DIARIO DE
JUAN RAMON SOLORZANO MENDEZ
Solamente se incluyen los extractos necesarios para la coherencia y mejor comprensión del suceso.
07-07-2001
He dejado de escribir una semana a causa de mi último desmayo. La vida no ha sido la misma desde aquel 4 de Octubre de 1994 cuando me diagnosticaron SIDA. Mi familia me ha trasladado a nuestra finca Rancho Quetzali, en el municipio de El Rosario en Comayagua, pues en esta hermosa propiedad confesé a mi familia que deseaba pasar mis últimos días, porque me encuentro en la funesta etapa terminal de mi enfermedad.
...Por lo menos, ahora sabré qué es la muerte.
Hasta la fecha próxima, nada importante, sin embargo, empieza J.R.S.M. a anotar sus sueños y pesadillas, cada vez más detalladamente, hasta que...
24-07-2001
Definitivamente, anotar y analizar mis sueños se ha convertido en mi hobby; ya casi no puedo caminar y sólo permanezco en cama. A mi derecha tengo una amplia y rectangular ventana con dos hojas al estilo antiguo y no de celosías, porque así veo mejor el campo y los bosques hasta el sobresaliente Cerro Azul, y a mi izquierda tengo una ancha mesita donde como y escribo. Hoy por la mañana cambiaron mi cama por una de hospital, o sea, con el orificio para evacuar el vientre; no es que no pueda levantarme (aunque sí con mucha dificultad) sino que a veces “viene” súbitamente y mi debilidad es tal que no puedo contener mucho tiempo la descarga. Nunca imaginé acabar así.
Mi habitación ha sido bien provista, las colchas y los cojines más suaves y está ubicada en el segundo piso de la casa, brindándone una mejor visión del paisaje.
Casi todo el tiempo el cielo está gris y lluvioso.
Lo anterior fue incluido para facilitar el contexto inmediato del individuo.
26-07-2001
La noche anterior tuve un sueño increíble, fue algo maravilloso... tanto que hasta me inclino a creer que no se trataba de un sueño sino que, de algún modo, mi espíritu abandonó momentáneamente mi cuerpo y se transportó mediante ignotos prodigios hacia otro mundo, o época, o plano astral, y concurrió con otra alma viajera. La calidad de esta experiencia me sacudió tanto que desde el primer instante supe que sucedía algo raro, fantástico; me dispongo a escribir este sueño exprimiéndome mi cerebro y debilitado por mi inminente óbito.
Comenzó al tan pronto cerrar mis ojos, con esas enigmáticas visiones que suelen darse en la frontera de la lucidez y el sueño, me pareció ver –en tonos apagados- escenas hogareñas entre personas vestidas al estilo de las clases altas del siglo XVIII o XIX, me pareció visualizar entre las oníricas tinieblas, retazos de bailes, escanciamiento de té, gente tocando piano, leyendo, etc.; más que todo mujeres en esos vestidos largos que se usaban en tiempos de Lucila Gamero o de Francisco Morazán, aunque no reconocí a nadie “famoso” , mi primer pregunta fue: “¿Serán personas que han vivido en esta casa?” Puesto que, esta casona tiene ya casi tres siglos de existencia. Podrían ser grabaciones psíquicas ancladas en este lugar, aunque me fijé más en las personas que en el fondo, pero pude columbrar paredes tapizadas de cuadros y retratos, pisos alfombrados, ventanales y muchos otros rasgos de esa época alrededor de la Reforma Liberal.
El momento de transición de esta semi-lucidez al sueño profundo sucedió sin darme cuenta.
“Desperté”, o más ajustado es decir que “aparecí” de pie en lo que definitivamente era la esplanada frontal de esta misma casa de Rancho Quetzali, pero, lo primero que noté era la super-abundancia de niebla, espesa y casi fosforescente, apenas y podía ver la fachada del edificio, y hacía frío, mucho frío. El ambiente era húmedo y arriba, el cielo presentaba un siniestro tono gris y en todo el paraje reinaban un silencio y una quietud de cementerio, sólo la niebla avanzaba muy despacio.
Entonces noté que yo estaba de pie, vistiendo una camisa blanca de mangas largas, un pantalón de tela negro y un par de zapatos negros y relucientes. Observé mis brazos y examiné mi torso sin encontrar un solo rastro de los estigmas inherentes al VIH-SIDA; mi cuerpo lucía sano y vigoroso, de piel sonrojada y no con su actual palidez de mortandad.
Volviendo al sueño, el frío era acuciante –“demasiado para un sueño”, recuerdo que pensé- y entonces descubrí con alegría que estaba teniendo un sueño lúcido –o eso creo-. “¿Pero qué puedo hacer aquí en esta soledad?”, me pregunté. Me fijé en la fachada de mi casa apreciándola más gris y pétrea que de costumbre, divisando algunos detalles (marcos de ventanas y puertas, pilastras, aleros, etc.) que actualmente no tiene, pero que tengo la mágica certeza de que sí los tuvo hace muchos años.
Ignoro cuánto tiempo permanecí examinando estos rasgos (¿nuevos, viejos, imaginados?), pero recuerdo que cuando veía algún punto en especial, no había necesidad de moverme pues, cuando “enfocaba” mi vista y tan pronto deseaba aproximarme para ver mejor aquéllo, ocurría en mi visión un “acercamiento”, justo como lo hacen las videograbadoras. Tengo la certeza de que ello era una propiedad de mi estado cuasi-espiritual de ese sueño o aventura.
