Acababa de salir de la cárcel. Había permanecido cuatro años en el trullo y qué mejor manera de celebrarlo que emborrachándose con sus dos mejores amigos. Durante su estancia entre rejas había añorado esas noches locas de borracheras con Deavid y Rom en las que casi siempre acababa en casa, sin saber cómo, abrazado a su querida y paciente mujer.
—Amigos, ya es tarde. Cerramos en cinco minutos.
Las palabras del camarero fueron recibidas con varios abucheos por parte de los tres amigos. Pero resignándose fueron apurando sus copas y recogiendo sus cosas.
—¿ Sabéis chicos lo que voy…que voy a hacer ahora al llegar a casa?— Preguntó John a sus colegas mientras los tres salían del pub haciendo eses y trastabillando.
—¡Potar!—Respondió Rom.
Todos rieron. Deavid tropezó con una farola y los tres cayeron al suelo carcajeando y revolcándose. Cuando consiguieron levantarse John retomó la conversación.
—No, Rom. No sé si llegaré a casa antes…antes de echar la papa. Lo que voy a hacer al llegar a casa es echarle un buen polvo a mi mujer. ¡Qué diablos! Se lo merece por aguantar a un tipo como yo.
De nuevo risas y algún hipo que otro.
—¡Eso está bien, joder!—Exclamó Deavid.
Llegaron hasta la esquina de la calle y giraron a la derecha. John se dirigió al pequeño Opel Corsa que su mujer le había regalado y sacó la llave intentando en vano introducirla en la cerradura.
—¿Qué vas a hacer John?—Preguntó Deavid.
—Pues qué cojones voy a hacer. Llevaros a casa y luego irme a la mía.
—Estás borracho, no deberías conducir.
—¡No estoy borracho, sólo un poco contento!, ¡vamos subid!
—No has salido de la cárcel hace dos días para volver a ella mañana, John.—Pronunció Deavid con severidad.— Puedes matar a alguien o matarte tú mismo.
—Danos la llave.—Acompañó Rom.
Él los miró con desprecio y superioridad. Cuando sus amigos pensaban que tendrían que quitarle la llave a la fuerza la expresión de John cambió como un rayo transformándose en despreocupada alegría.
—¡Tenéis razón, cojones!—Lanzó la llave a Deavid y comenzó a andar.—Hace una noche fresca para ser Agosto. Daré un paseo hasta mi casa.
Caminaron juntos hasta la desembocadura de Higth Street y allí se separaron con abrazos y apretujones de mano. Quedarían al día siguiente para ir a tomar unas cervezas al campo.
John iba ensimismado. Hacía un rato que había mirado el reloj y se contentó sabiendo que no tenía que estar ya acostado en el camastro de la cárcel, ni tener que estar escuchando los lastimeros gimoteos de los nuevos que parecían echar más de menos el exterior con las largas noches.
—Hogar, dulce hogar.—decía en voz baja.
Entró en un callejón que conducía a un parque, por allí se acortaba camino hasta su casa. Probablemente Sue estaría acostada pero despierta. Esperándole.
Pasó junto a unos contenedores de basura y oyó un pequeño ruido. Se volvió y pese a la penumbra vio a un hombre desaliñado en el vestir y con un pasamontañas en la cabeza. Empuñaba un arma y le apuntaba con ella.
La borrachera pareció pasársele de sopetón.
—Amigo, no tengo dinero.—Dijo lentamente y sin hacer ningún movimiento brusco.
El tipo se acercó con paso firme hasta su altura.
—Date la vuelta y camina.
—Pero si ya le he dicho que no llevo nada. Sólo el reloj y la alianza que me regaló mi mujer. Lo que puede ver.—Dijo resistiéndose un poco a caminar.
—He dicho que camines.
Le dio la vuelta con fuerza y le encañonó el arma en la nuca.
Caminaron siguiendo las indicaciones del maleante. Llegaron a un pequeño descampado mientras John se maldecía por no haber encontrado a alguien por el camino y por haber hecho caso a los cabrones de sus amigos.
No sabía que intenciones tenía el tipo pues éste no hablaba. Ya le había dicho que no llevaba dinero encima y era verdad. Las dos últimas rondas las había pagado Rom. Esperó que cuando le registrara y no encontrase nada no se cabreara y le pegara un tiro. Aunque no estaba muy preocupado por eso. Él no había visto al tipo y no podía delatar su identidad, conocía las reglas de estos atracadores porque había conocido a muchos en prisión.
