CAMISETAS AURORA Aurora Bitzine
Librería de Zoe: Perros Bajo la Piel/El Cortafuegos
Ninguna de las civilizaciones que hemos descubierto hasta ahora ha sobrevivido. [...] De ellos los más interesantes fueron sin duda los primeros, los humanos. [...] Nosotros estábamos asombrados y aterrados por su presencia, en parte porque eran los primeros, pero también porque eran extremadamente violentos, potenciales enemigos nuestros. Sentimos una mezcla de horror y alivio cuando vimos sus emisiones de radio apagarse hasta casi desaparecer, a medida que el efecto invernadero les exterminaba, [...] Habían pasado casi en silencio cien de sus años [...] cuando sus emisiones de radio aumentaron espectacularmente. Aquella raza cruel y salvaje no estaba extinguida [...] habían reducido voluntariamente toda su civilización a un estado de barbarie controlada [...] mientras la ausencia de tecnología y una repoblación forestal masiva reconstruían su atmósfera. El precio fue enorme: 9.500 millones de muertes por hambre y miseria, [...] Durante otros 300 de sus años, crecieron y se expandieron, y volvieron a tecnificarse según parámetros mucho más racionales. [...] Parecían haber descubierto otra forma de hacer las cosas... [...entonces...] ... la semilla de una nueva guerra [...] Sí, se extinguieron, de un modo que a nosotros nos resulta muy difícil de comprender.
Por Juan Carlos Pereletegui

Librería de Zoe - Perros Bajo la Piel/El Cortafuegos Esta vez, Zoe puso encima del mostrador de madera oscura dos libros, en vez de uno, y de respetable grosor. Los tomé con curiosidad: «El cortafuegos» y «Perros bajo la piel».
—Luis Ángel Cofiño —dije, leyendo el nombre de la portada—, no le conozco, aunque de «Espiral ciencia ficción» he leído buenas cosas.
—Por supuesto que sí, Juanjo Aroz mima su editorial y elige cuidadosamente lo que publica. Estos libros son muy queridos para mí, tanto como las amigas que me los regalaron. —La mirada de Zoe se perdió en el vacío.
»Era mi cumpleaños —se sonrió—, hace mucho, mucho tiempo..., comimos en un buen restaurante y después fuimos a tomar unas copas junto al mar. Era una tarde de invierno, fría y clara, el mar resplandecía de un turquesa intenso y la arena de la playa parecía pura miel. Allí, entre güisquis y licores, me entregaron mi regalo. Yo entonces tampoco había oído hablar de Cofiño y les pregunté, sorprendida, por aquel autor desconocido.
—¡Ya les dije yo que no te compraran esos dos peñazos! —saltó Brenda, refunfuñando como siempre.
—¡SSSiempre psossitiva! ¡Ñunca ñegativa! —le azuzó Marga. Todas reímos a carcajadas.— ¿Cómo puedes decir eso? Tú lo que necesitas es un buen maromo, que la dieta de conejo te está amargando el carácter... y el gusto literario. Son dos obras maestras, auténticos thrillers de ciencia ficción.
—¿Un tío? ¿Yo? ¡Sí! ¡O dos...!, como te gusta a ti —contraatacó Brenda.
—¡Y que lo digas! —Buena era Marga para cortarse.— No hay nada mejor para una chica que dos buenos mozos ocupándose de ella a la par..., es el paraíso..., deberías probarlo alguna vez.
—Marga tiene algo de razón, Brenda, creo que no deberías ser tan rígida y abrirte más a nuevas experiencias. —Nadie sabía si Silvana se estaba refiriendo a los gustos literarios de Brenda o a su acérrimo lesbianismo, monógamo y frugal. No en vano Silvana apuntaba alto en política, cosa difícil de creer cuando se la veía en el centro de una orgía multitudinaria, a ser posible haciendo trío con una pareja de chico y chica.
—Venga chicas, no seáis tan duras con Brenda —intervino Válery, con tonillo irónico—, ella disfruta de lo que más le gusta..., y si Cofiño no le gusta..., pues no le gusta...
Ya estábamos con la risa floja y aquello terminó de rematarnos. Mientras me secaba las lágrimas con un pañuelo, yo me preguntaba qué magia nos permitía decirnos todas aquellas burradas y seguir siendo amigas.
—Venga, venga, cortar el tema que ya me veo a Válery contándonos las maravillas de su último juguete...
—Pues ahora que lo dices, he probado unas bolas chinas verdaderamente excepcionales.
—¡QUÉ NO, COÑO! Las novelas, contadme cosas de las novelas, que estáis más salidas que mi verdulera.
—¡Aichh! —exclamó Silvana—. Es que tu verdulera tiene un revolcón, la tía, vamos que hasta perdonaba que fuera a palo, sin un fulano ni nadie más. Pero a ti que te voy a decir, que seguro que ya te la has trajinado a base de bien.
