CAMISETAS AURORA Aurora Bitzine
Relato de Terror: Corazones en Pedazos (I)
Los primeros que salen comprenden con sus huesos
que no habrá paraísos ni amores deshojados
Federico García Lorca, La Aurora
Por Jesus Cañadas

¿Se puede morir de amor?

Dicen que hay historias que se cuentan solas. No sé quién lo dice, pero espero que sea cierto. De veras lo espero, porque esta no es mi historia. No me pertenece, me siento como un intruso al asomarme a ella de esta manera. Peor aún, un mendigo con ínfulas de biógrafo, que recoge los retazos de vida de otro y los pone juntos en un puzzle sin sentido.
Te sorprenderá haber recibido una carta mía, imagino. No sé si tenías por cerrada esta parte de tu pasado. Si es así, te ruego que me perdones. Si no quieres saber nada o no te interesa lo que pueda contarte aquí, no dudes en tirar este cuaderno. Pero te pido que no lo hagas. Al menos, no hasta haberlo leído del todo. Espero que cuando lo hayas terminado de leer, logres entender a Ricardo. Y, por qué no, que también logres entenderme a mí un poco. A fin de cuentas, entender sus razones será como entender las mías propias.
Pero no. Yo soy secundario.
Esta historia es la de Ricardo. Sólo espero que las lagunas que rellene yo sean lo más parecido a lo que ocurrió de verdad.
Antes de seguir, te haré una advertencia: aquí se relatan hechos extraordinarios. Sobrenaturales, si lo prefieres así. Cosas que harán que te preguntes si no estás ante los desvaríos tardíos de una mente que finalmente se revela senil. El viejo catedrático reducido a un babeante resquicio de lo que fue, un patético bosquejo de vida humana envuelta en groseros pañales.
Bien, pues no es así. No pediré disculpas por mis palabras, como si duda Sofía me hubiese exigido. No lo haré, aunque sea sólo para demostrar que no estoy loco ni senil. Todo lo que vas a leer es real.
Te propongo esto: prueba a creerme. No cierres del plano tu mente; dame el beneficio de la duda. Al menos, piensa que de todo lo que escribo aquí, lo hago con la plena convicción de que ha sucedido realmente. Olvídate de quién es Ricardo y de quién soy yo, y vive esta historia como si nada tuviese que ver contigo.
Yo, por mi parte, haré lo posible por ayudarte a avanzar través de ella. Ojalá pudiera darte pruebas. Por desgracia, yo mismo gasté la última gota de la única prueba que te convencería.
Me tiembla un poco el pulso. El sol se pone a través de mi ventana. Puede que sea la última vez que veo esta habitación. Tengo que coger un taxi al aeropuerto en veinte minutos, y no sé si volveré. Tengo miedo, lo admito. Pavor, si quieres. Me aterra pensar en lo que sucederá a partir de ahora. Y sobre todo, me inquieta la posibilidad de que este diario, mi propio diario, nunca llegue a ti. Puede que nunca llegues a saber nada de esto, que mi desaparición y la de Ricardo sólo sea una anécdota más en la crónica de sucesos, un expediente archivado en el cajón de algún policía gordo y sedentario como un mamífero antediluviano.
Créeme, haré lo posible por evitar que sea así.
Admito que no sé por dónde empezar. No creo que haya ni un lugar y un momento justos. En la vida real no existen puntos de inflexión, sino una lenta sucesión de acontecimientos que continúan una historia cuyos engranajes giran y giran. Se me ocurre que aún no hemos llegado al principio, que todo lo que ha pasado no ha sido sino el preludio insano y doloroso de una historia que aún no ha comenzado. Y que no terminará jamás.. Yo continúo la historia de Ricardo. Sigo sus pasos como un sabueso. Una rata de biblioteca metida a detective. Un Sherlock Holmes avejentado y tembloroso.
Puede que todo empezase conmigo. Sí. Mi visita a Ricardo, el regalo que le hice y del que tanto me he arrepentido, es un punto tan bueno como cualquiera para empezar a contarte lo que vino a continuación. Su descenso a los infiernos, si me permites la manida referencia. Y el mío propio. Ninguno de los dos fuimos Orfeo. No había Eurídices esperándonos al final del camino. Los dos ignorábamos que las habíamos dejado atrás.

