientre se estremeció ante un fuerte tirón en lo más profundo de su ser. Génesis deseaba arrebatarle el alma; trataba por todos los medios de disgregar su esencia primaria del último vestigio de carne que conservaba sobre los huesos.
—No… por favor…
Lloró desesperada pero no obtuvo piedad. Génesis era inmisericorde con sus enemigos.
Escupió sangre y durante un instante sólo pudo escuchar la risa del Devorador de Mundos, burlona y cruel. Quiso rebelarse a su infortunio, pero ya no le quedaban fuerzas. El mundo enmudeció tras un suspiro interminable y a sus oídos llegó un extraño lamento. Un lamento que se perdía en un abismo de agua que no parecía tener fin.
El vello de todo el cuerpo se erizó al reconocer la voz de Adantir. ¡Sí! ¡Era Adantir! ¡No podía estar equivocada! Había aguardado toda una eternidad para unir su cántico al de su querido Adantir. ¡Era él! Pero su voz no articulaba palabra alguna. Su voz no pronunciaba ningún sonido inteligible. Su voz se perdía en un lamento agónico que sólo transmitía dolor… mucho dolor.
Evandur gritó con todas sus fuerzas y Génesis aprovechó aquellos momentos de debilidad para tirar de su alma como un diablo enrabietado. Evandur chilló desquiciada mientras la sangre manaba abundante por su boca.
¡Adantir había muerto y su cántico se perdería para siempre!
Evandur volvió a gritar y encontró un resquicio de fuerza para ponerse en pie y encarar al inmenso Ojo de Fuego que se erigía entre las brumas negras. Su alma mancillada lloraba por Adantir, el hermano eterno, el amante inconmensurable que jamás volvería arroparla entre sus brazos.
Génesis se burló con escarnio y abrió su párpado negro. Un Ojo lascivo y omnisciente que aglutinaba la esencia del cosmos y la sabiduría de mil Universos moribundos la contempló desde el cielo.
Evandur suplicó agonizante mientras las civilizaciones caían y los últimos supervivientes eran absorbidos por aquél vórtice de maldad, otorgándole al tirano nuevas fuerzas y alimentando su inextinguible hambruna. Su propio cuerpo comenzó a arder. El dolor hizo que su torso se doblara y se retorciera presa de agónicos calambres. Mientras tanto, Génesis rompía los últimos lazos que unían su alma y su cuerpo.
Evandur alzó la cabeza por última vez y encaró a su implacable verdugo. El mundo se disolvía bajo sus pies y todo cuanto la rodeaba se consumía por el fuego. Con la garganta comprimida por el terror, cerró los ojos y de sus labios brotó una melodía lastimosa que sonó solitaria en mitad de la devastación. Un chasquido de dolor hizo que su cuerpo se encorvara. El nexo se había roto. Su alma fue arrancada de los huesos por la mano invisible de Génesis y sus despojos se fundieron con las llamas mientras un último estertor escapaba de una boca retorcida por la agonía.
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