CAMISETAS AURORA Aurora Bitzine
Ciclo Robert E. Howard: Sembradores del Trueno (I)
Vientos acerados y ruina y fuego
Y un Jinete agitándose con enorme alegría;
Sobre los cadáveres esparcidos, tierra ennegrecida
Muerte, acecha desnuda, viene
Como una nube de tormenta aplastando los barcos
Todavía el Jinete permanece erguido,
Pálido con la sonrisa de un rey muerto en los labios.
Como el alto caballo blanco que montaba.

La Balada de Baibars
Por Robert E. Howard

Ciclo Robert E. Howard - Sembradores del Trueno (I) Capítulo 1

Los holgazanes de la taberna observaban la figura apostada en el marco de la puerta. Allí se alzaba un hombre alto y robusto, con las sombras de las antorchas y el clamor del bazar a sus espaldas. Sus vestiduras eran una simple túnica y unos cortos calzones de cuero; un manto de pelo de camello colgaba de sus anchos hombros y sus pies estaban calzados con sandalias. Desentonando con su atuendo de pacífico viajero, una corta y afilada espada recta colgaba de su faja. Un gigantesco brazo, muy musculoso, se extendió, con la fornida mano sujetando un bastón de peregrino, mientras permanecía con sus poderosas piernas tensas en la entrada. Sus piernas desnudas eran peludas, nudosas como árboles talados. Su fosco pelo rojizo estaba recogido por una sencilla tela azulada, y desde su cuadrado rostro moreno, sus extraños ojos azules brillaban con una alegría imprevisible y temeraria, reflejada por la media sonrisa que curvaba sus finos labios.
Su mirada pasó sobre los marineros y los andrajosos holgazanes con cara de halcón que preparaban té y reñían sin fin, para posarse en un hombre que se sentaba aparte en una tosca mesa con una jarra de vino, un hombre que no pasaba desapercibido: alto, de pecho robusto, anchos hombros, con los peligrosos atributos de una pantera. Sus ojos eran fríos como el hielo azulado, realzados por una mata de pelo dorado con destellos rojizos, que al hombre de la puerta le pareció que era como oro ardiendo. El hombre de la mesa vestía una fina cota de malla plateada, una delgada espada recta colgaba de su asiento y, en un banco junto a él, había un escudo en forma de rombo y un casco ligero.
El hombre con el disfraz de viajero avanzó intencionadamente y se paró, las manos descansando sobre la mesa desde la que sonreía burlonamente al otro, y habló en una lengua desconocida al hombre sentado, recién llegado a Oriente.
Éste se volvió con lentitud y preguntó en francés normando: “¿Qué dices, infiel?”
“Digo”, replicó el viajero en la misma lengua, “que un hombre no puede entrar en una taberna egipcia sin encontrar algún perro cristiano junto a sus pies”.
Mientras el viajero estaba hablando, el otro hombre se había levantado, y ahora el que hablaba llevó su mano a la espada. Un resplandor brillante centelleó en los ojos del otro y se movió como un destello de luces de verano. Su mano izquierda se lanzó a agarrar la pechera de la túnica del viajero, y en su mano derecha refulgió la larga espada. El viajero dio un traspié, con su espada a medio sacar de la vaina. Pero la tenue sonrisa no abandonó sus labios y miró fijamente de manera casi infantil la hoja que centelleaba ante sus ojos, como si estuviera fascinado por su brillo.
“Perro pagano”, gruñó el espadachín, y su voz era como el tajo de una hoja sobre una tela. “¡Te mandaré al infierno!”
“¿Qué pantera te parió que te mueves como un gato atacando?”, respondió el otro con curiosidad, con calma, como si su vida no peligrara en el envite. “Me has tomado por sorpresa. No sabía que un franco osara sacar la espada en Damietta”.
El franco le echó una mirada furiosa; el vino que había bebido provocaba peligrosos destellos en sus ojos, donde luces y sombras continuamente bailaban y cambiaban.
“¿Quién eres?”, increpó.
