1
La Petición de la Asesina
-Quiero ser como tú –dijo la joven guerrera al anciano hechicero, que cubría su cara con un ominoso yelmo en forma de calavera demoníaca. Tras la silla de largo respaldar, se alzaba una ciclópea estatua de Pazuzu, con sus alas y su testuz demoníaca y su largo falo acabado en cabeza de serpiente, en piedra blanquecina que la mujer no pudo identificar.
El avatar de Pazuzu se inclinó, riendo, mostrando, a pesar de los años, un robusto cuerpo, capaz de vencer a muchos enemigos. La joven amazona, ataviada con guanteletas y botas negras, así como escasas prendas sobre su hermoso cuerpo, moldeado por los bailes cortesanos y fortalecido por las luchas temerarias, estaba de pie ante las gradas del trono, su talante impertérrito. Su espada goteaba abundante sangre, tanto de los guardias humanos como de los monstruos mágicos del palacio.
-Me gusta tu actitud, mujer, ¿cómo te llamas? –dijo Pazuzu, con voz sibilante, reclinándose en su trono de diorita.
-Betsaida –contestó la mujer, de unos treinta años.
-Canalizar y representar las energías de Pazuzu en la Tierra no es algo fácil, Betsaida, ¿de qué tribu vienes? –y Pazuzu se puso de pie, descendiendo lenta y solemnemente las gradas.
-Soy hebrea –contestó Betsaida, impávida.
-Pero Yahvé es enemigo de Pazuzu, ¿por qué deseas cambiarte de bando? –y llegó frente a ella. Betsaida le llegaba al mentón a aquél colosal anciano, cuya barba gris sobresalía por debajo del yelmo negro.
-Yahvé es muy caprichoso y tiene ansias de conquistarlo todo, y Pazuzu... también, sin embargo, he oído que no le importaría ser representado por una mujer... –explicó Betsaida, sin disimular sus altas ambiciones. El anciano rió.
-¿Cuánto tiempo llevas viviendo como una asesina aventurera?
-Casi nueve años, he recorrido Palestina, Babilonia, Nínive, Ur, Kem y Helenia, y he dejado cadáveres con mi nombre escrito en todos ellos...
Pazuzu sonrió y rozó sus afiladas uñas negras en los senos redondos de la amazona oscura. Su cabello negro y revuelto y su piel clara; recordó al anciano sus pasiones juveniles. Miró hacia la cordillera nevada por el ventanal horizontal que rodeaba la circular cámara, en lo alto de su palacio, y miró de nuevo a la mujer.
-Roba el Ojo de Mammón, oculto en las ruinas de la Torre de Babel –dijo Pazuzu, dándose vuelta-, se dice que un ángel con una espada de fuego lo protege, si vuelves, entonces, te admitiré en el culto mistérico de Pazuzu y por tanto, una oportunidad para ser conocida como tal...
2
Los Moradores de Kalibia
Al día siguiente, Betsaida abandonó el palacio negro de Pazuzu, asentado en una altísima montaña, por lo que el edificio permanecía semioculto entre las densas nubes tormentosas. Betsaida montó a su pterodáctilo Ahiravana, de piel rojiza como el firmamento en esos instantes, remontando sobre los bosques y desiertos, a esa región de muerte y desolación, más allá de Kaum, la ciudad fantasma de Kalibia.
Los rumores decían, que, con el tiempo, las ruinas de la inconclusa Torre de Babel fueron sepultadas en el polvo del olvido, y terminaron convirtiéndose en una suerte de complejo subterráneo, sobre el cual, se erigió la ciudad, cuyos habitantes fallecieron una terrible y súbita noche, por causas todavía desconocidas por los más sabios magos y nigromantes de los reinos vecinos.
Betsaida, sosteniendo las riendas de Ahiravana, cerró sus ojos, dejando que el viento moviera su cabello. Su mascota ya conocía el camino, porque una vez ella deseó incursionar en tales ruinas, pero se abstuvo ante una sensación de inexplicable pavor que le inspiró la grieta de entrada.
La ahora fiera amazona, desde sus dieciséis años se convirtió en bailarina de nobles, que con su gracia y belleza, escaló hasta la corte de Babilonia, donde durmió en brazos de reyes y príncipes, e incluso de otras mujeres, sin embargo, tuvo que salir huyendo un día, cuando unos conspiradores cayeron en cuenta que Betsaida oyó parte de sus planes; cabe mencionar, que en su hogar entre las tribus nómadas hebreas, no recibió una calurosa bienvenida, más bien, se le acusó de libertina y adúltera y fue condenada a morir lapidada... hasta ahora, nadie sabe cómo escapó de su prisión, y la única teoría... “las artes oscuras”.
Sola y desamparada, Betsaida, entrenada en lo básico del manejo de la cimitarra, pronto se abrió camino entre los asesinos y forajidos de la región, volviéndose amante del líder bandolero, el musculoso Goliath Khan, con quien entrenó más en el uso de las armas, y también desarrolló los primeros signos de un agudo don de liderazgo...
Ahora, nuevamente sola, habiéndose interesado en la magia negra, Betsaida acababa de embarcarse en esta nueva misión. Surcando el cielo de aspecto violeta, Ahiravana redujo su velocidad, preparándose a aterrizar.
