CAMISETAS AURORA Aurora Bitzine
Relato Fantástico: La Noche que Conocí a Skarrion Gunthar
Una emocionante historia de Skarrion Gunthar, el siniestro guerrero protagonista de Los Guerreron sin Rostro y la Maza Sagrada
Por Andrés Díaz Sanchez

Relato Fantástico - La Noche que Conocí a Skarrion Gunthar Cerré el libro y lo devolví a su estantería, insertándolo en el hueco entre otros dos volúmenes. Mi ejemplar había entrado con suavidad en su lugar y mis dedos huesudos y arrugados acariciaron el canto forrado en cuero. Pasé la mirada sobre el inmenso muro, compuesto por una serie de estanterías abarrotadas de legajos, pergaminos cerrados en cápsulas y libros de mil tamaños y colores. No pocos habían sido escritos por mí, cuando mi diestra no temblaba al tomar la pluma. Ahora, viejo y achacoso, debía recurrir a un discípulo al que dictaba mis palabras. Mis textos no eran vírgenes, sino traducciones e interpretaciones de otros más antiguos. No había sido bendecido con el don de la inventiva. Las musas me esquivaban y debía limitarme a masticar y regurgitar lo que otros, antaño, habían escrito. Sólo era un transmisor, no un creador. Pero nosotros éramos tan valiosos como los auténticos escritores, quienes a su vez pudieran ser sólo el puente hacia un saber más antiguo.
Esta era mi vida: vitela, pergamino y tinta. Tenía los dedos negruzcos y los ojos medio ciegos por forzar la vista bajo la luz de los cirios. Era el Escriba Mayor de la Escuela de Traductores Real de Kalenda La Magnífica, la urbe más civilizada, la más culta de este mundo de aceros y sangre en el que me tocó vivir. Mientras pasaba entre las escribanías donde los novicios se afanaban, me ensimismaba en los recuerdos. Los ancianos hemos dejado atrás el deseo de oro, fama o sabiduría. Nuestro mayor valor son los recuerdos, las memorias que la mente nos trae en la última época de la vida. Sentados en un banco, bajo el sol, pasamos clepsidras mirando al vacío, mientras los jóvenes se burlan de nosotros. Qué sabrán ellos del goce de recordar cada persona, cada lugar, cada emoción. Cuánto amamos los viejos nuestras remembranzas.
Me dejé caer en un banco de madera y me froté las rodillas, cansadas después de subir las escaleras que llevaban al salón de escribanos. El suave crujido de las plumas de los novicios sobre sus legajos resultaba tranquilizador. Era extraño pensar que, fuera de estos muros, e incluso en la propia Kalenda, había sangre y maldad, guerras, pasiones desbocadas, aceros e incluso magia negra que helaba la sangre en las entrañas. Sabía que esas cosas ocurrían, pero nunca las había sentido en mis propias carnes. No obstante, una noche tuve una visión real de aquello que siempre había estado tan lejos de mí.
Fue la noche en que conocí a Skarrion Gunthar de Shakark.
¿Cuántos años habían pasado desde aquello? No puedo precisarlo. Muchos, al menos diez. Acababa de conseguir mi ascenso a Escriba Mayor y me encontraba tan eufórico que, aún a pesar de mi madurez, consentí en ir a celebrar con mis compañeros la buena nueva a La Cerveza de Plata, un local agradable donde los amanuenses de la Escuela de Traductores echábamos, una vez al mes, unos tragos de vino o cerveza. Era un local tranquilo, regentado por burgueses y mercaderes adinerados, así como funcionarios de la Corona de alto nivel. Había unas pocas damas de compañía y alguna de ellas me había visitado, por un módico precio, en las noches más frías del invierno kalendano. Esa era la única compañía femenina que había conocido a lo largo de mi vida tranquila y austera.
Creo que bebí más de lo conveniente, pues al salir del local me hallaba tan mareado y alegre que osé cantar unas tonadas picantes, para regocijo de mis compañeros. Me encontraba en un estado tal de embriaguez que me sentí valiente y fuerte, como aquellos héroes de los que tantos comentos históricos había escrito. Pareció invadirme un loco afán de aventura, pues me despedí de mis compañeros, entre declamaciones épicas con voz resbaladiza, y me marché a recorrer la ciudad nocturna, a pesar de sus protestas. Por fin sacaría el hocico de los libros y experimentaría la realidad de la vida, en toda su crudeza y nitidez.
Al cabo de una clepsidra me lamentaba de tan estúpida decisión. Había vagado sin rumbo por las calles de Kalenda y, desaparecido el valor del vino, empezaba a temblar y agazaparme contra las paredes de piedra, pues me hallaba en un distrito desconocido y de mala catadura. Había charcos malolientes aquí y allá y el empedrado faltaba en determinados lugares, sustituido por barro seco. Había mujeres de la calle que me llamaban e insultaban. No eran tan elegantes y finas como las señoras de La Cerveza Plateada y yo huía avergonzado, mientras sus carcajadas chillonas me atravesaban el cerebro. Un par de hombres que charlaban en un callejón se volvió para mirarme. Vestían harapos, pero entre ellos vi el puño de largos cuchillos. Sus rostros macilentos estaban llenos de asesinato. Yo casi eché a correr al verles, a pesar de que no me prestaron apenas atención.
Al fin, encontré ventanas iluminadas en este lugar de sombras y peligro. Parecía una taberna y pensé que allí podría pasar la noche seguro, hasta que la claridad de la mañana disipara mis aprensiones.