“Haroun el Viajero”, replicó el otro. “Guarda tu acero, te pido perdón por mis palabras insidiosas. Parece que todavía hay francos de la vieja raza.”
Cambiando de humor, el franco devolvió su espada a la vaina con un seco sonido. Volviendo a su banco, señaló a la mesa y la jarra de vino con un gesto amplio.
“Siéntate y refréscate; si eres un viajero, tendrás una historia que contar.”
Haroun no le complació de inmediato. Su mirada recorrió la taberna e hizo señas al posadero, que vino a regañadientes. Cuando se aproximó al Viajero, el tabernero retrocedió súbitamente con un lloriqueo sofocado. Los ojos de Haroun se tornaron repentinamente despiadados y dijo: “¿Qué ocurre, camarero, quizás crees ver en mí a algún hombre que hayas conocido antes?
Su voz era como el ronroneo de un tigre cazando, y el desdichado tabernero asintió con un cabeceo. Sus ojos dilatados estaban fijos en la ancha y nervuda mano que sujetaba la empuñadura de la afilada espada.
“No, no señor”, balbuceó. “Por Alá, que no te conozco, nunca te he visto antes.” “Y si Alá lo quiere, no te veré nunca más”, añadió mentalmente.
“Entonces dime que hace un franco aquí, con cota de malla y llevando una espada”, preguntó Haroun bruscamente, en turco. “Los perros venecianos son permitidos tanto en Damietta como en Alejandría, pero tienen que pagar por el privilegio con humildad, y ninguno se atreve a llevar una hoja aquí. Y mucho menos a blandirla frente a un creyente”.

Ciclo Robert E. Howard - Sembradores del Trueno (I) “Él no es veneciano, buen Haroun”, respondió el tabernero. “Ayer desembarcó de una galera mercante veneciana, pero no se asoció con los mercaderes o los marineros infieles. Caminó valientemente por las calles, llevando su acero a la vista y agitándolo contra todo el que se le cruzaba. Dice que va a Jerusalén y que no encontró un barco para ningún puerto de Palestina, así que vino aquí, tratando de hacer el resto del camino por tierra. Los Creyentes dicen que está loco, así que nadie le ha molestado.”
“En verdad, la locura es enviada por Alá y a los locos da su protección”, musitó Haroun. “Incluso creo que este hombre no está del todo loco. ¡Tráeme vino, perro!”.
El tabernero se inclinó en una profunda reverencia y se apresuró a cumplir la orden del Viajero. Las leyes del Profeta contra las bebidas alcohólicas y otros preceptos ortodoxos eran desobedecidas en Damietta, donde muchas naciones extranjeras y turcas vivían codo a codo con coptos, árabes y sudaneses.
Haroun se sentó frente al franco y tomó una copa de vino ofrecida por un sirviente.
“Te sientas en medio de tus enemigos como un shah del Oriente, mi señor”, dijo sonriente. “Por Alá, tienes el porte de un rey.”
“Soy un rey, infiel” refunfuñó el otro; el vino le había emborrachado y le había dado un tono imprudente y de burlona locura.
“¿Y dónde cae tu reino, malik?” La pregunta no fue hecha con burla. Haroun había visto muchos reyes destronados dejándose llevar por la corriente que lleva al Oriente.
“En la cara oscura de la Luna”, respondió el franco con una salvaje y agria risotada. “Más allá de las ruinas de todos los imperios venideros u olvidados en el crepúsculo de edades perdidas. Cahal Ruadh O’Donnel, rey de Irlanda. El nombre no significará nada para ti, Haroun de Oriente, como nada es la tierra que me queda por derecho de nacimiento. Los que fueron mis enemigos se sientan en los altos tronos, los que una vez fueron mis vasallos yacen fríos y los murciélagos cazan en mis castillos derruidos, e incluso el nombre de Cahal el Rojo es maldito en los recuerdos de los hombres. Así que... ¡rellena mi copa, esclavo!”
“Tienes el alma de un guerrero, malik. ¿Te ha vencido la traición?”
