CAMISETAS AURORA Aurora Bitzine
Relato de Terror: Corazones en Pedazos (II)
Consiguió dejar de pensar, consiguió apenas por
un instante besarla sin ser más que su propio beso
Julio Cortazar, Rayuela
Por Jesús Cañadas

Relato de Terror - Corazones en Pedazos (II) Puede que aquí encuentres lo que deseas.

Me pregunto qué sucederá esta noche. Me he pasado todo el día en la habitación del hotel, sentado en la cama, observando la llave. Me resisto a tocarla, sobre todo después de leer lo que le hizo a Ricardo.
Es de oro, no cabe duda. No está chapada ni esmaltada. Ni hablar. Tiene el peso y el lustre de adecuados. Además de eso otro. Esa cualidad táctil, quizá, o más profunda. Da al sostenerla la seguridad de que no es una baratija.
¿Qué es, pues? ¿Puedo creer todo el alucinógeno proceso que Ricardo afirma haber atravesado para llegar hasta ella? Ahora sí, sin duda. ¿Puedes creerlo tú? No tanto.
Demonios. Ansío contarte todo lo que sucedió cuando llegué a casa de Ricardo, pero me temo que aún no lo comprenderías. Estoy confuso. Dudo incluso que llegues a comprenderlo nunca. Está todo demasiado emborronado. Demasiado caótico. Pero creo que estoy cumpliendo ya mi misión dejándolo por escrito. No quiero distraerme de mi verdadero objetivo.

Estoy sin aliento. Me he tomado dos de mis píldoras para la tensión, acompañadas de un buen sorbo de whisky. No me importa el efecto que me hagan. Necesito calmarme. Espero que ponerlo todo por escrito me ayude.
Hace apenas dos horas fui a Le Zattere. Las tres de la mañana en mi reloj.. Como siempre, todo vuelve a suceder en mi mente al escribirlo en el papel. Anduve despacio por el laberinto de calles silenciosas hasta llegar allí. No me manejo bien en este tipo de ciudad. Venecia no es cuadrada. Sin embargo, los carteles indicativos me fueron de gran ayuda.
El frío de la noche me coloreaba las mejillas. Dejé escapar una vaharada de aliento blanco ante la visión de la Laguna. Es más impresionante cuando se contempla desde la orilla empedrada. Le Zattere es una avenida larga, uno de cuyos extremos da directamente al canal.. En el fondo se veían las algas acumuladas durante décadas. Bailaban una sencilla danza acuática con la marea. Desde donde estaba, podía ver la Giudecca. En un extremo de la isla, un gigante me contemplaba impertérrito. Dispuesto a devorarme. Era el Molino Stucky, una antigua fábrica de doce pisos, que está siendo remodelada para convertirla en hotel. Su arquitectura cuadrada, industrial, contrastaba con las demás casitas a su alrededor. Había focos que iluminaban el cartel de la construcción en la fachada, y que volvían aún más amenazante la sombra nocturna del coloso de piedra roja. Reconozco que al verlo sentí un hueco en el estómago. Las manos frías bajo los guantes.
—Buona sera—dijo entonces una voz a mi espalda, haciendo que mi corazón se contrajese.
Me giré. Frente a mí había un típico caballero veneciano. Debía de tener mi edad, por su atuendo. Iba envuelto en una anacrónica capa verde, y llevaba un sombrero negro de ala ancha, que le ocultaba el rostro. Una pintoresca pluma blanca estaba engarzada a un broche en su sombrero. Se había parado frente a mí. Extraño. Los venecianos suelen mirar a los extranjeros como poco más que una molesta plaga.
—Salve—saludé, con mi ridículo italiano, y me dispuse a seguir con mi escrutinio de general.
—Spagnolo, ¿eh?—afirmó más que preguntó. Tenía un acento extraño, como si tuviese problemas de dicción, o un aparato dental recién estrenado.
Volví a girarme, y se había acercado un poco más a mí. Había algo en su manera de andar… dúctil, como si se deslizase por una pista de hielo. Por los adoquines empapados. Seguía sin verle el rostro.
—Argentino— puntualicé, y retrocedí un paso, sin poder controlarme.
Se paró y observó el canal junto a mí.
—Bonita vista—para sorpresa mía, empezó a hablar en un español peculiar. Ponía mucho énfasis en las eses, pero las pronuncia como si sorbiese—. Lástima que usted no pueda disfrutarla.
—¿Disculpe?—pregunté.
Miró en mi dirección. Señaló al bolsillo de mi abrigo.
—Tiene usted algo que no le pertenece. Más valdría que me lo diese. De lo contrario las consecuencias serían… trágicas.
La llevaba allí, envuelta en un pañuelo, por precaución. Él se inclinó hacia mí y por primera vez le vi la cara. Una oleada de repulsión me sacudió. Me vino a la mente la imagen del Conde Orlock, salido de los sueños más vívidos de Murnau. Sentí que me mareaba. Tenía el rostro lampiño, alargado hasta la deformidad. Dos ojillos pequeños casi juntos me observaban como canicas encendidas, iluminadas por las farolas blancas. La boca era una arrugada línea irregular, un camino de pasas viejas hecho trizas. Por entre los labios, atravesando la carne rosada, insana, asomaban todo tipo de incisivos goteantes.
—No se alarme—me dijo—. No voy a hacerle daño. Ninguno de nosotros puede, mientras la lleve encima. Sólo le prevengo: esa llave no es para usted. Utilizarla en su provecho acarrearía consecuencias incómodas. Sería mejor que me la diese y se olvidase de lo que ha venido a buscar.
Volví a retroceder, cubriendo el bolsillo con una mano. De repente tuve la seguridad de que había muchos, miles de hombres-rata como él rodeándome. Se me desencajó el rostro del pavor y la aversión.
—No pienso abandonar a Ricardo—afirmé, la voz temblorosa pero decidida—. Dígame dónde está.
Se detuvo un momento, y se echó a reír. Una risotada cargada de desfachatez, ofensiva. Parecía más un ladrido o un gemido de dolor. Se arrebujó en su capa, y pude comprobar cómo caían cucarachas desde el interior, que corrían entre sus pies a ocultarse. Algunas trepaban hacia arriba, por donde salieron.
—No sea necio—me increpó—. No le conviene intentar engañarme, mucho menos engañarse a sí mismo. Usted no ha venido a buscar a Ricardo. No se preocupa por él más de lo que se preocupó todos estos años. Para usted Ricardo no es más que otra nota discordante en su sinfonía de la vida. Como Sofía.
Oír el nombre de mi mujer en labios de ese engendro me nubló la vista de ira. Di un paso al frente, pero él me detuvo con un gesto. Con un solo gesto.
—Eso no es cierto—protesté, muerto de miedo.
Continuó como si no me hubiese oído.
—Ricardo es una ligera culpa que zumba detrás de su oído, nada más. Por eso no luchó a brazo partido para hacerle recuperar su vida cuando él se hundía.
—Váyase al diablo—podrían haber sido mis últimas palabras. Fui apenas consciente de ello.
—Sofía fue un cómodo apéndice para usted, dottore Lambretti. No la quiso más de lo que podía querer a una de sus extremidades. Usted no ama a su brazo porque sabe que su brazo forma parte de usted, surgiendo de su hombro. No es más que una parte funcional. Usted echa de menos a su esposa en la medida en que un tullido extraña la extremidad que le falta.
Avanzó en mi dirección, y su olor a alcantarilla sellada me quitó la respiración. Sólo pude sacudir la cabeza, intentando negar sus horribles palabras.
—Ese es su verdadero motivo. Quiere usted recuperar ese brazo perdido. Ha leído lo que Ricardo encontró, y quiere lo mismo para usted. Quiere recuperar el pasado, y disfraza este deseo con la hueca máscara del altruismo. Pero a usted Ricardo le da igual.
Volví a dar un paso atrás, más cerca del canal. Todas las historias sobre la infecciosa agua de los canales de Venecia aletearon en mis oídos. Si caigo, me dije, si me empuja, acabaré en un hospital. O muerto, a mi edad.
—O quizá no, no le da igual. Pero le importa mucho menos que usted mismo.
Otro paso más. Él continuaba su discurso infernal. Sus palabras se me clavaban como dardos ardiendo. Seguir escuchando a ese demonio o caer a una muerte probable en el canal.
—Ha aceptado una elección que nunca se le planteó a usted—un paso—. No puede hacerlo otro. No funciona así—otro más—. No fue a usted a quien se le ofreció. Una llave por una vida. La vida ya ha sido cobrada. La llave debe ser devuelta.
Estaba al borde del canal. Extendió la mano.
—Vamos, démela. Si la utiliza, no se llevará su propio vial. No recuperará a Sofía.
Se convulsionó algo en mi interior.
—¡No pronuncie su nombre!—grité, y me lancé con todas mis fuerzas de anciano contra él.
Su ropa cedió ante mi contacto. Cayó al suelo como un maniquí, y entonces me encontré en mitad de la calle, con una capa vacía y un sombrero en el suelo. Por debajo de las prendas se escurrían cucarachas negras, gordas como dedos de carnicero. Se me erizó el vello cuando una voz crujiente y rasposa salió del montón de insectos.
—Recibirá dos advertencias más, dottore. Aprovéchelas.

