En el año de Shotis, yo, Neit, reina del alto y bajo Egipto, desciendo esta tumba, a esperar mi destino, cuando el padre Nilo tan solo ha crecido cinco veces desde que ceñí la doble corona, blanca y roja.
Tiempo atrás, la sagrada Tebas había recibido una embajada del sur, de la lejana Nubia. Dos mujeres venerables me rindieron espléndido tributo. Llegaron escoltadas por una legión de hombres de aquella legendaria tierra, de piel tan negra como la noche, altos como palmeras y corpulentos como los leones con cuyas pieles se cubrían. Las dos mujeres venían de muy lejos, de regiones desconocidas para los más sabios de nuestros hombres sabios, mucho más allá de los grandes lagos donde nace el padre Nilo. Eran sacerdotisas de dioses antiguos, dioses que reinan donde los árboles rivalizan con las pirámides y el agua cae del cielo a diario. Hay ríos ante los cuales el padre Nilo es apenas un niño y los niños cazan leones para ser hombres.
Pronto comprendí que aquellos eran dioses verdaderos ante los cuales Amon-Ra y todos los otros dioses, Horus, Apis, Anubis, incluso el tenebroso Osiris, dios de los muertos, palidecían convertidos en miserables esclavos. Descubrí que mi pueblo había estado adorando a dioses menores, creados para servir y no para ser servidos, por fuerzas tan inmensas que fabricaban dioses sólo para su regocijo. Dioses serviles, indignos de la reverencia que yo, hija del Nilo, portadora de la doble tiara del alto y bajo Egipto, y mi pueblo, les profesábamos. Me propuse poner a Egipto bajo la protección de aquellos dioses, sin pararme a reflexionar en la resistencia que habían de ofrecer las poderosas cofradías de nuestros propios dioses. Me acusaron de impiedad, de someterme a dioses crueles y malignos que solo buscaban la perdición de los hombres. Argumentos torcidos cuyo único objeto era proteger los privilegios que veían peligrar, y con razón. Intentaron poner al pueblo en mi contra, pero usé los nuevos poderes que me habían sido concedidos y obré prodigios tales que los sacerdotes tuvieron que refugiarse en sus templos para no ser víctimas de la furia que pretendían desatar sobre mi.
Entonces, aquellos hombres codiciosos decidieron cambiar de táctica y atacaron a lo que yo más amaba en este mundo, a mi real esposo, el príncipe Jasejemuy. Difundieron rumores sobre orgías y desenfrenos, asesinatos rituales, canibalismo, pederastia e infanticidio. ¡No hubo maldad ni depravación de la que no acusaran a mi príncipe! Habían fracasado el intentar volver al pueblo contra su amada reina pero sabían que las buenas gentes de Egipto no profesaban el mismo aprecio por Jasejemuy. Y llegó el día aciago. Jasejemuy había estado cazando en el desierto y al atravesar Tebas, la sagrada, el populacho le asaltó. Su escolta le protegió con fiereza. Vertieron ríos de sangre; mataron por docenas; mutilaron y descuartizaron hasta que los brazos, fatigados, ya no eran capaces de levantar el acero. Pero no pudieron impedir que la turba alcanzara a mi amado y acabara con su vida. Trajeron su cuerpo al palacio, todavía caliente. De las heridas aún manaba la sangre que se mezclaba con el polvo y la mugre. Hice que lo lavaran y vistieran con todos los símbolos de su rango. Después invoqué el poder de los nuevos dioses a cuya causa me había entregado y obtuve respuesta. Mi designio estaba claro y también el de mi príncipe, así como el camino para alcanzarlo. Era un camino largo y penoso, pero a su fin, Jasejemuy y yo renaceríamos juntos para toda la eternidad. Aquella misma noche llegaron los sacerdotes, llenos de palabras de consuelo que no eran si no amenazas veladas. Advertencias para regresar a sus dioses si no quería seguir el mismo camino que mi esposo. Pero mi destino ya estaba escrito, igual que el suyo. Ordené que cerraran las puertas de palacio y dejé hacer a los nubios, que profesaban a Jasejemuy un fervor rayano en la veneración. Nada han podido contra ellos las miserables escoltas de los sacerdotes. La matanza ha durado toda la noche y la he presenciado con enorme placer. Al salir el sol, he atravesado los salones cubiertos de sangre y despojos y bajado a mi tumba, lista desde tiempo atrás. Tan sólo me acompañan mi escolta nubia y las veneradas madres de los dioses. Jasejemuy sigue ya su camino y yo debo emprender el mío, enseguida, en cuanto acabe de escribir este relato que es parte del milagro que se producirá en un día lejano.
