CAMISETAS AURORA Aurora Bitzine
Relato Ciencia Ficción: La Resistencia de Theleros
Dos viajeros espaciales tropiezan con un planeta en rebeldía, donde al magia aún perdura. Un viaje al mismo centro de la incredulidad.
Por Pedro Camacho

Relato Ciencia Ficción - La Resistencia de Theleros I. Antecedentes.

El capitán se encontraba en su camarote. La maldita tripulación se había amotinado y lo habían recluido allí. Llevaban varios días en estacionario estudiando una posible invasión, invasión que no había sido del agrado del capitán Garrat y motivo por el que se encontraba recluido. Los chicos no lo habían tratado mal, pero se sentía como un león enjaulado; y eso no podía ser nada bueno. El capitán de navío Jeremy Garrat era un tipo de aspecto agradable, un metro ochenta de estatura, ojos azules y pelo rubio era su etiqueta de identidad ante las «niñas». Una voluntad de hierro, una inteligencia fuera de toda duda y una honestidad intachable eran las marcas de identificación que lo distinguían entre sus hombres. Sin embargo en esta ocasión, la había pifiado completamente. Había sido destinado como comandante en la nave Prometeo un prototipo diseñado para navegar a una velocidad increíble: «c/2» o, lo que es lo mismo, podía alcanzar ciento cincuenta mil kilómetros por segundo. Hasta ese momento, año 2098 d.C., ninguna máquina habría soñado siquiera aproximarse a aquella velocidad, sin embargo la Prometeo lo había conseguido ya en varias ocasiones.
Jerry, como sus amigos lo conocían, iba a realizar su última misión; cumpliría el protocolo de pruebas del nuevo prototipo y a su vuelta se retiraría. Tenía sólo cuarenta y tres años, pero sus veinte de servicio y varias condecoraciones le habían granjeado ese premio. Sin embargo, aunque la existencia de esta nave, debía ser un secreto, la tripulación se había sublevado dos o tres días atrás, todos estaban en el ajo. Había sucedido de repente; estaban probando la velocidad máxima de la nave, la sensación era vertiginosa, y sin saber cómo, habían atravesado un agujero de gusano. Aparecieron al otro lado de la galaxia a miles de años luz de distancia. El capitán Garrat intentó solucionar la situación. Pidió al técnico de mantenimiento que comprobara los sistemas, al piloto que evaluara la ruta seguida, a su segundo al mando que ordenara una revisión general de la nave; y todos permanecieron inmóviles con una sonrisa de complicidad en sus rostros. Todo estaba previsto. Todo. Habían manipulado las coordenadas de navegación, habían buscado el agujero de gusano a propósito y habían secuestrado la nave para usarla según sus propios planes. Ahora orbitaban alrededor de un planeta virgen con condiciones muy similares a las de la Tierra. Llevaban dos días haciendo estudios sobre él, y el planeta estaba habitado. Lo conquistarían por las buenas o por las malas.