Sonó el timbre de la puerta. Varias veces. No se oía por encima de los bramidos del televisor.
A la quinta o sexta llamada, Ricardo fue a abrir. Le sorprendió ver aquel rostro al otro lado de portón.
—Gustavo—dijo, y se cerró la bata con un gesto apresurado—. Pasa.
El visitante entró con cuidado, sin poder disimular el profundo disgusto que le causaba el desorden que reinaba en la casa. El salón estaba colonizado por un ejército de latas de cerveza, cartones de pizza y envoltorios de diversa índole. La suciedad había hecho suyo el terreno. Había ido ganándolo a pulso. Todo aquello no se acumulaba en un día.
Ricardo, rascándose la barba de varios días, se dejó caer de nuevo en el sofá. La televisión aullaba. En la pantalla, hormigas gigantes destrozaban casas residenciales en blanco y negro. Americanos aterrorizados huían para ponerse a salvo. Como si fuese tan fácil.
—Siéntate, ¿quieres?
—No, gracias—se metió las manos en los bolsillos en un gesto inconsciente. Lástima no haber traído guantes—. Sólo quería pasar a ver cómo te encontrabas…
Dejó la frase en el aire, puesto que la escena respondía con creces a su pregunta. Las cortinas estaban corridas. Una penumbra enfermiza flotaba en el aire. Parecía incluso achicar las palabras, tornarlas cautelosas, amenazantes, ambiguas. El olor de vida apelmazada y descuidada no llegaba a ofender, pero se hacía patente. Quizá en otras partes de la casa fuera peor, aventuró.
Ricardo, la ruina que regentaba aquel imperio de la dejadez, le miró de arriba abajo. En la puerta, había tenido tiempo de ver que estaba en calzoncillos debajo de la bata.
—Me encuentro bien, gracias—sonrió con sarcasmo, y abrió los brazos—. Tengo todo lo que puedo desear. La vida me sonríe.
—Podés dejar a un lado los lugares comunes—comentó Gustavo, dando una vuelta alrededor del salón, como un sargento que hiciese un recuento de bajas. Le gustaba ir al grano—. ¿Es que no lo pensás superar? Hace más de dos años. ¿Es que no podés aceptar que se ha ido?
Volvían al mismo discurso de siempre, la discusión que había terminado, si no separándolos, alzando una valla de incomprensión entre ellos. Ricardo se salió por la tangente.
—Podés, podés, podés. Llevas toda tu vida en España y aún hablas como un sudaca.
—No me jodas, ¿quieres?—tenía razón. Había perdido con los años la mayor parte de las expresiones y los giros, pero le costaba un ligero esfuerzo eliminar del todo el acento. Tampoco le daba la gana hacerlo, sin más—. Te estoy hablando de ti, pelotudo. No podés pasarte la vida así, acá encerrado como un preso.
—Hoy es mi día libre—terció él, cogiendo otra lata de cerveza.
Gustavo consultó el reloj. Las once y media de la mañana.
—Ah, ¿si? ¿Cómo es posible que cada vez que vengo a verte tenés un día libre?
—No se puede decir que vengas mucho, ¿sabes?
—No—admitió, sin amilanarse. Tenía su cara a pocos centímetros y notaba el aliento. Cerveza y días amontonados—. Pero vos tampoco. No te veo fuera de estas cuatro paredes desde… desde…
Se contuvo. Ya había comprobado otras veces el efecto que tenía mencionar el nombre de Laura en voz alta. Ricardo, le gustase o no, estaba metido en un agujero. Uno del que Gustavo se había visto incapaz de sacarle, a pesar de todos sus esfuerzos. Pero no podía permitirse dejarlo estar. Aquella mañana había venido a gastar el que quizá fuese su último cartucho.
—Escuchá, pibe—le dijo, tomándole el rostro con ambas manos, como un mafioso confidente—. Vine acá para verte, nada más. Sabés que si te rompo las pelotas es por tu bien.
Él se apartó, huraño. Sabía que decía la verdad, pero la barrera seguía alzada. Y los listones terminaban en punta.
— Puedes dejar aparte la preocupación educada. Ambos sabemos que te da igual, y yo me siento bien así.
Gustavo se acercó a él. Se agachó para ponerse a su altura.
—Ella no está, pibe. No está—le palmeó las rodillas—. Se fue. Siento ser tan duro, pero la vida es así de jodida. La cagaste a lo grande con ella, y se fue. Tan simple como eso. Y tenés que seguir adelante. Mirá, a lo mejor necesitás un cambio de aires.
—A lo mejor nada—Ricardo hundió la cabeza entre las manos—. A lo mejor nada. No me sale, seguir. Me sale quedarme aquí y pensar en lo que hice mal.
—Todo se supera—dijo Gustavo, y lo dijo muy en serio—. Todo.
Se acercó a una mesita frente al saqueado mueble bar. En ella había la típica serie de fotos, en marcos a cual más ridículo. Agarró una y la contempló largo rato. En la foto se le veía a él mismo, y a un Ricardo joven, que aun recordaba cómo se sonreía. Entre los dos, como miembros de un desastroso ballet clásico, sostenían en brazos a la mujer más hermosa del mundo. Casi podía recordarla gritándoles que la bajasen, que le iban a hacer daño, sin poder dejar de reír. Las arrugas alrededor de sus ojos le parecían aureolas.
Acarició el cristal.
La amarga voz de Ricardo le sacó de sus pensamientos.
— ¿Tú crees que se puede morir de amor?
No lo decía para él. El vidrio en su mirada condensaba una época y un lugar que no tenían nada que ver con el presente.
—Vos no te estás muriendo de amor, pibe. Vos no te estás muriendo de nada, más que de aburrimiento.
— ¿Con qué derecho vienes a vomitarme otra vez la misma cantinela?—preguntó, frunciendo el ceño— ¿Es una especie de cupo de conciencia tranquila que tienes que cubrir? ¿Una bronca cada tres meses para pensar que todavía te preocupas por mí?
Gustavo dejó el cuadro en su sitio y se encaró con él. Extrajo del bolsillo un sobre y lo dejó caer sobre la mesa. Al diablo la sutileza.
—En realidad vine a regalarte esto. Feliz cumpleaños. ¿Te acordás que es tu cumpleaños?
El otro le miró. Desconcierto en sus ojos azul claro.
— ¿Y esto a qué viene?
—Viene a que me gustaría que lo aprovechases. Decís que no sabés cómo olvidarte de Laura. Te sugiero que empecés, de algún modo. Te he sacado un billete. Para Venecia.
Ricardo lo cogió entre los dedos.
—¿Tú estás loco, Lambretti?—sólo le llamaba Lambretti cuando estaba bromeando. Dios, cuánto tiempo hacía que no lo oía— ¿Me sacas un billete para el lugar donde nos conocimos? ¿Así piensas que me voy a olvidar de ella?
Suspiró el viejo profesor argentino.
—Ay, pibe. Lo que te queda por vivir. Sí, así pienso que te vas a empezar a olvidar. Cogés el avión, volvés allá… y vas a descubrir que, sin ella, todo lo demás sigue allí. Verás que la vida ha seguido sin vosotros dos.
Ricardo apenas le escuchaba. Miraba el billete con algo parecido al temor reverencial de un aborigen.
—Con suerte—prosiguió—, conocés a una veneciana, te enamorás y te alejás de este quilombo—le dio una débil patada a la mesita frente al televisor, haciendo caer un paquete abierto de preservativos—. No es sano ponerle su cara a quien quiera que te traigas aquí.
—Estás colgado—sentenció Ricardo, ignorando su último comentario.
—Y vos sonás cada día más a españolito— carraspeó, repentinamente incómodo—. Me voy a ir, pero en serio, me gustaría que cogieses ese avión. Sólo por probar, che... verás que tengo razón.
Fue camino a la salida sin decir adiós. El hombre en albornoz que dejaba atrás aún parpadeaba, perplejo.
—Decime algo, ¿de acuerdo?—gritó desde la entrada. Luego habló para sí mismo—. Sí, pibe. Se puede morir de amor. Pero lo peor es vivir. Lo peor y lo valiente, es vivir con el amor con el que preferirías morir.
Ricardo oyó cerrarse la puerta. Se estableció de nuevo la estática penumbra de la habitación. A la luz de velatorio del salón se sumó el desconcierto de lo que acababa de ocurrir. Cada discusión que tenían clavaba una nueva puntilla en el ataúd de su relación. Esta vez, sin embargo, su gesto le había tomado por sorpresa.
Necesitaba un trago. Se acercó al mueble bar. Investigó entre las botellas moribundas, pero no había nada aprovechable. Entonces vio el cuadro que Gustavo había sostenido antes de darle el billete. Él también lo contempló un momento. Torció el gesto un poco al mirar a los ojos congelados en dos dimensiones de la mujer. Su imagen atrapada en el cristal no decía nada que Ricardo no supiera. Lo giró un poco y miró su propio reflejo, oscuro y desaliñado.
—Está bien, está bien—dijo en voz alta a la sucia nada de sudor y pedos del salón—. Mejor eso que morir de amor.

Relato de Terror - Corazones en Pedazos (I) El amor ausente también es amor.

Ahora mismo, mientras la misma grabación que oyó Ricardo resuena en mis oídos, anoto las últimas líneas antes del despegue. Ojalá nunca hubiese empezado esta pesadilla. ¿Cómo podía saber yo que el viaje que le regalé terminaría de esta horrible forma? Yo deseaba que se reciclase, que volviese viendo que no tenía sentido dejar la vida atrás por amor. Mucho menos por el amor ausente. Entonces lo creía; lo creí durante mucho tiempo. Tanto es así que lo apliqué a mi propia vida. Me encerré en mis libros, hasta el punto de volverle la espalda, de relegarle a un puñado de cómodas visitas al año. No más ballet ruso. No más risas entre nosotros.
Él, en cambio, sabía la verdad. O la intuía, al menos. El amor ausente también es amor. Por eso decidió ir a Venecia. No para reciclarse, sino para echar la sal de la memoria en la herida de su abandono. Volvía para visitar cada uno de los lugares en los que disfrutó de ese amor malogrado. Sí, lees bien. Quería solazarse en cada uno de los lugares que le pertenecieron, en el calor de un sentimiento condenado desde el principio a languidecer. Cuando leí acerca de lo que se proponía hacer, pensé que era imbécil. No había entendido nada de lo que le dije.
Poco después, cambié de idea.

