—Llegamos a esta puta aldea hará poco más de dos cuentas. —La voz de Mighoss retumbaba ominosa entre las cuatro paredes de la celda—. Conmigo viajaba Weelira, de los Llanos del Forjad, y Norinius el despeinado. No se si los conocerías, Reddrick, ambos eran muy buenos camaradas, de los que no se achantan a las primeras adversidades. En cuanto pusimos un pie en Lob, supimos que algo malo estaba sucediendo. La aldea acababa de ser atacada y el ambiente hedía a muerte. El cementerio estaba repleto de tumbas recién escavadas, las mujeres iban de luto por sus maridos y muchas de las casas que hoy ves alzadas, no eran más que escombros y cenizas. El alcalde ese, el de la melena larga, había perdido a su mujer. Estaba hecho polvo el pobre miserable, al igual que su hija. ¿Has visto a la niña, Reddrick?
El mestizo afirmó con la cabeza. Desde su llegada a Lob había sentido la mirada de la pequeña Mina en todo momento, produciéndole extrañas sensaciones.
—Estaba tan destrozada como su padre. La verdad es que no había vecino en el pueblo que no lamentara la pérdida de uno de sus familiares. Incluso Weelira, siempre fría y calculadora, se sintió incómoda entre esta gente. El olor a muerte era demasiado intenso.
»Aquí nos encontramos con Pipper el Arquero y Mantecosa de Ecroc. Según nos contaron, arribaron a Lob atendiendo la llamada del alcalde, y a los dos días de su llegada se produjo el ataque. Una horda de más de cien orcos abandonó el bosque y se lanzó sobre la aldea, llevándose por delante a todo aquél que se interponía en su camino. Mataron a muchos, entre ellos a Oso Rabietas, Neik y Brisco. Croudder llegó ese mismo día acompañado por Tenot el Tortuga. En total nos reunimos siete mercenarios en busca de fortuna. Nuestra principal misión sería la de proteger el pueblo y evitar que se produjeran más ataques. Para ello comenzamos las incursiones por el bosque.
—Esos orcos que atacaron la aldea —le interrumpió el semielfo—, ¿iban armados con petos? ¿Empuñaban la Estrella Negra de Kunnuth?
—¿Te refieres a que si eran sirvientes del Ejército Forjado en la Sombra? —Mighoss respiró hondo, llenó de aire sus inmensos pulmones y lo soltó de golpe. Su mirada vagaba extraviada entre las tinieblas—. Ya te dije que yo no estuve aquí cuando se produjo el ataque, pero Pipper me dijo que sí. Eran supervivientes del País Remoto. —El gigante hizo una nueva pausa y observó atentamente el rostro de su compañero—. ¡No pongas esa cara, medioelfo! ¿Acaso pensabas que los lujaranos hicieron una faena limpia en Luduz Ungras! Las malas lenguas aseguran que los supervivientes, cuando traspasaron la Franja de No Retorno, arrastraban consigo un olor a mierda tan intenso que ni el esparto sería capaz de arrancarlo.
Reddrick lanzó una carcajada, que sonó ahogada por la oscuridad, e instó al enorme mercenario a que continuara el relato.
—La primera vez que atravesamos la linde del bosque, no nos alejamos demasiado. Reddrick, créeme si te digo que hasta el mismísimo Croudder se acojonó en cuanto puso un pie entre esos árboles. Todos pudimos sentir la presencia de ese ser que habita en la espesura. Su voz se transmite con el viento, su presencia se palpa en la distancia. No sé explicarlo, medioelfo. Es como si algo frío entrara dentro de ti y atravesara tu corazón de parte a parte, como una espada de hielo.
—Kathur esta demasiadas leguas al Este.
—¡No es Kathur, maldita sea! No te burles de mí, medioelfo. Se perfectamente dónde se encuentra el Bosque de la Sombra y, podría decirte con seguridad, que el bosque de Lob acojona tanto como el otro.
—Continúa.