II. ¡Invasión!

El planeta JHX 5 había sido analizado al completo. Era muy similar a la Tierra en tamaño, composición atmosférica, vegetación y fauna. Además estaba habitado por seres humanos primitivos. Estos eran, grosso modo, los resultados del informe procesado por el ordenador central. El teniente Sánchez, ahora al mando, no dudó ni un solo instante. ¿Desde cuándo era un problema asesinar a gente inocente? Lo habían hecho durante toda su carrera como militares.
La tripulación estaba compuesta por cuarenta y cinco personas, sin contar al capitán. La unidad de asalto era considerablemente menor, tan solo doce efectivos, sin embargo eran más que suficientes para conquistar aquel planeta. Sobre todo, porque contaban con la tecnología y maquinaria suficiente como para derrotar a cualquiera que osara interponerse en su camino.
El teniente Sánchez abrió el interfono y sus palabras, metálicas, se escucharon por toda la nave.
—Que el equipo de asalto se prepare. Nos encontraremos en la nave Alfa. Solo armamento ligero y vehículos de transporte ordinario
Cerró la comunicación; en breve serían los dueños y señores de un planeta aislado que no se hallaba en casi ninguna carta de navegación.
El capitán Garrat saltó sobre su asiento al escuchar las palabras de su segundo de abordo. Dejó a un lado un libro de principios de siglo con la imagen de un imponente dragón que lo miraba con fijeza y caminó nervioso por el camarote. Las palabras de Sánchez sólo podían significar una cosa: invasión.
Decidió que las cosas no podían continuar así. Se vistió para la ocasión; se colocó su uniforme de combate, y con paso decidido se dirigió a un pequeño mueble –bar empotrado junto a su cama. Lo observó detenidamente, y presionando un botón oculto en algún lugar del mismo, consiguió que se abriera. Seleccionó uno de los muchos cilindros de licor que se encontraban almacenados y con un golpe seco lo rompió. De su interior se desprendió otro cilindro más pequeño, con dos minúsculos botones metálicos: su antigua espada láser. Una reliquia para ser utilizada en caso de emergencia. Y aquella situación, era una emergencia de las gordas.
Debía darse prisa. Su plan era introducirse en la nave Alfa antes de que llegara el equipo de asalto y viajar con ellos al nuevo planeta. Debía avisar a las gentes del lugar, y si no conseguía nada, intentar evitar el desastre. Se plantó junto a la puerta, y habló:
—Ordenador. Abrir. —Una luz roja en el panel y un chasquido metálico anunciaron la negativa. Jerry no se dio por vencido.
—Ordenador. Protocolo cero cinco uno siete. —La luz roja desapareció por unos momentos y una naranja apareció en su lugar. La voz metálica del ordenador respondió:
—Protocolo secreto de amotinamiento. Identificación. —El capitán suspiró aliviado, y sin dilación procedió a la identificación:
—Capitán de navío Jeremy J. Garrat, número de registro uno uno cinco cinco cero dos. Abrir.
La puerta se abrió sin hacer ruido y el capitán Garrat salió disparado en dirección al hangar, necesitaba darse prisa o sería descubierto. Llegó con el tiempo justo de entrar en la nave Alfa, e instalarse en su bodega, detrás de uno de los vehículos de combate. Uno que probablemente no utilizaran de momento. Con un nudo de excitación en la garganta esperó a que llegara su momento mientras el equipo de asalto ingresaba en la nave con sus trajes de batalla y sus rifles láser. Antes de partir escuchó las palabras sibilinas del teniente Sánchez:
—Por vuestro bien espero que no la pifiéis. A cualquiera que haga una tontería allá abajo le cortaré las pelotas y las serviremos de postre en la cena. —Y gritando añadió—: ¿Entendido?
—¡Sí señor! —respondió el equipo como un solo hombre. El teniente Sánchez abandonó el hangar y el grupo de asalto dejó la nave rumbo al planeta JHX5.

Relato Ciencia Ficción - La Resistencia de Theleros III. ¡Sorprendidos!

