No creo que haya sensación más demoledora que la súbita comprensión de que el tiempo se ha agotado. El final abrupto, el sucio momento de pantalones empantanados cuando el taburete del suicida golpea el suelo. Lápidas lanzadas al aire a la espera de que alguna caiga boca arriba. Soy una especie de experto en esa sensación, aunque nunca la he experimentado, excepto ahora. La he visto en la cara de muchos hombres. Y mujeres. Imagino que debe ser devastador el efecto que produce el darse cuenta de que todos tus sueños, los proyectos que flotaban en tu horizonte personal, orbitando en una nebulosa que has dado en llamar futuro, se desvanezcan, que los arranquen de ti como si de un aborto especialmente violento se tratase.
El rostro se vacía, se drena de expresión consciente, abrumado por la cruda realización de las pesadillas en las que a uno se le traga el ojo del huracán. Es la misma cara, el loco de las barajas del tarot, que se repite una y otra vez, con los mismos patrones aunque los rasgos sean diferentes. Me pregunto si mi rostro ahora tiene ese mismo tinte ceniciento, el color sinestésico que dejan en el aire los misereres.
El color de Wilhem Schell.
Schell. Aprieto el arma en mi mano y pienso en la descarnada sorpresa en sus ojos arqueados como monumentos a la incredulidad, la descabellada y absoluta falta de reacción cuando la apunté a su cabeza.
Schell, como todos los demás, pensaba que viviría para siempre. O así lo demostraba, con su comportamiento. Ni siquiera tenía instalado un mísero sistema de seguridad en su tienda, ni una alarma que pudiese alertar de que cosas como aquella estaban sucediendo. Cualquier loco podía entrar en su tienda y hacerle mirar frente a frente al negro ojo del cañón de un arma. Como yo.
Estábamos solos. No tenía muchas visitas. Los trabajos que realizaba eran lo suficientemente costosos como para que pudiese permitirse cambiar aquel ambiente fúnebre, pero no lo hacía. Había crecido en él. Yo no hubiese podido. Sólo al entrar el olor penetrante a vejez, a sueños postergados, me insultó el olfato. Había una dejadez de podredumbre, del almizcle tendido al sol durante demasiado tiempo, que me hizo desear al instante acabar con todo aquello lo más rápido posible.
Sin embargo, sabía que llevaría su tiempo. Schell era el mejor de Ámsterdam, aunque no lo parecía, y no sería cuestión de un minuto. Su negocio, el único que había mantenido abierto en toda su vida, continuaba exhibiendo el mismo aspecto que tenía cuando su padre estaba al frente. Apenas estaba iluminado, salvo una lámpara halógena que desgranaba un inquietante rectángulo de luz blanca sobre la puerta, y un miserable quinqué de tipógrafo en el mostrador, que iluminaba su perfil con sombras de velatorio. Del resto, apenas se entreveía qué había en la tienda. Schell, y su padre, estaban acostumbrados a ello. Las estanterías sólo contenían los trabajos que nunca vinieron a recoger, y que con el pasar de los años fueron convirtiéndose en legión, reliquia y legado. Tras las vitrinas casi opacas de minutos acumulados descansaban anillos de compromiso, estatuillas de las más variadas efigies, broches que ningún cuello de melocotón se prendería, aldabas que jamás anunciaría la llegada de la última visita, marcos de retratos sin muertos que llorar, pendientes, broqueles, adargas y cruces satinadas de luna. Nunca formarían parte de ningún recuerdo, sólo contemplarían el paso de mamut del tiempo anquilosado en aquellas seis paredes de tablones hastiados.
El día que llegué a la tienda de Schell, la niebla y el frío se habían aliado para devorar Ámsterdam con la ansiedad de las fieras en cautiverio. El invierno arañaba con dedos blancos los tejados de la ciudad, las chimeneas vomitaban hilillos de humo que se confundían en el estático vals de los copos de nieve. Los canales estaban congelados. Y un fenómeno extraño en la ciudad; llovía. Una lluvia impenitente que terminaba calando hasta el último hueso, indiferente al abrigo y a los impermeables.
Desde la calle, la tienda parecía una juguetería sacada de un cuento de los Hermanos Grimm. Ni siquiera sé qué significaba el nombre del letrero de madera. Mi alemán nunca fue muy bueno. Sé, y sabía entonces, que Schell era el único que podría realizar bien mi pedido.