—Como te he dicho antes, aquel día no nos internamos demasiado en la espesura. Cabalgamos por la linde, pues nadie se atrevía a abandonar los alrededores y que la noche nos sorprendiera lejos de casa. Nos limitamos a rebuscar huellas de orcos y actividad que pudiera desvelarnos la existencia de nuevos enemigos. Pero los únicos rastros que encontramos eran huellas antiguas, probablemente de las bestias que atacaron la ciudad semanas atrás.
»Regresamos a Lob y pasamos la noche en la aldea. Al amanecer regresamos sólo para ser presa de la misma sensación que el día anterior. El bosque respiraba lleno de vida a nuestro alrededor, sin embargo, por más que nos adentráramos en sus parajes sombríos, no dábamos con el paradero de esa extraña influencia que nos acongojaba a todos. Así transcurrió algo más de una semana, con incursiones que nos adentraban en la espesura, aproximándonos más y más a esa extraña amenaza que parecía palpitar entre los árboles y no nos quitaba ojo de encima.
»Por fin, una tarde, dimos casi sin darnos cuenta con una expedición de orcos. Los muy cabrones estaban apostados entre los árboles, durmiendo como troncos. Caímos sobre ellos y planteamos batalla, pero eran más de los que habíamos esperado encontrar en un primer momento. No sufrimos bajas, sin embargo, cuando la cabeza del último bastardo rodaba por el suelo, nos dimos cuenta que Croudder, nuestro líder, había desaparecido sin dejar ningún rastro. Tras la batalla todos nos encontrábamos exhaustos, incluso Mantecosa estaba herido. Uno de esos cara mierda le habían arrancado la mano izquierda de cuajo. Pipper comenzó a decir que debíamos volver a la aldea. Estaba oscureciendo y no deseaba ser sorprendido por la noche en ese maldito bosque, pero Weelira, que siempre ha tenido más cojones que ningún hombre, dijo que no iba a volver a casa sin Croudder. Pipper se quejó, y creo que Mantecosa también se puso de su lado; sin embargo, Tenot el Tortuga, Norinius y yo nos pusimos de parte de la mujer. Conocíamos a Croudder demasiado tiempo para dejarlo sólo en ese lugar maldito.
»Finalmente decidimos separarnos. Mantecosa, maltrecho por las heridas, regresó a la aldea y Pipper, a regañadientes, siguió nuestros pasos hacia el corazón del bosque. ¡Madre puta, si llego a saber lo que nos esperaba en aquel infierno, hubiera seguido al de Ecroc sin pensármelo dos veces! Antes de que se pusiera el Sol, la oscuridad ya se cernía sobre todos nosotros. Caminamos despacio, siguiendo un rastro difuso que se perdía entre tronchas y raíces. Se hizo a nuestro alrededor una negrura absoluta, y tuvimos que guiarnos con antorchas. La influencia de algo maligno, casi macabro, atenazó nuestro corazón y nos hizo ir más despacio. Creo que no me equivoco, Reddrick, si te digo que en ese maldito bosque se hace difícil hasta respirar.
»Comenzábamos a perder las esperanzas de encontrar a Croudder cuando un grito angustioso congeló nuestros corazones. Nos quedamos en silencio, completamente parados. El lamento se repitió y, finalmente, se convirtió en una retahíla de lamentos y aullidos que nos hizo palidecer a todos. Era como si alguien estuviera siendo torturado en lo más profundo del bosque.
—¿Croudder?
Mighoss meneó la cabeza de un lado a otro.
—Seguimos el rastro de aquellos chillidos y llegamos a una cañada repleta de árboles secos y espinos retorcidos. Allí encontramos los restos de nuestro compañero, pero no era Croudder al que hallamos, sino a Mantecosa. Al pobre tipo lo habían desnudado, cortado los huevos, abierto en canal y colgado de un árbol. Tenía la cabeza abierta, con el cráneo completamente espachurrado. Parecía que alguien le había lavado la cara con sus propios sesos.
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