Aquel día Zoe estaba contenta, con sonrisa picarona colocó tres libros sobre el mostrador, que hojee con sincero interés: «Crisei», «Arce» y «Génave», «La Leyenda del Navegante».
—¡Fue muy divertido! —exclamó Zoe—. Jamás se me ocurrió repetirlo, pero fue muy divertido.
»Era un espléndido amanecer de verano, junto al Mediterráneo. Sobre mi cabeza se alzaba una pared de caliza roja, aparentemente interminable. Volví la cara a la brisa marina y vi, bastante abajo, pero no muy lejos, Benidorm, el pequeño Manhattan, luciendo su sky-line con el orgullo de una adolescente alzando los pechos. Detrás, el mar, de un azul imposible, un azul más azul que el azul, abarqué con la mirada aquella azul inmensidad y tropecé con el azul, aun más profundo y brillante, de sus ojos.
—Encuérdate —me dijo pasándome un cabo—.
Sopló una ligera brisa salada. Vestidos ambos tan sólo con las mallas, y yo además un somero top, sentimos un estremecimiento. Él dio unos saltitos para entrar en calor haciendo tintinear la chatarra: clavos, friends, empotradores, copperheads, patas de cabra y demás parafernalia necesaria para escalar el mar de roca que teníamos sobre nuestras cabezas.
—¿Lista?
¿Cómo iba a estar yo lista si me miraba con aquellos ojos?
Comprobé de un vistazo los anclajes del triángulo de fuerzas, revisé que la cuerda estuviera correctamente pasada por el asegurador y que nada pudiera estorbar el fluido desenrollarse del ovillo. Ya lo había hecho varias veces, por supuesto, pero el último vistazo era parte del ritual.
—¡Lista!
Se giró y apoyó las manos sobre la roca, la espalda desnuda, las nalgas bien marcadas por la malla. Vi como se tensaban los poderosos deltoides y vi también el escalofrío que le recorría, no de frío sino de emoción, como siempre que ponía las manos sobre sus adoradas montañas. Él amaba aquellas rocas, las montañas de Alicante.
Las montañas de la luz.
Yo estaba colada por él, ya te habrás dado cuenta, pero él no tenía ojos más que para sus escaladas. Ojos, manos, pies... creo que sólo se le empinaba después de salir de una placa de 6a+ a 20 metros del ultimo seguro.
Con facilidad, aparentemente sin el más mínimo esfuerzo, ganó altura utilizando las diminutas presas de la caliza.
—¿Cómo dijiste que se llamaba esta vía? —le pregunté.
—Viento del sur —respondió desde varios metros de altura.
«Viento del sur», restalló mi cerebro, Ysemeden, Salther Ladane, «La leyenda del navegante» y todo a mí alrededor se transformó. Las duras agujas de hormigón se esfumaron, como si un conjuro de Aor Rhiannon Dru nos hubiera retrocedido hasta tiempos menos ofensivos y en la bahía surgió un airoso bergantín de tres palos, colocado al pairo, mientras «Sobre la línea del horizonte no menos de una docena de velas corrían a nuestro encuentro, y el trapo desplegado al levante restallaba en la distancia como la seda en los hábitos de una hada. Supe al momento quienes eran y a que acudían: El convoy con rumbo a Deira que habría de partir tres días después de nuestra marcha. Debían de haber abierto el velamen hasta curvar los mástiles para alcanzarnos, podréis jurarlo, entusiasmados por ver cómo Salther aceptaba el desafío de la Torre, plenamente convencidos de que iba a reducirlo. Aceptando la seguridad que de ellos devenía, volví a inflarme de orgullo y confianza. Estos barcos se habían desviado de su ruta no por el morbo de asistir a la muerte o el ridículo de un hombre, son con el propósito de ser testigos directos del suceso que después sería más veces comentado y repetido en la historia de Aguamadre desde la legendaria destrucción de Eressea y la caída pasada y por venir de la tres veces maldita Telethusa»
La pared de caliza roja como la sangre se transformó en la orgullosa torre de Lindisfarne. El sol del amanecer arrancaba destellos verdes de la gema que remataba la empuñadura de la espada de Manul Rinn Ghall, destellos que sin duda guiaban a la flota de curiosos y presentí que toda la torre, la montaña entera, se derrumbaría cuando él, Salther Ladane, el Navegante, la arrancara de la roca. Aunque yo, Ysemeden, sabía que Salther, como buen jugador, llevaba una carta en la manga, una carta que sólo yo conocía.
—¡¡CUERDAAA!!
El grito me sacó de la entonación y advertí que había olvidado ir pasando cuerda por el seguro, con lo que esta se había bloqueado impidiendo el avance de mi compañero.
—¡¡VAAA!!— contesté apurada, soltando un par de metros con rapidez.