Cuando traspuse el umbral, una mezcolanza de olores groseros me golpeó el rostro, como una bofetada. Hedía a sudor agrio, a caldos espesos y estofados, a frituras que podían ser suculentas, pero también a la amargura punzante de las frutas podridas. Capté la pestilencia de la orina y otros fluidos corporales aún más groseros. El lugar estaba atestado por gentes de pésima catadura. Había matones cadavéricos por doquier; guerreros de enormes mostachos y espadas que no lucían los colores de ningún país en concreto, demostrando su condición de soldados de fortuna; prostitutas medio desnudas y pintarrajeadas, bailando sobre las mesas o sobre las rodillas de hombres que abrían sus fauces y se carcajeaban; camareras un poco más vestidas, cargadas de jarras, yendo de aquí para allá y esquivando los pellizcos en las nalgas; tahúres que lanzaban los dados, agachados en el suelo, o bien los naipes sobre las mesas; borrachos tirados en el suelo, sobre charcos de vino, o mendigando un trago que llevarse al buche; buscavidas, truhanes, pícaros, nobles caídos en desgracia con las ropas brillantes del uso y remendadas mil y una veces; ladrones, prestamistas de barrio bajo, aventureros de todo pelaje y condición.
Ese era el lugar en el que se suponía hallaría cierto resguardo. Tragué saliva y fui hasta un rincón de la estancia, una mesa apartada donde quizás no llamara la atención. Pedí a una muchacha una pinta de cerveza y al cabo de poco me la trajo, lanzándome una mirada despectiva antes de largarse, meneando sus caderas desnudas con un descaro que yo no habría podido imaginar en ninguna mujer. Las miradas de estas gentes me laceraban como látigos y yo intentaba empequeñecer y pasar desapercibido. Así pasó un tiempo que consideré eterno.
Fue entonces cuando una figura alta, enorme, entró en el local. Era un hombre delgado, aunque muy ancho de hombros. Vestía una capa larga cuyos faldones tocaban sus tobillos envueltos en botas negruzcas. Tenía echada la capucha, así que no pude ver su rostro. Caminaba con energía y decisión y si alguien no se apartaba a su paso lo empujaba con brusquedad. Algún matón se volvió para encarársele, pero vio algo dentro del embozo que provocó su palidez y le obligó a apartar la vista.
El recién llegado se acercó a mi mesa y se sentó en el banco frente a mí. Se quitó la capa y la echó a un lado, tapando mi cerveza. Vestía una túnica llena de jirones, de un color indefinible, y sobre ella un cinto de cuero grueso. Los tendones del cuello se marcaban como cables, bajo un rostro cuadrado, de líneas rectas, aunque estropeado por una nariz ancha, rota quizás a causa de alguna lejana pelea. Poseía barba y bigotes recortados, cejas pobladas y cabello corto y desastrado, todo ello de un rubio pajizo. Sus mejillas hundidas le prestaban un aire lobuno. Había marcas blancuzcas, cicatrices secas, en su rostro y sus gruesos antebrazos. Respiraba con fuerza, con las aletas de la ancha nariz distendidas, tornando agresiva su expresión. Tenía los ojos azules, tan claros que parecían grises, dos pedazos de hielo afilado. Contrastaban con el cobre de su rostro, un bronceado de mares, desiertos y planicies devastadas por el sol. Aquellos ojos me miraron durante un instante y sentí que me taladraban el cráneo. Había en ellos fuerza, crueldad, astucia.

Relato Fantástico - La Noche que Conocí a Skarrion Gunthar Puso sobre la mesa un cuchillo largo y recto y mi corazón se olvidó de latir cuando vi sobre la hoja manchas rojas y brillantes. También había goterones oscuros en las manos largas y anchas de aquel hombre. Nunca podré olvidar esa imagen: las gotas de sangre sobre el acero azulado y los nudillos gruesos como piedras. El tipo sacó un paño negruzco de algún lugar de la túnica y empezó a limpiar la hoja. Entreví el puño de un arma más grande que colgaba de su cinturón. Una espada, sin duda.
El hombre me miró y dijo una sola palabra en kalendano, con un acento bronco, exótico y norteño:
—Largo.
Le miré, sin comprender. Alzó el labio superior y arrugó la nariz, en una mueca agresiva, sin dejar de mirarme con aquellos ojos acerados.
—Fuera —dijo—. Ahora, esta mesa es mía.
—¡Skarrion! —oí que alguien gritaba.
Era una mujer, una de las furcias semidesnudas de la taberna, joven y bonita, con la cabellera larga y pelirroja. Se abrió paso por entre las mesas y llegó a la nuestra. Vestía una túnica escandalosamente corta, que dejaba casi todo el muslo al descubierto. Además, le habían hecho un corte en los lados de la túnica y los costados estaban abiertos desde la cintura a la axila, mostrando a cada paso que daba la mitad de un pecho. Su aspecto me turbó y fascinó. La chica sonreía de oreja a oreja mientras miraba al recién llegado, pero su mueca de alegría se apagó cuando vio el cuchillo manchada, que el extraño no se había preocupado de ocultar.
—¿Cuándo llegaste, Skarrion? —le preguntó ella.