Pensó que Sue iba a alucinar con la historia y que probablemente estaría ya muy preocupada por él. En esos momentos la echó mucho de menos.
Llegaron a un lugar apartado del descampado. Allí les esperaba un coche rojo bastante antiguo, un Buick quizá.
No comprendía nada. El encapuchado le pasó las llaves.
—Conduce tú, sé que se te da bien.
Cuando se subió gritó repentinamente:
—¡Ya sé quién eres!
—Vaya, me alegra que lo sepas.—Dijo quitándose el pasamontañas y arrojándolo atrás. Sus ojos azules, su rostro arrugado y su pelo castaño con abundantes canas quedaron al descubierto.
—¿Qué me vas a hacer?—Preguntó con expresión de susto—¡Ya pagué por lo que hice!
El tipo hizo caso omiso a sus palabras y le indicó con la pistola que arrancara y emprendiera la marcha.
Abandonaron la ciudad y durante bastante tiempo condujeron por una carretera semi-abandonada repleta de grandes baches y curvas. A ambos lados de la carretera un escalofriante bosque de pinos de ramas esqueléticas, muertas, devoraba el vehículo y producía una vaga sensación de extravío.
Durante el camino, John, había intentado trazar cientos de planes para zafarse de ese loco pero todos quedaban por los suelos debido al nerviosismo de tener un arma apuntándole en cada momento, saltando con cada bache. En cualquier momento podía disparársele sin querer y abrirle un bonito agujero en la cabeza. Claro que después de saber quién era el tipo no dudaba que estas fueran sus intenciones. Rezó por equivocarse.
Llegaron a un desvío de tierra y lo siguieron durante varios kilómetros más hasta llegar a una casa de madera, antigua y desvencijada. Sin duda, había sido abandonada hacía mucho tiempo pues el tejado estaba derrumbado casi en su totalidad.
—Baja—Ordenó el hombre.
—Escuche Ralf, no vaya a cometer una locura. Irá a la cárcel. Su mujer quedará sola.
—Mi mujer está muerta.
John palideció y se echó a temblar.
—Yo…yo siempre me arrepentí de lo que hice.—Tartamudeó suplicante.
—Sigue caminando hasta detrás de la casa. No pienso matarte.
John se agarró a estas palabras como a una tabla salvadora en mitad de un naufragio.
Caminó hasta allí. Levantaba la vista a veces buscando algún resquicio de civilización pero la volvía a bajar con ojos acuosos por la angustia de no encontrar nada. Estaban en mitad de ningún sitio y sin posibilidades de ser oído.
<< Sue, por favor, llama pronto a la policía>>
Cuando llegaron observó que detrás de la casa, casi pegada a la pared de madera se encontraba la oscura boca de un sótano que parecía mirarles con expresión de asombro. Apoyada en las portezuelas de éste había una escalera de madera casi vertical que llevaba a un fondo todavía más escondido en las sombras.
—Baja.—Ordenó de nuevo.
—¿Me va a encerrar ahí?—Preguntó con voz plañidera.
—Tú lo has dicho.
—¡Por favor, no lo haga!, ¿ me va a matar?—Esta vez sí estaba llorando. Las lágrimas le corrían raudas por las mejillas. Estaba a punto de sufrir un shock.
Ralf le dio un golpe fuerte con la culata del arma en la nuca y John, desprevenido, apoyado en el marco de las portezuelas cayó hacia abajo golpeándose primero con la escalera de madera y luego contra el duro suelo. Sintió un terrible dolor en la rodilla y supo que se la había roto. Gritó de dolor y de angustia.
Entre lágrimas vio como Ralf retiraba la escalera de madera hacia arriba y cerraba las portezuelas dejando el sótano apenas iluminado por una brecha de luz que entraba por entre las puertas de arriba.
Así pasó el primer día. El dolor era inaguantable más durante la noche que durante el día. Tenía hambre y una sed atroz. Había visto, con dificultad, que allí dentro no había nada salvo algunos cajones de madera rotos y grandes ratas que no sabía de dónde demonios salían y que temió que le atacasen.
