Capítulo 3
El sieur Renault pertenecía a la poderosa familia de cruzados de los d’Ibelin, que defendían sus oscuros castillos grises en la costa, aunque para él había sido el menor de los frutos de la conquista. Vagabundo y aventurero, acostumbrado a vivir de su ingenio y del filo de su espada, había recibido más duros golpes que oro. Era un personaje alto y delgado, con ojos de halcón y nariz de rapaz. Su cota estaba gastada, su capa de terciopelo raída y rota, y las gemas del pomo de su espada y de su daga habían desaparecido hacía mucho tiempo.
El dominio del caballero era una guarida de pobreza. El seco foso que circundaba el castillo había sido rellenado en muchos lugares; las murallas exteriores eran un mero montón de piedras amontonadas. La mala hierba crecía por doquier en el patio de armas y sobre la tapa del pozo.
Los aposentos del castillo estaban polvorientos y vacíos, y grandes arañas del desierto tejían sus telas en las frías piedras. Las lagartijas correteaban sobre las rotas banderas y el arrastrar de pies acorazados resonaba produciendo inquietantes ecos en el vacío. No había alegres aldeanos llevando grano, ni vino atestando los barriles de la desolada corte, ni pajes vestidos alegremente cantando en los oscuros pasillos. Durante casi medio siglo la fortaleza había estado abandonada, hasta que los d’Ibelin habían llegado siguiendo el Jordán para hacerla un nido de ladrones. El sieur Renault, en el extremo de la pobreza, habían llegado a ser poco más que el jefe de una banda de bandidos, atacando las caravanas de musulmanes.
Y ahora en la oscura y polvorienta torre del desmoronado dominio, el caballero en su fino pero gastado sitial, ofrecía vino a su huésped.
“La historia de tu traición no me es del todo desconocida, buen señor”, dijo Renault. Desde aquella noche de borrachera en Damietta, Cahal no había vuelto a hablar de su pasado. “Algunas noticias sobre lo que acontece en Irlanda han llegado hasta estas tierras desoladas. De un aventurero arruinado a otro, te ofrezco la bienvenida. Pero me gustaría escuchar la historia de tus propios labios.”
Cahal rió alegremente y tomo un largo trago.
“Una historia poco contada y muy olvidada. Yo era un aventurero que vivía de su espada, al que habían robado su herencia antes de nacer. Los señores ingleses pretendían simpatizar con mi reivindicación del trono irlandés. Y si yo podía ayudarles contra los O’Neill, ellos se zafarían de su alianza con Enrique de Inglaterra y me servirían como mis barones. Así lo juraron William Fitzgerald y sus pares. No soy un completo estúpido. No me convencieron tan fácilmente, así que usaron a Lady Elinor de Courcey, con su negro cabello y sus orgullosos ojos normandos, fingiendo que me amaba. ¡Infiernos!”
“¿Por qué alargar la historia? Yo luché por ellos, vencí en muchas batallas en su nombre. Ellos me engañaron y me dieron de lado. Fui a la batalla por el trono con menos de un millar de hombres. Sus huesos blanquean en las colinas de Donegal, lo mejor que tenía murió allí. Mis hombres me abandonaron sin sentido en el campo de batalla. Y mi propio clan me repudió.”
“Entonces tomé la cruz, después de cortar la garganta de William Fitzgerald delante de su propio mariscal. No digas más; mi reinado fue como las nubes o la bruma nocturna. Intento olvidar una ambición perdida y el fantasma de un amor muerto.”
“Quédate aquí y ataca caravanas conmigo,” sugirió Renault.
Cahal se encogió de hombros.
“No sería para siempre, me temo. Con solo cuarenta y cinco hombres de armas, no puedes defender este montón de ruinas mucho tiempo. He visto que el viejo pozo esta apuntalado y casi roto, y el deposito reventado. En caso de asedio solo tendrías las cisternas que has construido, llenadas con el agua que traes de los pequeños manantiales de fuera de las murallas. Podrías resistir tan solo unos días.”