Bastian y D’horim caminaban tranquilos. El mago había abierto un portal dimensional y ahora se encontraban en Theleros, un planeta muy similar a Dhemar donde según sus averiguaciones habían huido el par de renegados que buscaban. Habían aparecido en el pequeño claro de una formación arbórea donde supuestamente encontrarían los indicios necesarios para iniciar la búsqueda. El enano se dirigió al mago y le preguntó:
—Bastian, ¿crees que hemos perdido mucho tiempo? —El mago contestó después de un par de segundo de meditación—. Si mis cálculos son correctos, deben llevarnos unos cinco minutos de ventaja.
D’horim asintió pensativo y observó los alrededores buscando rastros que los guiaran en su búsqueda. Poco tiempo después sus tenaces ojos encontraron algo.
—¡Bastian ven aquí! ¡Mira esto!
Vistos desde lejos, parecían un adulto y un niño, pero si uno se acercaba lo suficiente se daba cuenta del error. D’horim era un enano, podía medir casi metro y medio, pero no era un infante. Su cuerpo, recio y musculado no tenía un gramo de grasa, y su fuerza era colosal, dos veces la de un humano entrenado. Lucía una barba corta y bien cuidada que daba testimonio de su hombría; y sus ojos, como la madera de cerezo, eran igual de resistentes. Por el contrario, Bastian era un hombre alto, podía llegar casi a los dos metros. Sin embargo era barbilampiño y desgarbado. Sus ojos eran verdes, y dejaban escapar destellos de inteligencia. Llevaba un bastón tan largo como él, esa era toda su defensa —esa y su magia—. D’horim no llevaba armas de mano a la vista, pero el pueblo al que pertenecía no las necesitaba. Era tremendamente bueno en la lucha cuerpo a cuerpo y una ballesta pesada reposaba sobre su espalada a la espera de ser utilizada.
En esos instantes estaban siguiendo el rastro encontrado por el enano. Un rastro de sangre. D’horim había herido con su ballesta a uno de los forajidos, atravesando su armadura de acero sin ningún problema, usaba flechas mágicas, el hechizo que Bastian había ejecutado sobre ellas era muy bueno.
Y entonces sucedió. Justo al terminar el bosque, ya en campo abierto los dos compañeros vieron un destello en el cielo. Una criatura enorme descendía majestuosa sobre la pradera que se extendía más allá de los árboles. Frente al monstruo, del color del acero, se encontraban los sorprendidos soldados de un batallón. Podría tratarse de unos mil hombres que, ante la presencia de tan enorme ser, temblaban de puro pavor, aunque mantenían la posición. Y entonces ocurrió lo inexplicable. Un rayo de luz brotó de una de las partes de la criatura, y allí mismo quedaron carbonizados más de doscientos hombres. Debía de tratarse de algún tipo de dragón.
D’horim y Bastian asistieron impotentes a la carnicería. No hubo ningún superviviente. Ni siquiera sangre, o cuerpos mutilados. Lo único que quedó en el lugar fue un montón de ceniza y un hedor nauseabundo a carne quemada. Intentando que el temblor de las piernas no los hiciera perder el equilibrio, los dos compañeros siguieron observando, ocultos en la maleza, y se llevaron un nuevo sobresalto. La enorme criatura, abrió su vientre y por allí descendieron cuatro vehículos. D’horim quedó pensativo. No se encontraban frente a un dragón. Era un enorme barco volador que transportaba en su interior carros de combate. El enano recordó los que fabricaba su pueblo y no pudo hacer otra cosa que admirar la obra de ingeniería que tenían delante. Sin embargo, y ahora que sabía que se enfrentaban a seres vivos normales, muy avanzados pero normales, miró de reojo a Bastian y habló:
— No tenemos tiempo, si queremos tener alguna oportunidad hemos de atacar de frente y saber de qué están hechos. —Bastian miró de reojo a su compañero con una expresión de incredulidad en sus ojos—. No me mires así —continuó el enano—: no estoy loco. Activa tu mejor hechizo de protección y prepara tu hechizo más mortífero, una bola de fuego o algo así. Algo devastador. Yo utilizaré mi ballesta. Si la cosa se pone fea, abres un portal y nos vamos. ¿Vale?
Bastian asintió no muy convencido al principio, pero al ver la determinación en el rostro de su amigo cambió su semblante.
—¡Haremos pagar esta masacre a esos mal nacidos!
D’horim lo miró con aprobación y habló de nuevo:
—A la de tres. Una, dos y…

Relato Ciencia Ficción - La Resistencia de Theleros IV. Un atisbo de esperanza.

