En aquel Londres desierto se oía el estruendo de los vehículos desde varias manzanas de distancia. Keith se acercó a curiosear y observó desde lejos el paso del convoy militar. Se abrió la puerta del último camión de la fila, y una muchacha cayó sobre el asfaltoy quedó atrás. Él se acercó cauteloso y estudió a la chica. Estaba desnuda de cintura para arriba y lo que quedaba de su falda apenas la cubría. Tenía el cuerpo lleno de moratones y las piernas recubiertas de sangre seca. Keith se estremeció al imaginar lo que le habrían hecho aquellos perros militares. Se acercó a ella y le ofreció ayuda, diciéndole que lo acompañara a un lugar seguro donde poder descansar. Ella lo siguió y aunque le costaba caminar, él no se atrevió a tocarla. Cuando llegaron al pequeño edificio que había elegido para vivir, la chica se tumbó en la cama, exhausta, y se durmió al instante.
En los días siguientes le llevó alimentos y agua de un almacén cercano, y trató de averiguar quién era la muchacha, pero ella procedía de algún país de Europa del Estey apenas hablaba un puñado de palabras en inglés, aunque parecía entender lo que él le decía. Keith descubrió que se llamaba Anie. Tendría unos catorce años y seguramente había perdido a su familia en el ataque. Su vida no debió de ser fácil desde entonces y sin duda estaba trastornada. Se quedaba con la mirada perdida, o se interrumpía de repente y empezaba a sollozar, atormentada por dolorosos recuerdos. En aquellos momentos él la consolaba como podía, y aunque se sentía tentado de abrazarla y estrecharla con fuerza para hacerle olvidar todo lo que había pasado, siempre se contenía y evitaba hasta el más pequeño roce.
Keith intentó hacerle entender que no podía quedarse en Londres. Si se quedaba, en un par de meses la radiactividad la mataría. Ya no se podía vivir en aquella ciudad devastada. Los que no habían huído, habían muerto, víctimas de horrible sufrimiento y dolor. Salvo Keith.
En el momento del ataque se encontraba en la cámara presurizada del laboratorio radiológico. Sintió que el edificio se estremecía, pero casi al instante cayó inconsciente. No llegó a saber cuanto tiempo había pasado así, y cuando despertó descubrió el edificio lleno de cadáveres en descomposición. Salió al exterior, aterrado, y encontró un panorama todavía peor. Las calles estaban cubiertas de escombros y los edificios, saqueados o destrozados. Personas moribundas intentaban huir entre gritos de dolor y terror. Keith intentó ayudar a varios, pero en cuanto los tocaba lo único que conseguía era acelerar su muerte. Sus cuerpos se desvanecían al más leve contacto de sus dedos. Corrió a esconderse, horrorizado por lo que involuntariamente provocaba, pero la que había sido su casa ya no existía. Se refugió en un almacén abandonado y se ocultó allí durante días hasta que cesaron los gritos en las calles. Estuvo sin comer ni dormir, pues sorprendentemente su cuerpo ya no lo necesitaba. Cuando recuperó la calma y salió de nuevo descubrió la ciudad desierta y destrozada, y trató por todos los medios de averiguar qué le había sucedido a su cuerpo y le había permitido sobrevivir a la radiación sin haber padecido daño alguno. Regresó al laboratorio y, tras muchos días de análisis, llegó a la conclusión de que su ADN había sufrido una mutación. Uno de los efectos que el ataque le había provocado era el cambio en la acidez de sus tejidos. Todo su organismo se había vuelto extremadamente ácido, y destruía cualquier sustancia orgánica al más mínimo contacto. Su cuerpo era mucho más resistente y ya no tenía necesidad de comer ni dormir. Se alimentaba simplemente de radiación, y tal como había quedado Londres después del ataque, tenía más que suficiente.
Pero Anie era diferente. Los niveles de radiactividad eran demasiado altos para una persona normal. Debía marcharse cuanto antes. Keith le explicó la situación y trató de convencerla de que se marchase, aunque en su interior temía desear que se quedara con él. Había pasado demasiado tiempo solo. Desde el ataque apenas había visto a un puñado de personas cruzar la ciudad, tal vez en busca de sus familiares, pero nunca se había atrevido a dejarse ver, temeroso de provocarles algún daño. Después de tanto tiempo aislado ya no recordaba lo que significaba relacionarse con otras personas.
Sin embargo, Keith se había acostumbrado en pocos días a la compañía de Anie. Las heridas de su cuerpo sanaban lentamente, aunque su mente había sufrido demasiado, pues resultaba difícil recuperar la cordura en un mundo donde ya nada era como antaño. Su comportamiento era totalmente impredecible. Tan pronto lloraba como reía o hablaba sin parar en aquel idioma indescifrable, pero Keith quedaba fascinado cada vez que la miraba, y detestaba tener que alejarse cuando ella le tendía los brazos anhelante, con aquella hermosa y triste sonrisa.
Una noche tan silenciosa como las demás, escucharon un aullido largo y agudo, y al salir encontraron a un perro agonizante que se había arrastrado hasta quedar tendido en la acera. Anie se tapó los oídos para no oír sus lamentos, mientras que Keith, apiadándose del animal, se acercó y le apoyó la mano sobre la cabeza. En pocos instantes el perro había desaparecido, desvaneciéndose al contacto con la piel del hombre. La muchacha presenció toda la escena y quedó sobrecogida. No pronunció una palabra durante horas. En ese momento, Keith tomó la firme determinación de hacerla marchar. Si no la mataba él por accidente, la radiación lo haría. Disfrutaba de la compañía de Anie, la necesitaba desesperadamente, pero estaba decidido a salvarla.
A la mañana siguiente se levantó temprano y despertó a la chica. Le explicó que la acompañaría hasta las afueras de la ciudad y lo que debía hacer a partir de ese momento. Keith comenzó a vestirse pero ella le miraba confusa mientras él pretendíaintentaba explicarle una vez más las razones por las que debía marcharse. Le repetía una y otra vez que huir de allí era su única posibilidad de supervivencia. Anie se levantó de la cama y le miró como si no le escuchara, hasta que él se sintió incapaz de hacerse entender y quedó en silencio. Ya no sabía qué más decir para convencerla y lágrimas de impotencia afloraron a sus ojos. Se llevó la mano al rostro para limpiarlas, pero Anie le sujetó de repente. Keith notó el contacto suave y cálido, y por un instante pudo sentir la presión de sus frágiles dedos acariciándole el dorso de la mano. Fueron tan solo unos segundos, tras los cuales la mano de la muchacha se desvaneció entre volutas de humo. Keith se separó de ella angustiado, pero la chica observaba el muñón al final de su brazo con extraña curiosidad. Parecía como si no sintiera dolor. Entonces levantó la vista. Se acercó a él con aquella mirada cálida y aquella sonrisa radiante y lo rodeó con sus brazos, apretándose contra su pecho desnudo.
El cuerpo de Anie solo tardó unos minutos en desaparecer por completo, sin embargo el recuerdo de aquel tierno abrazo permaneció inalterable en la memoria de Keith, para siempre.
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