Jim Pelete, que hasta ese momento había permanecido en silencio, dio un respingo al escuchar el insulto del regidor, pero no osó contravenirlo.
—Y eso es lo que hice —replicó Greenham sin inmutarse—, pero cuando el muchacho me avisó y yo llegué al Cuervo, Willy ya tenía las pelotas hechas papilla y la cabeza de Jimmy parecía una fuente.
Lúcius lanzó un largo suspiro y trató de recobrar el dominio de sí mismo. El mal ya estaba hecho.
—Tuvimos que pararle los pies entre cinco, y aun así nos costó dominarlo. —continuó defendiéndose el comisario—. Ese tipo es un mulo. Parece su fuerza no se ha esfumado junto a su juicio. Lo metimos en la jaula y le dimos una buena somanta de palos… así aprenderá el muy cabrón.
—¿Que le distéis qué? —El alcalde no era capaz de creer lo que estaba oyendo.
—¡Le bajamos los humos, mierda! Se lo tenía bien merecido.
—Greenham, ese tipo es un mercenario que acudió a nuestra aldea atendiendo a nuestro reclamo. No tenías derecho a ponerle la mano encima…
—¡Tampoco tenía él derecho a romperle las pelotas a Willy, ni a usar la cabeza de Jimmy Fleet de posavasos!
Lúcius mantuvo a raya los nervios y se calmó lanzando un largo bufido.
—Muy bien, Greenham, llévame a ver a ese tipo. Quiero hablar con él.
—Pero, Lúcius, no es necesario. Ya me he ocupado yo de que no le falte nada…
El alcalde puso los ojos en blanco y el orondo alguacil agachó la cabeza, dándose por vencido.
—Muy bien, muy bien. Como desees, Lúcius. —Se remangó una vez más el pantalón y observó la plaza. La lluvia caía con más fuerza, embarrando el terreno—. Vayamos a echar un vistazo.
La cantina de Viktor Greenham era un cuchitril oscuro y claustrofóbico que olía a moho y a queso rancio. Las paredes de adobe estaban pintarrajeadas por largos cercos de humedad, los rincones estaban llenos de telarañas, y el mobiliario era tan viejo que la madera estaba ajada y grieta. Jim Pelete sacó un llavero de un escritorio y abrió una de las celdas. Sobre un montón de heno descansaba una figura oscura, ataviada con una camisola manchada de sangre seca y unos pantalones que hedían a orín.
Si en la garita el olor era nauseabundo, en el interior de la celda era irrespirable. Una rata gorda y peluda se escurría por los rincones, buscando algún mendrugo de comida que hubiera sobrado de la cena. La alimaña lanzó un chillido estridente al ver aparecer a los tres humanos y desapareció por una grieta de la pared.
—¡Eh, tú, desgraciado, despierta! —exclamó el alguacil mientras propinaba un puntapié a la pierna del reo—. ¡El señor alcalde ha venido a verte!
La figura lanzó un gemido, se revolvió sobre el heno y se hizo un ovillo en el suelo.
—¿Es necesario utilizar la violencia, Greenham?
El comisario dejó escapar un farfulleo inconexo pero optó por guardarse las objeciones que pudiera tener.
El alcalde dio un paso al frente y se aproximó al reo. Un nudo aprisionó su pecho al contemplar desde más cerca el estado de aquél hombre. Tenía la cara llena de moratones, los labios hinchados y la papada manchada de sangre. Resultaba obvio que el comisario se había ensañado con él.
—¿Os encontráis bien, señor?
La figura se medio incorporó del montón de heno. Era un tipo rubicundo, de rostro rudo y cabeza pelada. Sus ojillos, acuosos, se clavaron en el alcalde, sin embargo su mirada parecía ir más allá, perdiéndose en el infinito.
—Señor… —insistió Lúcius.
El mercenario agachó la cabeza y sus manos temblorosas cubrieron su rostro. Durante unos instantes todo su cuerpo se convulsionó. Finalmente un llanto quejumbroso rompió su garganta.
—No pude hacer nada… lo juro… —Su voz era un espasmo desesperado, un gemido que se perdía entre los muros desnudos de la celda—… Traté de protegerlos, pero no pude hacer nada… Murieron como cerdos en el matadero…
El alcalde se volvió hacia el comisario, pero éste se limitó a encogerse de hombros.
—Delira.
Ajeno al gruñido del albacea, el prisionero continuaba hablando:
—El bosque está vivo. La sombra se desplaza invisible entre los árboles… ¡Mata sin piedad! ¡Sin piedad!
De repente el reo se precipitó sobre el alcalde, y antes de que Lúcius pudiera reaccionar, aprisionó sus brazos con aquellas manazas inmensas. El hombrecillo trató de soltarse, pero los dedos del gigante apretaban como tenazas, haciendo que sus huesos crujieran dolorosamente.
—Vos no lo habéis visto, yo sí. Seguimos su rastro durante diez días bajo esa oscuridad gélida… —Los ojos del reo estaban clavados en los suyos. La locura desbordaba sus pupilas, deformando su expresión en una mueca macabra. Lúcius dejó escapar un gemido y cayó de rodillas—. Tratamos de aprisionarle como a una rata, pero él nos aprisionó a nosotros…
Greenham se precipitó sobre el prisionero y trató de arrancar las manos que sujetaban los brazos del alcalde. Pelete se lanzó sobre su espalda y lo amarró por el cuello. Pero ni tan siquiera los dos alguaciles juntos lograron dominar a aquella mala bestia.
—Le arrancó la cabeza a Weelira de un simple tajo… —La voz del mercenario sonaba cada vez más estridente, deformada por una nota aguda que provocaba escalofríos a Lúcius—… Ni tan siquiera vimos su sombra… ¡Santa Arankadas! Cuando Pipper quiso reaccionar, su cuerpo se partía por la mitad, como el tronco de un árbol viejo. Sus intestinos regaron el suelo junto a un río de sangre.
—¡Suéltalo, cabrón! —rugía el comisario mientras le propinaba puñetazos en la sien.
Lúcius cayó de rodillas y sus ojos se llenaron de lágrimas a causa del dolor. Las manos del mercenario cada vez apretaban con más fuerzas. Parecían forjadas de hierro.
—¡Los mató a todos y no nos dejó tiempo ni de respirar! ¡Lo hizo para protegerla! ¡Para proteger a la mujer sin ojos!
De pronto las tenazas se abrieron y Lúcius MacFadden se desplomó sobre el heno de culo. Los dos alguaciles se apresuraron a amontonarse sobre el prisionero y le propinaron una somanta de patadas y puntapiés. El hombretón, gimiendo histéricamente, volvió a hacerse un ovillo y trató de aislarse de los golpes encogiendo todo su cuerpo.
Lúcius, frotándose los brazos doloridos, retrocedió horrorizado y no se detuvo hasta sentir los fríos barrotes contra la espalda. Sus ojos estaban clavados en la figura gimoteante del mercenario. Las últimas palabras seguían repitiéndose una y otra vez en lo más profundo de su cabeza, provocándole un nudo en el estómago.

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