Eso ha sucedido apenas hace dos horas. He vuelto corriendo al hotel, temiendo perderme entre los confusos callejones. Me encuentro solo. Estoy solo en mitad de una ciudad que de pronto se ha vuelto hostil. En cuanto he entrado en la habitación, me he dejado caer en el suelo, jadeando. Siento como si aún estuviese bajo la mirada del gigante de la Giudecca, el resplandor de las farolas, y mis propios miedos concentrados.
Lo he escrito todo aquí, sólo para darme cuenta de que la insidiosa criatura no mentía.


Ricardo recuperó la conciencia en el gélido suelo. La cara aplastada contra el frío mármol. Se levantó, aturdido. Estaba en los escalones de Santa María della Salute, la iglesia que forma uno de los extremos de la entrada al Canal Grande. Tenía la llave en la mano.
Las estatuas de santos y mártires, engarzadas en la fachada de la iglesia como gárgolas, presentaban extrañas y ominosas siluetas en la noche. Frente a él, al otro lado del canal, la Plaza de San Marcos parecía vacía. El carnaval se debía haber trasladado a la parte antigua de la ciudad.
¿Y ahora qué? Se preguntó. Su hotel estaba cerca de San Marcos, podía esperar a que llegase un vaporetto que le hiciese atravesar el canal, e irse a dormir. Había vivido demasiadas cosas por una noche…
Un pinchazo en la mano derecha le sacó de sus cavilaciones. Se contempló la palma abierta, fascinado y atemorizado a partes iguales. La llave se había… adherido, de algún modo, a su carne. Se pegaba a ella y sentía la presión de innumerables dientes como patas de cangrejo sobre la piel. Intentó dejarla caer, y no pudo. La mordedura de los dientes aumentó. Soltó un grito, que reverberó en la plaza vacía de la iglesia.
Ocurrió algo más fantástico aún. La llave empezó a tirar de él. Se movía en su mano, un movimiento levísimo, apenas perceptible. Cayeron gotas de sangre al suelo. Creció. Estaba cimbreando, arrastrándose sobre su carne, como si…
Como si señalase en una dirección.
—Ni hablar—se dijo Ricardo, llevado hasta el extremo de la incredulidad—. Esto no está pasan…
Volvió a sufrir otro pinchazo, más agudo. Chilló de nuevo. Maldita fuera aquella pesadilla. Una llave que quería llevarle a alguna parte. Era ridículo. Pero estaba sucediendo. Además, ¿a dónde pretendía llevarle aquella cosa?
A su cerradura.
De nuevo, la idea se había colado como una burbuja entre el hilo de sus pensamientos. Estaba harto de aquello, pero estaba claro que no había terminado. Había hecho una elección, cualesquiera que fuesen las consecuencias. Lo peor era que él nunca había pedido hacerla.
No. Eso no era cierto. Sí había pedido hacerla. Llevaba años pidiendo recuperar el pasado, desde el día siguiente a que Laura se fuese. Desde antes, incluso. Había querido recuperar el pasado con Laura mientras aún estaba con ella, cuando el presente no fue suficiente para él, deslustrado por la bruma del día a día. Sí, llevaba tiempo queriendo recuperar lo que tuvo. Si para eso tenía que sumergirse en la pesadilla conjunta de Buñuel y Dalí, era un precio que estaba dispuesto a pagar. Dejarse morder por un incomprensible objeto animado era sólo un paso más en la corriente de acontecimientos que le estaba arrastrando. No tenía más que dejarse llevar.
No quiso ni siquiera pensar en qué podía esperarle adelante. La dejó guiarle por las calles menos conocidas. Faroles lánguidos y ventanas cerradas les veían pasar, mudos testigos de la estrambótica estampa. Un hombre maduro corre por Venecia, tambaleándose de sueño, hambre y reminiscencias de alcohol, llevando un brazo en alto, sosteniendo una llave que casi refulge ante la luz turbia y mortecina. Recordó entonces que había más “invitados” en aquella fiesta maldita. Quién sabe qué otras situaciones así se repetirían esa noche.