“Maldita traición”, juró Cahal. “Y las artimañas de una mujer que se enroscó en mi alma hasta cegarme, para ser arrojado al final como un títere roto. Si, la señora Elinor de Courcey, con su pelo negro como las sombras de medianoche en el lago Derg, y sus ojos grises como...” De repente entró como en trance, y sus intensos ojos brillaron.
“¡Santos y demonios!” rugió. “¿Quién eres para que te haya abierto mi alma? El vino me ha traicionado y me ha soltado la lengua, pero yo...” Mientras buscaba su espada, Haroun rió.
“No te he hecho ningún daño, malik. Vuelve tu espíritu asesino hacia otro sitio. ¡Por Erlik, hagamos algo para calmar tu sangre!”
Levantándose, cogió una lanza que estaba junto a un soldado borracho y rodeó la mesa. Sus ojos ardían de manera temeraria cuando extendió su enorme brazo, sujetando el asta cerca del centro y con la punta hacia arriba.
“Sujeta el astil, malik”, dijo riendo. “Nunca jamás he encontrado a nadie lo bastante fuerte para arrancar una lanza de mi mano”.
Cahal se incorporó y sujetó la lanza de forma que sus dedos apretados casi tocaban los de Haroun. Las piernas se tensaron, los brazos se doblaron por los codos, cada hombre se esforzó con todas sus potencia contra el otro. Estaban muy igualados; Cahal era un poco más alto, Haroun un poco más corpulento. Eran como un oso contra un tigre. Como dos estatuas se tensaron, y ninguno se movió ni una pulgada mientras la jabalina permanecía inmóvil bajo fuerzas iguales. Entonces, con un repentino desgarro seco, la dura madera se rompió y cada hombre asombrado se quedó con la mitad de la lanza, que se había partido bajo la terrorífica tensión.
“¡Ah!” gritó Haroun con los ojos brillando; entonces se calmaron con una súbita duda.
“Por Alá, malik”, dijo él. “¡Esto es algo malo! De dos hombres, uno debería ser señor del otro, con el fin de que no haya un mal final. Esto significa que ninguno se rendirá nunca al otro, y al final, cada uno buscará el mal del otro.”
“Siéntate y bebe”, respondió el gaélico, arrojando a un lado el astil roto y buscando la jarra de vino, con sus sueños de grandezas perdidas y su furia aparentemente olvidados. “No llevo mucho en el Oriente, pero sé que no hay muchos como tú entre estos paganos. Ten por seguro que no eres como los egipcios, árabes o turcos que he visto.”

Ciclo Robert E. Howard - Sembradores del Trueno (I) “Nací muy lejos al este, entre las tiendas de la Horda Dorada, en las estepas de la profunda Asia”, dijo Haroun, y su mal humor se tornó en jovialidad cuando se dejó caer sobre su banco. “¡Ajá! Era casi un hombre antes de que escuchara hablar de Mahoma, ¡alabado sea! Si, bogatyr, ¡he sido muchas cosas! Una vez fui un príncipe de los tártaros, hijo del señor Subotai que una vez fue mano derecha de Genghis Khan. También fui esclavo, cuando los turcomanos hicieron incursiones en el este y secuestraron jóvenes y chicas de la horda. En el mercado de esclavos de El Kahira fui vendido por tres piezas de plata, por Alá, y mi amo me entregó a los Bahairiz, los soldados esclavos, porque temía que yo le estrangulara. Ahora soy Haroun el Viajero, haciendo peregrinación a los lugares sagrados. Pero una vez, tan sólo hace unos pocos días, era un hombre de Baibars, ¡qué el diablo se lo lleve!”
“La gente dice en la calle que ese Baibars es el verdadero gobernante de El Cairo”, dijo Cahal con curiosidad; nuevo en el Oriente como era, había oído ese nombre demasiado a menudo.
“La gente miente”, respondió Haroun. “El sultán gobierna Egipto y Shadjar ad Darr gobierna al sultán. Baibars es solo el general de los Bahairiz, ¡un palurdo!”