Como sospechaban, no habían encontrado ninguna resistencia. Todo transcurrió en cuestión de segundos. Unos cuantos disparos con el rayo láser de la nave y la resistencia se desvaneció. Ni siquiera podía llamarse carnicería a lo que había sucedido, ni el polvo, desperdigado por el campo de batalla, daba testimonio alguno de ello. Si todos los escollos que podían encontrar en ese planeta eran como el que acababan de superar, todo sería cuestión de tiempo.
Abandonaron la nave para iniciar el reconocimiento de la zona y establecer un campamento base. Salieron en cuatro vehículos de reconocimiento, a razón de tres hombres por transporte. Dejaron la nave asegurada, e iniciaron la marcha. Habían decidido seguir el camino por el que desfilaba el ejército con la intención de llegar a un núcleo de población e investigar todo lo posible de sus habitantes. Una vez hecha su tarea, darían el informe positivo a la nave Prometeo y se establecerían en el planeta. Todos iban risueños, esperaban un paseo militar, nunca mejor dicho, y no podían imaginar ningún contratiempo.
Mientras tanto, el capitán Jeremy J. Garrat, había aprovechado los momentos de confusión que siguieron a la salida de los transportes para abandonar la nave en silencio y conseguir la libertad. En su mente había dos objetivos; ayudar a los oriundos del lugar para evitar una matanza mayor y volver a conseguir el gobierno de la nave. De alguna manera sabía que si conseguía derrotar al teniente Sánchez el resto de la tripulación lo aceptaría de nuevo. Los vehículos se alejaban rápido de la nave y no sabía qué haría para seguirlos. Pensó en conducir el tanque que habían dejado en el interior, pero era demasiado grande y no tenía ni idea de cómo manejarlo. Así que decidió seguirlos a pie aunque empleara mucho tiempo. No tuvo tiempo de perderlos de vista, un acontecimiento imprevisto lo hizo posible.

—…¡tres!
Como una exhalación, el mago y el enano se plantaron de un salto frente a los vehículos de transporte. Los hombres del grupo de asalto no daban crédito a lo que veían sus ojos. Detuvieron las máquinas a unos quince metros de la extraña pareja y los miraron con una media sonrisa en sus labios. El primer automóvil no pudo reaccionar; Bastian alzó las manos con rapidez y pronunció una extraña palabra:
—¡Reheremiun!
Una inmensa bola de fuego se precipitó sobre los desprevenidos extranjeros haciendo explotar el transporte y dejando a sus tres pasajeros calcinados. Una nueva explosión como consecuencia de la ignición del combustible aumentó los efectos de los hechizos del mago haciendo presa del segundo vehículo. Los tres tripulantes saltaron de él y se alejaron antes de que se produjera una nueva explosión, mientras que los otros dos automóviles evitaban el caos con una maniobra evasiva y comenzaron a disparar con la potencia de todo su armamento.
D’horim felicitó a Bastian por su magnífico trabajo. Rápidamente hizo una evaluación del campo de batalla. Dos carros destrozados y tres enemigos muertos. Quedaban otros dos carros de combate y tres hombres a pie. Habían usado el factor sorpresa, pero ahora tendrían que aguardar el contraataque. No había hecho sino terminar su evaluación cuando un sin fin de rayos de luz chocaron contra la barrera mágica que los protegía. El susto fue mayúsculo, pero la defensa aguantó bien. D’horim apuntó con su ballesta y respondió al fuego enemigo. En un visto y no visto, los tres hombres que habían eludido las explosiones yacieron muertos con el cuello atravesado por flechas mágicas. Sin embargo sus compañeros seguían disparando sus rayos de luz sobrecargando con ellos el escudo.
Bastian advirtió al enano:
—No podré aguantar mucho más la barrera. Puedo ejecutar un hechizo ofensivo más, pero no podré con los dos monstruos que nos atacan. En cuanto lo lance nos vamos de aquí.
El enano lo miró pensativo y finalmente asintió.

Estaban descargando toda la potencia del láser y aquellos malditos hijos de mala madre parecían no estar afectados. Marlow no podía explicárselo. De repente dos personas, sólo dos personas habían aparecido de la nada y poniéndose frente a ellos habían destrozado dos transportes y a sus seis compañeros. ¡Por todos los santos! ¿Cómo era eso posible? Hacía unos minutos habían desintegrado a más de mil personas y ahora dos, tan sólo dos, resistían el ataque de toda su artillería. Justo en esos momentos el equipo de Toni descargaba, al igual que su propio equipo, el láser a toda potencia. Parecía que el escudo comenzaba a ceder, y una sonrisa de triunfo comenzó a formarse en la cara de Marlow. El gesto no llegó a completarse. Miró a su compañero y observó desolado como una grieta se abría bajo su vehículo y este se hundía sin remedio. No lo pensó más, debían dar la vuelta y avisar a la Prometeo. Debían huir por su bien y por el de la misión. Y en ese mismo instante dieron la vuelta y huyeron hacia la nave Alfa.

