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Relato Fantástico: La Caza (V)
Incluso Lúcius MacFadden guarda secretos que ni su propia hija podría adivinar.
Por David Mateo Escudero

Relato Fantástico - La Caza (V) La niebla manaba directamente del bosque, filtrándose entre las sombras que llenaban el collado, fluctuado entre la hierba impregnada de rocío, y subiendo lentamente a través de la atalaya. Era un soplido albo y húmedo que calaba en la piedra y se filtraba entre las grietas, adentrándose en los caminos de la aldea y condensándose sobre el empedrado. Ni tan siquiera el fuego que ardía en las ocho torres que rodeaban la empalizada lograban medrar el avance de la bruma, y los oteadores, demasiado perezosos después de una noche de guardia, ni tan siquiera se molestaban en encender las antorchas cuando las llamas eran apagadas.
A pesar que todavía era buena mañana, hacía ya unas cuantas horas que Lob había despertado. Los jamelgos y los bueyes arriaban tristes carros por las estrechas callejas, las damas bajaban por la avenida y formaban largas colas ante el matadero y la verdulería. La forja sonaba con aquel estruendo estridente y monótono que parecía restallar en todo el pueblo; el ruido de la sierra de la ebanistería subía por la avenida, acompañando los murmullos y los cotilleos de los transeúntes. En el templete, Lulon Freid aleccionaba a los niños y miraba incesantemente a través de la ventana, aguardando que un sol torvo y perezoso anunciara la llegada del medio día y la hora del descanso.
El Cuervo de Lob estaba cerrado. Banghor no se molestaba en abrir la posada hasta media mañana, cuando los hombres cesaban en sus obligaciones y bajaban hasta el pequeño establecimiento para llenar la barriga. Y aun así el posadero no necesitaba la ayuda de Luisél para servir las bebidas y preparar los aperitivos, permitiendo a la linda camarera que llegase al medio día para ayudarle en las comidas.
Aquella mañana de invierno incluso Lúcius MacFadden, siempre puntual y retórico, se quedó durmiendo en la cama y tuvo que ser su hija Mina la que tirase de las sábanas para que su padre despertase de forma abrupta y saliese de casa como alma que lleva al diablo, solo para abrir puntualmente la alcaldía. Tampoco es que le esperase nadie, pero MacFadden era un hombre extremadamente metódico y no gustaba que las puertas del viejo edificio estuvieran cerradas cuando el sol lucía tan alto.
-¿Pasasteis mala noche, padre?- preguntó Mina mientras calentaba un cuenco con hiervas al fuego y observaba con cariño como su padre se ajustaba la chaqueta, con escrupulosa pulcritud sobre el chaleco, y después alisaba las arrugas del pantalón.
-No, claro que no.- tartamudeó el regidor, un individuo alto y espigado, que lucía una frente despejada y larga cabellera aleonada. Tenía barba, aunque siempre solía llevarla perfectamente peinada, en consonancia al resto de su esmerado atuendo.
Mina comprendió que le estaba mintiendo. Había visto luz en su cuarto hasta altas horas de la noche, y en una ocasión, incluso se había levantado de la cama para espiarle desde el pasillo. Lo había vislumbrado levantado, justo frente a la ventana, contemplando la noche y con la mirada perdida en la oscuridad. En Lob nadie cerraba las puertas de sus dormitorios; incluso aquella pequeña acción, tan íntima y usual en el resto del mundo, era una señal de aislamiento y por tanto una causa más para ser atenazados por el miedo.
-¿Tienes preparado ya el consomé, Mina?- le instó Lúcius, más para cambiar de tema que para apurar a la muchacha.
La joven asintió con la cabeza y se apresuró a depositar el cuenco sobre la mesa. El alcalde ni tan siquiera se tomó la molestia de sentarse, sorbió el contenido de un trago, y tras depositar un beso en la mejilla de la muchacha, un rito que realizaba invariablemente todas las mañanas, abandonó la casa y desapareció presuroso entre la niebla, calle abajo, mientras el rostro de Mina se reflejaba fantasmagóricamente en los vidrios de la ventana y sus ojos tan solo podían reflejar un sentimiento casi perpetuo de tristeza.

