Lo primero que el joven soldado Kousaki Takamura vio al bajar del camión fue un cerezo. Pero ni siquiera los cerezos se habían librado de aquel infierno. Carbonizado por el fuego nuclear, el cerezo se erguía como un macabro cadáver, como un siniestro ataúd de la belleza que un día había contenido.
Kousaki Takamura no había sido el último soldado en bajar del camión, pues sabía que tenía que enfrentarse a aquella pesadilla y que no servía de nada evitarla, pero aún así le había costado hacerlo. Durante todo el viaje no había levantado la cabeza ni un solo instante. A su alrededor había oído las reacciones de sus compañeros ante aquella tragedia, había oído como Shimitori lloraba y como Ao vomitaba. Pero ahora Kousaki se enfrentaba por primera vez a aquel infierno.
A su alrededor desaparecieron todos sus compañeros. Estaba sólo. Sólo como nunca lo había estado. Kousaki no sintió miedo ni tristeza, ni ira ni desesperación. Era incapaz de pensar. Frente a él no se alzaba lo que un día había sido el distrito de Obanawa. Frente a él se alzaba un desierto de muerte y desolación. Todos los edificios habían sido destruidos por la terrible bomba, no quedaban de ellos más que gigantescos montones de escombros y macabras estructuras semiderruidas. Los pocos árboles que se mantenían en pie, siniestros y muertos, parecían una macabra burla a la vida. Y no había color alguno. Todo era gris. Todo estaba cubierto por un grueso manto de cenizas.
Sin darse cuenta Kousaki dio varios pasos. Oía sonidos tras él, pero no los reconocía como las órdenes de sus superiores. Como soldado tenía la misión de explorar aquella zona, evaluar los daños y ayudar a los supervivientes, pero lo había olvidado todo. Permanecía absorto contemplando aquel terrible paraje. ¿Cómo había sido posible aquello? ¿Cómo podía existir un arma en la tierra capaz de semejante monstruosidad? ¿Cómo lo habían permitido los dioses? Y… aún en tiempos de guerra, que loco habría ordenado lanzar semejante arma contra una ciudad inocente.
Kousaki sintió un golpe en la espalda. Se volvió y se encontró frente al sargento Toma. Su superior le gritó una orden que no oyó y le indicó un callejón a su derecha. Se dirigió hacia allí. Cada paso era más difícil que el anterior, Kousaki no podía soportar seguir viendo aquel paisaje. Finalmente llegó al pequeño callejón y se adentró en él. El tiempo se le hizo eterno. Verdaderamente ni siquiera sabía si había avanzado. No había forma alguna de orientarse, a su alrededor todo era muerte.
El joven soldado se detuvo de repente. Entre aquella desolación grisácea distinguió algo distinto: un extraño bulto carmesí. No quería comprobarlo, pero alguna extraña fuerza le arrastraba a caminar hacia aquel bulto. No fue capaz de reconocer lo que encontró. Frente a él se encontraba una pequeña masa informe de sangre y carne. ¿Un gato? ¿Un perro? No podía decir ante que se encontraba. No importaba. Pero aquella criatura no estaba muerta, él había visto la muerte muchas veces en el campo de batalla, y la muerte no era tan cruel.
Kousaki siguió caminando. Trataba de olvidar lo que había visto. Lo hizo, aquella criatura muerte no era nada, un temor desconocido se había apoderado de él. Quiso cerrar los ojos y no volver a abrirlos nunca. Quiso escapar de aquel infierno devastado y borrarlo de su mente. Pero siguió caminando. Y sus temores tomaron forma. Un escalofrío recorrió la espalda del joven soldado cuando distinguió otra extraña masa rojiza –mucho más grande que la anterior- a una veintena de metros de él. Sus pasos le guiaron hacia ella contra su voluntad. Estaba parcialmente sepultada por una viga, y su cuerpo tan destrozado como el anterior, pero esta vez era claramente distinguible. Toda la piel –y gran parte de la carne- habían desaparecido y el cabello y los ojos se habían fundido con la carne. Esta vez Kousaki no pudo evitar desviar la mirada. Encontró una pequeña muñeca de trapo que había sobrevivido milagrosamente entre los escombros. Era una niña. Aquel cuerpo, aquella masa de carne derretida y fundida sobre ella misma había sido una niña. Apenas unas horas antes aquel rostro de pesadilla había sido la cara de una niña inocente. Vomitó. A su mente vino la imagen de Mayu, su pequeña niña de cuatro años se encontraba a salvo en una pequeña aldea cerca de Okinawa, pero Kousaki no podía evitar pensar que aquella masa informe de sangre y carne podía haber sido su hija, que era la hija de alguien. Volvió a vomitar y huyó corriendo de aquel lugar.
Kousaki corrió. Tropezó y cayó al suelo, y se vio cubierto por aquellas horribles cenizas de muerte que lo cubrían todo, pero se levantó y continuó corriendo. No quería mirar atrás. No quería ver nada más. Quería abandonar aquel lugar. Quería… no sabía lo que quería. No podía pensar. Todo aquello era una locura.
Se detuvo cuando oyó un lamento.
-No –pidió -, por favor, eso no.
Kousaki giró la cabeza y miró hacia su izquierda. No fue capaz de reaccionar ante lo que vio. Supo que esa imagen le perseguiría en sus pesadillas durante el resto de su vida. A varios pasos de él, recostado sobre una pared se encontraba un hombre. Y estaba vivo.
El hombre se encontraba vivo, al menos gemía y respiraba. Pero aquello ante lo que Kousaki se encontraba no era un hombre, no era un ser vivo. Era una abominación. Conservaba la mayor parte de la piel, en algunas zonas de su cuerpo desnudo podía verse la carne pero el resto estaba cubierto por una piel antinaturalmente blanca y rígida. El pelo había desaparecido por completo de su rostro, y este estaba cubierto por numerosas llagas y quemaduras. Sus ojos habían perdido el iris, eran simplemente dos esferas blancas y ciegas. El hombre abría la boca, había perdido los dientes y la lengua, y sólo podía escupir sangre e ininteligibles ruidos.
Kousaki cerró los ojos y lloró, de alguna manera sabía lo que aquel hombre estaba pidiendo. Desenfundó su pistola y apuntó hacia los balbuceos incomprensibles. No miró. No quería ver lo que iba a hacer. Llorando, Kousaki rezó una silenciosa plegaria por el alma de aquel hombre. Los balbuceos del hombre se repitieron y el joven soldado apretó el gatillo de su arma. Nunca el ruido de su arma le pareció tan terrible.
Kousaki no abrió los ojos. Sabía que había liberado a aquel hombre de un terrible sufrimiento, sabía que aquel ser estaba condenado a morir y que él le había librado de una agonía insufrible. Pero no quería mirar. Nada le servía de consuelo. Había matado a aquel hombre.
Abrió los ojos horrorizados cuando el hombre volvió a gemir. Ahora había un agujero en su pecho y de él salía algo parecido a sangre, pero seguía vivo. Kousaki se quedó petrificado.
-¿Por qué? –Se preguntó mientras lloraba -¿Por qué?
El engendro volvió a gemir suplicando que alguien acabara con su sufrimiento. Esta vez Kousaki no cerró los ojos. Levantó su arma y apuntó a la cabeza de aquel pobre hombre.
-Es una locura.
Y volvió a disparar.
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