El capitán Garrat no dio un paso durante la breve batalla. La sorpresa evitó que intentara ayudar a los dos extraños, se valían muy bien solos. Vio como destrozaron a tres de los cuatro transportes y como el último, dirigido por Marlow, daba media vuelta e ingresaba en la nave a toda prisa. Los extraños no se habían movido del sitio, parecían exhaustos, y no era de extrañar. La nave Alfa se elevó con rapidez y en menos de un minuto ya buscaba el espacio y a la Prometeo. Tenía que hablar con los dos valientes que habían hecho frente a los que antaño eran sus hombres. Los habían rechazado, pero si lograban comunicar lo sucedido a Sánchez no tendrían ninguna opción, volverían con toda la artillería, y eso no podrían solucionarlo. Había inutilizado la radio de la nave Alfa, pero en poco más de media hora, el teniente lo sabría todo. Comenzó a correr a toda prisa en dirección a la extraña pareja.

Relato Ciencia Ficción - La Resistencia de Theleros V. Interludio.

D’horim y Bastian se miraron con expresión de triunfo. Habían rechazado al enemigo y no habían sufrido daño alguno. El mago estaba un poco cansado, pero por lo demás todo había salido a pedir de boca. Estaban a punto de dar media vuelta y continuar con sus planes cuando se dieron cuenta de que alguien venía a todo correr en su dirección. Se pusieron en guardia de nuevo y el enano apuntó al desconocido con la ballesta y se aprestó a disparar. Bastian detuvo la mano del enano.
—Sí, ya sé que viste como ellos. Pero piensa: ¿Crees que vendría corriendo hasta nosotros él solo después de como hemos destrozado a sus compañeros?
D’horim no tuvo por menos que asentir ante lo acertado del razonamiento del mago, y esperó con la ballesta en alto.
Jeremy Garrat redujo la velocidad cuando sus pasos lo dejaron a unos quince metros de los dos extranjeros y poco a poco se fue acercando con las manos en alto. No quería ponerles nerviosos, sabía lo que eran capaces de hacer. Cuando los tuvo frente a frente, a poco menos de tres metros, les habló:
—Vengo en son de paz, no soy uno de ellos —D’horim y Bastian escucharon al extraño en silencio. No entendieron absolutamente nada.
Bastian, viendo el problema al que se enfrentaban, susurró unas palabras y todo cambió—: ¡Plactim unimun!
El enano comprendió en el acto y se dirigió al forastero:
—Habla, ahora sí podemos entendernos. —El capitán Garrat se sorprendió por enésima vez ese día y haciendo un sublime esfuerzo repitió las palabras—: Decía que vengo en son de paz. Que no soy como ellos. A decir verdad, soy su capitán, me secuestraron y me escapé cuando bajaron a conquistar el planeta.
Los dos amigos se miraron sopesando la información. D’horim sin embargo, seguía apuntando al supuesto capitán. Después de algunos momentos de tensión el mago le hizo una pregunta:
—Suponiendo que eso sea cierto, ¿por qué tiene tanto interés en hablar con nosotros, se podría haber largado?
Jeremy quedó pensativo entendiendo las dudas de los compañeros, pero firme reaccionó.
