El fuego chisporroteaba alegre en el claro del bosque. Era el único sonido que rompía el extraño silencio nocturno de un mundo que debería estar siempre rebosante de vida. Horas antes, dos hombres echaron pie a tierra, estirando las piernas tras un largo camino, y dejaron a los caballos piafar libres por los alrededores, aunque ahora, en la noche, los amarraron cerca del campamento.
Dos liebres se asaban al fuego, espetadas en un largo y puntiagudo palo, sostenido por la segura mano de uno de ellos, a quien se conocía como Eostes odenhida. Las llamas dibujaban en su rostro caprichosas sombras, jugueteando con ellas, dándole el aspecto de un genio del bosque. Pero no lo era, pues, de haberlo sido, hubiese entendido el aullido que se escuchó en aquel momento, cuando el Gran Duque Carabó, Señor de las Aves, desde una alta rama, quiso ponerles sobreaviso del peligro que les acechaba.
Pues una noche más los Trolls despertaban y seguían a Jasbazarim, su señor, quien montaba un carro tirado por once serpientes, recorriendo el bosque en busca de intrusos. Pero esta vez en el ambiente flotaba una malignidad no detectada jamás por el Señor de las Aves. Una mente maldita dominaba el entendimiento de Jasbazarim, y con él, a los Trolls del bosque, seres despiadados que se deleitaban despellejando a sus víctimas antes de obligarlas a beber la mortal sangre de los toros salvajes, que para ellos era el más preciado de los licores y su ingestión les llevaba a un éxtasis de locura terrible para sus desdichadas víctimas. No era esa su única diversión. También se relamían sus fétidos labios cuando ataban a sus presas, por los cabellos, a los cuernos de un toro antes de castrarle. El salvaje animal, cegado por el dolor y antes de morir desangrado, destrozaba a la desafortunada víctima.
Y aquella noche las perversas mentes de los Trolls maquinaban la más horrible muerte hacia los intrusos que, ajenos al peligro, cenaban en un claro del bosque, conversando sobre los acontecimientos vividos en Iskar durante las largas jornadas pasadas.
Echaron a suerte los turnos de guardia, pero finalmente decidieron que no era necesario permanecer despiertos. Pensaron que aquellos álamos, hinchados de hongos, ya les proporcionaban suficiente protección. Pero su sueño no duraría mucho tiempo. Unos insanos lamentos comenzaron a flotar en el ambiente; las sombras se agitaron inquietas, rodeando el campamento, donde humeaban los últimos rescoldos.
Deslizándose subrepticiamente de un lado a otro, las deformes y pequeñas sombras no producían sonido alguno, como si sus espeluznantes pies no se apoyasen en el suelo ni rozasen los hojas caídas. Raras veces ambos guerreros dormían sin quedar uno de guardia, pero aquella noche, por el cansancio acumulado en la defensa de la fortaleza de Iskar, el largo viaje y la inmensidad de la vegetación, decidieron no fijar guardias. ¡En el Bosque de los Álamos Negros, en el reino de Jasbazarim el Troll! A una eternidad de distancia, en la llamada Sala del Ojo, Odenhas se frotaba los ojos incrédulo ante las decisiones de sus discípulos.
Las sombras se detuvieron en la última fila de árboles antes de abocar al pequeño claro donde dormían los imprudentes Eternos, pues de ellos se trataba, siseando inquietas en un idioma no desconocido para algunos celestiales, entre los que se encontraban quienes dormían ajenos a todo peligro. Pero el destino decantó en aquella ocasión la suerte del lado de los hijos de Celestos, cuando el Señor de las Aves graznó con todas sus fuerzas.
- ¿Qué es?- se despertó sobresaltado el conocido como Eleazar nebulida.
No esperaron más, a una orden de Jasbazarim, una treintena de Trolls, armados con palos y estacas, se echó encima de los celestiales, descargando sobre ellos una tormenta de golpes. Los Eternos se vieron en graves aprietos para ponerse en pie con las armas en la mano, pero la balanza de la emboscada cambió de lado cuando ambos estuvieron espalda con espalda frente a sus atacantes.