Observaba el aeropuerto a través de la ventanilla. La voz de la azafata era ininteligible en los altavoces, una retahíla alienígena de consejos huecos. Ricardo la oía con la lejana apatía de quien se dedica a escuchar la lluvia. Atesoraba en su interior una inusitada calma marina. Desde la visita de Gustavo, había tenido tiempo de pensar. Había acariciado la idea del regreso a Venecia, hasta que dio con una solución que al viejo jamás se le hubiese ocurrido. Necesitaba aquello, sí, pero no como él se imaginaba. Sentía un impenitente dejà vu, mezclado con la excitación del viaje.
Anotó esas primeras impresiones en su diario.
Venecia. Había sido su ciudad. De los dos, suya y de Laura. En pocas horas volvería a pisar sus calles, a sentir su aliento de niebla. El particular sonido de su día a día resonaría una vez más en sus oídos. Las voces de los pescaderos en el mercado al pie del Canal Grande. La respiración de láudano en las paredes desconchadas. La humedad emboscada entre las algas, bajo los puentes. Las escaleras preñadas de musgo que descendían como pasadizos secretos hasta la misma agua de los canales. El encanecido aire, gélido a principios de Febrero. La irrepetible visión de los escarpados tejados rojos repitiéndose como una permutación infinita alrededor de las torres exhaustas, medio inclinadas por el peso de una edad que dejó de ser otoñal hace mucho.
Las últimas palabras de Laura, sus durísimas palabras de despedida, resonaban de vez en cuando en sus oídos. Pesaban sobre su pecho como una lápida, como los dos metros de tierra de las tumbas de los americanos. Volvía para recordar el sitio donde la había conocido. Quería respirar hondo en sus rincones personales y secretos, comprobar si quedaba rastro alguno de aquel sexo tembloroso y aterido de mañanas de Febrero. Y llevárselo consigo. Esperaba, en la terca ceguera de los abandonados, capturar para siempre el sonido de su voz.

El carnaval le salió al paso en cuanto se bajó del vaporetto. Estaba anocheciendo cuando llegó. Desfiles y procesiones, un incontable derroche de atuendos medievales. Pronto una miríada de jóvenes empezaría a extenderse como un ejército invasor. No había contado con eso, aunque parecía apropiado. Fue el carnaval lo que les hizo coincidir allí. Con todo, la ciudad estaría doblemente llena esos días.
En el hotel lo trataron con la acostumbrada superioridad educada, rayana en la fría descortesía. No le importaba. No había venido a ser adulado por petulantes lameculos con aires de marqués y sueldo de limpiabotas. Salió a la ciudad dispuesto a dar caza y captura a los recuerdos más íntimos que empezaban ya a escurrirse entre sus dedos por el agua turbia de la memoria.
Caminó durante horas. Sus ojos captaban visiones, ángulos escondidos, con la eficacia de un corresponsal de guerra. Aquí y allá repescaba conversaciones, impresiones de su tacto, pizcas de su aliento y su respiración entrecortada. Allá un murmullo, allí una promesa hecha entre jadeos y fricción. Siempre juntos. Más cerca, más lejos, conseguía encontrar, aferrarse a una esquina de la mente, a un afluente que siempre, siempre llevaba su nombre.
Dolía. Dios, cómo dolía. Y a la vez era placentero. Como ella misma.
El carnaval respiraba entre las calles. Se había puesto ya el sol; la multitud era una bestia descontrolada yendo en pos de experiencias, de la esquina donde vería colmadas sus ansias de desenfreno. Ricardo evolucionaba como un corredor entre la muchedumbre de turistas, flashes, botellas de vino y algarabía descontrolada. No le importaba. Él mismo seguía sumido en la embriaguez de su recuerdo, en el dulce tormento que era verla en su mente y saberla ausente, perdida ya para siempre. Para siempre. Alguien le tendió un vaso rebosante de vino oscuro. Una sonrisa partida por la mitad. Luego otro. Y otro.
Sin poder evitarlo, empezaron a resonar en su cabeza las últimas discusiones. Intentaba ahogarlas. No necesitaba eso. No necesitaba recordar cómo la emoción había desembocado en rutina, cómo el sueño de Venecia se había ido apagando como una vela exánime cuando volvieron juntos. Primero, promesas de vida en común. Luego, la más común de las vidas. Detestaba hacerlo, pero no podía evitar rememorar las primeras mentiras, las ambigüedades susurradas al calor del amor tranquilo en que se había convertido aquella pasión sin tregua. Mientras su recorrido se iba emborronando por el alcohol, comenzó a vislumbrar en cada par de ojos claros con los que se cruzaba las tímidas huellas de las infidelidades pasadas. No volverá a suceder. Las búsquedas solitarias de lo mismo que le había dado ella, y que creía perdido.
Algún día seré sincero contigo, le susurraba cuando la sabía dormida. Paladeaba el riesgo de que le estuviese escuchando. No soy una mala persona, le decía. Cuando lo haya encontrado una vez más te lo diré. Sabrás por qué te abandono en el momento en que tenga una razón para abandonarte. La oscuridad de su habitación recogía sus mentiras con la eficiencia de una gasa manchada de sangre. Sangre arterial de desencuentros y medias verdades.
Aún no se lo había confesado a sí mismo, pero en su fuero interno sabía que a la mañana siguiente la realidad le tiraría un cubo de agua helada a la cara. Cuando se apagase el calor de la jauría enmascarada que recorría las calles; cuando ya no le envolviese aquella dulce mentira de los sentidos... Empezó a vislumbrar lo que Gustavo había querido decir. Ya no habría viajes en el tiempo ni estrellas que nos alumbran. Aquella Venecia superpuesta, Venecia del recuerdo, ya no estaba allí. A la mañana siguiente despertaría en un aterido sueño de pelucas y serpentinas, con un cuerpo ajeno al lado, como tantas otras veces, un cuerpo que no era el de ella, que nunca podría serlo. Entonces volvería al mundo de las discusiones, las desesperadas defensas entre vapores etílicos y manchas de carmín, las confesiones varadas en la orilla del desengaño. Caería de nuevo en la espiral de rencores y decepciones que la había alejado de él, que le habían convertido en un extraño. Que, finalmente, les había separado sin remisión. No quería pensarlo aún, pero aquel paraíso de cartón piedra y recuerdos de algodón de azúcar tenía la mecha corta. Y estallaría pronto.
Fue entonces cuando la vio.
Era ella. Era Laura. Pero era imposible. Imposible haber coincidido allí tanto tiempo después. Estaba de espaldas, pero reconocería su figura, sus bucles negros, donde fuera. Llevaba un largo vestido rojo encorsetado. Un complicado peinado que parecía moverse de forma independiente a ella adornaba su cabeza. Quizá había adelgazado. Sí, había perdido peso. Se le ocurrió que para ella no habría sido tampoco una buena época. Desechó ese pensamiento al instante, acuciado por dos ideas simultáneas e igualmente aterradoras, que le cubrieron como el bálsamo que unge a un rey.
Ha venido. Ha venido a lo mismo que yo. A recordarnos. A recordarme. Quiere tan desesperadamente recuperar lo que tuvimos que ha venido a hacer lo mismo que yo.
Está con otro.
Eso era. Había venido, sí. Pero no a recordarle. Aquello era patético. Laura no tenía por qué recordarle, no después del infierno que le había hecho pasar. Ya oyó sus últimas palabras. Sí, las oyó. Y ahora había vuelto a Venecia, pero no con él. Se había vuelto a enamorar. Su nuevo amor estaría allí, con ella, cogiéndola de la mano, atravesando la nube que cubría la ciudad, reviviendo la magia que Ricardo había hecho lo posible por apagar en su absurda búsqueda del primer momento de mariposas en el estómago.
La figura empezó a alejarse entre la multitud de sombreros de arlequín, capas lustrosas manchadas de vómito y plumas enganchadas en sombreros agujereados. La muchedumbre políglota y multicultural se la tragaba, como al último resto de un naufragio.
Apenas se la veía ya. Ricardo se quedó allí, clavado como una estaca en el suelo mojado. Es ella. No lo es. Cuenta todas las espaldas del mundo y prueba a ver cuántas resultan casi idénticas. Pero es ella. Tal vez sí, pero está con otro. No puede ser. De los dos, ella es quien probó quererme todavía. Y si fuera… me acercaría a ella. No lo hagas. Quizá está arrepentida de lo último que dijo. Sí. No. Se está yendo. Déjala. No es ella. No te retires. Lucha por ella. Demuéstrale que has comprendido que perdiste la chaveta. Loco. Vive un poco, por Dios. No la veo. Déjalo correr. Ha venido a recordarte.
Este último pensamiento prevaleció, al mismo tiempo que el último destello de su figura giraba una esquina y se perdía para siempre al borde de la calle. Sola. Estaba sola.
Salió corriendo detrás de ella.
Corrió y corrió, apartando a la gente de su camino. Se abría paso a codazos. Dobló la esquina. A lo lejos la distinguió de nuevo. Por mucho que se apresurase, ella se le adelantaba, le aventajaba por muchos metros. Se fueron alejando de la multitud. Sus últimas reservas de sentido común le impedían llamarla a gritos.
En un punto, pasando a través de un callejón de ventanas minúsculas, creyó verla asomada a una de ellas, para luego descubrirla muy cerca de él, al otro lado de la estrecha bocacalle. Se quedó un momento mirando la silueta que había confundido con Laura en la ventana. No podía ser. Aquella sombra era decididamente masculina, un contorno negro contra la luz mortecina del interior. Se iluminó un cigarrillo a la altura de su cara, pero era imposible ver si le estaba mirando o no. Con un repentino desasosiego, volvió a lanzarse en pos de su enigmática perseguida.
La alcanzó en un puente, tras quién sabe si mucho o poco tiempo de carrera agotadora. Resollando como un caballo herido, la agarró por el hombro.
Pronunció su nombre.
—Laura, espera.
No era ella.