—Bien, entiendo vuestras dudas. Mi respuesta a vuestras preguntas es la siguiente: El hombre al mando de vuestros enemigos es muy cruel, todavía no sabe lo que ha pasado aquí, estropeé el único medio de comunicación que tiene para hablar con los hombres que escaparon, pero van hacia allí y llegarán en poco más de media hora. Vendrán con todo su poder y destrozarán vuestro dichoso planeta. No puedo vivir con eso en mi conciencia, y si puedo averiguar un modo de evitarlo lo haré. He visto cómo habéis luchado, sé que sois poderosos y pensé que podríais ayudarme.
D’horim bajo la ballesta muy despacio, Bastian asintió con una media sonrisa, el extranjero era legal. El enano tendió la mano y se presentó:
—Me llamo D’horim, soy un enano de Dhemar, como verás este no es mi planeta tampoco. Él es Bastian, es mago. También es de Dhemar, pero estamos de acuerdo contigo. Si esos hombres tienen el poder de destrozar nada más y nada menos que el planeta entero, hay que detenerlos. ¿Cómo lo haremos?
El capitán sonrió con intensidad y se presentó:
—Me llamó Jeremy Garrat, ya os dije que soy el capitán. Me alegro de que estéis conmigo. De todos modos hay un problema muy serio para conseguir nuestros propósitos. Tenemos media hora para que ellos lleguen al cuartel general. Y nosotros no tenemos medio de alcanzarlo, a no ser que sepáis viajar hasta el cielo.
Jeremy quedó con el rostro congestionado, D’horim pensativo comenzó a caminar de un lado para otro y Bastian, tras un momento de duda sonrió feliz.
—Sé como podemos hacerlo, pero necesito algo. ¿Podrías proporcionarme una imagen o una buena descripción de ese cuartel general del que hablas?
Jeremy miró a Bastian sorprendido y aún estupefacto afirmó.
— Sí, sí… —Echó mano de su cartera, de un bolsillo interior, y extrajo una pequeña pantalla del tamaño de la palma de su mano con una imagen en ella: él sonriente en su camarote con el teniente Sánchez. El capitán suspiró triste y se la mostró a Bastian—. ¿Será suficiente?
Bastian observó la imagen y, satisfecho, asintió.
—Será suficiente. ¿A qué distancia aproximada está ese cuartel general?
Jeremy lo pensó durante un tiempo y contesto dubitativo.
—El cuartel general es un «monstruo» que sobrevuela este planeta a unos, digamos, cinco mil kilómetros de distancia.
D’horim silbó sorprendido y Bastian comenzó a hacer cálculos. Era un reto, desde luego, pero creía que podía conseguirlo. Con determinación habló a sus compañeros.
—Necesito al menos veinte minutos para cargarme de energías. Aprovecharé el bosque cercano para hacerlo. Tendremos pues sólo cinco minutos para resolver el problema allí arriba. Después de realizar el hechizo, estaré algún tiempo fuera de combate, así que una vez lleguemos a nuestro objetivo, la responsabilidad será toda vuestra.
Bastian se alejó hacia el bosque para empezar su tarea mientras que Jeremy le explicaba a D’horim la distribución de la nave y los pasos a seguir. La nave Prometeo, la nave más avanzada de la tecnología terrestre iba a ser abordada por tres hombres sólo con la ayuda de la magia y el ingenio. El capitán Jeremy J. Garrat todavía no podía creérselo.