El pterodáctilo se detuvo, en una plaza circular de losas agrietadas. Las rocas de los edificios abandonados de Kalibia habían adquirido una tonalidad púrpura, y el viento silbando entre las hendiduras, producía sonidos como murmullos espectrales.
Betsaida se apeó del ave, acariciando su testuz y diciéndole en voz baja, que sobrevolase la ciudad y estuviera atento a auxiliarla en caso de un ataque. Ahiravana graznó cariñoso y voló una vez más, con sus ojos vigilantes prestos a localizar cualquier movimiento.
La hermosa Betsaida sonrió. Iba equipada con dos cimitarras, su arco y una lanza, así como un cetro con una gema verde en su cúspide, hecho de metal, que una bruja persa le diera en pago por un servicio de asesinato.
La blancura de su piel parecía resplandecer sobre aquél tétrico ambiente. Betsaida se puso en marcha. Según recordaba, a dos cuadras encontraría la boca de la caverna hacia las entrañas de la tierra. Aún se mantenían erguidos muchos edificios, y la soledad predominante era enloquecedora, el cielo estaba siempre templado sobre esa urbe maldita. El frío de mortandad la envolvió.
Caminó una cuadra, despacio, listos sus oídos para captar cualquier sonido fuera de lugar, y tan pronto dobló la primera esquina, así fue. Betsaida se detuvo y enarboló sendas cimitarras, acostumbrada a luchar sin escudo. Sostuvo incluso la respiración, y volvió a oír... varios pasos presurosos, gente corriendo, ligera, ¿niños? No.
Sus ojos verdes como esmeraldas buscaron... y un grito nacido de una garganta de ultratumba le reveló la ubicación de sus atacantes. Eran muertos, pero, a diferencia de los que Betsaida enfrentara en anteriores aventuras, éstos corrían, saltaban y portaban armas rudimentarias. Sus carnes también estaban impregnadas de color violeta y sus ojos eran una masa amarillenta, casi sin cabellos y sus pieles podridas como las de los leprosos.
Atacaron unos seis, y la guerrera se defendió con sus espadas, separando cabezas y brazos. Recibió en mazazo en la espalda, amortiguado por su lanza de madera, y partió en dos al osado monstruo. Una llamarada ingente brotó de la calle anterior, y Ahiravana apareció volando, echando humo de su boca, pues tenía la facultad de vomitar fuego.
Venían más muertos, demasiados. Betsaida corrió hacia la caverna y su mascota arrojó algunas rocas, arrancándolas de las paredes, con sus patas y poderoso hocico, para bloquear la entrada. El mismo Ahiravana era lo suficientemente inteligente para removerlas al oler a su ama tras esa muralla, al final de la misión, como hicieran en ocasiones anteriores. Betsaida escuchó las bocanadas de fuego que su animal vomitaba contra los agresores y el clamor de éstos, mientras ella descendía hacia la oscuridad, por un túnel tan amplio como medio salón real, con paredes y suelo bastante lisos, en cuyo final, la amazona no distinguió más que un mar de penumbra.
3
El Demonio de la Oscuridad
Betsaida llegó, finalmente, a una especie de vestíbulo, o más bien, galería, con incontables columnas cuadriculares diseminadas sin orden alguno tangible, sin alcanzar a ver la amazona, paredes o techo. Ella decidió avanzar, no sin antes, enarbolar su cetro y pronunciar un conjuro que producía luz de la gema verde, que iluminó en tonos similares, un radio de unos seis metros a su alrededor.
El ruido de las alas de los murciélagos llegó hasta sus oídos adornados con pendientes de gemas preciosas, pero, entre los aleteos de las alimañas, había otro sonido, que un oído común quizás no hubiera sido capaz de detectar... un aleteo mayor, de algo más grande, que comenzó desde muy lejos a su izquierda.
Betsaida continuó dando paso tras paso, lentamente, en guardia ante cualquier eventualidad. El aleteo oculto tras los diminutos murciélagos, cobijados en las tinieblas, empezó a trazar un círculo invisible, alejándose al fondo para volver por la derecha. Betsaida aún no podía ver nada, pero sus tímpanos vibraban, calculando la posible distancia de “eso”, que era de unos treinta metros.
La guerrera de largo cabello negro siguió adelante, y la invisible criatura alada trazó un círculo completo, empezando a cerrarlo, acercándose, aumentando su velocidad, pronto, Betsaida distinguió los esfuerzos que “aquéllo” tenía que hacer para volar a través de las columnas, notando una sobrenatural disciplina en todo ese rebaño de murciélagos, como si compartieran una misma mente monádica.
Al fondo, Betsaida logró columbrar los bordes de un umbral dorado, con signos místicos tallados en el oro. Había un amplio espacio ante la puerta inmensa, lo adecuado para enfrentarse a “eso” que se aproximaba velozmente. Betsaida corrió hasta la explanada, saltando sobre unas fugaces saetas que iban a golpear sus pantorrillas, casi soltando su cetro al caer, girando sobre su espalda y poniéndose en pie con bélica agilidad.
Aquello que volaba rozó las plantas de sus pies. Betsaida se incorporó de un fugaz y gimnástico movimiento, aguzando todos sus sentidos. El aleteo se había estabilizado, y ella recordó el ruido de las alas de su Ahiravana cuando intentaba mantenerse volando sobre un mismo punto, y ahora, ese sonido maléfico surgía justo sobre ella.