Relato de Terror - Corazones en Pedazos (I) ¿Cómo había estado tan ciego? De frente, ni siquiera se le parecía. Maldito fuera el amor ausente. Era mucho más esbelta que ella, sí. Y más alta. Una modelo anoréxica con una sosa máscara blanca. Además, tenía… tenía…
Se quedó mirando su rostro, oculto por la máscara. No sabía qué ocurría, pero no podía apartar la vista de sus ojos claros, casi transparentes. Sugerían mucho más de lo que se dejaba adivinar por la anodina máscara, un soporte de cerámica blanco, sin pintar, que emulaba el rostro estilizado de una ninfa. Ricardo la contempló, fascinado como quien abre la nevera y se encuentra el Santo Grial entre la mayonesa y la leche. En aquellos ojos y en aquel rostro muerto vio algo que no sabía que existiese en el mundo de mentiras que se había creado.
—Laura…—balbució, sin saber si la llamaba a ella o a esa extraña mujer, que ni siquiera le había preguntado qué quería. Se había limitado a permanecer allí, de pie, laxa, mirándole con aquellos inabarcables satélites pálidos, estáticos en su cara de marfil.
—Laura—repitió, sin saber qué decía—… buscaba a Laura… ella… se ha ido.
Sintió que, bajo la atenta mirada del mudo y negro canal, y la caricia de la nieve, se desencajaba algo dentro de sí. Las lágrimas que había sido incapaz de hacer aflorar en dos años de ausencia salían ahora a la superficie, delante de la impertérrita mirada de aquella desconocida.
—Se ha ido—continuó, sollozando como un niño que ha sido pillado en su primera travesura—. No sé qué voy a hacer. Yo…
Ella le puso una mano lívida en la boca. Apenas le tocó los labios y sintió un frío mortal en el rostro, al tiempo que un agradable calor de chimenea en el estómago. El llanto remitió tan suavemente como empezó.
Un millar de preguntas se agolparon en los labios de Ricardo. Ninguna salió. La mujer, quien quiera que fuese, se limitó a acariciarle el rostro. Él experimentó un extraño apremio sexual. Veía comprensión en su mirada de plata y cristal. El alcohol que ya llevaba en la sangre enmarcaba la escena con toques irreales, fantásticos. Ella señaló hacia el otro extremo del puente. Le cogió la mano. Su tacto era frío, pero agradable. Empezó a andar, tirando de él. El silencio goteaba entre los tejados, entre los sueños de los bebés y las abuelas con sus nanas desdentadas. Sucedió entonces algo mágico, que quizá decidió todo lo que pasaría a continuación: empezó a nevar. Dejaron el puente atrás y se internaron en el siguiente callejón, quizá un poco más oscuro de lo que Ricardo hubiese considerado como seguro.
Había rostros grabados en los aldabones de las puertas. Parecían seguir su andadura. Los candiles enganchados en las ventanas apenas iluminaban. Enredaderas como dedos de amante ansioso, trepando por las esquinas con un nombre de mujer en las puntas. Los colores rojo caliza de los edificios estaban desvaídos, ahítos de tiempo y noches como aquella. Los pasos de la mujer apenas levantaban eco en el irregular suelo adoquinado, mientras el sonido de otra fiesta cercana iba creciendo más y más.
Anduvieron un poco más, hasta que creyó reconocer dónde estaban. Sus sospechas se vieron confirmadas cuando salieron, doblando un recodo, a la imponente Plaza de San Marcos. Estaba atiborrada de gente. El amplio espacio que de día servía de divertimento a los turistas, que se hacían fotos con las famosas palomas, se hallaba infestado de almas tan embriagadas como él mismo. En su centro habían montado una especie de escenario, desde el que un hombre imprecaba en italiano a la muchedumbre a ritmo de hip-hop. Esa era la cara nocturna del carnaval, el reverso joven de los solemnes desfiles de la tarde. Los disfraces más estrambóticos, elaborados durante meses o improvisados en una tarde, se entremezclaban en la multitud que bailaba al son de la música. En un lado de la plaza, el Campanile, una torre roja de unos once pisos de altura, asistía a la escena como el último obelisco de una raza olvidada.
Los dos atravesaron discretamente el borde del gentío. Se dirigieron a una de las esquinas de la plaza, donde se encontraba el majestuoso Palazzo Ducale. La residencia de los antiguos gobernantes de Venecia parecía vibrar con el sonido de la algarabía frente a ella. Altas columnas bordeaban el camino hasta la entrada, sellada a cal y canto. Parecían sudar; atrapaban los alientos de alcohol de los asistentes. A menos de veinte metros de ellos, el Canal Grande se abría hasta unirse a la Laguna Veneciana. Se divisaban el resto de islas que conformaban un rosario de tierras. Cada una brillaba bajo la luz de la luna, llena con su propia celebración; su propia historia. Era una imagen espectral, pero bella al mismo tiempo.
Su enigmática acompañante le arrastró hasta el borde del canal. Allí había unas escaleras que descendían hasta el agua, sin duda el acceso de los visitantes en góndola y los antiguos nobles. Tomó ese camino, llevándole hacia abajo a tirones. Ricardo emitió una exclamación de sorpresa cuando la mujer giró un recodo y se situó detrás de las escaleras, donde no debería haber más que aire. Allí descubrió un apoyadero escondido entre las sombras. Se internaron por el sendero camuflado hasta una pequeña puerta disimulada bajo el puente sobre sus cabezas. Ricardo lo reconoció. Era el Puente de los Suspiros, una de las imágenes emblemáticas de la ciudad. Parecía increíble, esconder una puerta justo debajo de un lugar por el que miles de personas pasan cada día.
No pudo seguir mirándolo desde esa inusual perspectiva, porque la puerta se abrió sin que hubiese mediado acción ninguna por parte de la mujer, que se internó en la oscuridad del dintel sin esperarle.
Ten cuidado, se dijo. Sabía que el carnaval veneciano se basaba prácticamente en fiestas privadas, y que la locura de las calles no era sino el telón de fondo que la elitista sociedad de antaño dejaba correr mientras ellos vivían la verdadera festividad. Pero aquello era demasiado insólito. El pasadizo no podía llevar más que al interior del Palacio, y por lo que sabía, estar allí era ilegal. No, definitivamente aquello no era para lo que había venido...
¿Y para qué había venido? ¿Para caminar como un sonámbulo por la calle, esquivando borrachos y sintiendo cómo las lágrimas por lo que había dejado escapar le arañaban el alma? Así no se iría el dolor. Su amor por Laura y por lo perdido no le salvaría de sí mismo. Era amor ausente, pero seguía siendo amor. Aquella locura podía ser el primer paso en el camino que le había sugerido Gustavo.
No sabía dónde se estaba metiendo, pero la incesante sarna de la curiosidad había hecho mella en él. El modo en que había sabido lo que ella quería decir con una de sus miradas límpidas le había desconcertado. Admitió que quería saber qué estaba ocurriendo.
Entró. La puerta se cerró tras de él, dejando sólo un lado oscuro del canal, y como fondo el estruendo de cientos de conversaciones vacías en esa noche de carnaval. Conversaciones que, quizá, versasen sobre el amor. El amor ausente.



