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Librería de Zoe: La Nave
Yo, Shim, hijo de Kanti y Torna, nacido en la Nave, [...] Hombre de Letras, educado para escribir en el Libro, recibo el mandato de Mei-Lum-Faro, Señor de la Nave, para que me haga cargo del mismo.
Por Juan Carlos Pereletegui

Librería de Zoe - La Nave ¿Amáis los libros? Entonces os contaré un secreto. En el casco viejo hay un lugar que no existe, pero tiene nombre: «La librería de Zoe». Si queréis encontrarlo, primero debéis perderos... perderos con toda la fe y toda la ingenuidad que se pone en el primer libro, en el primer amor. Al doblar una esquina cualquiera os encontréis con el viejo escaparate, de madera pintada de azul. Entrad sin miedo, Zoe os espera con un libro y una historia. Porque en la «Librería de Zoe» cada libro es un pedazo de su vida.

Tomé el libro de sus manos y lo observé en silencio. Era un ejemplar de «La Nave», de Tomás Salvador, en la edición de 2005 de Berenice. Lo hojeé parándome en algún párrafo, aquí y allá. Luego miré a Zoe.
—Fue en un hotel del Mediterráneo —me dijo—. Yo había ido a pasar unos días de vacaciones. Estaba sola y aburrida y entonces la vi.

Ella estaba en Recepción registrándose. La brisa entraba por los ventanales y ondeaba su vestido ibicenco, ciñendo unas formas perfectas. Sentí una oleada de deseo calentando mi interior. Intenté enfriarlo en la piscina, pero cuando regresaba a mi habitación la vi de nuevo en la terraza, leyendo bajo una sombrilla. Ya había dejado atrás los treinta pero el pelo corto, muy rubio y los ojos azules le daban un aire de chiquilla traviesa. Intentaba pasar de largo, ahuyentando a escobazos las ideas que me venían a la cabeza, cuando reparé en el libro que tenía entre su manos: «La Nave», de Tomás Salvador. Una mujer interesante con un libro interesante es demasiada tentación para mi espíritu.
En ese instante ella levanto la vista... sus ojos azules cayeron sobre los míos. Luego resbalaron sobre mi cuerpo y me sentí acariciada con una suavidad infinita. Se entretuvo largo rato sobre los dedos de mis pies desnudos y el azul de sus pupilas se hizo tan intenso como la sensación que provocaban en mi. Volvió al fin a mi rostro e iluminó el suyo con una sonrisa amplia a la que no pude por menos que responder. Cerró el libro y lo depositó sobre la mesa.
—Me gusta más la portada de la edición del 72— le dije, acercándome a ella.
Me miró de nuevo, y sus pupilas sonrieron.
—Hola, me llamo Marta. —Pronunciaba con absoluta precisión, maleando un tono de voz grave y lleno de matices. Por alguna extraña razón me recordó a un buen Rioja, incluso, quizás, un Burdeos o un Borgoña.
Tardé unos instantes en reparar en su mano extendida, prendida como me había quedado de aquella voz.
—Yo soy Zoe. —Le estreché la mano, sintiendo un cosquilleo en la punta de los dedos. Una oleada de envidia asaltó otras partes de mi cuerpo.—¿Ya lo has terminado?. —pregunté, sentándome frente a ella.
—Sí, ahora mismo —contestó Marta—. Me ha sorprendido. Me habían hablado bien de él, pero no me esperaba algo así. Si lo hubiera escrito un inglés o un americano, estaría en todos los cánones de ciencia ficción.
—¡Tienes razón! —salté con ímpetu —. Las naves-planeta interestelares, con generaciones de tripulantes que se suceden en viajes de cientos de años es un tema clásico de la ciencia ficción; y ha dado grandes obras, pero yo nunca he leído otra que se le pueda comparar.
—Se nota que detrás hay un gran escritor que parte de elementos clásicos: la nave perdida en el espacio, rebeliones, decadencia, una sociedad feudal... pero acaba contándonos una historia diferente.
—Es que no busca un punto de partida impactante. Parte de un escenario bastante convencional: una sociedad que ha retrocedido a un estadio feudal, con dos clases: los Kron, los negros, aristocráticos e inmovilistas y los wit, blancos, que son los siervos pero muy dinámicos y creativos. La riqueza viene en el desarrollo posterior, tanto la evolución de la propia trama y del protagonista como en la forma de narrarlo.
Yo me había metido de lleno en la conversación. Mi pasión por la literatura había acallado por unos instantes la atracción vertiginosa que Marta me provocaba.
—Sin duda alguna la evolución del protagonista y la estructura, son las claves para poder afirmar que se trata de una obra maestra —apuntó Marta, con la mesura de una catedrática dictando una conferencia—. Al principio, como un diario, luego una narración en tercera persona, más convencional y ese último tercio, en dieciséis cantos épicos, como un cantar de gesta.
—¡Es que es impresionante! —exclamé arrobada—. Meter un poema épico en una novela de ciencia ficción y que todo encaje a las mil maravillas. Y la sorprendente evolución de Shim, el «Hombre de Letras»
—En el fondo, toda la novela es la historia de Shim —apuntó Marta—, desde el momento en que es nombrado «Hombre de letras» y encargado de escribir en «El Libro».
—¡Qué no es más que el antiguo diario de a bordo de la nave!
—Efectivamente, pero convertido en algo mágico, casi sagrado. Atendido por sacerdotes célibes, solo uno por cada generación, que se encarga de educar a su sucesor. Ellos dos son los únicos de la nave que saben leer y escribir.
—Yo encuentro muy significativo —dije, encendida— que la evolución de Shim se deba, precisamente, a que decide leer «El Libro» desde el principio. Algo que nadie había hecho desde hacía siglos.
—Efectivamente —Marta seguía en su papel magistral—, se quiere poner de relieve la importancia de la Historia y de los historiadores en la civilización. La nave ha decaído porque los antecesores de Shim traicionaron su misión; olvidaron que son la conciencia de la sociedad y se convirtieron en meros notarios de los acontecimientos.