Un golpe de su cimitarra sorprendió a aquella gárgola de piel roja que se lanzó a la carga. El monstruo chilló y se deshizo en miles de murciélagos, que se acumularon a unos pasos a su derecha, condensándose de nuevo en la bestia voladora y de filosas garras y dientes. Era del tamaño de un niño, pero sus largas extremidades homicidas complementaban ese detalle.
Betsaida envainó su sable y empuñó su lanza. Recitó un mantra y disparó una diminuta bola de fuego de su cetro, experimentando más que atacando. La gárgola se cubrió con sus alas correosas, rebotando las llamas sin hacer el menor daño. Betsaida, entonces, lo acosó con estocadas de su lanza, que apenas causaba rasguños superficiales en las sólidas escamas diabólicas.
El monstruo contrajo la musculatura del pecho y Betsaida, llevada por su instinto de supervivencia, eludió el escupitajo de ácido, que derritió la punta metálica de su lanza. La amazona arrojó la ahora inútil alabarda y colocó su cetro-antorcha en su cinturón de cuero, sin apagar su luz, y enarboló su arco, sacando una flecha de su carcaj, apuntando a la bestia.
El diablillo, reconoció el tipo de arma y voló, explotando en una tormenta de murciélagos una vez más...
-Es una criatura brujeril –se dijo Betsaida-, debe tener alguna médula, un corazón del hechizo que lo invoca.
Ella disparó una flecha, ensartando en pleno vuelo a una de las alimañas, y la flecha fue a clavarse a una columna cercana, y el pequeño cuerpo en ella traspasado, se desvaneció.
El ejército de murciélagos fue contra la bruja, cubriendo todo su cuerpo, pero su cetro resplandeció con su luz verdusca, envolviendo a la guerrera de las tinieblas en un escudo de semejantes matices, que ahuyentó a las chillonas criaturas, que de nuevo, se reunieron para formar a la gárgola, que rugía exasperada.
-Así que el Fuego Verde de Ahrimán no te gusta, ¿ah, cosa asquerosa? –lo retó Betsaida, guardando su arco y empuñando de nuevo el cetro, cuya luz brilló con mayor intensidad.
-Cometa Oscuro de Ahrimán –recitó Betsaida, y una enorme bola de fuego verde surgió de la gema del cetro, y en un santiamén, envolvió a la criatura en inclementes llamas, cayendo de rodillas y, finalmente, haciéndose polvo en la fogata de glauca fosforescencia.
La puerta cerca de ella, que daba acceso a la sección contigua, tan alta como los pórticos de Nínive, tembló y se abrió, en dos hojas, cayendo una cascada de secular polvo. Betsaida apuntó su luz hacia el nuevo pasillo, blandiendo su fiel cimitarra, adentrándose una vez más en la oscuridad.
4
El Legado de los Lemures
Betsaida caminó por un pasillo un poco más estrecho, pero igual de alto, incapaz de divisar el techo, y ella admiró los múltiples grabados de las paredes pétreas que flanqueaban su paso, viendo en éstas, rituales e historia, y lo que más llamó su atención fue la desmesurada altura de todos los hombres tallados en esas tablas, cuyos rostros presentaban características nubias.
-¿Significa esto que, en alguna época remotísima, los seres humanos tuvimos una altura física mucho mayor? –se preguntó Betsaida, en voz alta, recordando algunas tradiciones de su gente, mencionando a los gigantes o nephilim nacidos de la unión de los “hijos de Dios” con las “hijas de los hombres”.
Betsaida sintió sed y tomó un trago de su poción revitalizadora, de receta inventada por ella misma a partir de unas inscripciones atlantes que leyó en una necrópolis de Kem. Unas cuantas gotas de la misma bastaban para mantener a un obrero de aquellos tiempos con un rendimiento óptimo por todo un día. Al instante, la guerrera se sintió mejor, y su sed y su hambre se disiparon.
Antorchas cubiertas de polvo intercalaban cada placa histórica. El arte de las mismas no le resultó conocido a la amazona, no supo identificarla con ninguna cultura en particular. “No parecen sumerias, ni kemuitas, o helenas, o ni siquiera arias, sin embargo, me parece advertir un poco de todas ellas en este arte tan impresionante”, pensaba Betsaida, caminando con un sigilo casi mecánico.
Entonces, el corredor terminó y Betsaida llegó a un amplio salón. Lo que vio en su interior, la tomó por sorpresa. Vio, a cada lado de la pared, tres tronos gigantescos, en cada uno de los cuales había una momia de iguales proporciones, vistiendo tocados y collares que le recordaron a los de la gente nubia.
-¡Por Ahrimán! –exclamó ella, anonadada- Esta gente tenía la altura de torres.
Betsaida avanzó a través de ellos, despacio, embargada de una repentina y augusta solemnidad, respeto, notando los múltiples artículos religiosos diseminados por toda la sala, alguna que otra joya u objeto de oro.
La amazona se paró en seco. Contuvo su respiración e intentó ignorar los latidos frenéticos de su corazón. Y escuchó. Murmullos. Inaudibles, no, hablando una lengua totalmente desconocida para ella. Betsaida dominaba todos los dialectos de la región, pero aquél lenguaje de fantasmas le resultó nuevo, pero al mismo tiempo, al igual que los relieves del corredor anterior, con un poco de todos los idiomas actuales.