“La pobreza les hace a los hombres acometer hazañas desesperadas,” admitió francamente Renault. “Godofredo, el primer señor de Jerusalén, construyó este castillo como una avanzadilla en los días en los que su gobierno se extendía más allá del Jordán. Saladino lo asaltó y lo destruyó parcialmente, y desde entonces había sido tan sólo el hogar de murciélagos y chacales. Yo lo hice mi guarida; desde entonces ataco las caravanas que se dirigen a La Meca, pero el botín ha sido bastante escaso.”
“Mi vecino el Shaykh Suleyman ibn Omad inevitablemente acabará conmigo si permanezco aquí mucho más; he guerreado con éxito contra sus jinetes y les he hecho huir. Él ha jurado colgar mi cabeza de su torre, debido a mis ataques contra los peregrinos a La Meca, que tiene obligación de proteger.”
“Bien, ahora tengo otra cosa en la cabeza. Mira, voy a clavar un mapa en la mesa con la punta de mi daga. Aquí está este castillo; aquí, al norte esta El Omad, la fortaleza de el Shaykh Suleyman. Ahora observa: más lejos hacia el este encuentro el vestigio de un camino... aquí. Este es el gran río Eúfrates, en el que empiezan las colinas de Asia Menor y que atraviesa toda la llanura, uniéndose al Tigris, y desembocando en Bahr el Fars, el golfo Pérsico, junto a Basora. Observa... sigo al Tigris.”
“Ahora, donde pongo esta marca junto al río Tigris, esta Mosul, la persa. Más allá de Mosul hay una tierra desconocida de desiertos y montañas, pero entre esas montañas hay una ciudad llamada Shahazar, donde se oculta el tesoro los sultanes. Allí envían los señores del Oriente su oro y sus joyas para mantenerlos a salvo. La ciudad está gobernada por un culto de guerreros que han jurado salvaguardar los tesoros. Las puertas están cerradas día y noche, y ninguna caravana sale de la ciudad. Es un lugar secreto de riqueza y placer, que los musulmanes quieren ocultar de los oídos cristianos. ¡Ahora en mi mente solo pienso en abandonar estas ruinas y cabalgar hacia el este para conquistar esa ciudad!”
Cahal sonrió con admiración ante esa esplendida locura, pero sacudió su cabeza.
“¿Si está tan bien guardada como dices, como podría un puñado de hombres esperar tomarla, incluso si logran atravesar las tierras hostiles que les separan?”
“Porque un puñado de francos la tomó”, le contestó d’Ibelin. “Hace casi medio siglo el aventurero Cormac FitzGeoffrey cabalgó hasta Shahazar a través de las montañas y consiguió un botín incalculable. Lo que él hizo, otro puede hacerlo. Por supuesto, es una locura; los peligros son grandes, es fácil que los kurdos corten nuestras gargantas antes de que lleguemos a ver las orillas del Eúfrates. Pero nosotros cabalgaremos rápidos. Los musulmanes puede que estén solamente pendientes de los mongoles, y una pequeña banda podría cruzar tras sus líneas. Cabalgaremos delante de la noticia de nuestra llegada, y golpearemos Shahazar como un torbellino. Lord Cahal, ¿nos quedaremos sentados hasta que Baibars venga desde Egipto y corte nuestras gargantas, o aprovecharemos la oportunidad de saquear ese nido de águilas bajo las narices de los musulmanes y los mongoles?”
Los fríos ojos de Cahal brillaron y se rió tan alto como la locura que anidaba en su alma respondía a la locura de esa proposición. Su dura mano chocó con la bronceada palma de Renault d’Ibelin.
“¡La perdición planea sobre todo Outremer, y la sombría muerte nos acogerá igual en esta loca aventura que rompiendo lanzas en una batalla! ¡Hacia el este cabalgaremos en busca del diablo sabe que destino!”
El sol se había esfumado cuando el harapiento sirviente de Cahal, el cual le había seguido fielmente por todos sus vagabundeos previos, se escabulló por las ruinosas murallas más allá del Jordán, forzando cruelmente su desgarbado pony. La locura de su señor no tenía límite y su vida era preciosa, incluso como un barriobajero del El Cairo.