No consiguió pegar ojo en toda la noche aunque había veces que entraba en un extraño sopor del que despertaba de un sobresalto al oír el murmullo y los ruiditos de las ratas acercándose.
Pensó mucho en Sue. Cómo la echaba de menos. Ya habría avisado a la policía y probablemente casi estarían a punto de encontrarle. Ese era al menos su consuelo.
Encendió la luz de su reloj electrónico. Eran las doce del mediodía. Chasqueó los labios y sintió la garganta seca como un desierto. Se sentía débil y se encontraba mal.
Arriba se abrieron las portezuelas y al llevar la vista hacia allí quedó ciego durante unos minutos.
—Buenos días, John.—La voz de Ralf llegaba fuerte, vigorosa.
—¡Sácame de aquí!—Gritó éste—estoy herido.
—Como lo siento. En fin, espero que te recuperes. No deseo tu muerte. Sólo venganza.
—¡Fue un accidente!—replicó el herido. De nuevo comenzaba a llorar.
Sintió un “plof” al caer la bolsa que Ralf le arrojó desde arriba.
—Ahí tienes tu comida. Mañana vendré a verte.
Dicho esto cerró la puerta y se fue. Hizo caso omiso se las súplicas de John con total frialdad.
John se arrastró como pudo hasta la bolsa y la abrió. Su repugnancia fue tal que si hubiera tenido algo en el estómago lo habría vomitado.
Dentro de la bolsa, a la poca luz que entraba, pudo ver un trozo sanguinolento de carne cruda y una botella de agua algo verdusca y pútrida que al abrir llenó el ambiente de un olor casi insoportable.
Pese al hambre que tenía arrojó la carne a una esquina donde las ratas no tardaron mucho en disputársela y bebió un trago de la repugnante bebida repleta de pequeños bichos provocándole esto unas arcadas horribles.
De nuevo Ralf no apareció en todo el día. La sensación de debilidad iba a más y pese al asco que le había producido el trozo de carne cruda llegó a arrepentirse de haberlo regalado tan estúpidamente a las ratas. Bebió otro trago de agua apurando la botella con una mueca de asco por el sabor y de dolor por forzar un poco la rodilla maltrecha.
Durante la noche lloró. Intentó buscar excusas o ruegos que le sacasen de allí. Pero sabía que era algo casi imposible. Sólo el hecho de pensar en que Sue lo buscaría hasta dar con él le dibujó una breve sonrisa en la boca. Durmió un poco más que el día anterior pero debido a la debilidad del cansancio no sintió las ratas acercarse hasta que no le mordieron en el brazo. Las apartó a manotazos y los bruscos movimientos le laceraron aún más.
Miró el reloj y a las doce en punto llegó de nuevo Ralf.
—Buenos días, John.
Quiso gritar de nuevo pero lo único que consiguió fue lanzar sollozos y ruidos guturales.
—Espero que te encuentres bien.
—Me arre…me arrepiento. Déjame ir— Lloró.
—¿ De verdad te arrepientes? Oh, John, no lo creo. Si en verdad lo estuvieras no hubieras intentado conducir el otro día ebrio. ¿Cierto?
—¡Pero no lo hice!
—Tus amigos no te lo permitieron.
—¡Pero ya pagué por lo que hice!
John rió amargamente desde arriba. Una risa que no parecía humana salía de su garganta.
—¿Quieres decir que la vida de mi hija vale cinco efímeros años en la cárcel?
—Estoy arrepentido, además ella se cruzó y no me dio tiempo a frenar.—Gimoteó.
—Escucha maldito hijo de puta, mi hijita pasaba por un paso de cebra cuando la atropellaste. Ibas a ciento veinte en ciudad, siendo el límite de velocidad de veinte kilómetros hora por ser un sitio de paso para los escolares. ¿Y aún te atreves a decir que ella se cruzó?
—¡Lo siento!, ¡Lo siento, de verdad!
—Eso díselo a su madre muerta que no pudo aguantar la pérdida de nuestra pequeña. Y si yo he aguantado es para cumplir la venganza que le juré en su lecho de muerte.¡Ahí tienes tu comida!
Dicho esto tiró otra bolsa de carne cruda y otra botellita de agua pútrida.
Esta vez sí devoró la carne con avidez, aguantando con sumos esfuerzos las arcadas que sentía. La carne estaba fría, parecía recién sacada de un frigorífico, el agua en cambio estaba templada.