Michel de Goparan se estremeció. Una corriente de aire, fría y pestilente, recorrió los pasadizos. Hubo un instante de pausa y sopló de nuevo, más fuerte. Como si una legión de demonios arrojara su aliento fétido en aquellos pasillos. Las corrientes, hora en un sentido, hora en otro, no cesaban, amenazando con apagar la antorcha. Era la última y no duraría hasta la salida. ¡Con qué aguantara hasta la Grande Place! Luego, ya no había más bifurcaciones hasta la salida.
Una vez más volvió la vista al papiro que sostenía entre sus manos, cubierto de indescifrables jeroglíficos. Indescifrables para todos, excepto para él.
Recordaba las noches en vela, allá en Grenoble, intentando descifrar los símbolos de la losa encontrada veinte años antes en Rosetta, no muy lejos de allí. Él estaba con Bouchard cuando desenterró la estela de granito oscuro, con el «Edicto de Menphis» de Ptolomeo V, escrito en demótico, griego y jeroglífico. Entonces no era más un joven tambor, uno más de los soldados fanáticos de aquel general revolucionario que no tardaría en ceñir la corona imperial.
Años después, cuando la embriaguez de las victorias dejó paso a la derrota, la miseria y el desprecio, él se refugió en el estudio de aquellos jeroglíficos, comunicando su pasión a su joven amigo, Jean-François Champollion.
Al final renunció, después de meses de fracasos. Su viejo capitán de la Garde Impériale le tentó con una expedición científica a Egipto, para gloria de Francia, le dijo. El sabía que solo buscaban tesoros que ahuyentaran la miseria en la que la ruina del emperador les había sumido. Pero nada de eso le importaba, con tal de volver a Egipto.
Ahora, en aquella cámara sepulcral, comprendía con total naturalidad los complejos símbolos, como si fuera su francés natal. Atónito, incapaz de resistir la fascinación que le producía el don del entendimiento, releyó el papiro una y otra vez.
La antorcha tremoló ante una nueva corriente de aire. Michel se arrancó del embrujo y luchó por olvidar a Neit y Jasejemuy y su triste historia y concentrarse en el camino de regreso. Apenas había recorrido algunos metros cuando un ventarrón helado atravesó el túnel. La antorcha no resistió el embate y se extinguió con un guiño.
Michel se las había visto en situaciones más comprometidas. Un veterano de la Vielle Garde no se achanta con facilidad. Por algo había defendido al Emperador hasta el final, hasta Waterloo. Con calma, se llevó la mano al bolsillo de la casaca donde guardaba la pipa de espuma de mar, bellamente labrada y los útiles de fumar. Con la punta de los dedos contó ocho o diez fósforos. Decidió continuar a oscuras. Intentar encender la antorcha solo le serviría para malgastar fósforos y esta ya no podía durar mucho más.
Esperó a que su vista se habituara a la oscuridad, pero no logró percibir más que una negrura espesa. En el exterior, el sol debía iniciar su declinar, pero ni el más leve atisbo de claridad alcanzaba aquel retorcido pasadizo, sepultado bajo toneladas de roca.
Tocando levemente la pared de su derecha con la yema de los dedos, Michel avanzó lentamente, con precaución pero sin temor. El túnel era largo y angosto, con recodos, rampas ascendentes y descendentes, varios tramos de escaleras y dos pozos que se salvaban por peldaños tallados en las paredes. En ocasiones, tenía que encorvarse y en algún tramo debía avanzar de lado, con pecho y espalda restregando las paredes.
Pero que Michel recordara no había ningún cruce ni bifurcación. No hasta la inmensa rotonda que los arqueólogos, bueno, saqueadores de tumbas tuvo que reconocer Michel, pensando en sus compañeros, habían bautizado como Grande Place. En aquella enorme rotonda, desembocaban tal cantidad de túneles que no habían sido capaces de contarlos. Afortunadamente Michel y sus compañeros tuvieron el buen sentido de marcar el que les había llevado hasta allí, antes de desorientarse. Luego, dada la premura de tiempo, se desearon suerte y cada cual eligió el pasadizo de su fortuna.