Sonó la campanilla de la puerta, y el viento dibujó arabescos en el aire antes de ahogarse en los calefactores. La escasa luz de las lámparas y la que entraba a través del sucio escaparate daban a la escena un ambiente de exquisita y calculada sordidez, una promesa de negocio sucio y clandestino. Indudablemente, había clientes que lo encontraban atractivo. Otros, una excentricidad tolerable dada la calidad de sus trabajos. Los que no valían la pena, según el acerado tamiz de Schell, creían ver en él a un enfermo, un dinosaurio de otras épocas que jamás dispondría del material necesario para colmar sus caprichos.
Apenas tintineaba en el aire mi irrupción en su tienda, cuando la cortina de fieltro negro que separaba la trastienda se abrió. Emergió de ella Schell, con aires de vaivoda, de señor feudal. Sí, como lo había imaginado. Mis intuiciones no suelen errar. Era un anciano de hombros derruidos, un anacrónico empleado de banca del antiguo oeste que conservaba un porte de nobleza cubierta de polvo, de goznes oxidados. Olía a naftalina y a productos químicos, una combinación de almizcle y abrillantadores varios que ofendía. También olía a dinero. Remataban su porte unas gafas minimalistas y una incipiente calvicie que le quitaba todo el porte señorial que pudieron darle sus profusas y elevadas cejas. Éstas se alzaron al verme; una figura que podríamos catalogar de enorme, envuelta en una gabardina empapada, y tocada de un sombrero que goteaba en su preciado suelo de moqueta. Estaba a contraluz, y no podía verme la cara. Sin embargo, el preludio de la mirada, la sospecha de que algo no andaba del todo bien con aquel extraño, ya empezó a adivinarse en su expresión.
Se quedó plantado allí, secándose las manos con un pulcro pañuelo azul, midiéndome con ojos de entomólogo y cautela de explorador.
Si lo deseo, puedo subyugar a la gente utilizando mi voz. Ha resultado ser una herramienta muy útil en el pasado. No es un truco limpio. Simplemente hay que dejar que algo sin nombre vibre ligeramente entre las líneas de la voz. Durante una milésima de segundo pensé en hacerlo con él, pero preferí esperar. Intentaría hacerlo a su nivel.
—¿Es usted Wilhem Schell?—pregunté, sobresaltando a las arañas adormiladas en las esquinas. Rogué que entendiese mi inglés, o todo se convertiría en una parodia.
Asintió lentamente. Era una especie de baile, una toma de pulso entre dos jugadores de ajedrez. Divertido, aunque nunca me ha gustado el ajedrez.
—He oído que es usted el mejor orfebre de Ámsterdam—me acerqué unos pasos. Inconscientemente, él retrocedió—. Tengo un trabajo para usted.
Seguía sin verme la cara. Preguntó de qué se trataba. Él tampoco se andaba con rodeos, aunque estuviese acostumbrado a que los clientes sí lo hiciesen. Supongo que muchos entraban con una historia preparada, quizá ensayada, de amores, desengaños, fidelidades, infidelidades, corazones rotos o estúpidos ciclos de la vida que para ellos merecía la pena conmemorar. Leía en Schell la paciencia necesaria para soportar el chaparrón de todas esas historias desde el paraguas de su indiferencia, para luego realizar la misma pregunta que me había hecho a mí. Schell, como yo, era un animal primario. Sólo le importaba la tarea que se le daba mejor. Y como yo, aunque aún no lo sabía, estaba a punto de salir de su elemento conocido.
Decidí entonces utilizar el truco de la voz. Lo que llevo dentro se movió en mis cuerdas vocales, miró a aquel hombrecillo a los ojos mientras yo explicaba lo que quería. Sus cejas aristocráticas se arquearon todavía más mientras yo hablaba. Me miró de arriba abajo, y creí ver un destello de comprensión. Sin embargo, se desvaneció enseguida. Pero lo que más me sorprendió es que el truco no hizo efecto. Meneó negativamente la cabeza. Aquello no podía hacerse. Me tildó de loco, de enajenado. Me sugirió que me tomase unos días de descanso en el campo y me olvidase de los ciclos de películas de terror. Luego, me invitó amablemente a salir de su tienda.
Mi desconcierto duró un momento más de lo adecuado. Creía tener la situación dominada. Nunca mejor dicho. Creí poder subyugarlo y que realizase mi encargo sin más problemas. Quizá hubiese sido lo mejor para él. No habría tenido que pasar al plan de contingencia.
