Tereo eligió a Progne, la mayor, y la boda desde un principio auguraba malos auspicios, ya que Teneo tenía al rey Ares como padre, y ni Himen ni Era, ni sus Gracias bendijeron la fiesta; los principales invitados eran las espantosas Furias y un ronco búho situado en el tejado del lecho nupcial. El rudo Tereo, haciendo caso omiso a estos presagios, llevó a su novia a Tracia. Ellos tuvieron un hijo, llamado Itis, y durante años vivieron juntos sin ninguna desgracia.
Pero, pasados algunos años, Progne comenzó a cansarse de los casi salvajes tracios, que no la hacían olvidar ni a Atenas ni a su querida hermana Filomela. Al final su nostalgia aumentó tanto que engatusó a Tereo para que la dejara ir a su casa. Severamente negó su petición, pero a fuerza de lágrimas y besos él consintió que Filomela fuese a verlos a Tracia.
Tereo navegó a Atenas, donde encontró al anciano rey que no quería que su otra hija se marchase, aunque fuera por poco tiempo. Con recelo la dejó salir con el pretexto del amor de Progne a su hermana, a la que no pensaba volver a ver después de su partida.
Antes de dejarla ir Pandión hizo jurar a Tereo que trataría bien a su hija y que ésta regresaría a salvo a Atenas; él la dejó ir con lágrimas en los ojos, como si temiese que nunca la abrazaría otra vez.
Su temor era cierto, ya que el juramento del bárbaro tracio era tan falso como su amor. En seguida puso sus ojos en Filomela, que estaba en plena juventud; el corazón de Tereo se encendió y se arrepintió de su elección de tomar cono esposa a la hermana mayor. En su viaje por el mar cortejó a la joven, que en su inocencia pensaba que sus palabras cariñosas se debían al amor que él sentía por Progne y le sonreía con la feliz esperanza de encontrarse pronto con su hermana. Pero nada más pisar tierra de salvajes bosques, Tereo ya no disfrazó su oscuro deseo de sustituirla por su hermana.
La pobre Filomela no le amaba y pidió inútilmente ayuda a los dioses; él con su espada la forzó contra su voluntad, y ella cayó de rodillas suplicándole la muerte antes que la deshonra. Después de este cruel crimen el salvaje tirano le cortó la lengua para que no pudiese traicionar su mentira. Para estar más seguro, la encerró en una solitaria prisión en el bosque donde Progne nunca podía saber que ella todavía vivía.
A Progne le dijo que su hermana estaba muerta y cuando esta noticia llegó a Antenas el anciano padre murió de pena. Filomela supo que habían engañado a Progne, pero sus vigilantes no la dejaron escapar, así que durante un año la reina guardó luto por su hermana y por su padre hasta que, horrorizada, supo la verdad. Aunque Filomela era muda pudo expresarse gracias a sus manos. Pasaba sus horas en prisión tejiendo y sobre un tejido blanco escribió con hilos púrpura la historia de su triste vida. Cuando terminó su trabajo, por pena y por soborno encontró un mensajero que se lo llevase a la reina
Tereo estaba fuera de casa cuando esta carta tejida llegó a manos de Progne, explicándola cómo había sido engañada y cómo su hermana todavía vivía. Con el mensajero como guía se acercó a la prisión, arrancándola de sus guardianes y llevándola a su casa. Las pobres hermanas mezclaron sus lágrimas, mientras Progne reclamaba venganza contra su marido, que tan vilmente las había engañado. Ella gentil y amorosamente juró matar su marido mientras dormía quemando la casa, para maldecidle ante los dioses que durante tanto tiempo habían permitido realizar sus maldades impunemente.
Cuando ellas llegaron a las puertas de palacio, salió a recibirlas Itis, el hijo de Progne, tan querido por su rudo padre y muy parecido a él. Ese parecido a su padre aumentó la ira de Progne y cuando vio que su hermana no podía decir ni una palabra al niño su furia calló sobre él. Como una tigresa se lanzó sobre él y, enloquecida por el dolor, hirió de gravedad la garganta de su propio hijo. Una herida fue suficiente; incluso Filomela alimentó su rencor con la sangre del niño. Estas dos furiosas hermanas destrozaron a Itis miembro por miembro e hirvieron su carne en una caldera; todo esto lo hicieron para vengarse del padre. Cuando el padre llegó a casa, Progne se lo sirvió en la comida. Sin sospechar nada, él comió y solamente cuando se hartó pensó en preguntar qué plato era el que ella había cocinado tan bien.
Como respuesta apareció la hermana Filomela arrojando la cabeza sangrante a los pies del rey, mientras que Progne sujetaba la antorcha con la que encendió su tálamo. Las miradas de las dos mujeres engañadas hablaban por sí solas. Con gritos e imprecaciones el padre saltaba sobre sus pies, moviendo la mesa ante el horror de esa innatural comida. Lanzó su espada sobre las hermanas, que huyeron ante él de la maldita casa, ahora llena de humo y llamas.
Fieramente Tereo las persiguió por el bosque, donde, como los juglares dicen, los dioses hicieron un milagro par señalar la culpa de esta casa. Progne se transformó en una golondrina y Filomela en un ruiseñor, siempre volando perseguidas por una abubilla, que no era otro que su falso marido con su espada oxidada de sangre. Pero los antiguos prusianos cuentan otra historia:”Progne y Filomela se desvanecieron en lágrimas, lamentando lo que ellas habían hecho y sufrido, y la historia de su transformación en ruiseñor y en golondrina se debe a que estos pájaros tienen una nota de pena lastimera”, tal comiera la canción de las infelices hermanas.

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