El hombre la escrutó de arriba a abajo, muy serio, aunque sus ojos azules estaban llenos de lujuria mientras la desnudaba con la mirada. Ella respiró más fuerte y noté que sonreía con descaro y placer. Sentí una punzada de celos, de envidia salvaje. Quise ser como aquel tipo que podía despertar el deseo de una mujer tan hermosa. Sin esperar a que la invitaran, la chica se sentó sobre las piernas del gigantón rubio, dobló sus magníficas piernas una sobre la otra y enroscó sus brazos alrededor del cuello de toro. Él dejó aparte el cuchillo y el paño y le pasó los brazos en torno a la cintura, ciñéndola con fuerza. Cuchichearon durante varios mirnas, sin reparar en mi presencia, e intercambiaron un par de besos, mientras ella le acariciaba el pelo rubio. Al final, la muchacha se marchó de nuestro lado, aunque sospeché que habrían concertado una cita para más tarde.
Aquel gigantón agarró de nuevo el cuchillo y el paño y observó el acero. Separó un instante la mirada del arma y la clavó en mí.
—¿Por qué no te has ido aún? —me preguntó.
—Oí cómo te llamaba esa chica —le dije, con voz temblorosa—. ¿Eres Skarrion Gunthar, el shakark?
Su mirada cobró filo, recelosa. Tenía aún el cuchillo en la mano y durante un instante pensé que me lo iba a clavar. Estaba seguro de que en un lugar como este, tal asesinato no crearía mucha conmoción.
—Dana es una bocazas —masculló—. Y tú, mejor harías cerrando el pico y largándote cuanto antes. Entiendes, ¿verdad?
La pelirroja volvió en ese momento, portando una bandeja con un jarro de vino y un plato de carne estofada. Ella le dedicó una sonrisa antes de marcharse a sus quehaceres y él le guiñó uno de sus azules ojos.
—Desearía hacerte unas preguntas —dije. Al ver su expresión, me apresuré a explicarme—. Trabajo en la Escuela Real de Traductores y ocupo un cargo importante. Me ocupo, entre otros asuntos, de crónicas históricas y geográficas. Tu nombre ha aparecido en diferentes textos, se dice que eres un viajero famoso que incluso llegó a Lukumbia, en el Continente Sur. Si pudieras contarme acerca de todas esas cosas, me sería de gran utilidad en mis estudios. Podría incluso escribir un trabajo sobre ti. Aparecer en un libro te haría ganar fama imperecedera.
Dio un mordisco al taco de cerdo asado y se echó un trago al coleto. Sonrió de manera irónica.
—He conocido a muchos personajes famosos, a gente célebre y honorable, a prohombres ante quienes las gentes se arrodillaban. Algunos estaban tan podridos de vanidad que se volvieron locos. Otros apenas podían dar un paso sin que le asaltaran sus seguidores. Ya antes me han importunado sobre mis viajes y les mandé a paseo.
—¿No deseas la fama?
—La fama no hace mejores a los hombres. Quien la busca se convierte por último en esclavo de ella. Y por mucho que hagan o digan, al final todos sangran y mueren y son olvidados.
—Aún así, déjame preguntarte un par de cosas.
—No. Voy a comer y beber tranquilo, así que largo de mi mesa.
—Te recompensaré. Tengo dinero.
Detuvo la jarra a mitad de camino y me echó una larga mirada. Se tomó de un trago el resto del vino, apartó la capa de la mesa, cogió mi cerveza y también la engulló. Sonrió de oreja a oreja, como un gran gato satisfecho.
—Pagarás la comida y la bebida, aparte del dinero que sirva para comprar mi información.
—Está bien. Por favor, cuéntame algo de tu vida, de tus experiencias. De los países y las gentes que has conocido.
Asintió, pensativo. Me concentré, pues tendría que retener dentro de mi cabeza la mayor parte de datos que aquel hombre me iba a dar. Manejándolos, podría escribir una excelente crónica geográfica e histórica, pues se rumoreaba que el célebre Skarrion Gunthar de Shakark había intervenido en hechos políticos que incluso decidieron el destino de las naciones.
—¿Por dónde empezarás? —le pregunté.
—Por el principio.
Me contó que había nacido, hacía más de treinta y cinco inviernos, en el helado Shakark, un país bárbaro del que apenas se tenía conocimiento en los países civilizados del Sur. Es una patria dura, de altas cordilleras y desiertos blancos, en cuyos mares flotan montañas de hielo. Las gentes de este país son pobres y están curtidas por las dificultades. Les cuesta arrancar el sustento a la tierra y muchos de ellos se dedican a la piratería contra sus vecinos del Sur, bien para conseguir comida o simplemente para dar rienda suelta al instinto del ladrón que todos los shakarks llevan dentro. Skarrion me contó que él era el hijo de uno de estos jarls de la costa, uno de esos capitanes piratas, y que, ya desde pequeño, viajaba en una serpiente del mar —así llamaban a sus veloces embarcaciones—, en busca de barcos o poblados costeros donde hacer rapiña. Comprendí que este hombre de ojos azules se había criado entre espadas y ladrones. La sangre y la maldad, la audacia y las muertes violentas, todo lo que a mí me espantaba, era para él tan natural como el aire que respirábamos.
No permaneció mucho tiempo en su país. A diferencia de sus amigos y hermanos, deseaba ver mundo. Le había picado la fiebre del viajero cuyas pupilas siempre están hambrientas de nuevos colores, culturas, peligros y lejanías.