Las primeras estrellas empezaban a brillar cuando Renault d’Ibelin y Cahal el Rojo bajaron la ladera encabezando a sus guerreros. Eran luchadores muy experimentados, delgados y taciturnos, nacidos en su mayor parte en Outremer, y no pocos veteranos de Normandía y las tierras del Rhin que habían seguido a señores vagamundos hasta Tierra Santa y allí se habían quedado. Estaban bien armados con cotas de malla y cascos de acero, y llevaban enormes escudos ovalados. Montaban rápidos caballos árabes y altos corceles turcomanos, y llevaban caballos de repuesto. La captura de unos cuantos buenos corceles había hecho cristalizar la idea del ataque en la mente de Renault.
D’Ibelin había aprendido hacía mucho las lecciones del Oriente: marchas veloces que viajen delante de la noticia del ataque, y eso depende de la calidad de las monturas. Incluso sabiendo que todo el plan era una autentica locura, Cahal y Renault cabalgaron hacia las tierras desconocidas mientras que, lejos, al este, los buitres volaban en círculos sin fin.
Capítulo 4
El barbudo vigía que estaba en la torre situada sobre las puertas de El Omad hizo visera con la mano sobre sus ojos de halcón. Hacia el este una nube de polvo crecía y fuera de esa nube un punto negro volaba. El delgado árabe sabía que era un jinete solitario, cabalgando deprisa. Lanzó un aviso, y en un instante otras figuras delgadas de ojos de halcón estaban a su lado, mientras que dedos morenos jugueteaban con las cuerdas de los arcos y las astas de las lanzas. Vigilaron la aproximación de la figura con la despreocupación de hombres nacidos para pelear y luchar.
“Un franco”, gruñó uno. “En un caballo moribundo.”
Vigilaron tensamente cuando el jinete solitario desapareció de su vista en un oasis seco, volviendo a verle otra vez en su parte más cercana, haciendo un ruido estrepitoso por todo el polvoriento camino hasta tirar de las riendas junto a la puerta. Una mano huesuda tensó una cuerda hasta su oreja, pero una palabra del primer vigía paró al arquero. El franco de abajo estaba medio subido, medio cayendo, de su famélico caballo, y ahora golpeaba la puerta estrepitosamente con su puño acorazado.
“¡Por Alá, por Alá!”, juró el vigilante barbudo sorprendido. “¡El nazareno está loco!”. Se apoyó sobre la almena y gritó: “Oh, hombre muerto, ¿qué haces en las puertas de El Omad?”
El franco le miró con ojos vidriosos, sediento y quemado por los vientos del desierto. Su malla estaba blanca por el polvo acumulado, que también cubría sus labios cuarteados y calcinados. Habló con dificultad.
“¡Abre las puertas, perro, caiga sobre ti la peor de las enfermedades!”
“Es Kizil Malik, el Rey Rojo, al que llaman “el loco”, susurró el arquero. “Cabalgaba junto a lord Renault, decían los caravaneros. Entretenedle mientras traigo al shaykh.”
“¿Estas cansado de vivir, nazareno”, preguntó el primer tipo. “¿Por qué vienes hasta las mismas puertas del enemigo?”
“Tráeme al señor del castillo, perro”, rugió el gaélico. “Tú no eres mi igual, y mi caballo esta desfallecido.”
La alta y esbelta forma del shaykh Suleyman ibn Omad emergió de entre los guardias y el viejo jefe juró en voz alta.
“Por Alá, esto es alguna una clase de truco. Nazareno, ¿qué haces aquí?”
Cahal se lamió los sucios labios con su lengua reseca.
“Cuando los perros salvajes corren, la pantera y el búfalo huyen juntos”, dijo. “La perdición viene del este, tanto para los musulmanes como para los cristianos. Te traigo una advertencia, avisa a todos tus vasallos y mételos rápido tras tus puertas; teme que tras otro anochecer no estés durmiendo sobre las brasas carbonizadas de tus dominios. Reclamo la cortesía debida a un viajero, mi caballo esta moribundo.”
“No hay trampa”, gruñó el shaykh. “El franco tiene una historia, venía huyendo del este y quizás los mongoles estén tras él. Abrid las puertas, perros, y dejadle entrar.”
Cahal atravesó las puertas abiertas llevando de las riendas a su flaqueante corcel y sus primeras palabras le granjearon la estima de los árabes.