-¿Será el mítico idioma madre, el legendario senzar? –pensó ella.
Vio ante ella una puerta altísima, comprendiendo al instante que había un nuevo desafío por superar. Aquella puerta se veía más gruesa que la anterior, y era un poco más alta. Betsaida agudizó sus sentidos, a la espera de algún nuevo enemigo, porque el diablillo anterior, ciertamente no era un elemental que se colara a travesear dentro del complejo pues, estaba conectado con la magia de las puertas…
-Sí se puede encadenar espíritus elementales y otros seres para que vigilen lugares o cosas –recordó Betsaida, de sus largos estudios de brujería. Transcurrieron varios segundos y la amazona no oyó nada.
Apuntó su cetro resplandeciente y recitó:
-Embestida Tiamat –y una ingente ola de poder brotó de aquella gema encantada, en forma de dragón, que se redujo a chispas contra la puerta, estremeciéndose toda la galería, lloviendo polvo y arena, sin embargo, la puerta no cedió.
5
La Araña Mecánica
Betsaida oyó un mecanismo entonces, y la puerta por la que vino se cerró. Del suelo, ante ella, se abrió un orificio circular del diámetro de una explanada y surgió, en lo que ella calificó de piso móvil, una araña de metal dorado tan grande como un elefante, seis patas de acero, naciendo de un cuerpo cilíndrico y una cabeza con un ojo rojo y lineal.
La amazona se desconcertó. No supo con qué experiencia anterior asimilar ese nuevo encuentro. Ella supo que esa cosa carecía de alma. Y su ojo rojo brilló, temblando el cuerpo del ser metálico.
-¿Qué clase de magia o tecnología es ésta? –se preguntó, retrocediendo.
El monstruo mecánico se movió. Hubo una especie de chillido que surgió desde sus “entrañas”. Betsaida se preparó, ignorando cómo enfrentar esta nueva amenaza, notando que al final de sus patas tenía garras con uñas como dagas.
La araña caminó, muy lentamente, aumentando su velocidad con cada paso estremecedor, hasta, segundos después, conseguir la movilidad exacta de una araña real. Betsaida creó un escudo de poder sobre ella, un domo de energía verde traslúcida.
La cosa de hierro alzó una de sus patas, extendiendo aquellas garras, viendo la guerrera un orificio rojo en medio de las hojas, del que disparó un rayo que chocó en el campo de fuerza, que vaciló, ondeando su superficie etérea.
-No podré resistir otro golpe como esos –reconoció Betsaida- Visión de Toth –recitó, frotando sus dedos con la gema de su cetro de luz inextinguible, creando un polvo que derramó cerca de sus ojos, que por breves instantes permitía escudriñar el interior de los cuerpos, asombrándose la hechicera al ver todos aquellos mecanismos en lugar de órganos, pero que, comprendió pronto, hacían las veces de órganos y vísceras…
-Si eso es así, debe tener algún “corazón” o “cerebro” –concluyó.
La araña golpeó el domo con su garra, desbaratando la fuerza, y Betsaida cayó. En el suelo, entre sus piernas, se clavó otra garra, y la guerrera rodó fuera del alcance de la bestia… o ella así lo creyó, observando con horror, cómo la araña mantenía en alto las dos patas centrales, y sus garras salían a buscar su presa conectados a infinitos cuellos plateados, como unas infernales y ciclópeas lombrices.
Una de las garras la detectó, rezumando vahos llameantes de su cañón, y salió disparada contra la amazona, que saltó para evitar el embate, clavándose aquél acero en la pared, retumbando. La garra no pudo salir.
-Con que esas tenemos –musitó ella.
El ojo de la araña fijó su atención en el atasco de su garra y, con la otra, disparó rayos incineradores, de los que Betsaida pudo huir gracias a su agilidad desarrollada en sus días de bailarina, hasta escudarse tras un trono de uno de aquellos reyes gigantes. Y el bombardeo cesó.
-El hechicero que te ha invocado te ordenó proteger a estos soberanos, ¿verdad? –dijo Betsaida-. Dejó muchos vacíos ese encantador.
Entonces, se asomó y con su cetro apuntó al orificio de la garra que aguardaba su salida.
-Cometa Negro de Ahrimán –y una descarga de fuego verdusco emanó del cetro, inundando la garganta de esa lombriz monstruosa y metálica, que fue presa de espasmos y abundante humo brotó de su largo cuerpo, así como del cilindro dorado del cual surgió.
Betsaida escuchó dos estruendos, como de objetos metálicos grandes que han caído de mucha altura, y vio, con pavor, que la araña recién separó sus miembros inservibles y ahora se desplazaba tras ella con sólo cuatro patas. El monstruo ejecutó un portentoso salto, y cayó estrepitosamente delante de la guerrera, tras las sillas de los antiguos monarcas.
La guerrera saltó, cubriéndose entre los pedestales cúbicos de los asientos, del rayo calorífico disparado de aquél ojo rojo. La araña asomó su cabeza redonda entre los tronos, sin localizar a su objetivo. Betsaida, que trepó por las rodillas de una momia, saltó sobre su ingente enemigo, que no se dio por enterado de su presencia en su lomo cilíndrico.