Ahora viene lo interesante.
Lo que me sacó de mis observaciones fue la percepción de lejanas notas musicales producidas por un piano, pero no provenían del interior de la casa, sino de afuera, hacia el este. Yo me pregunté de inmediato dónde podría estar ese piano pues era consciente que esta casa está rodeada por varios kilómetros de campo y arboledas, y quizás las cabañas de lo peones, ¿pero qué peón toca piano? Sin meditarlo más, empecé a andar, dirigiéndome a donde provenía la música cada vez más clara y potente. Creo que caminé entre los árboles uno o dos minutos y la niebla limitaba mi campo visual a unos cinco metros alrededor mío. De repente, noté que me desplazaba entre árboles secos, algunos muertos y otros con tan pocas hojas que podía contarlas con los dedos de mis manos.
Me viré y vi tras de mí unos dos kilómetros de árboles agostados. “Esto es imposible si apenas acabo de salir de la arboleda frondosa.” Esta última finalizaba sobre una distante colina. “¿Teletransportación?” De todos modos se trataba de un sueño, y ahora, la música del piano sonaba más fuerte y hasta me resultaba conocida, seguramente algún autor clásico, pero ignoro nombres porque mi acervo respecto a ese tipo de música es muy pobre.
A través de la gélida neblina podía vislumbrar ya los rasgos de la casa que identifiqué como la del predio llamado “Teomikistli”, por el dios de la muerte de los indios pipiles, porque su fundador –cuyo nombre no recuerdo- era un gran indigenista. Dicha palabra vi grabada en la arcada de piedra sobre el portón de entrada, cuyas puertas estaban abiertas de par en par. Los descendientes de ese indigenista quisieron “cristianizar” la mansión rebautizándola –después de la muerte del hombre, por supuesto- “Santa Clara” y removiendo dos enormes estelas réplicas de dos copanecas, que custodiaban las escaleras que daban a la puerta principal, reemplazándolas por insulsas estatuas de santos.
Ante esas precisas estelas me hallaba entonces, y al fondo, la puerta de doble hoja estaba abierta al igual que el portón, y la música del piano continuaba retumbando por todo el lugar. Seguí. Subí las escaleras hasta el lóbrego umbral. Penetré en un obscuro vestíbulo, con muebles y ornamentos del siglo XIX, polvosos y muchas telarañas en las elevadas esquinas. Llegué al salón central, con dos curvas escaleras a cada lado que conducían a los pisos superiores, esta “Teomikistli” es una auténtica mansión; la música provenía del ala oeste de la casa. Hacia allí encaminé mis pasos.
Pronto avanzaba por un sombrío corredor cuyas ventanas daban al patio, y afuera el cielo se había vuelto morado como atardecer de día lluvioso y un fuerte viento empezó a soplar. Al fondo del pasadizo había una puerta abierta por la que se asomaba una danzarina lumbre rojiza, propia de una vela o de un candil. Quiero aclarar que si yo temí, fue poco, sobrepasado el temor por la curiosidad y por la rara valentía que provoca el saberse uno muerto en vida.
Accedí a un amplio salón de baile, que, a diferencia del roñoso aspecto del resto del edificio, lucía bastante acicalado, pudiendo ver mi reflejo en el pulido piso. El salón era oval, de unos veinte metros de largo por unos doce de ancho, había unas cuantas sillas polvosas diseminadas en el extremo del recinto por el que yo entré, de las que solamente una estaba ocupada por un cabizbajo y rígido mozo, que no dio muestras de verme o percatarse de mi presencia, es más, ni siquiera noté en él las correspondientes oscilaciones respiratorias de todo ser vivo, ese sujeto me pareció una auténtica estatua de cera y vestía ropas contemporánea al actual aspecto de la mansión; por la inclinación de su cabeza, no pude apreciar su rostro, sólo su cabello revuelto de tonalidad castaña.
Dirigí mi mirada, entonces, al piano ubicado en el centro del salón; el intérprete estaba de espaldas a mí y del “petrificado”, y pude fijarme que se trataba de una mujer -¿sería alguna de las que ví en mis previas alucinaciones oníricas?- envuelta en un largo vestido con un color negro abismal, bastate joven y de exquisito talle, su cabello era rubio y levemente rizado y le llegaba hasta un poco más debajo de los omóplatos; tocaba el piano con singular pericia y tampoco pareció percibirme en un principio. Siguiendo un súbito e inefable impulso, caminé silenciosamente hasta tomar asiento sin molestarme en sacudir el polvo, situándome a dos sillas del silencioso e inerte espectador, que no se movió ni aún hallándome yo tan cerca de él.
La delgada joven continuó su ejecución sin inmutarse, yo por mi lado, impelido por alguna precaución o presentimiento, evité hacer ruido o moverme demasiado o hablarle al callado individuo a mi izquierda, y llegué a considerar mi respiración tan bulliciosa sobre el sepulcral silencio como carcajadas en una misa. Finalmente, y luego de un armónico colofón, la pianista terminó su práctica. Corrió un poco su banco hacia atrás, -haciendo un suave murmullo de roce- y se puso de pie, emulándola yo casi al mismo tiempo. Entonces ella se viró pausadamente para encararme.