Se marchó de Shakark cuando aún no tenía dieciséis años y pasó algún tiempo en Noctumbria, un país a caballo entre la barbarie de sus selvas oscuras del Norte, y la precaria civilización de las ciudades del Sur. Los noctumbrios son salvajes sin domeñar en el peor de los casos, y en el mejor intentan adaptarse a los modos educados del Este. Pero la barbarie aún persiste en el fondo de sus almas, en sus florestas y montañas, en sus ídolos de piedra, ante los que los sacerdotes sacrifican vírgenes y niños. En Noctumbria fue cazador, dentro de los montes más norteños. Allí tuvo varias escaramuzas con los urtzs, un pueblo de semihombres que defienden con celo sus espesuras. Después, dio sus primeros pasos en la carrera de las armas por el sencillo paso de enrolarse en una compañía de mercenarios, de las muchas que en aquellos tiempos turbulentos luchaban para uno u otro señor feudal noctumbrios. Tuvo un papel destacado en la guerra de unificación de territorios que libró uno de los más fuertes caudillos, Seonar V, quien llegó a convertirse en rey de todo el país. Skarrion llevó a cabo varios cometidos de importancia para este hombre, incluida la liberación de su hijo, secuestrado por los sacerdotes de Damay, el Dios del Mal, que controlaban todo el Norte del país y que fueron expulsados a sangre y fuego por Seonar, como rezan las crónicas históricas sobre la brumosa Noctumbria. No se explayó mucho en este tema. En sus ojos leí que había conocido demasiado horror durante tal aventura. No obstante, por sus méritos fue ascendido incluso a general del ejército noctumbrio.

Relato Fantástico - La Noche que Conocí a Skarrion Gunthar Pero deseaba seguir viendo mundo, así que se marchó hacia el Este, a Dollbrakk, otro país medio bárbaro, cubierto por espesos bosques. Allí dentro se empleó también como mercenario y, movido por la necesidad o tal vez la diversión, formó parte de las bandas de malhechores que asolaban los caminos entre las arboledas.
Tal vez debido a sus roces con la justicia dollbrakkia, o también por su afán de nuevos horizontes, siguió camino hacia el Este, a Rashenka y después a las grandes praderas de Araria, donde pasó varios años junto a los bandidos de las estepas, atacando las caravanas entre las ciudades civilizadas occidentales y el exótico imperio de Uan. No me dio muchas explicaciones al respecto, pero dejó esta vida nómada para volver a Rashenka, donde, cosa rara, contrajo matrimonio y disfrutó de los sencillos placeres de la vida sedentaria en una granja. No duró mucho su felicidad, pues sus antiguos compañeros de bandidaje arario volvieron en su busca y mataron a su esposa. Skarrion tomó las armas de nuevo, vengó aquel ultraje y retornó a la sangre y las penurias que creía haber dejado atrás. El destino parecía empeñado en lanzarle de nuevo por la senda de la guerra.
Pasó muchos años en las naciones civilizadas del continente Norte, en Arrit, Teryaba, Tirán y también en Kalenda. Durante aquellos tiempos turbulentos no faltaba trabajo para un mercenario de brazo fuerte y Skarrion peleó en los diferentes conflictos entre baronías, regiones e incluso países. También fue mensajero de guerra, teniendo que atravesar tierras devastadas por el combate. Incluso se convirtió durante un tiempo en espía y agente en la sombra. A pesar de su brutalidad, Skarrion Gunthar podía mostrarse astuto y sigiloso, y empezaba a moverse como pez en el agua en la corriente tortuosa de los cuchillos ocultos y las intrigas de palacio.
Se fue de nuevo al Este, a Crantia, un auténtico pedregal habitado por pueblos salvajes. Hubo de abrirse paso entre ellos a golpes de audacia e inteligencia y llegó a Paish, la patria del Profeta Paisharem y sus fanáticos adoradores. Estas gentes de tez cetrina, vestidos con ropajes amplios y cubiertos con turbantes, predicaban la Guerra Santa contra los infieles y pocos extranjeros salían vivos de sus dominios desérticos. Pero donde hay guerra siempre se necesitan mercenarios, así que Skarrion no permaneció ocioso tampoco allí. Y no sólo tuvo que luchar sobre tierra, sino también en el mar, pues primero formó parte de las flotillas que perseguían a los piratas del Mar Medio, para después unirse a estos bandidos de las olas, quizás no muy distintos en el fondo a sus compatriotas shakarks. En el Mar Medio también conoció el azote del látigo y el mordisco del grillete cuando fue esclavizado, vendido y por último encadenado al remo de una galera. Sin embargo, consiguió huir antes de que su espíritu se quebrara de una vez por todas.
Siguió a través de las tierras donde se rendía culto a Paisharem, aunque esta vez hacia el Oeste, a la más civilizada Imyaria. En los oasis entre los desiertos topó con Zuadar El Magnífico. Hoy conocemos, por las noticias que nos traen los mercaderes del lejano Sur, que este caudillo del desierto y sus temibles Guerreros sin Rostro libran una guerra santa contra las naciones de Imyaria, Abhli, Razhull y Paish, a las que incluso tienen en jaque. Pero cuando Skarrion conoció a Zuadar, su imperio del desierto aún no había echado a rodar y el líder llegó a intercambiar golpes de espada con el aventurero shakark. No quedaron como amigos, pero tampoco como rivales, y pese a todo Skarrion logró salir con bien de aquel episodio.
Siguió camino hacia el Sur, pues había decidido llegar a Lukumbia, el extremo remoto del Continente Meridional, La Tierra de los Diamantes, El Paraíso sobre la Tierra. La meta última de todos los aventureros.
En su periplo se internó en Ishanki, conglomerado de naciones y pueblos de hombres de piel aún más oscura que la de los adoradores de Paisharem. Skarrion se adaptó a estas gentes de raza negra y, una vez más, se involucró en sus guerras e intrigas políticas. De especial relevancia fue su papel en el nebuloso y distante Imperio de los Unzas. Skarrion actuó como agente de esta potencia, ayudándoles a recuperar un objeto capaz de decidir el destino de reyes y emperadores, una maza sagrada forjada por el primer emperador unza a partir del metal de una estrella caída.