Volver a amar… y a perder.

Llego a la ciudad perdido, desorientado. Deslumbrado por sus contrastes y su mezcla de colores y formas. Es la antítesis de la uniformidad, confluyen en ella estilos arquitectónicos de los que nunca sabré nada.
Cuando me bajo del autobús, me reciben a mansalva los puestos de souvenir que salpican Piazzale Roma, la zona de carga y descarga de turistas situada al principio de la ciudad. Voy a buscar el hotel.
Venecia es una isla, o lo fue, en su día, como bien sabes. Ahora el Ponte della Libertà lleva hasta ella la vía del tren y la une con el resto de Italia. Yo esperaba un olor distinto, un ambiente peculiar. En lugar de eso me encontré con un amplio descampado lleno de autobuses y rodeado de jardines. La estación, si se puede llamar así, es el último lugar al que ha podido acceder el paso del tiempo. A partir de aquí, me dije descendiendo hasta el primer puente, entramos en otro mundo.
El vaporetto atraviesa el canal camino a mi hotel. Recorremos el canal de la Giudecca. A mi derecha, a unos doscientos metros al sur de la ciudad, descansa la isla que le da nombre. Giudecca corre longitudinalmente frente a la ciudad, llena de casas que antaño fueron de inmigrantes eslavos y judíos. Hoy, es uno de sus lugares más coloridos y pintorescos, un barrio con un sabor distinto, alejado de las grandes arquitecturas medievales. Un sencillo oasis de casitas de colores en mitad del sueño de siglos al que pertenece.
La isla es perfectamente visible desde Venecia. Los doscientos metros del canal que las separa están constantemente recorridos por estos autobuses de agua, los vaporetti Llevan trabajadores y estudiantes a un extremo y otro, apenas un minuto de travesía. A mi izquierda puedo asistir a una de las visiones más hermosas de la ciudad: las puestas de sol desde Le Zattere. La zona sur de Venecia. La gente se sienta al pie del canal a observar cómo el sol se hunde detrás de los tejados de la Giudecca. Los enamorados entrelazan sus dedos. Los ancianos recordamos otras épocas.
Ricardo está aquí. Yo lo sé, pero aparte de eso, no sé nada. Su diario concluye con una frase lapidaria: volveré a Venecia. Aquí es donde debo buscarle.

Los últimos acontecimientos me han sacudido como una ola de proporciones gigantescas. Apenas puedo centrar mis pensamientos para ponerlos por escrito. Aún sigue todo demasiado vívido en mi cabeza. Si cierro los ojos, vuelvo a revivirlo todo.
El vaporetto me dejó justo delante de la puerta del hotel. El mismo en el que se alojó Ricardo. Siento discrepar con él, pero no encontré nada de esa aura de superioridad clasista en el personal. En lugar de eso, me atendió un muchacho joven, inmerso en la veintena, simpático y de sonrisa campechana. No tardé en descubrir que era español. De las Islas Canarias. Él mismo me llevó hasta mi stanza.
Recorrí el pasillo a su lado como si fuera el corredor de la muerte. En el diario, no encontré mención alguna al número de habitación que tenía Ricardo. Pero tenía que ser la misma. Debía serlo. Sólo podía confiar en que, si alguna estrella me había alumbrado en mi viaje, siguiese haciéndolo ahora. Sabía que si entraba en la habitación equivocada, todo habría acabado.
Le di una propina al muchacho, que me dejó sólo enseguida, sin enseñarme el resto del cuarto. Era lujoso, de eso no había duda. La mayoría de los hoteles de Venecia son antiguos palacios reciclados, y éste no era una excepción.
Empecé a registrarlo todo. Sabía dónde tenía que buscar; lo ponía claro en el diario, pero un absurdo espíritu detectivesco me obligaba a agotar el resto de posibilidades antes de la victoria definitiva.

Relato de Terror - Corazones en Pedazos (I) Me engañaba a mí mismo. Quería retrasar el momento lo máximo posible. No me atrevía a seguir la indicación del diario, de atreverme a ver que todo estaba sucediendo de verdad. Pero ya no me quedaban sitios donde buscar, salvo el que sabía desde el principio. Transido de excitación, contuve la respiración mientras desenroscaba el pomo izquierdo del dosel de la cama. Introduje los dedos en el hueco, rogando que estuviese allí dentro.

Eso sucedió hace menos de quince minutos. No me he movido de la cama desde entonces. Observo sin cesar la llave dorada que he extraído del agujero. Nadie la ha sacado del escondite de Ricardo, por suerte. No dejo de repetirme que lo he conseguido, que estoy un poco más cerca del final. Sofía habría estado orgullosa de mí.