Sin duda era ella la muchacha más hermosa que en mi vida he contemplado, su piel blanca pero con algunos tonos sonrosados, su cara ovalada y su nariz fina, caucásica, sus ojos entre azules y verdes –tornasolados, me parecieron-; los bordes de su negro vestido en sus mangas y cuello eran de encaje de paño blanco. Ella medía alrededor del metro y setenta y cinco centímetros y su mirada denotaba una firmeza de carácter que nunca antes ví en mujer alguna... la belleza de esta joven era divina y fantasmal.
Entonces ella realizó una suave genuflexión, levantando un poco su gran falda e inclinando su tronco, saludándome a la usanza de esa época descrita por Froylán Turcios. Ella me habló con una voz clara, meliflua, profunda y... ¿ecoica?:
-Bienvenido, Juan Ramón. Mi nombre es Margarita.
El que Margarita supiera mi nombre no me impresionó, como si tuviera yo la certeza de que en este plano no son pocas las maravillas y prodigios que florecen uno tras otro. La idea de que éste era un sueño me había abandonado desde casi el inicio del “viaje”, pero aún así, mi lado racional pugnó por verificar esta situación:
-¿Eres real? –le pregunté.
-¿Qué si soy o no producto de tu mente? –replicó ella, sonriendo y acercándose a mí, con una confianza que me impactó mucho. –No. Este lugar existe entre las fronteras dimensionales, este es mí lugar, mi vergel de Proserpina.
-¿Y cómo llegaste tú aquí?
-Ven –me dijo, al tiempo que me tomaba de las manos invitándome a bailar como en esas fechas evocadas, como todavía hoy lo hacen en algunos lugares de “clase”.
-Alfonso, no te quedes allí y toca algo para nosotros, ya sea en el piano o en tu violín.
Por primera vez ví reaccionar a ese tipo, que levantó su cabeza y la volvió lentamente hacia nosotros, luego, tomó un violín café y opaco que mantenía apoyado en las patas de su silla, de modo que yo no pude ver antes dicho instrumento, y se puso de pie –siempre desesperadamente flemático, una lentitud que como pude ver, Margarita había aprendido a tolerar- , dio unos cuantos pasos al frente, casi insonoros, acomodó el violín en sus brazos e inició una tétrica pero fluída ejecución, a veces lúgubre, a veces violenta y rápida.
Margarita y yo empezamos a bailar despacio, sin poder explicarme cómo podía yo hacerlo tan bien si era mi debut en ese tipo de danzas.
-Mi último cuerpo de fuego, tierra, aire y agua en el Universo central colapsó –dijo ella a mi oído, lanzándome una glacial vaharada.
Yo la quedé viendo confundido, consciente de a qué se refería mas necesitando escucharlo llanamente de su boca. Tras nosotros, Alfonso cambió a un ritmo más veloz y arcaico, y el ambiente se tornó más oscuro, siendo el candil el único Sol en esa negrura espectral.
Margarita me sonrió, comprensiva, y me dijo:
-Bueno, ya que así lo quieres, lo que dije fue que me morí; al menos mi cuerpo lo hizo, pero mi espíritu, aferrado a este mundo material logró condensar y conservar etéreamente el aspecto de mi última encarnación, pudiendo subsistir mi alma en estas sub-dimensiones que como ves, se amparan en la estructura primaria del Universo central.
-Eres un fantasma –le musite-. Y Alfonso también.
Margarita volvió a sonreír y añadió:
-¿Cómo defines “fantasma”, Juan Ramón? ¿Cómo defines “estar vivo” o “estar muerto”? Yo me considero viva, pues existo; vivo en este sub-mundo que me he acomodado, más bien tú eres el fantasma respecto a mí; si quiero manifestarme en el Universo central (o mundo de los vivos, en tu idioma) apenas podré proyectar una traslúcida imagen mía, porque el “morir” es el desplazamiento del alma a otros planos o niveles dimensionales, y el alma nunca muere.
-¿Cómo accedí entonces a este lugar, acaso he fallecido mientras dormía?
-No todavía. Pero te falta poco por lo que puedo... oler. ¿Estás padeciendo una enfermedad mortal o estás gravemente herido?
-Tengo SIDA.
-Me temo que no estoy muy informada al respecto, sólo sé que dicho mal es una nueva “peste negra”, según me han comentado otros peregrinos espirituales. ¿En qué consiste, cómo se adquiera, cuáles son sus síntomas?
Seguimos bailando lentamente y Alfonso continuaba sus chirriantes acordes. Yo contesté:
-Lo transmite el virus VIH, sexualmente o por vía sanguínea. Suele tardar mucho tiempo en manifestarse una vez introducido en el cuerpo, se ensaña contra los anticuerpos de la sangre, derrotando paulatinamente nuestro sistema natural de defensa, propiciando así la gestación de otras enfermedades, gradualmente hasta la muerte.
No dejó de sorprenderme la frialdad con que ilustré a Margarita este mal que me está acabando.
-Hay innumerables sub-dimensiones en el Cosmos, -dijo ella- no digamos dimensiones o Universos; a veces, las almas perdidas acceden a aquéllas y, por regla general, suelen extraviarse aún más. La mayoría de ellos tarda mucho en reponerse del shock de saberse muertos y la actual cultura humana es culpable de que la atmósfera terrestre esté infestada de espíritus invisibles al ojo humano, los fanáticos religiosos al morir y comprobar que las cosas no son como ellos creían, entran en crisis que desembocan en almas perdidas carentes de inteligencia, como zombis.