Relato de Terror - Corazones en Pedazos (II) Emergió a Le Zattere por un lugar que no conocía. Tuvo que atravesar un par de puentes de siniestro aspecto en aquella siniestra noche. Para cuando llegó al final, corría. Corría como si le persiguieran.
La llave dejó de morderle en el extremo occidental de la avenida. Desde allí podía contemplar la Giudecca. Una parte, al menos. Parecía una postal, la efigie del clásico pueblo pequeño de pescadores, al pie del mar. Sólo el hotel rompía el equilibrio de la imagen. No era muy alto, apenas diez o doce pisos, pero por comparación con el resto de las casas, parecía un Gulliver de piedra rojiza que se resistiese a ser arrastrado por un enjambre de enajenados liliputienses.
De pronto, sin que pudiese controlarlo, el brazo se le estiró. La punta de la llave señaló al hotel.
—Debes estar de broma—dijo Ricardo.
Casi como respuesta, sucedieron dos cosas al mismo tiempo. Primero, la llave se desprendió de su mano. Cayó al suelo, tintineando como una campanilla. Una campanilla con colmillos.
Acto seguido, por entre la oscuridad del canal surgió una voluminosa figura. Un vaporetto se acercaba a la parada, no lejos de donde él se encontraba. No había oído el ruido del motor. Como si hubiese caído del cielo. Como si le hubiesen llamado.
—Por Dios, que termine ya esto.—se quejó, cansado. Salió corriendo hacia la parada, y tuvo que volverse a coger la llave.
Llegó hecho una exhalación, cuando el vaporetto ya se disponía a partir. No había nadie en su alargada cabina de pasajeros. El piloto, envuelto en sombras en su propio habitáculo, no le dedicó ni una mirada. Sólo la brasa de un cigarrillo se iluminó un segundo, y volvió a apagarse. Experimentó una ligera sensación de dejá vu, que descartó al instante.
Se bajó de la nave al otro lado del canal. Ésta volvió a perderse en la oscuridad.
Unos quinientos metros adelante, el hotel en construcción descansaba como el esqueleto fosilizado de un dragón. Hacia allá se encaminó Ricardo, llave en mano.
El camino hasta allí fue el más solitario que recorriese jamás. Al llegar a la base, comprobó que aún quedaba mucho para el día en que se terminase el trabajo de reconstrucción. Se veían los amasijos de cables y maquinarias por entre las ventanas descubiertas. Tablones y andamios recorrían la cara este, y una multitud de grúas y poleas colgaban como barbas de ballena de su parte superior. Había una valla de seguridad que circundaba todo el recinto. Enganchadas a lo largo, lámparas halógenas daban el aspecto de luminarias y luciérnagas en un entorno fantasmagórico. Ricardo se sintió como un gusano entrando en un cadáver.
Saltó la valla con no poca dificultad. El interior lo conformaba un pasillo largo y estrecho, bordeado de la misma valla y de los tubos de acero y tablones de los andamios, que discurrían por encima de su cabeza.
Comenzó a andar. Se paralizó casi al instante. Una cámara de seguridad, puesta allí quizá para tipos como él, le disparaba con su acusador piloto de luz roja. Pensó en dar media vuelta, pero tampoco tenía sentido. Ya había sido visto, poco importaba si volvía o continuaba. Saludó con un apunte de ironía, y continuó.
Casi esperaba encontrarse con algo así. Había un guardia de seguridad, en una improvisada garita plantada en mitad del camino. El pobre hombre dormitaba frente a los monitores. Un hilillo de baba bien visible le caía hasta la insignia de la empresa. Experimentó una lejana y amortiguada compasión por él antes de introducirse en las entrañas del edificio. Destelló en su mente la idea de que aquel lugar seguía estando en ruinas. Techos que se desprenden. Suelos que ceden. Accidentes nocturnos.
Entró.
Oscuridad. Allí no había luna, ni estrellas, ni mecheros ni lámparas que iluminasen. No veía absolutamente nada. Podía estar al pie de un agujero de diez metros de profundidad, y no lo sabría.
—Genial—musitó.
Se ayudó con el resplandor de la pantalla del móvil. Apenas iluminaba nada, pero en aquella negrura era un foco bastante fiable. Al menos podía descubrir mesas de trabajo, herramientas tiradas por el suelo o vigas de esquinas afiladas y herrumbrosas. La vida es maravillosa, se dijo. Empezó a moverse por el lugar como si realmente tuviese algo que buscar, y los medios para encontrarlo.
Entonces lo vio. Fue un instante, un espasmo dentro del latido de un corazón enfermo. Pero bastó. Con el rabillo del ojo divisó sobre su cabeza algo que ya había visto. Un cigarrillo se encendió en algún punto de las sombras del piso superior. La sorpresa fue tal que se le cayó el móvil al suelo. La tapa se cerró, y volvió a encontrarse en la noche más negra.
Una voz reverberó en las alturas. Un dios fumador, bebedor y bromista.
—Bienvenido—anunció—. Estás en la Casa de los Corazones en Pedazos. Antes de que digas nada, déjame advertirte: puede que aquí encuentres lo que deseas.
Ricardo no pudo replicar. En ese momento, un olor muy real y muy concreto le asaltó. Laura. Olía a Laura. Las palabras de aquel hombre habían traído hasta él el intenso aroma de melocotón y tierra mojada de su piel. Aceptó por completo que Laura estaba allí, en algún lugar entre las tinieblas que le rodeaban.
—¡Laura!—llamó.
—Muy bien—comentó el guardián allá arriba—. Así que no estás dispuesto a irte sin tu premio.
Le escuchaba desde muy lejos. Manoteaba como un ciego mientras continuaba percibiendo el olor que había dejado de disfrutar hacía mucho, mucho tiempo. Había tocado una tecla secreta en su interior. Si hubiera podido verse, no se habría reconocido. Tenía el rostro desencajado y la mirada de un loco. Volvió a llamarla.
La voz resonó en las alturas, de pronto seria.
—Tienes una llave contigo. Abre una puerta, sólo una. Cuando la encuentres, utilízala y llévate lo que has venido a buscar. Atente a las consecuencias si contravienes lo que te digo. Una llave por una vida.
Y entonces silencio. Las palabras del individuo flotaban aún en el aire cargado, cuando algo cambió.
Primero fueron las puertas. Líneas de luz de diferentes colores se empezaron a dibujar a su alrededor, en medio de aquel recinto inabarcable. Aparecían en la nada, flotando en el aire, en el contorno de las ventanas, en las esquinas de las columnas de ladrillos desnudos. Parecían trazadas por un dedo fantasmal, que unía en un rectángulo luminoso la línea que formaba la puerta. Luego aparecieron las cerraduras. En cada rectángulo se dibujó un agujero, del que emergió un haz de luz que cruzó la estancia como la estela de los motores de un avión. Ricardo se encontró en el centro de una red de rastros de luz cruzados que formaban una telaraña multicolor en mitad del aire enrarecido.
Abre sólo una puerta, había dicho el individuo. Eso hizo. No tuvo dificultades en localizar un rayo de luz dorada. Temiendo lo peor, asió de nuevo la llave y dejó que la luz tocase su superficie. Al instante, las demás puertas desaparecieron, llevándose con ellas la maraña caleidoscópica. Ricardo no pudo evitar emitir un grito de triunfo, como si hubiese desentrañado la última pieza de un rompecabezas. Alrededor continuaba el silencio. Había comenzado a hacer calor.
Se paró delante de la puerta. La llave tembló levemente entre sus dedos al introducirla en la cerradura. Por un instante el resplandor amarillento quedó ahogado. Giró hacia un lado y después hacia otro. Se oyó un chasquido. Ya estaba allí, suspiró. Fuera lo que fuese lo que le esperaba detrás de esa puerta, lo había conseguido. Había llegado hasta ella, y ahora tenía que, como dijo el desconocido vigilante, llevarse lo que había venido a buscar. Abrió la puerta.
La luz dorada quedó anulada por una débil fosforescencia azulada, que también surgía del interior. Atravesó la puerta, sin saber qué encontraría al otro lado. Al verlo, la boca se le abrió como si hubiese visto una maravilla.
Era una habitación estrecha, pero alargada. Una especie de pasillo con una sola entrada. En el suelo había baldosas blancas y negras, la mayoría de ellas descascarilladas, desvaídas. Olía a cerrado, a aire contenido durante demasiado tiempo. Y sin embargo, el olor de Laura perduraba, como una de esas notas clave escondidas en mitad de una sinfonía. Ricardo, sin embargo, tenía la atención centrada, capturada incluso, por las paredes. De estuco blanco, maltratadas por los años y la humedad, estaban casi completamente cubiertas por una apretada sucesión de estanterías, amontonadas unas sobre otras. Cubrían literalmente desde el suelo al techo, y si empezaba a contar cuántas había, llegaba un punto en que perdía la cuenta.
En cada una de ellas, apretados unos junto a otros como la exposición de una perfumería de dementes, había una infinidad de frasquitos idénticos. Todos ellos contenían una especie de líquido azul, del que surgía un resplandor suave, tranquilizador, del mismo color. Bañaba la estancia con una suave atmósfera de sepulcro, de lugar de oración.
Ricardo se acercó, sobrecogido por quién sabe qué motivo. Los examinó con más atención. Cogió uno al azar. En nada era diferente a los demás. Tenía un cierre sencillo, un tapón de cristal que se insertaba para conservar la esencia de su contenido. Una pesada capa de polvo marrón oscuro se aposentaba sobre él, que sin embargo no podía menguar el brillo del interior. Ahora que lo veía, cayó en la cuenta de que había algo parecido a una etiqueta en la parte delantera. Rascó con la uña un poco, y de nuevo la sensación de irrealidad se apoderó de él.
Su nombre estaba escrito en la etiqueta.
Decía sólo Ricardo. Sin embargo, era para él. Para él. Aquel frasco, lo que tenía dentro, estaba allí para él. Paseó la vista por el resto de recipientes, y en todos descubrió una etiqueta similar. Intentó vislumbrar qué decían las demás, pero los nombres eran ilegibles. Tuvo la súbita seguridad de que había uno para él, y para todos los demás. ¿Cómo había dicho el tipo que se llamaba aquel lugar? Sí. Eso es. Un frasco para cada uno de los corazones en pedazos que había en el mundo. Lo supo con la certeza del condenado.
O quizás, sólo quizás, con la certeza del indultado.
Quitó con cuidado el tapón. Como no sabía qué hacer a continuación, se lo llevó a la nariz, y aspiró.
La escena se desvaneció a su alrededor, y con ella la conciencia.