Relato Ciencia Ficción - La Resistencia de Theleros VI. ¡Al abordaje!

—Juntaos de las manos. Necesito que estemos todos en contacto para poder realizar el hechizo. —Todos obedecieron a Bastian, mientras un gusanillo en el estómago les avisaba de lo incierto del viaje—. Jeremy, enséñanos la imagen. —El capitán obedeció al instante—. Concentrémonos todos en ella. No os mováis. —Nadie osó respirar y D’horim y el capitán esperaron a que Bastian comenzara con el hechizo.
No tuvieron que hacerlo durante mucho tiempo. En un par de segundos el mago comenzó la salmodia:
—Rexor tirpor, rexor tirpor, rexor tirpor.
Poco a poco, conforme Bastian subía el volumen de recitación, los cuerpos de los tres compañeros se fueron haciendo translúcidos, hasta que llegado el momento, desaparecieron.
En un habitáculo no muy pequeño, de paredes metálicas, se materializaron tres personas cogidas de la mano. Nada más hacerse sólidas, una de ellas se desmayó.
—Déjalo en la cama, rápido. —D’horim obedeció la orden del capitán con rapidez. Se aseguró de que su amigo el mago estaba solamente cansado y siguió de cerca al capitán. Todo estaba como lo había dejado tan sólo unas horas atrás. Nadie se había dado cuenta de su ausencia.
—Pégate a mis talones. Carga tu ballesta y prepárate para entrar en acción.
Jeremy, mientras aleccionaba al enano, echó manó de su espada láser y la empuñó sin hacer aparecer la hoja. D’horim la miró con curiosidad y siguió al capitán pensando qué demonios sería eso. Al principio avanzaron sin ninguna dificultad, pero conforme se iban acercando a la sala de control tenían que esquivar a los miembros de la tripulación cada vez con más frecuencia.
—Si tienes que defenderte no mates a nadie —Jeremy observó la mirada poco convencida del enano y continuó excusándose—. No son malos, están bajo el mando del teniente Sánchez y su cúpula, estos sí son peligrosos. Una vez estemos en a sala de control, haz los que quieras.
El enano asintió un poco más convencido y siguieron adelante.
Al cabo de cuatro minutos estaban ocultos tras una esquina frente a la sala de control. Justo en esos momentos se oyó un fuerte sonido, como una alarma, que los sobresaltó. Especialmente al enano, para quien todo aquello no dejaba de ser desconocido. El capitán sin embargo lo tranquilizó:
—Son las alarmas que indican que una nave está entrando.
D’horim asintió suponiendo que eso significaba que sus enemigos volvían de Theleros. No tenían mucho tiempo, y dos guardias custodiaban la entrada de la sala de control. Jeremy habló con rapidez.
—D’horim, desarma al de la derecha, yo me encargo del de la izquierda.
El enano le preguntó intrigado:
—¿Y con qué piensas hacerlo?
—Tú encárgate del tuyo y observa. —La respuesta de Jeremy no dejaba lugar a la réplica.
El enano apuntó con su ballesta, el capitán dirigió la boca del cilindro metálico hacia su objetivo. Ambos se miraron y Jeremy dio la orden.
—¡Ahora!
La ballesta de D’horim se disparó y una saeta se incrustó en la garganta del guardia. Un inaudible sonido gutural se escapó del pobre desgraciado. Por su parte Jeremy apretó uno de los dos botones del cilindro que portaba, y un haz de luz surcó veloz el espacio y agujereó el pecho del otro guardia. En silencio, se habían desecho de la vigilancia. Los dos compañeros se miraron con admiración y corrieron como centellas hasta la puerta.
—Voy a abrirla. El teniente es para mí. Mientras ofrezcan resistencia, sin piedad. Hemos de recuperar el control de la nave.
El enano asintió embravecido y apretando la ballesta con fuerza se preparó para el combate.

Sánchez estaba preocupado, habían intentado establecer comunicación con la nave Alfa y había sido imposible. Las últimas noticias eran que tras destruir sin resistencia a un ejército humano, iniciaban la exploración de la zona. Nada debía ir mal, pero los fallos en el sistema de comunicaciones no le gustaban ni un pelo. En ese momento sonó la señal de entrada de naves. Quería decir que estaban de vuelta, pero eso solo podía significar problemas. Se dio media vuelta para dirigirse a los hangares cuando la puerta se abrió. Un súbito presentimiento le avisó de que se agachara, y así lo hizo. Eso le salvó la vida.