—¿Yo? ¡Qué va!... ¡Bueno, sí!... Pero un par de veces sólo... Para matar el gusanillo...
Lo que provocó un nuevo ataque de risa.
—¡Las novelas! —supliqué cuando logré recuperarme—. Venga Marga, parece que tú eres la más entusiasta.
—Pues mira, Cofiño era un desconocido hasta que publicó «El cortafuegos» y dejó a todo el mundo boquiabierto. Es un thriller de politica-ficción ambientado en el siglo XXII, tan magistral, tan absorbente y tan duro que es imposible no caer rendida a sus pies...
—¡Para, para, para! —interrumpió Silvana—. ¡Tanto no! Que a mí me han gustado mucho las dos, pero tampoco para ponerlas en un altar.
—Silvana tiene razón —apoyó Válery—, las novelas son muy buenas, sin duda. Ese futuro de hecatombe medioambiental está descrito con paleta de maestro, yo no había leído nada parecido desde «El rebaño ciego», pero a veces se le nota un poco la bisoñez...
—Pues no sé dónde le ves tú la bisoñez —replicó Marga—, porque la trama política de «El cortafuegos» es digna de Frederic Forsyth y John LeCarre jamas ha soñado una intriga de espionaje tan enrevesada como la de «Perros bajo la piel».
—Y que no deja ni un fleco suelto —convino Silvana—, si estoy de acuerdo en que las tramas son magistrales...
—¿Pero sois ciegas o qué? —Brenda no estaba dispuesta a pasar ni una.— Si «El cortafuegos» tiene más contradicciones que una adolescente enamorada y «Perros...» es la típica novela-trampa.
—En cierto modo tienes razón —le admitió Válery— «Perros bajo la piel», en el fondo, es como un relato de los que en la ultima línea le pegan la vuelta entera a toda la historia, por eso, yo digo que hay cierta bisoñez.
—Pues no sé que le ves de malo a eso. Que después de 400 densas páginas, de pronto descubramos que nada es como pensábamos y sin embargo que todo encaje al milímetro, para eso hace falta ser un maestro.
—Yo no diría un maestro —intervino Silvana en apoyo de Válery—, creo que hace falta ser un escritor novel, excepcionalmente dotado, para el que todavía resulta atractivo el juego de manos final, ahora lo veis, ahora no lo veis.
—Efectivamente —reforzó Válery—. Creo que Cofiño es tan bueno que no puede resistir la tentación de jugar con el lector: «para que veas como domino la moto, triple salto mortal, sentado de espaldas al manillar».
—Lo que estáis diciendo —intervine yo—, me recuerda un comentario de John Ford cuando, ya maduro y convertido en una leyenda del cine, le preguntaron por «El delator», su primer Oscar. Él contestó despectivamente, diciendo que estaba llena de trucos.
—Sí, creo que por ahí va la cosa, siento que Cofiño experimenta la misma necesidad que el joven Ford, de lucirse técnicamente y olvida que el secreto de la literatura es narrar y no hacer juegos florales.
—No puedo creer que estéis diciendo esas cosas —le replicó Marga a Silvana—. «Perros bajo la piel» es técnicamente perfecta, es un historia de espionaje en el siglo XXV y por supuesto que esconde sus cartas hasta el final, o ¿es que LeCarre te dice en la quinta página quien es el topo? Se trata de eso, de trabucar, de ocultar, de confundir y Cofiño lo hace magistralmente, porque, y eso no me lo podéis negar, nunca, nunca le miente al lector. Todos los hechos están a la vista, «los hechos son sagrados, las interpretaciones libres», dicen los historiadores. Cofiño nos va sirviendo en bandeja una interpretación de los hechos perfectamente consistente, pero al final le pega la vuelta a todo, y nos da otra interpretación que es igual de consistente. Esa es la habilidad de un maestro.
—¡Paparruchas! —Brenda llevaba demasiado rato callada.— ¡Hay montones de cosas que hacen agua! En «Perros...», por ejemplo todo lo de...
—¡Eh! —le interrumpí—. Quiero que me las contéis, pero sin reventármelas.
—Bueno, pues no te digo nada, pero está claro que en «Perros...» hay partes que son pura maniobra de distracción, cosas que se cuentan para llevarte en determinado sentido. Puede que sean «hechos» como dice Marga, pero evidentemente están presentados de forma sesgada.
—Lo que pasa es que no te han gustado y lo ves todo negro.
—Pero Brenda tiene algo de razón —esta vez fue Válery la que le echó un capote a la refunfuñona Brenda—. De todas maneras, hay que admitir que Cofiño mejora rápidamente. Si tienes en cuenta cómo se han escrito estas novelas, se hace evidente que Cofiño ha aprendido mucho mientras lo hacía.
—¿Que quieres decir? —pregunté interesada.

Librería de Zoe - Perros Bajo la Piel/El Cortafuegos Fue Silvana quien me respondió.
—Válery se refiere, seguramente, a que Cofiño primero escribió «Perros bajo la piel» pero no la publicó.