…primero aspiró su fragancia, densa y sedosa como una bocanada de humo aromático. Inundaba sus sentidos. Los asaltaba. Su tacto, el calor de su frente contra su barbilla, provocaba estallidos anaranjados en su pecho. Bum. No necesitaba tocarla. No necesitaba verla para saber que estaba allí. Nunca creyó que fuese cierto, pero percibió de forma vaga, poco concisa, que el mundo había desaparecido a su alrededor. Seguía allí, los dos continuaban a los pies de la Chiesa della Salute, pero aquello había simplemente dejado de tener importancia. Aquel momento, aquel instante eterno de miradas prisioneras, les pertenecía. Sólo a ellos. Ahora lo entendía.
Descendió por la geografía de su rostro. Ella le agarraba la cintura. Él la buscaba. Ella subía. Acarició sus mejillas con la punta de la nariz. Las recorrió sin prisa, disfrutando su olor de fruta madura. Su aliento llegó hasta él, paladeó su más íntimo sabor antes de que se encontrasen, colisionando juntos. Halló un tesoro de perlas enterradas en la humedad carnosa de sus labios, se dejó mecer por la rugosidad marina de su lengua, se derritió en su interior y vivió solsticios y constelaciones en la salvia terrosa de su contacto añil….

Relato de Terror - Corazones en Pedazos (II) Qué habrá pasado con el amor.

No fue su primer beso. Se habían besado antes, esa noche, los días anteriores. Tardaron poco en acercase el uno al otro.
Ese, sin embargo, fue el beso. El que decidió que siguiesen juntos, que aquello no se convirtiese en la historia de dos viajeros que coinciden en sus vacaciones y no vuelven a verse después. Ricardo se pasó el resto de su vida intentando revivir ese beso, primero con la misma Laura, y luego con las demás. Hasta que al final lo consiguió. Lo que no sabía es que tendría que pagar un precio.

Le despertaron los mismos albañiles que trabajaban en el hotel. Lo encontraron en un rincón, dormido y gesticulando como si hablase con alguien. De algún modo, consiguió que se convencieran de que era un borracho que se había perdido y había entrado allí a dormir la mona.
Porque estaba devastado. Aterido y destrozado como si hubiese despertado de una de sus mayores borracheras nostálgicas, esas con las que celebraba su aniversario con Laura después de que ella se hubiese ido.
Llevaba el frasco consigo. Después de la pesadilla de toda aquella noche, esa era su recompensa. Allí, rotundo y brutal como una sentencia de muerte firmada, estaba la prueba de que nada de aquello había sido una fantasía ni una alucinación. No se atrevió a volver a probar su contenido hasta llegar al hotel. Una vez allí, se tumbó en la cama y cerró los ojos. Fuera, llovía. Destapó el tarrito con la expectación del asistente a una ejecución, y aspiró.
Volvió a suceder.