»Somos muy pocos los que conservamos –o recuperamos- nuestra serenidad hasta el punto de estudiar nuestro estado y aprovechar las ventajas inherentes al mismo. En términos de espacio, por ejemplo, ahora mismo nos hallamos en la Teomikistli, sólo que nuestra médula espiritual –lo equivalente al cerebro orgánico- se encuentra enclavada en este plano, y a veces, los viajeros oníricos como tú pueden viajar a otras realidades, pero cuidando de no disolverse el vínculo astral con el cuerpo orgánico que estén vistiendo en ese momento.
-Margarita, ¿tú estás “atascada” aquí o sólo es que no quieres “ir a la luz”?
-¿Cómo explicas “ir a la luz”? Hay muchas encarnaciones que aguardan por mí en el ciclo espiritual, pues mi alma, o sea “yo”, por sobre todo cuerpo y personalidad, todavía soy muy impura. Podrías considerar mi actual situación como unas buenas vacaciones de dicho ciclo.
-¿Qué hay del Infierno?
-Nunca he conocido a Satanás ni tampoco a alguien que a su vez lo haya visto o interactuado con él, hasta donde yo he explorado, el Diablo cristiano no existe. Pero sí hay muchos espíritus malignos y poderosísimos, auténticos demonios –dicho esto, sus azulados ojos refulgieron como quien oculta maliciosamente un secreto. –Tampoco he encontrado ningún lugar que pueda llamarse Infierno, salvo el país donde nos tocó nacer a ti y a mí.
-¿Qué hay de Dios, Jesús, la Virgen, los Santos, etc.?
-No sé nada de esos tipos... ellos no visitan a seres como yo, supongo.
Alfonso se detuvo al tiempo que comenzaba a deslizarme, despertándome... Margarita me susurró un “nos veremos luego” antes de desvanecerse ambos espectros en la total oscuridad, poco después abrí mis somnolientos párpados y vi a mi madre disponiéndose a darme mi desayuno. Me enfurecí, pero, afortunadamente no lo exterioricé y recapacité: “Ella no podía adivinar mis sueños, no era su intención interrumpir mágicas visiones.” Y como un bebé, recibí bocado tras bocado y sorbo tras sorbo, aunque todavía puedo usar mis brazos. Poco después que mi dulce –y afligida- madre se fue de mi habitación, he iniciado estos apuntes.
J.R.S.M. no toca su diario hasta la siguiente fecha.
27/07/01
Ayer evité tomar café o ingerir cualquier cosa que demorara o entorpeciera mi sueño. Incluso me paré y caminé un rato e hice otras cosas que implicaban esfuerzo físico para cansarme y propiciar así un profundo sopor. Mi plan funcionó a la perfección y alrededor de las 10:30 P.M. debí caer rendido.
Al principio no percibí el cambio de “realidad” a “sueño”, o más bien y en palabras de Margarita, de “Universo central” a “sub-dimensión o dominios de Margarita”. Estaba tendido en mi cama, aparentemente despierto y mis ojos se habían acostumbrado a la oscuridad, viéndolo todo en ese matiz azulado nocturno. Entonces la puerta de mi dormitorio fue abierta lentamente, sin causar sonido alguno, que no me sorprendió pues, desde que entré en mi “etapa terminal” mis parientes procuraban no perturbarme demasiado, sin hacer ruido, bajando la voz, siendo solícitos, etc. Lo que sí me sorprendió fue ver a la persona que entró: Margarita, con el mismo vestido y características de la vez pasada.
-Hola, Juan Ramón –me saludó ella, sonriendo-. Te he estado aguardando todo el día, merodeándote desde mi penumbra para atraerte conmigo cuando durmieras, y aquí estamos. Levántate y salgamos a divertirnos un rato.
Le obedecí y abandoné mi lecho sin ningún problema, con mi cuerpo rejuvenecido y “sanado”. Me puse un pantalón jeans, camiseta blanca, un par de tenis y me llevé una chumpa, pues en el micro-mundo de Margarita reinaba el frío. ¿Cómo estos artículos míos estaban disponibles en este plano? Olvidé consultarlo con mi fantasmal amiga. Cuando estuve listo, ella me sonrió y me invitó a seguirla.
Salimos de mi cuarto y bajamos las escaleras, mi casa estaba igual, o sea, no había experimentado un “retroceso en el tiempo” como la faceta de la mansión de Santa Clara que habitaban Margarita y Alfonso. Antes de salir de mi morada, le pregunté por este último.
-Está en Teomikistli, no le gusta salir mucho. Todavía no lo acepta.
Salimos a los predios, donde misteriosamente no era de noche, sino, como la última vez, cielo muy nublado, aunque la niebla era más escasa y menos densa en esta ocasión.
-¿Qué es lo que no acepta todavía? –volvía preguntar.
-Que ha muerto.