“Atended a mi caballo”, farfulló, y tendió las manos amablemente.
Cahal tropezó con un poste para sujetar los caballos y cayó al suelo, llevándose las manos a la cabeza. Un esclavo le ofreció un cántaro de agua, y bebió ávidamente. Cuando terminó el agua, sabía que el shaykh había llegado de la torre y estaba tras él. Los agudos ojos de Suleyman recorrieron al gaélico de la cabeza a los pies, notando el rastro del cansancio en su rostro, el polvo que cubría su cota, las abolladuras recientes en su yelmo y su escudo. Oscuras manchas de sangre seca rodeaban la abertura de la vaina de su espada, mostrando que la había envainado sin tiempo para limpiarla.
“Has peleado duro y has huido velozmente”, concluyó Suleyman en voz alta.
“¡Si, por todos los santos!” bramó el príncipe. “He estado huyendo durante una noche y un día sin descansar. Este caballo es el tercero que reviento.”
“¿De quién huías?”
“¡De una horda que debe haber salido del más profundo de los infiernos! Jinetes salvajes con altos gorros de piel y cabezas de lobos en sus estandartes.”
“¡Bendito sea Alá!”, juró Suleyman. “¡Los kharesmianos, que huyen ante los mongoles!”
“Aparentemente huían de una horda mucho mayor,” respondió Cahal. “Déjame contarte la historia rápidamente: el Sieur Renault y yo cabalgamos hacia el este con todos nuestro hombres, buscando la fabulosa ciudad de Shahazar.”
“¡Así que ese era vuestro objetivo!”, interrumpió Suleyman. “Bien, yo me estaba preparando para barrer y erradicar ese nido de ladrones cuando algunos criadores de camellos me informaron de que los bandidos habían huido durante la noche como los malhechores que eran. Podría haber partido tras ellos, pero sabía que unos cristianos yendo hacia el este cabalgaban hacia su perdición. Y nadie puede cambiar los destinos de Alá.”
“Si”, sonrió Cahal con gesto lobuno. “Hacia el este en busca de nuestra perdición fuimos, como hombres cabalgando ciegamente hasta el centro de la tormenta. Atravesamos en nuestro camino las tierras de los kurdos y cruzamos el Eúfrates. Más allá, lejos hacia el este, vimos humo y fuego, y bandadas de buitres volando en círculos. Renault dijo que serían los turcomanos luchando contra la Horda, pero no encontramos fugitivos, y por eso me preocupé entonces, y por eso estoy preocupado ahora. Los asaltantes cayeron durante la noche sobre ellos como una ola, y nadie fue capaz de huir.”
“Como hombres cabalgando hacia el sueño de la muerte, fuimos derechos a lo más crudo del asalto y de improviso su llegada fue como la caída de un rayo. Un repentino trotar se oyó en lo alto de una colina sobre nosotros: cientos de ellos, una avanzadilla de exploradores, que como un enjambre precedía a la horda. No hubo posibilidad de huir para nosotros, nuestros hombres murieron allí donde estaban.”
“¿Y el sieur Renault?”, preguntó el shaykh.
“¡Muerto!”, dijo Cahal. “Vi como una hoja curvada le hendía el yelmo hasta romperle el cráneo.”
“¡Alá sea misericordioso y salve su alma del fuego del infierno de los infieles!”, exclamó piadosamente Suleyman, que había jurado matar al desafortunado aventurero en cuanto lo viera.
“Se tomó tributo antes de caer”, respondió con tono grave el gaélico. “Por dios, los paganos cayeron de las sillas de sus caballos como grano de trigo en la cosecha antes de que el último de nuestros hombres pereciera. Solamente yo pude escapar.”
El shaykh, curtido en la guerra, visualizó la derrota con una sola escena: el enjambre de aullantes jinetes con cascos de piel, lanzando sus bárbaros gritos de guerra, y Cahal el Rojo cabalgando como el aliento de la muerte entre el torbellino de espadas relucientes, la espada cantando en su mano, y jinetes y monturas cayendo ante él.
