El repentino barullo en la calle provocó que Mina dejara de lado todas sus tareas y abandonara presurosa el hogar. Fuera seguía lloviendo. El cielo, como era costumbre en los Bosques de Lob, estaba cubierto por una gran borrasca gris que eclipsaba la luz del Sol. Sin embargo, a pesar de las contingencias climáticas, una airada muchedumbre se había congregado en la avenida que llegaba desde la empalizada hasta la plazuela. Mina, refugiándose bajo un chal, se abrió paso entre el gentío y arribó hasta la avenida. Su sorpresa fue en aumento al descubrir el objeto de aquella reunión. Siete extranjeros montados sobre esbeltas monturas dejaban atrás la entrada del pueblo y se encaminaban hacia el centro de la plaza. La curiosidad de Mina fue en aumento al distinguir el aspecto estrafalario de aquellos individuos. Dos de ellos ni tan siquiera eran humanos.
Al frente cabalgaba un hombretón recio, de hombros anchos y larga cabellera alborotada. Era tan alto como una torre, y sus prendas de cuero y hierro lo delataban como un mercenario. Tras él marchaba un hombrecillo de rostro poco agraciado y ataviado con un pellejo de lobo. Sujetaba entre sus brazos un hacha casi tan grande como su pecho y dirigía muecas lascivas a los espectadores que se agolpaban a ambos lados de la vía.
Un viejo mago envuelto en un clámide rojo y una muchacha de mirada asustadiza cabalgaban tras ellos. Un poco más atrás, se alzaba un espigado caballero blindado con una ostentosa armadura. Sus ojos se movían arriba y abajo, pendientes de todo cuanto lo rodeaba; parecía desquiciado ante el recibimiento dispensado por los lugareños, hasta el punto que su expresión dibujaba una mueca de histerismo. Cerrando el grupo, y reservándose para sí mismos la mayoría de los comentarios, cabalgaban dos elfos. Al frente una mujer hermosa y de rasgos finos, de piel lechosa y ojos almendrados. Su larga cabellera morena fluctuaba al paso de su montura, desvelando un nido de estrellas entre largos mechones negros. Tras ella, e inclinado sobre la grupa de su caballo, avanzaba un individuo de constitución fuerte pero de rasgos élficos. Mina sintió un escalofrío por todo el cuerpo cuando sus miradas se cruzaron bajo la lluvia. Aunque la expresión del mestizo seguía siendo distante, sus iris irradiaban una intensidad que acaparaba la atención de todos los presentes, despertando murmullos inquietos entre las damas. Sin embargo, la moza percibió como gran parte de la atención de aquel extraño mestizo recaía en ella, llegando a encaramarse sobre su montara para no perderla de vista.
Mina sintió arder sus mejillas ante la belleza de aquella criatura. Por desgracia el cruce de miradas no duró demasiado. Su compañera elfa se volvió hacia el mestizo y éste se apresuró a centrar la atención en la plaza, donde aguardaba el alcalde refugiado bajo la techumbre del ayuntamiento.
Escurriéndose entre la masa empapada, Mina logró abrirse camino hasta la plaza y llegar al lugar donde aguardaba su padre. Lúcius MacFadden le dirigió una mirada cargada de reproche al verla aparecer con las prendas caladas por la lluvia y el cabello revuelto.
—¿Qué diablos haces aquí? —le farfulló tratando de no alzar demasiado la voz. Resultaba obvio que no deseaba llamar la atención de los extranjeros—. Deberías estar metida en casa. Este clima no es el adecuado para…
—¿Quiénes son, padre? —le interrumpió Mina sin apartar la mirada del grupo.
Los jinetes habían rebasado la avenida y cabalgaban a través de la plaza. Su presencia no podía ser más avasalladora. Los hombres se apresuraban a apartarse de su camino y los niños, refugiados bajo el porche de la posada de maese Banghor, los espiaban con resquemor, con la boca abierta de par en par. Incluso el exigente Lulon Freid había suspendido las clases para no perderse detalle de aquel extraño advenimiento.
—No tengo ni la más remota idea —respondió Lúcius MacFadden con el corazón encogido. Lo cierto era que tras el incidente en la garita de Viktor Greenham no aguardaba ninguna sorpresa para el resto del día. Los viejos dioses, siempre burlones con el destino de los hombres, se habían encargado de llevarle la contraria.
Mina, temerosa de las intenciones de los extranjeros, se refugió tras su padre y aguardó impaciente la llegada de tan extraña comitiva. El cabecilla, el hombretón de cabellos alborotados y mirada fría, se avanzó a sus compañeros y compareció ante el alcalde.
—Mi nombre es Weinn el Zafio, líder de los Grajos del Zafío. —Su voz retumbaba con fuerza bajo la lluvia, haciéndose oír en las cuatro callejas que recorrían la aldea—. Antaño los Grajos éramos doscientos, hoy sólo quedo yo. Me acompañan Grehid Cabeza de Lobo, el respetable hechicero Mounmoon Cliverhood, su ayudante Andrina de… —Vaciló un instante—… ¡de dónde diablos sea!, sir Louder de Fanfán, caballero de la lejana Luján; Ci’Elara la elfa y Reddrik medioelfo.
Mientras su líder iba presentándolos uno a uno, los compañeros fueron saludando al alcalde con una inclinación de cabeza, a excepción de Reddrik, que permaneció inmóvil bajo la lluvia y Grehid Cabeza de Lobo, que se limitó a lanzar un sonoro eructo que creó ecos en el silencio que se había apoderado de Lob.
Mina una vez más se dejó llevar por la belleza del mestizo. Parecía molesto ante el escrutinio del gentío, tal vez por eso, acabó refugiándose tras una capucha. Aun así, la moza pudo sentir el ardor de sus ojos tras las sombras que derramaba la tela.
—¿Y qué se supone que vienen a hacer unas personas tan… distinguidas, en un lugar tan lejano? —murmuró el alcalde tratando de escoger bien las palabras.
El tal Weinn el Zafio arrugó el morro, lanzó un salivajo y volvió a hablar con su voz atronadora.
—Hemos venido por la recompensa —indicó clavando sus ojos orgullosos en Lúcius MacFadden—. Hemos venido a cortar cabezas de orco.

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