Caminamos entre los árboles. Ella me tomó de la mano y me dejé guiar; la sentí un poco más tibia que cuando la conocí. Margarita me explicó un punto muy importante, mientras paseábamos en el campo, un detalle que espero, cuando mis familiares lean esto, pongan mucha atención:
-Pero la culpa de todo la tiene la cultura, Juan Ramón, la cultura actual más especialmente. En esta “era cristiana” se nos enseña que sólo vivimos una vez y a la muerte se la pinta como la desgracia más grande, lo peor de lo peor, etc. Por eso, la gran mayoría de las personas temen mucho un fenómeno que es tan natural y necesario, como la pubertad o la vejez. Al temerle, los momentos finales de esta gente son realmente angustiosos, le temen al rechinar de dientes y al crujir de huesos eterno y a otras ficciones, como resultado, se enganchan a este “mundo material” y de ahí la superabundancia de descarnados en esta época. Son muy patéticos los que “en vida” fueron adeptos de cultos “univivenciales”, o sea, que lo deciden todo en una sola vida, si eres abortado en el vientre materno o te matan antes de “aceptar a Jesús”, pues mala suerte y te vas al Infierno o Gehenna; estos quedan muy desolados al descarnar y ver la realidad de las cosas.
-¿Entonces es falso el concepto de la muerte como el desastroso final de todo?
-Tan falso como que la Luna es de queso. Por esa idea tan fatalista de la muerte es que muchos se aferran a este “mundo de los vivos” y en su esfuerzo por no dejarlo terminan vagando en los limbos fronterizos de los estratos cósmicos, y a veces, según donde se encuentre el espíritu, puede proyectar una especie de sombra hacia otros mundos y los humanos a ese fenómeno es que llaman “fantasmas”. Ven, te mostraré algo.
Salimos de la silenciosa arboleda, vadeando un igual de callado riachuelo, cruzamos luego otra franja de árboles y vegetación, saliendo a un camino de tierra que reconocí dentro de nuestras propiedades. Margarita me señaló a un señor sentado sobre una gran piedra a la vera del camino, se veía bastante afligido y serio; Margarita y yo nos aproximamos a él. A medida que nos acercábamos, empecé a distinguir la sangre que embadurnaba su camisa color caqui y la horrenda herida que abría su cabeza como una flor en el lado derecho del cráneo, y no noté ningún movimiento respiratorio en él, lo único era el desesperado y confuso titileo de sus ojos que no parpadeaban.
-Este falleció balaceado hace muy poco tiempo, según el cómputo de tu dimensión. A diferencia de muchos, él sí sabe que ha muerto y esa realidad lo mantiene en shock –me explicó Margarita.
El espectro en cuestión pareció revivir con la cercanía de nuestras voces y se lamentó:
-¿Qué harán mis hijos, Joaquín y Luis, para sobrevivir? ¿Qué será de María Teresa, mi mujer?
Entonces ví algo a lo lejos. Eran unas siluetas fosforescentes, brumosas, carentes de la nitidez de Margarita o de este recién difunto, algunos podía notarles sus formas antropoides pero otros parecían figuras encapuchadas en alba luz, algunos de los cuales llevaban bolas que chisporroteaban muchos colores, caminaban como en una procesión y venían hacia nosotros, sus “lamentos” sonaban metálicos y aterradores. Noté también que alrededor de todos ellos habían ciertas capas de tenue energía, más espesa o visible en algunos que en otros. Pero, Margarita no pestañeó un instante y se mostraba tranquila como aguas de un lago profundo. Atravesaban, a veces, árboles y piedras.
-¿Qué es eso, Margarita? –le pregunté al fin.
-Calma, son los amigos del finado que vienen a levantarle el espíritu. Como vienen deseando entablar el contacto espiritual, esta misma predisposición hace visible sus sombras astrales en este reino mío adonde las fluctuaciones cósmicas han hecho llegar a este hombre. Si atraviesan árboles, lomas y piedras es porque en el plano de ellos –el “mundo de los vivos”- estas cosas ya no existen, removidas para facilitar campos de siembra o carreteras, creo.
Ella cogió mi mano. Su temperatura corporal era bastante baja, clínicamente imposible en nuestro mundo de envolturas carnales. Olvidé indicar que, comparándola conmigo, Margarita me llegaba casi hasta el ceño, casi de mi misma estatura y a pesar de su blancura de piel y escasez de expresiones faciales, reitero que es la mujer más hermosa que he visto, o en este caso, percibido.
Las figuras se detuvieron frente al espíritu y el que dirigía la procesión, dio unos pasos al frente hasta quedar a unos cuantos palmos del occiso –sin saberlo el vivo, obviamente- y comenzó a proferir unos ruidos metálicos que en el otro lado debía ser perfecto español. Poco después la procesión empezó a dar la media vuelta y esta vez, el espíritu se puso de pie y fue tras ellos como zombificado, expeliendo una suave luz azul.
-Ahora él también está frisando la frontera entre los planos –explicó ella-, si alguno de los que conforman el séquito se diera la vuelta, muy probablemente vería al menos su silueta. Por eso es que la tradición dice que durante el regreso, no debe voltearse a ver, claro que esto es sólo con los que participan porque se han predispuesto a la tenue apertura interdimensional, los observadores casuales no podrán ver o sentir nada, salvo que sean especiales o muy conscientes de la verdadera estructura universal.
-Vámonos –me dijo ella, entonces. Asentí y obedecí.
Tomados de la mano, regresamos al riachuelo y caminamos a lo largo del mismo hasta alcanzar un pequeño lago oscuro, de unos setenta metros de diámetro y de aguas tranquilas como hielo, en cuyo centro había una especia de plazoleta con columnas, pilastras, estelas, bancos y una fuente en medio, casi toda su arquitectura una combinación de detalles greco-romanos con motivos indígenas.
Margarita y yo nos desplazamos hacia ese lugar, caminando literalmente sobre el agua, lo que en este mundo no me resultó extraño, aunque sí fascinante.