El agua casi hirviendo le sentó como un bálsamo. Se quedó un rato en la ducha, sintiendo ese calor que arrancaba de su cuerpo todo lo que había vivido la noche anterior. Cuando salió, tenía la piel arrugada, pero no le importaba. Se deshizo en una nada de vapor y gotas de tiempo.
Su habitación parecía la de un desconocido. Dejó la toalla hecha un ovillo sobre la cama. Apenas había deshecho el escaso equipaje que traía. Sobre el escritorio, descansaba la única posesión que quizá tuviese algún valor para él. Su diario permanecía abierto por la última página. En él había anotado las breves impresiones del inicio de su viaje. Releyó lo escrito, y sintió un deje de compasión por el ingenuo pseudo-turista que estaba allí reflejado. Ahora sabía. Sabía cosas que pocos sabían, y tenía en su poder un tesoro que le hacía especial. Más de lo que nunca se había sentido.
Consideró durante un momento la conveniencia de escribir lo ocurrido la víspera. Luego pensó, qué demonios. Nadie iba a leer aquello, y si alguien llegaba a hacerlo, lo que verían sería una sarta de impresiones alucinadas. Desvaríos de la mente de un lunático, podría haber dicho Gustavo, con su rimbombante forma de expresarse. El conocido discurso del catedrático.
—Pelotudo—dijo en voz alta, y sonrió.
Pensar en él le hizo sentir una mezcla de sentimientos encontrados. La gratitud que le despertaba en el pecho era contrastada por la frustración de saber que nunca podría contarle lo que había supuesto aquel viaje para él. Gustavo, sin quererlo, le había salvado la vida.
Mientras escribía, rió entre dientes pensando en el tiempo pasado desde que Laura le abandonó. Le hizo cierta gracia recordar el remedo de persona en el que se había convertido. No comprendía, ahora bien despierto, cómo se había dejado abandonar hasta ese punto. Quizá, ahora que disponía de un arma secreta contra la melancolía que le había envenenado la sangre tanto tiempo, podría intentar rehacer su vida. Había despertado de un sueño largo, largo.
Cuando dejó el diario, pasó revista a las pocas cosas que traía en la maleta. Descubrió el billete de avión, y cayó en la cuenta de que tenía aún una semana por delante. No volvería a España hasta el próximo viernes. Podía disfrutar de Venecia el tiempo que quisiera, visto que tenía la ciudad para él solo.
No. Para los dos.
Pasó el resto del día repartiendo su ropa entre los armarios. El lujo del hotel era considerable. Después de que el sol se hubiese puesto, decidió vagar un rato por la ciudad. Sabía a ciencia cierta que después de la medianoche no encontraría gran cosa que hacer. Sin embargo, recapacitar sobre lo que acababa de pasar le vendría bien. Solos él y Venecia, por fin.
Caminó sin rumbo durante horas, quizá. Pensó en tomarse una copa en alguno de los elitistas locales del barrio de Dorsoduro, pero desechó la idea casi al instante. Tenía bastante con revivir en la memoria cada momento de la noche anterior. Sin darse cuenta, repetía los pasos que había ido dando, solo que en esta ocasión ocupaba sus pensamientos la extraña reunión de seres fantásticos en la que habían irrumpido él y la mujer de rojo.
¿Quiénes eran? Le recorrió un escalofrío recordando las cosas que había visto. Podía tener sentido, desde un punto de vista totalmente separado de la realidad. Seres mitológicos. Apariciones. Monstruos. Dioses, casi. Entidades en las que los hombres habían creído a lo largo de los años, que para ellos habían sido tan reales y lejanas como reyes, príncipes y sumos sacerdotes. Él nunca había visto a Napoleón, ni a Elvis, y sin embargo sabía que existían. Lo decían los libros, los documentales… para ellos, era lo mismo. Ninguno había visto nunca a Shiva, Ra o el Oráculo de Delfos, pero sabían que existían porque sus propios medios de comunicación así lo afirmaban. Esas criaturas eran reales.
Perdido en sus cavilaciones, atravesó una diminuta plaza con una fuente que representaba una sirena. No se percató de que ésta giró la cabeza en su dirección, ni de que sus rasgos de piedra se contrajeron al verle.
Tonterías, arguyó la parte racional de su mente. Se detuvo un momento sobre un puente, cavilando. Se había internado por una calle desierta, pero no se dio cuenta. Había registros, partidas de nacimiento… televisión. Imágenes, por Dios. Napoleón Bonaparte había existido, porque había dejado huella en el mundo. Unas manos reales habían esculpido las caras de los presidentes en el Monte Rushmore, y desde luego no habían sido las de Zeus. No se podía comparar una idea, un concepto personificado por la superstición de un ignorante, con algo real. Odiseo no había pisado esa tierra, Homero sí. Confundir creador y creación era peligroso para la cordura. De ser así, uno podría bailar un vals con Escarlata O’Hara, ser aplastado por King Kong, o disfrutar de una tensa cena en el castillo del Conde Drácula.
Unos vívidos jirones de niebla emergían del canal bajo sus pies. Continuó andando.
Todo ese escuálido razonamiento se veía demolido por lo que había visto. Tenía en su poder algo que rebasaba lo que uno conocía como límites naturales. Era una botellita de perfume que, al olerla, traía de vuelta al mundo un recuerdo suyo, lo hacía revivir para todos sus sentidos. Aquello era real. No era una droga, ni una alucinación. Él sentía a Laura, su aliento, el color húmedo de sus ojos, la sensación de vértigo e incredulidad que le embargaba al darle ese beso que le hacía temblar las piernas. Había visto la cara de la mujer de rojo, fuera lo que fuese. Había sentido los dientes de la llave clavarse en su piel. Y los ocupantes del Palacio Ducal… Si todo aquello era real, ¿por qué no podía serlo también irse de copas con Puck o con Han Solo?
El sonido de otras pisadas se sumó al suyo propio en la desierta avenida. El agua del canal más cercano parecía una piscina de aceite de motor, negra, oleosa e inmóvil. Alguien venía por su mismo camino, no muy lejos de él. Quiso girarse para ver quién era, pero un presentimiento funesto le impidió hacerlo. Metió las manos en los bolsillos, donde tenía la llave, y clavando la vista en el suelo, continuó caminando.
El desconocido se aproximaba. Estaba más cerca. Comenzó a silbar. Era All you need is Love. No sabía si era apropiado o no. Tampoco tuvo tiempo de planteárselo, porque su voz le sobresaltó cuando llegó a su altura.
—El viejo John también encontró el amor. Qué pena que tuviese tan poco tiempo para disfrutarlo.
Tenía que haberlo sabido. Se detuvo. Óscar estaba junto a él. Esta vez lucía un atuendo victoriano, que de algún modo se ajustaba más a la imagen que uno esperaría de él. Entonces se encendió una bombilla en la cabeza de Ricardo. Había visto esa cara de eterno adolescente pícaro. No podía creerlo.
—Buenas noches, Óscar—saludó.
Él sonrió de nuevo, y le palmeó la espalda. Continuaron andando, como si fuesen dos viejos amigos ya acostumbrados uno al paso del otro.
—Como diría el viejo John, fue todo un viaje, ¿no es cierto?
Sabía a qué se refería.
—¿Qué es, Óscar? ¿De qué está hecho?
El escritor se encogió de hombros.
—¿Importa eso, amigo? Ya lo sabe, los amores dejan de ser interesantes cuando dejan de ser secretos. Lo que importa es que le hace feliz. Vi su cara ayer, y la he visto ahora. Se ha conformado.
—Digamos que estoy satisfecho—corrigió Ricardo, molesto.
—Viene a ser lo mismo, ¿no?
Siguieron andando sin hablar. Rompió el silencio una nueva pregunta.
—¿Cuánto tiempo lleva usted aquí?
Suspiró Óscar, oteando las estrellas como si allí estuviese escrito. Hacía frío.
—Digamos que suficiente como para saber que lo que espero no llegará nunca, pero no lo bastante como para que me haya cansado de esperar.
—Eso no tiene sentido—protestó.
—Ah, ¿no? ¿Y qué lleva usted haciendo los últimos dos años?
Ricardo no contestó.
—Ayer por la noche encontró usted un modo de revivir el momento más hermoso de su vida. Muchos tienen que conformarse con recordarlo. Algunos piensan que debería sentirse afortunado y no hacer preguntas—miró a un lado y a otro—. Yo, por suerte para usted, no soy de esos.
Le tocó el turno a Ricardo de sonreír.
—¿Puede ya decirme quiénes son ustedes?
Suspiró.
—Puedo darle mi modo de ver las cosas. Somos gente que sabe, o supo en su día, que había algo más. Con algo más me refiero a todo lo que no sean facturas, deberes familiares, universidades o hipotecas, en los tiempos que corren. Algunos estamos aquí. Otros están repartidos en otros lugares. Ya no cabemos en ningún otro sitio, no como antes. Y usted es bienvenido a quedarse con nosotros.
—No, gracias. Tengo lo que he venido a buscar.
—Puede ser—convino Óscar—, pero esto aún no ha terminado.
—¿Qué quiere decir?—inquirió, desconfiado.
Habían llegado sin proponérselo al pie del Puente de Rialto. Era uno de los tres puentes que atravesaban el gran canal, la arteria de agua que partía en dos el centro de Venecia. Era una colosal construcción de quince metros de ancho, representada hasta la saciedad en todo tipo de postales. Una V invertida coronada por una altiva torrecilla verde.
Esa noche estaba desierto.
Óscar se detuvo al pie de los escalones que ascendían.
—Nadie ha dicho nada de que no hubiese un precio.
Ricardo frunció el ceño.
—No se alarme—le tranquilizó el escritor—. Sólo desean lo que es justo. Creo que le esperan, amigo. Cuídese de la marcha de las ideas.
Señaló a la parte superior. Había algo arriba. Llegaba hasta ellos un soniquete indefinible, una melodía sumergida en melaza, que no llegaba a identificar, pero que le llamaba de alguna manera. La bruma envolvía la torrecilla, a unos doce metros. Se giró para preguntarle a Óscar qué estaba pasando, pero descubrió que estaba solo. Esta vez no había podido despedirse de él. Ignoraba si volvería a verle.
Comenzó a subir los peldaños antes incluso de darse cuenta de lo que hacía. Al final, se perfilaba la silueta de ese alguien que esperaba. Le esperaba a él. Como en un sueño, Ricardo se vio subir, uno a uno, los escalones hasta esa cita nocturna.
Distinguió algo que, suspendido en el aire, daba vueltas y vueltas alrededor de la cabeza de aquella persona. Le pareció que eran insectos enormes, o pájaros diminutos. En una extraña asociación de ideas evocó esos móviles para bebés que representan nubes, lunas y estrellas que dan vueltas sobre la cuna. Aquel individuo tenía algo parecido danzando alrededor de su cabeza.
Llegó a la parte superior. Abrió los ojos al máximo cuando descubrió qué eran esas cosas.
Corazones.
Tenía ante sí a un adolescente rollizo. Iba desnudo a pesar de la baja temperatura, pero un oportuno gajo de niebla tapaba su pubis, como si una nube condensada le envolviese. No conseguía cubrir del todo sus graciosos michelines. Llevaba un carcaj dorado prendido a la espalda, y de él asomaban flechas muy reales, además de la punta de un arco.
—Madre mía—alcanzó a musitar Ricardo.
El chico estaba tocando una flauta marrón. No emitía sonidos, y sin embargo creyó reconocer que de ahí partía la extraña atracción irracional que había sentido hacia ese lugar. Pero no fue eso lo que más le llamó la atención. Tampoco los corazones bidimensionales que orbitaban cerca de él.
Dos muñones cicatrizados, como piernas de bebé, le salían de la espalda a la altura de los omoplatos. Se movían espasmódicamente mientras él desgranaba su canción muda.
El chico dejó de tocar la flauta. La guardó en el carcaj. Al instante desapareció esa tensión casi magnética que tiraba de él.
—Primero perdí un par de plumas—murmuró—. Nada importante. Nunca había sucedido antes, pero no me preocupé.
Se le acercó un poco. Comprobó con suficiente grima que los apéndices se movían arriba y abajo como la cola de un perro. Se le revolvió el estómago de un modo crudo y truculento.
—Luego fue a peor—proseguía con su cantinela, ajeno a su presencia—. Llegó la revolución industrial. Salían coches de las cadenas de montaje. Demasiado trabajo. Dejé de poder volar. Se caían cada día. La gente empezó a olvidarme. Pusieron un pie en la luna. La televisión fue lo peor. Me despertaba un día y encontraba restos blancos de lo que una vez fui por todas partes. Lloraba de vergüenza.
Sollozó de forma queda.
—Cuando ya no me quedaban más, tuve que arrancármelas. Habían empezado a hacerme daño, y a darme frío. Mucho frío. Un día me senté delante de un espejo y empecé a romper cartílagos. Dolió mucho.
Ricardo arrugó el rostro, con una mezcla de desagrado y conmiseración.
—Qué habrá pasado con el amor—suspiró el chico, y le miró—. Pero gracias a ti, hay esperanza.
—¿A mí?
—A la gente como tú. La gente que todavía ama.
—¿Quién eres?—preguntó, aunque no se atrevía a hacerlo.
El muchacho resopló para apartarse un rizo dorado de la frente.
—Adivina—luego extendió una mano regordeta hacia él—. Creo que tienes algo que nos pertenece.
Alarma. Una luz roja parpadeó en su cabeza. El chico lo percibió y volvió a sonreír.
—Vamos—dijo, mohíno—. No es eso lo que quiero. Tu vial es tuyo, es lo que te mereces.
—Entonces, ¿qué quieres?
—Bueno—respondió él, y se situó más cerca—. Andamos un poco escasos de cerrajeros estos días. Me gustaría que me devolvieses la llave.
—Ah—balbució. No desapareció la sensación de alarma—. ¿Para qué?
—Digamos que tú ya no la necesitas—se le agrió un poco la sonrisa—. Una llave por una vida.