Tras atravesar las selvas y llanuras ishankitas y luchar en sus guerras empuñando la azagaya y el escudo, Skarrion prosiguió viaje hacia Lukumbia. Atravesó las Tierras del Silencio, el gran desierto al Sur de las naciones negras, y penetró en Los Colmillos de Dios, una cordillera laberíntica que pocos hombres habían hollado. Allí dentro conoció una ciudad perdida en el seno un valle frondoso, fundada siglos atrás por viajeros procedentes de Teryaba. En aquel lugar arcaico todavía se conservaban las costumbres y armas de antaño, y su rey mantenía una paz precaria con el pueblo de guerreros simiescos que poblaban las cuevas de los barrancos y las cañadas. También había una raza de demonios subterráneos, cuyas ciudades terroríficas yacían hundidas en lo más hondo de la roca. Skarrion tuvo que hollarlas para salir con vida de la red de túneles subterráneos bajo la cordillera. El inquieto shakark jugó un destacado papel en la lucha entre estos tres pueblos, como si el destino le obligara a ser una pieza clave en los juegos de poder de cuanto gobernante hallara en su camino. Por sus miradas huidizas, comprendí que en el interior de Los Colmillos de Dios Skarrion se las había visto con un horror sobre el cual prefería no explayarse.
Llegó por fin a Lukumbia, encontrando un auténtico paraíso de selvas, montañas y diamantes. Pero también estaba llena de peligros, como los saurios gigantes, el legado de una época prehistórica que se negaba a desaparecer de una vez por todas. Los lukumbios estaban dominados por un pueblo cruel e impetuoso, sustentado en el poder de sus Guerreros de Ébano, hombres que cabalgaban no sobre caballos, sino sobre dragones y reptiles que caminaban a dos o cuatro patas, que podían correr, saltar, nadar e incluso volar. Los Guerreros de Ébano usaron al shakark como presa en sus cacerías de hombres y después le llevaron a la capital de su imperio, una ciudad erigida en el centro de un gran lago plagado de fieras acuáticas, una urbe piramidal, cuyos estratos sociales correspondían con los diferentes pisos de su estructura física. El shakark se vio envuelto en las luchas entre los poderosos, apoyando a una y otra facción y apostando hasta la última onza de su astucia para no acabar destruido durante el juego.
. Pero también salió con bien de esta aventura. Se embarcó junto a un puñado de navegantes lukumbios, en un viaje imposible a través de los mares tormentosos que bordeaban el Continente Sur. Sufrieron penalidades sin cuento. soportaron la embestida de las galernas y visitaron islas que no aparecían en los mapas, donde florecían culturas tan exóticas que me parecieron del todo increíbles. Llegó hasta la exótica isla de Zeihn, patria de tigres y guerreros de tez oscura y aceitosa, y ojos negros e inyectados en sangre. Un lugar de cultos misteriosos y de santones y místicos que se atravesaban con agujas la piel para demostrar su desapego por el mundo físico. En Zeihn se vio involucrado en la lucha de la monarquía contra el monstruoso culto de Yava-Sura, el Dios de la Muerte, cuyos acólitos asesinaban tanto al humilde como al poderoso, sólo por satisfacer el hambre de almas de su divinidad.
Navegando hacia el Norte, pisó las tierras de Ataru, La Isla del Sol Naciente, dividida en estados feudales cuyos señores se hacían la guerra unos a otros, empleando guerreros aristocráticos sometidos a un estricto código de honor. Skarrion no desentonó entre ellos y se empleó como mercenario y espía en sus inacabables conflictos.
Por fin alcanzó Uan, el vastísimo imperio de gentes de piel amarillenta y ojos rasgados, donde se fabrica la misteriosa seda que nosotros los occidentales compramos a precio de oro. De nuevo la desventura le llevó a involucrarse en las luchas de poder entre los Siete Emperadores. Como mercenario ganó riquezas y gloria, pero después el engaño y la traición le llevó a perderlo todo y a salir de Uan con sigilo y rapidez, pues sobre su cabeza pendían varias órdenes de busca y captura. Ya había experimentado en otras ocasiones el tortuoso y temible roce de la magia y volvió a sentirlo en Uan, tierra de brujos y nigromantes.
Abandonó el extremo Oriente y se vio envuelto en una serie de aventuras que le llevaron hasta el extenso y helado país de Tundra, una tierra ignota de la que poco se conoce. En sus blancos desiertos trabó contacto con sus poblaciones de salvajes atrasados, que vivían en casas fabricadas con hielo y vivían de la pesca y la caza del oso plateado, el bisonte y el mamut. Participó en los conflictos de estas gentes de vida miserable y carácter fiero y orgulloso, entre las cuales trabó grandes amistades y aversiones. Su viaje le llevó hasta el extremo del mundo, a las extensas superficies polares, en las cuales descubrió una civilización de gigantes azulados que vivían en ciudades de cristal.
Pero el Sol del Sur le reclamaba, así que se encaminó a los reinos civilizados. En ellos vivió algunas aventuras más, hasta volver a pisar las calles de Kalenda, después de tantos años.
—Y aquí me tienes, en esta sucia taberna, contándole mis penas a un escriba de cabeza rapada —concluyó.