Cuando era niño, Ricardo leyó un cuentecillo acerca de una fiesta de disfraces en la víspera de todos los santos. Allí acudía un tipo vestido de vampiro, con un disfraz logradísimo, que conseguía asustar a muchos. Cuando dieron las doce campanadas, fue el momento de desprenderse del disfraz, y el vampiro fue el único que no lo hizo. Porque no tenía disfraz del que desprenderse.
Ahora sentía lo exactamente opuesto.
Monstruos. Eran monstruos y eran reales. Todos los integrantes de esa fiesta iban disfrazados, todos portaban máscaras y vestidos antiguos, elaborados trajes que lucían como si fuesen nuevos. Diferentes estilos de las épocas con las que la historia había fluido por la ciudad se entretejían juntos en un tapiz caótico y anacrónico.
Sin embargo, lo que había debajo de esas máscaras, lo que asomaba entre los pliegues de esos vestidos…
Tras subir unas largas escaleras, habían salido al patio interior del Palacio Ducal. Al instante se vieron transportados a otro tiempo. Nada de farolas ni focos eléctricos, sino antorchas y teas aguantadas en soportes de cobre. Velas iluminaban el interior de las habitaciones y las demás alas del palacio, y desde las ventanas se percibían fragmentos de conversación en diferentes idiomas. A su alrededor, los invitados se desenvolvían, correteaban, conversaban o desarrollaban inexplicables juegos medievales, como niños en un parque temático del pasado. Pero la visión de todos y cada uno de ellos hizo que la conciencia estuviese a punto de abandonar a Ricardo.
Un sátiro se abrió paso a codazos cerca de él. Saludó a la mujer de rojo con una inclinación de cabeza, y le sacó la lengua en un gesto lascivo. Llevaba una máscara de las que llamaban dottore peste, con una alargada nariz que recordaba al pico de un buitre, exagerada al máximo en una mueca burlona. No llevaba pantalones, y sus peludas patas de carnero dejaban pequeñas marcas en el suelo al pasar. Entre ellas se bamboleaba un pesado y amenazador miembro viril, en una erección cansada y exhausta. Los cuernos parecían rugosos y deshidratados gusanos, enroscándose sobre su frente e internándose en su cabellera pelirroja.
Tras él, bajo una de las arcadas principales, una mujer de voluptuosas curvas sostenía una copa llena de un líquido azul intenso. Llevaba un sencillo peplo blanco, así como una máscara femenina de color negro, la colombina. Una constelación de estrellas plateadas giraba en el interior de la máscara, como si fuese una ventana a un cielo despejado. La mujer miró en su dirección, y dio un cauteloso sorbo a su bebida. Las serpientes que conformaban su cabellera sometían a un silencioso escrutinio a todos aquellos que se le acercaban. Brillaban sus colmillos goteantes a la luz de la luna.
Sobre sus cabezas, dejándose caer desde uno de los torreones bajos, pasó un hombre mayor, algo obeso y de largas patillas castañas. Era completamente normal. A excepción de las dos alas de murciélago que sobresalían de su espalda, que le permitieron planear hasta el segundo piso e introducirse en una de las ventanas.
Ricardo sintió un agudo pánico contraerle el estómago. Dio un paso atrás, buscando con la mano ciega el pomo de la puerta. Tenía que salir de allí, pero era incapaz de moverse con algo más que una exasperante lentitud. Un grito se formó en algún lugar de su garganta y amenazó con emerger.
Sintió entonces el contacto de una mano contra la suya. La mujer le dedicó de nuevo esa mirada de plata, que cayó sobre él como un bálsamo. El temblor de anciano en sus manos remitió, no así la aprensión y la fuerte sensación de irrealidad en las que se había zambullido. Apartó la mano de la puerta de salida.
—¿Qué es esto?—preguntó—. ¿Quién eres tú?
Silencio por su parte. Volvió a girarse y, tirando de su mano, comenzó a arrastrarle a través del patio de armas. Espantado, él sólo pudo contemplar a uno y otro lado las más fantásticas figuras. Estuvo a punto de atravesar a un hombre traslúcido vestido con una fastuosa túnica con soles bordados. Se estremeció.
Había otros como él. Descubrió entre la reunión algunas personas normales, todas de la mano de algún ser fantástico. Aturdidos, espantados, contemplaban alrededor suyo, dando el mismo crédito que él a lo que sucedía. Eran elegidos, se le ocurrió. Todos ellos, por una razón u otra, habían sido elegidos por aquel grupo de criaturas para compartir su celebración privada. Pero, ¿por qué?
—Maldita sea, espera—dijo, y se zafó de su abrazo de un tirón.
La mujer se detuvo. Algunos, alrededor, se volvieron hacia ellos.
—Mira, no sé qué está pasando, pero estoy harto de misterio. O me dices por qué me has traído aquí o me voy.
—No creo que tenga mucho que contarle—dijo alguien a su espalda.
Se giró, sobresaltado. Frente a él se encontraba quien quizá fuese el único ser normal de aquella pesadillesca noche. Un hombre entrado en la cuarentena, vestido con una casaca roja, bajo una capa esmeralda con bordados en oro. Destaca incluso sobre algunos de los atuendos más elegantes, pero en parte se debía al porte con el que lo lucía. Se tapaba el rostro con una sencilla máscara negra. Le cubría hasta el labio superior, curvado en una sonrisa que denotaba ironía y refinado hastío. Todo su ser sugería nobleza, estilo y, según apreció Ricardo, cierto desdén. Lucía una cuidada melena de color castaño oscuro que denotaba una considerable preocupación por el aspecto físico.
Se acercó a la mujer y le cogió la barbilla con dos dedos, como quien agarra algo muy delicado, o un trapo sucio. Instintivamente, Ricardo se apartó un poco de él, para darle espacio.
—Adorable, como una pálida mañana de marzo que empieza a clarear—frunció los labios—. Sin embargo, igual de insulsa. Siempre he odiado la primavera. Nos hace parecer más chiquillos de lo que ya somos.
Apartó la máscara de su rostro. Ella se dejó hacer. Ricardo pudo ver al fin lo que había debajo. Una mirada le bastó para saber que sus pretensiones de irse eran fútiles. Aquello, fuera lo que fuera, no tenía camino de regreso.
Era un hada. No había otro modo de describirla. Su cara presentaba los mismos rasgos que la máscara, esculpidos con delicadeza en una carne hecha de nieve. Las diminutas protuberancias cristalinas que emergían como icebergs de donde deberían haber estado sus cejas no hacían sino embellecer sus rasgos de color añil. Sus labios eran finas líneas que, sin embargo, parecían alargarse hasta el horizonte. El infinito contenido en una elipse de carne azul. Sus ojos eran punzones de hielo, pero su mirada no era dura. Tampoco compasiva.
—Las flores del amor son arrebatadoras—continuó el hombre—. Pero no le pida que le hable, o su voz le arrebatará el corazón y se lo pudrirá, mi buen amigo. No en vano es hija de sirenas. Resulta terriblemente aburrido mantener una relación con alguien a quien no puedes ni hacer reír con un mísero comentario—adoptó un tono de confidencia—… pero, por eso mismo, resulta una compañera excelente. La conversación de una mujer nunca debería ser interesante. No pueden permitírselo.
Su español tenía un ligero acento inglés, el tipo de suavidad en las erres y las eses del que un extranjero nunca llegaba a librarse del todo. Sin embargo, se notaba que lo había practicado durante mucho tiempo.
—Vete, querida—le dijo—. Ya le has captado para nuestro pequeño club social. Hoy no estrellarás a nadie en los riscos. Deja que yo le disfrute un poco. Cuando me canse de él, te lo devolveré.
La mujer, sumisa, obedeció. Se perdió por entre los recovecos de los pasillos adyacentes. Ricardo permaneció frente a aquel compendio de elegancia y saber estar, que le observaba como si fuese un caballo que acabase de adquirir en una subasta benéfica, y no estuviese muy convencido.
—¿Puede usted decirme qué está sucediendo?—rogó, aproximándose al límite en el que la irritación se convierte en ira.
Él sonrió.
—Ah, mi atemperado amigo. La información hoy día no tiene precio, aunque seguramente yo podría ponerle un precio que ninguna información podría tener.
Ricardo resopló, entre indignado y divertido. Aquel tipo se las daba de listo con él, pero conseguía incluso caerle bien con su desfachatez y su encanto. Comprobó que muchos alrededor les observaban, atentos a las palabras que intercambiaban. Debía de ser, si no un pez gordo, un miembro reciente caído en gracia en aquel club social, como él lo había llamado.
—¿Y bien?—insistió él, ladeando un poco la cabeza—. ¿Qué será esta vez? ¿El fantasma de las navidades pasadas?
—Para empezar, no estaría mal saber su nombre.
El otro se llevó una mano a la cabeza en un gesto teatral, fingiendo hacer memoria. Algunos sonreían ante su representación, aunque Ricardo sospechaba que la hacía más para sí mismo que para ellos.
—Tengo muchos nombres, pero líbreme el amor de caer en lo vulgar. Muchos me llaman Óscar, aunque saben bien que yo jamás sabré cómo se llaman. Puede usted incluirse con toda comodidad en este último grupo.
No perdía el tono amanerado y amigable en ningún momento, a pesar de que incluyese una puya en cada frase. Extendió la mano. Ricardo la estrechó con calidez, sin saber por qué le caía bien alguien que, en otro momento, habría recibido por su parte el apelativo de gilipollas.
—Ahora me gustaría saber quiénes son ustedes, y por qué estoy aquí.
Óscar chisteó, como llamándole la atención a un niño malcriado. Por momentos pasaba de tener el aspecto de un chulo de discoteca en la Costa Azul al de una estirada institutriz inglesa. Parecía un espejo roto que diese diferentes facetas de una misma imagen.
—Eso son dos preguntas. Tengo tres amigas que se enfadarían con usted si las formulase así, todo atropello e impaciencia. Pero tiene suerte, yo soy lo mejor con lo que se ha podido cruzar esta noche. O quizá esta noche es lo mejor que nos ha podido cruzar a los dos.
—No ha respondido a mi pregunta.