Relato de Terror - Corazones en Pedazos (II) —¿Qué demonios significa eso?
El chico chistó. Parecía algo molesto.
—Es el precio de esa llave. Tú has visto cómo tu vida ha cambiado gracias a ella. Una llave por una vida. Ahora tienes que permitir que la vida de otro cambie.
—¿Os dedicáis a eso? ¿A cambiar la vida de la gente?
—No nos dedicamos a nada. Somos. Vosotros venís a nosotros de vez en cuando. Vosotros los que aún amáis. Como tu amigo.
Así que era eso. Óscar también había venido aquí, como él, buscando un frasquito, o algo parecido. Se preguntó por qué había decidido quedarse allí… y si había sido voluntariamente. Aquel niñato no le inspiraba ninguna confianza.
—¿Y qué sucedería si me la quedase?—inquirió.
—¿Qué más te da?—imprecó, y por un momento la dulzura en su tono desapareció—.Tú ya la has usado. Si no nos la devuelves, será peor para ti—sonrió sin humor—. No te gustaría estar de este lado.
Se le acercó más. Ahora percibió que las pecas que parecían adornar su cara eran en realidad granos. No, no era eso. Había habido pecas, pero estaban emergiendo granos en ese rostro angelical.
—Antes, dime una cosa. ¿Quiénes sois?
El chico suspiró de nuevo.
—Somos los guardianes de lo poco que queda de amor en vosotros. Atesoramos lo más puro de vuestras vidas, os proporcionamos esos recuerdos, esas sensaciones maravillosas que, muy de cuando en cuando, os transportan a un limbo de felicidad.
Se cruzó de brazos.
—Algunos, como tú, necesitáis un poco de ayuda. Como el frasquito. Pero tenéis viva la llama. Recordáis al mundo qué es el amor.
Ricardo sopesó sus palabras, aunque sentía que su impaciencia se iba acrecentando por momentos. Golpeaba el suelo con la planta del pie.
—¿Y qué es?
Esa pregunta pareció cogerle por sorpresa. Frunció el ceño y estiró el labio, con lo que adoptó una imagen típica de niño malcriado.
—¿A ti qué te importa?—espetó el chico. Iba perdiendo los nervios por momentos—. ¡Tú dame la llave y basta!
Él afianzó los pies en el suelo. Si de un niño se trataba, tendría que tratarle como a un niño.
—No pienso darte nada hasta que me lo expliques todo.
—¡Idiota!—le insultó el chico, convertido en un adolescente iracundo. Las lágrimas adornaban la comisura de sus ojos. Los corazones a su alrededor dejaban escapar chirridos como motores averiados.
—Vaya—comentó Ricardo, retrocediendo un paso—… para ser tan joven tienes muy malos modos. ¿No sabes pedir las cosas por favor?
—¿Por favor?—preguntó, exasperado—. ¿POR FAVOR? ¿Desde cuándo pide el amor las cosas por favor? ¿Desde cuando el amor no es caprichoso y egoísta? ¿Tú piensas darme a mí lecciones de cómo comportarme? Yo soy el amor, y cojo lo que quiero cuando lo quiero. Y si no me lo dan, puedo convertirme en algo mucho peor. ¡Mucho peor!
Los granos que adornaban sus mejillas comenzaron a abrirse y a supurar. Ricardo sintió que estaba ante un peligro real. El muchacho se cubrió el rostro con las manos y empezó a llorar amarga y patéticamente. Pero, por debajo, se oía un ronquido como de animal salvaje, como de alimaña encarcelada.
—Mira, tranquilízate—le dijo—. Tengo la llave aquí, no te preocupes. Ya está, ¿vale? Toma, cógela y olvidémonos de esto.
—¿De veras?
El chico apartó las manos del rostro, sonriendo esperanzado. Repugnantes tiras de pus quedaron entre sus dedos. Ricardo reprimió una arcada. La piel se le había pelado y desprendido, y por debajo se veían zonas de músculo requemado. El amor tenía muchas caras, pensó, y el amor contrariado era una de las peores. Tembló al pensar en que algo parecido a eso había tenido dentro durante mucho tiempo. Introdujo una mano en el bolsillo del abrigo.
—Sí, la tengo aquí. Tranquilo, ¿de acuerdo?
—¡Dámela!—chilló, casi saltando sobre él—¡Dámela ya!
Ricardo sacó el puño cerrado del bolsillo, y antes de que el chico pudiese reaccionar, se lo estampó en la cara. Cayó de espaldas, aventando la nube que envolvía su abdomen, y revelando un sexo minúsculo, encogido y lampiño. Él no se paró a contemplar el espectáculo. Giró sobre sus talones y empezó a correr en dirección opuesta al puente.
—¡Dios!—exclamó, cuando la primera de las flechas se clavó en una pared cerca de su cabeza.
—¡HIJO DE PUTA!—aullaba Cupido a su espalda. Intentaba volar, pero sus alas no le alzaban más de una cuarta del suelo—. ¡Vuelve conmigo! ¡Te daré lo que me pidas! ¡Cambiaré! ¡Vuelve conmigo, maldita sea!
Ricardo dobló una esquina. Estaba seguro de que le iba a encontrar. Se mordió la lengua al pensar que él había proferido palabras parecidas en su última discusión con Laura. Corrió y corrió hasta que el latido de su corazón se convirtió en una única y persistente pulsación en cada una de sus articulaciones, en su sien y en su pecho. Y entonces, corrió más. Giró recodos y se escurrió por calles estrechas, creyendo oír aún la voz enervada del niño. Las flechas no dejaban de volar a su alrededor. No creía que se fuese a enamorar si una le alcanzaba.
Cuando llegó al límite de sus fuerzas, sintió que desfallecía. Un par de manos lo agarraron por los hombros y lo arrastraron hasta una zona en sombras.
—Maldita ciudad del amor—acertó a decir, apoyado contra el pecho de Óscar. Le faltaba el aire.
—Lo importante no son los lugares, amigo—le dijo el escritor, escrutando el exterior como un águila—, sino las personas, y lo que llevan dentro.
Pasaron los segundos, y luego los minutos. Nadie apareció. Al final salieron los dos, apoyándose el uno en el otro.
—¿Por qué me ha ayudado?—preguntó Ricardo.
El otro se encogió de hombros. Volvía a ser el simpático y atractivo dandy inglés.
—Será que me ha caído usted simpático. O será que por una vez quiero hacer algo más que decir mi texto y ver gente pasar—le guiñó un ojo—. Cuando uno ha escrito teatro, es difícil limitarse a uno de los personajes.
Asintió Ricardo sin comprender del todo lo que le decía. Ya no podía más.
—¿Qué hago ahora?
Óscar se encogió de hombros.
—Bueno, irán a por usted, mi querido amigo. Si no quiere que la llave caiga en sus manos, yo la escondería. Si la lleva encima cuando vuelva a casa, le estarán esperando. No les interesa lo que usted se ha llevado, sino lo que no les quiere devolver.
Guardaron silencio mientras recobraban la respiración.
—No sé si hago lo correcto.
—Eso es usted quien tiene que decidirlo. Yo hice ya mi parte. Ahora sólo me queda desearle mucha suerte, y mucho temple a la hora de usar su vial.
—¿Qué quiere decir?
—No importa—dijo Óscar, y volvió a estrecharle la mano—. Sonría. Es la mejor manera de empezar una amistad, y ya sabe que está lejos de ser el final de una.
Él le volvió a estrechar la mano con algo parecido al cariño o a la gratitud.
—Hasta que volvamos a vernos, señor Wilde.
—Me temo que eso no volverá a suceder, si tiene usted suerte. Pero alégrese, no todo el mundo puede decir que ha conocido a alguien tan interesante como yo.
Se separaron. Ricardo recorrió el camino hasta el hotel sin dejar de sonreír. Tampoco habría soñado jamás tener un encuentro así. Pasó el tiempo hasta que el miedo volvió a hacerse presente, ya en su habitación.
Pensó en cuál sería su próximo paso. Las vacaciones en Venecia habían perdido su atractivo. Sin tener la mínima conciencia de la hora que era, llamó a la compañía aérea, solicitando cambiar la fecha de regreso.
Cuando por fin lo consiguió, comenzó a devanarse los sesos acerca de qué hacer con la llave. No le dejarían salir de la ciudad con ella. Podía en mandársela a sí mismo por correo, pero la encontrarían, seguro. Le recorrían escalofríos al pensar en la cara del chico en el puente. Se tumbó en la cama, la vista fija en el techo, intentando apartar su mente de la nueva y horrible aventura de esa noche.
Así fue como se le ocurrió.
Pasó el resto de la noche tomando nota de todo en su diario.



