CAMISETAS AURORA Aurora Bitzine
Relato Fantástico: La Caza (IX)
Reddrick, acuciado por los recuerdos, busca respuestas en un pueblo tomado por la oscuridad.
Por David Mateo Escudero

Relato Fantástico - La Caza (IX) Reddrick, harto de palabras funestas, abandonó el local y vagó sin rumbo por las callejuelas oscuras de Lob, bañado por la incesante cortina de lluvia que no dejaba de manar de un cielo completamente encapotado. Las casas que lo rodeaban, pequeñas y ruinosas, se diluían en la oscuridad, convirtiéndose en espectros que lo observaban con rostros de adobe y cal. Estremeciéndose, se arrebujó en su túnica y caminó hacia la plaza, buscando los edificios consistoriales. Las palabras de Lúcius MacFadden habían despertado su curiosidad. Compañeros mercenarios que llegaban a aquella frontera situada en los límites de la civilización y desaparecían sin dejar el menor rastro. Un horror habitando en las tinieblas; una amenaza más temible que los propios orcos.

Desvió la mirada hacia la empalizada norte y discernió las sombras de los árboles, meciéndose por el viento, agitando las ramas y creando crujidos que sonaban susurrantes más allá del cerco de troncos. En las torres de vigilancia se distinguían sombras refugiadas en mantas, alumbradas por el tenue resplandor de las antorchas. Los vigiles no apartaban la mirada de la explanada que conducía al bosque, aguardando la llegada de una amenaza que parecía planear continuamente sobre Lob.

Caminó bajo la lluvia, con todos sus sentidos alerta. En realidad no creía que hubiera ningún peligro inminente en aquel pueblo alejado de la mano de los dioses, pero su experiencia le advertía que la oscuridad andaba muy próxima, probablemente al amparo de aquel bosque maldito. Reddrick sabía demasiado bien que había una parte de sí mismo que jamás se acostumbraría a la paz, a abandonarse al sosiego de una vida rutinaria. La muerte había seguido sus pasos durante demasiado tiempo y había aprendido a convivir con el dolor.

Relato Fantástico - La Caza (IX) Llegó a la plaza y buscó respuestas en la intendencia municipal. Por suerte, el alguacil seboso no se había tomado ni tan siquiera la molestia de cerrar la puerta de entrada con llave; ¿quién podría sentir interés por recorrer un lugar tan inhóspito? Los calabozos estaban sumidos en la oscuridad, en Lob todo parecía carcomido por la negrura. Olía a piedra mojada, a humedad, a carne corrupta. Sus sentidos élficos se adaptaron a las sombras y los contornos amenazantes se dibujaron en cada rincón. Caminó despacio por un estrecho pasillo rodeado de jaulas; en la última descubrió un cuerpo retorcido entre las sombras: era Mighoss el Pelado.

En otro tiempo, aquella mole calva y musculosa había formado parte de la banda de Weinn, pero con el fin de la guerra, los mercenarios del Zafio se habían disgregado y cada uno había tomado su camino. El de Mighoss, por su aspecto, no parecía que hubiera transcurrido por sendas tranquilas. Se aproximó a la celda y Mighoss se retorció de manera espasmódica, alertado por la presencia del extraño.

La sangre élfica que corría por las venas de Reddrick le permitió distinguir los hematomas que desfiguraban su rostro, las heridas que marcaban sus pómulos prominentes y marcados. En otro tiempo la mirada de Mighoss hubiera sido desafiante, enérgica, jactanciosa…hoy se reducía a un amasijo de nervios.

—¿Quién va? —preguntó el hombretón; su voz sonó vacilante entre las sombras del calabozo.

Reddrick se sentó en el suelo y cruzó las piernas.

—Hola Mighoss.

El corpachón del Pelado se embutió contra los barrotes y trató de discernir los rasgos del recién llegado.

Relato Fantástico - La Caza (IX) —¿Qui-quién demonios eres?

—¿No me reconoces? No ha pasado tanto tiempo desde la última vez que nos vimos.

—¡Medioelfo! —La luz se hizo en la mente de Mighoss. Sus ojos, cercados por ojeras que daban fe de los días de insomnio, mostraron incredulidad—. ¿Qué cojones haces en el culo del mundo?

La voz del gigantón denotaba un ligero tono de histerismo.

—Supongo que lo mismo que tú, amigo. Ganarme el jornal.

—Pues si yo ahora mismo estuviera en tu pellejo, montaría a caballo y pondría unas cuantas millas de por medio. Aléjate de este puto estercolero, medioelfo.

—¿Por qué?

Mighoss hizo un gesto negativo con la cabeza. Su respiración se volvió pesada, al tiempo que el terror que se reflejaba en sus ojos se iba haciendo más insidioso, más enfermizo.

—Mighoss, escúchame, debes superar el miedo. ¿Qué pasó en ese bosque?
Reddrick sintió una punzada en el vientre al percibir el malestar del hombretón. Mighoss, antaño, había sido un hombre orgulloso que no temía ni tan siquiera su propia sombra, sin embargo, ahora se reducía a una mole grimosa que era incapaz de controlar los espasmos producidos por una obsesión enfermiza.

—¿En verdad quieres saberlo, medioelfo?

El mestizo se limitó a responder con un cabeceo, así que el gigante comenzó a hablar.

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Aurora Bitzine revista de fantasía y ciencia ficción a 1 de febrero del 2006