- ¡Por la espada de mi padre! ¡Hemos cogido un camino demasiado transitado, Eleazar!- bromeó Eostes.
Pero el hijo de Nébulos, tras la paliza recibida mientras conseguía incorporarse, no tenía ganas de bromas; menos aún, al reconocer a sus atacantes.
- ¡Hemos caído en un hormiguero de Trolls! ¡Y no cejarán hasta que salgamos del bosque!
En efecto. Eran los oscuros y maléficos seres del bosque, de forma semihumana, aunque el rabo y la exagerada joroba que les doblaba la espalda resaltaba su aspecto horrible. Largas y enroscadas cerdas cubrían sus desnudos cuerpos, no eran más altos de cinco palmos y, sobre sus hombros, dos cabezas donde destacaban largas y verrugosas narices y sombríos ojos de maldad agresiva, ciegos a la luz del día. Pero eran de fuertes brazos, temidos por cualquier enemigo, fuese cual fuese su naturaleza.
Con Dragonia y Halcona en las manos, cerradas como presas sobre los respectivos mangos, a Eleazar no le importaba el número de enemigos, acabaría abriendo una brecha de muerte entre los Trolls. Y pronto los demás escaparían, desbandada que no tardaría en producirse cuando se percatasen de haberse equivocado de presa.
- ¿Trolls?- tronó Eostes.- ¡Jugaremos al azar de la suerte!
Su espada silbó una canción de muerte mientras lanzaba destellos a la luz de la luna, segando varios de los deformes cuerpos de sus enemigos, obligando a los otros a retroceder unos pasos. Pero aquellos Trolls eran diferentes, no reaccionaban como en ellos era habitual, no se retiraban, insistían en un ataque ya claramente suicida.
El nebulida, sumergido a la fuerza en una macabra fiesta de sangre enemiga, moviendo a Halcona como un hacha de carnicero, tuvo tiempo de admirar la destreza de los movimientos de los deformes atacantes, aunque les era inútil para escapar del mortal filo de la Voladora o del frío borde de Dragonia.
- ¡Estas bestias hacen hervir la sangre! ¡Toda una legión de espantos! ¡Por los celestiales que esta noche se han equivocado!- rugía Eostes.
No obstante las elevadas bajas, los Trolls no cejaron, no escapaban de una batalla perdida. Eleazar dio un paso atrás ante sus enemigos y lanzó a Halcona, que efectivamente voló como un halcón, destrozando a su paso a los oscuros genios, cortándoles cabezas, cuellos y brazos, y, tras realizar tan mortífero vuelo, regresó a la mano de su dueño.
- ¿Lo has visto, Eostes?- Carcajeó.
Pero ahora no tenía tiempo para responderle. Ante él se encontraban los últimos cinco Trolls, mirándole con ojos inyectados en un espantoso odio. Cuando atacó, tres regaron con su apestosa sangre el suelo del bosque, y por primera vez en aquella noche bañada de maldito líquido vital de genio, los otros intentaron escapar, pero dos flechas de azules penachos atravesaron las sombras para trinchar el peludo cuerpo de quienes huían.
- ¡Esto sí ha sido una batalla! ¡Espadas y flechas se han saciado de sangre!
No les permitieron más tregua. Una nueva orden de Jasbazarim, encaramado en su carro arrastrado por venenosas serpientes, precedió el ataque de una segunda embestida de Trolls, ahora armados con pesadas clavas, largas guadañas y cortas espadas de hoja ancha.
En la oscuridad, ya solo atravesada por los débiles rayos lunares y el fulgor plateado de Dragonia, vieron los sanguinarios ojos de sus enemigos, decididos a darles muerte. Durante unos vibrantes momentos, la escena quedó paralizada, se escuchaba la respiración de los antagonistas, las siseantes palabras de los Trolls, animándose unos a otros a dar el primer paso, los ruidos sordos producidos por los pies de los Eternos al chafar la hojarasca, acercándose el uno al otro hasta pegar sus espaldas.