Relato de Terror - Corazones en Pedazos (I) —No podría aunque quisiera, ni querría aunque pudiera. Escoja la respuesta que se ajuste más a su concepción de lo que está viendo. Para saber quiénes somos, tendría que preguntar uno por uno a todos los que aquí ve. Sospecho que cada uno le daría una respuesta totalmente diferente, y que algunas serían de lo más hilarante.
—¿Y cuál sería su respuesta?
—Eso depende de la pregunta que me formulase. Pero venga, acompáñeme. Estoy cansado de hablar como el Sombrero Loco. Seguramente hay un lugar al que alguien deba llevarle, y no puedo imaginar mejor compañía en esta templada noche de carnaval que yo mismo. Juntos encontraremos la puerta que le corresponde.
Echó a andar, abriéndose paso entre los demás asistentes, a los cuales obsequiaba con comentarios maliciosos o mordaces como un político prodigase abrazos y saludos. Ellos se apartaban de su camino, y les miraban a los dos con un deje de envidia que podía llegar a ser peligroso.
—Óscar—le llamó, poniéndose a su altura—. Puesto que no quiere contestarme a lo primero, al menos podría decirme para qué he sido traído aquí.
Juntos ascendieron por unas escaleras flanqueadas de espejos, por las que subían y bajaban más invitados. Advirtió con cierto resquemor que había más gente en las escaleras de la que se reflejaba en los espejos. Apretó la marcha para no separarse de su guía.
—Pero, mi querido amigo, yo jamás sería capaz de ocultarle a usted un ápice de verdad. Si usted cree que mis respuestas son insatisfactorias, quizá debiese hacerme otras preguntas.
Ricardo abrió la boca para protestar, pero Óscar le hizo callar.
—Bien sabe usted que está aquí por Laura.
Él se detuvo en seco.
—¿Cómo sabe…?
No pudo completar la pregunta, porque el otro continuaba ascendiendo hasta el segundo piso. Ricardo apresuró la marcha y se colocó de nuevo a su lado. Él hablaba como si nunca se le hubiese despegado de la espalda.
—...blema es que no quiere desembarazarse de su memoria. Por eso ha venido aquí. Vio a Laura en nuestra querida flor del amor. Pero que no le engañe: aunque su raza representa a todas las mujeres amadas por un hombre, lo que sucede es que usted ve a Laura en cada mujer. Antes pensaba que fue elegido para venir aquí. La verdad cruda es que se ofreció voluntario. Tiene usted la aureola del amor perdido, como los demás.
Él asintió. De pronto, se vio como lo habían visto todos, como si no fuese él mismo: una ruina humana a punto de derrumbarse. Por amor. Por un amor que no volvería. Ni siquiera por amor, sino por el recuerdo del amor que él mismo había expulsado.
Por primera vez, Óscar se puso serio.
—No volverá, mi querido amigo. Pero usted no ha venido aquí para que vuelva.
Se encaminaron a través de un largo pasillo flanqueado de puertas abiertas. Por ellas salían y entraban más invitados a la fiesta. Ricardo atisbó por el marco de una de las puertas. Dentro, en un amplio salón de paredes abarrotadas de retratos ecuestres, se desenvolvía una curiosa escena.
Un numeroso grupo de gente admiraba boquiabierto a una mujer madura. Tenía un cuchillo goteante en mano. Iba vestida con un tabardo blanco, salpicado de manchas rojizas y oscuras. Una máscara negra con los ojos cubiertos le daba un aspecto amenazador, de fiera enjaulada. Tanteaba el aire como si buscase algo. A sus pies, postradas, se retorcían tres figuras menudas y delgadas. Niños. Llevaban a su vez máscaras, que expresaban una agonía espeluznante.
A su alrededor, personas de túnicas y máscaras grises los rodeaban, conformando una habitación de paredes humanas. Entre ellas se movía el último de los niños que quedaban con vida. Se mantenía lejos de la mujer, escondiéndose entre las piernas de los actores. Sin embargo, éstos le empujaban sin piedad hacia la ciega asesina.
Al fondo de la habitación, una de las paredes humanas sostenía en brazos a un hombre. Era de edad mediana, aunque sus rasgos también estaban cubiertos con una máscara de ojos ciegos. Podía, sin embargo, ver a la mujer del cuchillo. Estiraba los brazos hacia ella, intentando alcanzarla, detener a voces mudas el último crimen que se disponía a cometer.
Óscar le cogió del brazo.
—No se entretenga contemplando los celos y el abandono. Ella tuvo ese problema; usted no. Deje que Jasón pague su culpa. Usted ya tiene bastante.
Continuaron pasillo abajo. La diatriba de su acompañante proseguía.
—Ricardo, viene usted exigiendo a su propio corazón que se la devuelva, pero no está dispuesto a hacer nada—meneó la cabeza—. No hizo nada para evitar que se fuera. No ha hecho nada para que regrese. No está acostumbrado al sacrificio del amor.
—Yo…—balbució Ricardo.
En otra de las habitaciones habían montado una especie de dormitorio victoriano. Chocaba su disposición junto a la multitud de bustos clásicos y tapices medievales. En un extremo, dos individuos envueltos en túnicas negras sostenían el marco de una ventana abierta. Una brisa inexplicable hacía que las cortinas se moviesen como manos hacia el supuesto interior del cuarto representado, donde una joven dormitaba en la cama. Tampoco sus facciones eran visibles, cubiertas con otra de esas máscaras sin ojos.
Antes de que lo que se temía asomase por esa ventana, Ricardo se reunió con su acompañante, que se había detenido ante otra puerta cercana.
—…está convencido de querer recuperarla—decía Óscar—, pero a estas alturas está tan acostumbrado al dolor de su pérdida que ya no sabe vivir de otra manera. Ha hecho de la melancolía su razón para existir. No hay nada más peligroso que eso.
Entraron. Era una habitación vacía, las paredes tapizadas de color rojo mustio. Lienzos monumentales coronaban las paredes, representando sendas batallas navales en la costa veneciana. Se percató apenas de que la acción pintada en los cuadros sucedía realmente. Los barcos se movían dentro de la imagen, los hombres caían al agua y se sucedían las explosiones de las bombardas, que llegaban hasta ellos como petardos en la lejanía.
