El Cuervo de Lob era un lugar de reunión para todos los parroquianos de la aldea. El salón común estaba presidido por una gigantesca chimenea que dominaba toda la estancia y recalentaba de sobremanera el ambiente, acentuando el aroma a caoba y leña que reinaba en la posada. Alrededor del hogar se arremolinaban más de media docena de mesas, que normalmente no llegaban a llenarse; en cambio, la barra, situada en el ala oeste de la estancia, rebosaba de clientela ansiosa por saciar su sed con vasitos de aitee’la, la bebida local de Lob; un extraño mejunje de sabor agrio que combinaba cerveza y tila.
Banghor Vinermainn, un hombre corpulento y de grandes bigotes, había heredado la posada de sus padres. El Cuevo de Lob era tan antiguo como la propia aldea, y desde su fundación siempre se había conocido a un Vinermainn detrás de la barra.
Aquella lluviosa noche, Lúcius MacFadden guió a sus siete invitados hasta la posada. También les acompañaba Mina —que se había negado en rotundo a regresar a casa tras la llegada de los mercenarios—, el orondo Viktor Greenham y su grimoso ayudante. Los dos alguaciles no parecían muy conformes con la presencia del grupo de Weinn el Zafio. Después de los problemas acarreados por el individuo que ahora mismo se pudría en la jaula, lo que menos deseaba Greenham era ver a una nueva horda de extranjeros merodeando por las calles de la urbe. Sin embargo, pese a los recelos que le creaba el viejo hechicero y el esquivo mestizo, Víctor Greenham no pudo evitar que sus ojos se apartaran de las sinuosas curvas de la elfa.
Ci’Elara, al captar la mirada buscona del comisario, arrugó su bonito rostro y se arrebujó entre las prendas, ocultando los escasos centímetros de piel que quedaban a la vista.
Lúcius MacFadden les guió hasta el rincón más sombrío del local y buscaron refugio en una mesa situada junto a la chimenea, lejos de las miradas de los curiosos y cerca de un gran ventanal en el que chisporroteaba la lluvia. Reddrick, molesto por las varadas de calor que emanaba de la chimenea, se agazapó en el puesto más apartado y espió a los presentes con su habitual deje de desconfianza. Mina trató de situarse a su lado, pero Ci’Elara se apresuró a ocupar aquel puesto. La muchacha tuvo que conformarse con acomodarse a la vera de su padre.
Una vez conformada la reunión, el alcalde tomó la palabra:
—Desde que acabó la guerra y los soldados de Lord Mariscal abandonaron los caminos que se entrecruzan más allá de la frontera de Lob, la gente de este humilde pueblo nos hemos visto sometida a un continuo asedio llevado a cabo por las criaturas que antaño conformaron el ejército del País Remoto…
—El Ejército Forjado en la Sombra —se apresuró a rectificar sir Louder.
—¿Cómo?
—Así se llamaban las hordas encabezadas por el Innombrable.
Weinn dejó escapar un suspiro de agobio ante el comentario del lujarano y pidió al alcalde que siguiera con su explicación.
—Al principio contamos con la ayuda de los hombres de Lord Mariscal, pero conforme pasaron las cuentas y los ataques se volvieron más esporádicos, los caballeros lujaranos se hartaron de estas tierras húmedas y retiraron sus tropas hacia el sur, dejándonos solos ante la espesura del bosque. Hace poco más de veinte días, se produjo un ataque brutal de varias tribus orcas que buscaban la meseta de Gallard. La batalla fue cruenta, salvaje… Dejaron tras de sí casi una treintena de muertos, la mayoría amigos y vecinos. —Lúcius tuvo que hacer una pausa; el dolor atenazaba su garganta como una garra opresiva. Mina suspiró y lo arropó con sus brazos, tratando de infundirle calor—. Desde entonces hemos tenido que contar con la ayuda de mercenarios y truhanes para que protejan nuestros hogares.
—La guerra concluyó hace tiempo —murmuró Mounmoon Cliverhood—. El asedio de vuestra aldea no ha de durar mucho más.
—Durará mientras sigan habiendo bestias en los territorios que Lord Mariscal ha denominado como las Tierras Baldías —replicó el alguacil Greenham—. Un ejército tan poderoso, aunque haya sido derrotado, siempre deja tras de sí miles de refugiados que buscan amparo en las sombras.
Se produjo unos minutos de silencio cuando la pequeña Luisél acudió a la mesa cargada con una bandeja llena de jarras de cerveza y varios vasos de aitee’la. Cuando pasó junto a Grehid Cabeza de Lobo dio un respingo al recibir una palmada en las posaderas.
Andrina probó el brebaje típico de la aldea e hizo una mueca de asco. Su cuerpo se estremeció bajo el clámide conforme el líquido descendió por su estómago.
—Está asqueroso —masculló la novicia apartando el vaso con repugnancia.
—Chiquilla, si tuvieras que pasar los inviernos en este cenagal no hablarías de esa forma de la aitee’la —replicó el alguacil.
La muchacha dirigió una mirada de refilón hacia su maestro, pero ante el gesto adusto que esbozaba Cliverhood, optó por no responder al alguacil.
—El caso es que las cosas han ido de mal en peor en todo este tiempo —prosiguió Lúcius una vez que Luisél se hubo retirado de la mesa—. A lo largo de esta última cuenta han llegado a Lob innumerables grupos de mercenarios. Al principio logramos contener el avance de esa jauría de lobos, pero últimamente están ocurriendo cosas extrañas.
Weinn el Zafio dirigió una mirada de refilón a Reddrick, que permaneció inmutable en su asiento, y volvió a clavar sus ojos en el alcalde.
—¿Qué cosas extrañas?
Lúcius MacFadden agachó la cabeza y las sombras velaron la expresión de su rostro.
—Últimamente todos aquellos que vienen a prestarnos su ayuda, mueren en el bosque. Mucho me temo que una amenaza mucho más horrible que los orcos acecha en Lob. Una amenaza que proviene de las Tierras Baldías. Un horror que ha logrado sobrevivir a la Gran Guerra.
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