“Yo era su mano derecha”, gritó repentinamente entre carcajadas. “Cumplir todas sus ordenes, acostarme y levantarme con él, sentarme a la mesa con el, e incluso ponerle la comida y la bebida en su estúpida boca. ¡Pero he escapado de él! Por Alá, el tres veces bendito, ¡ya no tengo nada que ver con ese necio de Baibars esta noche! Soy un hombre libre y el diablo puede llevárselo a él y al sultán, y a Shadjar ad Darr y a todo el imperio de Saladino. Esta noche soy mi único amo.
Palpitaba con tanta energía que no podía estarse quieto o en silencio; parecía vibrante y loco de alegría, rebosante de ganas de vivir. Con una gigantesca carcajada golpeó la mesa atronadoramente con la mano abierta y rugió: “por Alá, malik, me ayudarás a celebrar mi fuga del gran Baibars, a quien el demonio se lleve. ¡Llevaos esta basura, perros! ¡Traed kumiss! ¡El señor nazareno y yo tenemos la intención de coger una borrachera como no se ha visto en Damietta en cientos de años!”
“¡Pero mi señor ha vaciado ya una jarra entera de vino y está algo más que medio bebido!”, clamó el insulso criado que Cahal había tomado en lo muelles. No es que le gustase, pero le servía bien, quería lo mejor en cualquier disputa, y aparte de eso tenía un instinto muy oriental para entrometerse con sus palabras.
“¡Vaya!”, rugió Haroun, tomando una jarra rebosante de vino. “¡No dejaré a nadie en desventaja! Mira: me bebo hasta la última gota para que podamos empezar a la par”. Y bebió apresuradamente, hasta que vació por completo la jarra.
Los criados de la taberna trajeron kurniss –leche de de yegua fermentada en pieles de cuero, atadas y selladas–, una bebida ilegal traída por las caravanas desde las tierras de los turcomanos, para tentar los finos paladares de los nobles y satisfacer las ansias de los hombres de las estepas así como las de los mercenarios y los Bahariz.
Trago tras trago, Cahal bebió el extraño y blanquecino brebaje de ácido sabor junto a Haroun, el viajero, un compañero como nunca había tenido el exiliado príncipe irlandés. Entre enormes tragos, Haroun agitaba la sucia jarra mientras reía a carcajadas, y contaba a gritos las historias picantes que se susurraban en los perfumados y sensuales burdeles de El Cairo. Cantó canciones de amor árabes que hablaban de susurros entre hojas de palmera y el silbido de los velos de seda, y rugió las canciones de los jinetes en una lengua que nadie en la taberna podía comprender, pero que vibraban con el repicar de los cascos de los caballos mongoles y el entrechocar de sus espadas.
La luna había salido, e incluso el clamor de Damietta se había disipado en la oscuridad, cuando Haroun se tambaleó y trató de sujetarse a la mesa para no caer. Un sencillo y cansado esclavo estaba cerca para servir vino. El dueño, sirvientes y algunos clientes roncaban sobre el suelo o habían caído hacía algún tiempo. Haroun voceaba con la lengua de trapo un lamento de batalla y clamaba en alto con la dignidad de su alegría desenfrenada. Gotas de sudor resbalaban por su cara, y las venas de sus sienes se hinchaban y latían por los excesos. Sus salvajes y caprichosos ojos brillaban con un júbilo demoníaco.
“¡Si no fueras un rey, malik!”, rugió, alzando una enorme porra. “¡Te enseñaría el juego del garrote! Si, mi sangre corre como un semental de la estepa y en buena lid golpearía con fuerza la cabeza de cualquiera, por Alá.”
“Entonces agarra tu palo, hombre”, respondió Cahal tambaleándose. “¡Me habrán llamado imbécil, pero nadie puede decir que haya huido de donde se repartían palos, ya sea con espadas o con garrotes!”.
Sujetando la mesa, cogió una de las patas y la arrancó de un fuerte tirón. Saltaron astillas y su mano de hierro blandió la burda pata.