El capitán abrió la puerta introduciendo el código correspondiente. Pulsó el otro botón del cilindro, y su espada láser resurgió después de mucho tiempo con todo su esplendor. Contó en un rápido vistazo a diez personas en el puente y sin pensárselo dos veces corrió al ataque. Antes de llegar al primer enemigo, observó como las flechas del enano habían dejado a dos hombres fuera de combate. La puntería de D’horim y la magia en la que Bastian había impregnado sus saetas convertían su ballesta en un arma temible. Jeremy esquivó dos o tres rayos láser, bateó uno con su espada dejando a otro más fuera de combate y llegó a la altura de su primer contrincante sin darle tiempo de reaccionar. Decapitó su cabeza de un solo tajo, dejando un dulzón olor a carne quemada en la superficie del cuello segado.
D’horim miró en derredor, se habían desecho en un suspiro y recargaba su ballesta mientras admiraba los movimientos de su compañero humano. Descargó dos nuevos disparos y redujo el número de enemigos a seis. Volvió a cargar la ballesta justo cuando el capitán Garrat volvía a decapitar, de un solo tajo, a dos hombres más de la guardia personal del tal Sánchez. Los cuatro restantes dejaron sus armas con rapidez y se rindieron. No querían caer en manos de dos locos que llevaban la muerte en sus ojos.
El capitán se dirigió entonces lentamente hacia un hombre que tiritaba de puro pavor. Lo hizo con el sable láser enarbolado, a la altura del cuello de Sánchez, pues de él se trataba.
—Ya no eres tan valiente —afirmó Jerry —. ¿Dónde están tus humos ahora que tus fieles guardaespaldas no pueden protegerte?
Sánchez miró al suelo cabizbajo sopesando lo real de su derrota. Con odio en su mirada contestó a su capitán.
—¿Cómo no? ¡Otra vez el señor don perfecto se ha salido con la suya, otra vez el capitán honradez ha conseguido su objetivo! Pues no seré yo quien te aplauda. ¡Nunca más trabajaré a tus órdenes!
D’horim se acercó poco a poco a los dos hombres que discutían y apuntando con su ballesta los genitales del teniente Sánchez habló:
—Nunca más trabajarás para nadie, porque vas a morir. Has sido el responsable de la matanza de miles de seres humanos, seres con familias que ahora se quedarán perdidas. Padres, hermanos, hijos… Lo pagarás con tu vida
El capitán viendo lo que el enano estaba a punto de hacer, bajo la guardia para intentar que D’horim no matará a Sánchez, debía ser juzgado, no ajusticiado. Pero el teniente aprovechó este descuido de Jeremy para arrebatarle el sable láser y en un rápido movimiento apartarse de la ballesta del enano y poner la espada a unos centímetros del cuello del capitán.
—¿Qué haréis ahora? —preguntó con una risilla nerviosa—. ¿Cómo sobreviviréis? ¡Tira esa arma infernal tuya!
D’horim obedeció a regañadientes, sabedor de que estaban perdiendo la ventaja.
— ¡Apresadlo! —ordenó a los hombres que quedaban en el puente de mando. Pero ninguno de ellos se movió—. ¡Apresadlo o mataré a vuestro capitán!
Se movieron con rapidez, temiendo que cumpliera la orden. Habían sido obligados a secundar el motín, pero ahora no querían ser cómplices de asesinato. El teniente Sánchez empujó al capitán y amenazándolo con la espada lo mantuvo a raya.
—Es hora de que mueras. Y lo harás a mis manos y con tu propia espada. Nunca soñé algo tan bonito. —Levantó la espada con una expresión de locura en su mirada y se dispuso a dar el golpe definitivo.
Nunca llegó a hacerlo. Los allí presentes, vieron sorprendidos, como unos dardos de luz se clavaban consecutivamente en el pecho del capitán haciéndolo explotar en mil pedazos, cubriendo de trocitos de Sánchez toda la sala de control. Miraron el origen de semejante magia y, apoyado sobre el marco de la puerta, un más que cansado Bastian sonreía satisfecho. Una vez más el orden en Theleros se había restituido, pero a qué precio.

Algunas horas después, Bastian, D’horim y Jerry charlaban animadamente entorno a la mesa del camarote del capitán disfrutando de un buen vino.
—¿Qué haréis ahora? —El capitán veía el momento en que su amigos partirían y quería retrasarlo todo lo posible.
—Supongo que regresaremos a Theleros en busca de los renegados que perseguíamos. Después ya veremos. —D’horim perdió su mirada en el interior de una copa de cristal llena de un caldo rojizo de sabor exquisito.
—¿Qué harás tú? —preguntó Bastian a Jerry adivinando su congoja.
—Devolveré la nave a mi planeta. Informaré de lo sucedido aquí, y después me tomaré las vacaciones que tanto he estado esperando. —Durante unos instantes nadie dijo nada, hasta que el propio capitán rompió el silencio con una pregunta que todos esperaban—: ¿Volveremos a vernos?
Todos se miraron con respeto y admiración, pero fue Bastian quien respondió la pregunta:
—Toma —dijo entregándole a Jerry una pequeña piedra pulida de color negro.— Cuando quieras que volvamos a vernos, apriétala con fuerza y llámame. Me pondré en contacto contigo.
—Que así sea, — respondió Jerry, y levantando los tres las copas al unísono, brindaron:
—¡Por la amistad!

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Aurora Bitzine revista de fantasía y ciencia ficción a 1 de febrero del 2006