Betsaida guardó su cimitarra y empuñó el cetro con ambas manos, invocando:
-Lanza Asesina de Azazel –y de la gema brotó una barra de energía verde y brillante, finalizada en una punta de casi metro y medio.
Fue el sonido de la voz de la amazona, lo que delató su ventajosa posición sobre la bestia, que subió su cabeza, disparando su rayo, no obstante que el ángulo impidió cualquier daño en Betsaida, quien clavó su lanza de energía en el cuerpo del monstruo, cortando con toda su fuerza, hinchándose las venas de sus brazos.
La araña enloqueció, adivinando lo que su enemiga se proponía, y rebulló por toda la galería, y vio la puerta, trepando por ella, clavando sus garras. Betsaida continuó aferrada con su lanza al lomo del engendro de metal.
La araña ascendió a una altura considerable, casi a la de uno de los gigantes de la sala, si estuviera de pie, y la máquina se dejó caer. Cuando su cuerpo chocó contra el suelo, cuarteó algunas losas, y su tronco se acható, chisporroteando y apagándose de modo entrecortado la luz rojiza de su ojo. La cámara entera pareció venirse abajo.
Betsaida consiguió saltar a tiempo, aterrizando pesadamente casi al lado del monstruo, cubierta de polvo y con raspones y magulladuras en codos y rodillas, a pesar de su armadura sobre las articulaciones. Ella tosió, y se puso de pie. Tomó otro sorbo de su poción milagrosa y el ardor de sus heridas se esfumó, cerrándose un poco las mismas.
La enorme puerta dorada comenzó a abrirse, así también, la del otro lado. Ahora se revelaron unas anchas y altas gradas, diseñadas y hechas para aquellos pies descomunales de los constructores del templo, ascendiendo.
6
Yuba, el Lemur
-Espero que Ahiravana esté bien allá afuera, que no se inquiete mucho por mi tardanza –se dijo Betsaida, y se decidió a subir.
Tan pronto ella puso un pie tras el umbral de la nueva puerta, unos diamantes enormes incrustados en la pared rocosa a unos cinco metros de altura, en pares a ambos lados y a unos cuantos pasos cada par, resplandecieron, proporcionando una mística luz blanquecina y tranquilizadora. Betsaida desactivó su hechizo de luz, dejando reposar su cetro, que ubicó en su cinturón, sujetando una vez más sus cimitarras.
Aquellos escalones se elevaban casi un metro, con una anchura de cuatro. Si no fuera por los tragos de la poción, Betsaida hubiera caído rendida a menos de un tercio del trayecto, brincando para subir cada escalón ingente, y al final en lo alto, divisó un umbral vacío, sin puerta.
-Ya es suficiente desafío subir estas gradas –se dijo, empapada en sudor, explicándose con sorna la ausencia de alguna puerta.
Betsaida pasó media hora de su vida ascendiendo por esas gradas hechas para pies colosales. Al final, ante el umbral, tras el cual todo era oscuridad, la guerrera se sentó en el suelo, respirando y descansando. Apoyó su cabeza en la pared y cerró los ojos, relajándose un rato.
Entonces, el piso tembló debajo de ella. Se puso de pie, empuñando sus sables. Algo grande se aproximaba del otro lado. Musitó el hechizo luminoso y su cetro brilló desde su cinturón, revelando apenas un poco de las paredes azulejas de entrada a una nueva cámara. Continuaron los pasos.
Y vio al gigante.
Estaba cubierto por una armadura y sus ojos iban protegidos por unos vitrales rojos. Su piel era oscura como la de los nubios y mediría unos ocho metros de altura, y cada una de sus extremidades tenía la anchura de un tronco de roble. Toda pieza metálica en él era de un rojo suave y oscuro, y el yelmo descubría sus orejas enormes y sus labios que precedían a una boca del tamaño de un pozo.
-Guarda tus armas, Betsaida. Has llegado. Falta un último desafío –le dijo, en idioma arameo, con voz dulce y sonora.
-¿Cómo has podido vivir todo este tiempo aquí? –preguntó Betsaida, agradecida de que el gigante no fuera a atacar.
-Vamos, pasa. Tendrás algunas respuestas, las que estés capacitada para recibir –dijo el coloso. Su sonrisa sosegó a la amazona-. Me llamo Yuba, y soy un nephilim –se presentó.
Yuba caminó hasta un trono al fondo de la nueva galería, flanqueada por columnas y estatuas al natural de guerreros nephilim, lo que Betsaida admiró. Yuba tomó asiento y con una sílaba pronunciada en su lengua, la luz inundó la amplísima cámara, brotando de un gigantesco diamante suspendido en la cúspide de aquella bóveda cuyas dimensiones estremecían a la joven hechicera.
Con un movimiento de uno de sus dedos semejantes a ramas, una diminuta silla se materializó, adecuada para Betsaida. Ella tomó asiento, frente a Yuba.
-Percibo que tus intenciones no son buenas, Betsaida –declaró Yuba, sin borrar su fraternal sonrisa-. Pero, ante mi asombro, los Maestros me indican que debo dejarte pasar a la prueba final y dejarte llevar el artilugio que codicias si triunfas. Seguro que de otro modo, el futuro será malo.
La amazona calló.