¿Qué es para ti el amor?

Cuando volví a casa de Ricardo habían pasado dos meses desde nuestra última charla. Llegué armado con una disculpa. No habíamos terminado bien, ya lo sabes. Nadie me abrió, por más que llamé. Decidí dejarlo para otro día, asumiendo que estaría de nuevo borracho o sumido en los desvaríos que había venido a contarme. Opté por una retirada disimulada. Habría dejado que pasase el tiempo de no ser porque, por pura costumbre, eché un vistazo a su buzón en el portal. La llave de su casa estaba dentro.
Me detuve en seco, claro. ¿Por qué había dejado la llave allí? ¿Se había ido? ¿Había salido de noche y no había confiado en conservarla? Sentí un punto de preocupación, he de confesarlo. Siempre he estado en contra de esos tópicos, pero no pude evitar imaginar todo tipo de desgracias que podrían haberle ocurrido. No tardé en tomar la resolución de forzar el buzón. Era de día, y tuve que esperar a que no pasase nadie por el portal. Luego subí, dispuesto a ver si al menos tenía el móvil encima y podía llamarlo desde su casa.
Cuando entré, me asaltó la misma amalgama de olores estratificados. Apelmazadas capas de mugre, sudor y demás efluvios humanos. Le llamé varias veces. No estaba allí, claro. Rebusqué y rebusqué, con ese punto de instinto detectivesco que sabes que tengo, en busca de algún indicio de dónde podría estar. Un billete de transporte, una dirección, un teléfono. Algo. Aparté con asco las cajas de cartón llenas de moho. Envoltorios por todas partes.
Y di con el diario. Estaba sobre su mesita de noche.
Te confieso que lo leí. Al principio con curiosidad, simplemente. Tenía la vaga conciencia de que no debía hacerlo, pero la aparté de mi mente con la débil excusa de que estaba preocupado por él. En realidad, no pude evitar la tentación de echar un ojo a su vida a través de aquella ventana secreta. Quería saber cómo estaba, de veras. Pero, sobre todo, quería saber.
Desvaríos. Eso es lo que me parecieron al principio. Me preocupé en serio. Pensé que había estado embarcado en algo más que un viaje extraño o alucinógeno. O bien había consumido más drogas de las que suponía que habitualmente tomaba, o había perdido la razón. El beso más intenso que uno haya dado contenido en un frasco de cristal. Desvaríos de la mente de un lunático.
—Pelotudo—recuerdo haber dicho en voz alta.
En el diario no decía dónde lo había guardado. Era de locos, sí. Pero no por ello iba a ignorar la picadura de la curiosidad, que se había producido y no podía ser más evidente. Ni más ineludible. De nuevo, me puse por delante la excusa de que quería saber qué había tomado Ricardo como el ancla de su pasado perdido.
Retomé mi búsqueda. Quién sabe cuánto tiempo me llevó. En un cierto punto caí en la cuenta de que seguía inmerso en la oscuridad en la que mantenía el apartamento, y subí las persianas. A plena luz la escena parecía mucho menos ominosa, poco más que el piso de un estudiante especialmente dejado. De ese modo no me costó trabajo encontrarlo. Estaba debajo de un sofá, abierto. Vacío. Lo cogí; lo sostuve en la mano. Encajaba con la descripción del diario. Apenas quedaban gotas en su interior, el fantasma de una humedad desaparecida. Inspiré.

No sé cuánto tiempo tardé en reaccionar, una vez volví en mí. Había sucedido. Todo era cierto. Intenté probarlo de nuevo. Por desgracia, se había consumido lo poco de esencia que quedaba. Yo temblaba. Había vivido una experiencia tan íntima, tan personal, que me sentía un intruso. No he dejado de sentirme así desde entonces. Sin embargo, también quedaban en mí las reminiscencias del beso que acababa de experimentar, que me llevaron a otro muy parecido, uno que viví yo mismo, y que había atesorado en la memoria durante mucho, mucho tiempo.
Una idea aterradora pasó por mi cabeza. Me lancé sobre el diario y volví a leer la última entrada. Me tapé la boca con una mano. No podía ser cierto. Ricardo no se habría atrevido a hacerlo. No, después de la conversación que tuvimos en mi despacho. Y sin embargo, recordándola, y teniendo en cuenta lo que acababa de suceder, me di cuenta de que era más que capaz.
Tenía que encontrarlo. Y eso hice. Me subí a un avión y me embarqué en la aventura más demencial e increíble que alguien como yo podría concebir.