—Cree que nunca mereció nada bueno—concluyó el discurso—. Que no pudo evitar que ella se fuera. Pero no fue así. No solo lo provocó usted, sino que además puso como excusa el mismo amor que ella le había dado.
La mujer de rojo les esperaba en un extremo del cuarto, junto a la única puerta que había. La decoración de querubines bañados en oro no mitigó la sensación de peligro que embargó a Ricardo cuando se pararon frente a ella. Óscar la saludó con una exagerada reverencia.
—Dígame—dijo al fin, volviéndose hacia él—. ¿Qué haría?
Ricardo se detuvo en seco.
— ¿Qué haría? No le entiendo. ¿Qué haría, cuándo? ¿Cómo?
— ¿Qué haría si pudiese recuperar una mínima parte de lo que tuvo? ¿Qué precio pagaría?
Giró el pomo, y la puerta se entreabrió una rendija. De ella emergió un olor a tienda de animales antediluviana, a venerable humedad de biblioteca olvidada. Estaba oscuro.
El murmullo del exterior había sido súbitamente acallado.
—No entiendo…
—Escucha—dijo súbitamente abandonado el misterio y la teatralidad—. No se me permite decirte más de lo debido, pero no puedo evitar darte un consejo: aprovecha la oportunidad que se te ha dado. No muchos de los que amamos podemos recuperar lo perdido… si de algo he sabido nunca, es de eso.
Ahora hablaba como una persona normal. Y Ricardo le creyó. Fuera de toda la artificiosidad no forzada y la irrealidad que rodeaba aquella reunión de criaturas de leyenda, aquello hizo que se convenciese de que todo estaba pasando. Podían cumplir lo que le había dicho. Podían devolverle a Laura. O al menos, una mínima parte. Significara aquello lo que significase. Estaba decidido. Desde que había salido corriendo detrás de ella, lo había decidido. Sólo que se daba cuenta ahora.
—Gracias—les dijo a ambos. Miró un momento a la mujer de rojo. Llevado por un impulso y la certeza de que no la volvería a ver, alargó la mano para tocarla. Ella reculó.
Se encogió de hombros.
—Ha sido un placer, Óscar—dijo.
Entró. Oyó la voz del aristócrata como si viniese de muy lejos.
—Déle recuerdos al profesor Lambretti.
Se giró. La puerta se cerró. La habitación estaba casi a oscuras, pero se adivinaban las formas y las dimensiones que poseía. Sin duda era una celda. Frente a él, una diminuta lámpara iluminaba con luz blanca una mesa alargada. Había dos personas sentadas. Iban disfrazadas, como los demás, pero sus vestidos se limitaban a sencillas capas escarlata, con capuchas que las envolvían por completo. Las máscaras que tapaban sus caras eran también blancas, pero en cada una de ellas se dibujaba una espiral negra.
Ricardo se compuso como pudo, aspiró hondo y caminó hasta ellas. Se sentía de algún modo arrastrado por una espiral parecida a la de sus atuendos. No sabía qué podía suceder a continuación. Intentó convencerse de que pensar en Laura le ayudaría de algún modo. No lo consiguió del todo.
—Las encrucijadas aparecen cuando menos lo esperamos—dijeron las dos a la vez. Eran voces femeninas—. Puntos de bifurcación, caminos divergentes que, sin que lo comprendamos, nos llevan por senderos opuestos. A veces podemos elegir cuál tomar.
Ricardo aspiró hondo.
—Tú puedes elegir—concluyeron.
—¿Qué queréis que elija?
—Si tuvieses en tu mano recuperar lo que tuviste—explicó la figura de la izquierda—. ¿Qué harías?
—Si tuvieses en tu mano continuar tu camino—terció la de la derecha—, olvidando lo que sufriste, ¿dejarías la seguridad de tu dolor? ¿Aceptarías el riesgo de volver a amar… y a perder?
—¿O lo rechazarías?
Frente a ellas, en la mesa, había un paño de terciopelo azul, que cubría algo abultado. Una de ellas lo apartó. Debajo había lo que parecían dos llaves antiguas, largas y resplandecientes, de una tonalidad dorada.
—Elige, humano. Elige qué deseas. Recupera el pasado. O acepta el futuro.
Ricardo se acercó a ellas. Contempló ambas espirales, y los ojos envueltos en sombras ante él. Paseó su mirada por las llaves. Una por cada figura.
—¿Qué se supone que debo hacer?—insistió.
—Tú amaste una vez—casi le increpó la de la izquierda—. Ahora puedes recuperar parte de ese amor. Si así lo deseas.
—O puedes seguir adelante, olvidar el amor que ya rechazaste.
—Pero, ¿cuál corresponde a cuál?—preguntó, preso de una impotencia infinita—. ¿Qué debo elegir?
Ninguna respondió.
Osciló su mirada entre los dos objetos. Extrañamente tristes, solitarias en la mesa de metal, las dos llaves parecían idénticas. Eran idénticas.
Lo pensó un momento. Por supuesto. En aquella pesadilla surrealista no había lógica alguna. No importaba cuál de ellas eligiese. Se le ocurrió que o bien ya tenían algo preparado para él, o bien sólo influía el que lo hiciese pensando en lo que quería realmente.
Buena pregunta. ¿Qué es lo que quería realmente? Nadie se lo había planteado así antes. Pero tenían razón. Había estado oculto, metido en su concha particular escondiéndose del mundo y recreándose en un dolor que se negaba a desaparecer. Y ahora que le ofrecían algo distinto, que ponían delante de sus ojos una puerta de salida, dudaba. Un nuevo futuro. Recuperar el pasado. Un nuevo futuro.
Recuperar el pasado.
Echó mano a una de las llaves.
—Buena elección—dijeron las mujeres enmascaradas—. Ella habría estado orgullosa.
De pronto, la llave en su mano pareció la cosa más pesada que Ricardo hubiera levantado jamás. Abrió la mano para dejarla caer, pero se había pegado a su piel. Un electrizante cosquilleo le recorrió el brazo. Fue el preludio de un dolor intenso, inaguantable, que le llegó hasta el hombro y le clavó un ardiente cuchillo al rojo en el cuello. Se le nubló la vista. Las espirales de las máscaras parecían girar sin fin. Tuvo la vaga conciencia de caer sobre la mesa. Romperla. La otra llave rodó no lejos de donde él estaba. Alargó una mano para asirla, pero la oscuridad alrededor se llevó mano, llave, habitación y Ricardo.

Continuará...
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Aurora Bitzine revista de fantasía y ciencia ficción a 1 de marzo del 2006