Intentando no olvidar ir dando cuerda, volví a mi entonación y creí ver a Ysemeden, Viento del sur en la lengua de Crisei, sobre la cubierta de su bergantín, el Navegante, contemplando con orgullo y preocupación la escalada de su amado esposo, que había heredado del barco su sobrenombre. Imaginé a Ysemeden «con el corazón a flor de pecho» y a pesar de ello, intentando mantenerse serena para no preocupar a la tripulación que «...sudaba con la misma intensidad con la que Salther, suponíamos, estaba sudando, tal sentimiento de admiración y afecto provocaba él entre los marinos». A su espalda, Esnar Lobrod, el pillo, el pícaro, el lobo del Mar de las Espadas que había cuidado de ella antes de que fuera Ysemeden, cuando solo era la niña Elspeth, de los pocos en el universo de Aguamadre con patente para llamarla así. Sería fácil decir que Esnar amaba a la hija que nunca tuvo, pero lo cierto es que con tantas viudas como había desposado en todas las orillas del Mar de las Espadas, lo raro sería que su simiente no hubiera fructificado innumerables veces pero la devoción por Ysemeden había sido más fuerte que el instinto natural.
—¡¡REUNION!! —me llegó desde lo alto.
Rápidamente me liberé del seguro, dejando toda la cuerda libre.
—¡¡CHUPA!! —respondí.
Al momento, desde arriba recuperó el resto de cuerda no utilizada y poco después trepaba yo por la pared, no sabía muy bien si del Ponoch alicantino o de la orgullosa Torre de Lindisfarne, en el centro del Mar de las Espadas.
La reunión era una estrecha repisa en la que había que permanecer colgada del arnés, pues no había sitio más que para un solo pie.
—Tenemos problemas.
Lo había visto en su rostro mientras me aseguraba al triángulo de fuerzas.
Me señaló hacia arriba: el itinerario de «Viento del sur» atravesaba una ancha franja de caliza amarillenta completamente lisa y pulida, era un tramo de escalada artificial, en la que era necesario ir colgándose de clavo en clavo. Pero no había clavos.
—La han desequipado —me explicó—. Algún hijo de su madre se ha provisto de un juego de clavijas por todo el morro.
—¿Qué hacemos entonces? ¿Nos bajamos?
Él repasó detenidamente la chatarra que colgaba del portamaterial.
—No llevo suficientes clavijas para cubrir largos enteros, tendremos que hacerlos a medios o a tercios, improvisando reuniones sobre estribos. Será largo y pesado y las reuniones puede que no sean muy seguras, estaremos los dos colgados de un solo clavo, nada de triángulo de fuerzas.
Los dos colgados de un clavo, tan próximos, su costado rozando mi costado y quizá algo más.
—¡Por mí adelante! —dije sin dudar—. ¡No vamos a rendirnos así como así!
Me dio un beso de camarada, en la mejilla. ¡Con las ganas que yo tenía de bajarle las mallas en busca de otra clavija!
La escalada artificial es mecánica y tediosa y si tienes que ir clavando más todavía. Un buen rato después, apenas había ganado unos metros.
—Antes te quedaste pasmada —comentó, más por aburrimiento que por reproche—, un poco más y me voy abajo cuando se bloqueó la cuerda.
—Uf... me dio un punto —me excusé—, cuando dijiste el nombre de la vía me vino a la mente un libro, «La leyenda del Navegante», la protagonista se llama «Viento del Sur», Ysemeden en la lengua de Crisei, una especie de república veneciana o genovesa traslocada a otro universo.
Él estaba colgado de un clavo, con los pies sobre los estribos, unas escalerillas de tres peldaños, que se pasan de anclaje en anclaje y hundía dos dedos en el siguiente agujero en la roca, para calibrarlo y elegir la clavija más idónea, pero yo no pude, ni quise, evitar asociarlo a algo más divertido.
—Es una novela marinera —continué, después de aclararme la garganta, súbitamente seca—, de piratas y bergantines, tesoros inconmensurables, imperios que ganar y coronas a las que renunciar, amores para toda la vida, pícaros simpáticos de fidelidad a toda prueba, marineros con un amor en cada puerto, brujas lascivas que tientan a los hombres con promesas de lujuria sin fin —sentí un estremecimiento en la parte de mi cuerpo que más agradezco a la madre naturaleza—, todo en un mundo paralelo, tan bien construido y tan verosímil que recuerda al mar malabar de los piratas de Mompracem o al Mediterráneo de los príncipes comerciantes venecianos y genoveses.
»La historia está aderezada con gotas de magia, conjuros que permiten viajar en el tiempo, eso sí, pagando un precio terrible, héroes y heroínas que viven varias muertes y mueren varias vidas y un amor tan romántico, tan fiel y tan hermoso que hartaría sino estuviera narrado por un escultor de palabras como Rafa Marín.
Clac, clac, clac...
El no respondió, concentrado en golpear con el martillo la clavija, que se adentraba en la roca con el sonido fiable característico.
¡Chapsss...!
—¡Mierda!
Ese no era un buen sonido, indicaba que la clavija se había rendido. La extrajo con la mano y volvió a intentarlo con una más gruesa. Diez minutos perdidos.