- ¡Por Hendidora, la espada que mi padre regaló a Strohem! ¿Qué esperáis?- rugió Eostes, aunque asqueado, hablando en el idioma de los Trolls.- ¡Si queréis terminar la batalla, aquí estoy para satisfaceros! ¡Juro que mi espada ganará fama esta noche! ¡Venid y saboread mi acero!
El hijo de Nébulos no habló aquel mutilado idioma, por él lo hizo Dragonia cuando la avalancha de Trolls les cayó encima. El elevado número de enemigos parecía capaz de vencer a los celestiales, pero la embestida fue frenada en seco, con grandes bajas en las filas tróllficas. Muchos conocieron por primera y única vez el sabor del afilado borde de aquella, convertida en el aspa de un molino sembrador de muerte a su alrededor, y a cada giro un insano crujido de huesos le acompañaba. Los Trolls se vieron rápidamente diezmados, pero ni siquiera las armas de los celestiales, conocidas y temidas por los maléficos genios, arredraron a estos hasta que el último cayó bajo los golpes de los celestiales.
Rodeados de cadáveres masacrados, los pies encharcados en la maligna sangre de los seres del bosque, salpicados hasta los ojos, los guerreros se miraron con una expresión carente de cualquier alegría.
- Aunque he disfrutado con la batalla, no comprendo por qué se han cebado así con nosotros- reflexionó Eostes.
Tampoco Eleazar lo comprendía. Jamás un Troll atacaba como aquellos. La maligna especie de genio se caracterizaba por su odio a todo ser vivo y por su cobardía. Jamás embestían a sus presas como aquella noche, con la táctica propia de un ejército suicida. No comprendía aquella entrega voluntaria a la muerte, sin retroceder un paso. Ignoraba la respuesta. Ni los terribles y sanguinarios Elfos Negros hubiesen llevado a cabo un ataque tan ciego como el vivido. A partir de aquella noche su concepto sobre los Trolls había cambiado, pero se resistía a ver lo ocurrido como algo normal.
- Sospecho que, escondido entre los árboles, hay alguien especialmente interesado en entorpecernos el viaje. Lo presiento, noto su maldad. Y no sólo eso, creo que prevé nuestros pasos con antelación. Una muestra de su temible poder ha sido el ataque de los Trolls.
- ¿Anteo?
- En Iskar dudé de las palabras de Safardeus- salió del círculo de cadáveres, donde un irrespirable ambiente se estaba elevando de estos. Durante unos momentos, a cierta distancia, contempló la matanza; necesitaba reconsiderar sus pensamientos. Después, limpió la espada y la enfundó.- Tú, como yo, sabemos que Anteo está recluido en el Tártaro y es imposible escapar del Orco sin que lo impidan los Imperiales de la Torre del Cetro.- Volvió a quedar pensativo unos instantes.- Al menos eso creemos saber. Bien, Eostes, es necesaria una visita a Barbarrabás de Ginnungard.
El aludido se acercó a los caballos, pero ya no les llevarían a ninguna parte; ambos estaban en el suelo, con la panza rajada y las tripas fuera del cuerpo, aún humeantes. Mientras permaneció allí, creyó ver una enorme sombra moverse, tan alta como un árbol y desechó la idea: alguna rama se balanceaba y producía tal efecto óptico.
- Si, como dices, nuestro enemigo puede vigilarnos sin que nosotros deparemos en él, estamos en desventaja...- dijo, señalando con la mirada los caballos.- En una lamentable desventaja.
Pero el nebulida no pronunció ninguna palabra más. Se colocó el hacha a la espalda y comenzó a caminar en dirección a la ciudad de Barbarrabás.
- Y además debemos seguir a pie...- se resignó el odenhida.
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