-Este jardín existió alguna vez en tu mundo actual, -me dijo Margarita- pero su contenido pagano lo sentenció a muerte pocos días después que la de mi bisabuelo. Ya sólo existe aquí.
Nos sentamos en un banco. El frío se mantenía.
-¿Vendrás conmigo cuando tu cuerpo muera? –me preguntó.
-No lo sé –le contesté, francamente-. ¿Qué más se puede hacer aquí?
-Yo conozco secretos vedados a los encarnados, he viajado a miles de mundos y contemplado maravillas inefables. He conversado con los sacerdotes vermiformes que habitan el área que los hombres llaman Cydonia en Marte, deambulado entre sus pirámides y árboles, he departido con las deidades del planeta junto a la estrella Sirio y he confirmado la existencia de Anubis y de Tláloc, dios de la lluvia. Ven conmigo y lo compartiré todo contigo.
-Déjame pensarlo –le dije, al tiempo que rozaba mis dedos sobre su tez alabastrina y su cabello dorado, luego pasé mi palma a su nuca y gentilmente, la atraje hacia mí, sin oponérseme. La besé. La calidez de su boca era extraña y su sabor casi como sangre, pues a eso sabía su saliva, más escasa que en una boca común y corriente. Su lengua anormalmente larga estuvo a punto de asfixiarme y pronto ella tomaba las riendas del beso, recordando yo después que en este plano no necesitaba respirar, pero su lengua llegó muy dentro de mi esófago.
-Qué atrevido eres; ya veo por qué te infectaste.
Raramente, sus últimas palabras no me dolieron ni me ofendieron. La belleza de Margarita era diabólicamente enloquecedora. Ella se puso de pie y empezó a andar hacia las negras aguas, la hierba apenas crujía bajo sus pies invisibles por la falda larga.
-La mayoría de los que mueren, por ese shock cultural de que te hablé, al cruzar la frontera suelen bloquear su memoria e inteligencia, quedando como meros animales a base de instintos y retazos de recuerdos inconexos. Somos muy pocos los que mantenemos, después de la transición, nuestra personalidad e inteligencia incólumes. Por eso aquí yo soy la reina, y cada uno de los que conservan su intelecto después de descarnar son reyes también en sus respectivos lares, algunos se vuelven caritativos y ayudan a encarnados y descarnados por igual, otros –la mayoría- nos volvemos más egoístas y pretendemos ser lo que los religiosos llaman “demonios” y los psíquicos “malos espíritus”.
Margarita me lanzó un beso y desperté, con el cielo grisáceo del alba en mi dormitorio, como si nunca lo hubiese abandonado.
A las diez de la mañana llamé a Julio, mi hermano menor; le pedí que fuera a El Rosario a preguntar si últimamente le habían levantado el espíritu a alguien. Le pedí también los periódicos de los últimos tres días, incluyendo hoy, y si podía hacer algunas averiguaciones respecto a la mansión del predio contiguo al nuestro.
Al mediodía, cuando todos se hallaban en la planta baja en el ajetreo del almuerzo y con el aroma del estofado inundando la casa, hice acopio de mis menguantes energías y salí de mi cama. Me apoyé en paredes y muebles, dirigiéndome al final del pasillo hacia el cuarto de mi difunto abuelo, en busca de ciertos libros que antes veía con indiferencia y que ahora eran una luz en la oscuridad. La gruesa alfombra rojiza que cubría el piso actuó en complicidad, amortiguando el sonido de mis pasos ya debilitados en sí mismos. Antes de abrir la desvencijada puerta, me detuve tomando aire, luego entré, procurando no hacer ruido.
Adentro, las cosas del abuelo yacían apiladas por todos lados. Escurrí mis manos tras unas cajas de cartón grandes en pos del interruptor de la luz. Afortunadamente, el librero no estaba bloqueado. Instantáneamente di con varios libros de espiritismo. En dos viajes transporté dichos libros a mi habitación. El esfuerzo me extenuó en demasía y me acosté un rato, estabilizando mi respiración.
Al recuperarme lo suficiente, lo primero que hice fue ocultar esos libros bajo mi cama, pues mis parientes se alarmarían si descubriesen que pienso leer tales obras, en especial mi madre y mi hermana mayor que son sumamente católicas. Ellas dos son las que más han sufrido mi infortunio, después de mí mismo, por supuesto. Olvidé mencionar que ellas, todas las noches, vienen a leerme pasajes de la Biblia, a platicarme y a consolarme.
Mi hermana Georgina vino a darme el almuerzo, fue muy amorosa conmigo, pensar que hasta ahora experimento la medida de mi amor hacia ellas dos, ahora que tengo un pie en el abismo... no sabemos lo que tenemos hasta que lo perdemos... Después de almorzar me dormí, creo, pero sin verme con Margarita, quizás no alcancé la profundidad soporífera adecuada.
A las tres de la tarde, aproximadamente, Julio regresó. Confirmó que en Siguatepeque, ayer como a las diez y media de la noche hubo una procesión conocida popularmente como “levantamiento del espíritu o del muerto”. Un lugareño regaló a Julio un ejemplar del diario de ayer, donde pude ver en la sección de Sucesos al occiso: José Aureliano Domínguez, de 39 años de edad, su foto correspondía a la del fantasma que vi junto a Margarita en mi último viaje onírico, el diario también decía: “Deja dos hijos, Joaquín José de 15 años y Luis Edgardo de 11 años y una viuda, María Teresa Sandoval de Domínguez. (...) Sujetos desconocidos, sin mediar palabra, lo balacearon, encajándole tres balas en el torso y una en la cabeza, muriendo instantáneamente (...) fue interceptado en la Vuelta del Susto .