“Saqué ventaja a mis perseguidores”, dijo Cahal. “Y cuando subí una colina, me giré y vi la enorme masa negra de la horda como una plaga de langostas sobre la llanura, llenando el aire con el clamor de sus tambores. Los turcomanos se habían alzado contra nosotros cuando habíamos invadido sus tierras y ahora el desierto estaba repleto de jinetes. Pero el este entero estaba en llamas y los hombres de las tribus no tenían tiempo para cazar a un simple jinete. Se enfrentaban a un enemigo mucho más fuerte. Así que pude escapar”.
“Mi caballo cayó, pero robé uno de una manada custodiada por un muchacho turcomano. Cuando ya no pudo más, cogí otra montura de un vagabundo kurdo que buscaba saquear a algún viajero desprevenido. Y ahora te digo, la gente te apoda el Vigilante del Camino; cuídate, teme que esos demonios del este cabalguen sobre tus ruinas como lo han hecho sobre los cadáveres de los turcomanos. No creo que ellos se detengan en un asedio, son como lobos recorriendo las estepas; destruyen y continúan. Pero galopan como el viento. Han cruzado el Eúfrates detrás de mí, la última noche, cuando el cielo era rojo como la sangre. Incluso cabalgando tan duro, me seguían pisando los talones.”
“Dejémosles llegar”, respondió sobriamente el árabe. “El Omad ha resistido contra los nazarenos, los kurdos y los turcos; desde hace cientos de años ningún enemigo ha puesto sus pies entre estas murallas. Malik, ha llegado el momento de que los cristianos y los musulmanes unan sus manos. Te agradezco tu advertencia y te ruego que me ayudes a defender estos muros.”
Pero Cahal meneó su cabeza.
“No necesitas mi ayuda, y tengo otra cosa que hacer. No he salvado mi despreciable vida y reventado tres nobles corceles para esto. De lo contrario habría sacrificado mi cuerpo junto a Renault d’Ibelin. Debo continuar, Jerusalén es el objetivo de esos demonios, con sus murallas derruidas y su escasa protección.”
Suleyman palideció y se tiró de la barba.
“¡Al Kuds! Esos perro paganos masacraran tanto a los cristianos como la los musulmanes, y profanarán los santos lugares.”
“Así es”, Cahal aseveró firmemente. “Debo avisarles. Con la rapidez con que llegan estos kharesmianos, ninguna noticia de su ataque habrá llegado hasta Palestina. Solamente en mí recae la carga de llevar ese aviso. Dame un caballo veloz y déjame marchar.”
“No puedes hacer más,” objetó Suleyman. “Estás desfallecido; una hora más y te habrías quedado sin sentido sobre la arena. Enviaré alguno de mis hombres en tu lugar.”
Cahal negó con la cabeza. “La responsabilidad es mía. Dormiré una hora. Una simple hora no debe marcar una gran diferencia. Entonces partiré.”
“Ven a mi diván,” urgió Suleyman, pero el duro gaélico volvió a negar con la cabeza.
“Este ha sido mi lecho antes”, dijo él, y tendiéndose en la rala hierba del patio, se arropó con su capa y cayó en el profundo sueño de la extrema extenuación. No había pasado una hora cuando se despertó por sí mismo. Le dieron comida y vino, que tomó ávidamente. Sus facciones estaba aún demacradas y macilentas, pero este corto descanso le había permitido encontrar las fuentes ocultas de su resistencia. Un hombre de hierro en una edad de hierro, añadía a su rudeza física un nervio y una energía que le llevaba más allá de su límite y que le hacía prevalecer sobre el hombre más impasible que se hubiera cruzado en su camino.
Cuando él salió por las puertas en un ágil corcel árabe, los guardias le gritaron y le señalaron hacia el este, donde una columna de humo se recortaba contra el abrasador cielo azul. El shaykh agitó su brazo a modo de saludo cuando Cahal salió hacia Jerusalén con un galopar feroz que devoraba las millas.
Los beduinos desde sus negras tiendas de fieltro la miraban boquiabiertos, los pastores agitaban sus delgados bastones cuando les gritaba. Un ensordecedor ruido de cascos, el entrechocar de brazos acorazados, un grito de alarma, entonces el batir de los caballos al galope: tras él la gente enloquecida abandonaba sus pertenencias y huía gritando de pánico buscando un lugar donde esconderse.
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