Clac, clac, clac...
Escalada artificial, mecánica y tediosa.
—¿Y qué más?
—¿La leyenda?
—Sí, esto va para largo y es aburrido, la tal Ysemeden, parece una tía interesante
—Bastante interesante, diría yo. Es una mujer de primera línea, si tiene un sable al alcance de la mano, mejor mide tus palabras ya que no tiene escrúpulos en limpiar con él las afrentas.
»En la gran batalla naval del final, Ysemeden, recién parida, no duda en vestir su armadura de mithril. Con el rostro cubierto por la mascara protectora que simula sus facciones, empuñando el sable y con la pequeña ballesta montada sobre el antebrazo izquierdo, capitanea el Navegante, en ausencia de Salther, preso por los enemigos de Crisei, conduciéndolo a lo más denso y mortífero de la batalla, batiéndose con la ferocidad de una leona: «...acerté a ver a un bucanero de Anamer que trataba de cargar una espingarda y se hacía un lío con la chispa y con la pólvora. Le alivié de sus preocupaciones de un golpe de espada y cargué mientras saltaba al otro barco la flecha en la nuez de la ballesta.»
—¡Reunión!
—¡Chupa!
Con la vía desequipada, el papel del segundo de cuerda es tan ingrato y sufrido como el del primero, o puede que peor. Debe recuperar los clavos una vez que se dejan atrás, clavos que quedan por debajo de la cintura, a veces por debajo de las rodillas, y que hay que golpear en posturas incomodas, siempre con el riesgo de que, de pronto, salten al vacío. Los músculos se agotan y agarrotan al flexionarlos en posturas antinaturales y las putas clavijas se atoran con frecuencia. Un par de ocasiones, me tuve que soltar y golpear el clavo, colgada libremente de la cuerda. Sin ningún punto al que asirme, cada vez que atacaba con frenesí histérico un clavo del demonio, oscilaba como un péndulo, pero no podíamos permitirnos el lujo de abandonar aquellos miserables trozos de hierro: los necesitaríamos un poco más arriba.
Por fin alcancé la reunión y quedamos colgados del mismo clavo, con los pies apoyados sobre la pared, manteniendo una incomoda postura, costado con costado, piel contra piel. Yo le pasaba las clavijas recuperadas que necesitaría en el siguiente tramo. Era ya mediodía, las montañas de la luz hacían honor a su nombre y su olor almizcleño me inundaba. Mientras intentaba no estremecerme cada vez que mis dedos rozaban los suyos, la pierna izquierda se me acalambró, perdiendo el apoyo, oscilé colgada del clavo, haciéndole perder pie también a él y quedamos frente a frente, balanceándonos con los pies en el vacío. Mis pechos, cubiertos apenas por el top, se clavaban en sus pectorales desnudos y en el vientre sentí lo que hasta entonces pensaba que sólo podía conseguir una placa de 6a+. No era cuestión de dejar pasar la oportunidad, y allí mismo, con los pies apoyados en dos centenares de metros de nada, probé la tan deseada clavija, tan dura como las otras pero mucho más dulce.
La escalada se hizo interminable, pues en cada reunión intercambiábamos algo más que la chatarra y cuando alcanzamos la cumbre ya había oscurecido y las estrellas nos lanzaban guiños de complicidad. En la bahía reinaba la paz y la oscuridad, seguíamos fuera de nuestro tiempo, en una era más amable, así que casi me sorprendió no encontrar allí la espada de Manul Rinn Ghall, pero sobre una roca sobresalía la fuerte clavija donde anclar la cuerda para el descenso. No me hubiera sorprendido encontrar bajo ella la misma leyenda que guardaba la espada de Rinn Ghall en lo alto de Lindisfarne: «Desclávala y tendrás la llave de dos mundos. Pero la torre se hundirá bajo tus pies si así lo haces». El Navegante empuñó el martillo y con dos golpes la extrajo y la lanzó al vació. Sentí un temblor, no sé si provocado por la montaña que comenzaba a derrumbarse o por mi anhelo y busqué su calor pese a que la noche era tibia. Por encima de su hombro, la luna iluminó al Navegante, el bergantín había largado todo el trapo y buscaba el viento del sur para dejar la bahía e intuí a Ysemeden en cubierta, a popa, sonriendo bajo la mascara de mithril, con el brazo de Salther sobre su hombro.
El amanecer nos sorprendió entre la retama, dejando muy alta la leyenda del Navegante.
Autor: Rafael Marín Trechera
Año de publicación: 1992
Portadas: Rafael Estrada
Editorial Miraguano
Colección: Futuropolis
Crisei:
ISBN: 84-7813-094-2
Futuropolis número 31
Páginas: 190
Arce:
ISBN: 84-7813-099-3
Futuropolis número 32
Páginas: 251
Génave:
ISBN: 84-7813-103-5
Futuropolis número 33
Páginas: 221
Editorial:Minotauro
ISBN 84-450-7579-9
14 x 22,5 cm / 544 pp.
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