Tomó un trago de la jarra de vino, la decimosexta que se había metido entre pecho y espalda. Le había dejado hablar durante más de dos clepsidras, narrándome su azarosa existencia. El tiempo había pasado tan rápido que me pareció haber parpadeado sólo una vez desde que aquel gigantón rubio se sentó al otro lado de esta mesa. Yo no había bebido nada, mas él había gastado casi todo mi dinero en sus consumiciones. Pero no me arrepentía. Mis ojos brillaban de interés mientras le escuchaba. No me había comentado mucho acerca de su trato con las mujeres, pero por la manera como le había visto actuar con la fantástica moza pelirroja, me daba la impresión de que en ese aspecto era tan ávido como en los demás. A pesar de su fortaleza física, captaba en él una inteligencia sutil y astuta. Sus ojos eran curiosos e inquisitivos, a diferencia de los de los matones envanecidos por su superioridad física. No se parecía tampoco a la mayoría de los soldados, que aceptan cuanto se les dice sin hacerse preguntas al respecto. Sospeché que Skarrion Gunthar era de esos hombres que todo lo cuestionan. No se adscribía a ninguna ideología o credo político porque sabía que tras ellos sólo hay hombres con virtudes y defectos, no verdades absolutas. Estaba seguro de que pondría en duda cualquier gobierno y que a la larga se sentiría constreñido y a disgusto en todos, incluido el más bondadoso. Quizás fuera esa incapacidad de adaptarse a las sociedades humanas más complejas lo que le llevaba a buscar entornos agrestes y duros, donde las relaciones humanas fueran más sencillas, rudas y expeditivas. De cualquier modo, no parecía un individuo dado a la introspección filosófica. Sabiendo que en la clepsidra o mañana siguiente se puede quedar recudido a cadáver, tirado a los pies de alguien más diestro con la espada, no parece mala estrategia disfrutar del presente. Poner las esperanzas en el porvenir es propio de las personas sedentarias y pacíficas, no de un lobo solitario y vagabundo como él, con el aliento de la muerte pegado a la nuca.
Se puso en pie y dio un golpe en la mesa con la palma de la mano, provocando una convulsión en la tabla y en mi cuerpo.
—Me voy —afirmó.
—Aún quedan muchas cosas que has de contarme —protesté—. Además, todavía conservo algo de dinero en la bolsa. Te prometo que te pagaré.
—Tus monedas no me convencen. Podría quitártelas aquí y ahora y nadie se inmiscuiría. —En su voz no hubo asomo de chanza. Me estremecí—. Pero no lo haré, porque ahora no estoy falto de cobre y además me caes bien, escriba de cabeza pelada. Pocas veces me han invitado a tanta bebida por contar cosas sin importancia.
—¿Sin importancia? Escribiré un tratado de geografía gracias a tus descripciones de países y pueblos. Ven conmigo a la Escuela de Traductores. Allí podrás revelarme más datos
—No. He de irme. Tengo que salir de Kalenda antes del alba.
—¿Acaso ya vas a volver a viajar, harto de esta urbe?
Me echó una mirada extraña, pero al final sonrió, de medio lado y sin alegría.
—Podría ser como tú dices. Constituiría una bonita explicación. Adiós, escriba. Te recomiendo que lleves cuidado. Este es un mal distrito para alguien como tú. No sé qué será peor: que te quedes aquí dentro o que salgas fuera. Pero tendrás que decidirte con rapidez. Hay muchos que se han fijado en ti y tienen la mano larga.
—Podrías acompañarme. No sé manejar las armas, ni pelear. Quizás me quiten el dinero y me asesinen.
—Eso deberías haberlo pensado antes de dejar tu bonito barrio y meterte en este nido de ratas. Vosotros creéis saberlo todo por tener la cabeza metida en libros y legajos, pero de la vida real nada conocéis. En cualquier caso, no es mi problema y además tengo prisa. Adiós, escriba.
Se puso la capa, dio la vuelta y se marchó de la taberna con paso rápido y decidido.
Yo seguía allí, en aquel salón que poco a poco iba vaciándose. Skarrion Gunthar había sido la presa que contuvo la riada de amigos del dinero ajeno. Ahora, sentía las miradas de reptil hambriento que me dirigían desde diferentes puntos de la sala. También entreveía manos que acariciaban los puños de los cuchillos y los mangos de las porras. Por supuesto, no había ningún soldado de la guardia de la ciudad en este antro de mala muerte, y los mozos del local parecían burlarse de mí con sus torvas sonrisas.
Me levanté y anduve hacia la salida, sintiendo agarrotadas las piernas por culpa del miedo. Las gentes me dejaban pasar, mirándome con burla.
Cuando salí al fresco de la noche tenía el cuerpo empapado de sudor y respiraba a jadeos. Eché a andar a través de las calles oscuras, mal empedradas y peor iluminadas. Un borracho tirado en el suelo me señaló con un dedo rancio y escuálido y se carcajeó, desorbitando los ojos. Casi me derrumbé de espanto cuando descubrí sombras difusas en un rincón. Parecían dos hombres que desvalijaban a un tercero, tumbado boca abajo, como ratas humanas mordiendo un pedazo gigantesco de pan. Eché a correr y las sombras siniestras se agitaron frenéticas en torno a mí. Me detuve en la confluencia de varias callejas, confundido. Una mujer gritaba en la distancia. Sus alaridos ascendieron por la escala del volumen y el pavor, hasta que de pronto desaparecieron y sólo quedó el silencio. Me asaltó un hedor repulsivo y casi tropecé con un perro muerto, hinchado de moscas y gusanos, cuyos ojos sin vida me miraban acusadores. Entré en un callejón de paredes húmedas, con manchones en las paredes, y de pronto me di casi de bruces con una verja alta, de barrotes herrumbrados. Más allá había un jardín reseco y una mansión tal vez señorial en el pasado, pero ahora decadente y abandonada.