-Nosotros también somos seres humanos, Betsaida. Tal y como lo intuiste allá abajo, los humanos teníamos este aspecto físico en épocas casi en el olvido, tan solo plasmadas en algunas tradiciones, como la de tu gente, los hebreos, que incluso guardaron uno de nuestros nombres… nephilim –continuó narrando el gigante.
-Te dijeron que ésta es la antigua Torre de Babel, como la conoce tu gente, en especial, pero, ¿te parece que esto es una torre, Betsaida?
La aludida negó con la cabeza.
Yuba sonrió como un padre, y se inclinó un poco, y dijo:
-Esa leyenda de tu tradición, pequeña Betsaida, es la reminiscencia de una enorme tragedia que ha sacudido a la Humanidad dos veces ya. Una vez cuando nosotros los gigantes gobernábamos la Tierra, y la otra cuando dominaban el orbe los Atlantes. Ambas tragedias son esencialmente iguales, y los humanos debemos procurar que no se repita, lo que podría darse si estas tradiciones se olvidan, o si se mantienen pero se olvida su significado más íntimo.
“Te enseñan que, cuando los hombres se decidieron a construir la Torre de Babel, su propósito era alcanzar el nivel de Dios mediante sus artes… ser igual a Dios por medios materiales y con motivo distinto al amor y la compasión… cuando los hombres se entregan a la ciencia y a la tecnología, descuidando su aspecto espiritual, queriendo igualarse a Dios empujados por su vanidad, entonces, la tragedia ocurre, ¿una confusión de lenguas? Ojalá hubiera sido solamente eso, pequeña.”
“La guerra. ¿Crees que has visto horrores, Betsaida? No tienes ni idea de las armas que se desarrollaron en el Imperio Nephilim y en el Imperio Atlante, capaces de volatilizar ejércitos en un segundo –y chasqueó uno de sus enormes dedos, rebotando el sonido por toda la sala- e incinerar países enteros en un parpadeo… y después de los horrores, viene la división, por color, por opinión, por religión… y eso no es ningún “castigo divino”, es una reacción natural, que es una ley divina, o sea, si comemos mucho nuestro cuerpo se enferma, si comemos muy poco, nuestro cuerpo se enferma, ¿ves? Todo debe ir equilibrado. Ciencia y espiritualidad, magia y moral. Esa es la verdad trágica tras la leyenda tradicional de la Torre de Babel, pero que no sería vana si los hombres de esta “camada” del Manú Vaivasvata –a quién ustedes llaman Noé y los sumerios Utnapishtim- prestan oídos a esta sabiduría codificada.”
“Te he dado mi mensaje, aunque sé que no harás caso, sin embargo, así lo ordenan los Maestros, pues, seguramente, se lo transmitirás, tarde o temprano, a alguien en quien sí harán conciencia estas mismas palabras –y Yuba se puso de pie-. Te quedan dos pruebas más, una física, igual que las anteriores, y otra emocional… me agradas, Betsaida, porque algún día, en un distinto cuerpo, tomarás el nombre de una deidad helénica y vencerás a las tinieblas de tu ser y del mundo. Nos veremos en el ciclo de renacimientos, pequeña, esta aventura humana va para largo.”
Dicho que hubo esto, se desvaneció. Betsaida se mantuvo sentada, asimilando aquellas revelaciones impresionantes. Luego, cayó, al desaparecer la silla junto al espíritu del gigante.
-Maldito nephilim –murmuró Betsaida.
La pared detrás del ciclópeo asiento, descendió, desvelando una extensión de la galería, casi medio kilómetro más. Y las luces se apagaron y las tinieblas rodearon a Betsaida. Su instinto disparó sus alarmas somáticas. Algo se aproximaba.
7
El Ojo de Fuego
El trono, grande como un palacio de Babilonia, fue lo único que quedó tras la desaparición del fantasma del gigante Yuba. Betsaida se paró, sosteniendo su cetro y su cimitarra, y un zumbido llegó a sus oídos, acompañado de un resplandor ígneo que fue revelando las múltiples columnas y barricadas de metal distribuidas por aquella cámara tan amplia como el castillo del Rey.
Una esfera de fuego se asomó tras la silla, en forma de ojo, cuya pupila, un aro llameante y dorado, se fijó en Betsaida. Aquella bola, calculó la amazona, era como una ballena.
El cetro vibró y Betsaida corrió hacia la derecha, eludiendo un rayo de calor concentrado, que fundió las fisuras entre las losas sobre las que se asentaran sus pies segundos antes. El ojo diabólico salió en su persecución y pronto, Betsaida entendió la función de las murallas de metal: guarnecer al retador del último guardián. Aunque no para siempre, ya que, como verificó la hechicera, el ojo era capaz de cambiar de tamaño, sea creciendo o encogiéndose, para darle caza por los pasillos del ominoso laberinto. Las barricada metálicas iban prendiéndose cuando el ojo pasaba cerca de ellas o disparaba sus rayos.
-¿Metal inflamable? Ver para creer... –musitó la bruja, huyendo.
Betsaida corrió tras una pared, segura de que el ojo llameante iba tras ella. Sostuvo su cetro y pronunció un encantamiento congelador, asomó su brazo y su cabeza, apuntó a la esfera y disparó. La luz del ojo en llamas se apagó congelado, sumiendo el laberinto en la oscuridad sólo atenuada por las paredes en llamas, pero el hielo se derritió, humeando, y varios rayos de luz rojiza nacieron de las grietas del globo de hielo.