¿Cuánto faltaba? ¿Cuánto tiempo había transcurrido?. Pese a su temple, la inquietud empezaba a infiltrarse en el ánimo de Michel. Había empleado dos antorchas antes de llegar a la cámara donde se encontraba el espléndido sarcófago de la reina, abierto. En su interior sólo se encontraba aquel papiro, cuyo relato le había estremecido íntimamente. ¿Cuánto tiempo llevaba caminando en la oscuridad?. Imposible calcularlo. No podía hacer otra cosa que caminar y caminar, fiándose a la esperanza de que... el corazón le dio un súbito vuelco. ¡Había perdido contacto con la roca! Trastabilló y estuvo a punto de perder el equilibrio, como un cojo súbitamente privado de su bastón. Inmóvil en la oscuridad, respiró hondo varias veces para acallar su corazón, repentinamente desbocado. Extendió los brazos al frente y a los lados sin tocar las paredes. Dio un paso atrás y sus dedos rasparon la roca. Avanzó nuevamente un paso, con la sensación de adentrarse en un vacío hostil. Estaba en la Grande Place.
—¡Phillipe! ¡Chatignac! ¡Mon capitain! —sin gran convencimiento llamó a sus compañeros. Hubiera sido una casualidad que se encontraran al alcance de su voz. La consigna había sido no esperarse. Se reunirían a la salida.
Pero una extraña presciencia hizo temblar al veterano de tantas campañas. Presa de los más terribles presentimientos, llamó de nuevo.
—¡Mon capitain! ¡Gierek! ¡Chatignac! ¡Alphonse! —Apenas un susurro salió de su garganta.
Tragó saliva. ¿Qué era aquella extraña fuerza que agarraba su corazón y le provocaba tan estremecedoras sensaciones?. Aunque adormecida por el tiempo, la conocía bien. La había experimentado en numerosas ocasiones, en Jena, en Austerlitz o en Waterloo, por última vez. Cuando su compañía avanzaba en cuadro, al unísono, ofreciendo el pecho a las balas enemigas, el largo mosquete terciado y aguardando, con disciplina terrible, la orden de los oficiales para abrir fuego. Caminando al paso, bajo el diluvio de metralla. Notando cómo, cada grito de angustia a su alrededor, era seguido de una estremecimiento de la fila, al cubrirse el hueco del caído. Entonces había sentido el mismo opresor en el corazón, la misma pastosidad en la boca, la misma dificultad para respirar.
Aspiró hondo, como hacía en plena batalla, pero la serenidad no acudió a él, muy al contrario. Al inhalar, un olor nauseabundo se coló en sus pulmones; una arcada le dobló, hincándole de rodillas. Era un olor completamente diferente de la pestilencia que inundaba los túneles. Michel reconoció rápidamente este hedor, y el recuerdo se juntó con el terror que inundaba su corazón, para llevarle años atrás, a los campos después de la batalla. Su mente se llenó de miembros amputados, de charcos de sangre cubriendo la hierba; ante sus ojos, las moscas anidaban en cuencas vacías, los gusanos corrompían la carne abierta. Era el olor de la sangre derramada.
Con el dorso de la mano se secó un hilillo de bilis que la caía por la barbilla y se puso en pie. Dificultosamente prendió un fósforo y lo acercó a la antorcha casi consumida. La gigantesca rotonda se iluminó y ante sus ojos apareció el más horroroso espectáculo que jamas hubiera contemplado. Una escena tan macabra como sólo una mente humana puede soñar, pues nada en la naturaleza es tan refinadamente cruel. En el centro de la rotonda, apilados como leños en una pila, se encontraban los cuerpos despedazados de sus compañeros. Piernas y brazos separados del tronco, cabezas colocadas aquí y allá, en posiciones premeditadamente antinaturales. Torsos seccionados por una cuchilla espantosa, de cuyo interior escapaban las entrañas como serpientes, negras y brillantes a la luz de la antorcha.
A duras penas logró dominar el instinto de huir. La parte fría de su cerebro le contuvo. ¿Huir? ¿A donde?. Sólo uno de aquellos incontables túneles llevaba a la salida. ¿Pero cual?. Lo señalizaron al llegar, antes de desorientarse. En una grieta de la bocatunel, Gierek había hundido su viejo sable, la última posesión del orgulloso húsar de las llanuras polacas. Y Chatignac ató en el guardamano su bufanda roja de seda, la que presumía que le había regalado cierta madame de París. Una bandera de esperanza para aquellos veteranos que otrora habían impuesto su ley en Europa y que las tornas de la guerra, ¡siempre olvidadas por los vencedores de hoy!, habían convertido en expoliadores, en miserables saqueadores de tumbas.