“¡Aquí esta mi garrote, vagabundo!”, rugió el gaélico. “Deja que el abre-cabezas empiece, y si el profeta te ama, haría bien en proteger tu cráneo con su manto”.
“¡Salaam, malik!” clamó Haroun. “Ningún rey desde Malik Ric se había enfrentado con un garrote a un trotamundos sin amo”. Y con una gigantesca risotada, arremetió.
La pelea fue necesariamente corta y fiera. El vino que habían bebido nublaba sus ojos y entorpecía sus manos, les costaba mantener el equilibrio, pero no había disminuido su fuerza de tigre. Haroun golpeó primero, como lo haría un oso, y fue por fortuna mas que por habilidad que Cahal eludió el tremendo golpe. Incluso así le sacudió cerca del oído, haciéndole ver miríadas de estrellas, y haciéndole caer sobre la mesa rota. Cahal se apoyó en el resto de la mesa con la mano izquierda para alzarse y devolvió el golpe tan salvaje y rápidamente que Haroun no pudo pararlo ni esquivarlo. La sangre manó, el garrote se partió en la mano de Cahal y el viajero se desplomó como si fuera un perro y perdió el conocimiento.
Cahal arrojó los restos de su garrote con un gesto de disgusto y agitó su cabeza violentamente para aclararla.

Ciclo Robert E. Howard - Sembradores del Trueno (I) “Ninguno de nosotros cederá ante el otro. Bien, en esta ocasión yo he ganado”
Calló. Haroun estaba tendido cuan largo era y el sonido de su plácido ronquido invadía el lugar. El golpe de Cahal le había abierto la cabeza y le había derribado, pero era la increíble cantidad de licor tártaro que había bebido lo que le había hecho desmayarse allí donde había caído. Y ahora Cahal sabía que si no salía a la fría noche de una vez, el también caería sin sentido junto a Haroun.
Maldiciéndose furioso, pateó a su sirviente para despertarle y tras recoger su escudo, su yelmo y su capa salieron de la taberna. Enormes constelaciones de estrellas resplandecían sobre los planos tejados de Damietta, reflejándose en la oscura corriente del río. Los perros y los mendigos dormían en las polvorientas calles, y entre las negras sombras de los callejones acechaban los ladrones. Cahal se subió a la silla del caballo que el somnoliento criado le trajo, y prosiguió su camino por las estrechas y silenciosas calles. El aire fresco, precedente al amanecer, disipó los vapores del vino, mientras salía de la maraña de callejones y bazares. El amanecer todavía no había aparecido en el este, pero se adivinaba su resplandor en el cielo.
Pasó las casuchas de adobe a lo largo de las acequias de riego, pasó los pozos con sus grandes techumbres de madera y pasó entre los espesos palmerales. Tras él, la antigua urbe dormía, enigmática, misteriosa y encantada. Ante él, las extensas arenas del Jifar.







Capítulo II

Los beduinos no pudieron frenar el paso de Cahal el Rojo desde Damietta hasta Ascalón. Para él estaba reservado otro destino, así que viajó descuidado y solo, excepto por su zarrapastroso criado, a través de los páramos, y ninguna punta de flecha u hoja curva le tocó, a pesar de que una bandada de jinetes de rostro de halcón y vestidos con blancos khalats le acosaron en la última parte del camino y le siguieron como una manada de lobos hasta muy cerca de las puertas de los asentamientos cristianos.
Era una tierra inquieta y sin descanso, a través de la cual Cahal hacía su peregrinaje a Jerusalén en los cálidos días de la primavera del año del Señor de 1.243. El pelirrojo príncipe había aprendido muchas cosas nuevas de la tierra que atravesaba, sucesos que antes de comenzar su peregrinaje no eran en su mente más que un velo impreciso de nombres y hechos. Supo que el emperador Federico II había recobrado Jerusalén de los infieles sin librar una batalla. Aprendió que ahora la Ciudad Santa era compartida con los musulmanes, para quienes también era sagrada; Al Kuds, La Santa, la llamaban, desde donde Mahoma ascendió al paraíso, y donde en el último día se sentará para juzgar las almas de los hombres.