Escuché los pasos y vi, a luz de un solitario farol, sombras que se alargaban y estiraban de manera fantasmal. Los dos hombres aparecieron ante mí. Eran un par de figuras tenebrosas y no podía ahondar en la oscuridad de sus rostros, pero el acero brilló al salir de sus fundas. Empuñando los cuchillos, sin decir un sola palabra, echaron a andar hacia mí. Aplasté la espalda contra la verja, loco de miedo. Ni siquiera podía hablar. El corazón tronaba en mi cabeza y los ojos luchaban por saltar desde mi cara. Supe que iba a morir.
—Deteneos —dijo alguien.
Los dos hombres así lo hicieron. Se volvieron hacia atrás. Había una nueva sombra bajo la luz huidiza del farol. Era un hombre alto y fornido, con la capa cerrada y echada por encima de la cabeza.
—¿Quién eres? —preguntó uno de mis verdugos.
La sombra bajó la capucha, dejando al descubierto su rostro. Caminó unos pasos, sólido y tranquilo, hasta meterse en el callejón. Se detuvo y echó un lado del manto por encima del hombro, dejando libre el brazo diestro. Tenía los pulgares metidos entre el cinto y la túnica y uno de los puños se aposentaba además, al desgaire, sobre el mango de la espada.
—Me conocéis, ¿verdad? —inquirió.
—Sabemos quién eres. Pero nosotros seguimos al escriba desde la taberna y llegamos antes que tú. Es nuestro.
—No.
—¿Acaso quieres la mitad del botín?
—No.
—¿Qué deseas, entonces?
—Que os vayáis.
—¿Y abandonar una presa tan suculenta? ¡Estás loco!
—No le voy a robar.
—¿Y por qué deseas salvarle?
—Porque me invitó a beber.
Uno de los ladrones lanzo una carcajada, pero el otro guardó silencio.
—¿Sólo por eso tendríamos que irnos de aquí? —inquirió.
—No. Os iréis para que mañana no encuentren vuestros sesos esparcidos sobre ese muro.
Señaló uno de los dos que componían el callejón. El que reía dejó de hacerlo. Miraron al hombre alto, inmóvil como una roca, que les contemplaba sin pestañear.
Los hombros de los dos individuos cayeron y se marcharon, sin decir palabra.
El hombre alto se acercó y me miró con sus ojos azules y enojados.
—Vámonos, escriba, antes de que me arrepienta por ser tan blando.
—¿Me acompañarás a mi casa, entonces?
—Te dejaré en tu lindo barrio y después volveré con los míos.
—¿No me contarás por el camino más cosas acerca de tus viajes?
Puso los puños en las caderas y bufó una mala sonrisa.
—Eres más testarudo que una mula. Está bien, ¿qué quieres saber?




Aún era noche cerrada cuando entramos en el Distrito de los Nobles. Allí todo estaba más limpio y el aire no olía a robo ni a asesinato. Sentí tal alegría que casi me eché a llorar.
—Me voy, escriba —dijo el hombre alto, arrojando miradas huidizas por los alrededores.
—Ha sido un honor conocerte, Skarrion Gunthar. Escribiré sobre ti y procuraré encumbrar tu nombre, darte fama y lustre, glosar tus viajes y aventuras.
Se echó a reír y me dio una fuerte palmada en un hombro.
—No harás nada de eso, pequeño escriba. Mañana te habrás olvidado de mí y halagarás en tus escritos a los barones y los reyes, o bien escribirás sobre esos héroes plateados que tanto le gustan a la gente común, y no sobre truhanes y soldados de fortuna.
—Te equivocas. Te haré famoso. Las masas te amarán gracias a mis escritos.
Sonrió de nuevo, meneando la cabeza con escepticismo.
—Te daré un último consejo. No vuelvas a visitar los barrios bajos y no invites a beber a sus habitantes. No todos son tan necios como yo.
Se volvió con alarma hacia una esquina de la calle. De allí provenía el rumor de pasos de los soldados que hacían la ronda nocturna. Comprendí que no se llevaba bien con la Justicia kalendana.
—He de irme de esta ciudad con el alba, pero aún me quedan unas pocas clepsidras antes de marcharme y pienso pasarlas devorando a cierta belleza pelirroja. Adiós, pequeño escriba.
Me guiñó uno de sus ojos acerados, subió la capucha y se fue. Mi última visión de Skarrion Gunthar de Shakark fue una capa perdiéndose en las sombras de la noche.
Cuando llegué a mi celda me derrumbé, con la mente llena de ideas sobre las aventuras que me había contado. Yo las redactaría en un libro superior a todos los poemas épicos que se habían hecho hasta la fecha.
Al despertar la resaca me machacaba la cabeza, pero me apresuré para satisfacer mis deberes cotidianos. En el salón, mientras desayunaba, sólo se hablaba de un tema.
—¿Lo oisteis? —exclamó uno de mis compañeros—. Ayer mataron al hijo del gobernador.
—¿Cómo fue? —inquirió otro—. ¿Dónde?
—No se sabe a ciencia cierta. He oído que ocurrió en las Ruinas de Bronco, aunque otros aseguran que fue en la Vía de Groma V. Le acuchillaron unos ladrones, liderados por un bárbaro alto y rubio, y le dejaron tirado en el polvo.