Nada parecido se veía en ninguno de los túneles de aquella gran sala. Las corrientes de aire seguían bufando en todas direcciones, amenazando con apagar la antorcha, y tan pronto empujaban como tiraban de Michel. Pero ninguna bufanda ondeaba en las negras bocas.
Luchando contra la desesperación buscó su propio túnel. Con un escalofrío reconoció que no estaba seguro de cual era, pero eso no ya no era importante. Sacó del bolsillo la pipa y la depositó en el suelo.
Meticulosamente, sin concederse un resquicio de vacilación, recorrió el contorno de la rotonda, inspeccionando cuidadosamente cada túnel. Buscando, no solo el sable o la bufanda, si no revisando cuidadosamente cada entrada, en busca de arañazos, pisadas o marcas de cualquier tipo. Absorto completamente en la tarea, con la antorcha amenazando con apagarse en cualquier instante, sintió como algo estallaba en mil pedazos bajo sus botas. No pudo evitar un estremecimiento antes de comprender. Luego, con una patada furiosa, esparció los pedazos de su delicada pipa de espuma de mar.
Había recorrido toda la sala sin dar con el túnel que le sacaría de aquella tumba, que, sin duda, sería también la suya. Una ráfaga de aire, otra más, gélida y hedionda, barrió la rotonda y apagó la casi extinta antorcha, acabando con la sangre fría de Michel. Gritando aterrado, corrió en la total oscuridad. Inmediatamente tropezó y fue a caer de bruces sobre un montón de miembros y torsos. Comprendiendo que estaba sobre los restos despedazados de sus camaradas, sintió una basca incontenible y vomitó un chorro de bilis. Se puso en pie y siguió corriendo hasta chocar contra las paredes de la rotonda. La cabeza golpeó duramente contra la roca y Michel salió rebotado, cayendo de espaldas, mareado y jadeante. Sin ánimo para incorporarse, quedó allí tirado. Sollozó en la oscuridad, sintiendo próxima la muerte. El poder maligno que había acabado con sus compañeros de forma tan cruel, no podía perdonarle.
Pensaba tan sólo en el miserable destino que le aguardaba, cuando en una de las galerías creyó percibir una titubeante claridad. Poco a poco esta se hizo más firme. Era luz de antorchas que se aproximaban. Enseguida le acompañaron sonidos, crujir de la arena hollada, tintineo de armas, susurro de lino y algodón crudo. Tras los sonidos llegaron los olores, sobreponiéndose con dificultad al intenso olor a sangre que llenaba la sala. Primero fue el tufo a soldadesca que tan bien conocía. Acre fetidez de hombres violentos. Irrumpían estos en la rotonda, una escuadra de nubios gigantescos, cuando le impactó el segundo olor. Tan exquisito y sensual, tan voluptuoso y carnal que quedó de inmediato reducido a un macho lujurioso.
Repuesto de su desmayo, atizado por una nueva energía, se incorporó de un salto, permaneciendo en cuclillas, como fiera dispuesta a saltar sobre una víctima propicia, para poseerla y devorarla, para satisfacer su hambre y su lujuria, sentimientos que se habían tornado indistinguibles. Seguían entrando guerreros en la sala, situándose en una doble fila de honor que formaba un pasillo. Hieráticos y mudos, se cuadraban alzando el brazo en el que portaban la antorcha y dejando descansar el otro, armado de un enorme alfanje cuya punta reposaba en el suelo, a sus pies. De muchos aceros escurría la sangre, formando un pequeño charco sobre la roca.