Con esto supe que Margarita me había proporcionado una sólida evidencia de su existencia, asegurándome finalmente que ella no era producto de mi mente moribunda.
De la mansión de Santa Clara, Julio sólo averiguó que allí vive un solitario anciano y que dicha mansión está encantada con apariciones, de acuerdo a las palabras de los pueblerinos.
Le agradecí sus favores y Julio salió, casi seguro que fue a comentarle al resto de la familia mis peticiones tan extrañas. Espero la noche con impaciencia.
Casi inmediatamente después de cerrar mis ojos, inicié el viaje astral, seguramente Margarita facilitó las condiciones. Automática e instintivamente, como si obedeciera un inaudible llamado, me encaminé velozmente, casi volando, hacia el referido jardín flotante. Esta vez, el cielo estaba despejado, mostrando un firmamento morado y con pocas nubes; la niebla estaba bastante rala también. No pude precisar qué etapa del día era –amanecer, mediodía, crepúsculo- en este sub-mundo, pero no consideré importante ese detalle, aunque podía ver nítidamente legiones de estrellas y puntos más luminosos y azulados que pronto reconocí como los distintos planetas del Sistema Solar y entonces, vi boquiabierto a la Luna, más grande que lo normal y a su lado un satélite o planeta oscuro con destellos ígneos. Con esa duda deambulando dentro de mi asombrada cabeza llegué al vergel, caminando tranquilamente sobre las aguas violetas, casi gelatinosa, sin mojarme.
-Ese es Rahú –dijo Margarita. Aunque su voz sonó casi a mi lado, ella se encontraba en un altar en el centro del irreal parque, sobre un trono dorado. Yo me acerqué y ella continuó explicándome telepáticamente, al parecer: Es un planeta cuya esencia espiritual o médula está ubicada en otra dimensión, y es casi imperceptible para los encarnados en la Tierra. Está habitado y su gente es muy evolucionada espiritualmente, sus ciudades son lo más fabuloso que he visto. Rahú desempeña un papel crucial en las vibraciones cósmicas, sólo los auténticos astrólogos y místicos pueden ver o sentir a Rahú. Es una lástima que yo no sea muy bienvenida allí, pero no te preocupes, cuando estemos juntos lo visitaremos, y también los templos de Sirio, las ciudadelas de Ganímedes y muchas otras maravillas más, si vienes conmigo después de tu óbito.
De un salto, Margarita se posó de puntillas sobre el más alto ápice del portentoso trono, quedando de espaldas a mí, para luego girarse lentamente, sin mover sus pies ni desequilibrarse.
-¡Mira a tu alrededor! –exclamó y todo el sitio resplandeció cegadoramente un segundo.
La obedecí y entonces revisé mi entorno. Sobre las purpúreas aguas del lago se hallaban numerosos descarnados, la mayoría de ellos como aletargados, semejándose a “retrasados mentales”, vi otros –la minoría- cuyas expresiones faciales denotaban lucidez y serenidad, aunque en distintos niveles. Vi campesinos, personas con atuendos contemporáneos a los de Margarita, indígenas y hasta un par de criaturas semi-humanoides que no reconocí.
-Soy una reina –dijo Margarita, oyendo su voz como si me susurrara al oído.
Me volví hacia ella, viéndola de nuevo en su trono, con Alfonso y su violín a su diestra, de pie, y a su izquierda vi un ser humanoide con atuendos religiosos indígenas, su piel lucía chamuscada y putrefacta, sus ojos totalmente blancos, coronado por un penacho de plumas multicolores y huesecillos ennegrecidos. Este espantoso demonio se dirigió a Margarita en dialecto indígena y ella respondió igualmente, ambos haciendo gestos y viendo de cuando en cuando hacia Rahú. ¿Qué mundo es éste?
Una miríada de diminutos seres brillantes y policromados surgieron del agua, algunos de ellos eran como fetos en llamas y pronto colegí que se trataban de los primigenios espíritus de los animales. Busqué a Margarita pero no di con ella visualmente. Alfonso, que no noté cómo se me acercó, estaba a mi lado y señaló hacia el rojizo cielo. Allá arriba, justo tapando Rahú, Margarita levitaba, despidiendo chispas y destellos celestes y entonces, vi cómo de su espalda brotaban sendas alas emplumadas como de un metro de ancho y unos tres de longitud cada una, y eran totalmente negras como el abismo. Margarita habló y escuché su voz con asombrosa nitidez:
-En mi última encarnación yo era una más en el rebaño, iba a donde me empujaba la corriente, pero ahora, libre de toda cadena, gobierno sobre otros, mi nombre es conocido y temido en muchos planetas. Aquí no hay más dios que yo. Unete a mí y sé mi príncipe, Juan Ramón.
El sacerdote socarrado me veía entre suspicaz y desdeñoso. Alfonso había desaparecido, pero Margarita se posó a mi lado, con sus enormes alas plegadas; me abrazó y al mismo tiempo sus alas me envolvieron y en ese fantasmal abrazo tomé mi decisión.