—Esa es la versión oficial —comentó alguien, entre susurros—. Hay rumores acerca de un duelo de honor. Según dicen, un capitán de mercenarios, ese mismo bárbaro rubio del que no recuerdo el nombre, fue agraviado de palabra por el hijo del gobernador. Hubo una trifulca y los dos se citaron para batirse con las espadas. El hijo del gobernador murió y su contendiente tuvo que huir para que no le cogieran.
—Sea como fuere, le buscan por toda la ciudad. Incluso han ofrecido una recompensa por su cabeza.
Me levanté.
—Disculpadme. He de hablar con el Jefe de Escribas de la Escuela.
Me miraron con asombro. Pero yo ya estaba lejos, dispuesto a dar parte, como buen ciudadano que era, sobre el paradero de Skarrion Gunthar, sin duda el asesino del hijo del gobernador.
Pero a mitad de camino me detuve. El shakark era un criminal buscado por la Corona, pero me salvó la vida. No sólo eso. Me había abierto los ojos ante un mundo de pasiones y peligros al cual yo nunca podría acceder. Además, ya se encontraría lejos de Kalenda, galopando sobre un caballo, en busca de nuevos horizontes. No pude denunciarle. Simplemente, no pude.
Volví al salón, caminando despacio, y comí sin ganas el resto de mi desayuno.





Ahora, viejo y cansado, mientras me frotaba las rodillas doloridas por culpa de la subida hasta esta sala de escribanías, volvía a acordarme de ese fugaz encuentro con Skarrion Gunthar de Shakark.
Él llevaba razón. Nunca escribí una sola palabra sobre su persona. Me ocupé de asuntos más importantes. Siempre había crónicas reales y asuntos políticos que transcribir, así como documentos históricos que repasar, para satisfacer al poder de turno, y lo fui dejando para más tarde, hasta que abandoné de manera definitiva el proyecto. Nadie querría conocer acerca de un vagabundo sin una moneda en el bolsillo. Héroes como ese no interesan al vulgo.
Pero intenté seguir sus pasos, preguntando a los mercaderes y viajeros que llegaban a la boyante Kalenda. Conocí que se había visto a un tal Skarrion pocos años después de nuestro encuentro, en la Ruta de la Seda hacia Uan, dirigiendo un destacamento de soldados del Imperio de Oriente, en liza contra los saqueadores ararios. También se había hablado de él, entremezclado en la última guerra entre Teryaba y Tirán. Había quien lo había visto en un mercado de esclavos de Paish, vestido con ropas amplias y turbante, el guardaespaldas de un señor de la guerra local. Hace unos diez años oí que había muerto cuando los zeihnios invadieron Paish, durante la conquista de una fortaleza del desierto. Mas otro hombre me reveló que un monstruo marino del Mar Medio había devorado una nave capitaneada por un gigante rubio. En otra ocasion se me aseguró que colgaron a un shakark llamado Skarrion en una ciudad de Dollbrakk, por pillaje y asesinato. Pero después, un viajero aseguró haberle visto de lejos, sobre la cima de un monte, como líder de una horda de salvajes crantianos a los que su caravana hubo de pagar tributo para no ser atacada.
Estaba dando palos de ciego porque todos esos rumores no podían ser confirmados. Eran sólo jirones de información entre la niebla, como si Skarrion Gunthar fuera un fantasma que apareciera y desapareciera allá y aquí, sin que ni siquiera pudiera demostrarse su existencia física.
Empecé a dejar de interesarme en él, para ocuparme de asuntos más provechosos. Medré en la carrera de escribas y gané fama y posición, siempre a la sombra del poder. Dentro de mi campo de trabajo, tuve una vida plagada de rangos y satisfacciones.
Sin embargo, en una o dos ocasiones me vi asaltado por el recuerdo de Skarrion Gunthar, y por una duda que me corroía el alma. Al pensar en él, temí que el saber supremo, no estuviera en todos los libros que reposaban en nuestra Escuela. Tal vez toda la palabra impresa fuera un intento inútil por acercarse a la verdad. Quizás la tinta y la pluma fuesen una ridiculez, comparada con la verdad intensa, horrible y majestuosa de los sucesos y experiencias, de los hechos, de la sangre, el sudor y el esfuerzo, la risa estruendosa de los vencedores, el llanto amargo de los caídos, los cascos de un caballo volando sobre la hierba, el brillo de los aceros, la piel de una mujer enamorada, una proa que corta veloz las aguas, el fuego de la hoguera bajo la noche infinita de las llanuras o un sol que nace por entre picos nevados. Tal vez la gente como yo no éramos tan sabios como creíamos, sino unos necios que no sabían nada del poder amoral y avasallador de la vida, en toda su crudeza y nitidez, y nos esforzábamos por retener y plasmar en tinta lo que era inasible. Sí, quién sabe si los ignorantes no seríamos nosotros y si los poseedores del conocimiento trascendental de la vida no serían los tipos como Skarrion Gunthar de Shakark.
Pero enseguida me quitaba esas tonterías de la cabeza. Yo era el Escriba Mayor de la Escuela de Traductores de Kalenda, La Magnífica y no podía dudar de mi superioridad intelectual y moral sobre el resto de los hombres.
No obstante, cuando me preguntaba cuál era mi recuerdo más crudo y vivo, el más nítido e hipnótico, no se me aparecían las ceremonias ni los actos en mi honor, ni las escenas esplendorosas de nuestra civilización suprema, sino la imagen de un puño cerrado sobre un cuchillo salpicado de sangre, encima de una mesa sucia y grasienta que vi en cierta taberna de mala reputación, la noche que conocí a Skarrion Gunthar de Shakark.

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Aurora Bitzine revista de fantasía y ciencia ficción a 1 de abril del 2006