Relato de Terror - Corazones en Pedazos (II) Llamaron a la puerta. Unos golpecitos enérgicos y sistemáticos.
—Adelante—dijo Gustavo desde el sillón.
Se repitieron, más fuertes.
—¡Adelante!—dijo Gustavo, alzando la voz. Como respuesta, de nuevo la andanada de golpes.
—¿Quién es?—preguntó, acercándose a la puerta y abriendo—. ¿Qué no ve que está abier…?
Se sorprendió de encontrar aquel rostro al otro lado.
—Me alegro de verle, Lambretti—dijo Ricardo.
—¡Pibe!—exclamó. El abrazo que iba a darle se malogró en algún punto y terminó en un apretón de manos—. ¿Qué hacés aca? ¿Ya volviste? Pasá, pasá.
Ricardo se acomodó en la silla frente al escritorio. Una posición intimidante. Pensó divertido en cuántos alumnos temblorosos habían pasado por allí, esperando rascar décimas en la nota de algún examen imposible de aprobar. Conocía al viejo como si hubiese sido él quien le hubiese parido.
—Ya he vuelto, sí. Venía a darte las gracias.
—Che, no se merecen. Te veo… contento, te veo. Sí. ¿Te fue bien? ¿Cómo te encontrás?
Ricardo sonrió como un chaval. Le sentaba bien en la cara.
—Despierto—se inclinó hacia él, con aire de confidencia—. Me encuentro despierto. Por fin sé lo que quiero.
Él se felicitó por dentro. Lo había conseguido. Le había sacado del agujero.
—No sabés cómo me alegro, pibe. Te hacía falta ya olvidarte de ella.
Ricardo se repantigó en el asiento. El chiquillo de su sonrisa se convirtió en un tiburón.
—¿Olvidarla? No pienso hacer eso.
La expresión se congeló en la cara de Gustavo.
—¿Cómo?
El pibe, como él le llamaba, se inclinó hacia Gustavo en un gesto de confidencia.
—Dime, ¿qué harías si pudieses revivir los mejores momentos de tu vida?
—¿De qué hablás?—preguntó.
—De amor, viejo. ¿De qué voy a hablar? De amor del de verdad, el que deja en minúsculas el resto de las palabras de una frase. ¿Nunca has leído eso de que, cuando estás a punto de morir, tu vida pasa por delante de tus ojos?
—Sí.
—Pues, ¿qué darías a cambio de poder revivirlo todo en un segundo? Pero de verdad, experimentando de nuevo las mejores sensaciones que tuviste. Las que nunca olvidarás.
Gustavo se levantó, desconcertado.
—No sé de qué me hablás, en serio. ¿Te encontrás bien?
—Eres tú quien no se encuentra bien. Estoy intentando explicarte.
—Pues no te entiendo.
Él resopló.
—Mira, olvídalo. Sólo piensa que ya tengo todo el amor que necesitaba.
—Pero qué amor, pibe—se limitó a replicar—. Pero de qué amor hablás. Ese amor que decís se acabó ya.
Esperaba que Ricardo estallase, como siempre. Si no era uno era otro, pero los dos sabían muy bien qué teclas tocar para llevarse al límite. Esta vez, sin embargo, él se cruzó de brazos con esa inquietante sonrisa. Parecía un jugador de ajedrez que prevé que cualquiera de las próximas jugadas le llevará a jaque mate.
—¿Qué es para ti el amor, Lambretti?—inquirió.
El profesor parpadeó. Le había tomado por sorpresa.
—¿El amor?—soltó una risotada baja, irónica—. El amor es un estado ideal, pibe. No es lo que vos creés. Es una mañana de domingo. Eso es el amor. Una constante en la vida de todos los hombres… no, no me pongás esa cara, que no vamos a llegar a lugar común. El amor de verdad no tiene nada que ver con lo que pensás. No es la pasión arrolladora que te vuelve la vida del revés. Eso es una indigestión de chocolate. Para saber lo que es el amor, tenés que levantarte todos los días, sabiendo que alguien depende de vos, trabajar para un fin común, hacer planes, cumplirlos y discutir hasta las lágrimas porque no se han cumplido. Tenés que lavarte los dientes mientras ves a la mujer a quien querés cagando a tu lado, pibe. No hay que suicidarse junto al cadáver de tu enamorado. Esa es la vía fácil, ya te lo dije, la escapada del Capuleto. Tenés que levantarte una mañana de domingo, y sentirte atrapado junto a otra persona. Sin trabajo al que ir, sin hobby al que dedicarte. Sólo horas y horas a su lado por delante. Y tenés que saber que no querés que sea de otro modo.
Suspiró.
—La única diferencia entre una pasión eterna y un capricho es que el segundo dura más, pibe. A ti te llega como anillo al dedo. Tu pasión eterna hace mucho que debió acabarse.
—Tengo un conocido que estaría de acuerdo contigo—rió Ricardo.
—¿Qué?
—No importa. Créeme, no voy a dar mi brazo a torcer. No hay ningún brazo que torcer; no he venido a pedirte permiso. Sólo quería que supieses que aún tengo amor en mi vida. Esperaba que pudieses estar contento por mí.
—El amor es cosa de dos. Si uno no quiere, no hay amor. Y siento ser así de duro, pero la tuya hace ya mucho que no quiere.
Él meneó la cabeza.
—Eso es mentira. El amor es cosa de dos hasta que deja de serlo.
—Sí, entonces se llama mierda. Mierda para vos, si sos el que se queda con el amor—volvió a acercarse a él, frustrado—. ¿Por qué no podés aceptar que se ha ido?
—Porque no se ha ido—insistió él, muy tranquilo. Cogió del escritorio una foto en un marco y se la enseñó. Una foto de Sofía, sonriente, desde el cielo azul de la pared de un fotógrafo—. ¿A ti se te ha ido? ¿Ya no está, para ti?
Gustavo se quedó un momento mirando la foto. Se separó de él.
—Eso no es lo mismo.
—¿Pero por qué siempre tienes que ser más? ¿Por qué tú puedes echarla de menos y yo no? ¿Qué te hace mejor que yo? ¿Porque tu mujer se murió y la mía se fue? ¿Porque tú nunca la cagaste con ella? Bien, yo lo hice. Qué coño. Lo volveré a hacer. Pero Laura estará conmigo. Igual que ella está contigo.
El hombre mayor se pasó una mano lívida por la cara. Estaba perdiendo la razón. Y él lo estaba viendo en primera fila.
—Mirá, pibe…
—No miro nada. No me da la gana mirar nada. Tú hablas con ella cuando estás solo. De noche, antes de acostarte. Cuando tienes que tomar una decisión importante. Seguro que hablaste con ella cuando te planteaste si comprarme o no el billete a Venecia.
—Sí, y eso no es vida. Eso no es para vos. Porque al final, por mucho que hablas, y que consultas, llega un momento en que miras hacia su lado de la cama, y está vacío.
—Lo sé—admitió él, y Gustavo supo que también había vivido eso. Sintió pena por él.
—Si tantas ganas tenés de recuperarla, ¿por qué no cogés el teléfono y la llamás? Demostrále que estás dispuesto a hacer lo que sea para que vuelva con vos.
—Me mandaría a la mierda. O colgaría, directamente—ahora le tocó el turno a él de acercarse—. Tanto tú como yo estamos solos. Tanto tú como yo tenemos a alguien a quien echar de menos, en quien pensar las veinticuatro horas del día. Solo que tú tienes tu memoria para recordarla, y yo…
—¿Y vos qué?—preguntó Gustavo, extrañado—. ¿Qué tenés vos, que tan seguro te hace?
Ricardo se detuvo. Abrió la boca para hablar, y volvió a detenerse. Gustavo le observó, y debajo de aquella seguridad, a través de la mínima grieta que suponía aquella duda, vio a un chico desquiciado. Al chico que era cuando conoció a Laura, hacía ya mucho tiempo, que había perdido la cabeza. Fuera lo que fuese lo que le había sacado del pozo, no le había llevado a un lugar mejor.
—Yo la tengo a ella—respondió, con algo parecido a la pena—. Da igual. No esperaba que lo entendieses.
Se levantó y fue hacia la puerta.
—¿Te vas?—Gustavo se enderezó—. ¿Así, sin más?
—No tengo nada más que decirte.
—Yo sí—dijo él. Luego dudó—… sea lo que sea lo que tenés en la cabeza, se acabará. No podés vivir de recuerdos una vida entera. No, a tu edad, no.
—Tal vez—concedió Ricardo. Luego se encogió de hombros—. Tal vez no puedas vivir de recuerdos, pero no hay muchos que consigan vivir recuerdos.
—¿Qué?
—Nada, olvídalo. Mejor me voy. No creo que haya sido una buena idea venir.
Hizo ademán de salir, pero Gustavo le llamó. Él volvió a asomar la cabeza
—¿Qué es para vos?
No le comprendió.
—El amor—aclaró Gustavo—. ¿Qué es para vos?
Ricardo lo pensó un instante.
—Algo por lo que merece la pena cambiar la vida.
—Sos loco—sentenció Gustavo, más por rabia que por resentimiento.
—Y vos sos viejo y estás solo, papá—respondió Ricardo, dejando salir lo poco de argentino que quedaba en él—. Y ya no tenés a nadie con vos.
Le dio la espalda y cerró la puerta. Gustavo se quedó allí, pensando en ese mismo momento en un millón de réplicas justas que podía haberle dado, y que habían llegado tarde. Muy tarde.

Ricardo volvió a su casa enfadado, con Gustavo y con el mundo entero. Pero, sobre todo, consigo mismo. Había intentado hacerle entender, decirle que no se preocupase por él, que todo iría bien a partir de entonces. Pero, como siempre que hablaban, en algún punto se había trastornado la comunicación, y habían vuelto a los mismos viejos argumentos. ¿Cómo era posible que hubiese intentado agradecerle lo que había hecho por él y hubiesen terminado a gritos?
Exasperado, lanzó lejos de sí los malos sentimientos que había originado la conversación. Pero éstos volvieron. Se dejó caer pesadamente en el sofá. Encendió la tele. Pero los pensamientos volvieron. Volvió a oír a su padre, imprecándole una vez más, recordándole lo mal que lo había hecho todo.
Echó una mirada a la mesita del salón. El perfume estaba ahí. No recordaba haberlo dejado en ese sitio. Siguió mirando la tele. Cambió de canal. El perfume estaba allí. Gustavo seguía gritándole en algún lugar de su cabeza. Él seguía recordándole que ya no tenía a su madre, y que estaba perdiendo a su hijo. Y el perfume estaba ahí.
Sólo para calmar un poco los nervios, se dijo. Retiró con cuidado el tapón y se lo llevó a la nariz. Luego, en la penumbra iluminada por el resplandor, dejó caer la cabeza hacia atrás, disfrutando de primera mano de otro lugar y otro tiempo.

Continuará...
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Aurora Bitzine revista de fantasía y ciencia ficción a 1 de abril del 2006