29/07/01
Mi decisión es que, después del colapso absoluto de mi cuerpo actual, iré junto a Margarita. La idea de la muerte corporal como algo terrible y definitivo se ha desvanecido en mi mente, y el trance de carne a no-carne no me preocupa en absoluto. Mientras tanto, seguiré visitando a Margarita oníricamente hasta mi deceso, como también trataré de leer todos los libros que seleccioné de la antigua biblioteca personal de mi abuelo, quiero saberlo todo acerca de la reencarnación y el espiritismo.
30/07/01
Mis fuerzas están ya en un estado de crítica debilidad, sé que no me resta mucho tiempo. Entre frase y frase que he escrito en estos últimos días necesito más tiempo y esfuerzo; dejaré, pegado sobre mi diario una nota de despedida y a la vez aclaratoria a mis familiares para que no lloren demasiado. Ignoro cómo Dios tomará esta decisión mía, si estará contemplado que los espíritus puedan vagar fuera del samsara , pero, extrañamente, eso no me inquieta.
Espero que mi “proto-testamento” sirva de consuelo.
Juan Ramón Solórzano Méndez falleció el 10 de Agosto del año 2001; aunque no lo escribió, es casi seguro que continuó viéndose con Margarita, siendo su última anotación ésta del 30 de Julio del mismo año, además de la nota que dejó sobre el diario, la cual dice literalmente así:
“A MI FAMILIA:
Sé que, para el momento que lean esto yo ya habré muerto y ustedes estarán embargados de dolor, pero yo les pido que no hagan tal cosa; en las notas de mi diario correspondientes al 26, 27, 28, 29 y 30 de Julio del 2001 encontrarán el motivo de mi serenidad. Ignoro cómo lo tomarán, en especial mi madre y mi hermana, o si creerán que me volví loco ante el umbral de la muerte, pero déjenme reiterarles que adonde yo voy estaré muy bien. Para que ustedes mismos comprueben mi cordura, comuníquense con el señor Baltasar Castellanos, actual dueño y morador del rancho Santa Clara, o con el parapsicólgo norteamericano Vincent R. Waters (www.ppresearch.uni.org) y a cualquiera de ellos preguntar por “Margarita”, que ella misma ha mencionado para que ustedes tengan la certeza de mi ubicación póstuma. Sólo les pido que abran sus mentes y sus corazones a lo que sepan luego de esto.
Por favor, continúen en paz sus vidas, no se lamenten mucho, porque yo estaré feliz.
Los amo y les pido el más profundo perdón por haberles causado este daño por mi imprudencia y desenfreno. Quizás un día nos reunamos todos como espíritus evolucionados.
Juan Ramón Solórzano Méndez
01-08-01”
Fue precisamente por esta nota que la familia Solórzano Méndez se contactó conmigo, Dr. Vincent Waters, vía electrónica. Fui volando a Honduras cuando me refirieron este interesante caso. He dedicado ocho años de mi vida estudiando a este particular descarnado Margarita, recogiendo evidencias de sus actividades, más que todo, de sus interacciones con encarnados, pues estos últimos dan testimonio de dicho fantasma, que conocí en mis investigaciones de lo paranormal en España. Margarita, aprovechando su incólume intelecto, explora las dimensiones ramificadas a partir de ésta misma que ella denomina Universo Central, aprendiendo hechizos y enigmas... a estas alturas, el caudal de conocimiento esotérico trascendental que ella ha de poseer es sólo comparable a la totalidad de los compendios esotéricos existentes en todo el planeta Tierra.
Creo firmemente que Margarita, a pesar de su calidad incorpórea –en perspectiva de nuestra dimensión- es uno de los seres más peligrosos que hay en el planeta, y no exagero, y lo peor de todo es que no tengo idea de cómo detenerla, aunque mi ánimo no es provocar pánico a nivel mundial con estas declaraciones. Además, todo parece indicar que el “sacerdote indígena” mencionado por J.R.S.M. en sus apuntes no es otro que Ah-Puch, otro terrible espectro en relaciones con Margarita. Ambos están a punto de ser clasificados por las sociedades secretas como daemoni, pues el mal o energía yang los ha emponzoñado de forma tal que una posible reforma de ellos sólo es factible para un elohim.
Por el espíritu de J.R.S.M. no me preocuparía, pues todo parece indicar que Margarita realmente lo apreciaba, porque su punto débil es su inmitigable soledad. Esta investigación continúa, el próximo paso es realizar nuestros registros en la mansión Santa Clara/Teomikistli. Agradezco a la familia S.M. haberme facilitado fotocopias de los apuntes de J.R.S.M. que han resultado uno de mis más importantes hallazgos en esta investigación/cacería, cuyo clímax o meta primaria –que cada día veo más cerca- es la declaración mundial e inequívoca de la existencia de los descarnados, aunque luego mi batalla sea contra los científicos materialistas, los fanáticos y fundamentalistas religiosos y los escépticos ociosos de siempre.
Nuevamente agradezco a la familia S.M. su valiosa cooperación.
Compilado por el parapsicólogo y licenciado en filosofía,
Dr. Vincent Rabindranath Waters
P.D.: Este Vergel de Proserpina es sólo un capítulo del libro que el Dr. Waters publicará en los próximos meses conteniendo los resultados de sus persecuciones a Margarita por todo el mundo. El título provisional es “Margarita. Confirmación de la existencia de seres descarnados entre nosotros”.
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