Y Cahal conoció que el reino de Outremer era tan solo una sombra de su heroico pasado. En el norte, Bohemundo VI gobernaba Antioquia y Trípoli. En el sur, la cristiandad gobernaba la costa hasta Escalón, con algunos territorios en el interior como Hebrón, Belén y Ramala. Los tenebrosos castillos de los Templarios y de los Caballeros de San Juan amenazaban como perros guardianes, y los fieros monjes soldados portaban armas día y noche, preparados para ir a cualquier parte del reino amenazada por una invasión pagana. Pero, ¿cuánto tiempo podrían estos hombres y sus estrechas líneas de defensa permanecer contra la creciente presión de los paganos del interior?
En las conversaciones en los castillos y tabernas de camino a Jerusalén, Cahal escuchó maldecir el nombre de Baibars. Los hombres contaban que el sultán de Egipto, pariente del gran Saladino, chocheaba, gobernado por una esclava, Shadjar ad Darr, y que compartiendo su mandato estaban los señores de la guerra Ae Beg “el Kurdo” y Baibars “la Pantera”. Este Baibars era un demonio con forma humana, decía la gente, un bebedor de vino y amante de las mujeres; su agudeza era aún más profunda que la de los monjes y su valentía en la batalla era tema para muchas canciones de los trovadores árabes. Un hombre fuerte y ambicioso.
Era el gran general de los mercenarios, que se decía que eran la verdadera fuerza del ejército egipcio. Los Bahairiz, les llamaban algunos, otros los Esclavos Blancos del Río, y otros los Mamelucos. Sus huestes estaban, principalmente, compuestas por esclavos turcos, elevados de rango y entrenados en el arte de la guerra. Baibars mismo había servido como un vulgar soldado en sus filas, acrecentando su poder por la pura fuerza de su brazo. Podía comerse un cordero asado de una sentada, decían los viajeros árabes, y bebía el vino prohibido por la fe. Era bien sabido que cuando se emborrachaba, sus oficiales se ocultaban bajo la mesa. Era capaz de romper la espina dorsal de un hombre con sus manos desnudas en un momento de furia, y cuando cabalgaba a la batalla agitando su pesada cimitarra, nadie podía detenerle.

Ciclo Robert E. Howard - Sembradores del Trueno (I) Y si esta encarnación del demonio viniera desde el sur con sus asesinos, ¿Cómo podrían los señores de Outremer prevalecer frente a él, sin la ayuda que la Europa desgarrada por las guerras y las intrigas había dejado de enviar? Los espías se ocultaban junto a los francos, averiguando sus debilidades, y se decía que el mismo Baibars había entrado en el palacio de Bohemundo, disfrazado de vagabundo contador de historias. Debía estar de acuerdo con el mismo Satanás, este jefe de los egipcios. Se rumoreaba que le encantaba ir entre su gente disfrazado, y asesinaba implacablemente a cualquiera que le reconociese. Con un alma extraña, llena de antojos caprichosos, tenía la ferocidad de un tigre.
No se sabía demasiado de este Baibars del que la gente hablaba, ni tampoco de del sultán Ismael, el señor musulmán de Damasco. Había un halo de secreto en el azul y misterioso Oriente que cubría de sombras a estos dos enemigos cercanos.
Cahal oyó también acerca de una nueva y terrible gente, que como un azote venían de más al este. Mongoles o tártaros los sacerdotes les llamaban, y juraban que eran los verdaderos demonios de Tartaria, de los que hablaban los profetas desde antiguo. Más de una veintena de años atrás habían llegado arrasando desde el este como una tormenta de arena, asolando todo a su paso; el Islam les había aplastado entonces y sus reyes habían desaparecido en el polvo. Y ahora, su jefe, al que los hombres llamaban Subotai, era el que Haroun el viajero, según recordaba Cahal, había aclamado como su señor y padre.