Cuando hubo acabado sintió asco por lo que acababa de hacer. Se echó en el suelo mirando hacia arriba y pensó en cómo amaba a Sue. Lloró, rió, gritó y por último quedó dormido. Por esta vez las ratas no le hicieron el menor caso y durmió casi hasta el alba del día siguiente.
—Buenos días, John.—Saludó Ralf a la hora de la comida.
—¿ Por qué no me matas?
—No consiste en eso mi venganza.
—¿Piensas dejarme aquí para siempre?
—No. Mi venganza será a más corto plazo que una vida entera.
—¿Tiene límite?
—Más o menos un mes. No sé, a este paso quizá menos.
—¿Quieres decir que dentro de un mes se habrá cumplido tu venganza?
—Así es. Pero ya lo verás, no adelantemos acontecimientos.
Pasado un tiempo John ya había perdido las esperanzas de que la policía lo encontrase. No lograba averiguar cómo aún no habían dado con él o sospechado que Ralf estaba detrás de todo ese asunto.
Había intentado evadirse, salir, pero era imposible. Allí no había nada que pudiera servirle de ayuda.
Se había quedado sin lágrimas, permanecía en estado catatónico casi durante las veinticuatro horas del día y sólo salía de él cuando su secuestrador llegaba para tirarle la comida como a un perro.
Aún sentía repugnancia por la carne cruda y había arrojado algunos trozos de horrible sabor a las ratas arrepintiéndose de ello horas después.
Quizá lo que le llamaba a sobrevivir era la esperanza de encontrarse algún día con Susan.
Ralf no parecía querer asesinarle, ya lo habría hecho si hubiera querido. Era un hombre que no tenía nada que perder. Pero no lo había hecho.
Había perdido bastante peso pues la carne cruda era poca. Aún estaba débil pero su pierna había mejorado sensiblemente y ya podía incluso caminar con una leve cojera.
Durante algunos días, pocos, había gritado con la vana esperanza de que alguien le oyera pero todo intento fue infructuoso.
Buscó por el pequeño sótano algo que le pudiera ayudar a salir pero no encontró nada. Sólo había una barra de acero bastante firme que anclada en las paredes cruzaba el sótano de lado a lado y la que curiosamente parecía llevar allí poco tiempo. Pero dicha barra distaba demasiado de llegar a las portezuelas. Pese a eso había intentado mantener el equilibrio sobre ella y saltar con el único resultado de darse un buen golpe al caer y volver a despertar el dolor de su dormida rodilla.
El único provecho que le sacó fue hacer un poco de ejercicio con flexiones para no oxidarse allá abajo.
Hacia las doce del mediodía llegó Ralf. De nuevo el sol le cegó momentáneamente. Luego, poco a poco distinguió el contorno del hombre y la bolsa más abultada que de costumbre que cargaba en su mano derecha. En la izquierda llevaba una soga con un nudo corredizo ya hecho. La arrojó al sótano y cayó a su lado.
—Buenos días, John.
—Hola Ralf.
—Hoy se cumple mi venganza y para celebrarlo he traído un plato especial.
—¿ Qué significa que se cumple?, ¿Crees que me voy a ahorcar con esta soga yo solo? Tendrás que bajar a hacerlo tú.
—Oh, John, yo creo que podrás hacerlo tú solito. No sé si preferirás hacerlo después del banquete o antes.
Arrojó la bolsa al lado del secuestrado y al caer se abrió. Una sombra de extraño contorno rodó por el suelo haciendo un ruido hueco y espantoso. Se acercó a ella, la agarró y la acto seguido la arrojó a un lado dándose palmadas en las manos y refregándolas contra su pantalón. Su cara adquirió un semblante de horror infinito y varios gritos entrecortados salieron de su garganta.
Arriba Ralf reía como el loco en que se había convertido.
—John. ¿Nunca has pensado que tu mujer está tan buena que te la comerías viva?
Después de decir esto cerró las portezuelas.
Cuando a John se le pasó la locura y los vómitos iniciales agarró la soga y la echó por encima de la barra.
Fuera, el verano daba sus últimos coletazos y las cigarras sumían el bosque en un enorme y repetitivo concierto. El ruido de un coche alejándose parecía fuera de lugar allí.
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