Poco después, el ojo de fuego, emergió intacto, mostrándose un tanto furioso en su crepitar.
Betsaida y el ojo jugaron al gato y al ratón por un tiempo. La guerrera atacó con todo su arsenal de hechizos elementales, ninguno de los cuales sirvió, tan solo para enervar por unos segundos a la esfera, como el de viento. Betsaida empezó a perder la paciencia. Gracias a los dos sorbos de poción alquímica, fue capaz de mantenerse trotando, atacando y pensando por una hora.
-¡Maldita sea, debe haber alguna forma de vencerla! –masculló, desesperada.
Betsaida cayó en la cuenta, que toda aquella estructura debía estar cavada dentro de la montaña junto a la ciudad maldita de Kalibia, y que, en la huida de ese ojo diabólico, habíase adentrado mucho más en la caverna, sirviéndole la luz de las mismas llamas que el globo pegaba en las paredes, divisando a su derecha una pared rocosa, pero una curiosa construcción en el centro de la misma llamó su atención.
La amazona se abstuvo todo el rato de usar su luz, para no delatar su posición, y había actuado por la lumbre intrínseca y provocada por su enemigo. Y en esa plataforma, vio gradas y en la cúspide, una esfera cristalina, detenida en un retén transparente y una silueta encapuchada manipulándola…
Betsaida entendió. Se movió con mucha cautela, sin hacer ruido, incluso se tomó la molestia de despistar a sus enemigos, haciendo un ruido un poco más atrás, para que el misterioso manipulador del ojo de fuego no sospechara nada. La bruja se desplazó por los corredores laberínticos aún oscuros.
Luego de lo que la amazona sintió como días andados en las sombras, alcanzó las gradas, subiendo hasta la mitad con mucho cuidado, y saltando las últimas. El encapuchado se giró, asombrado, y Betsaida lo apuñaló con su cimitarra, desapareciendo en el acto… un fantasma más.
El ojo de fuego surgió por encima de las paredes, recuperando su tamaño normal, como ballena y se fijó en Betsaida. La amazona posó su mano sobre la réplica cristalina y diminuta del ojo, que se petrificó en pleno aire.
-Saluda a tu nueva ama –dijo Betsaida, sonriendo.
Tras ella, la pared retrocedió, corriéndose luego a los lados, partiéndose, revelando un altar en cuyo centro descansaba un talismán circular de color púrpura, con signos nephilim grabados en su superficie. Betsaida cogió su premio, por lo que tanto se esforzara aquél día, colgándoselo del cuello, sintiendo el inmenso poderío corriendo por sus venas y sus chakras.
Ella cerró sus ojos y vio el poder llenando su ser.
Se volvió hacia la entrada, ya un poco lejana, por donde Yuba mismo le había invitado a pasar para instruirla. Vio luz, no del ojo inmóvil vinculado a ella, sino, vacilantes destellos… antorchas, el Ojo de Mammón estimuló y redobló su potencia visual para percibir estas cosas. Betsaida, al derrotar a los respectivos guardianes, prácticamente dejó libre el camino para cualquier otro saqueador que la siguiera. Deseó que Ahiravana no hubiera sido lastimado, y la sola idea de un suceso semejante, encendió la sangre en las sienes de la hechicera. Un halo purpúreo rodeó su cuerpo.
Entró una muchedumbre. Soldados en sus toscas armaduras, portando teas, lanzas y espadas. Betsaida reconoció a muchos guerreros de su tribu. Venían por ella. No toleraban el saber que una hebrea pudiera convertirse en el avatar de Pazuzu. Una adoradora del diablo, según ellos.
Betsaida sonrió, y en el colmo de la violencia, sostuvo el cristal manipulador de aquél monstruoso ojo de fuego.
-Consúmelos con tu fuego iracundo –ordenó ella.
El ojo de fuego, ávido de muerte, flotó hacia los sorprendidos y azorados guerreros.
8
Combate Fratricida
Los soldados hebreos señalaron aquél horror, y una llamarada envolvió a unos diez de ellos, que gritaron horriblemente, mientras que los demás se desperdigaban entre las columnas, arrojando flechas y lanzas que se derretían en su camino hacia el ojo.
Entonces, Betsaida pensó que, así como ella misma se acercó al espectro y apoderarse del dispositivo sin ser notada, cualquier otro, criado en las mismas praderas que ella, era capaz de repetir la proeza, y el talismán, el Ojo de Mammón, le insufló una nueva idea.
Betsaida despegó sus pies del suelo, sujetando la esfera cristalina y protegiéndose con una barrera púrpura. Varios soldados la señalaron, dando alaridos de espanto. Algunos tiraron flechas, que estallaban en miles de astillas al tocar su barrera. Betsaida empezó a reírse, histérica y saboreando cada muerte atroz en medio de las llamas por obra y gracia de su esclavo elemental.
Unos minutos después, tan solo un hebreo quedó, y Betsaida lo reconoció: era su hermano menor, Abraham, apenas un muchacho. La guerrera aterrizó junto a su tembloroso hermano, frenando al ojo de fuego, que flotó inerte, fijo en su última ubicación.