En aquel entonces la horda había vuelto a su territorio y la Tierra Santa había sido liberada. Los mongoles habían retornado a las brumas del desconocido Oriente con sus estandartes de rabo de buey, sus armaduras lacadas, sus tambores de agua y sus terribles arcos, y casi habían sido olvidados. Pero ahora, unos años más tarde los buitres volvían a volar en círculos por el Oriente, y de vez en cuando las noticias viajaban a través de las colinas de los kurdos, nuevas de clanes turcomanos siendo rápidamente aniquilados bajo las banderas de rabo de yak. ¿Se suponía que la inconquistable horda se volvería hacia el sur? Subotai había perdonado a Palestina, pero ¿quién sabe lo que había en la mente de Magu Khan, como llamaban los viajeros árabes al actual señor de los nómadas?
Eso contaba la gente en el hermoso clima primaveral, mientras Cahal viajaba hasta Jerusalén, tratando de olvidar el pasado, perdiéndose él mismo en el presente, absorbido por el espíritu y las tradiciones del país y la gente y aprendiendo nuevos lenguajes con la característica facilidad de los gaélicos.
Llegó hasta Hebrón, y en la gran catedral de la Virgen en Belén se arrodilló frente a la cripta donde las velas alumbraban el lugar donde nació Nuestro Señor Jesucristo. Y viajó hasta Jerusalén, con sus murallas destrozadas y sus mullahs llamados a la oración por sus sacerdotes muecín, cantando hasta donde alcanza el oído, junto al Santo Sepulcro. Aquellos muros habían sido derruidos por el sultán de Damasco unos años antes.
Pasada la Vía Dolorosa vio las esbeltas columnas del portal de Al Aksa, que se decía habían sido hechas por los primeros cristianos. Vio mezquitas que una vez habían sido capillas cristianas, y le contaron que la cúpula dorada sobre la mezquita de Omar cubría una roca gris que era el lugar más sagrado para los mahometanos: la roca desde donde el profeta ascendió al paraíso. Sí, e incluso en los días de Israel, Abraham había estado allí y el Arca de la Alianza había reposado en ese lugar, el templo del que Cristo había expulsado a los mercaderes. Esa roca era la cima del monte Moriah, una de las dos montañas sobre las que Jerusalén había sido edificada. Pero ahora la cúpula musulmana ocultaba la roca de la vista de los cristianos, y los derviches permanecían día y noche con sus espadas desnudas para prohibir el paso a los no creyentes, aunque nominalmente la ciudad estaba en manos cristianas. Y Cahal se dio cuenta de cuanto había crecido la debilidad de los francos de Outremer.
Cabalgó sobre las colinas que circundaban la Ciudad Santa y llegó al Monte de los Olivos, donde Tancredo, solamente ciento cincuenta años antes, estuvo en la primera conquista de Jerusalén. Y tuvo profundos y oscuros sueños sobre aquellos días, cuando los primeros hombres vinieron del oeste, firmes en su fe y su entusiasmo para fundar el Reino de Dios.
Ahora los hombres cortaban las gargantas de sus vecinos en el oeste y clamaban bajo las botas de ambiciosos reyes y avarientos papas, y en sus guerras y lamentos, olvidaban la delgada frontera donde el vestigio de una gloria perdida se aferraba a sus escasos límites.
A través de la primavera en ciernes, el tórrido verano y ensoñador otoño, Cahal el Rojo viajó, siguiendo un ciego peregrinaje que le llevó más allá de Jerusalén y cuyo final no podía ver o adivinar. Se demoró en Ascalón, Jaffa y Acre. Visitó los castillos de las órdenes militares. Walter de Brienne le ofreció una parte en el gobierno de su reino en decadencia, pero Cahal negó con la cabeza y siguió su camino. El trono que consideraba justo y le había sido robado allá lejos era la única gloria que ambicionaba y ninguna otra en la Tierra sería suficiente.
Y así, con la ilusión de una nueva primavera, llegó al castillo de Renault d’Ibelin, más allá de la frontera.

Continuará...
Traducción y adaptación: Manuel Burón y Francisco Calderón
subir
Aurora Bitzine revista de fantasía y ciencia ficción a 1 de marzo del 2006