Por fin el túnel dejó de vomitar guerreros. Tras una pausa indeterminada, aparecieron dos ancianas, vestidas de largas túnicas negras cuyas colas se arrastraban tras ellas, como serpientes malévolas. Eran dos brujas de rostros marchitos por siglos de odio y abominación. Michel seguía en cuclillas, pasmado, devorado por una libido que apenas contenía y que aumentaba conforme aquel perfume se hacía más notorio. Por fin, la fuente del mismo apareció en el túnel. Las dos hileras de nubios alzaron un palmo los alfanjes, dejándolos caer sobre el piso al unísono. El quejido de la roca erizó el vello de Michel. Por el pasillo de honor, avanzaba con realeza una mujer de belleza madura, melena negra y densa, cortada a la altura de los hombros. Una falda blanca hasta los pies, ceñida a las caderas por un ancho cinturón de laminillas de oro, era toda su vestimenta. Los brazos cruzados sobre el pecho, portaban el cetro y el látigo, símbolos del alto y bajo Egipto y dejaban entrever unos senos orgullosos. Escoltada por las brujas, caminó hasta detenerse a pocos pasos de Michel. Completamente fuera de si por aquel olor, ante la visión del cuerpo casi desnudo de la mujer, creyó enloquecer de deseo.
Al cabo de unos instantes de silencio la risa de la reina resonó en la cámara. Era una risa fresca y amable, que tintineaba con una alegría fuera de lugar en aquella sala de horrores.
—Ven Jasejemuy, ha llegado la hora de que recuperemos lo que nunca debimos perder, lo que injustamente nos arrebataron. Abandona ya el disfraz de bárbaro extranjero y vuelve a mí. La inmortalidad y la juventud son nuestra herencia, y ya nada podrá separarnos. Seremos nuevamente uno, por los tiempos de los tiempos.
Michel sintió un poder explotar dentro de él, un poder que llevaba largo rato luchando por liberarse, que rompía, al fin, todas sus ataduras. Sucedió un instante de oscuridad y luego su vista se aclaró nuevamente. Y también su memoria. Recordó su palacio, a orillas del gran Nilo y recordó a su amada reina, aspiro su perfume, «ese» perfume que tan bien recordaba ahora y que milenios atrás ya le enloquecía. Recordó días y noches de leche y miel, de placeres refinados e inagotables, de sentidos insaciables. Recordó a Neit amándole, recordó a Neit amando a bellas esclavas para su placer, recordó a Neit poseída por sus nubios, sólo para excitarle. Todo llegó de pronto a su mente. El goce exultante que le proporcionaban los cuerpos tiernos e impúberes. Primero saciaba en ellos su lujuria y luego su hambre. El hígado crudo, cuidadosamente especiado, era exquisito, especialmente el de las niñas más pequeñas. Miró a Neit y la recordó degollando a la esclava que él estaba violando. El espasmo de la joven al perder la vida, le proporcionó un placer inenarrable. Regado con la sangre que manaba a borbotones, vitalizado por ella, había amado a Neit con más pasión que nunca. Recordó, en definitiva, aquel tiempo, después de la llegada de la misteriosa embajada del sur, en el que todo les estaba permitido, en el que no había placer prohibido para ellos. Eran los hijos predilectos de los más poderosos dioses que nunca hubieran existido. Mientras les sirvieran, ellos se encargarían de que el mundo entero, con sus hombres y mujeres, sus lujos y manjares, existiera tan solo para su goce y disfrute.
Neit extendió los brazos, mostrando a la luz de las antorchas el esplendor de su pecho. Michel... no, Michel no, ya sabía que aquel sólo había sido un escondite temporal, como tantos otros que le precedieron. Simples guaridas donde aguardar el reencuentro, donde esperar este instante. Lentamente Jasejemuy se puso en pie. Las dos brujas tomaron de manos de Neit el cetro y el látigo. Libres, sus dedos acariciaron los dedos de Jasejemuy. Le tomó de la mano como a un niño y tiró de él con dulzura.
—Ven —repitió la reina con toda la sensualidad de su cuerpo espléndido contenida en aquella única palabra.
Michel agonizó; fundiéndose simplemente en la nada y en el olvido. Jasejemuy tomó posesión de su cuerpo y apretó con fuerza la mano de Neit. Caminaron entre la fila de guerreros, seguidos por las brujas. Cuando se disponían a entrar en el túnel, Michel, el último átomo que de él quedaba, se volvió hacia el montón de carne que habían sido sus camaradas.
—¿Era necesario? —preguntó.
—No, en absoluto —contestó la reina, con indiferencia.
Michel logró que la mirada de aquel cuerpo que se le escapaba se endureciera.
—Pero fue divertido —afirmó Neit, por toda respuesta.
Una intensa vaharada de perfume saturó sus sentidos y Michel se extinguió para siempre.
Jasejemuy sonrió.
—Seguro que lo fue.
Precedidos de una escuadra de guerreros, la pareja se adentró en el futuro. El mundo volvía a estar a su disposición.
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