Thiara se levantó despacio, el gallo todavía no había cantado por primera vez, pero la costumbre la llevaba siempre a despertarse antes del amanecer. Todavía medio dormida, se vistió y bajó las escaleras con cuidado para no despertar a los demás. Al salir al exterior el viento helado la obligó a envolverse todavía más en su capa de piel y la despejó por completo.
Todavía tenía tiempo antes de que su familia se despertara y comenzara el trabajo en la granja, así que tomó el camino que bajaba hasta la playa, le gustaba sentarse sobre la arena blanca a contemplar el gran océano que se abría frío y negro ante ella, rompiendo sus olas con violencia contra la playa, como si quisiera tragarse la tierra entera, arrebatarle parte de su ser y sumergirla bajo sus aguas.
Este pensamiento le llevó a recordar las historias que los ancianos del pueblo contaban en las noches frías de invierno junto al fuego. Una de ellas, su favorita, contaba como Enduo, dios de la tierra y de todos los seres que la habitaban y Ooris, diosa del océano y sus criaturas, habían sido amantes en el principio de los tiempos. Entonces el mar y la tierra convivían en harmonía, y las playas eran tranquilas y los pescadores podían adentrarse en el océano sin miedo porque Ooris protegía a los habitantes de la tierra, siervos de su amante. Pero Enduo se enamoró de una mortal, una aldeana de enorme belleza, que parecía ser hija de los mismos dioses, pues todo aquel que la miraba se enamoraba de ella. Enduo abandonó a Ooris y ésta, cegada por el odio y la venganza, creó las olas que rompían contra los acantilados y las tormentas que hundían los barcos, y ordenó a sus criaturas más grandes alimentarse y destruir todo aquello procedente de la tierra que entrara en sus dominios, y así comenzó una rivalidad milenaria, en la que Ooris trataba de apoderarse de parte de los dominios de Enduo, y éste respondía intentando recuperar lo que le había sido arrebatado y todavía más.
Cuando la situación se volvió insostenible, pues la desolación que causaban hacía peligrar la vida de muchos hombres y otras criaturas de la tierra, mar y cielo, el resto de los dioses decidieron tomar parte, y obligaron a los dos rivales a darse un año de tregua cada cien años. Antes de ese período de tregua, Ooris debía vivir durante un tiempo entre las criaturas de la tierra, en la forma que eligiera, mientras que Enduo debía sumergirse en las profundidades del océano como una de sus criaturas durante ese mismo tiempo, para que ambos recordasen la belleza del mundo que intentaban destruir y que en otros tiempos habían compartido con amor.
Como a todos los habitantes de la aldea, Thiara disfrutaba escuchando las historias, pero ésta en concreto la conmovía profundamente. Sentía la felicidad de los amantes y el despecho de Ooris al ser traicionada. Aunque no era más que una antigua leyenda de pescadores, podía comprender perfectamente el dolor de ambos.
Ensimismada en sus pensamientos, llegó a la playa. Frente a ella, el océano rugía con toda su furia, pero ella sabía que en su fondo existía la calma y sintió que morir ahogada en esas aguas sería una tortura tan agradable como dulce, que del mar emanaba la calidez de toda la vida que albergaba, en contra de la frialdad de sus aguas. A pesar de su aparente furia, el océano le transmitía una sensación de paz que le agradaba especialmente, siempre se había sentido atraída por él.
Quizá tuviera algo que ver con su pasado, durante toda su vida había intentado descubrir algo sobre sus orígenes, pero nadie parecía saber nada. Era un misterio, siempre lo había sido y le aterraba la idea de morir sin haberlo descubierto, sin saber realmente quién era y de donde procedía.
Miró el colgante que pendía de su cuello, un medallón que representaba un delfín sobre un fondo marino, todo trabajosamente elaborado con filigranas en coral, cuarzo y lapislázuli, la obra de todo un maestro. Sus padres adoptivos le habían dicho en una ocasión que quizá era hija de una familia noble que había nacido fuera del matrimonio y que por tanto habían tenido que ocultarla, pero que le habrían dejado el medallón para que tuviera alguna referencia cuando creciera y buscara a sus verdaderos padres.
Pero esto no convencía totalmente a Thiara, no era lógico que la dejaran entre unas rocas cercanas a la playa, que sólo quedaban al descubierto cuando bajaba la marea, desnuda y sin ningún tipo de protección, sin un canasto o cesta, con el medallón colgando de su cuello.
Una ráfaga de viento le azotó la cara, regalándole ese aroma tan especial del mar, e hizo ondular su larga melena dorada, tan extraña. Nadie en la región tenía el pelo rubio, ni la tez tan clara, de una palidez lunar, ni los ojos del color del mar, entre verdes y azules. Todos los que la rodeaban, aquellos con los que se había criado desde niña, tenían el pelo negro y los ojos oscuros, con la piel de tono aceitunado y curtida por el sol y el viento helado.
Volvió la vista al mar y vio las rocas donde, 17 años atrás, la encontraron los aldeanos, pues la marea aún estaba baja. Aunque todavía no había terminado el invierno y el agua probablemente estuviera helada, sintió ganas de darse un baño. Se quitó las bastas sandalias que llevaba, apenas dos trozos de piel que le cubrían los pies, y se metió en el agua lentamente, dejando que las olas que rompían a sus pies la salpicaran llenándola de vida, como si fueran viejas amigas que se alegraran del regreso de la hija pródiga y la saludaran con entusiasmo.
A medida que se iba acercando al grupo de rocas, una ansiedad indescriptible se iba apoderando de ella y una felicidad que nunca jamás había experimentado la iba llenando hasta casi hacerla estallar. Cuando por fin llegó junto a las rocas, se apoyó en ellas sintiendo las olas que la azotaban suavemente y miró hacia la infinita inmensidad del océano, y sonrió, por primera vez en mucho tiempo, sonrió.
Cuando más tarde salieron a buscarla preocupados por su desaparición, los campesinos tan sólo encontraron sus ropas flotando en el agua totalmente en calma y sin olas, las sandalias de la joven sobre la arena blanca y un colgante de cuarzo, coral y lapislázuli sobre unas rocas en las que, 17 años atrás, encontraron a una extraña niña blanca como la luna y con ojos del color del mar.
Y cuando recorrieron la playa con la mirada, contemplaron asombrados como un hermoso delfín blanco expiraba sobre la fina arena. El ciclo se había cerrado, y ese año los pescadores salieron sin miedo al océano, pues ninguna tormenta ni animal marino perturbó su trabajo, y todos se preguntaron si realmente la leyenda era cierta y si Ooris había vivido con ellos durante 17 años.
|