Librería de Zoe - La Nave —Sí, sí, sí, ¡eso es! Hay un momento, en el que esta convicción cae sobre los hombros de Shim como una losa y dice algo así como «Entonces, ¿debo renunciar y volver la indiferencia de mis amigos y hermanos? No lo sé... Voy a cerrar el Libro y a marcharme. Estoy cansado, vuelvo a estar cansado. Quizá no me pueda nunca quitar mi cansancio de encima...»
—Toda la primera parte está orientada a que Shim descubra su misión como Historiador y retome ese papel de motor, de acicate, de guía, que nunca debieron perder los «Hombres de Letras» y escribe para Mei-Lum-Faro, «Señor de la Nave», unas palabras inolvidables, llenas de esperanza: «Un latigazo de orgullo y fe me está castigando. Nosotros no moriremos... Nosotros no pisamos tierra; nosotros no sabemos lo que es la luz del sol; nosotros no hemos subido nunca una montaña... Pero nosotros tenemos la Nave; nosotros tenemos nuestro abandono en la terrible soledad del Espacio; nosotros estamos destruidos y, como hombres, tenemos el deber de volver a empezar»
—¡Y entonces le pasa lo que le pasa! —exclamé desolada. Lo cierto es que yo me había enamorado de Shim, mientras leía «La nave» y había hecho míos sus sufrimientos. Era evidente que Marta tenía mucho mayor control sobre sus sentimientos.— Lo que suele ocurrir cuando los poderosos oyen vientos de cambio. Mei-Lum-Faro le trata con extraordinaria crueldad y le envía al exilio con los wit.
—Los cuales le reciben como un Mesías.
—¡Está claro! Los wit no temen el conocimiento que Shim ha adquirido leyendo «El Libro», le reverencian como el portador de un saber que puede liberarles de la opresión Kron.
—Pero Shim —me recuerda Marta —, no está dispuesto a ser instrumento del odio. Su misión es de amor y reconciliación. Quizá, sea esa parte la más cuestionable, la identificación con el Mesías cristiano. En más de un momento, es excesivamente obvia.
—¡En eso tienes razón! —concedí—. Esa identificación le lleva a forzar el final, en busca del paralelismo histórico.
—Paralelismo que se resuelve con una frase nada afortunada. ¿A qué viene citar a Bruto, cuando lo que tocaba era el pan y las sopas?
—¡Es que ya se le hubiera visto demasiado el plumero! Es cierto que el final es algo flojo pero ¡tiene un comienzo tan espléndido! ¡Con cuanta sencillez y cuanta belleza nos presenta el escenario!
Marta tomó el libro de la mesa y lo abrió. Su voz se tornó más oscura y llena, envolviéndome en su calidez, desatando todo lo que la literatura había mantenido atado en mi interior.
—«Yo, Shim, hijo de Kanti y Torna, nacido en la Nave, en la edad en la que los ojos se cansan y los cabellos engrisecen, Hombre de Letras, educado para escribir en el Libro, recibo el mandato de Mei-Lum-Faro, Señor de la Nave, para que me haga cargo del mismo.»
Respiré hondo, acariciándome los antebrazos.
—¡Se me ponen los pelos de punta!
—Es que todavía estas mojada de la piscina y solo estamos en mayo. El agua aún está fría. Deberías subir tu habitación, a cambiarte. Si quieres te acompaño... y podemos seguir hablando... del libro.
Esta vez si que se me erizó el vello, no exactamente el de los antebrazos, convencida de la promesa que aquellas palabras envolvían.
—¡Estupendo!, me daré una ducha y después... —respiré hondo —, después... —repetí —, podemos tomar algo en la terraza. La vista es espléndida.

Entramos en la habitación y allí mismo, delante de Marta, me despojé del bikini, con total naturalidad, como no dándole importancia. Yo sabía lo que quería, pero era Marta la que tenía el control. Normalmente sucedía al revés y la novedad le daba picante.
Después de exhibirme yendo de aquí para allá, recogiendo el bikini del suelo; dudando en jarras ante al armario, fingiendo elegir un vestido que no pensaba ponerme; volviéndome para preguntarle, inocentemente, si no le importaba esperar unos instantes, entré en el baño, dejando atrás un rebufo de aire hirviente.
Apenas me había metido bajo el chorro cuando oí la puerta abrirse y cerrarse. La voz de Marta me arrulló de nuevo.
—Me parece curioso que Tomás Salvador no sea apenas conocido hoy día. Creo que escribió un buen montón de novelas y que fue bastante famoso, en su tiempo.
La idea de que Marta veía la mancha de mi cuerpo a través de la mampara translúcida, intuyendo, aquí y allá, los pechos o el pubis, o mis nalgas al volverme frente al chorro, me enloqueció.
Carraspee para librarme de la tenaza que me agarraba la garganta antes de responderle.
—Lo etiquetaron de «franquista», posiblemente con razón: no en vano, fue comisario de policía y recibió premios y honores durante la dictadura, el Premio Nacional de Literatura entre ellos. Eso no debió hacerle muy simpático para las generaciones posteriores.
—Pues lo justo hubiera sido separar al hombre de su obra.
Me disponía a contestar cuando la mampara de la ducha se abrió y pude ver a Marta tan desnuda como yo.
Ese día ya no volvimos a hablar de «La Nave».

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Aurora Bitzine revista de fantasía y ciencia ficción a 1 de diciembre del 2005