Con mucha parsimonia, me acerqué más a él, lo suficiente como para que pudiese verme por fin la cara. Pero no lo hizo. Centró toda su atención en el arma que extraje del bolsillo de la gabardina y apunté a un par de palmos de su cara y sus cejas de conde. Fruncí los labios. No quería hacer aquello, pero no tenía elección. Necesitaba ese encargo. Y mientras decidía que no había punto de retorno, apareció en Schell la mirada de la fatalidad. Supo con sólo ver el negro túnel del que saldría la bala que lo mataría, que no había punto de retorno, que su futuro imperfecto se acababa de desmoronar a raíz de la irrupción de aquel desconocido en su vida cuadriculada.
—Usted realizará el trabajo, herr Schell—no tenía sentido seguir utilizando el truco, así que volví a hablar como los suyos—. No importa lo que tarde. No importa cuánto cueste. Cuando lo termine, yo lo probaré. Y si no me gusta el resultado, lo probaré con usted. Y si me gusta, le pagaré a usted el mejor precio que nadie puede recibir: unos años más de vida y la seguridad de que no me volverá a ver. Así podrá contarle al resto de los clientes de su orfebrería que una vez vio la cara de la muerte.
No tuve que repetirlo. Por primera vez Schell separó la vista de la pistola y me miró a los ojos. Creo que, aunque no oyese mis palabras, las entendió en cuanto nuestros ojos se cruzaron. Se giró con el aire aturdido de quien acaba de sobrevivir a un accidente, y entró en la trastienda. Yo le seguí, arma en mano.
Los siguientes tres días fueron lentos, densos como un reloj de arena lleno de melaza. Ni Schell ni yo salimos de su taller, un cruce entre salón de cazador y guarida de asesino en serie. El desorden acumulado y sistemático en el que se confundían trofeos, obras fallidas y herramientas meticulosas no impedía a Schell saber en cada momento dónde estaba cada cosa que necesitaba. Al principio veía, olía el miedo en él. Luego se olvidó de mí, centrado en el que quizá fuese el último desafío de su vida. Las horas pasaban, pero ya no giraba la cabeza para comprobar que todo aquello no era una alucinación enfermiza. Me pregunto ahora, con el revolver cargado en mi mano, si no se convenció de que realmente no trabajaría más, y se esforzó al máximo por dejar una postrera obra de arte en aquel lugar, por muy efímera que llegase a ser.
Me pregunté muchas cosas durante aquellos tres días, atrapado tanto como Schell en el silencio submarino de su tienda. No comimos. No bebimos más que el agua del descuidado baño. Llegué a plantearme si realmente deseaba hacer aquello. Y me lo sigo planteando ahora. Ahora que ya sé que Schell tuvo éxito. Ahora que la visión de Schell levantándose y tendiéndome lo que había venido a buscar es un recuerdo y no una esperanza. Ahora que he dejado a Wilhem Schell vivo, tembloroso y quizá agradecido en su agujero de los mil mundos sin luz, me pregunto si todo ha sido descabellado.
Ahora me siento cansado. Todavía me siento cansado. Miro a través de la ventana de mi habitación, y observo la misma luna que quizá esté mirando Schell, agradecido por que aún puede verla. Ahora le imagino llorando en el escaparate de su tienda, observando la luna como si fuera la primera que viese, al igual que yo espero que sea la última.
Deliciosa palabra. La última. La última luna. La última oportunidad. El fuego no resultó, ni el ácido. No es tan fácil como lo pintan las películas. Schell tenía razón, los ciclos de terror me volvieron confiado. Los cuchillos tampoco resultaron. Demasiado acero, publicidad engañosa. Pero esto sí. Esto debe funcionar. Ya no puedo más. Me he dado cuenta, no hay mirada de fatalidad en mis ojos, porque no tengo más sueños que cumplir. He visto demasiada muerte, demasiada carne inocente. Demasiadas noches abiertas. Me duele mirarla. Me duele mirar la luna, y siento que lo que llevo dentro ya no vibra en mi voz, sino que devora mi estómago y pugna por salir, por salir, por salir.
Mi último pensamiento está dedicado a Wilhem Schell; un agradecimiento sentido. Luego introduzco en mi boca la pistola cargada con sus balas, benditas balas de plata pura.
Click.
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