—¡Así sería! —apuntilló Brenda.
—Quizá no fuera muy buena, no lo sabemos, pero eso le dio la idea de «El cortafuegos» cuya acción transcurre tres siglos antes de la de «Perros...».
—Escribió «El cortafuegos» —continuó Válery—, y esa sí que la publicó. Tuvo tan buenas críticas, que decidió reescribir «Perros bajo la piel» y la publicó después de «El cortafuegos».
—Y esa reescritura se nota y mucho. —Silvana volvió a tomar la palabra.— En muchos aspectos, «Perros bajo la piel» es una novela menos madura que «El cortafuegos». En «Perros...», la mejoría de Cofiño es notoria, casi página a página, pero si lees primero «El cortafuegos» y luego «Perros...», te da la sensación de que el autor ha retrocedido entre una y otra.
—O sea que mejor leer primero «Perros bajo la piel» y luego «El Cortafuegos».
—¡No, no, no! —protestó Marga—. ¡Hay que leerlas en el orden cronológico de la historia! «Perros...» transcurre en el siglo XXV y lo que nos cuenta en «El cortafuegos», que ocurre en el XXII, explica como se ha llegado a esa sociedad del XXV. Lo mejor es leerlas en el orden cronológico.
—Pues yo no estoy de acuerdo —le contradijo Silvana—. Si las lees al contrario, te das cuenta como ha mejorado Cofiño de una a otra, además, en «Perros...» nos ofrece la perspectiva histórica de los hechos narrados en «El cortafuegos», así cuando lees esta, es como vivir realmente lo que hasta entonces habías estudiado como una lección de historia.
—De hecho —remachó Válery—, «El cortafuegos» está narrado desde el siglo XXV, como un trabajo de investigación histórica de los hechos acaecidos tres siglos atrás.
—¡Esa es buena también! —refunfuñó Brenda—. ¡No me diréis que eso le sale bien! En la mayor parte del libro, se le va la mano completamente de los hechos que a un historiador le pueden interesar, ¡lógicamente! Para justificar ese conocimiento, tan exhaustivo, de detalles sin ninguna importancia historiográfica, de vez en cuando nos endilga una explicación peregrina que rompe el ritmo de la narración.
—Es verdad —admitió Silvana—, es parte de ese alarde formalista, de ese lucimiento técnico, del que todavía disfruta en «El cortafuegos».
—No se da cuenta que ese artilugio histórico no aporta nada a la narración.
Silvana y Válery seguían reforzándose mutuamente lo cual no me extrañaba. Habían disfrutado mucho juntas y yo sabía que Silvana había aprendido mucho de la experiencia de Válery, como todas nosotras en realidad, aunque lo suyo fue algo especial. Ahora vivían vidas diferentes, Válery dedicada a sus juguetes íntimos, en deseada soledad, y Silvana loca por el sexo en grupo.
—En realidad —continuó Válery—, ese enfoque lastra el ritmo narrativo, como bien dice Brenda, con alguna que otra explicación completamente prescindible y cogida por los pelos.
—Pues a mí me gusta mucho eso —Marga seguía en sus trece—, le da un toque original y fuera de lo común.
—Lo que pasa es que al final no es tan grave, puedes olvidarte de todo ese aparataje con facilidad y simplemente ignorarlo y centrarte en la historia, en las historias, en realidad, por que son cuatro narraciones solapadas, cada una empieza un poco antes del final de la anterior y lleva la acción un poco más allá.
—Pues yo no veo que Cofiño mejore tanto como tu y Válery decís. La primera de esas historias es tan tramposa como «Perros...», alguna hay que es puro relleno y al final, resulta que toda la novela ha estado pivotando sobre un único hecho que de tan simple y trivial, resulta inverosímil.
—En lo de que ese hecho que adquiere una trascendencia tremenda resulta inverosímil, estoy de acuerdo —admitió Válery—, por múltiples razones, y creo que sé a que historia te refieres cuando dices que es puro relleno; pero no me negarás, que los personajes de esa historia, precisamente los de esa, están magníficamente logrados, y aunque al final pienses que podría ser prescindible dentro del esquema general, es un placer leerla.
—Un placer leerla, literariamente hablando, supongo, porque es amarga de cojones.
—¡Por supuesto! ¡Por supuesto! Y eso es mucho decir en una novela excepcionalmente amarga. Bueno chicas, creo que va siendo hora de retirarse.
Todas asentimos y después de liquidar la cuenta y tomar nuestras cosas desfilamos por la puerta del local.
Mientras salíamos, Brenda, ¡quien si no!, insistió en su opinión.
—Pues vosotras diréis lo que queráis, pero a mí me parece que este Cofiño, está un poco verde todavía.
—Pues si verde está tan bueno, ¡qué será cuando madure! —replicó Marga.
Y entre risas y burlas nos alejamos por el malecón.

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Aurora Bitzine revista de fantasía y ciencia ficción a 1 de marzo del 2006