Relato Fantástico - La Caza (V) Y mientras el alcalde corría a abrir las puertas del ayuntamiento, las mujeres hacían cola ante los comercios, Lulon Freid suspiraba agobiado en su templete, y los campesinos trabajaban los campos empedrados y nada aptos para el cultivo, que se alzaban más allá de la empalizada sur, una espesa y molesta llovizna empezó a caer sobre la pequeña aldea, calando los tejados de madera y anegando las calles.
En los últimos días había llovido constantemente, día y noche. Era una lluvia fría y continua que penetraba en los huesos de los hombres y provocaba artritis. Los oteadores tenían que ir enfundados en amplios gabanes, pues incluso en las torres, la humedad se filtraba entre los troncos y calaba en los vigías. Aquella circunstancia, que a los afectados suponía una molestia, significaba un alivio para los vecinos que plácidamente dormían en sus camas, pues todos eran conscientes que los pollos mojados jamás llegaban a dormirse, y en Lob no había cosa más peligrosa que un pollo dormido ante las fauces de un lobo. Y el lobo, para aquella plácida y pacífica gente, era el bosque y la tierra que se alzaba más allá de su vereda norte.
Lúcius MacFadden lanzó una maldición cuando sus botas chapotearon en la plaza y el agua caló en sus pantalones. Agachando la cabeza, y poniéndose la cabeza a modo de capucha, atravesó la plazoleta y llegó hasta los peldaños que subían hasta el pequeño edificio institucional. La alcaldía de Lob no se diferenciaba demasiado del resto de los edificios de la pedanía. Era una casucha más amplia que el templete y que la herrería, pero más pequeña que el Cuervo de Lob. La sala de audiencias jamás llegaba a congregar a tanta gente como la posada, y cuando el pueblo necesitaba promulgar un concejo abierto, MacFadden daba orden de celebrarlo en el templete, donde las salas eran más amplias y más despejadas. Las damas de Lob jamás hubieran permitido que las vistas se celebraran en la casa de maese Banghor, era un lugar demasiado libertino y pernicioso.
El alcalde subió presuroso los peldaños que daban acceso a los pórticos del edificio y con la vista agachada a causa de la incesante lluvia, a punto estuvo de darse de morros con Viktor Greenham y su ayudante Jim Pelete. Greenham, un hombre tosco y rubicundo, era el alguacil del pueblo. Se encargaba de convocar las guardias nocturnas en las atalayas, y de administrar justicia en la pequeña comunidad, aunque aquella labor no pasaba de sofocar los ánimos de los borrachos y rondar por las calles luciendo palmito. Aun así, Greenham era conocido por sus modales vulgares y su falta de escrúpulos. De buena gana MacFadden lo hubiese depuesto de su cargo hacía mucho tiempo de haber más candidatos para ocupar la vacante. Pero en Lob no había persona, aparte del propio Viktor, que deseara aquél cargo. La suerte del anterior alguacil había sido nefasta, pues cuando el norte se desencadenaba, era el propio lacuestre el que se encargaba de organizar la defensa del pueblo y combatir, si era necesario, al frente de las defensas, y en Lob muy pocos tenían el valor necesario para llevar acabo esas funciones.
Greenham iba siempre acompañado por el joven Jim Pelete, un rapaz tan estúpido como altanero. Se rumoreaba que el propio padre del muchacho había dejado la suerte del rapaz en manos del abigarrado Viktor, pues aunque el valor no era una cualidad muy extendida en Lob, el joven Pelete adolecía en exceso de ella. Para mayor desgracia del alcalde, en más de una ocasión había descubierto al joven ayudante rondando su casa en busca de la bella Mina, lo cual había provocado su indignación y su ira, pues bien sabía MacFadden que su hija era lo suficientemente inteligente para no querer cuentas con aquel rapaz.