-Has crecido, Abraham –saludó Betsaida, sonriendo, con el cristal en una mano y el cetro en la otra, y sobre su pecho, el amuleto maldito.
-¿Qué has hecho, Betsaida? –preguntó Abraham, sosteniendo su espada- Todos estos que has matado jugaron en los mismos valles que tú cuando éramos niños, ¿cómo pudiste?
-¿Me defendieron acaso cuando se me sentenció a muerte? ¿Venían a invitarme a jugar escondite entre los árboles? –replicó ella, con una mueca de desdén y odio.
-Le has dado la espalda a nuestro dios, Yahvé –declaró Abraham, dando un paso.
-Yahvé me ha dado la espalda a mí, y no pienso rogarle nada. Pazuzu, en cambio, se me ha aparecido en sueños, y me desea a su lado, dijo que me acepta tal y como soy…
-Ese monstruo es el demonio, hermana, debes regresar con nosotros.
-¿Y morir por Yahvé?
Abraham suspiró, sin saber qué responder.
-Vine precisamente para intentar salvarte –dijo, al fin.
-¿Salvar mi cuerpo físico o mi alma? Si tanto le preocupo a Yahvé, que venga El mismo a decírmelo, que me ruegue que vuelva y que ordene a sus sacerdotes que no me pongan un dedo encima…
-Eso no sucederá, hermana –y Abraham alzó su espada.
-No seas ridículo, Abraham, soy mucho mejor espadachina que tú. Puedo rebanarte el torso en lo que tú recitas esos cánticos a tu malhadado Yahvé . Además, el poder del dios demonio Mammón fluye en mí... soy casi una diosa yo misma.
La hoja de Abraham chocó contra la frente de Betsaida, frenando a uno o dos centímetros de la misma. El joven dio un paso atrás, asustado, y su hermana rió enloquecida.
-¡Este es un poder verdadero! Pazuzu sí confiere poderes a quienes lo aman –y al decir esto, con un gesto de su mano, despegó a Abraham del suelo y lo lanzó al otro lado de la cámara.
El muchacho se levantó con dificultad, maltrecho, viendo de reojo a sus compañeros calcinados. La única luz provenía del ojo inmovilizado en las alturas, pues las murallas de metal se apagaron poco después. Abraham corrió, dando un grito de guerra, en un nuevo conato por matar a su hermana que llevó deshonra a la tribu.
Betsaida golpeó con su cetro la hoja de su hermano, que, redoblada su fuerza por efectos del talismán, hizo tambalear al joven, temblando el arma en sus manos. Betsaida siguió riéndose, y le dio con el lado romo del artilugio en la cabeza, derribándolo, sangrando y corriendo el chorro por la frente del joven.
-¿Cómo lo explicas, Abraham? ¿Cómo explicas que tu dios sea más grande que Pazuzu, si soy yo, la que está repartiendo todos los golpes?
-Hermana, yo sólo quiero lo mejor para todos, y si pudiera garantizar tu seguridad, lo haría, pero no puedo permitir que nos destierren a todos por culpa tuya… -dijo, con voz entrecortada y escupiendo sangre.
-Muy conmovedor hermano, me lo hubieras dicho cuando estaba muerta de miedo en la prisión y no ahora…
Abraham clavó su espada en el cristal esférico en manos de su hermana. El control del ojo de fuego cayó hecho trizas, y arriba, el ojo en sí, enloqueció, rebotando de un lado hacia otro, sin quemar a los hermanos por milímetros y, al fin, explotando en el centro de la cámara, lloviendo fuego, prendiéndose todo el laberinto. Algunas columnas cayeron envueltas en llamas, como la que separó a Abraham y a Betsaida.
Una muralla de fuego se alzó entre los dos. Se observaron, y Abraham supo que había perdido a su hermana para siempre.
-Cuando sea patriarca de Israel, hermana, si quieres, vuelve. Entonces, yo me aseguraré de que nadie te lastime… -dijo Abraham.
-Imbécil mocoso –escupió Betsaida-. ¿Qué te parece ésta? Cuando yo sea la Reina de las Tinieblas, ven a rendirme pleitesía y abjura de Yahvé a mis pies, que serán los de Pazuzu y no aniquilaré a tu estirpe –y rió, demoníaca.
-Hermana, por favor, recapacita… -gritó el mozo, por encima del crepitar del fuego.
-Sé que borrarás mi nombre de los libros de historia, o que, al menos, borrarás cualquier vínculo entre tú y yo, no te culpo, es una actitud sabia, pero estoy destinada a ser la oscuridad inherente a la luz, pronto veremos qué deidad triunfa, Abraham, hasta entonces…
El fuego arreció. Una pared de la bóveda rocosa se agrietó, colándose algunos rayos de la Luna, y Betsaida invocó una Embestida Tiamat para abrir un agujero, lo suficiente para llamar telepáticamente a Ahiravana, que, para su alivio, se asomó por la ventana, justo cuando casi se desmayaba por el humo…
Abraham se despertó sobre la hierba fresca, y el aire nocturno limpió su nariz del humo de la caverna. Vio a su hermana montando a su pterodáctilo y disponiéndose a partir. Betsaida lo miró y sonrió, como hacía cuando era su hermana querida. Nunca más volvió a sonreír de esa manera.
El joven vio a su hermana partir por el cielo, hacia el Palacio Oscuro de Pazuzu…
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