Relato Fantástico - La Caza (V) En cuanto las miradas de Lúcius y el muchacho se cruzaron, este agachó la cabeza y se cubrió el rostro con el ala del sombrero, evitando los ojos rigurosos del alcalde.
-MacFadden.- saludó el alguacil, que yacía a resguardo de la cornisa saliente del edificio.
-Greenham.- respondió el alcalde inclinando la cabeza.
Viktor se arremangó los pantalones en su abultada tripa, un tic con el que trataba de mostrar notoriedad, y arrugó la nariz en una fea mueca.
-¿Qué pasa, Viktor?- inquirió Lúcius perdiendo la paciencia ante el arrojo pendenciero del comisario.- Llueve demasiado y tengo mucho trabajo para andar perdiendo el tiempo aquí fuera.
-El forastero.- replicó Greenham mientras hacía ademán de masticar algo entre sus rollizos labios y mostraba sus dientes amarillentos.- Anoche creó problemas en casa de Banghor y ha pasado la noche a la sombra.
El alcalde lanzó un largo suspiro. No tenía suficientes problemas con los del pueblo, para que encima llegase gente de fuera a marear más la perdiz.
-¿Qué hizo?
El hombretón se cruzó de hombros.
-Nada… armar bronca.
-¿Qué clase de bronca?- se impacientó el alcalde ante el hermetismo interesado de Greenham.
-El bribón bebió demasiada cerveza y le pegó un puntapié en las pelotas a Willy Cloud. El bueno de Willy tendrá que soportar unos buenos retortijones durante un par de semanas, pues el muy cabrón calzaba botas de acero. Lo lamento mucho por la señora Cloud.
Jim Pelete dejó escapar una risilla de comadreja que envalentonó aun más a su jefe.
-¿Y no hizo nada más?
-Bueno… sí.- Greenham se rascó su grasienta y revuelta cabellera morena, justo donde comenzaba su prominente nuca.- Utilizó la cabeza de Jimmy Fleet como posa vasos para su jarra.
Lúcius MacFadden se revolvió sobre el alguacil con los ojos abiertos de par en par y una expresión de sorpresa en su rostro.
-¡Cómo!
-El muy cabrón le estampó la jarra en la cabeza y le hizo una brecha tan larga como mi brazo. Los muchachos tuvieron que llevarlo a casa de Frinch, y el matasanos se pasó media noche cosiéndole la cabeza… a Jimmy, claro.
Lúcius, que no había necesitado aquella última aclaración, sintió como perdía hasta la última gota de paciencia ante la pedantería del orondo alguacil.
-¡Debiste avisarme ayer mismo, Greenham! Te tengo dicho que cuando ocurra algo así en el pueblo quiero ser el primero en saberlo.
-No creí necesario sacarte de la cama. Me ocupé yo mismo del asunto.- Una vez más el comisario volvió a remangarse los pantalones hasta cintura.
-¡Greenham…!
-Llevo advirtiéndotelo desde hace días; ese tipo está loco y es peligroso.- se defendió el comisario.- Desde que volvió del bosque no hace más que cosas raras y ronda por el pueblo como un alma en pena. Debimos haberlo puesto de patitas en la calle en cuanto traspasó el puente. Al menos Jimmy se habría ahorrado un buen tajo.
-¡Por los ojos de Zun! ¿Cómo no va a estar loco?- Una vez más Greenham había logrado que perdiera la poca paciencia que le quedaba.- Es la primera persona que regresa del bosque… ¡La primera en dos meses! ¿Sabes lo que significa eso?
El alguacil se limitó a cruzarse de hombros y mirar hacia otro lado.
-¡Te dije que no le quitaras ojo de encima!- exclamó el alcalde.- Te dije que lo siguieras noche y día, y si no podías, que mandaras al palurdo de tu ayudante.

Continuará...
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Aurora Bitzine revista de fantasía y ciencia ficción a 1 de octubre del 2005